Lo cierto es que Marsember se alejaba bastante del ideal romántico de vida en Cormyr. Acostumbrada a la tranquilidad espiritual del bosque y a sus fragantes aromas, la vida en aquella ciudad se asemejaba mucho a habitar en una alcantarilla. Si su tierra natal pudiera ser comparada con un ciervo venerable, misterioso y elegante, Marsember era una rata de pantano que hubiera crecido hasta límites grotescos.
La eterna niebla que cubría la ciudad la entristecía el ánimo, pero lo que dejaba ver (muelles de madera podrida y edificios de piedra desmoronadiza) tampoco era muy alentador. Pero lo peor de todo era olor. Daba igual que recorriese las islas cenagosas unidas por puentes de piedra musgosa, o las estrechas calles de lo que los marsembianos llamaban La Orilla Posterior: todo estaba impregnado de un insoportable hedor a agua estancada y pescado podrido. ¿Cómo serían capaces los humanos de vivir rodeados de ese olor nauseabundo?
Khumara se detuvo. Había vuelto a perderse. Suspiró y preguntó de nuevo a un lugareño. Pues no, no se había perdido. Pero La Red de Perlas era un edificio de tantos que sólo un marsembiano sabía encontrar, con una fachada indistinta que no daba muchas pistas acerca de lo que acaecía en su interior. Uno tenía que fijarse mucho para darse cuenta del letrero de madera en el que explicaba que se trataba de una tienda de antigüedades.
Parece que ya hemos llegado, Kaiser anunció la elfa al lince antes de penetrar en el edificio.
El interior, no obstante, no daba lugar a equívocos, pues estaba lleno de antiguos cofres y atestadas estanterías repletas de artículos. Del techo pendían redes de pesca y cascarones de navío rescatados de la rocosa costa de Marsember. Se podían ver cosas tan comunes como un manojo de llaves antiguas o tan vistosas como máscaras de teatro de Khessenta pintadas a mano.
La sala estaba dominada por un hombre que parecía más un veterano de guerra que un tendero. Probablemente lo fuera, pues tenía el rostro cuarteado repleto de cicatrices de arma blanca. Una barba entrecana brotaba de un mentón fuerte y cuadrado; sus ojos eran oscuros y sinceros. Aunque ese hombre había visto mejores tiempos, los músculos que se intuían bajo sus ropas sugerían que aún estaba en forma.
Agua dulce y risas ligeras la saludó el hombre a la manera tradicional elfa, con una inclinación de cabeza a modo de profundo respeto. Desde luego, aquél hombre había visto mundo. Mi nombre es Tannut Ormbyr. ¡Qué agradable e inesperada sorpresa encontrar alguien de la Buena Gente en Marsember! Sed bienvenida a la Red de Perlas, mi señora, y si necesitáis algo, sólo tenéis que pedirlo.
Khumara esperó a que el lince cruzase a su lado y cerró la puerta lentamente tras de si una vez dentro.
—Buf...—suspiró francamente aliviada mientras se frotaba la sien con una mano.
Al parecer, parte del insoportable olor se había quedado afuera, aunque no todo... o eso, o estaba ya tan cargada de él que hasta resultaba psicológico.
Casi al instante, sus ojos recorrieron la sala llena de artilugios y objetos de toda índole, incluso miró también hacia arriba al percatarse de que había cachivaches colgando, el dueño de aquél sitio había aprovechado incluso el techo para distribuir su mercancía y la verdad es que había cosas que no sabía ni qué demonios eran.
En ese momento escuchó la voz del hombre y se giró parpadeando con gesto interrogante, en un principio estaba tan quieto que debía haberlo pasadopro alto confundiéndolo con un trasto más... o bueno, la verdad es que su atención estaba más puesta en los trastos. Lo cierto es que le había sorprendido más el saludo que el hecho de no haber reparado en el dueño del local, debía haber visto bastante mundo como para identificarla a simple vista.
