Partida Rol por web

La Edad de la Inocencia (+18)

• El Baile de Máscaras del Conde de Arrow - I •

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26/01/2016, 03:05
z/ Elora Ann Wright

El sol se encontraba en lo alto del cielo cuando Lady Wright mandó llamar a sus doncellas para comenzar a prepararse para el gran baile. Con diligencia, llenaron la tina con agua caliente y esencias de jazmín y dispusieron el vestido y los complementos que usaría la baronesa para el evento.

Elora entró en las relajantes aguas dejando que el dulce aroma del jazmín la impregnara y la hipnotizara. Sumergida y con los ojos cerrados, permitió que los minutos pasaran entre pensamientos vagos. No quería pensar mucho en lo que podría esperarla en la mansión Arrow. Si bien esperaba con jubilo la fiesta y el reencuentro con sus estimadas amigas, en aquel lugar se escondía el mismo demonio dispuesto a restituir el último favor que le había concedido al marcar a rojo fuego la marca de su mano en su mejilla. "Lo lamentarás"... recordando las últimas palabras de Alexander, Elora abrió los ojos y salió de su relajante baño con gesto resuelto. 

Las doncellas la ayudaron a secarse y a ponerse el corsé, el vestido y los complementos que había elegido especialmente para aquella ocasión, todo bajo la atenta supervisión de la señorita Mills, su estricta ama de llaves.

El maquillaje en tonos rojos y dorados le otorgaba un aire misterioso, el colgante de piedras azabache la elegancia de la que siempre hacía gala. Su cabello había sido peinado con un medio recogido adornado con un sencillo y fino tocado de plumas rojas y doradas, permitiendo que su cabello cayera sobre su espalda en suaves ondas bien perfiladas. Como calzado, eligió unos zapatos rojos de tacón alto a conjunto con el vestido.

El elegante vestido había sido almidonado y arreglado el día anterior para que todo estuviera perfecto para el momento señalado. Hecho de las mejores telas de los almacenes de los Hamilton, mezclaba satén de un rojo oscuro y tul negro noche con oscura pedrería que le aportaban un aire distinguido y al mismo tiempo diferente. La elección del color no se había debido al rojo de la pasión y el amor como muchos podrían suponer, sino al rojo y negro que en los animales venenosos indicaba peligro, una señal de advertencia que su sobrenombre matizaba.

Su humor tras el último encuentro con el conde había estado sombrío salvo en los esporádicos encuentros con las amigas, momentos en los que su atención se centraba en otros menesteres. "¿Cómo es posible que un cuerpo tan pequeño y delicado de mujer albergue tal cantidad de veneno en su interior?"... las palabras de Alexander habían rondado por su mente como una astilla que ahondaba en sus pensamientos.

- Te demostraré, mi querido conde, que los venenos más peligrosos vienen en frasco pequeño - murmuró con intenso odio contemplando su reflejo en el espejo antes de dar el visto bueno a lo que veía.

Ciertamente, la viuda esperaba no encontrárselo, pero de ser así no estaba dispuesta a darle el gusto de volver a humillarla. Después de todo, ella era venenosa. Una confiada y vanidosa sonrisa acompañó a una altiva mirada. ¿Qué debía temer? No había llegado donde estaba escondiéndose ante las adversidades. 

Las doncellas dieron los últimos retoques. Una nube de perfume de jazmín se esparció alrededor de Elora cuando le echaron el aromático líquido dejando una suave fragancia en la estancia.

- Señora baronesa, se encuentra muy hermosa, qué envidia me dais - dijo una de las doncellas entusiasmada, pero cayó bajo la severa mirada de la ama de llaves.

- Ya está todo listo, milady, espero que lo encuentre satisfactorio - dijo la señora Mills con actitud rígida.

- Por supuesto, señorita Mills, todo se encuentra perfectamente, gracias - Elora contestó sin apenas darle importancia. La señorita Mills era una mujer muy eficiente y servicial, nunca se le escapaba una, pero no dejaba de ser una espía de su suegra.

Una última mirada al espejo y dirigió sus pasos hacia la puerta con el antifaz dorado y azabache colocado perfectamente.

 

~~

 

Elizabetha no tardó en arribar a la mansión Wright. Aguardando su llegada, Elora salió por la puerta con pasos lentos pero segurso y la saludó con una sonrisa. Juntas emprendieron el camino hacia la mansión Arrow. Por el camino, la viuda se dio cuenta de que su amiga parecía intranquila, posiblemente ante la presión de un evento tan importante. La baronesa ya había estado en numerosas ocasiones en la mansión Arrow y había asistido a varias de sus fiestas por invitación de Madame LaFontaine, pero para la joven burguesa era la primera la vez y su carácter intranquilo la hacía estar nerviosa. Por lo que posó la mano sobre la de su amiga y habló de diversos temas sin importancia para tranquilizarla.

Elizabetha había elegido un curioso vestido a los ojos de la baronesa, pero no por ello menos bello. La joven muchacha de cabellos oscuros se encontraba deslumbrante, algo que su alegría hacía acrecentar. Al mismo tiempo que sonreía ante los elogios de su amiga, ella misma enalteció su buen gusto y lo bella que se encontraba. Sin duda, había escogido algo a su propio estilo sin perder su elegancia.

Descendimos del carruaje al alcanzar su destino y encontrarse en los jardines de la impresionante mansión Arrow. Elora había ido incontables veces por lo que su magestuosidad no la impresionaban, pero su amiga se quedó asombrada contemplando los extensos jardines y el suntuoso edificio. Sonrió ante la reacción de su amiga y la condujo dentro. En la puerta, entregó la invitación al criado sin mirarlo siquiera.

La baronesa caminó con pasos suaves y ligeros, manteniendo un porte distinguido y refinado. Su sonrisa era encantadora, mas su mirada altiva, observando a todos los presentes, mostraba un carácter orgulloso y calculador. Sus ojos buscaban un brazalete con forma de media luna, pero también alguna presencia desagradable o interesante. 

Cuando por fin hallaron el brazalete que acompañaba a una hermosa dama que bien conocía, se encaminó hacia ella ye hizo una leve reverencia haciendo gala de su elegancia.

- Alice Kyteler, se presentan Poison y Elena de la Vega. Le agradecemos la amable invitación, la fiesta es grandiosa y la decoración sublime - con gesto risueño abrazó suavemente a su anfitriona. 

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26/01/2016, 03:49
z/ Andrew Comstock

Las balas silban, la algarabía de miles de gargantas jurando sangre y muerte a las demás, el lastimero relinchar de los caballos sin jinete, el hedor de la pólvora mezclada con el de la sangre, el trueno de los cañones por doquier. El humo quema mi garganta, me arranca lágrimas mientras arrastro su cuerpo, prometiendo cosas que sé que no están en mi mano pero reconfortan. Ignoro su peso sobre mis hombros, la fuerza de una promesa hiende mi alma dotando de fuerza sobrehumana mi cuerpo, te sacaré de aquí amigo, te sacaré de aquí hermano. Un chispazo, el dolor lacerante venido de algún lugar del campo de batalla, atraviesa mi muslo inmisericorde, tengo la tentación de derrumbarme como árbol talado, pero aguanto en mi retirada, aguanto por mi promesa. Entonces.. abro los ojos.

