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La Edad de la Inocencia (+18)

• Prue Lascelles •

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27/01/2016, 02:54
Prue Lascelles

Abrió los ojos como platos, sorprendida por lo que le contaba de Daisy. Sus dos pedazos de cielo, como él los llamara alguna vez, centelleaban ahora con fulgor, tentada de la risa imaginando el cuadro de él siendo sorprendido en falta y regañado cual niño por la mujer. Pero si contener la risa ante esa imagen le resultó difícil, todavía más lo fue verlo regresar con el trofeo y esa expresión triunfal de quien sale airoso de la ardua contienda. Le entregó el pastelito de limón con una reverencia y ella, risueña, hizo lo propio al recibirlo.

El desvió la mirada hacia los niños, y ella, tentada como era por los dulces, aprovechó de darle un mordisco. Cuando Louis volvió a hablar, la sorprendió con el bocado en la boca y se llevó la mano a ésta para cubrirla, con la expresión de quien es sorprendido en falta. -¡Mmmm pero que bueno que está, por Dios!- se dijo intentando que su rostro no reflejara el placer que acababa de experimentar.

Lo siguiente que él dijo la hizo desviar también la mirada hacia los niños, observándolos enternecida.

-Le doy la razón, pero no del todo -pensó-, el deseo de crecer sin duda es compartido por todos los niños, ricos y pobres por igual, pero una vez se ha crecido no todos desean volver a ser niños, todo depende de qué tan mala o buena fue nuestra infancia... -lo miró, convencida que existían capítulos de su niñez que jamás desearía volver a vivir.

Lo escuchó recitar con la mirada baja, deseando cerrar los ojos para dejarse envolver por su voz. Siempre que alguien recitaba prefería cerrar los ojos y centrarse en la voz, dejando que ésta fuese la única encargada de transmitir las emociones de esas letras.

Volvió a alzar la mirada al oír su pregunta. Sus ojos se encontraron con el rostro de él, no veía sus ojos pero imaginó que la observaba y sostuvo esa imaginaria mirada en silencio, un silencio que no duró más allá de un par de segundos pero que le dieron la sensación de transcurrir con pasmosa lentitud.

-Mentiría si digo que sí, pero también lo haría al decir que no -repuso con suavidad-. Considero su obra como inquietante y oscura. No todos los versos que he leído suyos me gustan, pero aquellos que lo hacen he procurado memorizarlos -hizo una mueca, pensativa-, no obstante mucho me temo que la profundidad de su obra escapa a mi intelecto -parpadeó esbozando una media sonrisa-. Soy más de Shakespeare, el soneto 116 es uno de mis favoritos y ésta es la parte que más me gusta:

"No es amor el amor
que cambia cuando un cambio encuentra
o que se adapta a la distancia al distanciarse.
¡Oh, no!, es un faro imperturbable
que contempla la tormenta sin llegar a estremecerse..."

Parpadeó, había dicho a Louis que existían versos de Boudelaire que le gustaban y que había memorizado. No mentía. Días después de conocerlo un verso en particular la hizo acordarse de él y sin saber por qué, se lo había aprendido. Lo repitió mentalmente:

"Sé que hay ojos arrasados por la cruel melancolía
Que no guardan escondido ningún precioso secreto,
Bellos estuches sin joyas, medallones sin reliquias..."

Apartó la mirada de repente, como si intentara escapar de algo. Se agachó frente a su canasta procurando mantener el rostro oculto bajo el sombrero y hurgando en el contenido de ésta en busca de algo que sólo ella sabía. No quería que él la notara sonrojada.

-¿Quién quiere ir a dar comida a los cisnes? -preguntó sacando una bolsita de tela repleta de migas.

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27/01/2016, 16:15
Louis Kindelanver

A Louis la respuesta de Prue lo complació de una manera extraña. En cierta forma prefería que la luz de la joven no se tiñese con las sombras lúgubres que su poeta preferido solía exhibir y que tan cercanas le resultaban a sus propios pensamientos. Era completamente apropiado que a ella no le agradase Baudelaire, o le quedase lejano, y se dio cuenta en ese momento de que no lo habría querido de otra forma. 

Curioso en cambio le pareció cuando ella recitó aquellos versos comparando el amor con un faro y sonrió levemente. Había cierta ingenuidad en ella, en su dulzura. Una inocencia de ese tipo que sólo posee quien no ha sentido su corazón desgarrarse todavía por amor o por ausencia de él y deseó en su fuero más interno que nunca llegase ese momento para la pequeña mariposa. Que jamás llegase a empañarse la pureza que veía en ella. 

Se permitió por un instante imaginar que él mismo se envolvía con esa luz, impregnándose en ella hasta dejar de sentir bajo la piel los versos de su admirado Charles. Y un temor encogió su pecho al considerar si los tentáculos de su alma sombría podrían llegar a contaminar la limpidez de la joven si permanecía demasiado tiempo cerca de él. Algo tembló en su estómago con esa idea y se juró a sí mismo que se alejaría ante el más mínimo indicio de que así fuese. Ella podría ser su medicina cuando se encontrasen, como había aceptado en la rosaleda de su tía, pero no a costa de la candorosa inocencia que veía en ella.

Percibió su mirada esquiva y la contempló con curiosidad mientras ella se agachaba, apartando todos aquellos pensamientos de su mente. 

—No creo que sea una cuestión de intelecto, pues no me cabe duda de que usted precisamente no carece de él —comentó, todavía algo distraído—. Pero no es una obra que agrade a todo el mundo, pues como dice puede resultar inquietante. —Esbozó una pequeña sonrisa. —Sepa, Prue, que me alegro de que no le guste.

Y con esas palabras resumió toda su reflexión al respecto y buscó con la mirada los cisnes que ella había nombrado. Los admiró durante un instante en su elegancia. Cortaban el agua avanzando con rapidez, dejando atrás a los patos más comunes y mundanos, y llevándose todas las miradas. Entre ellos un ejemplar de color oscuro guiaba a una hilera de polluelos grisáceos que lo seguían moviendo sus colitas en lo que parecía un gracioso intento de imitar a su madre.

 

—¿Sabe? He escuchado hablar de un ballet que está teniendo algún éxito en Rusia y que precisamente versa sobre un lago lleno de cisnes. ¿A usted le gusta el ballet? —inquirió, todavía contemplando a los polluelos—. Tengo la esperanza de que traigan esa pieza a Londres.

Hizo una pausa, pero antes de que ella llegase a responder a su pregunta, se volvió de nuevo hacia la joven a la que los niños rodeaban en su afán por conseguir un puñado de migas que echarle a los animales y le lanzó otra, con una media sonrisa curvando sus labios.

—¿Prefiere los blancos o los negros? 

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28/01/2016, 22:56
Prue Lascelles

Cerró los ojos y esbozó una sonrisa tímida cuando le dijo que se alegraba de que no le gustara Baudelaire, pero gracias a que seguía agachada y a que las alas del sombrero le cubrían parte del rostro, era muy probable que él no lo notara.

Con cuidado volvió a arrodillarse y terminó de repartir las migas entre los niños. Finalmente el último de ellos se alejó y habiendo cesado el bullicio de sus parloteos, sin cambiar de posición y observándolos mientras alimentaban a los cisnes, respondió a la última de sus preguntas.

-Ambos -dijo con naturalidad-. El blanco representa la luz y el negro es la ausencia de ésta; uno es el día y el otro la noche... como la Luna y el Sol. Así como no puede existir el bien sin el mal, tampoco puede existir el día sin la oscuridad. Ambos son igualmente hermosos en su singularidad. Me resulta imposible decir que prefiero a uno por sobre el otro, porque sería como escoger entre la alegría y la tristeza. ¿Cómo puedo saber el verdadero significado de una alegría si no he conocido la tristeza o reír de verdad si no sé lo que es llorar?

Apoyó la mano izquierda en la sábana y cuidando que la falda no dejara al descubierto nada más arriba de los tobillos, se sentó de medio lado para poder mirarlo. Louis seguía de pie, por lo que estaba obligada a echar un poco la cabeza hacia atrás para hacerlo y con la mano derecha se sujetó el sombrero para evitar que el viento primaveral y la fuerza de gravedad lo hicieran caer.

-En cuanto al ballet que mencionó hace un momento, no he oído hablar mucho, bastante poco en realidad, pero si versa de cisnes no me cabe duda que debe tratarse de una hermosa pieza -sonrió-. Y la respuesta a su pregunta es sí, me gusta mucho el ballet. Es más, podría decir que junto a la ópera constituyen mis expresiones de arte favoritas, aunque sin por ello menoscabar otras, como la pintura o la escultura.

Bajó el brazo y ladeó la cabeza dejando que descansara suavemente sobre su hombro izquierdo. Tomó aire con la intención de decir algo más, lo cierto es que quería llamarlo por su nombre pero no se atrevía. Se mordió el labio y bajó la mirada, alisando los pliegues de su falda al tiempo que se daba valor para hacerlo. 

