Partida Rol por web

[DM] Equipo-A & 13th Age - Madera de fresno dorado

Mapas, PNJs y otras ayudas de juego

Cargando editor
23/07/2020, 08:13
Director

Zona de interés.


Mapa completo en español

 

Notas de juego

El nido infernale que aparece en la región mostrada (mapa de arriba) al sureste de los volcanes Imp y Balor(Diablillo y Balor) ya no existe, han sido conquistados por el Cruzado(Destructor) en nuestro mundo y los ha convertido en fortalezas de la Cruzada.

Ciudad del río púrpura está a mitad de camino entre Balor y el antiguo nido infernal.

Cargando editor
23/07/2020, 12:21
Director

Chasmodia ¿Halfling aventurera?

Avanzáis a un ritmo plácido, rodeados de gente llena de optimismo. Un día al atardecer, se aproxima a la caravana una sonriente halfling montada en avestruz que avanza a paso vivo. La recién llegada se presenta ante el líder de la caravana y luego saluda a unos y otros hasta acabar casualmente charlando con Mosco "Goodfire" Murdock.

La halfling avanzaba en su avestruz de largas y exóticas plumas oscuras al paso de la Neverwas Haul mientras hablaba con Mosco.

- Mi nombre es Chasmodia. ¿Sabes? Es infrecuente encontrar halflings aventureros. Tú y yo estamos hechos de una pasta especial. - Chasmodia hablaba siempre sonriendo e irradiando gracia y confianza. - ¿Por qué os dirigís a Ciudad de Río Púrpura? ¿Acaso es para comprarle algo al viejo Chakta Ren? Esa casa que tenéis tiene pinta de tener unos cuantos engranajes que funcionan con talismanes rúnicos. Chakta Ren se ha establecido en Río Púrpura porque le traen madera de fresno dorado y otras cosas de Bosque Dragón. Tiene un pequeño asentamiento en el corazón del bosque con gente trabajando para conseguirle esa madera con propiedades mágicas. Y yo después de pasar por la ciudad, iré al bosque, sí señor, seguro que allí encuentro cosas más interesantes de primera mano.


 

Viejo soldado sin nombre

El hombre captó el interés de Augusta enseguida. Cuando lo vio, estaba ella disfrutando de un poco de tabaco de pipa en su asiento habitual, encajada en los estrechos escalones que comunicaban la segunda y tercera planta de su hogar sobre ruedas, donde el aroma sulfuroso de su tabaco no ofendía los delicados olfatos élficos, ni el humo se pegaba a la tapicería o ennegrecía los techos. Estaba él también sentado, a un lado del camino, sobre un tronco. Vestía coraza desgastada, con grandes hombreras, y de la cofia enmallada que le cubría la cabeza, escapaban hebras grises de su cabello y barbas. El rostro no se le veía, pues la cabeza se le caía hacia el pecho, como si estuviese sucumbiendo al sueño.

Lo llamó desde su asiento, asomando el busto. Cuando, al tercer intento, no obtuvo respuesta, bajó las escaleras y saltó por la barandilla, que a punto estuvo de ceder bajo su considerable peso. Al ritmo que llevaba la maldita procesión —al menos, entre sus componentes no llamaban la atención—, no iba a costarle mucho esfuerzo volver a alcanzarlo.

Se sentó a su lado. Se sorprendió al comprobar que el hombre era casi tan alto como ella, pero la edad, y tal vez las privaciones, lo habían retorcido hasta la mitad de su tamaño original. Cuando se dio cuenta de que la mujer se había sentado a su lado, alzó un rostro vetusto, triste, una telaraña de arrugas alrededor de una nariz enorme, erizada de puntos negros hinchados como sanguijuelas saciadas.

He llegado tarde, dijo él. Se han marchado sin mí.

Augusta le ofreció su pipa y el hombre la tomó y aspiró profundamente. Se tragó casi todo el humo, sin toser.

Le habló de una batalla. Una batalla importante que tenía que luchar. Pero había despertado solo; el ejército le había dejado atrás. La mujer no sabía de historia, pero algo había escuchado a sus hermanos de armas, tanto entre la Cruzada como entre las legiones imperiales. Habían pasado décadas desde que aconteciera aquella batalla.

