Lunes, 12 de abril de 1926, 20:15 horas
El SS Essex County, un barco mercante con pasajeros, surca las aguas de la costa de Massachusetts, en una noche de luna nueva. Ya falta poco para llegar al puerto final de vuestro viaje, Rockport, un pueblo en Cape Pond, condado de Essex, Massachusetts, a solo una hora de Boston.
Los camarotes no son muy amplios, pero están bastante bien para el precio pagado por el billete. Todos tienen una cama y un pequeño escritorio. El servicio se encuentra en el pasillo, de paredes blancas bastante cuidadas. En cubierta, apenas se ve nada lejos de las luces que arroja el propio barco.

Hay 8º C de temperatura ambiental y la humedad embriaga los huesos: como es usual en esta época del año, los últimos días ha llovido. El límite entre mar y cielo se confunde. No hay luna, lo que tampoco permite ver los espesos nubarrones que cubren todo. En la distancia comienzan a escucharse algunos truenos dispersos y cualquiera que abra la puerta que conduce al exterior, siente que el aire le golpea repentinamente y con fuerza, haciendo inevitable que el olor a mar impregne todo.
El destino, por una u otra razón, ha hecho que los pasajeros se encuentren viajando en este barco:

Iniciamos con una tirada de Descubrir con dificultad Normal.
El Biólogo Marino tiene dado bonificador (tira 2D100 y quédate con el más bajo; desglosa tirada).
Motivo: Descubrir
Cantidad: 1 (2 para el biólogo marino)
Caras: D100
Modificador:
Sacar: igual o menos que
Dificultad: tu % de habilidad normal (la casilla más a la izquierda, cantidad grande, no el % junto al nombre)
Desglosar: sí para el biólogo marino
Oculta: como quierasSi alguien tiene dudas para lanzar, consultad en el offtopic
El humo de la pipa de Alistair Farnsworth ascendía lentamente en espirales grises, disipándose con el viento salado que acariciaba la cubierta del barco. Las olas mecían la embarcación, su monótono vaivén apenas un eco en la mente de Alistair mientras se concentraba en las páginas amarillentas de un antiguo tomo sobre civilizaciones perdidas, uno de los pocos placeres que le quedaban. La tapa de cuero del libro, agrietada por el tiempo, hacía juego con la sensación de nostalgia que siempre lo asaltaba cuando volvía a los mares de América.
El leve crujido de la madera bajo sus pies y el ocasional golpeteo del agua contra el casco del barco parecían un ruido lejano. Los ojos de Alistair, serenos pero atentos, recorrían las palabras, aunque una parte de su mente seguía anclada en los problemas que le aguardaban en Rockport.
De vez en cuando, echaba una mirada rápida a los otros pasajeros. Sin embargo, a pesar del anonimato del viaje, algo en el ambiente le resultaba incómodo. No era el aire frío del mar, sino la sensación de que estaba a punto de volver a caminar por la delgada línea entre lo legal y lo ilícito.
Tomó una larga calada mientras sus dedos pasaban las páginas del libro. De reojo, observó a otro de los pasajeros en el momento justo que el sonido de un trueno lejano se escuchó.
Sin levantar mucho la voz, se dirigió al hombre con una sonrisa apenas perceptible. -Parece que encontraremos tormenta en nuestro destino, ¿Primera vez en Rockport?- Indagó con parsimonia y un aire algo misterioso.
Motivo: Descubrir
Tirada: 1d100
Dificultad: 50-
Resultado: 18 (Exito) [18]
Dejo la pregunta abierta a cualquiera de los demás pasajeros.
¡Empezamos bien! Éxito con 18 en Descubrir.
El viaje se me hacía un poco largo, aunque ya me había acostumbrado a esas interminables horas de trayecto para llegar a los lugares donde me requerían. Sin embargo, era la primera vez que me encontraba en un barco como este. La sensación del balanceo constante y el sonido de las olas golpeando el casco me resultaban extraños, casi incómodos. No era el típico tren o automóvil que solía tomar, pero al menos el clima me daba algo en qué concentrarme.
Me quedé mirando por una de las ventanas, observando cómo el cielo amenazaba con una tormenta digna de los relatos bíblicos. Las nubes se arremolinaban pesadamente, y el viento comenzaba a sacudir las aguas. Sabía que no faltaba mucho para que se desataran los relámpagos.
Apoye mi diario en la mesa del pequeño comedor, el único lugar donde podía escribir con cierta comodidad. Con mi pluma Parker en mano, comencé a anotar los detalles del día como normalmente solía hacer para luego poder releerlo cuando necesitaba recordar las cosas.