-¿Aceptaría sentarse conmigo... Louis? -volvió a mirarlo justo antes de pronunciar su nombre con un hilo de voz, sintiéndose ligeramente ruborizada y experimentando un extraño cosquilleo al hacerlo. Arrugó un poco la nariz, consciente que esa sensación la abandonaría una vez se familiarizara con llamarlo de ese modo-. Por favor, diga que sí -añadió suplicante-, temo que si sigo hablándole desde esta posición no seré capaz de enderezar mi cuello en días -bromeó ya más relajada-. Además seguro tendrá apetito, deberíamos aprovechar de comer algo ¿no cree?... Aunque me temo que deberá conformarse con un emparedado y galletas, a menos que tenga suerte y quede algún pastelito olvidado dentro de su cesta.

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29/01/2016, 00:57
Louis Kindelanver

Se giró al escuchar su respuesta y tras ella valoró un instante en silencio sus palabras, ladeando levemente la cabeza y contemplándola desde arriba. Le seguía sorprendiendo esa mezcla de sensatez e ingenuidad comprimidas en el mismo cuerpo.

Asintió con la cabeza y siguió escuchando, hasta que las mejillas de Prue adquirieron un poco de color y sus ojos brillaron con lo que le pareció timidez. Un tintineo cálido bailó en su pecho al escucharla pronunciar su nombre y de alguna forma la complicidad que había sentido cuando ella le había curado la mano días atrás se hizo presente de nuevo. Una sonrisa curvó sus labios y asintió otra vez mientras se acercaba para sentarse sobre la sábana. 

—Dios me libre de ser el responsable de su tortículis —bromeó al agacharse.

Dobló las rodillas y apoyó los brazos en ellas, mirando a Prue desde esa posición. —En realidad si le soy sincero, no tengo mucho apetito. No suelo comer en demasía. —Se encogió de hombros. Era consciente por completo de que su alimentación en los últimos años no había sido adecuada, bastante se lo recordaban Daisy y George cada día. Y ciertamente no quería llevar su mente hacia esos derroteros, así que agregó algo más. —Pero un emparedado suena perfecto. 

—Habla usted con sabiduría, pues las sombras no son sino producto de la luz. Difícilmente podrían existir unas sin la otra, y viceversa. Y sin embargo en ocasiones es difícil no ver tan sólo una de las dos caras de la moneda... —dejó la frase en el aire y negó levemente con la cabeza, apartando de nuevo los pensamientos que se había prometido acotar.

Entonces hizo una pequeña pausa durante la que sus ojos se desviaron de nuevo hacia el lago para contemplar a los chiquillos que ya habían conseguido que varios animales se acercaran a ellos. —El ballet también es de mis artes preferidos, así como la poesía y la música. Disfruto sobremanera de un recital, ya sea con lecturas o dramatizaciones, ya sea con una buena orquesta. 

Aprovechó la presencia de una nube solitaria para sacar un pañuelo, desprenderse de las gafas y limpiar las lentes cuidadosamente. Sus ojos verdes se entrecerraron un poco ante la presencia de la luz, pero no se apartaron de la joven, a la que contemplaba con curiosidad. Se quedó pensativo observando sus rasgos. No terminaba de comprender a qué se debía esa necesidad por saber tantas cosas de ella. Temía apabullarla con sus preguntas si daba rienda suelta a todas sus dudas. Y sin embargo, tampoco podía resistirse a plantear al menos algunas de ellas.

¿Toca usted algún instrumento? —preguntó finalmente, cediendo a la curiosidad.

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29/01/2016, 03:20
Prue Lascelles

-¡Dios me libre de la tortícolis! -exclamó divertida- Por nada del mundo quiero parecerme a estas señoras tiesas que todo lo miran por encima del hombro y que por la expresión de sus rostros pareciera que todo huele mal. ¡Ay no, qué vulgar! -bromeó imitando unos gestos afectadamente graves.

Su expresión se tornó un poco más seria mientras él hablaba, escuchándolo con atención y asintiendo ante algunas de sus palabras. Sin embargo no pudo evitar fruncir un poco el ceño en clara desaprobación ante lo que interpretó como una mala alimentación. -No se trata que coma en demasía, pero sí que no se salte las comidas. Aunque sea un tentempié -añadió mientras desenvolvía uno de los emparedados, ofreciéndoselo junto a la misma servilleta de tela en que venía envuelto una vez hubo terminado de limpiar los lentes-. Tenga, cómase la mitad al menos. Este me parece que es con mermelada de albaricoque, la hice yo misma y el pan lo horneó Miss Adams -ladeó la cabeza- ¿Le gustan los albaricoques? Porque si no también hay de melocotón y moras. Mmmm aunque si no le gusta la mermelada me temo que va a tener que conformarse con una galleta de avena, que por cierto también hice yo, aunque claro, después de probar los pastelitos de su Daisy me temo que lo mío sabrá a rayos. Pero le aseguro que está todo hecho con cariño ¿eso cuenta? -añadió apacible y sincera

Parpadeó, por primera vez en esas ya casi dos horas que llevaban hablando que tenía la certeza de estar mirándolo a los ojos.

-Le desagrada el sol ¿cierto? -preguntó sin poder evitar sonreírse al recordar la ocurrencia que tuvo al notar su piel tan blanca-. No me tome por loca por lo que voy a decir, digamos que la culpa es de las novelas de terror que leo, eso y que mi imaginación a ratos parece volar por cuenta propia -disimuló la risita que le dio con un suave carraspeo y cubriéndose la boca-. El punto es que así, Louis, todo vestido de negro como está, hace que se vea todavía más blanco de lo que es y con ese aire misterioso que le dan las gafas -ya no pudo reprimir la sonrisa que se dibujó amplia en su rostro-... me hizo recordar algunos de los relatos de vampiros que he leído.

Bajó la cabeza meneándola divertida y llevándose la mano a la frente.

-Bueno, ya está -dijo volviendo a mirarlo-, puede burlarse de mí toooodo lo que quiera. Me lo he ganado. Pero antes -alzó la mano derecha con el dedo índice en alto, pidiéndole de esa forma que le permitiera terminar de hablar, pese a que sabía que él no la interrumpiría-, tengo que responder a su pregunta. Nuevamente la respuesta es sí, toco el piano -se puso algo más seria al responder-, pero bastante poco en realidad. No sé si saberse unas cuantas melodías se pueda considerar como que sé tocar el piano. Quiero decir, jamás podría animar un baile, por ejemplo, porque ninguna de las melodías que me sé animarían a nadie para hacerlo, pero a mí me agradan, aunque mi prima dice que son aburridas y sosas. 

Se encogió de hombros y lo miró casi con resignación.

-Ya, ahora puede reírse si quiere.

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29/01/2016, 21:35
Louis Kindelanver

Ante la imitación que Prue hizo de esas damas estiradas, Louis no pudo evitar que una carcajada brotase de su garganta con diversión. Ya había podido comprobar esa vis cómica que la joven poseía la semana anterior cuando imitó su propio ceño fruncido y de alguna manera le resultaba estimulante en su frescura juvenil. 

Sus cejas se enarcaron en un gesto de inocencia y sus labios dibujaron una sonrisa de circunstancias cuando ella abordó el tema de su alimentación. No intentó defenderse, pues bien que sabía que no había defensa posible para una mente práctica como la de esa chiquilla, pero se enterneció ante la menuda Prue diciéndole lo que debía hacer. Esa emoción le recordó el momento en que se había herido la mano y durante un instante casi sintió ganas de dañarse de nuevo aunque sólo fuese para que se repitiese. 

—Me gusta la mermelada y también los albaricoques. —Hizo una pausa y guardó el pañuelo en el bolsillo, colocando las gafas en el bolsillo de su chaqueta por el momento. —Lo único que me desagrada especialmente es el pescado —confesó, arrugando ligeramente la nariz y tomando el emparedado que ella le tendía —Daisy tiene un don, pero estoy seguro de que usted tampoco lo hace nada mal... Creo firmemente que la comida hecha con cariño siempre sabe mejor.

Dio un pequeño bocado al sándwich y lo masticó lentamente, dejando que el sabor de la mermelada se extendiese por su lengua y escuchando Prue confesarle aquella ocurrencia que lo hizo reír de nuevo.

Esperó sin embargo a que ella terminase de hablar antes de intervenir, con un brillo divertido asomando entre la melancolía inherente a su mirada. 

—¡Un vampiro! —exclamó con cierto aire chistoso y los ojos entrecerrados—. Y eso que todavía no ha visto mi jardín. Si lo hubiera visto temo que estaría convencida del todo. Supongo que mi poco gusto por la comida sólo habrá acentuado esa idea. —Esbozó una media sonrisa. —Y sin embargo, puedo asegurarle que me agrada infinitamente más su emparedado que la sangre de vírgenes. 

Apartó con renuencia la mirada de ella para dedicar un breve vistazo hacia el cielo, señalándolo con la cabeza. —Es ese maldito sol, me provoca dolor de cabeza con su luz tan fuerte, ¿sabe? Por eso uso las gafas —explicó, sin mencionar que su acostumbrada falta de sueño durante las noches tenía mucho que ver con aquello—. Me temo que me encuentro más cómodo cuando el cielo está gris y nublado. O directamente en las noches. —Hizo una pausa y amplió su sonrisa. —Tal vez sí sea alguno de esos monstruos de las novelas.