Todavía no es tarde, señor, le dijo ella, sin tener muy claro si estaba haciendo lo correcto. Voy hacia allí, vamos mis compañeros y yo. Somos soldados. Puede acompañarnos usted si lo desea.

Como si la posibilidad de llegar a la batalla le hubiese quitado años de encima, el Viejo Soldado sin nombre trotó a su lado hasta alcanzar el haul. No vio Augusta, a pesar de su altura, a la mediana que hablaba con Mosco, aunque sí escuchó la veloz cháchara que procedía del otro lado de la casa rodante.

Augusta se agarró a la barra de seguridad y se encaramó a la entrada de la cabina. El ingeniero enano estaba dentro, manejando el timón, probablemente mientras hacía cálculos mentales. Abrió la puerta, llamando su atención.

Tenemos un pasajero, Balaudrin, avisó, un instante antes de agarrar el brazo del Viejo Soldado y auparlo, de un tirón, hasta el interior de la cabina.


 

Astoli el Lampiño (Mago humano discípulo del Archimago)

Ciertamente, el enano gustaba de encerrarse en el carro. Sin embargo, ahora pasaba más horas allí metido, precisamente para evitar la presencia de cierto individuo al que había visto días atrás. Para ser más concretos, un mago llamado Astoli el Lampiño, a quien Balaudrin conocía desde hacía tiempo. El tal Astoli era, como no podía ser de otra forma, un discípulo del Archimago. Balaudrin ignoraba qué hacía allí, tan lejos de la influencia de su patrón. El mago había reconocido al enano un día soleado, mientras este trabajaba en el exterior, y se le había acercado.

- Vaya, el ilustre Balaudrin, qué gran sorpresa.

Sus palabras habían sonado pretenciosas, como todo lo que hacía aquel individuo: su forma de montar a caballo, sus gestos, su voz. Hasta la perilla refinada que llevaba, al estilo imperial, resultaba cargante para la vista de Balaudrin. Él y el tal Astoli habían tenido sus rifirrafes en el pasado, durante una reunión de magos en el sur, en la que Balaudrin había dado una charla sobre las propiedades de las runas y su lenguaje. El humano había interrumpido la charla varias veces, con molestas preguntas y algunas chanzas, que otros de su raza habían coreado por el mero hecho de no poder soportar la idea de que un enano pudiese conocer mejor que ellos ciertas ramas de la magia. De todos los magos que podía toparse Balaudrin, aquel era uno de los más desagradables.

- Supongo que habrás venido a disputarle a la noble institución del Archimago algún otro útil valioso, ¿cierto?

Astoli era, también, un lameculos recalcitrante. Balaudrin había dejado que la respuesta pendiese en el aire antes de soltarla.

- Nada cuyo funcionamiento esté al alcance de tu limitado seso, tranquilo.

Aquellas palabras generaron una risotada irónica en el mago, pero el enano supo que su orgullo estaba herido. No era la primera vez que aquello sucedía.

- Creo recordar que alguien ha ofrecido unas cuantas monedas de oro por tu cabeza. - dijo entonces el tal Astoli - ¿Qué te parece si te entrego a las autoridades imperiales?

- Lo que quieras, amigo. Pero no olvides que yo soy un maestro rúnico, y tú no eres más que un mindundi. Tu señor, el Archimago, ese de cuyo culo has sacado la lengua para venir a amenazarme, quizá no esté contento de que alguien como yo caiga en manos del Emperador.

Una vez más, el tal Astoli hizo una mueca, pero no tuvo mucha réplica. Desde aquel momento, el mago cenizo había estado rondando el carro de Balaudrin, pero no había dicho mucho más. El enano sabía que el tipo no hablaría: la guerra había terminado, y la vieja alianza volvía a su equilibrio original, con cada icono al servicio de sí mismo. Balaudrin gozaba de buena reputación entre los magos, y que uno de los suyos le entregase sería visto como una traición. Pese a todo, se había encerrado en el carro para no toparse con el pedante de Astoli. Solo verle la cara le ponía de mal humor.