Al terminar, guardé la pluma con cuidado en el bolsillo de mi chaqueta y cerré el diario, pasando la mano sobre la cubierta de cuero como un gesto automático. Miré alrededor buscando alguno de los otros tres pasajeros.
Me puse de pie, empujando la silla hacia atrás, y caminé hacia uno de ellos - Perdone —dije, intentando captar su atención sin parecer demasiado invasivo— ¿Es usted de Rockport? - Tenía curiosidad por saber más sobre el pueblo donde me dirigía, y nada mejor que un lugareño para ofrecerme detalles que los informes oficiales no siempre proporcionaban.
Motivo: Descubrir
Tirada: 1d100
Dificultad: 65-
Resultado: 48 (Exito) [48]
OFF: 45 (éxito) - La persona puede ser quien quiera rolear con Gordon.
Lunes, 12 de abril de 1926.
Son las 7:30 y todo apunta que habrá tormenta. Continúo mi viaje hacia Rockport como mis superiores pidieron para investigar algunos asuntos en aquel puerto. Si bien me encuentro abrigado el frio es suficiente como para helar mis huesos y hacer que vea mi propio vapor.
Aparte de mí solo se encuentran otros tres pasajeros dirigiéndose hasta Rockport, los demás son trabajadores de la embarcación SS Essex County por lo que no suelen ser muy cooperativos con mi pregunta.
Aun no encuentro nada importante, pero es coherente ya que no llegue al lugar en cuestión.
Mientras Gordon Blake escribía su nota, se dio cuenta de que esa misma tarde, de manera imprevista, había sido asignado con un nuevo compañero: una mujer agente federal, Bobbie Lesnar. Sabía que era todo un mito la existencia de mujeres en el cuerpo, pero se han escuchado rumores de que si las hay es porque son una potente arma de espionaje y distracción, ya que no son muy comunes. Las pocas que hay son, además, muy buenas y estrictas.
La mujer que le acompañaba tenía la misma orden de investigar los mares, sin embargo, Blake dudaba que supiera algo sobre la actividad de tu compañero real, Warren Thomas. Era posible que su presencia allí interfiriera en tu misión secreta de encontrar pruebas definitivas de contrabando.
La mujer llevaba un elegante vestido de corte sencillo que resalta su figura, con un abrigo de piel alrededor de sus hombros para protegerse del aire fresco del océano. Su expresión apuntaba al mar, con una mirada fija y labios ligeramente apretados, como si estuviera inmersa en sus pensamientos. En una de sus manos sostenía un cuaderno pequeño de cuero, y con la otra sujetaba una pluma estilográfica.
La mujer abrió los ojos cuando un rayo rompió el cielo en el horizonte y los cerró para oler los aromas que se mezclaban con el mar salado. La pluma se deslizó suavemente mientras escribía, plasmando en el papel las reflexiones profundas de la tormenta o un recuerdo de la noche, pensamientos que solo el océano podrían conocer.
Miró hacia un lado cuando sintió que un hombre estaba compartiendo una conversación con ella.
—Adoro las tormentas —dijo con claridad, con una sonrisa que enmarcada en sus labios colorados—. Sí, será mi primera vez en Rockport. Mi nombre es Marjorie Lawrence, viajo para... —miró a su cuaderno y al horizonte— descubrir el mundo costero y la vida marina con mis propios ojos.
No pudo ignorar que Alistair sostenía un libro cuya tapa se había vuelto tan añeja como los buenos vinos. Lo miró con curiosidad y solo por ello su vista se apartó del mar y de lo que escribía.
—¡Oh, un libro antiguo! ¿De qué se trata? Yo adoro a Julio Verne: Veinte mil leguas de viaje submarino y La isla misteriosa, mis favoritos —dijo bastante interesada con el mundo literario, por lo que se percibía.
Marjorie también echó un vistazo a los demás pasajeros, que todavía no conocía ni sus nombres. Por un instante, aquella mujer llamó toda su atención.
Todos los pasajeros conocían ya al capitán del SS Essex County, Abraham Sandford, que les había dado la bienvenida al embarcar. Era un hombre de edad madura, con un rostro endurecido por los años en el mar. Llevaba su uniforme con impecable pulcritud: una chaqueta oscura con botones dorados y una gorra de capitán decorada con un emblema en la parte frontal. Su barba espesa y sus bigotes cuidadosamente recortados mostraban un toque de gris y su expresión era grave y concentrada, con una mirada penetrante que observaba el horizonte, evaluando las condiciones adversas.
