Partida Rol por web

La Edad de la Inocencia (+18)

• El Baile de Máscaras del Conde de Arrow - I •

Cargando editor
24/01/2016, 20:58
Narradora

 

El Baile de Máscaras del Conde de Arrow

(3 de Abril de 1880)

 

 

Con motivo de la llegada de la primavera, el caballero Lord Arrow, un excéntrico noble inglés más que reconocido por sus escarceos amorosos y salidas de tono en general, organiza un baile por todo lo alto en su mansión para dar la bienvenida a la nueva estación. Los ricos invitados a la fiesta esperan con ansia cada año la puesta en escena en su lujosa residencia. En esta ocasión será el cuarto año que el Conde tire la casa por la ventana invitando a medio Londres. La creme de la creme estará allí. Se sabe que Lord Arrow no escatima en gastos. Es un derrochador, cuando organiza una fiesta se permite hacer ostentación y esta vez no iba a ser distinta a las anteriores a pesar de los últimos acontecimientos ocurridos en su vida.

 

 

 

La historia de la mansión Arrow está unida irremediablemente a la historia de su linaje. La casa de Arrow es una de las más antiguas de Inglaterra. La mansión del Conde, cuyo año de construcción data de 1670 es una propiedad envidiada y codiciada por muchos nobles y amigos burgueses suyos con los que se relaciona desde hace años.

La mansión se ubica a las afueras de Londres. La propiedad consta de 50 hectáreas entre jardines y verdes prados,  colindados por bosques y un lago propio. La afición de Lord Arrow por la caceria se desata semalmente en su coto privado de caza. No son pocos los amigos que disfrutan con él de este apasionante hobbie. Una sala de armas con distintos trofeos de caza hace las delicicias de los que allí se reunen para hablar abiertamente no solo de presas sino también de mujeres.

 

 

Los jardines de la mansión están cuidados hasta el más mínimo detalle. El laberinto es la principal atracción para sus invitados. Un laberinto donde poder perderse de noche y quien sabe, dejar volar la imaginación libremente.

 

 

La mansión también cuenta con una galería privada de arte. Obras de alto valor económico, pinturas y esculturas que la familia ha ido adquiriendo a través de los años.

 

 

[...]

 


 

Dos mujeres hermosas se arreglan entusiasmadas en sus respectivas habitaciones. El servicio doméstico anda acalorado en las cocinas preparando con cariño los platos que se servirán en la cena. Todo ha de ser perfecto, quien falle lo lamentará siendo despedido. Los carruajes de los invitados no tardarán en llegar. Los cocheros esperan afuera nerviosos a que lleguen los carruajes por el camino de gravilla que une la puerta principal con el exterior, dispuestos a cumplir con diligencia las ordenes de los invitados.

La mansión brilla entera por los buenos deseos de los anfitriones. La música, la comida y la decoración exquisita desplegada en el baile potencia aún mas el encanto que ya tiene de por si la mascarada.

 

 

Candelabros de oro, caras alfombras rojas adornadas con las iniciales del Conde (A.L), guirnaldas que enmarcan con gracia las estancias dotándolas de color y calidez, las flores que inundan con su fresco aroma cada rincón de la mansion. Todo está pensado para que sea una noche inolvidable...

 

 


Gracias a ella he encontrado el equilibrio definitivo. La adoro, lo confieso. Es la mujer de mi vida. Antes de conocerla estaba convencido de que el amor no existía. (David Bowie)

 

 


 

 

[...]

 

Cargando editor
24/01/2016, 20:58
z/ Lord Arrow "Alexander Lucas"

Mientras el agua caliente de la tina templa sus dolorosos recuerdos, su madre y su prima aprovechan el tiempo para acicalarse. Pomposas y recelosas como buenas francesas de alta cuna siguen su ritual de belleza para lucir perfectas. Esta noche han de coronarse a ojos del resto como las mejores anfitrionas de Londres.

Falta poco para que el reloj marque las seis. Alexander cierra los ojos y se sumerge en el agua. Durante unos breves segundos escapa de la realidad que lo atormenta. Tres mujeres. Permanece en calma hasta que la necesidad de respirar lo ahoga, al igual que su deber como anfitrión. Ha de volver. Sale de la bañera, seca su cuerpo y su pelo con una fina toalla blanca. Peina su cabello hacia atrás estirándolo por completo por detrás de las orejas.

El conde ha encargado al que es el sastre de la familia desde hace tres generaciones la elaboración de un traje único. "Rojo, muerte, infierno". Esas tres palabras fueron las que utilizó para describir al sastre lo que quería. El resultado espectacular. Un traje hecho a su medida. Rojo ira, rojo pasión. Una máscara tétrica para algunos, poderosa para otros, de facciones duras y huesudas cubriría su rostro ocultando su verdadera identidad.

Observó ceñudo su reflejo frente al espejo. Las marcas del duelo eran evidentes, estaban presentes en su cuerpo y su corazón. Elizabetha. Tocó con su mano izquierda la cicatriz que la mujer le había hecho en el antebrazo derecho. El brazo estaba curado después de quince días pero no así su alma que pedía a gritos verla de nuevo. Se colocó la máscara y miró fijamente su propia imagen con un brillo perturbador en los ojos.

-¿Quién eres Alexander Lucas?.

Se preguntó a si mismo. Acercó sus pasos hasta la cama donde estaba extendido el traje impecable y maravilloso. Guantes y botas negras de piel cubrirían sus extremidades. Terminó de vestirse solo sin que nadie lo molestara.

Por último cogió el objeto mas preciado que tenía en aquellos días. El que significaba todo para él, más que cualquier cosa. El espadín de Jaime Hamilton, el hermano de Elizabetha. Ese objeto se convertiría en la llave para identificarlo en el baile, además del seudónimo bajo el cual se hacia llamar Sherlock Holmes.

Salió de su habitación y se dirigió apresurado hasta la de su prima Amandine. Antes de entrar llamó a la puerta como un buen caballero.

[...]

 

Notas de juego

 

Cargando editor
24/01/2016, 20:59
Amandine LaFontaine

Amandine pasó toda la tarde preparándose ilusionada para el evento más importante que viviría desde que llegó a Londres.

Su estadía en la mansión de su primo resultó ser de lo mas interesante. Al igual que las personas que había conocido.

La francesa conocía a pocos nobles y burgueses londinenses. El baile de máscaras era una gran oportunidad para ampliar su círculo de amistades. No estaba claro cuanto tiempo permanecería la joven en Londres. Su primo y su tía la adoraban, ellos no deseaban que se marchara nunca pero algún día tendría que volver a Paris. Su padre y su hermano estaban allí. La madrastra poco importaba.

Varias doncellas la ayudaron a vestirse y peinaron su cabello con un recogido precioso de manera que los tirabuzones rubios caían libres y graciosos por delante de los hombros. Utilizó un maquillaje suave para sus ojos que enmarcara el azul profundo de su mirada. Los labios ya de por si carnosos los pintó con un rosa suave al igual que el rubor de sus mejillas que contrastaban con su piel pálida.

El vestido elegido para la ocasión fue diseñado por uno de los modistos que trabajaban para la casa real. La misma reina Victoria había llevado uno de sus modelos. Amandine quería un vestido pomposo, azul como el cielo y dulce como ella. Queria ser una Sissi emperatriz.

La hora se acercaba. Estaba lista. Alguien llamó a su puerta. Amandine sonrió al ver al enmascarado que se presentó frente a ella. –Que atrevido. Así no vas a pasar desapercibido...

Alexander le devolvió la sonrisa. –El azul te sienta bien. Apuntó con cariño su primo. El caballero estiró su brazo y le ofreció su mano para acompañarla abajo hasta el hall donde recibirían a sus invitados.

Ella admiró con sorpresa, devoción y entusiasmo la magnitud del acontecimiento y el poder de convocación que tenía su primo Alexander. Todo aquel que era alguien estaba esa noche en la mascarada del conde de Arrow.

Bajaron por la escalinata elegantes, jóvenes, hermosos y altivos. Orgullosa de ir del brazo de su querido primo preguntó:

-¿No es emocionante Alexander?. Sus ojos brillaban como dos luceros en el firmamento, vibrantes y parpadeantes de dicha. -Un baile de máscaras. El misterio y el licor nuestros deliciosos aliados querido. ¿Qué atrevimiento el mío verdad?. Pero no eres tu el mas indicado para juzgar a tu amada prima francesa. Sonrió divertida.

[…]

Cargando editor
24/01/2016, 20:59
z/ Madame Sophie LaFontaine

Cleopatra y otras grandes mujeres del pasado habían usado la leche en sus baños para reafirmar la piel y tonificar el cuerpo. Yo no iba a ser menos y el evento era lo realmente importante para radiar perfecta.

Tantas espectativas puestas en la noche venidera a la que un gran número de personalidades de la sociedad Londinense acudiría. Deseaba que el acto fuera un completo éxito así como los planes que con tanta paciencia había estado tramando.

El servicio de mi hijo había prosperado durante mi estancia en su casa, mas serviciales, mas atentos, como debía ser. Las criadas que me atendían enjuagaron con el agua caliente de la tina mi cuerpo, tendiendo vaporosas toallas para que me secara nada mas pisar la alfombra junto a la bañera.

Fueron vistiendo cada tramo de mi cuerpo para acicalarme frente al tocador, donde el cristal me devolvía una imagen difusa de mi por el efecto del vaho.

- Espejito, espejito mágico, dime, ¿quien será la mas bella del baile?-[/B]

Corrí mi mano por encima de la superficie fría del vidrio humedeciendo mis dedos a su paso, ganando una zona de superficie que por fin reflejaba colores y matices. Mi sonrisa estrenaba carmín de un rojo pasión que llegó, derramando una gota del brebaje que estaba tomando para estar a tono durante la velada..

El corsé entró ajustado con apenas unos estirones de las dos sirvientes a mi espalda que apretaron mi busto poniendo al límite el espacio destinado a mis pechos. Estaba acostumbrada a la falta de oxigeno de estos trajes, hermosos por un lado y traicioneros por otro como la vida misma.

Las voces al otro lado de la pared de mi querido hijo y mi sobrina despertaron mi curiosidad. Impaciencia por llegar hasta ellos y compartir un momento emotivo de júbilo por lo que estaba por llegar. -Contención- me dije actuando con tranquilidad.

Cargando editor
25/01/2016, 01:24
Narradora

Sirvientes con bandejas llenas de canapés y licores, reciben a los invitados que entran en el hall donde los tres anfitriones se mezclan misteriosamente entre la multitud. La música está presente con un pianista enmascarado que ameniza la espera hasta entrar en el gran salón donde se servirá la cena.