Dio otro bocado al emparedado y al tragar buscó los ojos de ella de nuevo, cambiando de tema. —Yo también toco un poco el piano, aunque Daisy se desespera porque dice que sólo toco melodías tristes y lúgubres. Y sospecho que algo de razón tiene. Hace poco vinieron unos invitados a mi casa y se me ocurrió sentarme a tocar... No me enorgullece confesarle que una de las damas se echó a llorar y tuvo que salir del salón algunos minutos*. —Se encogió de hombros. —Por suerte estaba allí mi cuñado para salvar la velada.

Notas de juego

*True story XD.

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30/01/2016, 05:08
Prue Lascelles

Pese a que él no había dado ninguna muestra de desagrado al probar la mermelada, Prue seguía observándolo con insistencia, atenta al más mínimo gesto, pero al ver que seguía comiendo y no daba señas de estar sacrificándose para no hacerla sentir mal o avergonzada, sonrió aliviada y se relajó.

La joven lo veía sonreír y experimentaba una creciente sensación de gozo cada vez, se había propuesto hacerlo reír y lo estaba consiguiendo, pero lo mejor era que no le estaba significando ningún esfuerzo el hacerlo, ni mucho menos se había descubierto pensando en si decir ésto o aquello resultaba más o menos gracioso. Lo cierto es que ni siquiera pensaba, simplemente estaba siendo espontánea y dicha espontaneidad se debía únicamente a esa suerte de complicidad que tenía con él. Louis le inspiraba confianza y seguridad, pero sobre todo esa cercanía que sólo consideraba posible cuando conocías bien a la otra persona... Nuevamente se dijo que existía mucha verdad en los libros que hablaban de la reencarnación, definitivamente debió conocerlo en alguna otra vida, no encontraba otra explicación.
 
-¿El pescado le no le gusta por algo en particular? Porque a mi, por ejemplo, me desagrada por las espinas, no importa cuan cuidadosa sea, siempre me acabo lastimando por culpa de una. Aunque el sabor no me desagrada del todo. La verdad es que mientras esté frito o al horno y no tenga espinas o éstas sean lo suficientemente grandes como para no ir a parar a mi boca, lo como sin probemas. Eso y que no me lo den en sopas o caldillos -susurró-, pero que eso los niños no lo sepan porque sino tendré problemas con Miss Adams. Lo que sí me encanta son los mariscos, son mi debilidad. Henry una vez me dijo que era una sibarita, pero de seguro me lo ha dicho por el placer de incordiarme, es un pesado a veces.

Se quedó mirándolo con curiosidad mientras daba cuenta de un nuevo bocado del emparedado con mermelada de mora que había sacado para ella.

-Pero imagino que debe tener una comida que prefiera y que no le molestaría probar casi a diario -añadió-, siempre hay algo que preferimos por sobre las demás cosas, hasta la persona más huraña del mundo tiene algún placer culpable. ¿Cuál es el suyo?

Sonrió divertida ante su comentario del jardín y, sobre todo, que prefería su emparedado por sobre la sangre de las vírgenes.

-¡Ah, pero no está negando que la beba! -bromeó entrecerrando los ojos, inquisidora- Hace bien entonces, -adquirió una posición forzosamente erguida como si pretendiese dar cátedra de algo, pero sobre todo parecer seria- la sangre de las vírgenes es buena para conservar la juventud -añadió divertida, su intento de parecer seria había durado menos que un suspiro-, sino pregúntele a Erzsébet Báthory. 

No obstante, cuando Louis le explicó el por qué de sus gafas, su expresión cambió.

-Oh, entonces por favor vuelva a ponerse las lentes, Louis. No quiero que le vaya a doler la cabeza -la preocupación se reflejaba en su rostro-, me sentiría responsable si eso sucede porque de no habernos reunido hoy, usted no se vería en la obligación de soportarlo. -Bajó la mirada apenada, el tono de su voz no dejó lugar a dudas de que era así- Debió decirme, podríamos habernos visto más tarde, a la hora del té o no sé en otro sitio más sombreado y no a mediodía que es cuando el sol está en todo lo alto. No le voy a negar que prefiero hablar pudiendo mirarlo a los ojos, en lugar de estar adivinando si lo estoy aburriendo o no, pero prefiero mil veces estar con esa duda a causarle un malestar perfectamente evitable, ya suficientes molestias se ha tomado al traer esa cesta y los libros que me prestó. 

Confiaba en que él accedería a su ruego y no le insistió más, pero si para cuando ella acabase el emparedado no se las había puesto, muy a su pesar, estaba determinada a recoger sus cosas y regresar al orfanato. La idea de ser la responsable directa o no de un posible malestar para él le resultaba casi que insoportable.

-Ya veo que coincidimos bastante en gustos, al menos de momento -prosiguió con la conversación-, pero ¿sabe qué? no creo que esa dama se echara a llorar por la melodía en sí, a menos que supiera cuál es la historia que la inspiró o no se tratase de sólo una melodía, sino de una canción cuyo contenido la hizo llorar. De otro modo creo que lo de ella se debió al estado de ánimo o predisposición que tenía en ese momento, mientras que a otra persona pudo evocarle un sentimiento de ternura.  No sé, a lo mejor es muy burda mi comparación, pero si yo voy por la calle y me encuentro a un niño o a alguna persona necesitada, que está pasando frío o hambre se me hace un nudo en el estómago y siento la necesidad de ayudarla, no puedo ser indiferente a su dolor, es imposible, no lo concibo; en cambio para otras personas simplemente ellos no existen, ni siquiera los ven, los ignoran y tratan como escoria, que es lo que para ellos representan. No sé si me explico.

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30/01/2016, 13:15
Louis Kindelanver

—El sabor, las espinas, la textura... —enumeró, con una pequeña mueca—. Es un poco de todo, una conjunción de factores que se unen para que el pescado me resulte la cosa más desagradable en este universo. Y supongo... —Valoró algunas opciones antes de continuar. —... que mi plato favorito debe ser la crema de calabazas, o quizá el pastel de carne. Aunque no me sentiría capaz de comerlos cada día, pienso que si lo hiciera terminarían por aburrirme. 

—Se explica perfectamente, el mismo suceso no afecta igual a unos o a otros —respondió él a las últimas palabras de ella, para después darle otro bocado al emparedado, algo pensativo—. Lo cierto es —comenzó, para detenerse un instante a mirarla—... Bueno, no estoy seguro, yo no entiendo demasiado de estos asuntos, ¿sabe? Pero lo cierto es que me dio la impresión de que la dama tal vez estaba exagerando un poco, quizás para llamar la atención de alguno de los caballeros. No puedo asegurar algo así, por supuesto, y ciertamente me siento culpable y arrepentido si mi interpretación la afectó y así se lo dije a ella en ese momento. —Se encogió ligeramente de hombros. —Ya le digo que yo no estoy muy versado en ese tipo de argucias, ya me gustaría ser como mi cuñado Lord Parlow que sabe cómo moverse en los salones con soltura, pero... Mentiría si no dijera que se me pasó por la mente. 

En ese momento se metió el último pedazo de sándwich en la boca y se limpió los dedos mientras masticaba. Contempló la mirada baja de la muchacha y sintió que algo estaba mal en el mundo si ella se sentía apenada. No fue un acto consciente, ni mucho menos meditado, sencillamente estiró el brazo con naturalidad para colocar la mano bajo la barbilla de ella y suavemente la levantó con dos dedos hasta que los ojos de ambos se cruzaron. 

—Prue, no debe sentirse culpable. Fui yo quien propuso este lugar y usted no podría saber que el sol brillaría con tanta fuerza hoy. ¿O sí? —añadió, enarcando una ceja con aire divertido—. ¿Tal vez le pidió usted al astro rey que liberase sus rayos para atrapar al vampiro con ellos?

De repente se dio cuenta de lo que estaba haciendo y retiró la mano con rapidez, casi como si la piel de ella quemase. Y bien que podría hacerlo, porque al sentir la suavidad de su rostro en el dorso de los dedos un escalofrío cálido había recorrido todo su brazo. Se sintió azorado ante el atrevimiento que no había sido capaz de evitar y, apartando la mirada también, cogió las gafas y las colocó de nuevo sobre el puente de su nariz, escondiendo tras las lentes ahumadas la vergüenza que lo había asaltado. 

Sintió miedo entonces, un miedo irracional a haberla asustado por ese gesto tan inconveniente y fuera de lugar. No le sorprendería en absoluto que ella decidiese marcharse en ese mismo instante. Miró hacia el lago y después hacia la sábana que cubría el suelo, buscando en su mente algo que decir para que ella no se marchase. Y finalmente, decidió tomar al toro por los cuernos con la esperanza de tal vez enmendar su error.

—Disculpe si la he ofendido —dijo, mirándola de nuevo, con seriedad—. No... No debería haberla tocado sin su permiso, lo lamento. Es esta cercanía que siento, pero soy consciente de que eso no me da derecho a tomarme esas confianzas con usted. Le ruego que me disculpe. 

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31/01/2016, 08:56
Prue Lascelles

Sus argumentos le parecieron de lo más lógicos y asintió en señal de comprensión y por tanto de acuerdo, pero seguía sin mirarlo hasta que de pronto notó el tacto de sus dedos en la barbilla. No se resistió ni mucho menos intentó evitarlo. El hizo que lo mirara y lo miró, pero se sentía pasmada y aturdida, como si hubiera ingerido una dosis excesiva de láudano. Escuchó su pregunta y a lo único que acertó fue a negar tan suavemente con la cabeza que el movimiento fue imperceptible, y a mover los labios para decir no, pero ni un sonido emitió, lo único que hizo fue expulsar el exiguo aire que le quedaba en los pulmones.

