Partida Rol por web

La Edad de la Inocencia (+18)

• Prue Lascelles •

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11/01/2016, 22:55
Prue Lascelles

Alzó las cejas sorprendida cuando mencionó la cantidad de veces que Lady Meriwether le había escrito. -Oh, por Dios, le escribió casi a diario -pensó divertida, en especial al imaginar los rostros de frustración de ambas al darse cuenta que sabían exactamente lo mismo, o sea, nada, y todavía más imaginando sus reacciones si llegaban a enterarse de ese encuentro. Casi podía oír las sentidas palabras de su tía por haberle ocultado esa información.

Cuando Louis le tendió la mano, esbozó una sonrisa. -¿Tan obvia he sido? -preguntó ante lo innegable-... Me ha descubierto -admitió-. Lo premiaría con un caramelo por no desoír mis indicaciones, pero no traigo ninguno conmigo -bromeó.

El infantil chillido también la hizo voltear temiendo que algo malo pudiera haber pasado, pero al darse cuenta que su temor era infundado se relajó, aunque siguió observando un poco más, atenta a lo que los niños hacían. Volvió a mirarlo cuando le habló, sintiéndose en partes iguales tanto agradecida como halagada por su interés.

Cruzó las manos sobre su regazo y las observó un instante, en silencio. ¿Por dónde empezar? Temía aburrirlo con tanto detalle, pero si no se los daba ¿cómo se lo iba a explicar?

-Supongo que lo mejor será empezar desde el principio -repuso con voz queda-. Verá, nací en Devonshire, mi padre es el párroco de una de las comunidades y mi madre, hasta el día de hoy, siempre ha estado involucrada en obras de caridad. Crecí con su ejemplo de entrega y amor al prójimo. Cuando mi tía enviudó, mis padres y ella decidieron que lo mejor era que me viniera a vivir a Londres, para así acompañar a Ginny, que se encontraba muy deprimida con la muerte de mi tío, y educarme. Tenía diez años cuando llegué a esta ciudad y separarme de mis padres ha sido una de las experiencias más dolorosas por las que he podido pasar -suspiró-. Han pasado siete años ya, y aunque he aprendido a amar esta ciudad, no puedo dejar de sentir que mi corazón se rompe cada vez que los visito y llega el tiempo de regresar. Despedirme de ellos siempre resulta muy duro.

Desvió la mirada hacia el lugar en que jugaban los niños. Prosiguió.

-Mientras estaba en la escuela, como una forma de no perder ese vínculo con mi madre, empecé a participar en cuanta obra de caridad se hacía. Desde visitar a los enfermos a llevar comida y ropa a los más necesitados. Conocí a Miss Adams en una de esas obras de caridad, ella estaba en busca de ropa y zapatos para los niños de su orfanato, comenzamos a hablar y al cabo de un tiempo me ofrecí a ir a ayudarla, para ese entonces nos habíamos hecho amigas, ella me recuerda mucho a mi madre y no sé, sentía que la conocía de toda la vida. -Volvió a mirarlo y sonrió- Han pasado dos años desde eso y de algún modo me fui involucrando más y más. En la escuela me prepararon para ser institutriz y comencé a poner en práctica ese conocimiento. Principalmente lo que hago es eso, educo a los niños, les enseño a leer, a escribir y aritmética, pero sobre todo les entrego el afecto que por su condición de huérfanos y situación de abandono tanto la vida como la sociedad les ha negado. Otras voluntarias y voluntarios se encargan de enseñarles un oficio para que puedan aspirar a un futuro mejor. La mayoría lo consigue, muchos han entrado al servicio de buenas familias. Hace poco una de las niñas, que es de mi edad, fue contratada como institutriz y ahora vive en Somerset.

Bajó la cabeza y deslizó sus dedos por uno de los pliegues de la falda, con aire distraído.

-En el último año Miss Adams me ha ido dando más responsabilidades, supongo que me he ganado su confianza. Al principio me pedía que la acompañara para conseguir donativos, pero de un tiempo a esta parte me ha dejado por completo a cargo de esa tarea -ladeó la cabeza y se encogió de hombros, alzó la cabeza mirando el cielo-. Eso ha sido lo más difícil para mí -arrugó la nariz al decir esto último, volviendo a mirarlo-. He tenido que vencer mi timidez y golpear muchas puertas, hablar con personas que no conozco, que incluso me intimidan. Conseguir que me escuchen y mostrar una seguridad de la que muchas veces carezco. Así que sí, no se equivoca, para mí es muy importante lo que hago... esos niños lo son todo y no puedo imaginar mi vida sin ellos alrededor.

Parpadeó despacio y suspiró.

-¡Ay, si le contara todas las cosas que Miss Adams y yo queremos hacer! -exclamó con expresión soñadora-. Pero como no pretendo aburrirlo con tanta cháchara, que bastante he hablado ya, mejor cuénteme cómo ha estado usted o si lo prefiere hábleme de su trabajo, así de paso la curiosidad de ambos quedará satisfecha... o al menos eso creo -añadió con tono jovial.

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12/01/2016, 16:24
Louis Kindelanver

Una breve risa brotó espontánea de la garganta de Louis cuando ella bromeó sobre ese caramelo y sus labios se mantuvieron curvados después. Recordaba lo que ella había dicho una semana antes, su oferta de hacerlo reír cuando se encontrasen. En aquel momento creyó que tal vez fuese posible. Se sentía capaz de dejarse llevar por su alegría, aunque sólo fuese durante un rato. Tendría tiempo después de regresar a sus sombras, que lo recibirían en su abrazo oscuro, tendría tiempo de añorar en su refugio el aroma que lo había abandonado. Pero en ese mismo instante, la luz que emanaba Prue parecía capaz de espantar los sombríos tentáculos de su espíritu, obligándolos a retroceder. Y la llamita del pecho de Louis crecía, impulsada por el aleteo de la pequeña mariposa mientras que el hombre no podía hacer otra cosa que rendirse a la dulzura de la sonrisa de la joven sin luchar.

Se acomodó entonces para escucharla, apoyando levemente la mejilla en la punta de sus dedos. Toda su atención estaba prendida de la muchacha y de la historia que relataba. Se sentía agradecido porque ella compartiese con él su pasado, como si de alguna forma hubiera una comunión de sinceridad entre ambos. Sin embargo, no pudo evitar hacer algunos cálculos mientras ella hablaba.

—Diecisiete años —pensó—. Es casi una chiquilla. 

Bien sabía Louis que muchas mujeres de esa edad ya estaban casadas, algunas hasta eran madres. Y sin embargo, sentía una ligera punzada de culpabilidad difícil de explicar. No quería profundizar en aquel pensamiento, ni siquiera se atrevía a plantearse por qué había surgido, así que lo ignoró, centrándose por completo en las palabras de la joven. 

Poco a poco fue capturado por el relato. Su mirada no se apartaba de los ojos de Prue, seguía sus gestos, sus expresiones y ademanes. En algunos momentos sus labios se entreabrieron, en otros enarcó las cejas, impresionado o divertido. La bondad y la generosidad de aquella joven ciertamente lo impresionaban y generaban emociones que chocaban en su interior. Por un lado, le hacían sentir pequeño y egoísta, tan centrado siempre en sus problemas y en su dolor, habiendo gente como ella, capaz de abandonar su vida y su hogar por el bien de su prima. Por otro, sentía un ánimo inesperado por hacer cosas, por seguir la estela brillante que dejaba esa joven tras de sí, formada por el polvo de sus alas. 

Era una historia de añoranza y superación y, sin embargo, ella no perdía su sonrisa. Sí, era tan sólo una chiquilla, pero una de la que Louis sentía que debería aprender. 

Cuando ella terminó, pidiendo a cambio que hablase él, el hombre estiró sus labios en una sonrisa que venía acompañada de un recuerdo. —Reciprocidad, ¿eh? —comentó, recolocando un poco su postura.

Llevó sus ojos hacia el lago por un breve instante y al regresar su mirada a la joven, bajó su mano, apoyando el peso de su cuerpo en el reposabrazos al inclinarse un poco hacia Prue antes de comenzar a hablar. 

—Ha sido una historia apasionante —dijo con sinceridad—. El mundo está lleno de historias así y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. Sencillas pero cargadas de verdad. 

Miró a la joven en silencio un par de segundos. —No me cabe ninguna duda de que su presencia logra mejorar las vidas de esos niños. Sin embargo, mis ocupaciones son menos altruistas y también menos interesantes. 

—Poseo una empresa de importación textil —explicó entonces—. La heredé de mi familia cuando mi padre falleció. Tuvo sus buenos tiempos, pero últimamente confieso que la he descuidado y me estoy viendo en algunos apuros para mantenerla a flote. —Hizo una pequeña mueca torciendo los labios. —Hace poco comencé unas negociaciones para valorar la idea de exportar y no sólo importar. Aún no sé cómo resultará, pero me temo que podría ser mi última oportunidad de rescatar la empresa. 

Apartó la mirada y no era difícil percibir que no se sentía muy satisfecho consigo mismo sobre aquel asunto. Sin embargo, forzó una leve sonrisa antes de volver a mirar a Prue. —Son aburridos temas de negocios, poco apropiados para una conversación distendida —dijo, encogiéndose de hombros—. Le reconozco que ni a mí me interesan lo suficiente. Supongo que por eso me veo con estos problemas. Antes tenía una motivación para acudir a la oficina cada mañana. Ahora si consigo obligarme a ir una vez por semana ya es mucho. Sin embargo, no puedo esconderme más de ello, los socios de la empresa serían capaces de acudir a mi casa para sacarme a rastras si no tomo las riendas.

Sonrió y sus ojos buscaron a aquellos chiquillos a los que ella había mirado antes. —Pero hábleme de sus pequeños y de todos esos planes que tienen para ellos —pidió, sintiendo interés por conocer mejor las cosas que tanto le importaban a ella—. O de lo que siente por Devonshire, de niño fui alguna vez, pero apenas lo recuerdo. —Su mirada buscó de nuevo la de Prue y sus siguientes palabras sonaron casi como una confesión. —Me gusta escucharla hablar.