 

 

 

Notas de juego

Los invitados empiezan a llegar. Unos entran por la puerta principal y otros bajan por las escaleras.

Cada jugador escribirá a través de esta escena un post narrando sus impresiones anteriores o posteriores a la llegada, su vestuario... etc. Solo un post. Seguidamente, una vez hayais escrito os daré acceso a las escenas 2 y 3. Cada grupo con un anfitrión.

Cargando editor
25/01/2016, 03:12
Emily Jones

No me podía creer en donde estaba. Una parte de mí se sentía tan inhibida que temía incluso dar un paso sin tambalearse, pero la otra me decía que era libre, al menos de momento. Los jardines, los cocheros, el salón... no tenía palabras que me sirvieran para describir lo maravillada que me encontraba ante la escenografía que se abría ante mí.

 Me había puesto un vestido de mi madre, increíble. Debía ser el único lujoso que ella habría tenido pero mi padre me lo mostró y me lo entregó con sus bendiciones. Era de una tela suave y brillosa, negra, que marcaba mi cintura debido al corset que además, tenía abajo. La falda cubría hasta el suelo dejando marcando un vaivén suave cuando caminaba. Mi máscara la había bordado yo misma, y el collar de perlas me lo había prestado Zona. Además había adornado mis orejas con aros de perlas, préstamo de Victoria, no podía quejarme de las personas que me amaban de verdad, todas ellas. El cabello lo llevaba recogido con un simple moño negro, y en mis manos tenía unos guantes también oscuros.

"Bien, pa... parece quee... ¿qué hago aquí?? Aaaaaaah!!! no, no, solo saluda como es al anfitrión y y todo saldra bien. ¡¡Respira!! Eso, respira... mejor."

Caminé junto a Zona, a hacer las presentaciones de rigor. Mi apodo era Eclipse: la unión de la luna y el sol, en mi caso justamente la de mi timidez y ahora el atrevimiento. Mis pasos eran lentos y elegantes. Me enhebraba del brazo de mi compañera como si se me fuera la vida en ello. Dándome cuenta de eso, aflojé el agarre e intenté serenarme para disfrutar de la velada. Aunque un nudo oprimía mi estómago todo el tiempo, jamás en mi vida entera yo había visto tanto lujo en un solo lugar.

"Dios mío... dios... parece un palacio... de los de cuento..."

Cargando editor
25/01/2016, 03:18
Zona Fleming Howard

Me miraba al espejo, como quien perpleja, contempla algo extraño. Había pasado la tarde rodeada de vestidos, todos diferentes, de varios colores, me los había probado más de diez veces cada uno… y al final me había decantado por el que llevaba puesto.

Por suerte mi hermano se había llevado a Hortence de paseo, augurando lo que mi hermana diría de mi idea de ir a aquel baile de máscaras. Todas aquellas ideas horribles que de mi bienamada hermana colonizarían mi mente hasta la apatía absoluta. En la mirada azul océano de Reuben lo vi claro, justo cuando sus ojos subieron de la invitación y me miraron. No hubo palabras entre mi hermano y yo, él asintió y se marchó a buscar a Hortence. Sus ojos decían, ve y diviértete pequeña.

Sonrío llevándome el dedo índice a los labios, dubitativa.

Mis ojos se estampan contra el frío cristal, a la altura de los pies; mis manos remangan algo el vestido, juguetonas, coquetas ascienden hasta el liguero, y jugueteando a enseñar el muslo, me echo a reír.

No me encontraba demasiado animada pero Amandine había insistido lo suficiente, y yo… quería, debía encontrar las ganas, pero quería ir. Ahora, con aquel vestido puesto, tan encorsetado, tan... ¡Por Cristo redentor! Tan claustrofóbico...  suspiro con fuerza, estoy muy nerviosa, las manos me tiemblan y no tengo a nadie con quien parlotear. Apenas puedo pintarme los labios.

Aquello estará atestado de gente… y yo… yo no estoy acostumbrada a ir a bailes tan concurridos…. Y el vestido es demasiado ajustado… y se me marcan todas las curvas del cuerpo... y qué descaro… y... y... Resoplo.

La idea me hace sonreír malévolamente, miro la máscara de reojo, permitiéndome la licencia de ser descarada si nadie a parte de mi querida Amandine y mi amada Emy, me reconocerán. En ellas sí confío, ellas me conocen, saben cómo soy… no pensarán mal de mí, incluso creo que Amandine aplaudirá mi atrevimiento.

Ladeo la cabeza en el espejo, oye… no estoy tan mal…

Suspiro una y mil veces. Bueno, esto es lo que hay, y si no, un poquito de vino y todo arreglado. Me pongo las alas, que van sujetas al corsé, y sonrío, recordando los versos que tanto adoro.

Juliette: ¡Pobre de mí!

Romeo: ¡Habló! Siento de nuevo su voz. ¡Ángel de amores que en medio de la noche te me apareces, como emisario de los cielos a la asombrada vista de los mortales, que deslumbrados te observan cruzar con vuelo muy rápido las esferas, y mecerse en las alas de las nubes!

Juliette: ¡Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? ¿Por qué no renuncias al nombre de tus padres? Y si careces de valor para tanto, ámame, y no me tendré por Capuleto.

Romeo: ¿Qué debo hacer, continúo escuchándola o hablo?

Juliette: Acaso no eres tú mi enemigo. Es el nombre de Montesco, que llevas. ¿Y qué quiere decir Montesco? No es pie ni mano ni brazo ni rostro ni fragmento de la naturaleza humana. ¿Por qué no tomas otro nombre? La rosa no dejaria de ser rosa, tampoco dejaria de esparcir su aroma, aunque se llamara de otra manera. Asimismo mi adorado Romeo, pese a que tuviera otro nombre, conservaria todas las buenas cualidades de su alma, que no las tiene por herencia. Deja tu nombre, Romeo, y a cambio de tu nombre que no es cosa esencial, toma toda mi alma.

Romeo: Si de tu palabra me adueño, llámame tu amante, e imaginaré que me he bautizado otra vez y que he perdido el nombre de Romeo.

Juliette: ¿Y quién eres tú que, en medio de la oscuridad de la noche vienes a sorprender mis secretos?

 

Tomo el antifaz con una mano y la capa con la otra, para la vuelta, ahora no hace frío, pero a la vuelta, cuando sea noche cerrada, sí tendré frío.

Salgo directa al carruaje biplaza. El cochero me mira muy sorprendido, apenas se atreve a decirme nada, jamás he llevado un vestido tan ajustado, seguro que voy dando la nota, y todas han escogidos vestidos de gala, con su cancán, sus enaguas, sus hermosos pliegues y volantes... yo hoy quiero probar algo diferente y desde luego que lo es, pues cada vez que respiro soy consciente de que me ahogaré a lo largo de la noche. Moriré hoy, no hay duda al respecto.

Le indico que vaya a casa de Emy y me escondo dentro, entre las sombras; me pondré el antifaz un momento antes de llegar, para que al entrar me vea con máscara y todo. Y paso nerviosa todo el camino, hundida en mis abismos y mis fantasmas más íntimos, jugueteando con los dedos, nerviosa. Y efectivamente anudo mi antifaz a la cabeza cuando Emy llega, y río nerviosa cuando entra, tomándola del brazo, llevando el dedo índice a los labios, estoy tan nerviosa ¡que no puedo hablar! ¡El apocalipsis ha llegado! Los cuatro jinetes deben de estar cabalgando por el cielo, crepitando sobre  las nubes del atardecer... Zona, sin palabras… ¡Qué barbarie es esta!

A mi amada amiga le digo que está preciosa en un susurro, reconozco el traje de su madre del que tanto me ha hablado, y estoy orgullosa de ella, sé que le habrá costado un mundo decidirse a venir. Así que la tomo de la mano e intento darle calor y apoyo, a mi manera, cruzo los dedos con los suyos y aprieto fuerte, en silencio, hasta llegar al baile. Estoy temblando de pavor, y de pasión, y de intriga, y de ansia, quiero ver a Amandine, ya. Me siento pequeña y fuerte al mismo tiempo, me siento frágil y resistente. Ahora no soy zona, soy un conjunto de binomios fruiosos, excitados, alegres, todos ellos, pugnando por coronar mi mente.

Entreabor los labios para respirar mejor, y aun así, no me calmo.

Bajamos del carruaje, el cochero nos ayuda; entre las alas, los zapatos y el corsé, recuerdo los versos de mi querida Shelley sobre el dolor. Las rodillas me tiemblan, suspiro, me siento expuesta, tan ceñida, tan escotada… tan fresca… Y de nuevo siento la sonrisa en los labios. Zona… tú puedes, vamos… nadie a parte de Emy te conoce. Miro de reojo las alitas blancas de mi espalda y suspiro.

Las dos enhebradas avanzamos por entre los jardines que tan maravillada me dejan siempre, este lugar es increíble, cruzamos la puerta de la entrada y yo quedo perpleja mirándolo todo. Ya está, estamos aquí, no hay vuelta atrás, así como estamos, sólo queda avanzar. Intento suspirar pero el corsé no me da tregua alguna en este preciso momento.

Ensimismada mis ojos acarician la decoración, incluso la tenue orquesta que ya se intuye me hace sonreír de medio lado. Subimos escaleras. No hablo, tengo la sensación de que si mi voz resbala por entre mis labios, el hechizo se romperá, casi hasta contengo la respiración fruto de la impresión que supone estar aquí.

Aún no he terminado de subir los últimos peldaños cuando de súbito estrecho el brazo de Emy, ahí están los cabellos dorados de Amandine, los nervios estallan y dónde antes reinaba una quietud hechizada, ahora hay un rayo de energía que me lleva a sujetar el vestido y subir apresurada los últimos escalones para precipitar mis pasos contra Amandine, el impulso es irrefrenable, es una tormenta que se adviene sobre la tierra de golpe, no gota a gota, sino todo a la vez. No puedo contenerlo. Abrazo a Amandine, con desmesurada alegría, riendo.

- Ma cherie Toinette, hoy deslumbras más que nunca… - susurro, ausente a todo lo demás.

Sonrío, excelsa, deshaciendo el abrazo que mis brazos han arrojado sin permiso sobre Amandine, tomándola de la muñeca, nerviosa, sin dejar de buscar contacto aunque sé que deberá soltarla enseguida, pues tiene invitados que recibir y no quiero ser una molestia para ella.

- Aquí Eclipse – presento a Emy – y Juliette Capulet – hago una leve reverencia.