Salió de la cabina de mando, que estaba oscura, iluminada solo por el tenue resplandor de las linternas y las luces de los instrumentos parpadeantes a medida que el buque avanzaba entre las olas. Se le veía en calma, manteniendo el control.
—¡Moretti! —llamó de nuevo, parecía ser su marinero más audaz. Pietro llegó decidido y con su rostro cubierto de humedad, pero con una chispa en sus ojos valientes, cualidad que el capitán debía valorar en noches tormentosas.

—Moretti, este es nuestro último viaje de lunes —dijo el capitán—. Normalmente suele ser el viaje menos solicitado del día, pero hoy está inusualmente vacío. El temporal no nos da tregua. Mantén a los hombres atentos. Si algo se complica, quiero que seas mis ojos allá afuera.
El marinero asintió. El resto de la tripulación, ocupada en sus tareas diarias, se movía por la cubierta y los pasillos del buque. Eran fácilmente reconocibles por su uniforme y van de un lado a otro en silencio, con rostros concentrados, llevando herramientas y mensajes para el capitán.
El viaje comenzó tranquilo, pero hace ya bastante rato que el cielo amenazaba con la tormenta, causando una mayor oscuridad en la noche. El sol se puso hará media hora, aproximadamente a las 19:30 horas. El mar helado abandonó su estado apacible y comenzaba a zarandear el barco, pues el viento del oeste arrecía con fuerza.
—Siéntense, damas y caballeros —anunció el capitán a los pasajeros—. Con el reciente mal estado del mar, se hace bastante complicado quedarse de pie sin que os mareéis.
El hombre ya estaba sentado antes de que el capitán lo recomendase, sujeto a la barandilla, intentando no moverse demasiado. Los balanceos del barco no le sentaban del todo bien. Sin embargo, hizo el esfuerzo de levantarse y volver saludar al capitán con una actitud formal y segura. Posaba una mano en el interior de su bolsillo.
—Arthur Morgan, señor —le dio la mano y con ello aprovechó de insertar entre sus dedos una tarjeta de contacto—. Soy un gran tasador, para lo que se precie. Considero que su buque tiene un valor incalculable y haría una gran labor en su transacción.
No pudo ver la expresión de desconcierto que le dedicó el capitán porque había regresado a su asiento. Allí respiró hondo, la brisa marina conseguía relajarlo. Tenía un peinado corto y peinado hacia atrás, con un bigote bien arreglado. Su traje era de tres piezas de lana, típico de la moda masculina actual, que sugería un viaje de negocios.
Cuando Gordon Blake le habló, abrió un ojo para verle e intentar contestar lo más educado posible.
—De Boston —dijo—, pero me dirijo a Rockport para valorar unas piezas de oro encontradas por un fiel amigo. Según dice, sumergidas en los alrededores de la costa. Seguro una confusión, ¿quién tiraría monedas al mar?
Bobbie contemplaba el horizonte, esa línea negra que parecía engullir el mar, con expresión concentrada, igual que si estuviera tratando de resolver un misterio que aún fuera incapaz de ver. Un destello en la noche le demostró que, a pesar de la ausencia de luna y de que las sombras habían tomado las aguas, el mar seguía encontrándose allí. Claro que seguía encontrándose allí, que idea tan ridícula.
Había descubierto dos cosas sobre si misma en ese viaje. La primera era que la noche en alta mar era como un hechizo cautivante capaz de abstraerla en densos pensamientos. La segunda, que no había nacido para navegar. Aunque mantenía la compostura y el tipo, su estómago estaba revuelto como dos púgiles en un cuadrilátero a los que les hubieran tirado barro encima. Se había mantenido ligeramente separada del resto de pasajeros, le gustaba disfrutar de su soledad, pero el sonido de la conversación la atrajo. Quizás una charla superficial le ayudaría a distraerse de su creciente mareo. Además, era una chica curiosa.
—Siempre preferí autores menos fantasiosos, como Jack London, y sus dilemas sobre la moral, aunque mi libro favorito es Daisy Miller, de James —el cual le tocaba personalmente en varios aspectos —. Perdón por interrumpir su charla —dijo, mostrando una sonrisa pequeña pero auténtica —. El silencio y este vaivén me estaban matando. Soy Bobbie Lesnar.
No dijo a que se dedicaba. Zapato plano, pantalón, chaqueta holgada. Eran ropas masculinas, aunque si uno se fijaba podía apreciar aún el cuerpo esbelto de una mujer bajo ellas. Su sombreo era la única prenda de color de su vestuario, y la única propia de damas. Su maquillaje era correcto y discreto.