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13/01/2016, 02:39
Prue Lascelles

Le fue imposible no mirarlo incrédula cuando dijo que su historia había sido apasionante. Esbozó una sonrisa, aunque seguía preguntándose qué de apasionante había en ella. Si bien es cierto que para la joven resultaba importante, jamás se había detenido a pensar en cómo la recibirían los demás. Su vida no era algo de lo que acostumbrara a hablar, no de buenas a primeras al menos, y sin embargo ahí estaba, a nada de haberlo conocido pero sintiendo que podría confiarle, de tenerlos, hasta sus más oscuros secretos y pensamientos. Era extraño, él despertaba en ella un algo que no alcanzaba a comprender.

La proximidad que se produjo cuando se inclinó hacia ella la hizo contener la respiración inconscientemente, sintiendo que el pulso se le aceleraba. ¿Qué había sido eso? ¿Miedo? ¿Pero miedo a qué? ¿A él? Descartó esos pensamientos tan pronto como llegaron. ¡Imposible! Si de algo podía estar segura es que no le temía y que se sentía segura en su presencia.

Parpadeó, las palabras de él la arrancaron de sus divagaciones. Inhaló por la boca, arrugando el entrecejo, con los labios entreabiertos como si fuera a replicarle por decir que sus ocupaciones eran menos interesantes, y observándolo con sus ojos vivaces, al tiempo que negaba con la cabeza. La expresión de su rostro dijo lo que sus labios no: ¡No diga eso!

Su expresión volvió a serenarse a medida que su curiosidad iba siendo saciada. No obstante, cuando mencionó los apuros que estaba enfrentando con la empresa, la idea de que quizás pudiera ayudarlo cobró fuerza en su mente, pero se mantuvo en silencio para no interrumpirlo y sólo habló cuando él terminó.

-Tal vez... verá, espero no lo tome a mal, no quiero inmiscuirme en sus asuntos, además supongo que tiene sus propios asesores... pero... quizás no le vendría mal otra opinión. Mi primo Henry es asesor financiero, él se encarga de administrar la herencia de tía Mildred y también me está ayudando a mi. Pero también está el hermano de una mis más queridas amigas, y él es precisamente asesor de una empresa textil... no sé, se me ocurre que tal vez... quizás... ellos podrían ayudarlo.

No quiso insistir con el tema, ni siquiera estaba segura de haber hecho lo correcto, después de todo esos se suponía eran temas vedados para las mujeres. Enseguida recordó la conversación que habían tenido en el jardín y se dijo que era una tonta por pensar así, pero de igual forma prefirió no seguir por ese camino, a menos que él le diera pie a hacerlo. No obstante, para su suerte o no, la pequeña Mary Anne llegó corriendo a su lado. La pequeña lloraba, se había caído y producto de la caída se había hecho una raspadura en una de sus manos. La niña no tenía más de cuatro años, y era la más pequeña del grupo, tanto en tamaño como en edad. Prue sacó el pañuelo que traía oculto en la cinta que envolvía su cintura y enjugó las lágrimas de la pequeña.

-Tranquila, cielo, no pasa nada -le decía mientras le examinaba la mano- ¿ves? Fue un golpe nada más, no te hiciste ninguna herida -le dio un beso justo donde se había golpeado. La niña se había calmado y miraba ahora fijamente a Louis. Prue sonrió.

-Mary Anne, él es el señor Kindelanver -la niña se tomó la falda con ambas manos e hizo una reverencia que resultó bastante graciosa, y la expresión de la joven fue la mezcla perfecta de diversión y ternura. Miró a Louis e intentando ser todo lo formal que tan solemne presentación requería, prosiguió-. Señor Kindelanver, le presento a la señorita Mary Anne Hale.

Entretanto, Prue sacó una galleta de la cesta y se la dio a la pequeña una vez finalizó la presentación. 

-Ve a seguir jugando -dijo a la niña chinchando su nariz-. Toma, aquí tienes una galleta.

La niña le dio las gracias y la besó en la mejilla antes de alejarse corriendo. Prue la siguió con la mirada, sonriendo. Respiró profundo y se dio unas palmaditas sobre el regazo, como obligándose a reaccionar.

-Bueno -dijo mirándolo-, si quiere que hable, entonces hablaré, pero si luego lo ingresan a alguna casa de orates no será culpa mía -broméo-. El que avisa no es traidor -añadió con una amplia sonrisa.

Torció el gesto, no sabía bien por dónde empezar, si por los planes que tenían con el orfanato o de Devonshire. Finalmente optó por lo primero.

-Como le dije antes, Miss Adams me ha ido dando más responsabilidades, entre esas, por ejemplo, el encargarme de los libros de cuentas. En las próximas semanas, quiere que visite una firma de abogados en Oxford. Hemos recibido algunos donativos bastante cuantiosos y creemos que es necesario asegurar ese dinero. Por lo mismo necesitamos formalizar la existencia del Hospital Foundling como institución de acogida; garantizar que todos los fondos recaudados, sea por donaciones o por los distintos trabajos que los voluntarios realicen, no puedan bajo ningún concepto ser utilizados en otros fines que no sean los relacionados con la institución, y que las únicas personas autorizadas a mover ese dinero seamos nosotras dos. Tenemos muchos planes para el orfanato, el más inmediato es comprar una nueva propiedad, más grande y en mejores condiciones que la actual, que nos va a permitir recibir a más niños. Actualmente son veintiuno con edades que van desde los dos a los trece o catorce años, pero en la nueva casa esperamos duplicar, incluso triplicar esa cifra.

Prue hablaba con mucho entusiasmo y gesticulando no sólo con su rostro, sino también con sus manos.

-Nuestro sueño en común es llegar a formar una institución con varias casas ubicadas tanto en la ciudad como en los distritos rurales, cuyo objetivo será buscar y recibir niños abandonados y extraviados para alimentarlos, vestirlos y educarlos. A los niños y las niñas más jóvenes los enviaríamos a los distritos rurales; las niñas por encima de catorce años de edad serían enviadas a las casas de formación industriales para enseñarles ocupaciones domésticas útiles; los niños por encima de diecisiete años de edad serían primero probados en casas laborales y después empleados en un hogar, enviados a la mar o incluso podrían emigrar; los niños de entre trece y diecisiete años de edad recibirían capacitación para los diversos oficios para los que puedan estar equipados mental o físicamente. Pero además de esas casas, queremos también abrir una casa de rescate para chicas en grave peligro, una casa de convalecencia junto al mar y un hospital para enfermos de gravedad.

Se detuvo y recuperó el aliento, había estado hablando rápido y de corrido sin apenas respirar.

-Son muchas cosas, lo sé -dijo como si se disculpara-, pero no pretendemos que sea todo inmediato, confiamos en que de aquí a unos diez años podamos tener todo eso, tal vez menos, tal vez más. Por lo pronto la piedra angular de todo ésto va a ser la adquisición de esa nueva propiedad. Y en eso Henry me va a ayudar, porque se ofreció a aconsejarnos respecto a en que negocios invertir, porque necesitamos que el dinero del que disponemos aumente, no que disminuya, que genere ganancias. No siempre vamos a tener suerte y conseguir donaciones, ideal sería que alguien nos apadrinara y nos asegurara un ingreso mensual permanente, pero no creo que la suerte nos sonría tanto, y si lo hace tampoco será eterno, entonces tenemos que encontrar el modo de mantenernos a flote solas. Y si todo resulta bien en el viaje a Oxford, Miss Adams ha dicho que me va a contratar. La paga no va a ser mucha, pero voy a poder ahorrar y tener ingresos propios.

Notas de juego

¡¡OMG!! No escribo más, de Devonshire hablo después que sino... Perdón por el ladrillaco.

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14/01/2016, 02:45
Louis Kindelanver

Louis enderezó un poco su postura cuando Prue mencionó a los asesores que conocía. Abrió la boca, interesado en aquello, a punto de preguntar más, pero no llegó a decir nada, pues apareció una de las pequeñas. 

Contempló con cierta ternura cómo la joven secaba sus lágrimas y al ver cómo examinaba su mano fue inevitable para él recordar aquel momento de cercanía una semana atrás. Una sonrisa apareció cuando la niña se le quedó mirando y se amplió al ver su intento de reverencia. Cuando Prue lo presentó a él, se inclinó ante la niña, manteniendo su rostro lo más serio que pudo.

—Es un verdadero placer conocer a una dama tan encantadora como vos, señorita Mary Anne Hale —dijo con la gravedad apropiada para tal evento y conteniendo la risa—. Espero que estéis teniendo un buen día. 

Contempló a la niña alejarse corriendo y su pensamiento empezó a divagar. No era un fanático de los niños, pero siempre le habían agradado y mientras Edith vivió, ambos dieron por hecho que llegaría el momento en que tendrían algunos. No había sucedido, quién sabía por qué. Y no estaba seguro de si eso le dolía o había sido lo mejor que podía pasarle, pues si algo tenía claro era que no habría podido criar él solo a una criatura en el estado en el que había pasado los últimos años. Sin embargo, en aquel momento añoró aquella esperanza, aquella sensación de que tan sólo sería cuestión de tiempo y los niños ya llegarían. 

Aquellos pensamientos le hacían sentir incierto al darse cuenta de golpe de que tal vez ya no llegarían nunca. Tampoco era uno de esos hombres que buscarían una esposa sólo para tener descendencia, si en algún momento la tenía sería con alguien a quien amase. Ni siquiera le importaba ser el último en llevar su apellido. Fue el recuerdo de los sueños que tuvo alguna vez, cuando esperaba que las risas infantiles resonaran en el futuro en su mansión, lo que le había golpeado con contundencia. Su mirada había seguido a la niña hasta que se reunió con los otros chiquillos y sus labios se habían ido apretando en una fina línea. 