Cargando editor
25/01/2016, 04:22
z/ Elizabetha Hamilton

Sentada frente al espejo del tocador, Elizabetha se daba los últimos retoques. Hellen estaba terminando de hacerle un elaborado recogido, mientras la dama se pintaba los labios de un color rojo intenso. Había escogido un antifaz de tela negro, sencillo pero elegante, y por ello, la sombra de ojos que había escogido, era de un tono oscuro, resaltando la intensidad de sus ojos pardos. 

-Asistirán muchas personalidades ricas e importantes de todo Londres- comentó con su criada -. No sé si seré capaz de dar la talla, Hellen...

La anciana se inclinó sobre el hombro de la dama, diciéndole con dulces palabras que la mujer del espejo era una señora bella y respetable, que no importaba cuántas joyas o qué elaborados vestidos llevaran las otras damas de la fiesta, pues ella destacaría como una rosa roja en un jardín de flores blancas. Elizabetha sonrió, mirando sus propio reflejo. Su modestia le impedía creer aquellas palabras, pero Hellen había logrado mejorar considerablemente su seguridad en sí misma.

Lentamente, se puso la máscara que ocultaría su identidad. Aquel misterio le encantaba y aterrorizaba a la par. No se sabría quién es quién en aquella fiesta, donde los secretos y las personalidades estarían ocultos tras un antifaz. Muchos podrían aprovechar para mostrar su verdadero yo... otros, para aparentar ser lo que no son.

Satisfecha con el peinado, que recogía sus ondulados y largos cabellos a la altura de su coronilla, dejando media caída ocultando su nuca, y con el antifaz que ocultaba parte de su rostro, la dama asintió con una sonrisa. Entonces las palabras de su sirvienta la sorprendieron, pues le dijo, con ojos humedecidos, que era el vivo retrato de su abuela, pero con el altivo porte de su padre. La dama se emocionó, pues precisamente, había escogido un vestido de su difunta abuela para la ocasión. No era el más caro, ni el más laborioso, pero significaba mucho para ella y lo luciría esa noche con orgullo.

El vestido, de corte español, constaba de tres piezas. La parte superior, carmesí, con brocado de hilo de oro y mangas de gasa con bordados. En la parte inferior, una ondeante falda negra con apertura central desde la cintura hasta los tobillos, con un forro interior del mismo color que el corpiño. Se combinaba con las enaguas inferiores, de un blano impoluto, con cintas negras y rojas cosidas horizontalmente, salvo la última, rematada con brillante pedrerías.

Aquel vestido tenía un valor sentimental incalculable para la dama, que lo consideraba una reliquia familiar. Nunca antes se lo había puesto, pero en ésta ocasión, Elizabetha, a pesar de haber podido elegir otro más elegante y refinado, había optado por el de su difunta abuela, Isabel.

Para complementar el vestido, la dama había escogido unos zapatos negros y un colgante con una rosa de tela, ceñido a su estilizado cuello. 

Un último vistazo al espejo, y la sonrisa de Hellen, le bastaron para saber que estaba preparada.

Abandonó su alcoba y bajó la escaleras. Su hermano, al verla, tomó su mano con la suya y la hizo girar sobre sí misma, arrancando una encantadora risa de los labios de la dama. Admiró su belleza y besó su frente con ternura, deseándole suerte y advirtiéndola sobre lo ruines que pueden llegar a ser los más nobles caballeros cuando se exceden con el vino. La acompañó, ofreciéndole su brazo, hasta fuera de la residencia Hamilton, donde esperaba el carruaje que la llevaría a la mansión Arrow. Como un padre preocupado, le advirtió que fuera cauta con el Conde, pues las malas lenguas hablaban de sus excesos y la debilidad que sentía por las mujeres hermosas. Elizabetha sonrió, despidiéndose de su hermano con una tierna caricia en el rostro afeitado del caballero, tranquilizándolo. Luego subió al carruaje. La noche había comenzado. Una noche que, sentía, no olvidaría jamás.


***

Elizabetha disfrutó del paseo, aunque sin ocultar su nerviosismo, pero por suerte, la baronesa iba con ella en el carruaje. Miss Hamilton no pudo obviar la belleza de la viuda con sus mejores galas: el vestido, el maquillaje, el antifaz... todo en ella era perfecto. La elogió en varias ocasiones durante el viaje, encantada al ver a su amiga tan espléndida y majestuosa. Compartieron una agradable conversación, pero la dama burguesa se quedaba embelesada y sonriente, admirando a la baronesa y perdiendo fácilmente el hilo de la conversación.

Si lady Wright la había sorprendido y fascinado, cuánta expectación se reflejó en el rostro de la dama cuando vio la colosal mansión del Conde Arrow. Intentaba mantener la compostura, pero se sentía empequeñecer ante el poderío de la finca, maravillada e intimidada a la par. ¿Estaría a la altura? Había conocido a personas influyentes de la alta sociedad, pero nada semejante a lo que suponía aquella visión para ella. Tragó saliva y respiró profundamente hasta relajarse lo suficiente para guardar las apariencias.

De nuevo, agradeció la compañía de lady Wright, que tenía el don de calmarla en los peores momentos. La baronesa le brindaba con su mera presencia, la fuerza de voluntad necesaria para afrontar aquella clase de situaciones. Cuando el carruaje se detuvo frente a la mansión, Elizabetha había recuperado esa serenidad innata en ella. Tan solo sus ojos pardos revelaban el nerviosismo que ocultaba bajo su estoica expresión. 

El cochero la ayudó a descender del carruaje. La dama esperó a su amiga, pues ella asistía en calidad de acompañante de la baronesa. Juntas, se encaminaron hacia el interior de la mansión. Elizabetha caminaba con paso firme, la espalda recta y la barbilla ligeramente levantada tal y cómo le habían inculcado. Cuando entraron en el Hall y fueron recibidas por la dama del brazalete de media luna, Elizabetha la saludó con cortesía y, de soslayo, observó maravillada a los otros dos anfitriones: la dama de azul y el caballero de rojo. 

La Dama Azul, parecía una princesa. Reluciente, hermosa. Si le hubieran dicho en ese momento que se encontraba frente a alguien de la realeza, Elizabetha habría jurado que era cierto.

Cuando miró al Caballero Rojo, la dama admiró su porte señorial, así como su coraje por haber escogido una vestimenta tan llamativa, mas lo que llamó verdaderamente su atención, fue el espadín que colgab del cinto del anfitrión. Ladeó la cabeza, curiosa. Se asemejaba mucho al suyo, incluso la guarda, aunque se abstuvo de mirar demasiado tiempo para no parecer descortés. Sus ojos brillaron ansiosos mientras un extraño pensamiento comenzaba a germinar en su mente. No, aquella posibilidad era demasiado remota para ser cierta. No era extraño que el ejército otorgara espadines de ese estilo a sus oficiales. La dama concluyó que simplemente, era una curiosa coincidencia que se pareciera a su espadín, cuyo gemelo se había extraviado semanas atrás.

Cargando editor
25/01/2016, 04:44
Lord Preston Ellsworth Parlow

El día del baile por fin había llegado.
En Londres no se hablaba de otra cosa: los invitados estaban felices por haber sido distinguidos con tal honor, los no invitados envidiaban a los que irían.
Entre las damas el tema recurrente giraba en torno entre quién llevaría las mejores joyas, los mejores vestidos, el mejor peinado... o eso al menos me había dicho mi madre.
Por mi parte tenía el atuendo elegido desde que había recibido la invitación y había optado por un traje de corte “moderno” la casaca estaba hecha en brocado con arabescos en dorado, naranja y rojo, todo en tonos no muy chillones, mas lo suficiente encendido como para recordar las llamas que vibraban en mi interior, la fuerza y el calor del Rey Sol que trataba de emular. El resto del traje era de seda negra, simple pero elegante en su confección.

Después de bañarme, afeitarme y perfumarme debidamente me puse el antifaz y me miré en el espejo, satisfecho con el resultado. Tomé mi sombrero de copa y mi bastón, mi capa y mis ilusiones y bajé hacia el recibidor de la mansión. Al pasar junto al espejo del pequeño salón me detuve para verme mi reflejo extrañado, casi no me reconocía... Hasta parecía que mis ojos estaban más claros, casi grises, ¿Sería la expectativa?

¿Con quién me encontraría allí? ¿Qué me depararía el destino?
Suspiré y caminé hacia la puerta de la casa, subí al carruaje que me llevaría primero a recoger a mi cuñado y luego a nuestro destino final: la mansión Arrow.
La ciudad estaba animada ese anochecer y contemplé la vida nocturna que discurría a nuestro alrededor como si fuera un niño maravillado por las luces y las marquesinas.

Al llegar a la casa de Louis toqué la puerta tres veces para que supiera que era yo. A George casi le da un ataque cuando me vio aparecer con la máscara y la capa mas enseguida notó que se trataba de mí y disimuló la sorpresa inicial. Esperé a Louis impacientemente a pesar de que bajó con presteza; estaba elegante y le impartí unos halagos para que si albergaba nervios, los abandonara: sabía que Louis era capaz de eclipsarnos a todos los presentes si se lo proponía... Solo esperaba que no se dejara llevar por la melancolía y disfrutara de la noche.
Charlamos durante el viaje para aliviar la ansiedad y le dije que si llegaba a necesitar el carruaje para volver antes que yo lo usara con libertad, pero que me avisara así no tendría que preocuparme por esperarlo.
Al llegar me quedé sin palabras ante el lujo y el despliegue que ostentaba el lugar, en la escalinata reconocí a mi anfitrión con su espadín y su traje, inconfundible inclusive en una multitud; Lord Arrow siempre había poseído aires de pavo real, no podía evitar destacar donde fuera que estuviese y por ello su carismática amistad había sido muy apreciada por el muchacho más reticente a lo social que había sido yo.
Subí las escalinatas con Louis y extendí la mano para saludar a mi anfitrión: -Estimado Sherlock Holmes qué gusto verlo de nuevo, he aquí a Samuel Cramer y al Rey Sol -dije señalando a mi cuñado y a mí respectivamente con la mano libre extendida.

Cargando editor
25/01/2016, 06:57
Abigale Forge Rabbit

Las decisiones de Abigale en cuanto al baile de máscaras no habían sido difíciles. Desde que había recibido la invitación, había sabido con qué vestido iría, y su mayor compra había sido el sombrero y el antifaz que había elegido para acompañarlo. Una cosa era pagar un atuendo completo y otra muy distinta era cambiar uno de los que tenía para que pareciera nuevo, y estaba convencida que con un par de retoques, una que otra flor en el lugar adecuado y un poquito de tul, un simple vestido rosado con pocos detalles podía pasar a ser un vestido digno de una mascarada. Optimista como era, no dejaría que la afligiera un tema de moda, o siquiera de juicio social. Pero algo que si la aproblemaba era que, sabiendo que venía este baile, nadie se había ofrecido a ir junto a ella o a pasarla a buscar. ¡Ni siquiera como amigos! Y aunque no estaba muy ansiosa por establecer una relación de tipo romántica, le molestaba pensar que al final su padre tendría razón, y la edad se le pasaría, y acabaría sola hasta el fin de sus días. 

