La taberna El Faro Torcido bullía con murmullos, humo de pipa y olor a madera húmeda. Afuera, la llovizna tamborileaba suavemente contra los cristales empañados, mientras el viento del mar silbaba entre las rendijas del viejo edificio. Las velas parpadeaban con nerviosismo, proyectando sombras danzantes sobre las paredes repletas de redes de pesca, botellas vacías y mapas amarillentos de costas olvidadas.
Gente de toda índole ocupaba las mesas: marineros curtidos, mercaderes con la vista fija en su jarra, y unos pocos forasteros con armas al cinto y miradas que evitaban el contacto directo. La tensión en el aire era palpable, como si todos esperasen algo o temiesen lo que estaba por llegar.
De pronto, se hizo un silencio extraño, casi antinatural, cuando la puerta chirrió y se abrió de golpe. La lluvia se coló en un soplo frío, y Jareth Montclaire, el alcalde de Brumavilla, entró.
Era un hombre alto y delgado, de unos sesenta inviernos, con un rostro afilado y serio marcado por arrugas de preocupación más que por la edad. Sus ojos, grises como la niebla del puerto, escudriñaban la sala con la precisión de un halcón. Vestía un abrigo largo de cuero oscuro, bordado con discretos símbolos de la antigua guardia costera, y llevaba un bastón de madera de abedul con incrustaciones de plata —más símbolo de autoridad que ayuda para caminar.
A su lado, un joven ayudante empapado portaba una carpeta sellada y una pequeña bolsa de cuero que tintineaba con cada paso.
El alcalde avanzó hacia el centro de la sala, apoyó el bastón con firmeza en el suelo, y habló con voz clara, grave y firme:
—¡Ciudadanos de Brumavilla y forasteros por igual! —su voz cortó el murmullo como un cuchillo en la niebla—. Como sabéis, la sombra de la Isla de Vellathar se cierne sobre nosotros. No os llamo por codicia, sino por necesidad. Vuestro pueblo necesita manos valientes y corazones dispuestos.
Hizo una pausa, recorriendo con la mirada los rostros de los presentes.
—A quienes estén dispuestos a adentrarse en la niebla, enfrentar lo desconocido y traer respuestas... acercaos ahora y bebamos juntos. El destino no espera a los indecisos.
El silencio volvió. Solo el crujir de la madera y el lejano trueno contestaban.
Os podéis describir y anotar algo sobre vosotros o sobre vuestras motivaciones. No os conocéis entre vosotros.
El hombre que aguardaba junto a la chimenea se irguió al ver entrar al alcalde y al muchacho que lo acompañaba. No le había hecho mucha gracia tener que compartir mesa al llegar, pero entendía que todo estaría abarrotado ante la oferta de trabajo y era parte del protocolo.
Había sido una larga travesía hasta el pequeño pueblo costero atravesando la tormenta que se ensañaba ahí fuera contra los más osados, y aún no había podido descansar o tan siquiera cambiarse. Prefería estar atento y escuchar primero los rumores antes de aceptar una misión. En el pasado eso lo había salvado de una muerte segura frente a lo que hubiera parecido dinero fácil.
Pese a lo incómodo del lugar había podido acercarse al fuego. Aún así seguía empapado. Su armadura desgastada por el combate iba escurriendo el agua poco a poco, sin embargo el guerrero no parecía incómodo. Debía haberla cambiado hace mucho tiempo, pero diversas muescas profundas mostraban el verdadero brillo del metal, ahora sucio... adamantina. Puede que fuera por ello por lo que aún la conservaba, una segunda piel más dura que las escamas de un dragón.
Dos espadas largas se mantenían apoyadas junto al banco donde estaba sentado, custodiadas por un viejo escudo también abollado.
El hombre se mesaba la barba castaña mientras escuchaba al alcalde y al terminar se revolvió el pelo aún mojado para evacuar el agua que le quedaba y agarró sus armas antes de levantarse. Sus profundos ojos azules parecieron encenderse durante un instante cuando restalló un sonoro trueno en el exterior. Con calma se dirigió hacia donde estaban todos.
- Yo iré a esa isla. Si es cierto lo que dicen los rumores no hace mucho que está maldita. ¿Qué ha ocurrido para que sea así?
Esperaba algunas respuestas antes de partir.
El pueblo pesquero era rústico, casi idílico, enraizado en la ladera de la montaña. El sabor a sal y el remor de las olas siempre presente acompañaban al transeunte hasta la taverna del faro torcido, oscurecida por la tormenta. Llevaba muchas semanas recorriendo la región, preguntando en las distintas posadas y los bulliciosos mercados por la oscura leyenda de esa isla maldita. Apenas había información escrita en las bibliotecas de los templos que había visitado y, sin embargo, algo en su interior se revolvía inquieto, sentía una extraña resonancia, una sensación oscura y opresiva. Pasó horas rebuscando entre viejos tomos de pergamino, órdenes púbicas y edictos de la aristocracia local tratando de dar con algo que le ayudara a comprender la naturaleza y el origen de aquella extraña maldición.