—Julio Verne me parece un autor de talento. Pero ¿Viajar a la luna? Una deliciosa fantasía, pero no es para mí. Si apenas somos capaces de surcar los mares de forma segura…
Decidió hacer caso del consejo del capitán y tomó asiento.
—Señor Morgan, espero que no le importe que me siente a su lado. Creo que la verticalidad es mi enemigo ahora mismo —esperó por si ofrecía resistencia a su propuesta antes de sentarse cerca de él. Esperó unos segundos para asegurarse de que su cabeza no salía dando vueltas y retomó la conversación —. Monedas sumergidas. Sería un buen comienzo para una novela de aventuras. ¿No cree?
Motivo: Descubrir
Tirada: 1d100
Resultado: 20(+65)=85 [20]
Puse la dificultad en la casilla de modificador. Perdón!
Dante estaba acostumbrado a viajar, ya que había estado recorriendo Europa y había vuelto nuevamente a Norteamérica hacía relativamente poco tiempo, pero esta tormenta no le gustaba nada de nada. Oscura, tormentosa, siniestra... Presagiaba desgracias, como le contó un marinero inglés una vez, pasando por el Canal de la Mancha. Para no estar solo, prefirió irse al salón para charlar un rato y tomar un vino. Recogió su zurrón, del que nunca se desprendía, y marchó para allá. En dicho zurrón siempre llevaba su bloc de dibujo y sus lapiceros y pinturas. Nunca se sabía dónde se encontraría la inspiración, y cuando se encontraba, había que plasmarla rápidamente para no perder ese momento.
Ya en el salón, se acomodó en una silla al lado de varias personas que charlaban entre ellas. Había tres hombres y dos mujeres, más algún marinero que pasaba de vez en cuando a toda prisa por allí. Una vez sentado, saludó a los allí presentes y se encendió un cigarrillo. Extendió la pitillera a los demás por si querían coger uno.
-"Buenas noches. ¿Les importa que me una? ¿No, verdad? Me llamo Dante Ricci, pintor y artista. Mala noche esta, ¿eh?" Dijo para todos, exhalando una vaharada de humo.
Tirada oculta
Motivo: Descubrir
Tirada: 1d100
Dificultad: 55-
Resultado: 20 (Exito) [20]
El olor a tabaco llenaba el salón, mezclándose con la brisa húmeda que entraba por una de las ventanas ligeramente abiertas. Alistair Farnsworth observaba a los pasajeros reunidos, escuchando sus conversaciones con atención discreta mientras sostenía su pipa, el humo ascendiendo en suaves espirales alrededor de su rostro. A pesar del clima amenazante, los temas de conversación parecían evitar la tormenta, desviándose hacia la literatura y los objetos sumergidos, algo que no pudo dejar de captar su interés.
Cuando Marjorie Lawrence mencionó su amor por Julio Verne, Alistair alzó una ceja y sonrió con un toque de aprobación.
—Es un excelente autor para el espíritu aventurero —dijo, dirigiéndose a Marjorie—. “Veinte mil leguas de viaje submarino” tiene un encanto único, especialmente en su exploración de lo desconocido. Aunque, debo admitir, prefiero a los autores que intentan capturar la historia real. Gibbon, por ejemplo, y su monumental trabajo sobre el Imperio Romano. Ah, pero Verne… siempre logra despertar en uno ese deseo de aventura.
Giró levemente la cabeza hacia Bobbie, quien había intervenido con su comentario sobre Jack London y Henry James. Alistair asintió, notando la precisión de sus palabras.
—London y James, dos enfoques muy distintos pero igualmente fascinantes. James tiene un ojo clínico para diseccionar el alma humana, mientras que London explora la crudeza de la naturaleza. Ambos son escritores notables, aunque de estilos tan opuestos. Daisy Miller, un personaje intrigante. El conflicto entre el Viejo Mundo y el Nuevo, la tradición contra la libertad… —Su voz se desvaneció, como si recordara algún pasaje que hubiera dejado una impresión duradera en él.
El barco se sacudió ligeramente, pero Alistair mantuvo la compostura, ignorando la agitación del mar. Luego, cuando Arthur Morgan mencionó las monedas de oro sumergidas, su atención se concentró sutilmente en el comentario. No era común escuchar sobre tesoros perdidos en alta mar sin una historia que los acompañara.