Ni siquiera quería pensar en cuando su padre se muriera. Así que para evitar el tema, dibujó una sonrisa en su rostro, y se levantó del tocador, dejando de observar su reflejo y caminando derecho hacia el vestido que se pondría. Ya era tarde, y vestir enagua no sería ni ligeramente aceptable en un evento así. 

 

 

Sin dificultad se vistió, aunque tuvo que llamar a su única sirvienta para que lo cerrara. Había decidido no maquillarse, pues aquellas cosas siempre acababan por molestarle, y la misma idea de usar un antifaz todo el tiempo le asfixiaba, así que no lo usaría hasta que ya fuera completa y absolutamente necesario. Agradeciéndole a Maud y liberándola de ayudarla, abrochó su collar y su pulsera, para por último enganchar el sombrero a un costado de su cabello. Mientras el collar era su único artículo de lujo, herencia de su madre, y algo que pretendía la hiciera encajar un poco más en aquel desfile de moda que seguramente sería el lugar, la pulsera y el sombrero eran una broma a sí misma, un juego con su seudónimo, que pretendía evocar al famoso gitano aunque fuera por detalles que bien podrían pasar inadvertidos. Y es que aunque la pulsera de cascabeles fuera sutil hasta que la hiciera sonar, el sombrero de color púrpura contrastaba tanto con el resto de su atuendo, que o bien pensaban que estaba loca, o lo consideraban parte de su disfraz. Y ambas cosas le venían como anillo al dedo. 

 

 

Como siempre, salió de su casa apurada por su cochero, que le gritaba desde el primer piso que fueran andando o llegarían tarde, y aquellos gritos no cesaron hasta que quince minutos después, Abigale se dio por satisfecha y salió corriendo escaleras abajo, casi rodando en la misma dirección al doblarse un pie que tuvo la suerte de poder volver a equilibrar rápidamente para evitar un accidente. - ¡Adiós, Maud! ¡Deséame suerte! - le gritó a la sirviente mientras cerraba la puerta tras ella, intentando alcanzar al cochero antes de que el hombre la dejara ahí y se fuera a dar una vuelta por solo dar a entender su punto. 

Una vez adentro, y cuando vio a lo lejos la enorme propiedad, se puso el antifaz mientras pensaba en lo mágico de la pérdida de identidad y de descubrir un mundo nuevo en cada persona, las conociera o no. De alguna manera, la gente parecía más sincera cuando sentían que no tenían nada que perder, y si ella no sabía quienes eran... ¿Qué podrían arriesgar? Para cuando llegó, la expectativa la tenía por las nubes, y un nudo se formaba en su estómago inclementemente. 

___________________________________________________________________________________________

 

Se bajó del carruaje con una sonrisa de oreja a oreja, mirando alrededor y fijándose no solo en las personas que entraban al lugar, sino también en el glamoroso ambiente dispuesto para los invitados. - No te aburras mucho - le dice a su cochero, entregándole un libro que había traído con ella. - Por si el resto de los cocheros no son tan entretenidos como tú - sonrió, guiñándole un ojo divertida antes de darle la espalda e iniciar su camino a la enorme estructura que la recibía aquella noche. Si algo bueno había de tener un total de dos sirvientes en casa, es que los dos te conocían tanto como tú a ellos, y al final eran amistades con las que podías tener un trato hasta cercano. 

Su mirada se desvió inmediatamente al laberinto en el jardín, que parecía llamarla como un imán. Debía ser mágico perderse ahí, pasar una noche mirando las estrellas tras una tarde de aventura entre sus paredes. Crecer en aquel lugar debía haber sido fantástico. - Y seguro no lo aprovechaba en absoluto - pensó frunciendo levemente los labios, pensando en cuantas veces había deseado ella un jardín, aunque pequeño, para jugar. 

Tan pronto entra a la mansión, el aroma de las flores la golpea, obligándola a cerrar los ojos y detenerse para apreciarlo por completo con una sonrisa antes de volver a caminar, fascinada con la decoración, y particularmente con la alfombra. ¿Cómo se podía costear todo esto? Ella pensaba que vivía bien pero esto ya era lujo desmedido. 

Sin perder el tiempo, fue a buscar a su anfitrión. Quería perder la mirada en esos hermosos candelabros y dejar los pies bailando al son de las indescriptibles melodías que llenaban sus oídos, pero antes de eso debía buscar a quién la había invitado. Protocolo, maldito protocolo.

Cargando editor
25/01/2016, 09:34
z/ Henry Harland

Sentado en mi dormitorio, en la pequeña silla de mi escritorio personal, recapacité sobre el momento en el que me encontraba.

Acababa de recoger el traje del sastre, un sobrio traje negro, elegante y distinguido, que Vicky me había ayudado a diseñar. Aquella mañana habían acabado de prepararlo, por lo que había llegado a desesperar, pero allí estaba ya.

Lo acompañé de una camisa blanca impoluta, un chaleco elegante, con un fino estampado, mi pañuelo al cuello no debía faltar, y el anillo de la familia, que pocos conocían, por suerte.

Como complemento, la máscara exigida por nuestra anfitriona para la fiesta. Había tardado en encontrarla, pero iba de perlas al traje que llevaba. Una máscara de media cara, donde el blanco y el negro se entrelazaban como una lucha por ver quien dominaba.

Dí un sorbo a la copa de pale cream que me había servido para animarme un poco. Tanta pompa, tanta expectación me había llevado a un punto de rechazo, pero la ilusión que Victoria había puesto en nuestra asistencia, unido a lo que allí me esperaba, me daba ese punto de intriga necesario para continuar adelante - ¿qué puede pasar? - mi cabeza bailaba por las figuras que allí se encontrarían y que sabía que acudirían - Amandine..., Lord Arrow..., Lydia..., Victoria... - aunque no lo conocía personalmente, la fama del organizador le precedía y había oído de lo que era capaz - de lo mejor y de lo peor de este mundo - así que, ¿por qué no? Iría protegido por Victoria, siempre atenta y bondadosa, que haría que la fiesta se convirtiera en un momento inolvidable con total seguridad, por lo que decidí olvidar el principio desastroso del día.

Tras un baño relajante, me preparé y me acicalé como no lo había hecho hasta ahora - ...venga, que no debemos llegar tarde... - aunque Vicky no me lo había dicho, sería de muy mala educación hacerse esperar.

 

El carruaje aguardaba en la puerta. Había rechazado la 'colaboración' más que insistente del padre de Victoria, que había insistido en que recurriera a los recursos de su familia. Me habían invitado a mí, así que debía proporcionar los medios por mí mismo, por lo que alquilé para la ocasión el mejor coche que pude encontrar. Una preciosa calesa tirada por dos enormes caballos perfectamente cuidados y preparados.

Me monté sin aguardar la ayuda del cochero y fui repasando mentalmente mi situación. En breve sería el cumpleaños de Victoria, así que los festejos y celebraciones se me empezaban a acumular.

Sin darme cuenta, llegué a recoger a mi amada. Aguardé unos momentos en el hall de entrada y allí bajo ella, tan exótica y deslumbrante que no pude evitar que mi boca se entreabriera levemente - ¡Vaya, Victoria! - fue mi saludo ante su llegada.

Avanzamos por las calles de Londres, siendo objeto de más de una mirada curiosa, y pronto vimos la residencia Arrow aparecer - estoy algo nervioso - comenté a Vicky mientras ella me miraba y ajustaba la disposición de mi pañuelo - sé que no tengo por qué, pero hace tiempo que no veo a Amandine y no sé cómo reaccionar - Amandine y yo habíamos entablado una muy buena amistad en mi estancia en París y, desde mi vuelta, apenas había tenido noticias de ella.

Ayudé a bajar a Victoria mientras unos palafreneros se encargaban del carruaje. La imagen que presentaba el palacio Arrow era impresionante. Con aire sublime, subimos la escalinata, donde aguardaban nuestros anfitriones. Saludé al primo de Amandine según dictaba el protocolo, presentando a mi prometida, Victoria, orgulloso de ella y de su aspecto. Finalmente, Amandine esperaba, radiante, en su traje sacado de un cuento - Amandine... - mis palabras se perdieron en su imagen, pero tuve que reaccionar pronto ya que Victoria aguardaba tan reluciente como sólo ella sabe estar - ... te presento a Lady Victoria Thompson - me sentí tremendamente extraño, intentando seguir el protocolo, entre dos mujeres tan increíbles. Saludé a Amandine con un beso en su mano para, posteriormente, flanquear el acceso a Victoria al salón donde aguardaba el resto de invitados, tan irreconocibles como nosotros.

 

 

 

Notas de juego

No desvelo el traje de Victoria, que se merece una descripción en toda regla.

Cargando editor
25/01/2016, 10:35
z/ Lady Victoria Thompson

La dulce fragancia impregnaba el dormitorio con los aromas de la exótica India. Su madre le había sorprendido obsequiándole con un conjunto de afeites provenientes de las mismísimas colonias. Tuvo que despedir a Emily porque insistía en quedarse para arreglar a su amiga y patrona, desdeñando su propia persona. Habían convenido en sorprenderse mutuamente, así como con Zona y Lydia. Se sentía traviesa, jugando con sus grandes amigas, como una parte más de la misma fiesta. Una fiesta a la que nunca había acudido, pues pese a pertenecer al mismo escalafón social Lord Arrow y ella misma (ambos hijos de duque), su peculiar estilo de vida lo había alejado de las fiestas más respetables. No porque no fuera invitado, sino porque no acudía, probablemente por el aburrimiento que muchas de ellas destilaban. Suspiró. Su madre la había puesto al corriente de no pocos rumores y ambas habían convenido firmemente en la imperiosa necesidad de una mujer que centrase al conde. Pues es gran verdad que llega un momento en la vida de todo hombre en que el matrimonio se hace necesario. No sólo por mantener vivo el apellido, sino por las múltiples ventajas y beneficios que se derivan de una unión ventajosa. Pero, ¿qué mujer estaría dispuesta a afrontar tal reto? Victoria argüía, con gran tino según el criterio de su madre, que no podía ser débil. Así, establecieron que tenía que tener un carácter firme y resuelto a la par que mesurado y dulce. La doncella personal de la duquesa asentía a tales razonamientos mientras cepillaba los cabellos de la joven hasta que parecieron de oro bruñido. Durante días habían probado distintas combinaciones de peinados hasta llegar a la conclusión incontestable que el mejor modo era tejer la larga cabellera de la joven en una trenza en la que se entretejerían exóticas cintas de seda y agujas con perlas y rubíes. Luego, descansaría sobre el hombro de la joven, cayendo por su pecho hasta alcanzar prácticamente su cintura.