Andrew se había quedado dormido en el despacho, era media tarde , pero no fue un despertar agradable. Estaba preso en la duermevela del sueño, atrapado en una campana de irrealidad que lo inmovilizaba. El capitán era consciente de lo que le rodeaba, se sabía despierto, pero el cuerpo permanecía inerte sin responder a su dueño. Esa angustiosa sensación iba creciendo a medida que la lucidez regresaba, entonces junto al marco de la puerta contempló una figura etérea que se iba materializando, una sombra oscura y alargada de la que no adivinaba rasgo alguno. Si Andrew hubiera tenido que aventurar cualquier familiaridad con esa inquietante presencia, habría asegurado que era una especie de monje enlutado de imposible descripción, pero estaba ahí ante sus ojos y su cuerpo permanecía paralizado en aquel desquiciante tránsito entre la vigilia y el sueño. La figura oscura se limitó a quedarse flotando a pocos centímetros del suelo, con su indefinido manto oscuro bamboleante por un viento inexistente, los ojos del capitán se dilataron de espanto e impotencia y perdió la noción del tiempo. Hasta sentir el hormigueo en sus extremidades, notando que recuperaba el control de su cuerpo y, entonces, la figura oscura se empezó a disipar hasta no quedar rastro. Como si nunca hubiera estado ahí. Llamaron y apenas esperaron una respuesta, pues la puerta se abrió dejando entrar a Jane.

Vas a llegar tarde. le recriminó la muchacha con familiaridad. ¿Qué haces durmiendo? ¡Has de estar en apenas dos horas en la mansión! exclamó con cierto enojo. Andrew, con el corazón en la garganta aún, acertó a musitar.

No voy a ir. Es una estupidez. Sus fiestas.. sus protocolos.. su mundo.. se quejó amargo el capitán mirando hacia el escritorio, concretamente a unas pocas cartas que reposaban sobre la madera, pero que poseían el peso del plomo en su corazón. Jane frunció el ceño, chasqueó el dedo resuelta frente a la divagante mirada de Andrew.

Deja de decir tú las estupideces.. Andrew. Es tu papel. También tu mundo, ¿recuerdas? trató de razonar la criada sin titubear. Mister Paxton insiste que debes asistir al baile, y yo también. Si es que mi opinión cuenta para algo. Llevas una semana desaparecido, ¿qué crees que no sé dónde vas? ¿que no veo los cardenales que te afanas a ocultar? No soy tonta, ni tu tampoco. la mirada feroz de Jane era difícil de ignorar, poseía la centelleante intensidad del relámpago, y también su tino.

No merezco esto, Jane. Yo jamás lo quise.. y ahora me desgarra el alma porción a porción. No soy digno de esto.. acarició inconscientemente una cajita que contenía el sello de la familia Comstock. Nunca lo fuí.

La actitud derrotista de Andrew venció el temple de la joven criada, que bien parecía conocer bien a quien tenía delante. Sin contemplaciones le soltó un bofetón, tan sonoro e inesperado que el capitán se quedó perplejo mirando, con los ojos abiertos como platos, y en los de ella asomaban lágrimas de impotencia.

No lo entiendes, ¿verdad? Eres tan egoísta.. no has cambiado nada. bufó con tono lapidario. ¿Qué lo has tenido difícil? ¿Qué no quisiste esto? Eres un maldito egoísta que no es capaz de ver más allá de sus propias narices. Han pasado tantos años.. e incluso ahora te reconozco y te reconocería en el infierno. ¿Tú has tenido una vida difícil? Me rio de tu vida difícil, me rio.. porque no tienes ni idea de lo que otros han tenido que sufrir para llegar donde están. las palabras de Jane eran cuchillas lanzadas directamente a cada rincón de la mente de Andrew, el capitán hizo una ligera mueca. ¿Y crees que tienes el derecho a hundirte? ¿A rendirte? ¿Por qué ni siquiera tuviste el coraje de plantar cara alegando que no querías hacer daño a una mujer que decías amar? ¿Por qué no eres capaz de asumir que él ya no está y se atormentaría de ver en lo que te estás convirtiendo? Eres un cobarde, y sé que tú nunca lo has sido. En el fondo de mi corazón sé que nunca has sido un cobarde.

Andrew se quedó en silencio, noqueado por lo que decía la muchacha que analizaba su alma con una precisión cirujana, se preguntó como ella podía conocerle tan bien después de tanto tiempo. Pero era un hecho que más allá del tiempo, su vínculo trascendía cualquier barrera. No respondió, pero Jane apaciguó su tono, que se volvió cálido y comprensivo.

Él nunca quiso esto para ti.. cuando te pidió aquello.. nunca quiso que se convirtiera para ti en una carga, y aunque nunca llegué a conocerle lo sé. le tomó la mano con dulzura, como siempre lo hacía su madre, acunando esta entre las dos cual pajarillo temeroso. Eres quien eres, nadie más puede serlo. No te encierres en la obsesión, o te convertirás en una sombra mohína. Yo no sé qué significa para ti esa mujer, pero si es tan importante no renuncies, pero no dejes que ello te arrastre al abismo. sonrió a Andrew con afecto, con las lágrimas cristalizadas en sus mejillas. No quiero volver a perderte.

El traqueteo de la berlina impedía cualquier retorno al sueño. La visión del enlutado aun planeaba sobre su cabeza como si se tratara de una retorcida señal del futuro, también la conversación con Jane, que se había alojado en su mente con la firme intención de no abandonarle. Acarició el bastón de cedro negro a su lado, inseguro, no se sabía capaz si podría hacer lo que la joven criada le pedía. No podía echar por la borda un peso tan grande sin que el barco zozobrara por sus olas, era esa extraña intuición de saber que te están diciendo lo que has de hacer, y sabes que es así, pero te resistes a aceptarlo porque tu ego tira de ti con una obstinación suicida.

Sentía el hormigueo de su pierna lisiada, como si esta pretendiera conversar con él o despertara del letargo al notar a su dueño sumergido en pensamientos. Andrew la miró con desprecio, convirtiéndola en el foco de todos sus males, si no hubiera sido herido podría haber estado con él y quizá.. ¿qué más daba ya? Arrebujarse en los recuerdos equivalía a prolongar un tormento hiriente, tocaba pensar en el baile, en sus posibilidades, a Andrew jamás le atrajeron esas celebraciones. Siempre prefirió escaquearse junto a su amigo para cólera de su padre, el joven Comstock y el joven Ryan, juntos en su empresa por dinamitar los esfuerzos diplomáticos de sir Comstock. Rememorar esos instantes arrancaba una sonrisa melancólica en su rostro, tiempos mejores.. otros tiempos.

La tarde perfilaba en su horizonte el próximo anochecer, el sol bostezaba anunciando el reino de la luna y el misterio. La brisa londinense envolvía el carruaje donde Andrew Comstock se dirigía a la Mansión Arrow, hacía algo de frío por la humedad perenne del Támesis. El capitán sentía esa temperatura en el cuerpo, peleaba con su mirada anclada en el invierno del que trataba escapar, pero a pesar de que ahora algo estaba transformándose en su cuerpo y contemplaba el curso del río rememorando tardes recientes buscando lo que nunca pudo encontrar. Sintió que ese invierno lo azotaba de nuevo con la vehemencia de un titán furioso, pero no quiso que esta vez lo venciera y confiar de que la primavera podía llegar. Pero mientras las últimas pulsaciones del día fenecían, Andrew contempló esos haces de luz y se abrigó en ellos. La noche empezaba, pero la luna siempre brilla en el firmamento.