—¿Monedas en la costa de Rockport? —preguntó, fingiendo una ligera curiosidad, aunque en su mente se despertaba algo más intenso— Qué interesante, señor Morgan. Las aguas de América siempre han tenido fama de esconder secretos de tiempos pasados. Me pregunto de qué época serán esas monedas, si realmente están allí…
Su tono se mantuvo neutro, pero sus ojos brillaban con una chispa de interés genuino. Un misterio marino era justo el tipo de historia que solía seguir, aunque fuera solo para desentrañar sus mitos y separar el hecho de la ficción.
Dante Ricci, el pintor, también captó su interés. Era evidente que los demás pasajeros venían de profesiones diversas, pero Dante, con su estilo bohemio y su habilidad para captar el momento, tenía una perspectiva que le resultaba intrigante.
—Ricci, un placer. Seguro que esta tormenta ofrece un juego de luces y sombras digno de un cuadro, ¿no cree? —comentó, dando una pequeña calada a su pipa y mirando hacia el ventanal oscuro— A veces, la naturaleza es el mejor maestro en la composición.
Alistair volvió a centrarse en su libro, aunque con el oído atento a cualquier detalle que los pasajeros pudieran añadir sobre los misterios de Rockport.
No pude evitar interactuar con la mayoría, una disculpa si el post es algo agobiante.
El ambiente de la habitación estaba impregnado por el olor del tabaco del tabaco que fumaba Dante. Seguro que es un nombre artístico... pensó Alexander tras oír la presentación del hombre como un artista. Pobre iluso si así piensa que tendrá más éxito en sus ventas...
La amistad es el vínculo que une los corazones de los valientes... recitó un verso de La Divina Comedia del escritor italiano Dante Alighieri esperando ver si el pintor era un hombre ilustrado y hacía honor a su nombre.
Parece que ambos buscamos nuestra musa bajo el mar, señor Morgan... Si encuentro alguna moneda será toda suya, yo estoy en busca de un pez. Espero que si alguien lo encuentra, tengan a bien no comérselo antes de que pueda estudiarlo - añadió con una sonrisa. Sin esperar a que el resto de pasajeros reaccionaran a su broma, procedió a presentarse.
- Mi nombre es Alexander Whitford y soy biólogo marino...
Motivo: Descubrir
Tirada: 2d100
Dificultad: 60-
Resultado: 27, 61 (Suma: 88)
Exitos: 1
Lo que le llamó la atención de la otra mujer fue su modo de vestir masculino, tan novedoso, que ella no se atrevería a llevar. Aunque no había dicho a lo que se dedicaba, sabía que era una mujer libre. Marjorie agitó la mano cuando Bobbie se disculpó con esa sonrisa que mostraba: pequeña, pero auténtica. Sonrió con un guiño, haciéndola saber que estaban en el mismo barco y era bienvenida toda charla placentera que le sacara por un momento de sus pensamientos.
Bobbie y Alistair compartían autores y títulos muy interesantes, como los de historia real o dilemas sobre la moral. Marjorie se dio por aludida cuando volvieron a mencionar a su favorito con otro de sus títulos.
—De la Tierra a la Luna, sí, fue inspiración para los hermanos Méliès en su Viaje a la Luna —afirmó con seguridad; incluso si preferían otro género a las aventuras, conocerían ese filme tan famoso. La mujer miró al cielo oscuro y tormentoso, casi camuflado con el mar, haciendo parecer que viajaban por el espacio—. En esta noche no llegaremos a la Luna, nos ha abandonado. Tendremos que esperar a la siguiente luna nueva, pero las luces del cielo dejan surcos asombrosos en las olas.
Marjorie estaba segura que los otros dos hombres, Whitford y Dante, preferían los libros ilustrados, por lo que decían dedicarse. Observó al artista con ese porte varonil, una fuente de inspiración. No se imaginaba que coincidiría con uno en un barco y esperaba que sacara sus pinturas para hacer una demostración. Por otro lado, la profesión del biólogo marino llamó su atención, una mente brillante de lo que ella deseaba conocer. Su cara bonita no pasó desapercibida.
—¿Un pez? ¿Hay una especie sin descubrir en estas aguas? —preguntó asombrada, haciendo que su mirada rápida como un rayo se centrase en el mar.
Por su cara descompuesta, todos sabían que si continuaban los movimientos bruscos, el hombre acabaría devolviendo la cena. Dada la advertencia, tampoco tenía cuerpo para ofrecer resistencia a una propuesta de cercanía, así que permitió que Bobbie se sentara y le hablase. Quizás la conversación sirviera de algo.
