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La Edad de la Inocencia (+18)

• Amor y Cortejo •

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20/12/2016, 20:47
Narradora

GUÍA PRÁCTICA PARA LAS JÓVENES QUE BUSCAN ESPOSO

 

Amor

 

Sed cautas a la hora de entregar vuestro corazón a un sujeto que no lo merezca. No elijáis una pareja débil. No busquéis únicamente un exterior atractivo, un asumido esplendor; considerad sin embargo el porte en general de la persona que resolváis como vuestra elección.

Si descubrís la debilidad interna y la incapacidad de la persona... ¡Hacedlo antes de que sea demasiado tarde!

 

Primeros afectos

 

Los primeros afectos son los más puros y fuertes, y si tales sentimientos se reúnen con los correspondientes sentimientos e impresiones, no son fácilmente erradicados de la mente.

Cuán necesario es que la extrema precaución sea ejercitada en la formación de nuestros apegos.

La felicidad doméstica puede asegurarse procurando relacionarse con una compañía cuya disposición, temperamento y porte puedan sostener el más estricto escrutinio.

La vida matrimonial, que debe consistir en una consecución ininterrumpida de escenas de paz y armonía, puede con frecuencia en una contienda llena de miserias.

 

Enamorándose

 

 

"Enamorarse" es una expresión de la que hacemos uso comúnmente, pero es una expresión que no es del todo admirable.

Son muchas y muy numerosas las causas que se podrían mencionar y que hacen que una persona tienda a enamorarse. El corazón femenino es por lo general suave y tierno y fácilmente susceptible de rendirse a las emociones, que son despertadas con presteza, y son forjadas a base de adulaciones y alabanzas.

Las impresiones son formadas con rapidez en la mente de una joven dama, y no serán después fáciles de borrar; no una vez su corazón se haya rendido a él, fruto del despertar de aquellos sentimientos.

El amor roba el corazón femenino, dando luz y brillo a aquello que antes era oscuro y sombrío.

 

 

El hombre, en cambio, está en general en guardia y calcula con cuidado. Algunas veces, por supuesto, es herido hasta tal punto, y cautivado por la belleza y las atracciones externas de una dama a primera vista, que olvida toda razón y se lanza sin pensar al abismo del matrimonio. Pero este sentimiento solo prevalece en los primeros días de un amor joven.

El verdadero carácter de la persona debería ser conocido antes de que tus afectos sean decididos y entregados.

Algunos hombres son capaces de disfrazar su forma de ser y no será tarea fácil para una dama explorarlo. Tal vez tenga todos los trazos de un caballero –un exterior atractivo y buenas habilidades para la etiqueta- pero estos no serán suficientes para convertirse en una buena compañía en el hogar.

Es altamente necesario saber algo sobre su temperamento, hábitos y gustos.

Si es irrespetuoso y desobediente para con sus padres, o grosero y desagradable con sus hermanas... ¡es esta una evidencia innegable de que si alguna vez os casarais, él se manifestaría de una manera similar con vosotras!

Pero si él ha de ser amable y cariñoso con sus padres, sus hermanas y otros familiares, porque así lo será con su esposa, eso mismo debe aplicarse a las damas en su comportamiento con sus padres, hermanos y otros familiares, también.

Es de gran importancia tener en cuenta la idoneidad de carácter en el hombre a la hora de mostrar de sus afectos, pues parte de la felicidad conyugal dependerá de ello.

La pasión es prácticamente ciega a las faltas de nuestro enamorado.

La persona de nuestra elección debe ser en la medida de lo posible de nuestro propio círculo.

Un hombre de gusto refinado y buena educación no hallará la felicidad unido a una mujer ordinaria, vulgar y poco cultivada.

Una dama de educación esmerada y buenos logros se sentiría miserable si tuviera que compartir el resto de sus días en compañía de un marido zafio, grosero e ignorante.

 

 

La decepción alimenta el fuego del amor

 

No hay nada que haga arder con más fuerza la llama del amor que unas pequeñas adversidades y decepciones contra los que haya que luchar con alguna frecuencia.

Cuanto más frustrado es el amor, cuanto mayor oposición sufre, más se fortalece y crece este en devoción.

El genuino y desinteresado amor nunca está verdaderamente establecido y confirmado hasta que no ha sufrido la penosa prueba de una adversidad o decepción. Cuando ha acaecido esta y se ha superado, entonces sí alcanza su mayor cualidad.

El amor se ríe de cada impedimento y se alimenta de obstáculos que parecen casi insuperables.

 

 

El amor de las mujeres es desinteresado

 

Un hombre es en verdad bendecido cuando abarca un amor basado en la fe y la generosidad.