Pero esta noche prescindiré de ti, viejo amigo. susurró mientras acariciaba el mango del bastón, sin apartar su mirada del paisaje que se iba oscureciendo, aunque sus palabras parecían dirigidas al etéreo. Se llevó la mano a la chaqueta, sintió el latido de su corazón y supo que este no albergaba ninguna duda. Que las dudas debían quedarse en la berlina.

~~~~~~

Zachary Ryan llegó de los últimos a la mansión, no alegó ninguna excusa para ello, mas le traía sin cuidado. Su carruaje se detuvo frente la entrada, siendo asistido por los criados para bajar, algo que rechazó con suavidad. El invitado contempló la fachada del imponente edificio, podía estar acostumbrado a la magnificencia de los templos hindús o a las maravillas naturales del Himalaya, pero la obra del hombre occidental también arrancaba el asombro de Zach. Siguiendo las indicaciones de los criados, se dirigió a la puerta principal acompañado del bastón que taconeaba el suelo junto a sus suelas. Poseía un porte recto, pero carecía del aspecto regio del que la nobleza podía disponer en la fiesta, Zach se movía con intensidad distinta, como si cada uno de sus pasos le anunciaran una aventura.

Por favor, cuidad bien de él, como si fuera mi pierna. se dirigió a uno de los criados con una afable ironía mientras le entregaba el bastón, le guiñó el ojo y esperó su turno para ser presentado. A medida que había ido acercándose al edificio, la impaciencia crecía, y no era por descubrir quién moraría tras cada una de las máscaras de los invitados. Era una impaciencia por sentir el primer paso firme y sin temblores después de entregar su bastón. Sentía una euforia indescriptible, la rotura de sus cadenas, el fénix que renace de las cenizas.

Las puertas se abrieron anunciando su nombre, Zachary Ryan entró en el salón por su propio pie, sin ayuda de su necesitado bastón. Volvía a andar con la firmeza de antaño, sentir la fuerza en su cuerpo como un irrefrenable torrente de energía, el frío de su mirada se descongeló un poco y casi tuvo que contener que el hielo se tornaran lágrimas de emoción. Mantuvo una compostura recta, marcial como se esperaba de un varón, pero afloró una delicada sonrisa de alegría que difícilmente podía ocultar. Se dirigió a su anfitrión disfrutando de la sensación, de cerca uno podía apreciar restos de maquillaje en lugares estratégicos del rostro que no ocultaba la máscara, como si se hubiera intentado ocultar el rastro de alguna clase de cardenales o morados de golpes. Su atuendo era de sobrio negro, con el cuello engalanado con un pañuelo rojo y al cinto lo acompañaba de un sable de caballería. Con un gesto se despiste, se volvió hacia los sirvientes de la entrada buscando aquel al que había entregado el bastón, se acercó a él echando mano del sable por la vaina. 

Oh, y la herramienta. Rara vez la uso. ofreció el arma sin mucho sentido de las formas, esgrimía el sable sin mucho cariño, como la herramienta que mencionaba. Lo hizo con una naturalidad insultante, tanta como el volverse para retomar el camino hacia el anfitrión. Se presentó frente al conde Arrow echando una somera reverencia, el sentimiento de frialdad regresó y sus ojos se congelaron de nuevo. Ese hombre le generaba indiferencia absoluta, no terminaba de entender la razón de haber sido invitado a su fiesta ni le importaba, se había acostumbrado a recibir toda clase de citaciones por los más distintos intereses. Si debía atender a los rumores que llegaban de él, las circunstancias no eran nada halagüeñas, pero Zach se permitió la actitud se hacer un tabula rasa. Trató de recordar el nombre del anfitrión en la amalgama de su mente, lo encontró y se limitó a saludar por la educación que debía aplicar en ese momento.

Mister Holmes, gracias por su.. invitación. respiró profundamente, sintió el temblor de su voz, mas luego se reafirmó y saludó con los ojos que refulgían de azul hielo. Zachary Ryan, espero no haber llegado demasiado tarde.

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26/01/2016, 15:42
z/ Ethan James Thompson

Todo comenzó demasiado tranquilo aquel día. Había anulado todas mis citas de trabajo cuando supe que Alex celebraría aquel baile. Hacía tiempo que no disfrutaba de un encuentro como aquel, y me apetecía tener un poco más de reconocimiento en la zona de Londres. Al fin y al cabo cualquier persona de alta cuna necesitaba a un abogado en algún momento de sus vidas. Y ahí estaría King James Law Firm. El único problema fue un pequeño altercado días antes de la celebración, que hicieron que mis deseos por bailar junto a la crème de la crème disminuyesen drásticamente.

Por deseo expreso al conde, nadie entró en mi habitación salvo para traer el desayuno. Ni siquiera Annie. Después de unos días algo revueltos, había decidido centrarme en mi trabajo y no dejar tiempo para nada más. Y hoy prefería estar sólo, tranquilo. Aunque el bullicio llenaba cada rincón de la mansión, yo trataba de concentrarme en mi quietud. Cerré los ojos un momento antes de levantarme a por el desayuno, y por un instante quise trasladarme a Oxford y dejar de lado mi nueva vida en la capital. Pero, ¿acaso no era esto lo que yo quería? Nuevas metas, nuevos retos, nuevas compañías. Al final, luchando, debía llegar a mi destino y convertirme en quien quería ser, rodeado de las personas a las que amaba.

Trataba de distraer mi mente en cualquier artificio, pero mis pensamientos siempre me conducían al mismo sitio. ¿Como ha conseguido eso? No puede ser. Me martirizaba a mi mismo una y otra vez por no haber cumplido con mis exigencias, aunque sabía perfectamente que no era culpa mía. O sí. Por no ser lo suficientemente atento, dedicado y cuidadoso. Al fin y al cabo, por no ser suficiente. Siempre me había asustado no estar a la altura, y en este momento de mi vida más aún. Antes tenía que responder ante mi padre, pero ahora debía exigirme a mi mismo, y era incluso más riguroso.

Apenas una hora antes del esperado encuentro, me dispuse a bañarme, a sabiendas de que aquello no cambiaría mi humor. No, definitivamente ir al baile no era la mejor idea, pero no tenía otra opción. Mi gran amigo Alex celebraba aquello cada año, y no podía faltar hoy que me alojaba en su casa. Después del baño me acerqué al armario buscando el conjunto elegido. Hacía más de una semana que tenía escogido un traje bastante atractivo, de colores vivos y formas algo excéntricas. Pero el paso de los días me hicieron rectificar, y buscar algo más natural, casi de diario. No quería darle demasiada importancia a toda aquella parafernalia, y ni mi vestimenta ni mi rostro mostrarían nada más allá de la realidad.

El conjunto era bastante básico, y se componía de un chaleco negro, con pantalones del mismo color y una camisa blanca. La camisa, al menos, si tenía algún adorno en la zona del cuello. Un abrigo -del que sin duda me desharía en cuanto pudiese-, también negro y de cuello recto, rematarían mi vestimenta. Unos preciosos guantes de cuero, igualmente oscuros, completaban mi atuendo. Serio, escueto, plano. No necesitaba nada más, y esto era bastante elegante sin disparar demasiado los gustos estéticos.

 