—Sí, ya veremos si tienen fecha y sello, o algún símbolo que lo identifique —respondió incluyendo con su mirada a Alistair, que también estaba allí, interesado por las monedas—. Si me ha llamado es porque no se aprecia a simple vista o es borroso, imagino. Ya saben, la erosión de aguas saladas. Quien siga las pistas, encontrará el cofre del tesoro, como esas novelas de aventuras. No son de mi interés, prefiero los hechos. Aunque sí cambiaría un pez por una moneda valiosa —dijo al biólogo con un atisbo de sonrisa.
Un reflejo en la mirada de Alistair lo hizo dudar. Por los ojos brillantes, diría que lo había visto en algún sitio.
—¿Le conozco de algo, señor? Su cara me suena —preguntó sin rodeos.
Solo un pitillo ofrecido por Dante podría aliviar su estómago y su temple, se lo agradeció con un gesto leve. Por un momento su cabeza dejó de dar vueltas.
—Interesante lo suyo. ¿Es un artista de renombre? —quiso saber, interesado quizás en valorar su trabajo.
Desafortunadamente para Dante, la tormenta empeoraba. Presagiaba desgracias. Pero las desgracias mejor plasmarlas rápidamente en un cuadro para no perder ese momento. Si para Bobbie, apenas eran capaces de surcar los mares de forma segura, ahora se hacía imposible.
Un fuerte movimiento sacudió el barco, cortando las conversaciones y dejando un sabor salado en las bocas abiertas. Las luces se extinguieron, sumiendo todo en tinieblas, sin una noción del norte. Solo aferrándose a algo estable podían mantenerse en pie. Las órdenes del capitán resonaban, convocando a su tripulación, mientras los muelles del barco emitían un chirrido metálico. Los relámpagos, cada vez más intensos, iluminaban el agua. Todos lo vieron. No muy lejos de la proa, una sombra oscura, del tamaño de un humano, emergió como un delfín y desapareció en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando las luces volvieron a encenderse, titilando a intervalos, el barco y las aguas circundantes disiparon las sombras, pero continuaban agitándose por la furia de la tempestad. Mientras las luces seguían parpadeando, sin saber si iban a apagarse definitivamente, las voces del Capitán, su fiel marinero Pietro y el resto de la tripulación dejaron de escucharse.
Tirada de Descubrir superada por todos. La marco en negrita para los aumentos de final de capítulo.
Para una chica que nunca había sabido cuál era su lugar, aunque sabía que detrás de una mesa de oficina no lo era, encontrar aquellos momentos en los que era aceptada sin más, uniéndose a la conversación como cualquier otro, calmaba las inquietudes de su alma y el poso de tristeza que parecía llevar siempre consigo.
Agradeció la mirada de Marjorie, reconfortante a todos los niveles, y que la conversación revolotease alrededor de la literatura, tema que amaba y que había sido consuelo y estímulo durante toda su vida. El cine, ese arte nuevo y extraño mencionado por Marjorie le fascinaba tanto como le asustaba. A veces pensaba que la ciencia del hombre era obre del diablo. Le agradó la presencia del biólogo marino, y despertó también su interés. Más que el pintor, desde luego.
Iba añadir algo más, cuando la tormenta se recrudeció. Los gritos del capitán resonaban de babor a estribor, el cielo se encendía y apagaba como un ente furioso y las aguas bravas bien parecían las manos de Poseidón tratando de hundir el barco. No sabía si el señor Morgan lograría mantener la compostura, ella estaba al límite.
Entonces lo vio. O más bien, creyó ver algo. Una silueta que era como un hombre, pero que se encontraba envuelta en sombras y misterio. Durante unos momentos se quedó helada. La luz volvió. Pero ¿Hasta cuándo? Su mente no era terreno fértil para las fantasías, pero dada su profesión sabía reconocer el peligro cuando lo veía.
—¿Han visto eso? Creo que hay un polizón en el barco.
Llegó a decir, aunque polizón no era la palabra que quería utilizar. Amenaza. Pero no quería asustar a nadie.
—La tormenta se recrudece, no deberíamos quedarnos fuera. Usted menos que ninguna, señorita Lawrence, con su calzado no le resultará fácil mantener el equilibrio en medio de este caos.
Se ajustó el sombrero, alzó su nariz de investigadora hacia la tormenta, hacia los misterios que parecía arrojar violentamente sobre ellos.
—Deberíamos encontrar algunas lámparas de mano antes de quedarnos a oscuras. Y no se acerquen a los extremos, no quiero que nadie se caiga por la borda.
Sus ojos enfilaron la oscuridad.