Sentía su mano, era totalmente consciente de ella, podía sentir el calor que irradiaba e incluso sus pulsaciones. O quizás eran las suyas. Difícil saberlo. Era como si todo al interior del cuerpo de Prue temblara y contuvo la respiración, y pudo sentir cómo el corazón latía fuerte en su pecho. Tragó saliva, volvió a respirar pero le seguía faltando el aire. Necesitaba inhalar profundo, hinchar por completo sus pulmones pero la presión del corsé se lo impedía y le causó dolor. Por una fracción de segundos creyó que se desmayaría.

Louis apartó la mano tan rápido como ella lo hiciera luego de curar la suya en la rosaleda o al posarla sobre su antebrazo ese mismo día. Se disculpó, pero ella estaba tan confundida que fue incapaz de responder. Apartó la mirada y pestañeó repetidas veces dándose cuenta que llevaba largos segundos sin hacerlo. Miró de un lado a otro, sentía la imperiosa necesidad de salir corriendo, no de él, sino de esa avalancha de emociones que estaba sintiendo. Y se arrodilló en la sábana...

-Disculpe -acertó a musitar poniéndose de pie-... Yo... -tragó saliva- Yo... -cerró los ojos y suspiró, sentía que el corazón se le iba a salir por la garganta- No estoy molesta, ni tampoco me ha ofendido, pero... creo que necesito ir a ver a los niños -añadió esto último de forma apresurada.
 
Y diciendo eso dio media vuelta y caminó hasta el lugar donde ellos ahora jugaban. Las manos le temblaban, estaba hecha un manojo de nervios, y mientras caminaba tratando de que sus pasos no delataran su urgencia, se llevó la mano al pecho preguntándose qué es lo que le estaba pasando, porque nunca en su vida se había sentido así. Cuando ya estaba por llegar a la orilla, la pequeña Mary Anne se soltó de la mano de Charles y corrió hacia ella abrazándola, y la joven sintió que ese abrazo le devolvió los pies a la tierra y se aferró a ella. La tomó en brazos permitiendo así que la pequeña rodeara su cuello. La niña dejó caer su sombrero y Charles, que junto a otros niños también se le habían acercado, lo recogió. Conversó con ellos un rato, no supo cuánto, pero poco a poco volvió a serenarse. Había vuelto a dejar a la pequeña en el suelo y ella jugaba ahora con su sombrero. Prue sonrió, el sombrero le quedaba grande, pero a Mary Anne no parecía importarle que le cubriera casi por completo el rostro.

La joven respiró profundo antes de voltear y regresar hasta donde estaba Louis. Mary Anne caminaba junto a ella, tomada de su mano, mientras que Charles se encargaba de reunir a los otros niños. Cuando ambas llegaron junto a él, el semblante de Prue definitivamente no era el mismo que el que tenía antes de alejarse. Lo miró un instante en silencio y esbozó una tímida sonrisa antes de hablar.

-Me han pedido que les contemos un cuento -le dijo al tiempo que volvía a arrodillarse sobre la sábana, en tanto la pequeña sacaba una galleta del interior de la cesta-. Les he dicho que por mí no había problema, pero que a usted debían preguntarle. Han insistido en que sea yo quién le pregunte... -una media sonrisa se dibujó en su rostro- Y se equivoca, Louis, porque no pedí al astro rey que liberase sus rayos para atrapar al vampiro, sólo le pedí que mantuviera alejadas las nubes de lluvia para poder estar aquí el día de hoy.

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31/01/2016, 16:13
Louis Kindelanver

Louis contempló la expresión de Prue y el miedo que había comenzado a sentir se extendió por sus brazos hasta llegar a sus nudillos y convertirse en una presión molesta. Con desazón la vio escapar hacia los niños y exhaló el aire que había contenido, vaciando sus pulmones. Abrió y cerró las manos, tratando de liberar sus dedos de esa crispación y durante algunos instantes no fue capaz de reaccionar.

Se arrepentía sobremanera por haber invadido de esa forma el espacio de la joven, por haber tocado su piel sin ni siquiera llevar unos guantes para suavizar ese contacto. Comenzó a recriminarse mentalmente por haber perdido la perspectiva y los modales. Y por haberla asustado cuando lo que sentía era ganas de protegerla. ¿Protegerla de qué? No estaba seguro. Tal vez de lo que debía protegerla era de él mismo. 

La contempló a lo lejos, abrazando a la pequeña y refugiándose en los niños. Se preguntó si no le estaría dando la oportunidad de marcharse en silencio para no tener que volver a su lado y bajó la mirada para contemplarse las manos. En ese momento el peso de la petaca en el bolsillo interior del abrigo cobró una presencia que no había tenido desde hacía mucho rato. Louis casi se había olvidado de su existencia, pero de repente lo reclamaba con fuerza. Sabía que con un sólo trago las cosas empezarían a parecer algo mejores, más difusas y vagas, más sencillas. Las manos empezaban a temblarle y todavía sentía los nudillos tensos. Sin embargo, apretó los dientes y mantuvo sus dedos apartados del bolsillo. 

Y tal como decidió conservar al menos ese ápice de dignidad, decidió también que se marcharía para no incomodar más a la joven. Se puso en pie y recogió la cesta ya vacía. 

Fue entonces cuando vio que ella regresaba, trayendo a la niña con ella. Los ojos de Louis se entristecieron al pensar que era una forma de escudarse para mantener sus manos alejadas de ella, y agradeció llevar las lentes puestas para ocultarse tras ellas. Tragó saliva y un pequeño escalofrío se deslizó por sus hombros al escuchar una vez más su nombre en labios de Prue. Sonaba sencillamente delicioso cuando ella lo pronunciaba. 

Sin embargo, cuando ella habló, él escondió sus manos temblorosas en su espalda, adoptando al mismo tiempo una postura correcta y educada que esperaba calmase sus miedos sobre que volviera a tocarla sin permiso. Hizo una pequeña inclinación con la cabeza. 

—Yo... Lo lamento, señorita Mary Anne —dijo, con cierto aire contrito, dirigiéndose primero a la pequeña—. Pero ya es tarde y me temo que debo marcharme. 

Alzó entonces la mirada para buscar los ojos de Prue y durante un instante se quedó prendido de ellos, memorizándolos para poder recordarlos cuando se alejase. 

—Espero que me disculpe, Prue —titubeó levemente al pronunciar su nombre, sin estar seguro de si ella preferiría retirarle ese permiso—. Pero debo resolver algunos asuntos antes de que caiga la tarde. Ha sido un absoluto placer encontrarla hoy. Y espero que disfrute de la lectura. 

Se inclinó de nuevo en una venia y sin más empezó a alejarse, con la cesta en una mano. 

Cuando más tarde ella abriese el paquete de papel de estraza encontraría en su interior tres libros: "Peregrinaciones de una paria" de Flora Tristán, "La esclavitud femenina" de John Stuart Mill y como nota discordante "Los elixires del diablo" de Ernst Theodor Amadeus Hoffmann. 

Los dos primeros parecían ciertamente usados, aunque estaban muy bien conservados. Sin embargo, el último parecía recién adquirido, todavía olía a papel nuevo y tinta fresca. Al abrir sus páginas, Prue encontraría una rosa amarilla prensada y seca, pero con un intenso aroma que parecía impregnar las páginas colindantes. Y junto a ella, una pequeña cartulina con una nota escrita con una caligrafía apretada y alargada:

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02/02/2016, 01:16
z/ Lord Dorset "Bruce Wilkinson"

Me estremecieron las palabras de la joven Prue. Hay cosas que crees conocerlas, pero no las conoces bien hasta que alguien que las vive te las cuenta. Yo veía el barrio de Whitechapel como un lugar que hay que evitar. Sin embargo, ella veía en él la razón de todo aquello por lo que luchaba. Un lugar que no todo el mundo puede evitar, y menos aún los indefensos niños cuyos padres les abandonan por no poderles alimentar ni educar.

-Sus palabras me hacen ver el barrio con otros ojos. Me parece fantástico y necesario el proyecto de adquirir una nueva propiedad. Pero yo no cerraría esta.- Señalé con el dedo el suelo refiriéndome a aquel lugar.-  Es un lugar donde la gente de Whitechapel puede acudir con facilidad para dejar a los niños que no pueden cuidar. O incluso ellos mismos pueden acudir si son maltratados en su hogar.-

Para nada me aburrían los proyectos que tenía pensados la señorita Lascelles. Es más, desde que entre por aquella puerta, no veía mejor lugar dónde invertir mi dinero.-Por favor, siga contándome más detalles de sus proyectos. Me entusiasma la idea de colaborar.-

Notas de juego

Uff!! Uff!! Una semana sin postear. Lo siento Prue. En breve, yo calculo que una semana o así, podré tener más actividad. Pero el trabajo no me lo acabo y además estoy en medio del proceso de independizarme. Me he alquilado un piso y voy llenándolo poco a poco XD

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02/02/2016, 03:46
Prue Lascelles

Lo vio marcharse y sintió que algo se quebraba en su interior. Su dolor no fue porque marchara, entendía que tuviera otros asuntos que atender, asuntos que por supuesto eran mucho más importantes que perder toda la tarde con ella y sus huérfanos. No, su dolor era por el modo en que se había ido. Tan frío. Tan distante...