Las palmadas de Prue sobre su regazo atrajeron su mirada y su atención de inmediato y sacudió levemente la cabeza, decidido a no dejar que pensamientos oscuros sobre el pasado anidaran en su mente aquella mañana. Ese día era para la luz, incluso el sol parecía haberse dado cuenta y se había abierto camino despejando las nubes que solían poblar el cielo londinense. El hombre devolvió la sonrisa a la joven, al principio de forma un poco tensa, pero más suave a medida que ella comenzaba a hablar. Su voz era como un bálsamo que parecía capaz de apaciguar la tumultuosa tormenta de su interior como ni siquiera las melodías que tocaba en el piano y que Daisy calificaba de lúgubres lo habían conseguido antes.

Poco a poco el entusiasmo de Prue lo fue arrastrando hasta que sus ojos brillaron detrás de las lentes ahumadas, su sonrisa se fue ampliando y toda su postura mostraba interés. Eran muchas cosas, como ella decía. Vaya si lo eran. Pero escuchándola le daban ganas de ponerse en pie, imbuirse de toda esa joven vitalidad y hacer cosas. Comenzar por poner su vida en orden y seguir construyendo a partir de ahí. Bien sabía que en cuanto la joven desapareciese de su vista todo aquel ímpetu se disolvería con facilidad, pero por un rato era gratificante creer que sería capaz. 

Y con las últimas palabras de la muchacha, enarcó las cejas impresionado. —Vaya, es usted toda una joven emprendedora, ¿no es así? —comentó, con un brillo divertido—. Son muchos planes, como dice, pero si mantiene la energía que muestra al hablar de ellos... Creo que será capaz de eso y más si se lo propone. 

Hizo una pausa y tal vez debido al impulso que ella le había transmitido, pensó de nuevo en algo que ella había dicho antes. 

—Oh, y si pudiera ponerme en contacto con esos caballeros de los que habla, se lo agradecería sobremanera. Su primo, o el hermano de su amiga, quiero decir. La empresa tiene sus asesores, pero no me entiendo con ellos, la verdad. Tampoco sé si podríamos contratar a esos caballeros de forma permanente, pero al menos una primera consulta sí que me gustaría tener.  —Hizo un pequeño gesto con la mano. —Le confieso que cuando Edith estaba a mi lado ella se encargaba de la mayor parte de las cuentas de la empresa, yo siempre he sido un desastre para esos asuntos. Al principio algunos de los socios no estaban de acuerdo pero tras ver los resultados que obtenía no tuvieron más remedio que callarse. 

Tal vez por primera vez en mucho tiempo durante ese instante habló de ella sin que su mirada buscase el suelo y su voz se tiñese de una honda tristeza. Cuando se dio cuenta se sintió extraño y frunció los labios en una pequeña mueca, apresurándose a seguir hablando. 

¿Iba a hablarme sobre Devonshire? —preguntó, a pesar de que ella no había dicho nada al respecto—. Sólo si le apetece, claro está.

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14/01/2016, 04:23
Prue Lascelles

-Dios quiera que sí -repuso ante sus palabras de aliento-, voy a luchar con uñas y dientes por lograrlo, poniendo todo mi corazón en ello.

Cuando él le pidió que lo pusiera en contacto con Henry o Jonathan poco faltó para que saltara de júbilo. No sólo había recibido de buena forma su proposición, sino que la había aceptado.

-¡Lo haré encantada! Hoy mismo, apenas regrese a casa, le escribiré a Henry y enviaré la carta mañana a primera hora. Henry jamás tarda más de un día en responderme, así que como muy tarde el sábado ya tendré su respuesta, pero no se preocupe, estoy segura que dirá que sí, en especial si se lo pido como un favor especial para mí -sonreía-. Si quiere puedo ayudarlo un poco con sus cuentas, no pretendo sonar engreída, pero los números se me dan bastante bien y... bueno, pues eso, que si puedo ayudarlo encantada lo haré.

Guardó silencio, preguntándose si no estaría pareciendo muy osada con ese ofrecimiento. No era su intención serlo, si le estaba ofreciendo ayuda era porque le nacía hacerlo, no porque estuviera persiguiendo algo. Pero no le dio muchas más vueltas al asunto y prefirió satisfacer su interés por Devonshire... La sola mención del condado hacía latir su corazón con fuerza. ¿Qué decir? Las palabras resultaban pocas para describir a su pueblo natal.

-El Condado de Devonshire -dijo con voz queda y sonrió, mientras evocaba unos recuerdos más que atesorados-. La comunidad de la que provengo es Littleham, al noreste de Devonshire. ¡Es sólo una aldea! Creo que no podría considerarse pueblo en absoluto. -Prue sonreía. Su rostro, sus ojos, sus gestos y voz, toda ella parecía sonreír, envuelta en un halo de paz y alegría sin igual. Tal era el sentir que tenía por su tierra-. Es sólo la iglesia y unas cuantas casas en el campo, todas cubiertas de rosales. En los jardines hay plantadas verduras y hierbas, algunas tienen árboles frutales, otras una colmena e incluso ganado. -Lo miró- No vaya a pensar que estoy haciendo un cuadro, sólo intento describirlo tal como es. Mi padre dice que es un pueblo de un poema, de uno de los poemas de Tennyson, no sé si sea así, sólo sé que no puedo expresar su encanto con palabras... ¡Tiene que conocerlo! -exclamó sincera- Tenemos un caballo, el de papá, pero él nunca lo monta, prefiere caminar hasta los confines de su parroquia. Los paseos son tan bonitos que sería una vergüenza ir en coche, casi lo sería incluso ir a caballo. Durante los meses de verano los árboles del bosque son de un verdor oscuro, pleno y umbrío, y los helechos que crecen bajo ellos atrapan los rayos del sol. Me gusta salir a caminar e ir aplastando los helechos, sentir cómo ceden bajo mis pies y desprenden su peculiar aroma -si cerraba los ojos y respiraba profundo evocando ese recuerdo, podía llegar a sentir la fragancia-, viendo multitud de criaturas silvestres, disfrutando del sol y de las flores y hierbas que ilumina.

Estaba orgullosa de su bosque. Sus gentes eran su gente y se llevaba muy bien con todos. Se sentía libre entre ellos. Cuidaba a sus niños, hablaba o leía despacio y con claridad a los ancianos, llevaba platos exquisitos a los enfermos. Sencillamente la vida al aire libre se le antojaba perfecta.

-Quiero llevar a los niños este verano, estoy segura que les va a encantar. Podemos recorrer el bosque o visitar alguna granja cercana, seguro los dejan ordeñar algunas vacas. ¡O ir al río! -añadió entusiasmada- Hay una preciosa cascada ¿sabe? Me encantaba bañarme ahí cuando era niña, saltaba desde lo alto de una roca y me dejaba caer en lo profundo... -sonrió divertida- Todavía lo haría si no fuera porque mi madre, la penúltima vez que fui, me hizo jurar que nunca más saltaría de esa roca. Argumenta que ya crecí y que no es correcto que una señorita en edad de merecer haga esas cosas -suspiró-. No entiendo por qué llegados a cierta edad parece que fuera pecado disfrutar de los simples placeres de la vida -se encogió de hombros-. Pero bueno, no me quejo, no podré saltar de la roca pero sí que puedo bañarme en el río y caminar descalza por el césped. Mientras respire y sea capaz de sostenerme en pie y caminar lo seguiré haciendo, no importa la edad que tenga -afirmó con total convicción-. Seguro que a a los niños les gustaría, además que si vamos unas pocas millas más al norte, podrán conocer el mar, correr por la arena, construir castillos... ¡Serían unos días de ensueño!

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14/01/2016, 11:29
z/ Lord Dorset "Bruce Wilkinson"

Notas de juego

Disculpa Prue. Se me ha complicado la semana un montón. Estoy de viaje de trabajo y estoy llegando muerto al hotel a las tantas. Este viernes posteo. Me sabe fatal porque creía que, a pesar de estar de viaje, por las noches iba a estar tranquilo pero no está siendo así.

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14/01/2016, 11:53
Prue Lascelles

Notas de juego

No te preocupes, entiendo perfectamente. Además tampoco es que esté estancada sin poder hacer nada por esperarte. Como ya sé lo del donativo, pues en las escenas que lo he requerido, estoy roleando como que es un hecho, por lo que lo "pendiente" es la conversación entre nuestros pj's.

Como dije, tranquilo y a tu ritmo, he estado en la misma situación que tú muchas veces, así que te comprendo perfectamente. No te agobies.

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15/01/2016, 04:07
Louis Kindelanver

Los labios de Louis se entreabrieron sorprendidos por el ofrecimiento de ayuda de Prue. Le daba la impresión de que ella lo había dicho sin pensar, pero no pudo evitar imaginarla por un momento estudiando los libros de cuentas en el despacho de su mansión, esa habitación que él apenas pisaba pero que Daisy se empeñaba en mantener impoluta. Era completamente consciente de que algo así sería inapropiado y podría repercutir en el honor de la joven, pero no podía negar que la imagen en su mente era extrañamente agradable. 

La escuchó hablar de su tierra con tanta devoción y detalle que casi se sentía transportado a aquel lugar. Cerró los ojos mientras ella describía los prados y sus gentes y se dejó mecer por su voz. Su tono dulce lo apaciguaba y exaltaba al mismo tiempo, le daba ganas de dar lo mejor de sí y dejar atrás esa melancolía que ya parecía haberse pegado a su piel. 

Cuando los abrió volvió a contemplar con atención cada uno de los gestos de Prue, con una pequeña sonrisa en los labios. Y para cuando ella terminó, sentía ganas de coger un carro y viajar hasta ese lugar en aquel mismo momento. La sonrisa aumentó con cierta diversión con aquel pensamiento, pero no lo puso en voz alta. En lugar de eso asintió con la cabeza.