—Iré a echar un vistazo. Solo por preocaución —dijo, comenzando a moverse. Solo se detuvo un momento para mirar a todos los presentes —. Ya no se oye al capitán.
- Pues sí, señorita Lawrence... incontables son los misterios que la naturaleza aún guarda para nosotros y nuestros esfuerzos por desvelarlos no son más que el fulgor de una pequeña luciérnaga en la noche oscura... - las palabras del biólogo se vieron interrumpidas por el súbito apagón. Consiguió mantener la postura erguida merced a sus experiencias previas en navíos, pero temió que los demás, especialmente las mujeres, no lo lograran.
En el instante previo al regreso de la iluminación vislumbró una figura extraña que desapareció de manera brusca, haciéndole dudar de la veracidad la visión. Sin embargo el comentario de la señorita Lesnar le confirmó que la aparición había sido real.
- Desde luego no parecía un pez... - añadió intentando relajar la situación.
Cuando vio que ella comenzaba a moverse para ir en busca del capitán de inmediato se ofreció a acompañarla.
- Permita que la acompañe...
El barco se tambaleó con tal violencia que la pipa de Alistair por poco se cae de sus manos. Con un gesto rápido, cerró el libro que había estado leyendo y lo guardó cuidadosamente en su maletín, junto con su pipa, antes de aferrarse con fuerza al respaldo de su asiento. Su mandíbula se tensó, pero su mente permaneció fría, buscando en todo momento racionalizar lo que estaba ocurriendo.
El crujido del metal y el rugido del viento llenaban el aire. Las conversaciones se habían detenido, y la penumbra solo era rota por los destellos de los relámpagos que rasgaban el cielo. Fue en uno de esos destellos que lo vio, una sombra que emergió fugazmente de las olas. Su figura, vagamente humana, provocó un murmullo ahogado entre los pasajeros.
Alistair respiró profundamente, su mente aferrándose a lo lógico como a un salvavidas.
—Un pez —murmuró para sí mismo, como si repetirlo fuera suficiente para calmar las ideas irracionales que amenazaban con asomar en su mente— Una especie de pez o un Marlín gigante, saltando entre las olas. Con este clima, no sería sorprendente.
Se incorporó lentamente, usando la barandilla para mantener el equilibrio mientras el barco seguía sacudiéndose bajo la furia del océano. Las luces comenzaron a parpadear, iluminando brevemente las expresiones de los demás pasajeros, mezclas de confusión y miedo. Alistair, en cambio, trataba de mantener la calma, su mirada recorriendo el entorno en busca de pistas que explicaran lo que acababan de ver.
—La tormenta está jugando con nuestras mentes —dijo en voz alta, con un tono firme pero no agresivo, lo suficiente para intentar calmar a quien lo escuchara— En estas condiciones, las sombras y los relámpagos pueden distorsionar lo que vemos. No hay necesidad de alarmarse.
Sin embargo, no pudo evitar notar que el capitán y la tripulación habían dejado de oírse. Esa ausencia, más que la sombra en el agua, le produjo un malestar que no lograba sacudirse. Observó a los demás pasajeros, intentando evaluar sus reacciones, mientras en su interior luchaba por mantener el control.
—Quizás deberíamos reunirnos en un lugar más seguro dentro del barco, lejos de los ventanales. Si el capitán y su tripulación están ocupados, lo mejor que podemos hacer es mantenernos juntos y esperar a que pase lo peor —sugirió.
Alistair se presentó como un Anticuario inglés con las personas que le preguntaron y con los que mantenía conversación, antes de que la tormenta empeorara. Lo aclaro por acá porque me percaté que en ninguno de mis post me presenté en condiciones, una disculpa. xD
La tormenta era un titán que rugía sin tregua, su furia sacudía tanto el barco como los pensamientos de los que se encontraban a bordo. El viento amenazaba con despojarlos incluso de sus sombreros. El "polizón", nada comparado a un pez, era una sombra persistente en sus mentes. ¿Qué era, y por qué sentían una amenaza tan visceral? Sin la presencia del capitán para guiarles, la incertidumbre se clavaba como un anzuelo. Al voltear la vista hacia el mar, lo único que vieron fueron olas encrespadas que se alzaban como montañas líquidas. El resplandor de los relámpagos iluminaba un paisaje caótico y vertiginoso, pero ya no había rastro de la sombra vertiginosa.
Conscientes de que la tempestad haría mella si permanecían afuera, el grupo entró a la cabina principal. Allí, encontraron un refugio que ofrecía la promesa de resguardarse del azote de la tormenta.