Se quedó observándolo prácticamente hasta que su figura se perdió en el horizonte confundida entre la gente y bajó la mirada sintiéndose triste y miserable porque una voz sorda repetía una y otra vez que tal vez nunca más volvería a verlo.

La presencia de los niños, que ahora la rodeaban, la obligó a apartar esos pensamientos y a dejar de intentar encontrar una explicación. Se forzó a sonreír. Los niños esperaban por un cuento y se los contó...

Notas de juego

 

≈ Fin de la escena ≈

 

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04/02/2016, 15:25
Prue Lascelles

Sonrió. -Sí, milord, nosotros también creemos que esta casa debe permanecer en funcionamiento, así que vamos a restaurarla y, en un futuro que espero sea más cercano que lejano, ampliarla para poder recibir a más niños y no sólo a ellos, sino ser un refugio para hombres y mujeres desvalidos o abrir un comedor comunitario en el que poder ofrecer algo más que un mendrugo de pan y una taza de té.

-Disculpen la interrupción, pero les he traído té y galletas -Miss Adams apareció en la sala cargando una bandeja que dejó sobre la mesita-. También traje leche por si desean añadir un poco al té -la mujer sonrió a ambos-. Prue, querida, si necesitas algo haz sonar la campanilla -giró entonces a mirar a Dorset-. Milord, con su permiso. Que disfruten el té.

Prue observó a la mujer con afecto dándole las gracias por su amabilidad.

-Quiere detalles -dijo al tiempo que comenzaba a servir el té-, se los daré, aunque trataré de resumir para no aburrirlo con ellos... -dejó la tetera sobre la bandeja y añadió un chorrito de leche a su taza- ¿Leche? -preguntó a Bruce. Si él accedía la añadiría a su taza esperando a que él le indicara que ya era suficiente, sino dejaría la pequeña jarra y le ofrecería terrones de azúcar para endulzar. Ella, en cambio, no le añadiría nada más y le aproximaría las galletas.

-Verá -prosiguió cogiendo su taza-. Tenemos muchos planes para el orfanato, el más inmediato es la adquisición de la nueva propiedad. He revisado las cuentas, el dinero que tenemos es suficiente para adquirirla y el que nos va a quedar alcanza para seguir funcionando los siguientes dos años sin necesidad de nuevos ingresos. Pero comprenderá que no es nuestro objetivo estar dos años sin ingresos, por lo que necesitamos poder tomar parte de ese dinero e invertirlo para generar ganancias.

Dio un sorbo a su taza, mojándose de paso la garganta.

-Queremos abrir una escuela para dar clases no sólo a nuestros niños, sino también a los de los alrededores. Lo que queremos es llegar a formar una institución con varias casas ubicadas tanto en la ciudad como en los distritos rurales, cuyo objetivo será buscar y recibir niños abandonados y extraviados para alimentarlos, vestirlos y educarlos. Pero además de esas casas, queremos también abrir una casa de rescate para chicas en grave peligro, otra de convalecencia junto al mar y un hospital para enfermos de gravedad.

Dio un nuevo sorbo a su té y tomó una galleta.

-Son muchas cosas, lo sé, pero no pretendemos que sea todo inmediato, confiamos en que de aquí a unos diez años podamos tener todo eso, tal vez menos, tal vez más. Por lo pronto la piedra angular de todo ésto va a ser la adquisición de esa nueva propiedad. Y en eso mi primo nos va a ayudar, él es asesor financiero y se ofreció a aconsejarnos respecto a en que negocios invertir, porque necesitamos que el dinero del que disponemos aumente, no que disminuya, que genere ganancias. No siempre vamos a tener suerte y conseguir donaciones. Lo ideal sería que alguien nos apadrinara y nos asegurara un ingreso mensual permanente, pero no creo que la suerte nos sonría tanto. Por lo mismo, y siendo previsoras, mañana debo enviar una misiva a "Thompson & Knight Law Firm", un bufete de abogador de Oxford, para concertar una cita, porque consideramos necesario asegurar el dinero del orfanato y para hacerlo debemos cerciorarnos que la existencia del Hospital Foundling como institución de acogida esté debidamente formalizada; garantizar que todos los fondos recaudados, sea por donaciones o por los distintos trabajos que los voluntarios realizan, no puedan bajo ningún concepto ser utilizados en otros fines que no sean los relacionados con la institución, y que las únicas personas autorizadas a mover ese dinero seamos nosotras -se refería a Miss Adams y ella-, dejar debidamente legalizado que esos fondos no son de nuestra propiedad para que así nadie pueda reclamarlos como herencia.

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05/02/2016, 01:52
Louis Kindelanver

Mansión Kindelanver, 27 de marzo de 1880.

 

El cielo llevaba todo el día cubierto de nubes, dando a la ciudad ese ambiente gris y apagado tan propio de los días lluviosos en Londres. Una tormenta parecía estar aproximándose cada vez más. Aunque sólo eran las cinco de la tarde, eran pocos los rayos de luz que se colaban para caer sobre la mansión que se elevaba en una pequeña colina al final de Kensington High Street, junto a Hyde Park. A pesar de que algunas lámparas de gas iluminaban el camino desde la calle hasta el porche de la casa, el aspecto de la mansión no dejaba de ser algo lúgubre.

Tras la pequeña verja había varios tramos de escaleras que recorrían un jardín enmarañado, con todo el aspecto de llevar años sin que nadie podase sus arbustos o arrancase las malas hierbas. Algunas zarzas se enredaban tortuosamente con los parterres de las escasas flores que todavía trataban de respirar entre tanto descuido. 

Y al avanzar hacia la puerta de la mansión podía apreciarse que ese descuido no afectaba solamente al jardín, pues en algunos lugares el tejado parecía no estar en buen estado. Ciertamente no iba a derrumbarse por el momento, pero tenía todo el aspecto de sufrir algunos problemas de goteras. A pesar de todo, la casa de tres plantas que había construido algún antepasado lejano, debió ser imponente en algún tiempo. 

 

En la puerta un mayordomo se encargó de recibir a los invitados, llevándolos hacia uno de los salones de la planta baja, en el que un piano tomaba protagonismo junto a un ventanal y pequeños ambientes separados permitirían mantener varias conversaciones al mismo tiempo de ser necesario.

El interior de la casa estaba ciertamente más limpio y cuidado que el exterior. Las luces estaban encendidas, aunque la escasa luz exterior entraba también por la ventana, acariciando unos muebles que a pesar de no ser ya el último grito, todavía no estaban pasados de moda. No del todo. Las alfombras no parecían tener mucho uso y en las paredes colgaban algunos retratos, probablemente de familiares y antepasados.

En el salón una mujer colocaba en aquel momento una bandeja sobre una de las mesitas, con todo lo necesario para tomar el té, incluidos varios platos repletos de pastelitos de limón, cereza y moras. 

El mayordomo se alejó en busca de Louis, mientras que la mujer se presentó como Daisy y estudió con ojos vivaces a Prue para terminar sonriendo con aprobación. Sin embargo, se guardó sus pensamientos para ella misma y su tono fue de lo más correcto cuando se dirigió a los invitados. 

[color=#210B61]—Si necesitan cualquier cosa, sólo pídanla. George y yo estaremos cerca si nos llaman. [/color]

Notas de juego

Me he escapado para ir adelantando esto, por si quieres ir posteando y llegando. Luego ya posteo con Louis y bajo del estudio a recibirte :).

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05/02/2016, 08:00
Prue Lascelles

Cuando la tarde anterior recibió la carta de Louis invitándolos a su casa para el día siguiente, la joven tuvo que hacer un gran acopio de auto control para no ponerse en evidencia debido a su entusiasmo. En cuando tuvo la oportunidad puso a Henry al tanto y por suerte éste, enterado de la amistad entre su prima y Louis, había accedido a guardar silencio por lo menos hasta que Prue decidiera lo contrario o él juzgara que era necesario. Pero la joven no tenía intenciones de que su familia se enterara de nada, simplemente porque no quería que las presiones sociales provocaran que su amistad se viera dañada. Henry lo entendía y hasta cierto punto se enorgullecía de la determinación de su prima, aunque por otro temía que resultara dañado su cándido corazón.

El joven señor Dashwood había accedido a ayudar a Louis no sólo porque la joven se lo había pedido, sino porque quería conocerlo y juzgar, por sí mismo, si en realidad se merecía el afecto de su prima. Henry expresó su conformidad respecto a la fecha y hora que le había sido informada, y fue él mismo quién comunicó a la familia los planes que la joven y él tenían para el día siguiente. A excepción del falso nombre que dieron, el resto de detalles eran casi del todo fidedignos: una reunión de negocios gracias a un contacto realizado por Prue con un empresario textil al que conoció mediante sus actividades en el orfanato. Una verdad a medias, pero verdad al final de cuentas.