"Vaya, pues va a ser que no paso por una humana muy delgada para todo el mundo..."
Cogió los bordes de la aterciopelada capucha de su capa con ambas manos y la retiró hacia atrás dejando al descubierto la larga melena entre cobriza y castaña que se desparramó sobre sus hombros y de la cual asomaban dos delicadas orejas puntiagudas.
—Agua dulce y risas ligeras,Tannut Ormbyr... um... ¿puedo llamarle Ormbyr?—respondió con una suave sonrisa—mi nombre es Khumara.
En ese momento el lince apoyó la parte superior de su cabeza contra la pantorilla de la elfa y empujó ligeramente. Khumara puso los ojos en blanco y suspiró con resignación.
—Vale... y este es Kaiser—bajó la vista mientras se cruzaba de brazos y fruncía el ceño susurrando—¿Contento?.
El felino dejó de empujar y simplemente se sentó sobre sus cuartos traseros mirándola aparentemente satisfecho. La muchacha volvió a mirar al dueño de la tienda y se acercó un poco más al mostrador.
—Bueno, ahora que lo menciona creo que sí necesito un poco de ayuda con algo—explicó—he escuchado por ahí de que últimamente se necesitan... aventureros para buscar algo tremendamente importante que cierta familia de nobles ha perdido. Da la caslualidad de que me llamó la atención la historia y preguntando, me han remitido aquí.
Se rascó una mejilla mientras miraba hacia arriba con aire inocente.
Ormbryr asintió con la cabeza cuando la elfa preguntó si podía llamarle por el apellido.
La mirada del viejo veterano se desvió al par de aceros que pendían del cinto de Khumara. No se sorprendió demasiado de que Khumara supiera cómo utilizarlos. Los elfos tenían la fama de ser los mejores arqueros de todo Faerûn, y eran capaces de combatir con no menos habilidad con las espadas. Los más poderosos (y reputados) entre ellos eran los Cantores de la Espada: guerreros que entretejían magia con la hipnótica danza de las espadas.
En efecto, no es ningún misterio. Unos ladrones robaron un carísimo vestido de bodas enjoyado, que debería lucir Alissa Stormwind dentro de cuatro días. En un principio, los Stormwind pusieron el asunto en manos de las autoridades, pero en fin, los Dragones Púrpura de la Ciudad no son precisamente el orgullo del reino. Así que están contratando aventureros, y sí, creo que habría sitio para alguno más. La paga son 2.500 leones por cabeza. No hace mucho tres de ellos han pasado por aquí y han dicho que iban al Sirénido Enmascarado. Si le interesa vamos hacia allá y yo me ocupo de hablar con la Señora.
Khumara escuchó atentamente la respuesta del humano, es decir, atentamente hasta que sus ojos no pudieron resistirse a examinar de reojo un astrolabio que se encontraba sobre el mostrador... y luego una bola del mundo de aspecto antiguo que había justo al lado... ¿y qué era aquello otro con tantas cadenillas?, eso no lo conocía...
—¡Oh!—dijo de pronto sacudiendo la cabeza como si acabara de espabilar de repente al percatarse de que el tendero había terminado de hablar y esperaba una respuesta—S... sí, claro que me interesa, muchas gracias por guiarme, le sigo.
Se encogió de hombros casi con disculpa manteniendo aquella suave sonrisa, aunque también se percató de que Ormbryr la observaba a ella, bueno, más concretamente sus dos espadas, cosa que no le molestaba, la curiosidad parecía ser mutua...
"Que humano más amable, espero que sean todos así..."
No me llames de usted, me haces viejo gruñó Ormbryr con humor. Deja que cierre La Red de Perlas y enseguida vamos para allá. Mientras te pondré al tanto del trabajo. Verás, La Ansiada traía el vestido enjoyado en una noche neblinosa y...
Notas de juego
...y aquí te hace el resumen del trabajo que te conté yo por msn. Era más que nada por dejar la escena cerrada. No contestes aquí ni nada.