Poco a poco, el atuendo tomaba forma entre charlas, risas y confidencias de las tres mujeres. Hubiera sido perfecto si nos hubieramos podido arreglar las cuatro juntas, pensó Victoria. Pero eso hubiera matado el secreto y, en consecuencia, gran parte de la diversión. Su padre no había reparado en gastos, pues la hija del duque de Westminster no podía aparecer en la fiesta de su homólogo sin ser poco menos que perfecta. Pero no se piense que por ello se había derrochado el dinero, en absoluto. Como hombre de negocios y cabeza de familia, responsable de muchos, sabía de la importancia de los detalles. Así, no había puesto reparos a las compras realizadas por su hija en una de las mejores modistas de Bond Street. Ni tampoco al hecho de que fuera instruida en el uso de su exótico atuendo por la doncella de uno de sus proveedores y colega de negocios en la India. Pocas joyas, pero de talla y manufactura perfectas. Una auténtica obra maestra de la orfebrería que podían quedarse así o ser reconvertidas más adelante en parte del ajuar de novia. Palabras de Victoria que el duque había aprobado instantáneamente, pues denotaban el buen ojo de su hija para las inversiones y la economía domésticas.

Una vez aseada, peinada y maquillada con la asistencia de la doncella hindú, Victoria comenzó a vestirse siguiendo las instrucciones de ésta. Las distintas capas de tela estaban perfectamente estudiadas para revelar la bonita figura de la joven, pero sin resultar indecentes, consiguiendo un equilibrio que favorecía notablemente a la hija de los duques. Hasta el último momento no se decidió en cuanto a las decoraciones con alheña que le había explicado su asistente temporal para el evento. Estas decoraciones consistían en intrincados dibujos que ornaban manos y pies de las mujeres en las celebraciones. Si bien en un principio le había entusiasmado la idea, al conocer que estas decoraciones tardaban semanas en desaparecer de la piel, incluso lavando con insistencia, declinó usarlas. Al mirarse en el espejo, apenas se reconocía en la mujer de nívea piel y ojos maquillados profusamente con kohl que enmarcaba y resaltaban sus ojos azul cielo a través de la máscara a juego con el vestido. Los labios, rojo carmesí, dotaban a su boca de la consistencia de una fresa madura e invitaban a probarlos igual que ésta. Ruborizándose al pensar en el efecto que tal pensamiento tendría en Henry, apostó por mantener el osado color. Al fin y al cabo, en muy pocas ocasiones se tenía la venía en la estricta sociedad victoriana para un poco de alegría y atrevimiento. Cubrió sus cabellos con el tocado y se miró en el espejo con gran satisfacción. El efecto era espectacular y confiaba en que su prometido lo aprobase... y... disfrutase. Una sonrisa pícara cruzó su rostro con este pensamiento tan osado.

Apenas sí había terminado de acicalarse cuando sonó la campana de la puerta. Intercambió una mirada cómplice con su madre y una risita nerviosa escapó de sus labios. Haría rabiar un poco, lo justo, a su prometido antes de bajar la escalinata y desvelar el resultado final de su atuendo.

Ambos cruzaron sus miradas y Victoria se derritió con el calor con que la acogió su prometido. Además, estaba tan guapo con ese frac. El sastre se había esmerado y los brocados del chaleco eran una delicia. Bien valían los nervios que habían acompañado a ambos jóvenes hasta que estuvo terminado y perfecto. Bajó despacio. Aún con todo lo que había ensayado no se encontraba muy segura. Pero también daba un aire elegante, según su madre, así que había convertido un defecto en virtud. Cuando llegó hasta Henry, hizo una ligera venia y tendió su mano. Al no llevar guantes ninguno de los dos el contacto fue electrizante. El calor traspasó su piel, inundo su venas y golpeó de lleno en su corazón que estuvo a punto de saltarse un latido. Pero cuando los labios de Henry se posaron con dulzura en el dorso de su mano el aire escapó de golpe de sus pulmones y hubo de recurrir a toda su fuerza de voluntad para reaccionar. Se giró a sus padres a los que dedicó una pequeña reverencia pidiendo permiso para poder salir de casa acompañada de su prometido, permiso que fue concedido al punto. 

El trayecto hasta la casa del conde transcurrió en medio de una charla fluida sobre lo que esperaban de la fiesta y de la que no había duda alguna sería un éxito y ellos disfrutarían por encima de los demás. Risas y gestos cómplices que llamaban la atención tanto o más que el exótico vestido de Victoria a los ciudadanos con los que se cruzaban. Pero escondidos tras sus máscaras y en un carruaje sin librea, se sentían libres por una noche, lejos de las convenciones a las que se veían atados normalmente. Cuando Henry expresó sus dudas sobre Amandine, Victoria lo tuvo muy claro:

Amor mío, no hubieras recibido su amable invitación si no te considerase afablemente en su corazón y su recuerdo. No puedo sino mostrarme feliz de poder expresar personalmente mi gratitud a una persona que supo cuidarte en tu estancia en París.

La verdad es que en el corazón de Victoria no hay lugar para malos pensamientos y su natural bondad la hace querer anticipadamente a una mujer a la que otras, tal vez, hubieran puesto en tela de juicio por haber tratado a su prometido en su ausencia. Por fin divisan la casa del conde que luce sus mejores galas, ya desde el paseo de la entrada, con motivo de tan fastuosa ocasión. Victoria templa sus nervios colocando bien la aguja del pañuelo de su prometido, que fue su obsequio de compromiso. A su vez, ella luce el anillo que él le regalara. Pues por mucha fiesta de máscaras que sea y se imponga el anonimato como norma, no está dispuesta a desprenderse de él. 

El carruaje por fin se para, es su turno. Henry le ayuda a descender los escalones del mismo y avanzan por la escalinata prestos a saludar a la anfitriona. Los atuendos causan maravilla, Amandine luce muy hermosa y en su mirada y rostro se detecta felicidad que destila por la velada. Eso la predispone para acogerla aún más afectuosamente en su corazón. Al llega hasta ella, Henry hace las presentaciones... dejando entrever sus nervios cuando la presenta por su nombre y título. Rápidamente resuelve la situación, renunciando a todo protocolo por el cual Amandine debería hacer venia y, tomando a la parisina de las manos acerca sus mejillas.

Mademoiselle, es un placer conoceros al fin. Henry me ha hablado tanto de vos que es como si ya fuéramos amigas. Gracias por cuidarlo durante sus estudios en París. Oh, pero debiera referirme a Mr. Phileas Fogg y Aouda, recién llegados para festejar el fin de sus viajes y disfrutar de la encantadora velada de máscaras.

 

Cargando editor
25/01/2016, 12:19
z/ Sir Michael Blackwood

 Finalmente había llegado el gran día, después de mucho esperar. Nos presentamos en la fiesta en nuestro carruaje, Lydia con su hermoso disfraz y yo con el mío de James Moriarty, el archienemigo de Sherlock Holmes. Era una pequeña broma que yo y Alexander habíamos pactado, para reírnos un poco de los invitados, ya que él iría disfrazado del ilustre detective.

 

 Mi disfraz consistía en un elegante traje de terciopelo negro con dibujos bordados, con adornos de plata y un antifaz azul celeste, hecho con el mismo terciopelo, cuyo diseño era, por el contrario, mucho más sencillo, que buscaba un absoluto contraste y, sobre todo, llamar la atención sobre mi persona por la extraña combinación de prendas.

 Después de lo que había pasado en los últimos días, necesitaba esta celebración, y poder ver a varias personas. Con suerte tendría algunas respuestas a algunas preguntas que hacía tiempo me atenazaban y también podré divertirme un poco con mi buen amigo el conde y su familia.

 Miré a mi hermana, tras observa a la gente y el aspecto que tenía todo, y le pregunté sonriente, a la par que bromeaba:

 - ¿Que os parece, Alicia?. ¿No os parece estar en el país de las maravillas?.

Cargando editor
25/01/2016, 12:45
z/ Gary Thompson

Aquella mañana Gary se levantó un tanto pensativo. No salió a montar a caballo como solia hacer y prefirio quedarse en la hacienda donde apenas probó bocado del desayuno. Dedicó su tiempo a ordenar papeleo en su despacho y a pasear por los jardines con la mirada perdida, como si algo rondara su cabeza.

Acercándose ya la hora de partir subió a darse un baño caliente. Le relajaba de una forma que casi podría quedar dormido dentro del agua. 

Le esperaba un buen afeitado, unas gotas de colonia y el vestido que habían traido unos dias antes de la sastrería, cumpliendo así con el plazo que le dieran el dia que fué a que le tomaran las medidas para confeccionarlo.

Su fel ayudante y amigo le increpó para infundirle prisa a medida que vestía su piel con la seda y el terciopelo rojo que predominaban en gran parte del traje que había escogido. Una máscara en forma de media luna sería el complemento ideal, en blanco con reflejos plateados, y para cubrir ese otro lado del rostro fue su ama de llaves la que tuvo la idea de pintar cual carboncillo, con pinturas oscuras siguiendo la estela de la máscara y dar así misterio a su faz.

El paseo en carruaje se le antojó corto, absorto en las nubes d ealgodón que se mecían en los cielos ventosos. Tan solo la visión magnífica de la residencia Arrow le despertó de su sueño.

Una mezcla de admiración y recelo se dibujó en su mirada, que afilada siguió el contorno arquitectónico del edifcio.

- Ya hemos llegado señor. Le anunció James, abriendo la puerta del carruaje para invitarle a bajar una vez había asegurado las riendas, frenado el carro con el seguro y descendido de su lugar en lo alto.

- Eso parece. ¿Este lugar hace palidecer nuestra modesta residencia verdad?. Sus ojos arquearon de un punto a otro del gran angular que abarcaban esas tierras a medida que pisaba con firmeza al descender y una sonrisa iba apareciendo iluminando su rostro.

Su capa negra hondeo tras sus pasos, mecida por le leve brisa fría a medida que se acercaba a la entrada. Tan solo se detuvo un segundo para colocar bien fijada en la solapa de su chaleco una rosa que había traído consigo, recogida en su jardín por su propia mano durante su paseo matutino.

- Querida, hay ya escrito un nombre para vos, espero no me decepcioneis y seais de su agrado. Susurró a la flor como si esta pudiera entender lo que le decía.