Alex, tan extravagante como siempre, nos había pedido que llevásemos máscaras, para hacer más interesante el encuentro de los invitados. Vaya chorrada pensé decirle. Pero él sabía que lo pensaba con solo mirarme. Teníamos una conexión increíble, como si fuésemos hermanos. Algunos años juntos nos hicieron pasar los mejores años de nuestras vidas. Y Preston, claro. Como olvidarme de él.

Escogí una máscara que, a mi parecer, tenía un aspecto demasiado enfadado y combativo, pero me parecía lo más acertado para aquella fiesta. Unos toques clásicos, con pegasos y un arpa, daban un toque menos agresivo a aquel complemento, aunque yo seguía pensando que era una verdadera incomodidad bailar, conversar y a saber qué otras cosas más con aquellas máscaras. Todo sea por complacer al conde. Me está ayudando mucho en estas fechas tras moverme a Londres.

A falta de pocos minutos para que comenzase todo, sólo me quedaba mirarme al espejo y mover todos los músculos de la cara para relajar mi expresión. Llevaba todo el día sin hablar, y eso se notaba en mi gesto. Al salir por la puerta mis ojos se cruzaron con los de Annie. Allí estaba, preciosa como siempre. Pero no tan preciosa como me gustaría que fuese. No iba a decírselo, desde luego, pero mi rostro no expresaba demasiada emoción por la fiesta que estaba por acontecer. Me acerqué a ella y respondí a su cumplido:

- Usted también, señorita Selene.

Suspiré levemente y me fijé en cómo el odioso traje realzaba la figura de Annie, y la hacía aún más perfecta de lo que ya era. No quería ser extremadamente frío con ella, así que le ofrecí el brazo para bajar las escaleras con el mayor de los cuidados. Allí estaba Alex, al que guiñé un ojo cuando llegué a su altura al ver aquel derroche de fantasía en el que había convertido la mansión y su traje.

- ¡Hombre, Sherlock! Aquí Gulliver. Dispuesto a vivir el mejor de los viajes con la mejor de las compañías.

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27/01/2016, 22:50
z/ Lord Dorset "Bruce Wilkinson"

Hay recuerdos de la infancia que nos afectan a lo largo del tiempo. Uno de ellos, es la pasión con que mi profesor de historia me narraba relatos de la mitología griega y describía a sus personajes. Me quedaba mirándole fascinado, con los codos sobre el pupitre y apoyando mi cabeza sobre mis manos, cómo representaba cada una de las fantásticas historias que la cultura griega nos había dejado. Nos gustaba analizar el sentido de aquellos relatos, el por qué lo religiosos los habían inventado. Cuál era el mensaje que querían darnos.

Pero entre todos los fabulosos personajes, había uno que me llamó siempre la atención. Era Orfeo. Hijo de Apolo, dios de la música, tocaba la lira de tal forma que sus melodías eran más bellas que las canciones de las sirenas. Pero si por algo es famoso, es por su osadía de descender al inframundo para recuperar a su amada Eurídice.

Por eso elegí mi pseudónimo y por eso elegí mi máscara, que lucía una lira y matices griegos en honor a Orfeo. Y es que estaba a punto de adentrarme en un infierno, con demonios del pasado, en busca de mi amada. Pero las ganas de volver a verla, de volver a tocarla… me daban la suficiente fuerza para enfrentarme a mis miedos. Decidí llevar un traje azul oscuro y moderno. La chaqueta se ajustaba a mi cuerpo dándome un aspecto más fornido del que en realidad tenía. Llevaba una camisa negra para darle más oscuridad a mi atuendo.

Me vestí a una hora prudencial. Como siempre, quería llegar puntual. Aunque para semejante evento, iba a ser imperceptible que alguien se retrasará de la hora marcada. Me miré al espejo y me gustó el aspecto agresivo que me daba el traje elegido. Mi armario no tenía ni había tenido una prenda de esas características. Siempre había tenido un gusto más clásico pero quería cambiarlo. Los últimos acontecimientos me habían hecho replantearme aspectos de mi vida que quería cambiarlos. Y si iba a cambiar mi forma de vida y de pensar, también debía cambiar mi aspecto para que al mirarme al espejo viera el nuevo Bruce en el que me estaba convirtiendo. Y, además del vestuario, mi pelo. Me deshice de la larga melena que lucía desde niño. Aunque la guardaba en un saco pequeño en uno de los cajones de la cómoda de mi habitación. 

Llegué a la mansión. Puntual pero muchos se me habían adelantado. Era un evento muy esperado en el que todos querían lucir sus trajes y sus máscaras o antifaces. Además, es sabido que en los bailes enmascarados surgen muchas parejas debido a que la gente está más abierta ya que desaparece el inconveniente, que es para algunos, del aspecto físico. Esperaba una gran noche en la que pudiera pasar de todo. Sin lugar a dudas, el alcohol iba a ser tan protagonista como las máscaras. La ocultación de identidad y la euforia producida por la bebida seguro que causaría más de una situación confusa. Incluso yo, abstemio hasta este momento, me había propuesto tomar alguna copa. Ya que, aunque nunca había tomado, era consciente de los efectos que producía y de lo fácil que era no llevar la cuenta de las copas tomadas.

Bajé de mi carruaje y me dirigí hacia las escaleras que daban a la puerta de la mansión. Mi primera intención era buscar al anfitrión, quien me había enviado la carta invitándome al evento a pesar del encontronazo que tuvimos en la cena de Michael. A pesar de aquel vergonzoso momento, no le guardaba rencor. Él había sido, de alguna forma, el que me había inspirado en mis cambios de actitud. Subí las escaleras observando a la gente que seguía llegando. Admiraba sus máscaras y vestidos. Pero, evidentemente, no podía decir que vi ningún rostro conocido. Pisé el último escalón y me adentré en la mansión. Entre los lujos y obras de arte se barajaban multitud de personas ya con sus copas en las manos y arrancando las primeras risas.

No me fue difícil encontrar al anfitrión. No solo por el espadachín al que hacía mención en la misiva, sino porque la gente se acumulaba alrededor de él para saludarle y agradecerle la invitación al deseado evento. Me acerqué a él y le hice una reverencia.-Creo no equivocarme. Acepte mi más cordial saludo, Lord Sherlock Holmes.- No pude contener una sonrisa por el juego de palabras que había hecho con su título y su pseudónimo.-Esperemos que podamos tener una velada más pacífica que en la última en que coincidimos. Por mi parte, ya sabe que está todo olvidado y, lo más importante, arreglado.-

Unos metros más allá, una figura resaltaba entre los demás participantes del evento. Parecía un ángel que había bajado del paraíso envuelto por un trozo de cielo azul. Decidí que no era el momento de acercarme a saludarla. Pero en cualquier momento nuestras miradas se cruzarían en la distancia, pues no podía dejar de mirarla…

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27/01/2016, 23:03