—Ciertamente lo disfrutarán. Suena como una excursión maravillosa y para los niños poder correr en libertad como no podrían hacerlo aquí en Londres, será sin duda liberador. 

Se rozó la mejilla con dos dedos antes de seguir hablando. —Cuando era pequeño mi familia veraneaba en Sussex y recuerdo todavía la sensación que nos embargaba a mi hermano y a mí. Esa... Libertad, sin ataduras, sin tener que vigilar para no ser atropellados por un carro por jugar al aire libre. El campo entero estaba a nuestra disposición, para cabalgar o sencillamente corretear o bañarnos con otros niños. Era estupendo y allí fue donde conocí a Edith, aunque en aquella época sólo me parecía una niña más a la que tirar de las trenzas. 

Sus labios dibujaron una pequeña mueca y no tardó en cambiar de tema. —Creo que es una muy buena idea. Y aunque sin duda a usted le dará trabajo extra tener que vigilarlos todo ese tiempo, seguramente le merecerá la pena. ¿Visita a sus padres a menudo? —preguntó, quedándose pensativo un instante antes de poner en palabras la reflexión que pasaba por su mente—. Su prima debe estarle verdaderamente agradecida por su sacrificio, ¿no es así? Usted dejó a sus padres, su hogar, toda su vida... Apenas era una niña. Admiro su valentía, señorita Lascelles.

Entonces acudieron a su memoria la oferta de la joven y sonrió, negando levemente con la cabeza. —Y su generosidad, puede estar segura. Nada me gustaría más que aceptar su oferta. Pero no me gustaría que su honor se viese en entredicho por ayudarme con las cuentas. No quiero ni pensar lo que podrían decir las lenguas venenosas si se supiera que acude a la casa de un hombre viudo sin la compañía adecuada. Y si la llevase a usted a la oficina de la empresa podría ser peor. Mis socios no tienen precisamente una mente abierta a las nuevas ideas, ni a la sangre joven, la mayoría de ellos eran amigos y contemporáneos de mi padre, se puede imaginar. —Arrugó un poco la nariz, en parte por pensar en la cerrazón de aquellos hombres y en parte por pensar en las responsabilidades que le exigían a él cuando los negocios le producían un tedio inimaginable.

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16/01/2016, 03:13
Prue Lascelles

Se mordió el labio imaginando cómo disfrutarían los niños de ese viaje y mientras más pensaba en ello, más se convencía. Los observó, tan felices corriendo de un lado a otro en el parque, disfrutando del lago. Si eran así de felices en ese lugar con mayor razón lo serían viviendo en el campo. Su imaginación no tardó en echarse a volar otra vez y, avivada por los recuerdos de infancia que Louis compartía con ella, una nueva idea cobró fuerza en su mente.

-Sarna con gusto no pica -replicó con la sonrisa dibujada en el rostro, nada parecía capaz de desanimarla, ni siquiera todo el trabajo que supondría cuidarlos-. Los chicos mayores me ayudan a cuidar a los más pequeños. Puede que no compartan lazos de sangre, pero entre ellos se ven como hermanos, son familia y se cuidan unos a otros como tal. Claro que cuando se confabulan para hacer alguna travesura, ¡que el Diablo nos pille confesados!, porque la tierra tiembla -bromeó. Mas su semblante pareció ensombrecerse ante la imposibilidad de que aceptara su ayuda.- ¡Lenguas mal intencionadas, siempre buscando la maldad y el pecado donde no lo hay! -exclamó exasperada, elevando la mirada al cielo, suplicante. Si Louis la imaginaba implorando paciencia no iba a estar equivocado.

La joven suspiró, pero ese suspiro estaba lejos de ser de resignación. Lo miró, había un brillo de determinación en su mirada. -Algo se me va a ocurrir y voy a poner un tapaboca a todas esas lenguas ponzoñosas. Ya verá, no les va a quedar de otra que beberse su propio veneno.

Bajó la mirada y cerró los ojos. Se llevó sus finos dedos a la frente y los deslizó por ella con suavidad. Demasiada negatividad, pero hablar de sus padres era el mejor modo de deshacerse de ella. Su mirada volvió a iluminarse.

-En cuanto a mis padres -esbozó una sonrisa-, no puedo visitarlos todo lo seguido que quisiera, por mí iría a verlos cada mes, pero hemos conseguido un punto de equilibrio. No vemos dos veces al año, generalmente yo viajo en verano y me quedo con ellos un mes completo, mientras que ellos vienen por un par de semanas durante los meses de otoño o invierto, según la disponibilidad de tiempo de mi padre y la salud de ambos lo permite. Eso sí, les escribo todas las semanas, así que hasta cierto punto igual es como si los tuviera conmigo; no podré besarlos ni abrazarlos, pero el cariño está ahí, en cada palabra, y cada vez que leo sus cartas puedo sentirlo. -Parpadeó, pensativa- No sé si Ginny o mi tía están agradecidas porque me viniera a Londres con ellas, pero sí sé que yo lo estoy. Quizás, de quedarme en el campo, hubiese terminado convertida en otra más de esas jóvenes que en lo único que piensan es en vestidos, fiestas y en conseguir un marido, incapaz de ver más allá de mi propia nariz y jurando que mi ombligo es el centro del mundo.

Se llevó las manos al rostro, sintiéndose al mismo tiempo avergonzada y divertida de sus propias palabras.

-¡Ay, lo hice otra vez! Yo y mi bocota, hablando sin pensar. Pero la culpa es suya -lo miró frunciendo el ceño, pero seguía sonando divertida-, por darme la confianza para hacerlo. Pero bueno -con un ademán de su mano hizo como que corría un velo-, usted dice que fui valiente y la verdad es que no considero que lo fuera. La decisión no fue mía, sino de ellos y estaba obligada a hacer lo que mis padres decían. ¡Qué bien recuerdo las lágrimas que la niñita de diez años derramó acongojada aquella primera noche lejos de sus padres! Lloraba bajo las sábanas, tratando de ahogar mis sollozos. Recuerdo a la niñera pidiéndome que ya no llorara porque despertaría a la señorita Virginia; y cómo seguí llorando con la misma amargura que antes, aunque más quedamente, hasta que mi tía, bella y elegante, subió las escaleras y me acunó en sus brazos hasta que me dormí. Y cómo siguió haciéndolo cada noche, y cada vez que me vio triste, hasta que por fin mis sollozos cesaron, porque entendí que el sacrificio había sido de todos, desde mis padres al dejarme marchar a mi tía, que se había esmerado con los planes y arreglos que hizo para recibirme en su casa y para  que pudiera disponer de un guardarropa acorde a mis nuevas circunstancias. Así que ya me dirá usted dónde está mi valentía en todo eso.

Se quedó mirándolo un instante en silencio, viéndose reflejada en los cristales de sus lentes, hasta que bajó la mirada dirigiéndola al regazo. Tenía las manos tomadas, superpuesta una a la otra y jugueteaba con los pulgares.

-¿Le molesta si pregunto por su familia?... -titubeó sin atreverse a mirarlo- Ese día en el jardín mencionó a su padre, pero me dio la sensación... no sé. ¿Usted no era muy cercano a él o me equivoco? -añadió con un hilo de voz, dándole fugacez miradas, pero sin ser capaz de sostener ninguna- Y ahora, cuando habló de su hermano... no sé, me ha parecido que hace mucho no se ven.  Disculpe si estoy preguntando cosas que no debería o escarbando en alguna vieja herida, no se sienta obligado a responderme para satisfacer mi curiosidad, comprendo perfectamente si me dice que no y le doy mi palabra que no volveré a insistir con el tema.

Tragó saliva, temerosa de haber provocado su enfado.

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16/01/2016, 23:41
Louis Kindelanver

Una risita se escapó de entre los labios de Louis cuando Prue alzó los ojos exasperada por el veneno de quienes dedicaban sus días a susurrar en oídos ajenos. Le resultó adorable con esa mirada decidida y no quiso apagar en absoluto ese fuego pues le agradaba sobremanera ver a la joven dispuesta a luchar por lo que creía justo. 

Escuchó después con atención todo lo que ella contaba sobre su familia, la de Londres y sus padres en Devonshire, y enarcó las cejas en un gesto de inocencia cuando ella lo culpó de decir lo que pensaba. Sin embargo, la sonrisa que curvaba sus labios no dejaba lugar a dudas de que disfrutaba de la confianza que ella le mostraba. No le costó imaginar a esa pequeña Prue, desconsolada en sus primeros días y su sonrisa se disolvió ante aquella imagen. Se planteó si esa fortaleza que veía en ella había nacido entonces, o si ya la tendría de antes. Y no pudo evitar una ligera molestia hacia las personas que la habían obligado a separarse de aquellos padres a los que era evidente que amaba. Veía valentía en lo que podía parecer resignación, pero no la contradijo pues no quería inmiscuirse en las decisiones de su familia.

Y en eso estaba pensando cuando llegó su pregunta. Contempló sus titubeos y sus dudas y vació lentamente sus pulmones antes de negar con la cabeza. Le daba cierta lástima apagar el ambiente hablando de aquellas cosas tristes y lejanas, pero de alguna manera también se lo debía después de haberla hecho hablar sin medida. 

No me molesta en absoluto —aseguró—. Reciprocidad, ¿recuerda? —añadió buscando esa mirada fugaz con complicidad—. Usted me ha hablado de su familia, yo puedo hacerlo también de la mía. Le dije aquel día que le mostraría mis sombras si era lo que deseaba usted y no voy a negárselo ahora. —Hizo una breve pausa. —Aunque ya le aviso que mis historias no son tan luminosas como las suyas y me disculpo de antemano si algo de lo que le cuente la incomoda o entristece.