Notas de juego

Desde el trabajo no puedo editar la imagen para quitar eso de "máscara incluida" XDD

Cargando editor
25/01/2016, 12:56
z/ Lady Lydia Blackwood

Confieso que no tenía muchas ganas de ir. Lord Arrow en su manera habitual de intentar humillarme no había cursado esa invitación directamente, asi que iría como acompañante de Michael. Tendría que compartir mesa con él y le conocía, seguramente que en vez de reflexionar por la respuesta que le mandé, se vengaría.

Suspiré ¿Por que tendría que hacer las cosas siempre así? Sin duda deseaba estar en otro sitio y con otra persona, una que no iba a ir a ese baile.

Al menos vería a mis amigas...

En otro orden de cosas, tampoco me encontraba muy bien físicamente, seguramente tanto paseo habría hecho que cogiera frío y la idea de que pudiera tener fiebre no me animaba mucho a arreglarme.

Frente al tocador y con la vela alumbrándome contemplé mi joven rostro, desde luego que mis ojos tenían un brillo diferente ¿Se daría cuenta? Me mordí el labio al tiempo que pasaba los polvos muy ligeramente por el escote.

Es maravilloso comprobar que ahí cosas que por mucho que atesores en tu interior cambian todo tu físico , como si ese cuerpo al que controlas con normalidad se rebelara queriendo mostrar al exterior que eres feliz, o que no lo eres, y que eso se asome a tus ojos, en tu piel, en tus gestos y sobre todo en tu risa; una que tapé con mi mano derecha consciente de ello.

No llevaba el pelo muy arreglado, nada de recogidos elaborados como habitualmente habría llevado dejando que mis rizos jugaran graciosos con el comienzo de mis hombros, no, esta vez, iría suelto, cubriendo mi espalda, y liso. Era un baile de mascaras ¿no? un día para permitirnos poder ser diferentes y jugar con nosotros mismos.

Si, tenía su interés. Me levanté para observar el precioso vestido que había encargado para la ocasión, me encantaba.Era lo que yo era, de un solo color pero con muchos matices y me sonreí buscando en esa sonrisa la ingenuidad que solía tener pero me costó bastante encontrarla.

El camino junto a mi hermano fue corto, la verdad, pese a los nervios que suponía encontrarse con el anfitrión el evento lo compensaba, y sinceramente, había un punto en que me era un poco indiferente todo.Acaricié mi mascara azul mientras miraba por la ventanilla del coche, era una noche deliciosa, hasta para eso había sido bien elegida.

Cuando nos ayudaron a bajar desabroché mi estola y la sustituí por un chal que cubriera mis hombros, el collar de mi madre lucía imponente en mi escote y caminar al lado de mi hermano me daba aun mas bagaje. Él como una manera de rendir un homenaje a la confianza que los unía iba de la némesis de nuestro anfitrión, estaba increíble.

Pero eso comparado con el interior era ínfimo. Todo había sido decorado al mas mínimo detalle, las guirnaldas, las lamparas, los camareros, el dorado de todas la estancia en seguida te envolvía haciéndote creer que eras la misma reina o una princesa de un reino lejano.Sonreí a mi hermano.

-Totalmente Michael, espero que después podamos volver a casa sin tener que seguir a ningún conejo blanco-

Entonces el corazón me dio un vuelco, ahí estaba, todo de rojo sangre, violencia y luminosidad, y yo de un azul noche, tranquilo y oscuro.

Dejé que mi hermano se presentara antes para solo decir:

-Caballero Sherlock, soy Alicia. Una decoración exquisita, esta todo precioso-

Mientras alargaba mi mano temblando sin poder controlarla pensé en como me amparaba mi mascara.

La fiesta ya era ya un bullir incesante de personas, todas presentándose en sus alteregos y hablando entre ellas y casi me animó la idea, quien sabe, a lo mejor podíamos sacar alguna historia novelada de esa noche...

Cargando editor
25/01/2016, 13:44
Annie

Desde bien entrada la mañana había escuchado el bullicio en la residencia de Lord Arrow.  Los primeros rayos de sol dieron en mi rostro, incitándome a levantarme y a disfrutar del buen día, pero no estaba de demasiado buen humor.  Acabé desayunando en mi dormitorio, en solitario, mientras meditaba sobre el que sería el primer evento importante al que habría acudido en mi vida en calidad de invitada. La fascinación que había rodeado al evento y que me había mantenido en vela algunas noches ahora se había desvanecido y mis ganas de acudir se habían visto menguadas.

A partir del mediodía pasé mi tiempo sentada en la cama y con la mirada fija en el vestido que tenía en el armario que ahora se encontraba abierto de par en par. Un regalo… es solo un regalo. Era absurdo que alguien pudiera llegar a entenderlo de otra manera; por mi parte había sido un gesto desinteresado que había acabado mejor de lo que me esperaba, pero nada más. ¿Qué ocurriría si me quedo en mi dormitorio? Sería una falta de respeto para el anfitrión y no quería importunarlo por mi cambio de humor.

Una de las sirvientas de Alexander apareció en el dormitorio dos horas antes de que comenzara el evento, justo cuando acababa de darme un baño para despejarme. Diciendo seguir las órdenes del Conde me ayudó con el peinado y con la colocación del precioso vestido que alguien decidió regalarme sin malas intenciones. La mujer era bastante diestra y logró domar mi pelo recogiéndolo en una trenza perfecta que colocó como si fuera una diadema. Colocó a un lateral del peinado un jazmín blanco a petición del anfitrión de la casa.

La mujer, Nancy, también quiso hacerse cargo de todo el maquillaje: se encargó de poner una base suave, a juego con mi piel, y maquilló mis ojos con una sombra de tono gris claro que conjuntaba con el vestido.  El color elegido para los labios era el rojo, y ahí fui yo quien insistió porque ella buscaba poner un tono rosado.  La colocación del vestido fue lo más incómodo porque no acostumbraba a ir tan ajustada –ni tan elegante-.  Me sentí extraña al verme ante el espejo y llegué a preguntarme quién era la persona que estaba reflejada.

-Estáis preciosa- musitó la criada y yo le sonreí de forma cordial.

Los zapatos escogidos fueron del color negro y altos, pero lo suficientemente cómodos para aguantar toda la noche –o eso quería creer-. Los últimos elementos que me puse fueron meramente decorativos: la máscara que acompañaba el excelente y maldito regalo,  un colgante exquisito a juego con unos pendientes, y un anillo de mi madre, uno de los pocos presentes que tenía de la mujer que había muerto al darme a luz. 

Observando el resultado final lo cierto es que me sentí como una princesa. Mi rostro fue iluminándose lentamente, dejando a un lado el visible enfado que arrastré durante los últimos días. Esta es una noche mágica. Esta noche debo olvidarme de que soy Annie, la sirvienta. Soy Selene, una más. 

-Es la hora- dijo la mujer, visiblemente satisfecha de su trabajo. Que disfrute del baile. 

-Así lo haré, muchas gracias. 

Le respondí a modo de despedida. Cuando me quedé sola continué mirándome, dando vueltas alrededor del espejo. Es hora de reunirse con el resto. No necesitaba ponerme abrigo o algo que me cubriera puesto que la temperatura en casa del conde era ideal, así que me limité a salir para bajar las escaleras principales. Allí mis ojos se encontraron con la figura de Ethan James; torcí el gesto ligeramente y avancé hacia él porque nuestros pasos nos llevarían al mismo lugar. 

-Está muy elegante, señor Gulliver. 

La verdad es que me parecía que estaba radiante, pero no iba a decírselo. Tenía un porte elegante y el traje que llevaba puesto resaltaba sus rasgos más encantadores. Comencé a bajar los escalones con cuidado de no tropezar con la clara intención de reunirme con nuestro anfitrión, el señor Holmes. Su traje, desde luego, no dejaba indiferente a nadie, mucho menos a ella. Le encantaba la facilidad que tenía ese hombre para sorprenderla. 

-Mr. Holmes, ha logrado usted que este lugar sea mágico. Se presenta Selene, disfrutemos de la velada. 

Cargando editor
25/01/2016, 14:35
z/ Roxanne

La invitación de mi querida hada madrina, Amandine, era como un abrazo fuerte y caluroso en días hirientes de invierno, sin embargo, un escalofrío lleno de rechazo por aquel evento, cruzaba mi cuerpo, al rememorar que volvería a enfrentarme con entrar de nuevo en la mansión del conde Arrow;  sabía que muchos sentimientos aflorarían dentro de mi ser.

Deseo y desgana.  Así describiría mi situación. Querer y no querer, el dilema de mi vida.

El carruaje debía recogerme temprano tal y como Amandine y yo habíamos acordado, por ello, mis únicos planes en aquel día fueron los de acicalar mi cuerpo. Un baño caliente me mantuvo entretenida durante una hora en sus abrasadora redes, lo que me obligó a dejar en segundo plano los quehaceres simples y mundanos que me rodeaban, incluso el de comer. No tenía apetito. Mi madre y mi padre me consentían tanto, que al conocer la noticia de mi fiesta en la mansión, me permitieron la ausencia de mi alma con respecto a la de mi cuerpo.

Una vez fuera de la bañera, y aún inhalando el vapor de agua por mi piel, me eché una copa, que finalmente acabaron siendo dos. Amaba la ginebra, el vino y todo aquello que contuviera licor.

Dudas, temores, deseos, sueños...todos ellos me invadían en diversos pensamientos, mientras tanto, acariciaba con el cristal del vaso mi suave piel.

Con la suave música de fondo proveniente del salón en el que estaba mi padre, me dejé llevar mirándome ante el espejo, vas a ser la más guapa del lugar, el resto da igual, me decía en mi cegada obsesión por la belleza, aunque sabía que no lograría, ni quería intentar siquiera el hacerle sombra a mi anfitriona.

Comencé a vestirme tras mi ahogada reflexión de futuro, incierto; la idea de encontrarme con gente importante del lugar y alrededores me motivó lo suficiente como para sonreír ante mi reflejo y seguir firmemente con aquella decisión de asistir, finalizada ante el sorbo de mi última copa.

[…]

Mi querida madre apretó con fuerza el corsé, ahogándome así con cada estirón; apoyada en la pared, por fín conseguí tenerlo bien atado a base de dolor. El escote realzaba mi pecho, convertido en una hipnótica distracción con la subida y bajada de mis senos en cada apretada respiración.