z/ Edwin Dunne

Alcé la vista al cielo oscuro, mecido por el constante traqueteo del carruaje que había podido conseguir. Modesto, algo anticuado y desvencijado, pero apropiado para la ocasión, y funcional. De madera vieja, y resistente, que había servido bien durante lustros enteros a señores y damas, y que aquella noche haría, quizá, su último servicio.

Ya veía la mansión Arrow acercándose a marchas forzadas, inundando todo el paisaje con la mole de su fastuosa presencia. Magnífica, colosal y decadente, tal y como sólo podía ser una auténtica mansión de la más alta nobleza, fiel reflejo de sus amos y señores.

Fundido en las sombras del carruaje, me sumí en negros pensamientos mientras aquél inefable mastodonte de piedra y madera noble nos engullía en su propia y alargada sombra. Acaricié el guardapelo de plata, vieja, deslucida. Fiel compañero, obsesión prohibida. Doloroso recuerdo de un pasado lejano, que en aquélla ocasión volvía con fuerza, revolviendo mis entrañas, oprimiendo mi corazón. Lo apreté en mi puño, con rabia, en un intento tan desesperado como estéril de que desapareciera por fin de mi. O quizá de volver el tiempo atrás y detenerlo en aquél glorioso momento en que pude decir, sin ambages ni tapujos, que fui feliz. Y hacerlo eterno.

Negros recuerdos. Negro corazón. Negras telas con que ocultarlos. Me pareció apropiado. Había elegido un traje oscuro, de regio porte, austero pero elegante, y una sencilla máscara que al bronce imitara, oscura, casi negra, sin adornos elaborados, ni estrafalarias guirnaldas. Hubiera podido elegir otro, con la venia de mi patrón, lleno de vacuos ornamentos y vistosos colores. Chillón, vanidoso, en un vano esfuerzo por destacar en en un maremágnum de luz, brillo y color. Y sin embargo, al rechazar dicha posibilidad, mi silueta se destacaba como una cicatriz en un bello rostro. Como un pozo de oscuridad en un valle de luz.

Aún tardé un momento en percatarme de que el carruaje al fin había parado a los pies de la fastuosa escalinata, y otro más en decidirme, por fin, a apearme. Despedí al cochero con un gesto firme, enérgico, más de lo que hubiera deseado o fuera apropiado. No lo necesitaría, ni podía permitírmelo durante más tiempo.

Enfilé los escalones con decisión mientras guardaba el guardapelo en uno de mis bolsillos, a buen recaudo, cerca de mi corazón, tal y como estaba de mis pensamientos. Y mientras subía y dejaba atrás peldaño a peldaño, paso a paso, me sentí morir por volver a ver aquél áureo recuerdo de una mañana de primavera.

Entré a la mansión y me dirigí a los anfitriones,  magníficos, cuya augusta presencia invitaba al júbilo por sí misma. Apreté la mandíbula mientras sentía en mi lengua el férreo y familiar sabor de la muerte.

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12/02/2016, 15:02
z/ Connor Wright

La noche aún era joven cuando Connor al fin se encaminaba hacia la mansión Arrow.

Asuntos delicados de última hora lo habían mantenido entretenido en las oficinas de Scotland Yard, y había asistido, nervioso, al avance peligroso del reloj que denotaba que no sería capaz de llegar puntual al evento de su buen amigo Alexander.

Esperaba poder excusarse como era debido, y que su falta justificada de decoro no trascendiese en demasía. Pensar que su madrastra, aquella cría de mala sangre, estaría allí para remarcar su retraso, le provocaba cierta inquina, pero trató de no dejarse amilanar por aquella clase de sentimientos y procedió a resolver lo antes posible el incidente.

Adeline, para su satisfacción, tenía ya preparada su indumentaria cuando pudo llegar a casa para cambiarse. El uniforme de gala del ejército británico que había llevado en su día como teniente, lucía sobre la cama impecablemente planchado y cepillado, y a su lado, la máscara que había escogido días atrás para completar su indumentaria. Una que se mostraba acorde al carácter festivo y pagano de aquella fiesta, y que de seguro sería reflejo de los sentimientos que dominarían la misma al final de la velada.

Con la ayuda del ama de llaves se ajustó la chaqueta del uniforme, tras haberse puesto pantalones y camisa, y calzado las botas. Dejándose guiar por ella, añadió unos guantes oscuros y encuerados al atuendo.

El inspector jefe se miró una sola vez al espejo de cuerpo entero que adornaba la entrada de su casa, y se sintió extraño. Llevar aquel uniforme sin el arma apropiada resultaba casi desalentador, y le traía recuerdos amargos, pero era el que más acorde a la ocasión se mostraba de entre su indumentaria.

Decidió finalmente añadir el sable militar que guardaba exquisitamente cuidado en uno de sus arcones al conjunto, enganchando su hermosa vaina labrada a un cinturón de cuero marrón. Añadió un pañuelo de buena manufactura al conjunto, y se dio la vuelta, mostrándose ante Adeline, que asentía, ruborizada, al contemplar el resultado.  Connor se dio por satisfecho al comprobar su reacción, y miró el reloj de bolsillo, una vez más, sin poder evitar emitir un suspiro.

A paso brioso se dirigió de nuevo a la comisaría, cercanas a su propio hogar, y de los establos que completaban el conjunto de edificios pertenecientes a Scotland Yard, tomó su propio caballo. Su fiel compañero de rondas, al cual saludó con un par de palmadas en el lomo y una caricia en las hermosas crines.

Sin entretenerse más, montó, y partió al trote. El aire fresco de la noche removiéndose contra su rostro casi le arrancaba una sonrisa, y la sensación de libertad que siempre le proporcionaba aquella bestia lo recorrió como un bálsamo, de la cabeza a los pies. Disfrutaría del evento, se dijo. A pesar de la presencia de Elora. Alexander tendría preparada toda una selección de entretenimientos que lograrían disuadir a cualquiera de intentar aguar la diversión, de seguro.

La figura de la mansión Arrow emergía finalmente en el horizonte, y una última mirada al reloj hizo saber al joven inspector que finalmente no había podido acudir a tiempo. De seguro los invitados ya habían sido recibidos y se encontraban en el interior de aquella fortaleza moderna que casi era como su segunda casa.

Connor desmontó, y llevando a Siroco de las riendas, se acercó a uno de los sirvientes que esperaban, pacientes, en la entrada, dispuesto a preguntar por Lord Arrow, y a pedir que se condujese a su caballo a sus establos, para que recibiera su merecido descanso y se refrescase.

Y en cuanto cruzó la puerta de los dominios de su buen amigo sacó su máscara del interior de su chaqueta, ajustándosela al rostro. Pasando a ser un espíritu malévolo durante lo que restaba de velada. Pasando a ser la imagen de un Príncipe Próspero peculiar, hecho a su medida, que esperaba, no encontraría la desgracia ni la peste en aquella ocasión.

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08/03/2016, 20:58
James Reynolds

 