Ella correrá cualquier riesgo por el bien de su amado.

Cuán frecuentemente es la fuerza del afecto de la mujer puesto a prueba, y cuán raramente ha sido este encontrado insuficiente.

Ella velará por el lecho de aquel en quien su corazón se ha centrado, cuando a tal respecto la enfermedad se haya establecido en él.

Y cuando su naturaleza aburrida haya desviado su atención hacia cualquier otro lugar, ella luchará y rechazará abandonar el costado de la persona a quien ama.

Tal es la naturaleza de su amor; es puro, es desinteresado.

 

El amor de los hombres es habitualmente egoísta

 

Las motivaciones de los hombres son con frecuencia muy distintas de las del sexo más débil. Los hombres habitualmente viven para gratificarse a sí mismos y sus inclinaciones hedonistas, ya cuando están eligiendo la compañera con la que pasarán el resto de sus vidas, influenciados casi siempre por su rango, título y solemnidad.

Si son de clase media, consideraciones mercenarias absorben un intenso dominio en sus afectos.

Los efectos del amor en los hombres son diversos según sus temperamentos.

Los oscuros y torcidos caminos de la astucia son inescrutables e inconcebibles en una mente honorable y elevada. Cuando un hombre bendecido con una disposición pura y virtuosa se une a una mujer de amor generoso, ellos probablemente serán felices.

 

 

Requisitos deseados en el ser amado

 

Uno de manera individual podría encontrar la belleza en alguien, mientras que otro podría sentir disgusto frente a esa misma persona.

En tanto la tradición ha prohibido a las mujeres una ilimitada capacidad de elección, que sí disfrutan los hombres, la naturaleza les ha obsequiado con una gran flexibilidad en su gusto.

Dedicar buenas palabras y elogios sin sentido con excesiva frecuencia seducen y burlan la honradez, mientras que un enamorado sincero no dudará en decir a una mujer sus errores en lugar de lisonjear su vanidad, pero tratando de excusarlos.

Un hombre con sentido común y entendimiento nunca presumirá de un comportamiento indebido hacia una mujer.

La belleza personal es pasajera y efímera; permanece durante poco tiempo, y como una flor, florece durante una corta temporada. Los adornos interiores de la mente son más duraderos y resistentes.

No debe existir una gran disparidad en las edades de los enamorados; si el hombre tiene casi el doble de edad que la mujer, pronto será un hombre mayor; diez o doce años son comúnmente considerados una diferencia no muy importante en la parte de los caballeros.

Gran parte de la infelicidad proviene frecuentemente en el estado del matrimonio, como resultado de un sórdido y egoísta deseo de riqueza.

Muchos padres a menudo se entregan a sí mismos y convierten las vidas de sus hijos e hijas en miserables al persuadirlos e incluso impulsarlos a un matrimonio por dinero.

Los requisitos esenciales en un enamorado son:

  • Una persona afable.
  • Modales consumados.
  • Dulzura de disposición y temperamento.
  • Que carezca de frivolidad y cualquier otra característica rayana al ridículo.
  • Una reputación inmaculada.
  • Una mente repleta de principios virtuosos.

 

Con una pareja de este tipo, nadie debe temer aventurarse en la corriente del matrimonio.

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22/12/2016, 09:49
Prue Lascelles

TARJETAS PARA ESCOLTAR

 

En el siglo XIX, los jóvenes solteros tenían que ser un poco más creativos con su juego de seducción, y fue así cómo a través de pequeñas tarjetas de presentación provistas de humor era como se buscaba romper el hielo con aquella persona especial.

En la Inglaterra Victoriana la gente acostumbraba comunicarse a través de pequeñas tarjetas, pues consideraban que ésta era una manera más elegante y formal de comunicarse con las personas… y si bien es cierto que las tarjetas de presentación son un toque de distinción, poco a poco esta tendencia fue adoptada por los jóvenes, quienes elaboraban tarjetas de “coqueteo”, algunas de las cuales eran bastante raras. La alta sociedad no las usaba, pero sí hombres y mujeres menos formales. Caballeros que se encontraban en la búsqueda de mujeres solteras y que pretendían conocerlas entregándoles sus tarjetas, donde preguntaban discretamente si podían “acompañarlas a casa”.

Las tarjetas eran un medio común de introducción y nunca se tomaban demasiado en serio. Cabe destacar que estas tarjetas tenían la intención de iniciar la interacción social entre un hombre y una mujer, y generalmente estaban cargadas de humor.

“¿Puedo ver su hogar?”