Sus ojos se dirigieron hacia el lago entonces y se abstrajo por un instante en esa superficie cristalina que destellaba bajo el sol brillante. Era un día para la luz, no para sacar las sombras de paseo. ¿O tal vez sí? Podía sentir cómo retrocedían titubeantes en su pecho y, aunque su sonrisa se volvió algo triste, cuando habló de nuevo lo hizo con esa cadencia suave que Prue ya había escuchado antes.

—Cuando era pequeño admiraba a mi padre. Tanto mi hermano Gideon como yo lo hacíamos. Lo veíamos como suelen hacer todos los niños, como un gran hombre al que imitar. Alguien que estaba siempre allí para ser una roca en la que refugiarse. Era un hombre fuerte y de carácter, pero siempre justo. Gideon era su ojito derecho, y aunque en mi educación se había mostrado más rígido, a él se lo permitía todo. —Hizo un pequeño gesto con la mano. —En ocasiones aquello me hizo sentir algunos celos, pero no solía durar mucho. Al fin y al cabo, yo también adoraba a ese pequeño diablillo, ¿sabe? Gideon tenía un don para ganarse a la gente. Donde fuéramos, las mujeres le regalaban pastelitos y los hombres le permitían montar en sus caballos. Y él adoraba a esos nobles animales. Recuerdo que en aquella época Gideon siempre andaba con otros dos chiquillos de su edad, Lord Bruce Dorset y el que sería después mi cuñado, Lord Preston Parlow. 

Para esas alturas, Louis estaba ya abstraído en el relato de sus recuerdos, aunque de tanto en cuando dedicaba miradas a Prue para asegurarse de que la joven no se aburría con la historia.

—Ambos aprendimos a montar juntos, también tomamos algunas lecciones de tiro con arco, de piano... Sin embargo, mientras que a mí me atraía la música, era cabalgar lo que volvía loco a mi hermano. Siempre que podía salía con Bruce. Se echaban al monte y no volvían hasta muchas horas después... —Llegado ese punto Louis hizo una ligera mueca frunciendo los labios. —Hasta que una tarde fue Bruce solo el que regresó. Estaban en plena cabalgata cuando el caballo de Gideon sufrió un accidente y... Bueno, para cuando conseguimos llegar ya era demasiado tarde. 

Hizo en aquel momento una pausa. Eran cicatrices antiguas y ya cerradas, pero todavía podía recordar con nitidez aquella imagen. La sangre, la lividez del rostro de su hermano, la expresión desencajada de aquel chiquillo que había sido su amigo... Y sobre todo, por encima de todo aquello, los gritos desgarradores de su madre. Abrió la boca para continuar, pero volvió a cerrarla tomando aire y dándose un instante. Sus ojos buscaron los de Prue bebiendo de la serenidad de los dos lagos azules que contenían y decidió que no era necesario poner aquellos detalles en palabras.

—Yo tenía dieciséis años —continuó entonces—. Y puedo decirle que ese día marcó un punto de inflexión en mi vida. Ninguno de mis padres fue capaz de superarlo. Mi madre enfermó el siguiente invierno y ninguno de los doctores que la visitó fue capaz de encontrarle un remedio suficiente para su mal. Dijeron que era tuberculosis. —Frunció el ceño. —Yo sé que se dejo morir de pena. Nunca fue una mujer muy fuerte. Era dulce y cariñosa, pero frágil de constitución y de carácter.

La mirada de Louis buscó el suelo y con la punta del zapato movió una pequeña piedra terrosa. —Cuando ella nos dejó mi padre cambió. Donde había sido un hombre severo pero justo quedó una sombra de sí mismo. Comenzó a beber en exceso...

Y al decir aquello una punzada de culpabilidad taladró su pecho al recordarle una vez más que él mismo estaba repitiendo exactamente esos errores en los que había jurado no caer. La presencia de la petaca en el bolsillo interior de su abrigo se hizo presente y le pareció que había duplicado su peso, por lo menos. Apretó los labios en una fina línea y sus siguientes palabras salieron con más dureza.

—Comenzó a beber y se perdió a sí mismo. La severidad se volvió rabia y la justicia, castigo. Reconozco que yo tampoco era un joven dócil por aquellas épocas. Estaba embargado de dolor y confusión, todo mi mundo se había sacudido. Sin embargo, juraría que él agradecía mis salidas de tono, pues así podía justificarse los castigos que me infligía. —Negó con la cabeza. —Tengo estos recuerdos grabados fuera de mi mente también. —No especificó más claramente a qué se refería y siguió.

—La admiración que por él sentía se volvió un odio espeso y profundo. Él me culpaba por no haber estado con Gideon aquella tarde. Yo lo despreciaba por pagar su dolor conmigo. La brecha que se abrió entre nosotros me mantenía lejos de la casa durante todo el tiempo que podía. Y si no hubiera sido por la tutela de Lord Kelvin, no sería el hombre que soy ahora. —Se encogió de hombros. —No es que sea la gran cosa, entiéndame. Pero al menos puedo decir que no soy un pendenciero. 

—Por suerte aquello sólo duró unos pocos años, suficiente para herirme, pero no para que fuese irreparable. Y cuando murió entre terribles dolores, le puedo asegurar que no lloré al hombre que se iba, aunque sí al que se había marchado con Gideon. Creo que se llevó un trozo de todos nosotros con él. 

Tomó aire de nuevo y levantó la mirada, buscando de nuevo a la joven a su lado. —No sé qué habría sido de mí si no hubiese llegado Edith, con su fuerza y su frescura. Ella restañó mis heridas y las convirtió en las cicatrices que son ahora. Me prestó su fuerza y volví a vivir a su lado.

Una pequeña sonrisa triste apareció entonces, mientras su mirada se ensombrecía tras las lentes. —Pero, por desgracia, no me enseñó cómo hacerlo sin ella. No sé siquiera si es posible o si mi corazón está ya inerte. Vacío y reseco, como una corteza sangrante de la que se ha derramado lentamente todo su contenido. 

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17/01/2016, 15:39
z/ Lord Dorset "Bruce Wilkinson"

Habían pasado 12 días de la cena en la mansión Blackwood. Ruborizado aún por los acontecimientos, ese miércoles iba a volver a encontrarme con la señorita Prue Lascelles. Aunque ya le había ofrecido mis disculpas a través de una misiva, me sentía en la obligación de volver a ofrecérselas en persona. Un mal de amores acompañado de un bochornoso espectáculo la eclipsó en un acontecimiento en el que ella debía haber sido la protagonista. Pero no quería que aquel hecho volviera a eclipsar el verdadero motivo de aquella visita. Lo poco que pude escuchar a la señorita Lascelles sobre sus tareas en el orfanato me dejó verdaderamente comprometido con la causa. Qué menos que hacer un donativo para contribuir a una buena educación y a un próspero crecimiento de los niños. Y ese era el verdadero motivo de mi visita. Quería entregarle el donativo que le había ofrecido por correspondencia y quería conocer el lugar, los niños y los proyectos para poder seguir colaborando.

Me monté en mi carruaje y le indiqué al cochero que me llevase al Hospital Founding, donde me esperaba la señorita Prue. Era una soleada mañana de primavera y el viaje fue agradable, ya que mis pensamientos también lo eran gracias a la buena acción que estaba a punto de realizar.

El carruaje paró y el cochero se giró para mirarme, lo que indicaba que ya habíamos llegado. Bajé del carruaje y observé el edificio. Era una modesta pero entrañable vivienda. Desgastada pero se veía segura. Pensé que no estaría de más una pequeña remodelación del edificio o simplemente una restauración. O quizá un traslado a otro lugar, a un barrio menos marginal y peligroso donde los niños tuvieran más espacio e incluso un jardín para correr.

Me dirigí a la puerta y la golpee con la aldaba. Esperé a que alguien me abriera.

Notas de juego

Por fin he podido escribir. Lo siento!!!

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19/01/2016, 07:21
Prue Lascelles

El silencio que se produjo tras su pregunta la hizo contener la respiración. En un intento de distracción, centró la mirada en los niños para así dejar de pensar en qué iba a hacer o decir si él se molestaba. Los tañidos de las campanas de la ciudad pronto anunciarían la hora de la merienda y los chiquillos correrían hacia ellos en busca de sus raciones, pero mientras eso no sucediera iba a seguir sintiendo deseos de desaparecer, de hacerse tan insignificante que nadie reparara en su presencia o de ser tragada por la tierra.

Cuando llegó su respuesta, agachó la cabeza, cerró los ojos y liberó lentamente el aire contenido, siendo consciente de cómo su corazón, otrora acelerado, volvía a latir con normalidad. Esbozó una sonrisa aliviada. Al girar la cabeza para mirarlo, él observaba hacia el lago. Ya le había advertido que sus historias eran quizás sombrías en comparación con las suyas, y en cierto modo aquella advertencia o confesión no la sorprendió. El día que se conocieron el brillo melancólico de su mirada fue lo primero que se grabó en su mente. Un brillo así sólo podía ser producto de una vida de pesares y grandes pérdidas. 

Lo escuchó en respetuoso silencio, en ese instante sus palabras sobraban, la expresividad de sus ojos y rostro lo decían todo. Esbozó una sonrisa al oírle hablar de Gideon, imaginando lo entrañable que debió haber sido ese chico, y la mención de Lord Dorset causó el asombro de la joven que tuvo que hacer un gran esfuerzo para que su mente no se fuera por otros derroteros y permaneciera atenta a la conversación. "¡Qué grande es el mundo a la luz de las lámparas y qué pequeño a los ojos de Dios!". Cuan apropiadas resultaban las palabras de su padre en ese momento.