James volvió a su casa de Kensington Park, bien pasado el mediodía, después de una ajetreada mañana visitando a diversos pacientes. Realmente tenía que admitir que la labor que su padre llevaba realizando durante años era encomiable. Mathilda Fletcher, la ama de llaves, lo recibió en el hall.

- Buenas tardes, señorito James. Su madre, la señora Reynolds le espera en el salón - le informó la mujer mientras le sonrió con afecto, tomó su maletín y se hizo con su gabán - Los señores ya han comido, pero la Sra. Patmore le calentará comida cuando lo deseéis - apostilló.

Gracias, señora Fletcher - agradeció James - Ahora iré con mi madre ¿Que tal se encuentra mi padre, el señor Reynolds?

Dado su estado, bien. De hecho, si me lo permitís, desde que volvisteis está mucho más animado. A pesar de su condición - le hizo saber la mujer, levemente emocionada - Todos nos alegramos de su retorno, señor.

James la observó unos instantes, le dedicó una leve sonrisa y asintió con gratitud. Después subió al salón de la casa, en el primer piso. Llamó a la puerta y una voz femenina le dio permiso para entrar. Abrió las puertas correderas con cristaleras y halló a su madre sentada en un diván leyendo diversos documentos. Cerró tras de sí y caminó hacia ella. Tomó su mano y la besó con dulzura, para regocijo de esta.

Madre - la saludó - La Sra. Fletcher dijo que deseabas verme.

La Sra. Reynolds asintió y sin mediar palabra le extendió una carta. Estaba cerrada, lacrada y dirigida a su persona. También firmaba el remitente. Sus ojos se abrieron con cierta sorpresa al verlo.

- Ha llegado esta mañana, poco después de que salieras, hijo.

James miró durante unos instantes la carta, dubitativo. Inamovible. Finalmente miró a su madre que le dirigía una mirada y una sonrisa sugerentes.

- Parece que las noticias de tu llegada vuelan. No se han olvidado de ti, hijo. Vamos ¿A que esperas? Ábrela - le animó.

El capitán vaciló, pero finalmente la abrió, leyendo su contenido. La carta no era muy extensa pero si muy clarificadora. La releyó asimilando los datos y finalmente sopesó las consecuencias. De nuevo sus ojos se encontraron con los ansiosos de su madre. Para no tener que dar explicaciones le extendió la carta para que ella pudiera leer.

Hijo, es estupendo. Un regalo de bienvenida. Una manera de reencontrarte con amigos y conocidos...

No iré - la interrumpió tajantemente para sorpresa de su progenitora.

Oh, James, no puedes faltar. Ellos esperan que vayas - protestó la mujer.

Yo no pinto nada allá, madre. Fíjate, la mansión del Conde Arrow, nada menos. Es una fiesta en la que yo estaré fuera de lugar. No, yo no tengo nada que ver con ellos - pretendió sentenciar. Durante unos instantes se hizo un silencio tenso entre ambos. Finalmente, la Sra. Reynolds tomó la palabra.

James, si no supiera que has servido con valor a tu patria, pensaría que estás huyendo - dijo su madre, con delicadeza, pero sin tapujos.

Aquello estuvo a punto de soliviantar a su hijo, que hizo acopió de voluntad para no perder su compostura. Las palabras de ella resonaron en su interior y pronto sintió que tenía razón. Su mirada iracunda se disipó rápidamente y comprendió que su madre le hablaba desde el cariño. Entristecido, asintió con la cabeza, entendiendo a donde quería llegar. Se sentó pesadamente en un sillón, se reclinó hacia adelante y colocó sus manos entrelazadas sobre su boca, en señal de preocupación.

Tienes razón, madre. El caso es que no se como hacerlo. Me pilla todo tan.. de pronto, que aun no se como abordarlo - admitió. Comprensiva, su madre se levantó y apoyó su gentil mano sobre su hombro.

Ellos querrán saber sobre él. Oírlo de ti. Tu eras su mejor amigo y aunque no estuviste cuando murió, si estuviste en su entierro y con los que estuvieron y lucharon junto a él. Eres la persona indicada - le razonó con amabilidad.

James no dijo nada y se limitó a perderse en sus recuerdos. Finalmente se levantó y besó la frente de su madre.

- Gracias por vuestro consejo y apoyo, madre. Ahora iré a comer, después decidiré que hacer. Con vuestro permiso - se despidió mientras se dirigió al comedor.

La comida olía excelentemente, pero no logró encontrar el apetito para llegar a probar más que unos pocos bocados. Posteriormente visitó a su padre. Este había perdido algo de movilidad en el hemisferio izquierdo del cuerpo. A penas podía andar, usar su mano izquierda y su hablar no era fluido. Sin embargo se hacía entender. Con él disertó sobre los pacientes atendidos durante el día y ambos teorizaron sobre las dolencias encontradas, su diagnóstico y tratamiento. La experiencia de su padre supuso la respuesta a un par de diagnósticos dudosos por parte del hijo. La presencia del hijo ejerciendo supuso la ilusión y la alegría del padre, hace tiempo perdida.

Horas después de hablar con su madre, la buscó de nuevo. Iba a darle una respuesta sobre acudir o no al baile. Gracias a la Sra. Smith, la criada, supo que su madre estaba en la sala de costura. Llamó a la puerta de la sala y la voz de la Sra. Reynolds le invitó a entrar.

Allí la encontró, con sus costuras y hermosas manualidades. Ella le sonrió con dulzura, pero sin abandonar un bordado que tenía entre manos.

- ¿Y bien, hijo? ¿Ya has estado con tu padre? Me alegro. Tu presencia aquí y los momentos que le dedicas son la mejor medicina para él. Bueno. ¿Aun no te has aseado? No pretenderás ir a la fiesta sin darte un buen baño antes - le abordó su madre antes de que él pudiera reaccionar.

No creo que un baño corra prisa, madre. Lo tengo decidido. No voy a asistir al evento del Conde Arrow. Se trata de una fiesta de máscaras con un emblemático traje a juego - sonrío mordazmente - Y como veréis no tengo ninguna de las dos - razonó apuntándose la victoria.

¿Y que me dices de tu uniforme? - preguntó sin levantar la vista sobre el bordado en el que trabajaba.

- De ningún modo, madre. Está viejo y ajado. Mi uniforme militar no tiene cabida en esa fiesta - afirmó tajantemente James. Su madre calló durante unos instantes mientras seguía dando puntadas al bordado, como si no viera problema alguno, aun así.

¿Y no tienes algún disfraz? - levantó la vista y lo miró de soslayo unos instantes, viendo como él negaba, antes de volver a su labor - Vaya, que contrariedad. Con uno si que hubieras podido ir, ¿No? - añadió, pero con un tono de voz que no denotaba turbación ni importancia alguna para la mujer. James suspiró, sintiendo que la conversación se alargaba para un final consabido. Aun así se armó de paciencia y educadamente continuó.

- No lo sé. Tal vez con uno elegante sí me hubiera podido presentar, madre. Pero desafortunadamente no hay ninguno - hizo énfasis en sus palabras para dar por finalizada la conversación.

- ¿De veras? - respondió su madre con fingida sorpresa, confundiendo a James - Vaya, entonces supongo que ese traje que he estado arreglando no es algo válido para ti - dijo fingiendo desinterés, mientras señalaba una tela que cubría algo.