 

Eshmigol (Enano viajero y montaraz)

El elfo no se encontraba dentro del vehículo rúnico desde la mañana, había llamado a Dálfor, su córcel, y había salido del camino, internándose en las tierras baldías. Estaba más que claro que no le era de particular agrado pasar demasiado tiempo dentro de la compleja creación de Balaudrin o de cualquier otro lugar cerrado, aunque ya había aprendido a soportar los hábitos de Augusta sin hacerle gestos ni reproches.

Antes de que se hiciera presente en ese preciso lugar de la caravana, llegó primero su risa, alta y clara. Era evidente que algo lo estaba divirtiendo; esa risa contagiosa pareció afectar los viajeros a los alrededores, los cuales empezaron a hablar animosamente entre ellos y alguno decidió empezar a invitar algo tenía en un barrilito a los demás.

Tras algunos momentos, su figura apareció surcando la espesura a la izquierda del camino, siendo llevando por su montura con trote alegre. Acompañándolo a su lado iba un enano de barbas y cabellos rojizos, vestido con gruesas pieles a la usanza de los bárbaros de las montañas heladas del norte.

Montando una vieja cabra montañesa, similar a las que tiraban del vehículo rúnico pero más huesuda, intentaba llevarle el ritmo al elfo mientras llamaba con silvidos a un joven zorro ártico que lo seguía trotando entre la hierba.

Eshmigol era claramente un viajero como todos ellos, pues además de sus ropas extrañas llevaba grandes bultos de todo tipo en su montura. Las alforjas rebosaban, y además la parte trasera cargaba con más bultos sostenidos en una estructura de madera, huesos y cuero.

Parecían venir charlando animadamente desde hacía rato como viejos conocidos, lo cual quizá no fuese extraño, o sí. Algo evidente en el aspecto del enano es que no vestia ni a la usanza enana, ni llevaba insignias visibles de pertenencia a los reinos conocidos. Lo que si traia consigo, y se encargaba de hacer notar, eran trofeos de orcos vencidos en batalla: un par de orejas de orco secas, un cuchillo orco quebrado, trozos de un estandarte en jirones y un yelmo hendido. Colgando tanto de su ropa como de su cabra.

La voz de Ralflinder por fin pudo escucharse claramente para aquellos que se encontraban en el enorme vehículo - Te digo, tienes que conocerlos, sobre todo el medio-mediano y el ingeniero rúnico, somos una colección de lo más variopinta - comentó con una sonrisa socarrona. El enano respondió con un gruñido que parecía una sonrisa tímida.
La verdad es que el enano vivía desde hace mucho tiempo en las montañas heladas con un pequeño clan, pero desde que su familia sucumbiese a los enfrentamientos con los orcos que no dejaban de llegar y las inclemencias del tiempo, se había convertido en una especie de nómada. Sin señor ni juramentos que cumplir, se dedicaba a ir y venir; a veces comerciando en plantas y hierbas raras, otras veces en pieles, otras cazando orcos por dónde se los encontrase. Así se habían conocido largos años atrás, en uno de sus peregrinajes por los rincones lejanos del mundo que lo llevaron cerca de los territorios guardados por los elfos.

Ralflinder se volteó para ver al zorro que ya llegaba a trotar junto a las patas de la enorme cabra -Se lo ve raro a Hocico, ¿Le pasa algo?- preguntó llevándose el dedo al mentón.

-El tiempo no le sienta bien, ya se acostrumbrará- respondió encogiéndose de hombros.

El elfo miraba de un lado a otro, esperando que apareciese por allí alguno, incluso con Augusta se conformaría pues no le apetecía entrar ahora en el cacharro mágico.


Cargando editor
23/07/2020, 12:39
Director

El fresno dorado es un árbol sumamente raro. Con su madera se fabrican varitas, bastones y otros objetos con propiedades mágicas.

No se puede trasplantar ni se adapta a ser cultivado, debe encontrarse silvestre. No se sabe porqué aparece donde aparece.

Cargando editor