La mañana de ese sábado, Prue la pasó entre juegos y risas con sus pequeños sobrinos políticos, compartió con Fanny y con el resto de la familia en un ambiente distendido a la par que acogedor. No obstante, cuando el reloj marcaba las 14:30, la joven se excusó y fue a arreglarse con el tiempo suficiente para no tener que andar con prisas y llegar a tiempo a casa de Louis. A las 15:40 Prue bajaba por las escaleras llevando un vestido blanco con estampado de flores y usaba el mismo abrigo azul y marrón que llevara puesto el día que visitó la mansión Meriwether. Henry la esperó al pie de la escalera y nada más tenerla a su alcance le tendió la mano y caminó con ella hasta la salida. El carruaje de alquiler ya los esperaba.

El camino a la mansión transcurrió en medio de una distendida charla en la que tanto él como ella hacían constantes bromas, pero también hubo momentos de seriedad, momentos que Henry aprovechó para intentar averiguar más del hombre al que pronto iba a conocer, pero Prue no entró en detalles y le contó lo justo y necesario, ni más ni menos. 

Cuando el carruaje se detuvo frente a la mansión, la joven no pudo contener una exclamación de admiración. Muchas veces había intentado imaginársela, pero se había quedado bastante corta al hacerlo.

[color=#03442C]-¿Cómo puedes estar tan maravillada? Este lugar se está cayendo a pedazos.[/color]

-¿Y tú cómo puedes ser tan pesado? -replicó cogiéndose del brazo de Henry- Este lugar no tiene nada que una buena restauración y un buen jardinero no puedan arreglar. Y si me maravillo es porque parece salida de un cuento. No veo por qué te molesta.

[color=#03442C]-No me molesta, es sólo que en ocasiones eres demasiado impresionable, eso es todo.[/color]

-¿Estás seguro que hablas de mí y no de Ginny? -bromeó-. Ya, no seas aguafiestas. Además no fue a eso a lo que vinimos.

Henry asintió viéndose obligado a aceptar la derrota. Al llegar a la puerta el mayordomo los recibió y se hizo rápidamente con el abrigo y sombrero de él, y enseguida con el abrigo y tocado de ella. Ambos le dieron las gracias y lo siguieron hasta el salón al que los condujo. Prue sonreía.

-Encantada de conocerla, Daisy, y a usted también George -saludó afable antes de que el mayordomo desapareciera en busca de Louis-. Es usted muy amable y gracias por preparar esos pastelitos. Louis no mentía cuando dijo que eran deliciosos, tuve la oportunidad de probar uno el otro día y... ¡Oh! Déjeme decirle que tiene usted manos de monja.

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06/02/2016, 15:50
Louis Kindelanver

Desde la última vez que Louis se había encontrado con Prue, los días parecían haberse diluido en un torbellino de emociones enfrentadas y su ánimo había oscilado con brusquedad entre un absoluto derrotismo y la euforia. Esa particular lucha que había comenzado en Round Pond por mantenerse sobrio al menos durante las mañanas había terminado en victoria o en derrota dependiendo de con qué pie se levantaba cada día.

En ocasiones la melancolía invadía su alma y buscaba olfateando con ahínco el aroma distante del jazmín que le había dejado atrás. En otras sus dedos se deslizaban por las teclas del piano, en una melodía inconexa, que a ratos era lúgubre y a ratos alegre. Lo que no había conocido ni de lejos había sido la calma. Al menos hasta que había recibido la última carta de la joven, pues sus letras habían resultado ser un bálsamo para su espíritu, casi tan efectivo como lo era su presencia. 

Daisy lo había bombardeado con preguntas en cuanto él mencionó que tendrían visitas para el té y que sería bueno que hiciese algunos de sus pastelitos. George se había limitado a dedicarle una mirada ligeramente interesada, pero la mujer se sentía feliz con la idea de que las puertas de la mansión se abriesen y poco a poco el ambiente dejase de ser opresivo y deprimente. Le había parecido ver un brillo distinto en la mirada de aquel hombre al que prácticamente había criado desde su nacimiento y enterarse de que acudiría una señorita había despertado todos sus instintos.

Así pues, la mujer había pasado la tarde anterior movilizando a George y Mina para poner la casa a punto. Como ya había hecho innumerables veces se había asomado al jardín y había dejado caer algunos comentarios sobre que iba siendo hora de que un jardinero le diera un buen repaso. Aunque si normalmente Louis se limitaba a ignorar aquellos apuntes, en esta ocasión había sonreído de medio lado y había negado con la cabeza. "Oh, no, no, no, Daisy, querida. Está perfecto así para recibir a estas visitas", eso había dicho con aire misterioso, antes de refugiarse en su estudio, huyendo del revuelo que él mismo había provocado.

La noche había sido larga. Incluso más de lo acostumbrado. La había pasado junto a la ventana, contemplando la luna con aire pensativo y bajo la poyata, había terminado formándose un pequeño cúmulo de papeles arrugados a medio escribir y salpicados con algunas gotas de vino. Allí había permanecido hasta que el amanecer había empezado a colarse en la habitación y sólo entonces había caminado hasta su cuarto para dormir un rato. 

Cuando se levantó ya había pasado el mediodía y supo antes de sacar un pie del dormitorio que Daisy estaría poniendo los últimos detalles a punto. Se sentía ansioso y extrañamente tranquilo al mismo tiempo. Saber que en unas horas la joven Lascelles estaría en su hogar hacía que la pequeña llamita, esa que se había encendido en su pecho al conocerla y que había amenazado con apagarse después de que se marchase de Hyde Park, volviese a brillar con más fuerza, como si su vivaz titilar danzase al mismo ritmo con el que Louis se sentía palpitar de expectación. 

Dedicó el rato a pasear por la mansión, sin terminar de quedarse quieto en ningún sitio, ni llegar a hacer nada productivo. Tan sólo había tomado dos dedos de licor en todo el día, lo mínimo necesario para calmar el temblor de sus manos y las punzadas de sus sienes. Y cuando llegó el momento oportuno se vistió con cuidado, pues lo que menos deseaba era causar una mala impresión al primo de su invitada. 

···

Mientras tanto, en el salón, la mujer recibió el elogio de Prue hacia sus artes reposteras con una sonrisa que se amplió cuando la joven explicó que había probado uno de sus pastelitos el otro día.

—[color=#210B61]Oh, ya veo... [/color]—dijo, para sí misma, con un brillo astuto en la mirada. Después inclinó su cabeza con un gesto cortés y agradecido—[color=#210B61]. Me halaga usted, señorita Lascelles. El señor Kindelanver [/color]—continuó, refiriéndose a él con la distancia que resultaría apropiada a su posición, pero con un tono que reflejaba la familiaridad que sentía hacia él— [color=#210B61]literalmente adoraba esos pastelillos. Fue una grata sorpresa que volviera a pedírmelos el otro día.[/color]

Dejó caer la última frase como quien no quiere la cosa, pero al mismo tiempo parecía querer asegurarse de que Prue entendía que lo de ese día mencionado había sido algo fuera de lo habitual. La mujer pensó que ya había hablado de más, y cuando se abrieron las puertas del salón, ella quedó en silencio, dedicando una pequeña mirada cómplice a la joven.

Louis entró vestido con un traje oscuro y cuidadosamente planchado, como los que solía vestir. La camisa blanca podía verse en algunos lugares bajo el chaleco negro y en el cuello llevaba un pañuelo azul oscuro. Podía notarse en su rostro que estaba de buen humor, contento de recibir aquella visita. Pequeñas arruguitas se formaban junto a sus ojos, continuando la sonrisa que curvaba sus labios y su mirada buscó de inmediato a Prue. Bebió por un instante de la apacible luz que la joven emanaba por cada poro de su piel antes de inclinarse en una venia hacia ella.

Buenas tardes, Prue. Le agradezco sobremanera su visita. Veo que ya ha conocido a Daisy, espero que no la haya interrogado demasiado —bromeó, mirando hacia el ama de llaves.

Entonces su mirada se deslizó hasta el señor Dashwood, al que ofreció la mano para estrechársela como saludo.

—Louis Kindelanver. Es un verdadero placer conocerlo, Prue me ha hablado muy bien de usted y sus logros profesionales. Es muy amable por su parte acceder a reunirse conmigo en unos días que deberían ser de descanso y asueto. 

 Hizo un leve gesto hacia la mesita donde estaba la bandeja preparada, invitándolos a ambos a sentarse allí. 

—Tomemos el té primero, si les parece. Daisy hace unos pastelitos deliciosos —dijo hacia el caballero, para después mirar a Prue con una pequeña sonrisa. 

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07/02/2016, 03:31
Prue Lascelles

Las palabras de Daisy la hicieron sonreír, en especial al comprender que él había pedido que prepararan esos pastelitos para ella. No obstante, pese a que estaba lejos de sentirse incómoda en presencia de la mujer, no podía evitar desviar su mirada hacia las puertas deseando que estas se abrieran.

Comentaba a Henry acerca de lo deliciosos que eran los pastelitos que hacía Daisy y aprovechaba de pedirle a la mujer que por favor le enseñara la receta un día, cuando las puertas por fin se abrieron. La mirada de Prue se desvió al instante, con la sonrisa dibujada en la cara. El brillo de sus ojos se intensificó al verlo y todavía más, si cabe, cuando sus miradas se cruzaron.