James miró la tela y luego a su madre, que continuó bordando como si nada y no espió a su hijo hasta que este no hubo avanzado hasta el bulto cubierto y retirado el paño que lo cubría. El ver lo que había debajo y la reacción de James arrancó una sonrisa forzada, nerviosa, en la sra. Reynolds, que se levantó y avanzó hasta situarse junto a su sorprendido hijo, dudando si aceptaría aquello.

Madre.. este es el disfraz que llevé en la graduación de Marianne.. En la fiesta de disfraces que se celebró en la mansión de los duques de Westminster, organizada por las graduaciones de Fitzwilliam y Ethan Thompson y a la que tuvieron el detalle de invitarnos, al saber que Marianne terminaba también sus estudios - su voz estuvo a punto de quebrarse, embargada por la emoción y los nostálgicos recuerdos. Su mano se deslizó acariciando el chaquetón de cuero, en perfecto estado, solo usado una vez. Admiró el rojizo y oscuro chaleco y los bordados en él. El olor a cuero era aun patente en la prenda y en las botas reforzadas, transportándolo a un pasado más feliz - Ella estaba preciosa. Parecía un ángel. Y yo era su guardián enmascarado ¿Recuerdas? Bailé y reí con ella. Y cada vez que un pretendiente deseaba bailar con ella debía pagar tributo ante "El pirata vengador" - una risa ahogada escapó de su boca.

- ¿Un tributo? - preguntó su madre intrigada. James asintió con una sonrisa.

Sí. Les exigía un juramento solemne en el que prometían bailar con Marianne mejor que su anterior pareja, so pena de mi ira - río quedamente -. He de admitir que todos cumplieron y con sumo agrado.

James, veo que este disfraz te trae muchos recuerdos intensos. Tal vez tengas razón y no sea buena idea..

No, madre. Es muy conveniente - afirmó interrumpiéndola, con cierto énfasis en sus últimas palabras que confundieron a la mujer, en un principio. No obstante pronto sonrió aliviada al ver que su hijo aceptaba el traje y lo que conllevaba con él. Con un gesto de cabeza señaló a un estuche de madera cercano. James se acercó y lo abrió. Allí estaba el pañuelo y el antifaz, completando el antiguo atuendo. Extendió la mano y los palpó, recordando su textura y forma. De inmediato se los puso y se miró a un espejo cercano. Diversas emociones lo inundaron, pero no dejó que ninguna aflorara.

- Muy conveniente - repitió. Se giró y abrazó a su madre visiblemente emocionada, pues al verlo así también a ella retornaron los recuerdos, de una manera más vívida, de Marianne.

Es tarde. No voy a llegar a tiempo, pero espero que permitan la entrada a los impuntuales - bromeó - Iré a prepararme - añadió mientras abandonó la habitación.

Tras asearse, se vistió con su antiguo traje. Con los ajustes de última hora que le dispensó la Sra. Reynolds, le sentó como un guante. Mientras tanto, su madre logró que los vecinos Stuart prestaran a James su coche para toda la noche.

Ya era tarde cuando se despidió de sus padres. Durante el camino hacia la mansión del Conde Arrow, James sintió cierto nerviosismo. No le cabía duda alguna que, en esos momentos, le resultaría más fácil afrontar una acometida de las hordas zulúes que reencontrarse con viejos conocidos. No tenía gana alguna de asistir a la fiesta, pero como buen soldado aceptó que sus apetencias eran irrelevantes. Asistiría porque debía hacerlo. Respiró hondo y con disciplina marcial se dispuso a afrontar lo que viniera. Poco antes de llegar al palacio Arrow se anudó el pañuelo y el antifaz.

Llegaba tarde. Sin duda el último, y aun así se le antojó que su llegar fue muy rápido. Hasta que no descendió del coche no reparó en el regio complejo en el que se hallaba.

Un palacio digno de un rey - se dijo a sí mismo. Subió las escalinatas admirando el entorno. Un mayordomo lo recibió. Tras requerir una explicación sobre su presencia allí, James le entregó la carta de invitación. El hombre asintió y le invitó a entrar. Si por fuera el palacio era admirable, por dentro era impresionante. Una mansión enorme y ostentosa.

Los invitados se han dirigido a las mesas para comenzar la cena, señor - le informó el mayordomo. James asintió.

 - No les hagamos esperar - fue su respuesta mientras siguió a aquel hombre por varios salones, hasta su destino. Antes de entrar el mayordomo le volvió a abordar.

¿A quien debo anunciar? - preguntó. James recordó entonces que la carta le recomendaba adoptar un pseudónimo para el evento. Con las prisas no había pensado en ninguno. Involuntariamente miró a su alrededor, como buscando algo le inspirara. Y así fue: se encontró a sí mismo reflejado en un espejo. Ahogó una risa y asintió. Sonriente y seguro le dio una respuesta.

Drake. Francis Drake.

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21/05/2016, 09:48
z/ Jack Everett Howard

Hace ya tres meses que llegué de vuelta a Londres y mi existencia se ha basado únicamente en asistir a la universidad. En parte era como si rehuyera cualquier contacto humano. Como si simplemente quisiera estar sola en mi soledad y tristeza.

Pero finalmente acabé cediendo a la insistiencia de Alex, conde de Arrow, y un antiguo compañero de internado y acepté su invitación al baile de máscaras que organizaba. Según él, ya era hora de que la sociedad británica conociera al condecorado lugarteniente de los zapadores. Honestamente, me importaba un comino. Pero, quizás, eso fuera precisamente lo que necesitaba para empezar a remontar. Para empezar a levantar cabeza.

Salir al exterior, conocer gente, entablar conversaciones triviales. Y, al menos durante unas horas, olvidarme de los fantasmas que me atenazan. 

Un baile de máscaras, de disfraces. Llegado el momento, cojo de entre mi baúl, unos ropajes que traje conmigo desde la India. Son prácticos, funcionales y menos ostentosos de lo que seguramente lucirá el resto del mundo. Supongo que, un poco como yo. Me enfundo la camisa y me embarga un olor familiar a cardamomo impregnado en la tela. Pero, por vez primera, se trata de un recuerdo agradable. Es como si me ayudara a recordar todos los buenos tiempos que pasé en la India.

Termino de vestirme y remato el atuendo con un simple antifaz negro. De nuevo, algo práctico y simple.

Tomo un carruaje y me dirijo al palacete de Alex. Todavia se me hace difícil reconciliar la imagen de ese adolescente rebelde con su actual posicion de conde Arrow. Igual que supongo que a él le costará asociar a ese terco adolescente estudioso con este veterano de guerra. El tiempo pasa inexorablemente para todos.

Me bajo del carruaje y me dirijo a la puerta donde el chamberlán rápidamente se acerca a mi.

- Buenas noches. ¿Con que nombre queréis ser presentado?

Me quedo un instante mirándolo. No había caído en que teniamos que dar un pseudónimo.

- Rama. - respondo simplemente.

Después de que anuncie mi llegada, tomo aire y me adentro en el interior. El primer paso siempre es el más difícil. O eso dicen. Ha llegado la hora de empezar a pasar página.

 

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26/05/2016, 17:14
Meredith Grace Walker