Ambos parecían absortos, él en su historia y ella escuchándolo sin perder detalle de la misma. ¡En tan sólo un año había perdido a su madre y hermano! Cerró los ojos por un instante, sintiendo que un peso enorme le oprimía el pecho al imaginar el inmenso dolor con el que tuvo que lidiar siendo apenas un año más joven de lo que ella ahora era, pero cuando habló del padre y cómo había dejado que la tristeza lo consumiera, transformando ese dolor en una ira cruel que descargaba sobre él, sintió que el corazón se le encogía y tuvo que luchar para que la congoja contenida en su garganta no estallara en forma de sollozo. El dolor y desilusión, disfrazados ambos de rencor, resultaban palpables para la joven en cada una de las palabras que siguieron, y la mención de los recuerdos que tenía grabados fuera de la mente hizo que llevara una mano al pecho, ahogando la exclamación de angustia y dolor que escapaba de su garganta, al tiempo que posaba la otra sobre el antebrazo de él, que descansaba en el apoyabrazos de la silla que ocupaba, presionando ligeramente. 

El suyo fue un gesto espontáneo, que no tenía más intención que reconfortarlo y transmitirle calma. Un decir "ya pasó, deje eso atrás. No permita que las nubes del pasado opaquen la luz de su futuro". Fue un gesto inconsciente que no se detuvo a cuestionar. Reaccionó como lo haría con los niños, la única diferencia es que no hubo abrazos ni arrumacos de por medio. No obstante, cuando se percató del lugar en que descansaba su mano, apartó ésta suavemente, volviendo a apoyarla sobre el regazo y retomando el juego con los pulgares, procurando contener la sensación de nerviosismo que comenzó a embargarla al darse cuenta de lo censurable de su actuar.

-Comprendo ahora por qué Lord Kelvin fue su modelo a seguir -repuso cuando él terminó de hablar-. Creo que no hay mayor halago, ni razón por la que sentirse más orgulloso, que el saber que lo que hemos hecho en nuestra vida es considerado un ejemplo a seguir por las generaciones venideras -hizo una pausa y lo observó un instante en silencio antes de proseguir-... No le diré nada respecto a la persona que hoy en día es, ni voy a refutar ni mostrarme de acuerdo con que afirme no ser la gran cosa, porque esa es la opinión que, para bien o para mal, tiene usted de sí mismo; del mismo modo, usted no podría decirme nada si le confieso que me siento poca cosa e insignificante, porque la percepción que tengo de mí misma es tan subjetiva como la que usted tiene de sí, y no necesariamente esas opiniones van a coincidir con las de las personas que nos rodean. Porque la percepción que esas personas tienen de nosotros no guarda relación con los afectos que puedan profesarnos y gozan de la objetividad que nosotros no hemos sido capaces de darles al valorarnos.

Lo que sí le diré, es que Edith fue su norte, la persona que dio sentido a su vida y le enseñó que había más en ella que las desdichas vividas. Siente que su partida lo dejó a merced de los caprichos del viento. Dice que no es capaz de vivir sin ella, pero lo está haciendo, ha vivido sin ella tres años. Le ha costado, sí, pero eso no es lo realmente difícil, lo difícil es que aprenda a ser feliz sin ella. Y rezo, ¡rezo! porque conozca a una mujer que sea capaz de volver a encender esa flama en su corazón. Y no me diga que no es posible porque ya está vacío y marchito, porque no es así. Si fuera como usted dice no sería capaz de transmitir lo que sus palabras, sus recuerdos transmiten. Sería incapaz de expresar el dolor ni la pena que le produjo perder a las personas que quería o alguna vez quiso; no podría hablar con la emoción contenida que lo hace cada vez que la recuerda o incluso sería incapaz de albergar cualquier sentimiento de gratitud, rabia o afecto, y sin embargo lo hace.

No intente convencerse de que perdió la capacidad de amar y ser amado, porque está muy equivocado. Y podrá comprobarlo cuando ese amor llegue, cuando se encienda nuevamente esa flama y, con cada día que pase, su fuego arda con más fuerza que el anterior; descubrirá que posee nuevas cicatrices porque han vuelto a restañar sus heridas y se ha reencontrado con el deseo de vivir.

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19/01/2016, 18:44
Prue Lascelles

Georgiana Adams, la Directora del orfanato, fue quien abrió la puerta. Además de la cordial sonrisa de la mujer, lo primero que Lord Dorset pudo ver fue a Prue que, entre risas, perseguía a uno de los niños, un pequeño de no más de tres años de cabello rojizo y rostro pecoso. La joven acababa de atraparlo y le hacía cosquillas.

-¿Prue? -la voz de la mujer, acompañada de un "discreto" carraspeo, hizo que la joven alzara la cabeza, percatándose recién entonces de que la puerta estaba abierta y que Lord Dorset se encontraba bajo el umbral de ésta.

-¡Oh, ya llegó! -exclamó observando del mismo modo que lo hace un niño al ser descubierto en una travesura.- Disculpe... Disculpen -se corrigió-, no oí cuando llamaron a la puerta -añadió en un vano intento de disculpa y haciendo una, a esas alturas, torpe y nerviosa reverencia. 

Miss Adams a esas alturas ya lo había invitado a pasar y observaba a Prue con una extraña mezcla de diversión y curiosidad, pese a los ya dos años de conocerla, todavía seguía preguntándose cómo era posible que la joven que ahora veía jugando como un niño más, fuese la misma que después imponía el orden en el salón de clases.

El pequeño Benedict se había abrazado a la pierna de la joven y ella le pasaba los dedos por el cabello al tiempo que, casi susurrando, le pedía que se reuniera con los otros niños que jugaban en la planta superior.

-Milord -dijo la mujer, recibiendo su sombrero y abrigo-, dejaré que sea la señorita Lascelles quien lo atienda, puesto que es gracias a ella que hoy contamos con el honor de su visita. Por favor, pasen al salón, les llevaré un poco de té y galletas.

Prue se alisó los pliegues del vestido y lo guió hasta la sala.

La habitación resultó ser un cuarto pequeño y acogedor. Poseía un par de viejos sitiales, con el tapiz algo gastado por el uso pero que no habían perdido comodidad.

-¿Le costó mucho llegar? -preguntó por preguntar, intentando hacer conversación.

Notas de juego

Ya iba siendo hora de poner rostro a Miss Adams ^^

Perdón por la edición, pero es que había escrito mal el nombre de Miss Adams, puse Georgina en lugar de Georgiana. 

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20/01/2016, 04:06
Louis Kindelanver

El tacto de la mano de Prue sobre su brazo se le antojó amable y cercano, como si la joven le hubiera tendido un ancla con la realidad. Un cabo con el que sostenerse para no perderse en los recuerdos. Una pequeña lucecita iluminando el camino para salir de las tinieblas. Y cuando ella apartó su mano, la de Louis se movió un poco, inconscientemente, casi como si quisiera seguir la estela que había dejado la de ella, o tal vez atraparla para que no se marchase tan pronto. Sin embargo, el movimiento murió enseguida, antes de que llegase a definirse.

Frunció el ceño cuando ella se describió como insignificante, pero no llegó a decir nada al respecto. Todavía estaba intentando reordenar sus emociones, apartar las sombras como se había propuesto al levantarse aquel día. Dejarlas fuera de esa mañana. Ya habría tiempo para regodearse en ellas más tarde si era necesario.

Tal vez movido por esa idea levantó las lentes ahumadas, dejándolas reposar en su frente unos instantes mientras la joven seguía hablando. Quería verla en todo su esplendor y no matizada por los cristales oscuros. Pestañeó ante el exceso de luz y tuvo que entrecerrar un poco los ojos, pero no las colocó en su lugar todavía. Sus palabras eran atrayentes y de alguna forma su voz parecía capaz de calmar algo en su interior. Cuanto más la escuchaba más parecía titilar la pequeña llama de su pecho y menos fuerza tenían los tentáculos tumultuosos que se extendían alrededor de su corazón.

Se planteó que sería bonito creer que era posible, dejarse llevar por esa esperanza que brillaba en su mirada. No creía que la paz pudiera durar demasiado, nunca lo había hecho. Pero mientras lo hiciera su ánimo se apaciguaría. Si esa sensación de calma que Prue aportaba con su sola presencia durase, tal vez hasta podría llegar a conciliar el sueño sin necesidad del alcohol. Su mente voló entonces más allá de lo socialmente apropiado y se imaginó cómo sería apoyar la cabeza en su regazo y que ella la acariciase enredando los dedos en sus cabellos...

Parpadeó entonces, sintiéndose azorado de repente, como si ella pudiera leer sus pensamientos. Se colocó de nuevo las lentes mientras se reprendía a sí mismo por aquellos pensamientos. No por lealtad a Edith, pues si de algo no le cabía duda a Louis era de que su difunta esposa no habría aprobado en absoluto el encierro en que se había sumido los últimos años, sino más bien por el temor de incomodar a Prue si la jovencita llegaba a percibir en su expresión lo que estaba pensando. Apartó la mirada de ella renuentemente para llevarla hacia el lago y carraspeó suavemente. 

—Ojalá tenga razón —dijo, y su tono sonó a confesión—. Desde hace un tiempo me siento como si incluso su fantasma me hubiera abandonado. —Hizo una pausa y su voz se volvió cadenciosa, como si estuviese a punto de contar una historia. —Una vez un gorrión cayó en nuestro jardín. Se había roto el ala y estaba desfallecido, así que Edith lo recogió. Yo estaba seguro de que no sobreviviría, pero ella no perdió la fe. Estuvo cuidándolo durante semanas, cazando gusanos en la tierra para dárselos en la boca. Hasta que el pajarito se recuperó, se puso fuerte de nuevo y finalmente, cuando los huesos de su ala soldaron, Edith creyó que podría volver a volar.

Hizo otra pausa y se llevó dos dedos a la mejilla, exactamente en el punto donde había sentido esa brisa hacía unos días. 