Tras aquella tortura china, no me abandonó, si no que me aconsejó y yo seguí fielmente su consejo. Puse un tono rojo intenso en mis carnosos labios. Las sombras tampoco podían faltar en mis ojos, que realzaron el tono claro. Después de un buen rato, pude confirmarlo, finalmente: estaba lista, aunque con mayor tardía de la esperada. El carruaje ya llevaba fuera unos 15 o 20 minutos. Oía desde mi ventana el relinchar de los caballos, pero poco me importó, mayores males tendría que tener para alterarme. Aquello en mí era común, era la norma de una buena señorita: hacerse esperar.

Con energía y estirando en un instinto las facciones de mi cuello, salí de casa, dejando que el aire ondeara la tela verde que colgaba de mis finos brazos.

Subí a aquel precioso carruaje, no sin antes sonreír, magnífico Amandine, dijeron en un susurro  mis labios.

[…]

El camino se me hizo breve mirando por la ventana, y sin apenas esperármelo, allí estaba de nuevo, en medio de los coloridos jardines por las que tantas veces había paseado.

Me coloqué la máscara antes de bajarme del carruaje; acaricié mi cintura antes de caminar y  dirigiéndome a paso lento, entré. De nuevo estaba en las puertas de la mansión. Volvíamos a vernos aquel recibidor y yo. Inspiré el olor que tantos intensos recuerdos me traía la decoración y seguidamente con una extraña sonrisa continué hacia la mujer del abanico azul a la que debía reconocer, Amandine. Me acerqué con gusto a verla y saludarla:

Querida, esto es glorioso – miré su vestido con aprobación – sin duda, serás el caramelo de todos los caballeros – con un ligero movimiento en mi mano, que subió hasta la tela bordada de mi cuello, me aventuré a confirmar mi seudónimo: Anastasia Nikoláyevna, Romanov- sonreí.

Envuelta en aquella festiva aura, y al ver la llegada incesante de invitados, me aparté de ella. 

Me adentré finalmente, sin dudarlo, en el interior.

Mi gesto tornó por unos momentos en angustiado, visualicé las escaleras hacia la parte de arriba, distintas imágenes rodearon mi cabeza. La sonrisa se esfumó poco a poco a cada paso, pero no por ello paré, seguí: aquella debía ser mi noche.

Cargando editor
25/01/2016, 15:47
Louis Kindelanver

El cielo abandonaba lentamente su color oscuro y aterciopelado para teñirse del fuego del amanecer. Los rayos dorados y laterales empezaron a colarse por el ventanal del salón principal de la mansión Kindelanver, las sombras se alargaron hasta convertirse en volúmenes y la figura de un hombre dormido sobre el piano se fue haciendo presente. 

En el suelo, esos rayos descubrieron una copa que en algún momento se había caído de la mano que colgaba lánguida. La otra, reposaba sobre la madera de la cubierta, aferrándose al instrumento como Louis habría querido agarrar ese fantasma vestido de jazmín que sentía demasiado lejano.

Desde el momento en que abrió los ojos y cobró conciencia de que había llegado el día del baile, sus labios se fruncieron en un rictus inquieto. Por lo menos siete veces estuvo a punto de enviar un mensaje a Lord Parlow, uno en el que mostraría su arrepentimiento por haber aceptado acompañarlo. Y siete veces el cosquilleo que su cuñado había hecho nacer en su estómago lo ayudó a contener las ganas de recular, de retroceder hacia su estudio y encerrarse allí hasta que un nuevo amanecer llegase.

La mañana fue larga y Louis se dedicó a dar vueltas por la casa sin rumbo fijo, incapaz de permanecer quieto en el mismo lugar más de un par de minutos. Su nerviosismo no hizo más que incrementarse después de la llegada de un pilluelo y, sin embargo, fue esa visita la que terminó con la idea de echarse atrás. 

Contempló cómo pasaban las horas, lánguidas y lentas, con un vaso en la mano y mirada ensimismada, hasta que George lo avisó de que había llegado el momento de prepararse. Y entonces su estómago se contrajo con una indecisa expectación. Iba a ser su primer baile desde hacía tres años. La idea de un lugar lleno de gente lo agobiaba inevitablemente, pero aún más lo hacía pensar en bailar. Y sin embargo... No dejaba de imaginar cómo sería olvidarse incluso de sí mismo por una noche.

Sus ojos se deslizaron hasta la cama donde descansaba la máscara que había encontrado en uno de los baúles del desván. Ni siquiera sabía a quien habría pertenecido o qué Kindelanver la habría llevado antes que él... Pero si no fuese por ese pequeño accesorio y todo lo que llevaba implícito ni siquiera se habría planteado ir a esa fiesta. 

Así pues, se vistió con un traje verde, de ese tono que Edith siempre decía que hacía juego con sus ojos. La camisa blanca de mangas anchas quedaba oculta bajo un chaleco bordado con hilos de seda, importados de las colonias por la empresa familiar. 

De tanto en cuando daba pequeños tragos de su vaso y sus ojos se iban cubriendo con un tenue brillo, el mismo que estaba convencido de que le ayudaba a centrar su mente, el mismo que calmaba el leve temblor de sus manos.

 

 

 

La tela del traje era más gruesa que la del chaleco y el tono más oscuro. Anudó en su cuello un pañuelo de seda, también verde, sujeto por un alfiler de plata. Ambas piezas habían salido de una caja guardada con mimo en el fondo del armario, ambos habían estado envueltos en papel de cebolla y provocaron una sonrisa agridulce en el viudo. 

—Por dios bendito, Edith, no sé si voy a ser capaz de hacer esto sin ti... —murmuró hacia el vacío antes de llevar una vez más el vaso a sus labios. Hacía ya semanas que se había convencido de que ella ya no le escuchaba, pero todavía no había perdido la costumbre de hablarle.

Peinó sus cabellos hacia atrás y finalizó su preparación frente al espejo, colocando con cuidado la máscara y ocultando su rostro tras ella. Sentía como si fuera su misma alma atormentada la que estuviera escondiendo y por un momento se sintió ridículo al pensar en el seudónimo que había escogido para aquella noche.

Samuel Cramer... Como si por llevar ese nombre se fuese a volver impetuoso, temperamental o seductor. Como si fuese acaso a encontrar a Fanfarlo o imbuirse de la genialidad de su amado Charles. Era ridículo e indigno de portarlo, pero cuando se le pasó por la mente había creído que tal vez podría ser divertido cubrirse con esa capa. En aquel momento se arrepentía y si hubiera podido, se habría retractado, pero ya era tarde para eso. El anfitrión lo esperaba con ese nombre. Samuel Cramer sería.

Y allí permaneció ya vestido, junto al ventanal de su estudio, que daba directamente hacia lo que había sido un bonito jardín en algún momento y que ahora era más bien un zarzal. Sostenía un mechón de cabellos entre los dedos de la misma mano con la que sujetaba el vaso que había vaciado ya varias veces. Tenía la mirada perdida en el cielo que comenzaba a cambiar de color de nuevo y en ocasiones buscaba entre las malas hierbas alguna de esas pequeñas mariposas azules que revoloteaban con alegría, anunciando la primavera, y a las que en aquel momento añoraba. Suspiró entre dientes. Todavía faltaban varios días hasta el miércoles.

···

Cuando escuchó la voz de Preston en el piso inferior, se apresuró a colocar el reloj de bolsillo, cuya cadena colgaría por delante del chaleco, ajustó sus guantes y apuró el vaso de un solo trago, dirigiendo sus pasos hacia las escaleras.

Tomó aire antes de entrar en el salón y empleó toda su fuerza de voluntad en esbozar una sonrisa. 

—Brillas, Preston. Irradias luz. No hay otra forma de describirlo —dijo, admirando el porte de su cuñado que verdaderamente le parecía la representación del astro rey en la tierra. 

Durante el trayecto en el coche de caballos charló con su amigo, aunque se sentía tan inquieto que apenas estaba seguro de lo que versaba la conversación. Y al llegar al lugar, antes de descender, buscó con los dedos en el bolsillo interior de su chaleco y sacó una petaca verde, bordada con hilos dorados. La destapó y la llevó a sus labios para dar un trago largo, cogiendo fuerzas del líquido que contenía para enfrentarse a aquel reto. Sintió cómo la calma se extendía desde su estómago con una calidez familiar y suspiró entre dientes al pisar la tierra. 

Las luces se derramaban por doquier, iluminando los colores de los vestidos de las damas y todo el ambiente estaba cargado de una profusa festividad en la que él trató de deslizarse discretamente, casi como una sombra. Estaba agradecido de llevar a su lado a Preston, pues tenía la esperanza de que se llevase todas las miradas.

—¿Qué hago yo aquí? —se preguntó por enésima vez mientras lo seguía hasta llegar al lugar donde se encontraba su anfitrión. Y si Preston le parecía salido del centro del sol, el conde de Arrow se le antojó proveniente del mismísimo infierno. Lo contempló con cierta curiosidad pues había oído hablar de él en numerosas ocasiones, y no sólo a su cuñado. 

El momento de vestirse con una piel ajena había llegado y Louis no podría haber dicho con seguridad si estaba aliviado o aterrado por ello.

···

Samuel Cramer inclinó la cabeza al ser nombrado y realizó una venia educada, acompañada de un ademán suave de su brazo derecho.

—Es un verdadero placer conocerlo, señor Holmes —saludó, curvando sus labios en una sonrisa, cortés, pero con una ligera picardía—. He oído hablar mucho de usted.

Con un gesto de la mano señaló el lugar. —Permítame que lo felicite, me atrevo a aventurar que esta velada será inolvidable para todos los presentes.

 

Cargando editor
25/01/2016, 21:31
Prue Lascelles

Había llegado el gran día de la fiesta de Lord Arrow y en la residencia Dashwood el día comenzaba más temprano de lo normal. Las ansias de Ginny contrastaba con la mesura de su prima, que aunque no lo demostraba, se encontraba tanto o más nerviosa que ella. El día que recibió la misiva del Lord disculpándose e invitándola al baile, tanto su prima como su tía se habían abocado casi por completo a ayudarla a elegir el vestido adecuado, pero cuando Alexander accedió a que Ginny la acompañara, aquello se transformó en un hervidero. En ocasiones la joven Lascelles se sintió por completo desbordada y en más de una oportunidad estuvo a punto de escribir al Conde para declinar la invitación, pero el entusiasmo de Ginny e incluso el maternal regaño de su tía consiguieron persuadirla de lo contrario cada vez. Mildred Dashwood, apoyada por su hijastro que tenía a la joven en tan alta estima como a su hermana, no escatimó en gastos y se abocó a la tarea de que cada una vistiese a la altura de tan magno evento, pero respetando los gustos y personalidades de cada una. 