Desde el primer instante en el que recibí la invitación para aquel baile de la alta sociedad, tuve serias dudas acerca de mi asistencia. No me gustaba regodearme entre ellos, prefería limitarme a hacer mi trabajo, más algo dentro de mi me impulsaba a aceptar.

Así estuve un tiempo, oscilando entre asistir y no asistir, y mientras me mecía entre el "sí" y el "no" me encontraba eligiendo un vestido, zapatos, joyas y una máscara; ya se sabe, por si acaso finalmente terminaba dejándome caer por la residencia Arrow.

Ese mismo día en el que se celebraría el baile, estuve en mi taller trabajando en unos retratos que me habían encargado. Las horas pasaron volando entre trazos y cuando quise darme cuenta, mi rostro estaba pegado a los formatos de esbozo y al carboncillo: me había quedado dormida.

Apuradísima miré la hora, ya iba tarde, pero no podía asistir sin darme un baño, aunque fuera uno de esos rápidos. Tratando de calmarme, me arreglé el pelo y lo envolví en un elaborado moño bajo discreto, iba a tardarme lo mismo porque no era un peinado fácil, y en mi caso, no tenía doncellas que arreglasen mi vestido o mis cabellos, todo lo tenía que hacer sola, sin ayuda de nadie.

Me enfundé en el corsé y el vestido pomposo, de hombros, clavícula y espalda al descubierto. Cuando terminé me miré al espejo y descubrí a alguien del pasado. La actual Meredith se hubiese negado en rotundo a realizar algo semejante, no estaba para ese tipo de juegos sociales: embriagarse de bebidas alcohólicas, bailar hasta que duelan los pies, risas con el resto de damas y pesados rituales de saludos corteses, conversaciones banales y cortejo con los hombres. Pero la mujer del espejo no era la misma, ya había pasado algunos años tras mi último baile en sociedad bajo el brazo de Nathaniel, este era el primero que aceptaba tras su muerte y tenía que sacar provecho de cualquiera de las maneras, así fuera sola. Me seguía disgustando el hecho de pasar por el proceso de selección de los caballeros para que me inviten a dar vueltas, pero ¿sinceramente? me apetecía ver caras nuevas, reírme sin sentido y bailar con apuestos hombres que me sujetan de la cintura como cuando tenía 20 años.

  

Rebufo al pensar en lo vieja que me siento cuando aún soy tan joven y continuo arreglándome. Me embellezco con maquillaje y una sola joya. Una sola, ni pendientes deslumbrantes ni anillos, todo lo que usaba era de plata fina y discreta a excepción de un collar con un rubí muy pequeño. Será el encargado de hablar acerca de mi dinero y mi poder adquisitivo, nada comparable con el resto, pero mejor eso que llevar el cuello desnudo en un evento de este calibre.

Y finalmente la máscara. La sujeté con cuidado y me ajusté el peinado alrededor de ella. Mirándome al espejo me miré por última vez - Abandona en el taller a Meredith durmiendo sobre las barras de carbón, ahora eres Mina y más te vale no toparte con cierto señor oscuro, porque ya sabemos el final de esa historia.

Sonreí al descubrirme así de engalanada y también bella, y ahora sí, corrí hacia el coche que me esperaba abajo directa a la mansión.

Tras un viaje algo largo en coche, llegamos a la mansión y me bajo con cuidado. Me sentía nerviosa, mi pulso acelerado y dudosa de si había escogido bien el vestuario, pero no podía dejar que esos pensamientos me inundasen. Cuando me doy cuenta llego a la plataforma del rellano de la casa y un mayordomo se acerca para recibirme, me pregunta por la carta que indica mi invitación y también por quién deben presentarme. Mientras cedo la carta observo el lugar - Mina, Mina Murray.

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01/06/2016, 23:51
z/ Lord Richard Ackerbie III

¡Vaya! ¿Qué era aquella carta en medio de todas las demás y tan diferente a la vez? No se parecía a ninguna otra...

Al abrirla me topé con una invitación a un baile de máscaras... ¿Y cuándo era? ¡Maldición! Aquella misma noche. Lo primero era saber si me apetecía ir... ¡Uf! No sé... ¿Qué aliciente había?

- ¡¡Riiiichard!! ¿Has visto la invitación para el baile de disfraces?

Dios mío... madre ¿Es que en esta casa ni siquiera se respeta la confidencialidad del correo?

- Vamos, hijo, levántate ya o se te hará tarde: El sastre ya está aquí y tendrá que arreglarte el traje -dijo madre mientras corría las cortinas de la habitación-.

¿El traje? ¿Qué traje? -dije mientras trataba de incorporarme y abrir un ojo al sol de media tarde-.

- ¡Tu disfraz, naturalmente! Estoy harta de que solo salgas por tugurios de mala muerte. Quiero que conozcas una muchacha de buena familia y... ¿Quién sabe? ¡¡Quizás te enamores de alguna de ellas!!

¡¡Ufff!! Mi madre y sus fantasías de la alta sociedad...

- Si te crees que voy a ir a ese baile de disfraces, madre, no te puedes ni imaginar lo equivocada que estás...

- ¿Tengo que recordarte la posibilidad de que tus ingresos y tu herencia sufran un serio recorte si "alguien" se toma a mal tus negativas, querido hijo?

- Jodida arpía... -mascullé todavía enredado entre mis sábanas-.

Me levanté con dificultad y pasé el resto de la tarde aseándome  y probándome aquel disfraz. Me resultaba ridículo tener que vestirme de mamarracho para acudir a una fiesta por muy amigo mío que fuera el anfitrión... Había miles de fiestas en Londres donde no había que disfrazarse... ¡Pero bueno! Por un tema de causa mayor, tuve que aceptar.

Finalmente estuve listo para el baile:

  La verdad es que estaba muy aparente y elegante, así que subí a mi carruaje y me dirigí a la fiesta. Sabía que llegaba tarde... pero me daba igual: No pensaba que fuera a divertirme demasiado, pero al menos habría ambiente de fiesta.

Desconocía el motivo por el que había sido invitado. Si, de acuerdo, el anfitrión era buen amigo suyo, pero él, Lord Richard, no era una persona precisamente de buena reputación: Su familia de comerciantes venidos a más, no era bien vista por la nobleza de rancio abolengo y su vida un tanto disoluta, no acompañaba precisamente a lavar el honor de su apellido.

Por si fuera poco, por el mundillo de Londres, circulaban historias fantásticas sobre él y sus hazañas, que remataban sin duda su poca honorabilidad. Entonces... ¿Por qué aquella invitación?

Sin duda era un pequeño aliciente que podía hacer que la noche resultara entretenida.

El carruaje llegó a las puertas de la mansión ya bien entrada la noche. Después de la juerga de la noche anterior, había dormido todo el día, así que sueño, no iba a tener. De hecho, ese era su horario habitual: Solía despertar cuando el sol se ponía y solía irse a dormir poco después de desayunar en su casa -cuando llegaba a su casa-

Pero aquella noche iba a ser diferente. la gente de aquella fiesta, no era con la que estaba acostumbrado a tratar y requerían exquisitos modales. Quizás fuese una prueba de fuego para poder insertarse de una vez en la alta sociedad inglesa y demostrarle a su padre que SI servía para algo.

Los porteros abrieron las puertas y Sir Richard entró en el salón donde en ese momento las parejas bailaban animadamente.