—Nunca olvidaré la imagen de Edith en la ventana, con el pajarillo entre las manos. El pequeño animal gorjeaba, parecía como si comprendiese lo que iba a suceder y tuviera miedo de quedarse solo. Ella pasó un buen rato susurrándole palabras de ánimo y después alzó los brazos y lo soltó en el aire, dejándolo volar libre. ¿Y sabe qué? —preguntó, alzando las cejas y buscando la mirada de Prue—. El gorrión voló. —Hizo un pequeño gesto con la mano, como aleteando en el aire. —Voló y se marchó. Cualquiera pensaría que a Edith le daría pena separarse de él después de cuidarlo tanto tiempo, pero no fue así. Ella me miró sonriente y los ojos le brillaban. Me miró y me dijo "Ya no me necesitaba"

Louis se dio cuenta entonces de que estaba hablando de Edith como no lo había hecho con nadie desde hacía tres años: sin dolor. La melancolía estaba ahí, latiendo pulsante en su pecho, pero en aquel momento podía percibir el brillo de aquel recuerdo sin que estuviera opacado por la tristeza. Y se detuvo un instante, sintiéndose confuso. Perdido. ¿Qué extraña luz portaba esa joven que parecía capaz de suavizar incluso sus peores sombras sin que él se diera cuenta? Cuando siguió hablando de nuevo lo hizo algo más inseguro.

—Creo que Edith me ha lanzado por la ventana —explicó, retomando el hilo que había perdido por un momento—. ¿Me explico? Creo que, como aquel pajarito, considera que ya ha hecho por mí todo lo necesario y que ahora desea que vuele solo... Y lo estoy intentando, vaya si lo estoy intentando. —Agachó un poco los hombros y tamborileó con los dedos en el reposabrazos de madera. —Pero en ocasiones es verdaderamente difícil. Y sin embargo, aquí con usted...

Dejó las palabras en el aire y ladeó un poco la cabeza, contemplando el rostro de Prue y deteniéndose en su mirada.

¿Puedo pedirle algo, señorita Lascelles? —Hizo una pausa y esbozó una sonrisa tenue antes de continuar con su petición. —¿Me permitiría llamarla Prudence? —Y no dejó tiempo a que la joven respondiese antes de apresurarse a explicarse. —Sé que apenas nos conocemos y que probablemente le parecerá del todo inapropiado pero... De alguna manera siento una extraña confianza que me permite hablar con usted de cualquier cosa. 

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20/01/2016, 23:05
z/ Lord Dorset "Bruce Wilkinson"

Apenas tuve que esperar en la calle. Una agradable señora me abrió la puerta a la vez que buscó con su mirada a la señorita Lascelles, que perseguía a un niño con aspecto de pillo. Una entrañable escena que me hizo sonreír y me acogió en aquella vivienda humilde pero rica en ilusiones y buenas intenciones.

-Gracias señora.- Asentí con la cabeza al ofrecimiento de té y galletas de la señora que me abrió la puerta.- Si gustara, puede estar presente en la charla que vamos a mantener la señorita Lascelles.- Fue un ofrecimiento puramente de cordialidad, puesto que me apetecía mantener la reunión a solas con Prue. A la señora Adams se la veía más estricta y seguro que su presencia cohibiría a Prue.

Cuando la joven pudo deshacerse del niño que abrazaba su pierna, pudimos dirigirnos hacia el salón. Tomé asiento en uno de los viejos sitiales situados en aquella pequeña habitación. Miré a Prue. Estaba entre contenta y nerviosa. –¡Oh! Para nada me ha costado llegar. Solo he tenido que subir al carruaje y mi cochero es un buen conocedor de todas las calles y lugares de Londres. Además, hoy las calles estaban tranquilas.- Respondí a su pregunta que sirvió para comenzar la conversación.- La verdad, señorita Prue, que solo entrar en esta casa ya he notado el buen hacer, el compromiso y el cariño de las personas que  estáis al frente. Lástima la carencia en recursos y el lugar en el que está situado. Whitechapel no es el barrio más idóneo para un proyecto como este.-

Notas de juego

Que agradable Miss Adams ^^ La verdad es que en esta partida hay personajes secundarios con más trasfondo que en muchas de otras partidas.

Reedita todo lo que quieras! No me importa, el mail de reedición se camufla entre los 800.000 mensajes del off-topic XD
 

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22/01/2016, 04:25
Prue Lascelles

Tuvo la sensación de que algo lo había incomodado y ladeó la cabeza observándolo con curiosidad, preguntándose si algo de lo que ella dijo había sido la causa. Esbozó una sonrisa ante esa idea, porque si resultaba ser cierto la razón sólo podía ser una y eso implicaba que Dios había escuchado sus ruegos y volvía a abrazarlo con los rayos del sol.

La esperanza triunfaba y se alegró por Louis, pero al mismo tiempo se sorprendía de cuánto podía llegar a importarle el bienestar de una persona a la que, racionalmente hablando, apenas y conocía, pero que al mismo tiempo sentía que conocía hace tanto. Tal vez, después de todo, los libros que hablaban de la reencarnación estaban en lo cierto. ¿De qué otro modo podía explicar lo que le sucedía con él? 

Apartó la mirada, lo había estado observando insistentemente y no era su intención volver a incomodarlo, por lo que centró su atención en la historia del gorrión, escuchándolo con la expectación de un niño, en especial porque era capaz de imaginar el cuadro con tanta claridad que casi podía sentirse protagonista de éste, pues estaba convencida que de haber estado en el lugar de Edith habría hecho lo mismo... Y pensó en lo mucho que le habría gustado conocerla.

Cuando Louis mencionó que su esposa lo había lanzado por la ventana, echándolo a volar igual que al gorrión, entreabrió los labios para responder, pero no tuvo tiempo de hacerlo, en especial porque las palabras que siguieron la hicieron enmudecer.

Parpadeó repetidas veces, sorprendida por su repentina e inesperada petición, durante algunos segundos boqueó igual que los peces, hasta que finalmente dio una bocanada y juntó los labios. Se quedó observándolo fijamente, mirando su propio reflejo en los cristales de sus lentes. Una sonrisa pugnaba por abrirse paso y dibujarse perenne en su rostro. Todavía daba la impresión de estar confundida. De hecho lo estaba. No tenía ni la menor idea de lo que sentía en ese momento, y aunque lo supiera difícilmente consiguiera expresarlo en palabras. Era como si la elevaran al cielo y la dejaran caer, deteniéndola justo antes de tocar el suelo para volverla a elevar y soltarla otra vez. Pero se sentía bien, demasiado bien.

Una risita tímida escapó por fin de sus labios y en un acto reflejo se cubrió la boca con la punta de los dedos. Las yemas de sus dedos medio e índice se deslizaron suavemente por sus labios en una caricia inconsciente. Bajó la mano y sujetó el delicado crucifijo que pendía de su cuello, su expresión era extrañamente seria.

-No -respondió tajante-, porque Prudence me llaman sólo cuando están enfadados conmigo, ¿y usted no está enfadado conmigo o sí? -intentaba no sonreír, pero al hacerlo daba la impresión que en cualquier momento se le haría un par de hoyuelos en las mejillas-... Puede llamarme Prue -ahora sí sonrió- y así el día que me diga Prudence, sabré que está enfadado conmigo -se encogió de hombros- y posiblemente lo haga enfadar más -volvió a bajarlos y arrugó un poco la nariz-, porque querré saber el por qué. 

Se humedeció el labio inferior al tiempo que tamborileaba con los dedos de la mano derecha en el apoyabrazos. 

-Y yoo... bueeno, ya sabe... por esto de la reciprocidaad -lo miró titubeante, encima arrastraba y alargaba las palabras sin necesidad- ¿Puedo llamarlo... Louis? -y ya se apresuró a hablar antes de que él respondiera- Es que a mí me pasa lo mismo, quiero decir, en mi cabeza sé que apenas y nos hemos visto dos veces, o sea -se corrigió, las palabras empezaron a salir de su boca con mayor velocidad, como si al hablar estuviera liberando algo que mantuvo reprimido-, me refiero a que hemos hablado en dos ocasiones, pero hemos hablado tanto que no parece que fuera tan poco y me da la impresión de que lo conozco desde mucho antes -comenzó a gesticular con las manos-. Imagínese que ni mi mejor amiga, bueno en realidad tengo dos grandes amigas, Becky y ella, pero ese no es el punto. Lo que estoy tratando de decir es que ella tardó por lo menos un mes, si no más, en conseguir que yo saliera de mi ostra e hilara más de tres frases seguidas. La pobre tuvo que armarse de paciencia y tirarme de la lengua cada vez que coincidíamos... en cambio con usted -meneó la cabeza y sonrió divertida de sí misma-. ¡Míreme! Hablo hasta por los codos, incluso de asuntos con los que nadie más, o al menos no con la libertad que siento puedo hacerlo con usted. No sé por qué pasa ésto, es raro, y a ratos me confunde y me asusta...

Sus palabras se vieron interrumpidas por el tañir de las campanas anunciando el inicio de una nueva hora.

-¡Dios, ya es hora de merendar! -exclamó poniéndose de pie, los niños se habían alejado bastante, pero no la perdieron de vista ni ella tampoco lo hizo. Podía ver que ya venían hacia ellos, algunos corriendo, otros caminando. Prue tomó la cesta y la dejó sobre la silla-. ¿Le molestaría sentarse con nosotros sobre el césped? -sacó de la cesta un trozo de tela rectangular, casi del tamaño de una sábana de cama pequeña... ¿¡Era una sábana!? Sí, lo era-. No se va a ensuciar ¿ve? -le mostró la sábana y la sacudió para extenderla sobre el pasto.

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23/01/2016, 01:21
Louis Kindelanver

Al ver el desconcierto de la joven ante su petición, en un primer momento Louis se arrepintió de inmediato por haberse apresurado tanto. Alzó un poco la mano, buscando en su mente las palabras adecuadas para disculparse por aquello, pero terminó volviendo a bajarla sin estar seguro de qué podría decir para no empeorar la cosa.

La contempló mientras ella lo miraba fijamente y temió que cuando reaccionase sería para pedirle que se marchase y no volviese a importunarla. Y por algún motivo que no se sentía capaz de explicar en palabras, esa idea lo incomodaba sobremanera. Su estómago se revolvió y sintió que sus manos se enfriaban a pesar de lo cálido del día. Y cuando ya estaba abriendo la boca para decir cualquier cosa, tal vez para fingir que nunca había hecho esa petición fuera de lugar... Escuchó su risita y se fijó más en ella, confundido. 