La joven Lascelles fue la primera en disfrutar del baño que su tía ordenó preparar para ellas. Al ver los pétalos de rosas que flotaban en el agua caliente miró a su tía extrañada, pero ésta, con un ademán que no admitía cuestionamientos ni negativas, la instó a sumergirse en la tina. Nada más hacerlo Prue sintió cómo el aroma a rosas la envolvía con su dulce fragancia. Cerró los ojos y dejó que el agua la cubriera por completo; cuando emergió su tía la observaba con una sonrisa y comenzó a lavarle el cabello, mientras que Prue se frotaba el cuerpo con la esponja. Intrigada, la joven quiso saber cómo había conseguido que, con tan solo unos pétalos de rosa, el agua adquiriera esa intensidad de aroma y Mildred le explicó que además de los pétalos, le había añadido unas cuantas gotas de aceite de rosas para magnificar la fragancia y que ésta se impregnara a su piel y cabello.

Casi una hora estuvo sumergida en el agua, y no recordaba nunca haber disfrutado tanto de un baño como aquél, se sentía increíblemente relajada y el olor a rosas que la envolvía la hacía evocar el paseo que semanas atrás tuviera en la rosaleda. Sonrió ante ese recuerdo.

El mismo ritual se repitió después con Ginny, tiempo que la joven utilizó para acicalar su larga cabellera castaña. Cuando su prima regresó a la habitación, Prue se encontraba a los pies de la cama, sujetándose de uno de los pilares mientras la doncella de su tía le ajustaba el corsé. La joven le suplicó que no lo dejara tan apretado o desfallecería antes del primer baile debido a la falta de aire lo que provocó que su prima la reprendiera, pero pese que lo intentó, Virginia no consiguió hacerla cambiar de parecer. 

Una hora más tarde ambas se encontraban ataviadas con sus respectivos atuendos y tanto Mildred como la doncella se ocupaban de sus peinados. Las jóvenes conversaban y reían, potenciando mutuamente sus febriles imaginaciones, elucubrando con cómo sería la fiesta y, sobre todo, si serían capaces, en caso de encontrarse con alguien conocido, de reconocerlos detrás de la máscara.   

Eran las cuatro y treinta cuando el carruaje de alquiler, cómodo y funcional, se detuvo frente a la puerta. El cochero era el mismo que cada miércoles, por la mañana, llevaba a Prue hasta el orfelinato, por lo que cuando las jóvenes subieron el saludo de Prue denotó cierta cercanía y confianza y por lo mismo no fue de extrañar que se mostrara interesada por saber acerca del estado de salud de su esposa e hijos.

 

La mansión Arrow, el palacete más lujoso e impresionante de los pagos de Londres, se había engalanado para aquella ocasión, el baile de máscaras, la fiesta anual más importante de la aristocracia londinense. En el parque frente a la entrada, todo era un trasiego de personas que llegaban a la fiesta. 

Uno tras otro, los invitados fueron llegando hasta la entrada, donde el mayordomo recogía sus invitaciones e iban siendo anunciados por el seudónimo escogido, penetrando en el lujoso hall. De las dos, Virginia era la más maravillada e impresionada por la fastuosidad de la mansión; la otra en cambio, menos amiga de las pompas y los lujos, no se veía tan exaltada aunque no por ello dejaba de estar impresionada.

-¡Bueno ya estamos aquí! -exclamó Ginny tomándose del brazo de su prima- Ya no tienes forma de echarte para atrás -sentenció.

-No me tientes, porque igual puedo largarme al poco de saludar, hacer acto de presencia y adiós.

-¡Ah no! No serías capaz de hacerme eso, a mí ni a nadie.-Ginny le dio un beso en la mejilla y le pellizcó las mejillas para que adquirieran un poco más de color- Debiste dejar que te pusiera algo de rubor y que te maquillara los ojos, apenas un poco de brillo en los labios. No entiendo por qué no te sacas más partido si eres preciosa, pareces una muñeca.

-¡Nah! ¿Para qué? Tú llamas suficiente la atención por las dos, además no quiero opacarte -bromeó-. Con el rímel y brillo de labios tengo suficiente.

Ginny era un poco más alta que Prue y su vestido en tonos amarillos y anaranjados resultaba inmensamente llamativo en comparación con el de su menuda prima. La máscara que usaba era igualmente amarilla y hacía un perfecto juego con los bucles de su dorado cabello que caían sueltos alrededor de rostro.

-¿Estoy bien, cierto? -preguntó Virginia por enésima vez.

-Sí, tonta -respondió con cariño-. Estás preciosa... brillas como el sol.

Prue llevaba el cabello recogido en un sencillo moño que daba la impresión de ser más elaborado de lo que realmente era y lo decoró con una delicada tiara doble, obsequio de la esposa de su primo. 

El vestido constaba de dos piezas y estaba confeccionado en satén de seda de color azul verdoso pálido o aguamarina, ya que su color y brillo recuerdan al agua de mar, que llevaba aplicaciones de lentejuelas y pedrería en tonos metalizados, principalmente dorados. La máscara que usaba tenía forma de mariposa y era de color azul pálido, en perfecta sincronía con el color del vestido y las mariposas que tenía bordadas.

Su cuello se encontraba adornado por un austero y delicado crucifijo de filigrana de plata que pendía de la fina cadena que lo rodeaba, los pendientes, igual de austeros que su collar, estaban confeccionados en el mismo material del crucifijo. Sus manos se encontraban enfundadas en unos guantes largos de satén y encaje, del mismo tono dorado de la gasa que adornaba la parte superior de su vestido. No llevaba pulseras ni anillos.

Completaba el conjunto una capa azul de seda que el segundo mayordomo recibió en cuanto llegaron a la entrada y hubieron entregado la invitación a su superior. 

Juntas atravesaron el hall principal e ingresaron al gran salón. Prue contuvo la respiración por un instante, recorriendo el lugar con la mirada en busca de su anfitrión.

-¿Lo ves? -preguntó Ginny sabiendo a quien Prue buscaba. La joven negó con la cabeza justo en el momento que su mirada se posaba sobre un hombre vestido de rojo que portaba un espadín.

-Ahí está -respondió observando en la dirección en que se encontraba Lord Arrow, quien además era flanqueado por dos elegantes mujeres.

-¿Estás segura?

-Sí, es el único que lleva espadín, además es el único hombre que conozco que se atrevería a usar colores tan llamativos... no le gusta pasar desapercibido, eso está claro.

Caminaron entre la gente directo hacia él, devolviendo un educado saludo a los hombres y mujeres que les saludaban al pasar. Cuando llegaron hasta donde estaba él acaba de girarse para hablar con uno de los invitados por lo que Prue, más que nada para estar del todo segura, lo llamó por el que sería su nombre esa noche.

-¿Señor Holmes? -cuando Alexander volteó a verlas ella sonrió e hizo una grácil reverencia saludando a los tres- Un placer volver a verlo, señor. Soy Mary Shelley y ella es mi querida prima Milady de Winter.

Cargando editor
26/01/2016, 02:08
z/ Lance Lakesword

Aquella mañana me levante pensativo. Millones de cosas pasaban por mi cabeza.    ¿El baile habia sido buena idea? Lord Richard se habia mostrado un hombre amable y un buen benefactor, el habia creido en mi y se habia lanzado a intentar hacerme un nombre en la sociedad. Habia visto algo en mi que yo pensaba que no habia, por ello habia aceptado tocar para Amandine.

Me acerque al espejo. Por  mañana habia ido al barbero, alli habia sido recibido por el viejo Jefferson como siempre. A cada mechon de cabello caido a cada pelo cortado una imagen iba aflorando tal y como Miguel Angel decia aquel rostro estaba alli ,solo que habia que eliminar lo sobrante.

Sin mi cabello desgarbado y mi barba, el espejo me devolvia una imagen de alguien que creia haber desaparecido años atras. Toque con mi mano el reflejo, aquel viejo muchacho  idealista y puro de años atras parecia devolverme la mirada.  
Durante unos segundos busque en  aquellos ojos profundos como estrellas intentando entrever mi alma hasta que directamente con un chasquido me aparte de alli.

¿Que creia que iba a encontrar? ya no era esa persona.
Fui al arcon y lo abri meti mis manos mientras sacaba todo tipo de prendas hasta sacar el traje de gala. Lo saque de alli y lo mire, todavia podia recordar aquellos tiempos,de bailes y fiestas, de galas y risas. Otra epoca que parecia llamarme ahora. De sopeton cerre el arcon.

Me probe la prenda y encajaba de nuevo como tiempo atras. Como un guante quien lo diria, mire a mi alrededor posando mis ojos sobre mi mascara con cara de demonio.
Sonrei para mis adentros,ya no volveria a amar.Tal y  como me habia jurado ahora era aquel demonio.Carpe diem viviria el momento sin dejar que el amor volviera a destruirme nunca mas.Es lo que me decia dia a dia, pero en algun rincon de mi ser aun albergaba dudas o mas bien una esperanza de que aquello retornara algun dia.

Durante unos momentos pense en lo que diria mi padre de como me ganaba la vida o donde vivia. Pero no me importaba, ni el ni la sociedad. En aquel lugar habia encontrado lo que necesitaba alli nadie me daba nada y todo lo que tenia me lo habia ganado.

Sabia que alli donde iba todos me mirarian por encima del hombro,un simple pianista de bar.
Bueno ¿Y que mas me daba?  no tenia porque dar explicaciones a nadie, ni nada que lamentar,  hacia mucho que habia superado aquello.


Me puse la capa de nuevo intentando ocultar el viejo blason. Baje y salude a Trueno un antiguo  caballo de guerra negro el cual habia ganado tiempo atras en una timba del bar. Este era ya muy viejo y su anterior amo se lo jugo pues queria sacrificarlo. Mire a los ojos de aquel anciano equino y cepille su caballo como si se tratase de un viejo amigo. No tendria un carruaje pero al menos no podrian decirme que no era un caballero, tenia caballo propio. Me rei para mis adentros mientras  recorria las calles hasta la direccion que Amandine me habia indicado.

Cuando llege vi lo que me esperaba, una obstentacion sin medida del poder y el dinero que los dueños de aquella inmensa mansion poseian.
Entre por la entrada de servicio pregunte por Amandine hasta que me llevaron a ella. Tenia que estar antes de los invitados.

-Le  comte de montecristo à ses pieds madame-dije en un perfecto frances cuando la encontre con su abanico de plumas.
Cuando se me indico comenze a tocar mientras los invitados llegaban uno  a uno.Mi pasion por la musica se transmitia en cada tecla, como un himno sonoro de mi propio ser propagaba aquella melodia que al viejo maestro me habia enseñado años atras cuando apenas era un mozalbete.