-Buenas tardes, Louis -repuso ella luego que él la saludó, acompañando su saludo con una reverencia-. Daisy no me ha interrogado, no todas las personas son como cierta pareja de señoras que ambos conocemos -bromeó.

Pero cuando Louis se dirigió a su primo, ella guardó silencio y los observó.

[color=#03442C]-Henry Dashwood [/color]-convino estrechándole la mano, vigoroso-[color=#03442C]. Lo mismo digo, señor Kindelanver. Prue me ha hablado tanto de usted que ya hasta había comenzado a ponerme celoso[/color] -agregó socarrón mirando de soslayo a su prima a quien las mejillas acababan de teñírsele de arrebol y lo estaba fulminando con la mirada. Pero Henry no se inmutó y se limitó a chincharle la nariz y guiñarle un ojo.

[color=#03442C]-Imposible negarme, en especial porque Prue me lo ha pedido como un favor personal y sabe que es mi debilidad, así que cada vez que puede abusa de ella.[/color]

-¡Oh, eso no es verdad! -exclamó Prue- Henry basta, me estás avergonzando. -Frunció el ceño- Vas a conseguir que me enoje contigo.

[color=#03442C]-¡Dios me libre de hacerte enfadar![/color] -exclamó. Estaba claro que Henry era una persona bastante amistosa y que disfrutaba contrariando a su prima. [color=#03442C]-Como le decía[/color] -añadió retomando la conversación con Louis y adquiriendo un semblante más serio-[color=#03442C], me resulta imposible negarle algo a ella, además tengo asuntos que atender en Londres y me ha venido bien adelantar una semana el viaje. Iba a venir solo y por no más de tres días, pero al final decidí traer a mi mujer e hijos y disfrutar de un par de semanas de asueto en familia.[/color]

Louis los invitó a sentar y Henry, con una venia, instó a su prima a caminar ofreciéndole el brazo. La joven enlazó su brazo al de él y juntos caminaron hacia la mesita. Henry esperó a que ella se sentara antes de hacer lo propio.

En tanto Prue, que prácticamente no les había quitado el ojo de encima, tuvo tiempo de darse cuenta que no sólo parecían tener edades similares sino que ambos tenían casi la misma estatura. Henry era ligeramente más bajo, pero la diferencia era tan sutil que apenas se notaba. Además su primo, comparado con Louis, era más robusto y se veía bastante más moreno, aunque eso último no era nada difícil de conseguir teniendo en cuenta lo nívea que era la piel del anfitrión.

Pasado el bochorno, cuando Daisy se acercó para servirles el té, la joven con toda naturalidad le dio las indicaciones respecto a cómo lo tomaban ella y su primo. Un chorrito de leche y dos terrones de azúcar para Henry; dos chorritos de leche y un terrón de azúcar para ella. La mujer sirvió las tazas de los tres y Prue prestó especial atención a la que correspondía a Louis.

-Gracias Daisy -musitó la joven, educada.

Ya con la taza en la mano, se mordió el labio y observó los pastelitos intentado decidir cuál iba a probar primero. El de limón sería el último, eso lo tenía claro, su indecisión radicaba en los otros dos, pero sus dudas fueron borradas de un plumazo cuando Daisy le dijo los sabores de cada uno.

-Yo quiero uno de mora, por favor. ¿Y tú Henry? -preguntó.

[color=#03442C]-De limón, por favor. Con las maravillas que hablaste de ese pastel sería un crimen no probarlo.[/color] respondió. Ambos sonrieron.

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07/02/2016, 13:14
Louis Kindelanver

Louis contemplaba con una satisfacción que no estaba seguro de dónde provenía cómo ambos primos hablaban entre ellos con confianza. Las mejillas sonrojándose de Prue provocaron en él parte de esa ternura que la joven había despertado en su pecho desde la primera vez que se habían encontrado. Recordó en un pestañeo la imagen de ella, con esa mariquita en el dedo, explicándole el asunto de los puntos de su caparazón y sonrió. Le resultaba totalmente increíble pensar que sólo se habían visto dos veces antes de ese día y que sin embargo ella se hubiese instalado con tanta facilidad en sus pensamientos. 

Le gustó sobremanera la relación que tenían ambos. Podía ver que el hombre la apreciaba y deseaba protegerla. Y por cierto que lo comprendía a la perfección, pues él también sentía ese impulso de mantener aquella lucecita inocente a salvo de la tristeza, apartada de todas las sombras que había en el mundo. 

Rió con las bromas que el señor Dashwood dedicaba a Prue y aunque se puso más serio cuando él lo hizo, su sonrisa continuaba presente, curvando sus labios de una forma que apenas recordaba. Se sentó frente a ella cuando se acomodaron, dejando que fuese su primo el que se colocase a su lado, quedando entre ambos. 

Daisy sirvió primero a los invitados, con el rostro neutro pero un brillo interesado en la mirada que no dejaba de alternarse entre Prue y Louis. A éste le sirvió el té sin preguntar: solo, con un terrón de azúcar y después colocó un pastelito para cada uno —limón para Louis y Henry, mora para Prue—, dejando un plato con más sobre la mesa, para que pudieran repetir si lo deseaban. 

La mujer parecía lista para marcharse y dejar al señor con sus invitados, pero antes de hacerlo se dirigió hacia la joven con una sonrisa y las manos cruzadas por delante de su regazo.

—[color=#210B61]Señorita Lascelles, si desea que le dé la receta de los pastelillos, puedo hacerlo hoy mismo. [/color]—Hablaba con un tono cortés y educado que apenas dejaba traslucir que deseaba charlar con la joven a solas y, sin embargo, también había algo de ese tipo de autoridad maternal en ella. —[color=#210B61]Avíseme cuando los caballeros empiecen a aburrirla con sus asuntos de negocios y con gusto se la explicaré con detalles.[/color]

Y con una inclinación formal, se retiró, aunque bien sabía Louis que permanecería cerca y atenta, no sólo por si necesitaban algo, sino también para asegurarse de que él no hacía nada que pudiera espantar a los invitados. Daisy todavía recordaba el terrible momento en que se había puesto a tocar una de esas horribles melodías en el piano justo cuando habían tenido invitados por primera vez en años. ¡Ese hombre inconsciente había espantado a una de las damas! Ya al otro lado de la puerta apretó los labios y levantó los ojos hacia el techo, esperando que si había un Dios allí arriba no permitiese que Louis se sentase al piano en esta ocasión. 

Mientras tanto, Louis daba algunas vueltas al té con la cucharilla. Tenía que hacer un esfuerzo consciente para centrar su mirada en el señor Dashwood, pues los ojos se le desviaban cada poco hacia Prue. Durante días después del miércoles anterior había temido que ella no quisiera volver a verlo de nuevo. Y tenerla sentada en su salón, riendo de buena gana y brillando como lo hacía, sin que al parecer se diese siquiera cuenta, hacía que algunas emociones se desperezasen en él, después de haber estado dormidas demasiado tiempo. 

Dejó que ambos probasen primero los dulces antes de partir con delicadeza un pedazo del suyo con el tenedor y llevárselo a la boca. Después de tragarlo acompañado de un pequeño sorbo del té caliente, se decidió a hablar de nuevo, hacia Henry.

—Prue me dijo que es usted asesor financiero. Me temo que necesito mucho asesoramiento, señor Dashwood —confesó, haciendo una pequeña mueca con los labios. No tenía sentido no ser sincero con alguien que iba a prestarle sus conocimientos—. Después de la muerte de mi esposa he descuidado mis negocios y su situación ha empeorado, pero ya no puedo seguir escondiéndome de ellos. Ni tampoco lo deseo, por cierto —añadió, sorprendiéndose a sí mismo al darse cuenta de que realmente, aunque fuese tal vez sólo durante ese instante, aquello era totalmente cierto—. Era Edith la que llevaba la mayor parte de las cuentas de la empresa y me temo que a mí es un asunto que me supera en parte, al menos con la situación actual. Mi labor siempre fue más bien la de buscar acuerdos y supervisar la logística. Así que hace poco he ampliado algunas relaciones pactando un contrato de exportación con una fábrica textil de renombre aquí en Londres, pero me temo que necesitaré algunos consejos para poder reflotar la empresa económicamente a corto plazo. 

Hizo un pequeño gesto con la mano hacia la puerta. —Si le parece, después puedo mostrarle los contratos y las cuentas de la empresa, para que pueda comprobar el estado actual. 

En aquel momento sus ojos se desviaron de nuevo hacia Prue y le sonrió. Le estaba resultando difícil tener su atención en los negocios y no en ella durante más de dos segundos. Había, además, algo en la mirada de Louis, un pequeño brillo misterioso, enredado con esa melancolía que parecía formar parte de él. Casi como el de quien mantiene un secreto, o el de quien está invadido de expectación.

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09/02/2016, 05:55
Prue Lascelles

-Oh, Daisy, se lo agradecería en el alma -respondió a la mujer, sonriente-. Prometo avisarle en cuanto los señores comiencen a aburrirme... y aquí entre nos -le dijo en un tono más cómplice, como si ellos no estuvieran allí ni mucho menos pudieran oírla-, no creo que tarden mucho -bromeó.