Su mirada siguió de forma inconsciente la caricia de sus dedos sobre sus labios y un leve escalofrío recorrió la línea de sus hombros perdiéndose en su nuca y dejando un cosquilleo tras él. Volvió entonces a sus ojos y una sonrisa nerviosa tembló en sus labios. —¿Qué tienes, niña, para que cada mínimo gesto tuyo me parezca un mundo entero? —se preguntó fascinado por aquel misterio y todavía sintiéndose incierto sobre la reacción de Prue.

La negativa hizo que Louis contuviese la respiración y empezase a entreabrir los labios para enunciar una disculpa que las siguientes palabras de ella ahogaron antes de que se formase. Y su sonrisa nerviosa se afianzó al escuchar la verdadera respuesta, incluso se permitió una breve risa que iluminó su rostro y con la que liberó la tensión que había acumulado en esos escasos instantes. —Por Dios bendito, parezco un chiquillo absurdo —pensó, burlándose de sí mismo mientras recolocaba su postura al darse cuenta de que Prue continuaba hablando.

En cuanto escuchó que ella pronunciaba la palabra reciprocidad alargando las palabras de esa forma titubeante, intuyó lo que iba a pedirle y asintió con la cabeza, sin llegar a decir nada en voz alta pero enterneciéndose al contemplar a Prue dando sus explicaciones como había hecho él un momento antes.

Pasado aquel momento de incertidumbre y dudas se sentía cómodo de nuevo, escuchando esa voz que parecía calmar algo en él. Saber que esa extraña conexión que sentía era recíproca provocaba que la llamita de su pecho aumentase y el cosquilleo de su nuca se extendiese por su espalda con un avanzar lento y dulce.

Las campanadas interrumpieron en un momento en que toda la atención de Louis estaba puesta en las palabras de Prue, y el hombre la escuchaba expectante con su mirada prendida de la de la joven. Su rostro estaba levemente ladeado y sus pupilas se habían dilatado levemente tras las lentes ahumadas. Dio un pequeño respingo y su mirada buscó ese sonido sin encontrar más que árboles a la vista. Se puso en pie un segundo después de ella.

—Puede dar por seguro que no me molesta... —dijo, avanzando hacia el otro extremo de la sábana para estirar bien sus puntas. Y entonces la buscó con la mirada y añadió algo más en un suave susurro, curvando los labios en una sonrisa y pronunciando con delicadeza—... Prue.

Tomó la cesta que había traído y la puso también cerca de ella para que la sumase en el reparto. Finalmente dio una palmada y se puso a sus órdenes con una naturalidad en la que no iba a detenerse a pensar en ese momento, pero que bien le intrigaría cuando se quedase a solas. —¿Cómo puedo ayudar? ¿Hay que extender más sábanas? 

Dejó que los niños que llegaban lo mirasen hasta saciar su curiosidad infantil y cuando le pareció que ya estaban todos allí, hizo una inclinación de cabeza hacia ellos a modo de saludo. No estaba seguro de qué querría la joven decir para explicar su presencia allí, así que dejó que Prue decidiese cómo quería presentarlo. Sin embargo, no pudo resistirse a decirles algo, con cierta complicidad. 

Los pastelitos de Daisy son deliciosos. De esos capaces de obligarlo literalmente a uno a colarse en la despensa para robar uno aunque no sea la hora de la merienda. No los he mirado antes de venir, pero espero que haya de limón —añadió, elevando las cejas y sabiendo de sobra que si conocía a Daisy serían la mitad de limón y la mitad de frambuesa—. Son los que mejor le salen. 

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24/01/2016, 04:28
Prue Lascelles

Sus palabras la hicieron sonreír.

-Es para lo que trabajamos a diario, milord, para que este lugar sea un hogar para ellos y no una prisión en la que estén purgando una pena. Whitechapel es uno de los peores barrios de Londres, es cierto, y por lo mismo es donde más nos necesitan porque aquí es donde viene a parar todo lo que la ciudad desecha, aunque suene cruel decirlo de ese modo. Estos niños el único "crimen" que han cometido es nacer; muchos de ellos han sido abandonados por sus familias nada más nacer, dejados entre la basura para que mueran de frío y hambre, o ser devorados por los perros.

La voz de la joven pareció quebrarse, cualquiera diría que tras dos años lidiando con esas historias ya no deberían afectarle, pero seguían haciéndolo igual que el primer día. Respiró profundo y volvió a serenarse.

-Su inquietud o reparos respecto al barrio es un sentimiento que compartimos y por eso Miss Adams está en conversaciones para adquirir una nueva propiedad, más grande y mucho mejor ubicada. La nueva casa nos va a permitir recibir duplicar sino es que triplicar la cantidad de niños que recibimos. Actualmente contamos con veintiún menores entre los dos y trece años, un número ínfimo teniendo en cuenta todos los que aún viven en las calles. Tenemos grandes proyectos, milord, pero no es mi intención aburrirlo con los detalles...

Y era verdad, no deseaba hacerlo, pero si él deseaba oírlos ella se mostraría feliz de compartirlos con él.

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24/01/2016, 11:40
Prue Lascelles

Prue... oír que la llamaba por su nombre la hizo sonreír, aunque fue bastante discreta al hacerlo.

-Sólo traje una para usarla como mantel... me temo que estropeé el que traíamos y tuve que improvisar -dijo algo avergonzada-. Por lo visto ser mujer no garantiza el hacer bien todas las labores que se supone implica llevar una casa -hizo una mueca-, pero confío en que puedo compensar la falta de habilidad con la colada con otras cualidades.

Tomó una de las cestas y le pidió que la dejase en el extremo en el que se encontraba, mientras que ella hizo lo propio con la otra. Prue se arrodilló justo en el medio y comenzó a distribuir a lo largo del improvisado mantel las cosas de cada una, extendiendo cuidadosamente los paños de lino que las envolvían. Aún no terminaba cuando los niños ya habían llegado. Ninguno parecía atreverse a decir nada y podía notar las miradas inquisidoras que se posaban sobre ambos, en especial la de los mayores. Louis continuaba de pie y giró la cabeza en su dirección, observándolo hacia arriba, sonriendo por el comentario que acaba de hacer sobre los pastelitos.

-Bueno niños, ya habrá tiempo de probar esas delicias -dijo poniéndose de pie y alisándose un poco la falda-, pero antes permitan que les presente al señor Louis Kindelanver, él es... un buen amigo de mi familia -lo miró sonriendo de medio lado. Prefirió decir que era amigo de la familia en lugar de decir que lo era suyo. Era una mentira a medias, su familia lo conocía y tarde o temprano sus respectivas tías se iban a enterar que estaban en contacto, pero no por ello se sintió menos culpable por decirlo. Como sea, prefirió eso a someterse al interrogatorio de los niños que podían llegar a ser bastante intimidantes si los comparaba con su tía.

Los niños saludaron sin ocultar su impaciencia por empezar a comer y Prue, asintiendo con la cabeza, les dio permiso de empezar.

-Creo que mejor nos hacemos con uno de los pastelitos de Daisy ahora o nos vamos a quedar mirando -susurró acercándose un poco a Louis, apenas lo suficiente para que pudiera oírla-, porque se han ido de cabeza a su cesta. ¿Hablaba en serio cuando dijo que los de limón son los que mejor le quedan o lo dijo sólo para congraciarse con ellos? -preguntó con expresión divertida.

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25/01/2016, 23:43
Louis Kindelanver

Louis inclinó la cabeza de nuevo al ser nombrado. —Es un placer conocerlos a todos —dijo, en general, soportando las miradas interrogativas de los niños. Un amigo de la familia parecía una buena explicación. Era en cierta forma cercano a la realidad, si se consideraba a Annabelle un nexo lo suficientemente fuerte.

Sin embargo, se sintió aliviado cuando todos esos pares de ojos se apartaron de él para prestar su atención a la merienda y al escuchar a Prue le respondió en otro susurro.

—Completamente en serio aseguró con ojos serios y una pequeña sonrisa contenida queriendo curvar la comisura de sus labios. Daisy cocina como los ángeles, pero esos pastelitos son sin duda su especialidad. —Levantó la mano derecha y se miró el dorso. Mis nudillos bien pueden atestiguarlo pues le juro que esa mujer tiene ojos en algún lugar del cogote y la mano del cucharón más rápida de todo Londres. No puedo permitir que se quede sin probarlos. Le conseguiré uno.

Tardó un poco en escurrirse entre los niños para llegar a la cesta y atisbar uno de los pastelitos de limón, pero cuando regresó junto a Prue, lo llevaba triunfante, sosteniéndolo entre el pulgar y el índice. Se lo ofreció a la joven con una pequeña reverencia. 

—Espero que lo disfrute porque he participado en una ardua lucha con jóvenes caballeros para conseguirlo. —Su sonrisa indicaba con claridad que bromeaba y cuando enderezó la espalda de nuevo sus ojos se desviaron hacia los chiquillos que comían y reían.

—Es admirable la vitalidad de los niños, ¿no le parece, Prue? —preguntó, ladeando la cabeza un poco y deleitándose de nuevo con el nombre de la joven que se le antojaba tan acertado como melodioso—. Cuando uno es pequeño tan sólo tiene deseos de crecer y cuando el tiempo lo arrastra lejos de la niñez, es precisamente eso lo que añora.

Hizo una pausa antes de que su voz suave y cadenciosa entonase algunos versos.

¡Oh dolor! ¡Oh dolor! Devora vida el Tiempo,
Y el oscuro enemigo que nos roe el corazón,
Crece y se fortifica con nuestra propia sangre.

—¿Le agrada Baudelaire? —preguntó entonces, buscando la mirada de Prue con la suya.