El salón de espera era amplio. Grandes ventanales alineaban una de las paredes, pero los viajeros se apresuraron a asegurar las pesadas puertas de madera que debían cerrarse para evitar que el viento se filtrara. Los ventanucos circulares a lo largo de las paredes restantes, aunque más seguros, dejaban pasar la luz de los relámpagos que bailaba en patrones inquietantes por las paredes. Los muebles estaban fijos al suelo, necesidad en alta mar. Unos pocos sillones de cuero oscuro ofrecían un lugar donde sentarse.
Arthur, cuyos nervios estaban tensos, se dejó caer en uno de los sillones. Dante y Gordon le ayudaron a acomodarse. El resto del grupo se internó en el pasillo que conducía a las dependencias, llamados por la búsqueda de lámparas de mano. Necesitaban del capitán, una señal que les indicara que el barco no estaba completamente a la deriva en manos de algo que no podían comprender.
Marjorie miró los zapatos planos de Bobbie por un momento:
—Daría cualquier cosa por un par como esos ahora mismo —dijo, más para sí que para los demás, pero el eco en el pasillo amplificó su frustración. Aquella mujer era decidida y tomaba la iniciativa del grupo, no dejaba de sorprenderse con ella. Por eso decidió seguirla—. Espere, señora Lesnar, voy con usted.
Sus tacones resonaban sobre las tablas del suelo. Se notaba que no era un calzado adecuado para una tormenta: apenas podía mantener el equilibrio y resbalaba con frecuencia. Agarraba con fuerza el brazo de Alexander para no caerse y con una mirada algo asustada. Su otro brazo mantenía rígido su bolsón lleno de las historias espeluznantes que tanto disfrutaba leer bajo al luz de una llama. Era muy diferente a vivirlo en persona, pues la realidad no permitía cerrar sus páginas cuando el miedo se hacía presente.
El pasillo estaba en penumbra, interrumpido solo por los pequeños ventanales circulares en un lado, por donde se colaban destellos fugaces de los relámpagos. No podía apartar de su mente esa figura que habían visto. Una sombra que parecía haber emergido de las profundidades. Había algo intrínsecamente antinatural en ello.
—¿Alguna vez vio marlines, señor Farnsworth? —le preguntó, tratando de mantener la voz firme. Luego miró al biólogo marino—: Señor Whitford, ¿a usted le parece posible que esa cosa fuera un marlín? Uno... ¿mutado, tal vez? Como diría Hugo de Vries en su Teoría de la Mutación —dejó escapar su imaginación, estaba algo nerviosa.
Al fondo del pasillo estaba el cuarto de baño y en la pared un armario empotrado, que al abrirlo había toallas, papel de talco y las lámparas de mano. Justo de frente una trampilla cuadrada estaba abierta, revelando una escalera que descendía hacia las entrañas del barco. No se veía nada, estaba oscuro.
—Quizás esté ahí abajo el capitán —susurró, buscando quién de todos sería el primero en bajar.
El marinero más fiel al capitán entró de la cubierta empapado de pies a cabeza. Sus botas chapoteaban dejando un rastro de humidad mientras se adentraba en la cabina principal. Tenía una respiración rápida, como si cada bocanada de aire fuera una lucha. Su voz resonó por encima del rugir del barco.
—¡Sandford! ¡Capitano! —gritó con acento italiano, buscando el rostro familiar.
En su lugar encontró al grupo reunido alrededor de Arthur, que parecía mareado y se recuperaba tumbado en el sofá. Avanzó hacia ellos rápidamente, moviendo las manos para dar énfasis a su urgencia.
—¡Dio santo, questa tempesta è una furia! Non ho visto nessuno dell'equipaggio. ¿Va tutto bene qui? ¿Hai visto Sandford? —preguntó con la voz entrecortada. No fue difícil entender lo que decía para ninguno.
Sus ojos recorrieron a los hombres, sabía que la comunicación sería difícil. Miró a Dante, reconociendo en él la única posibilidad de compartir algunas palabras. Aun así, ya habían visto al capitán darle órdenes en inglés; podía ser que entendiera el idioma si hablaban despacio.
Para hablar con él en inglés se necesitará una tirada de Idioma:
- Gordon: tirada de inglés dificultad difícil (tu % medio).
- Dante: entenderás sin problemas lo que te cuente, según preguntes. Sin embargo, puedes realizar una labor de intérprete para los demás con una tirada combinada. Tira 1 vez sin dificultad, motivo Inglés+Italiano. Para los aumentos de capítulo se tendrá en cuenta haber alcanzado el valor normal en cada habilidad.