Miró a Henry, a quien escuchó refunfuñar, arqueó la ceja izquierda y encogió el hombro derecho en un gesto de lo más natural, a la par que pícaro. Con su gesto parecía estar diciendo "¿¡Qué!? No he dicho nada que no sea verdad"... ciertamente bromeaba, estaba lejos de aburrirse con el trabajo de su primo. No por nada, mientras vivía con ellas, Prue parecía su sombra, máxime cuando estudiaba sus libros de contabilidad. Así fue como ella aprendió y su primo, agradecido por la compañía, le enseñaba o aclaraba sus dudas cuando ella preguntaba. No obstante, y para pesar de Prue, no pudo hacer lo mismo con los libros de economía, porque su primo decidió casarse y se fue a vivir a Essex.

Apartó la mirada y tomó su taza, pero al llevarla hasta los labios para darle un sorbo, inevitablemente su ojos se cruzaron con los de Louis... Le sonrió con ellos.

[color=#03442C]-En efecto, lo soy[/color] -respondió Henry-[color=#03442C]. Si bien es cierto que cuando mi padre murió tuve que hacerme cargo del negocio familiar, ya contaba con la formación en contabilidad y finanzas, por lo que he podido administrar y hacer crecer nuestro patrimonio sin necesidad de caer en la especulación. Bajo ninguna circunstancia le recomiendo especular con su dinero, por muy tentadora que sean las posibilidades de ganancia. Conozco a demasiadas buenas personas que ahora pasan sus días en cárceles de deudores por prestar oídos a quienes les recomendaron invertir en esa clase de fondos.[/color]

Prue sonrió, era el mismo consejo que le había dado a ella cuando lo puso al tanto de los planes que tenían para con el dinero del orfanato. Henry era el más acérrimo enemigo de los especuladores y ella era capaz de meter las manos al fuego por él. Puede que la estrategia de su primo fuese menos agresiva y que no ofreciera beneficios tan rentables a corto plazo como lo hacían aquellos que especulaban, pero ciertamente los aseguraba a mediano y largo plazo, y por sobre todo garantizaba que, de haber pérdidas, el porcentaje de éstas fuera mínimo y prácticamente no afectara al patrimonio de la empresa.

[color=#03442C]-Lo ayudaré y no se preocupe por retribuirme, como le he dicho, ésto lo hago como un favor para ella[/color] -miró a Prue, la expresión de Henry era de total seriedad-[color=#03442C]. Cuando su empresa comience a ser rentable nuevamente, si quiere, hablamos de dinero. La única condición que le pondré para que cuente con mi ayuda, es que los libros los lleve Prue.[/color]

La joven miró a su primo sorprendida, eso no se lo esperaba.

[color=#03442C]-Si voy a trabajar con su dinero necesito que una persona de mi entera confianza se ocupe de las cuentas y no conozco en Londres a nadie más idóneo que ella. Prue sabe llevar los libros contables mejor que muchos, lo sé porque cuando yo estudiaba, ella los estudiaba conmigo. Tenga en cuenta que era apenas una niña para ese entonces, y aun así aprendió diría que incluso mejor que yo.[/color]

Entretanto la joven, que no era indiferente a la seriedad de las palabras de su primo, había apurado el contenido de su taza y excusado para abandonar la mesa, no sin antes dedicar una tímida sonrisa a Louis. No abandonó el salón, simplemente se distanció llevando lo que le quedaba de pastel con ella y fue hasta la ventana que estaba más próxima al piano. Se sentó en el alféizar y observó el jardín con expresión divertida. La joven se sentía tranquila, su primo no era ningún insensato y estaba segura que si hacía esa exigencia era porque ya había pensado en la forma para que ella pudiera visitar la mansión o reunirse con Louis en privado sin dar pie a habladurías. Se preguntaba qué sería, porque por más que pensaba a ella no se le ocurría nada. 

Transcurrieron los minutos, Prue había acabado ya el pastel que por cierto era de mayor tamaño en comparación al que probara antes, empezando porque éste no podía tomarlo con la mano, y se sentía satisfecha. Durante el tiempo que estuvo en la ventana, observando el jardín, recordó algunos cuantos relatos y cada vez más se le antojaba que ese era el escenario perfecto para esas historias.

Louis y Henry conversaban y ella estaba segura que su primo se había servido otro pastel, pero no le importó. Se puso a recorrer el salón, observando los cuadros que colgaban de sus muros, pero de todo era el piano el que le llamaba más la atención. Acostumbrada a tocar en un piano de pared observaba ese de cola y sentía deseos de tocarlo. Todavía con el plato vacío en la mano, rodeó el instrumento dibujando su forma con la yema de los dedos en un contacto tan sutil que casi parecía trazado al aire. Cuando sus dedos se deslizaron por encima de las teclas, arrancó sonido a una de ellas y se apartó con premura, como si temiera ser cogida en falta y por lo mismo decidió mejor regresar junto a ellos.

-Si no les molesta, iré con Daisy -dejó el plato sobre la mesita y situándose justo detrás de su primo, apoyó las manos sobre sus hombros-. Henry, si quieres luego revisamos los libros de cuentas juntos -se inclinó un poco hacia adelante y le dio un beso en la coronilla-. Conversen de sus asuntos tranquilos, les aseguro que voy a estar de lo más entretenida con Daisy y George -miró a Louis y esbozó una sonrisa-. Louis, con su permiso... -dijo haciendo una reverencia y se alejó por la misma puerta que la mujer había desaparecido antes.

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10/02/2016, 16:13
Louis Kindelanver

Apenas había escuchado un par de frases y Louis ya había decidido que le agradaba el señor Dashwood. Escuchó cada una de sus palabras, prestando una especial atención a sus consejos previniéndolo de la especulación. Asintió conforme con ello, pues aunque aquella idea tampoco había llegado a pasar nunca por su mente —todos aquellos asuntos financieros le resultaban demasiado ajenos—, no era así con algunos de sus socios y en la última reunión a la que había asistido algunas voces se habían alzado con aquella idea. Se alegró entonces de haber pospuesto el tema a pesar de la presión hasta informarse debidamente. 

Sin embargo, su ceño se frunció cuando Henry mencionó que no deseaba ser retribuido por el momento. Y ya estaba abriendo la boca para oponerse cuando el hombre expuso su condición y la volvió a cerrar, completamente sorprendido por ella. De inmediato sus ojos buscaron a Prue, que miraba a su primo. No podía negar que le agradaba la idea de tener a la muchacha cerca ayudándole con aquellos endemoniados libros. Sólo con imaginarlo se le escapaba una pequeña sonrisa. Pero sabía que podría resultar inapropiado y eso aumentaba su sorpresa viniendo como venía la propuesta de un familiar de la propia Prue. 

Lo dejó terminar sin decir nada todavía, pero cuando Prue se levantó, los ojos de Louis se fueron tras ella. No necesitaba escuchar los elogios del señor Dashwood para sentir que podía confiar en ella aquella tarea. No estaba seguro de por qué tenía esa seguridad cuando apenas la conocía, pero ahí estaba bien anidada. La contempló sentándose junto a la ventana y durante un instante admiró la forma en que la escasa luz del exterior caía sobre su rostro. 

—Por mi parte estaría completamente encantado de que Prue llevase los libros de cuentas —dijo entonces, devolviendo sus ojos a Henry—, siempre que ella quisiera, claro está —matizó, mirándola a ella de nuevo y dedicándole una sonrisa. 

Tras un segundo recuperó la seriedad y su mirada volvió al hombre. —Mis socios se opondrán, pero yo me encargaré de ellos. —Los dedos de Louis tamborilearon sobre el dorso de su otra mano mientras buscaba la forma de plantear lo siguiente. —Pero, señor Dashwood. ¿Eso no la pondrá en una situación comprometida? Quiero decir, yo soy un hombre viudo y ella tendrá que venir aquí... O acudir a mi oficina, que tal vez sea menos inapropiado, pero aún así puede despertar habladurías. 

Miró de nuevo a Prue que en ese momento revoloteaba por el salón y una vez más la visualizó como una pequeña mariposa. Contempló cómo la joven acariciaba las teclas del piano y al ver cómo escapaba por aquella nota furtiva se enterneció. Tuvo que recordarse a sí mismo que era momento de hablar de negocios y no de música, pues en aquel momento el impulso de pedirle a ella que tocase algo apareció con fuerza. Lo pospuso por el momento, pero no se le olvidaría.

—Lo último que desearía es que el honor de Prue se viera en entredicho —agregó, apartando la mirada de ella con dificultad para mirar a Henry—. Y por otro lado, me gustaría retribuirle igualmente por su trabajo, aunque por ahora fuese sólo un porcentaje de sus honorarios para completarlos después. 

La figura de la joven apareció de nuevo en su campo visual y asintió con la cabeza cuando anunció que saldría del salón. 

—Tenga cuidado —advirtió con fingida seriedad antes de continuar con una pequeña broma—. Si ve que Daisy coge un cucharón, tendrá que ser rápida esquivando. 

La siguió con la mirada mientras salía del salón y cuando la puerta se cerró, él volvió a mirar a Henry, más capaz de centrarse en él sin que Prue estuviera alrededor.