 

“Me atrevería y temo preguntar, si me dirías o me harías una señal, de cómo puedo declarar mi amor y conocer mi destino entregado por Cupido”

 

“Querida señorita: Arriesgaré todo si usted me permite acompañarla hasta la puerta de su hogar Suyo sinceramente,”

 

“¿Puedo verla en su hogar o tendré que sentarme en la cerca de su hogar para verla pasar?”

 

“Dos almas con un solo pensamiento, dos corazones que laten como uno. ¿Me puede permitir el encantador placer de escoltarla a su hogar esta tarde?”

 

“Tengo muchos deseos en conocerla. Si lo desea, por favor devuelva esta tarjeta, anotando la hora y el lugar para la entrevista en el reverso”

 

“Con confianza y respeto ¿puedo tener el placer de acompañarla esta tarde? Si es así guarde esta tarjeta, si no por favor devuélvala”

 

“¿Puedo tener el placer de verla en su hogar esta tarde? Si es así guarde esta tarjeta; si no por favor devuélvala”

 

“Tus labios color coral fueron hechos para besar, resueltamente mantendré y la desafiaré al decir mi bella señorita que ¿fueron hechos en vano?”

 

“Querida señorita: usted es sensible y buena, tiene todos los encantos de una mujer, sus ojos resaltan como las estrellas que se encuentran en el cielo y seré miserable si no puedo amarla”

 

“Si alguna vez nos casamos, prométeme algo: Nunca dejarás tu marca en mí”

 

“Querida señorita: La imagen adjunta es una buena ilustración del caballero que te acompañó a casa el pasado domingo, tal y como fue visto a las tres de la madrugada mientras ascendía a su habitación. La Sociedad para la “Invención de la Crueldad hacia los Animales” desea que la prevenga de mantenerlo despierto hasta dicha hora de nueva cuenta”

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22/12/2016, 10:01
Lord Preston Ellsworth Parlow

EL CORTEJO

 

Las relaciones entre ambos sexos y los rituales de cortejo, sobre todo entre las clases altas, estaban rígidamente definidos. El pretendiente debía, antes de iniciar cualquier relación, negociar con los padres de la novia. Si estos aceptaban la petición, el joven podía comenzar entonces a cortejarla, inicialmente siempre en la casa de la novia y en presencia de algún familiar que ejercía como carabina, hasta la fecha estipulada para el matrimonio. Durante el noviazgo, ambas familias se ponían de acuerdo sobre la tasa de las dotes y luego, ante un notario, realizaban la firma del contrato matrimonial. El matrimonio era, en esencia, una forma de establecer acuerdos económicos. Así pues, en la gran mayoría de las ocasiones, y sobre todo entre las clases altas, el matrimonio tenía una mera función práctica y estaba desprovisto de amor. Aunque con el devenir de los años, muchas parejas terminaban encariñándose entre ellas, y a menudo, creando como resultado de esto unos lazos casi tan profundos como el amor.

 

EL CONTRATO

 

Se estudiaban las cuentas bancarias, se examinaban los linajes ancestrales, y se exploraban a fondo las conexiones políticas. Si ambas partes pasaron la prueba, el paso siguiente hacia el matrimonio era el compromiso. 

Si todavía no lo había sido, el hombre era presentado a los padres de la muchacha, y a los grupos de amigos de ambos. El permiso para pedir la mano de la hija en matrimonio debía ser concedido por el padre de la novia, aunque el caballero debía esperar hasta que tuviera el consentimiento de su novia, antes de dirigirse al padre. 

La proposición de matrimonio era mucho mejor hacerla en persona en los términos y modos más claro posibles, con la idea de que la chica no malinterpretara las intenciones del caballero. Si él no podía pedírselo en persona, podía hacerlo mediante una carta. Una muchacha no tenía porqué aceptar su primera proposición. Podía coquetear y hacerse la fría.

"Se permitía que el compromiso permaneciera en secreto durante un corto periodo de tiempo, antes de hacerlo público, excepto para los parientes más allegados y los amigos íntimos. Esto era una precaución frente a que el compromiso pudiera ser interrumpido por cualquiera de las partes. 
La madre celebraba una recepción una vez que el compromiso era anunciado. El propósito de esta cena era introducir al novio a la familia de la novia, a lo que podía seguirle una cena más formal. Una vez que el novio había sido formalmente presentado, la novia era presentada a la familia de él. 
Esto podría ser bastante molesto para una muchacha joven, pues el ojo de la suegra era a menudo muy crítico . 

Después de que el compromiso fuera anunciado a la familia, la novia escribía al resto de sus amigos para contarles el feliz acontecimiento. Al mismo tiempo, su madre escribía a las parientes más ancianos de estas familias. Los compromisos duraban entre seis meses y dos años, dependiendo de las edades y circunstancias de los contrayentes. 

El compromiso se terminaba con un anillo. El tamaño y la piedra dependían de las rentas del novio. Podían tener la forma de nudo del amor, una banda simple, o una banda encajada con diversas piedras cuyas iniciales deletreaban un nombre o una palabra de amor. Por ejemplo el Príncipe de Gales, Albert Edward, dio a la princesa Alexandra de Dinamarca un “anillo gitano” con un Berilo, una Esmeraldas, un Rubí, una Turquesa, un Iacynth y otra Esmeralda que deletreaban así su apodo “Bertie”. 

Una mujer podía, si lo deseaba, regalarle a su prometido otro anillo, aunque esto no era obligatorio. 

La pareja podía tratarse un poco más íntimamente tras el compromiso. Podían caminar solos, tomarse de las manos en público, y dar paseos sin carabina. Se permitía pasar una mano alrededor de la cintura, un beso casto, y el tomar la mano. Podían hacerse también, visitas en soledad detrás de puertas cerradas, como la de los jardines. Pero debían despedirse obedientemente al anochecer, o durante la noche si estaban en una fiesta en la campiña.

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21/01/2017, 20:17
Narradora

EL DIVORCIO

 

El matrimonio en la Inglaterra victoriana era visto en términos de beneficio económico y material, sobre todo entre la clase superior. No era visto como una sociedad igual entre un hombre y una mujer. Más bien el marido era el dominante, la figura que controlaba todo y la esposa, tal y como se le suponía, era tranquila y sumisa a los deseos de su marido. Él controlaba toda la riqueza y las propiedades, incluyendo sus efectos personales, y el dinero que ella tenía antes del matrimonio. La mujer Victoriana tenía pocos o ningún derecho en cuanto a su matrimonio. Ella estaba completamente bajo el control de su marido, con la ley en favor de éste último.

Para la mayoría de la gente... el matrimonio era una unión indisoluble, que sólo podía finalizar al fallecer". La única razón aceptada para conseguir un divorcio era el adulterio, y esto era sólo válido para los hombres. Una mujer no podía usar el adulterio como razón exclusiva para tratar de obtener un divorcio. Ella también debía reclamar y demostrar que su marido practicaba incesto, bigamia o una crueldad excesiva. Claramente, había una ley del embudo en la concesión de divorcios a hombres y mujeres. Aunque estas leyes estrictas sobre el divorcio fueron modificadas a mediados del siglo diecinueve haciendo los divorcios más accesibles tanto a hombres como a mujeres, había todavía un estigma que caía sobre la gente (sobre todo las mujeres) que se divorciaba. Muchos sentían que aunque el matrimonio había sido disuelto a los ojos de la ley, permanecían unidos a los ojos de Dios. Por consiguiente, los divorcios eran escasos en el siglo diecinueve.


 

Puede parecer sumamente irónico que un hombre pudiera reclamar el adulterio como la razón para divorciarse de su esposa, cuando una mujer no podía emplear el mismo motivo para intentar divorciarse de su esposo. Sin embargo, este problema surgió porque una mujer casada era prácticamente invisible a los ojos de la ley. Ella estaba estrictamente bajo el cuidado de su marido y su protección. ¿Y ya que la ley del siglo diecinueve estaba a favor del hombre y una mujer casada tenía "la protección" de su marido, qué podría ganar una mujer reclamando que su marido le era infiel? Independientemente de él lo fuese realmente o no, ya que ella estaba bajo su cuidado, y mientras él siguiese cuidando de ella, ¿por qué debería ella preocuparse por su fidelidad? Dicho de otro modo, si una mujer era adúltera claramente estaba desatendiendo "el cuidado" del que su marido la "proveía". Por lo tanto, el marido tenía amplias razones para querer divorciarse de ella. Este argumento hipotético proporciona una idea de la mentalidad de la ley del siglo diecinueve en cuanto al divorcio y explica por qué existía tal ley del embudo en relación con hombres y mujeres.

Obtener el divorcio durante esa época era una empresa cara. Por consiguiente, esta era sólo una opción factible a los que tenían dinero, es decir las clases altas. Ya que estos matrimonios tenían su base en la riqueza y el estado social y no en el amor, el adulterio masculino no era visto como una ofensa grave. No era perdonado de ningún modo, pero podía ser pasado por alto con relativa facilidad. Para las clases altas, divorciarse implicaba la pérdida de alguna riqueza o propiedad. Ya que la riqueza y las propiedades eran transmitidas de generación en generación, eran algo fuertemente valorado. Las riquezas y las propiedades ayudaban a reforzar la línea de familia. Perder una propiedad o algo de riqueza suponía perder también fuerza o influencia. El divorcio, por tanto, no era una opción práctica económica o socialmente.