Fué en una de las plazas de un pueblo cercano donde le sorprendió ver el edicto en búsca de héroes que quisieran confrontar de primera mano con la isla prohibida, una oportunidad que no podía rechazar ¿Porqué sentía esa extraña conexión?¿A caso se trataban de antiguos rituales de nigromancia, invocando fuerzas del mismísimo plano de la muerte?¿O tal vez era la terrible condena impuesta por la ira de un dios agraviado
Pensativo, desde un rincon oscurecido por las sombras observaba el resto de pescadores, campesinos y curiosos que habían sido atraídos por aquella llamada, como polillas a la luz de la llama. Tal vez, con suerte, algún aventurero digno de tal nombre había acudido a la llamada del alcalde. Aunque lo más probable es que fueran viejos trotamundos y jóvenes barbilampiños en busca de aventuras. El viejo entró con el porte de un alto dignatario, con el paso y la indumentaria de un viejo capitán y la expresión de un padre preocupado.
Cuando convocó a los elegidos para la búsqueda Leopold se levantó, tras un guerrero de brillante armadura y dos espadas a su espalda, avanzando con paso seguro. Su bastón conjurado irradiaba una luz sobrenatural, con un cristal azulado engastado brillando en su extremo, donde podían inutírse las almas de los condenados atrapadas en su interior. Sus ropas eran finas, de seda bordada en oro y pedrería con diseños arcanos. Era un hombre alto, de larga melena oscura como la medianoche y su piel rojiza como el atardecer. De mirada gélida, un cristal helado y dos cuernos retorcidos de brillante carmesí destacaban en su frente. Sus movimientos eran gráciles, y a una palabra suya todas las luces de la taberna tomaron un color azulado, llenando de sombras extrañas los rincones. Su voz resonó clara y profunda, como la de un heraldo acostumbrado a la corte.
- Soy Leopold Brightwater. Experto en las artes arcanas, me presento voluntario para adentrarme en las brumas de la muerte y explorar la isla maldita en busca de la verdad.
Ya se habían presentado dos valientes pero un segundo silencio se hizo en la taberna, parecía que nadie más quería arriesgar su pellejo solo por un sentido del deber contra la fatalidad.
Entonces una figura destacó de pronto entre la multitud antes de eso había pasado inadvertida, no escondida en una esquina sombría si no delante de todo el mundo frente a sus narices. Nadie la había visto llegar. Ningún sonido delató su presencia hasta ese instante.
Se retiró una capucha de color verde oscuro, era una elfa, alta para su estandar y delgada, de piel ligeramente tostada por el sol urbano y ojos verdes afilados que no pedían permiso para mirar. Su andar era silencioso, seguro, como si cada paso ya supiera adónde llevarla. No vestía nada ropajes llamativos, solo una capa oscura empapada en los bordes y ropas de cuero bien ajustadas, hechas para desaparecer entre multitudes y escapar por los tejados.
Una trenza recogía su cabello oscuro detrás del cuello, aunque mechones sueltos le caían sobre la frente, como si no le importara demasiado el orden. Llevaba un par de dagas cruzadas en la espalda, y un cinturón con bolsillos demasiados… para alguien que decía no tener nada.
-Yo iré.
Se acercó sin prisa, sin miedo. Nadie la reconoció del todo, pero más de uno se apartó instintivamente. No había bravura en su mirada, ni siquiera interés por impresionar. Solo un atisbo de sonrisa, como si supiera algo que nadie más sabe.
Cuando estuvo frente al alcalde, no hizo reverencia ni se presentó. Le sostuvo la mirada apenas un segundo más de lo necesario y dijo, con voz baja, seca y clara:
-Nyxaria Vael’Shirae
Desde atrás se acercó una mujer gato, de manera discreta estaba interesada en unirse. Portando armadura y escudo, además de símbolo sagrado, no parecía una joven común.
El alcalde saludó a los valientes que se habían presentado, con una leve inclinación de cabeza y una mirada en la que se entremezclaban cansancio, gratitud y un dejo de preocupación. Su voz, grave y clara, rompió el murmullo de la taberna mientras el crepitar del fuego acompañaba sus palabras como un eco lejano.
– Los piratas fueron los últimos en atreverse a poner pie en la isla maldita –comenzó, dejando que la frase pesara en el aire un instante–. Una isla que, tiempo atrás, fue hogar de clérigos oscuros y los fanáticos que los seguían. Sus muros olvidados aún rezuman los ecos de antiguas blasfemias.
– Por lo que sabemos, los piratas no se atrevieron a establecerse. Pero la amenaza no ha desaparecido –añadió el alcalde, bajando un poco el tono, como si el propio nombre del lugar tuviera peso en su garganta–. La isla sigue envuelta en sombras, y se sabe que los restos de aquellos que murieron allí caminan aún entre las ruinas, negándose a descansar.
– El único punto donde se puede desembarcar con seguridad es una lengua de arena al este, conocida como las Dunas de la Calavera. Un nombre ganado con sangre, por cierto, y no por poetas.
Con un gesto a su ayudante, el alcalde señaló un pergamino donde podía verse una representación rudimentaria de la isla, y tras un momento de pausa, prosiguió:
– Estoy autorizado a ofrecer 2.000 piezas de oro a quienes acepten esta tarea. El pago se entregará al regreso, siempre que la isla haya sido despejada por completo de toda amenaza. El gremio de marineros enviará a sus propios hombres para verificarlo.
Sus ojos recorrieron los rostros frente a él, uno por uno.
– A cambio, se os proporcionará una embarcación: un bote de remos amplio, robusto, capaz de soportar el mar y el peso de quienes osen cruzarlo. El resto… dependerá de vuestro acero, vuestra magia, y vuestro juicio.
Una duda, alcalde, ¿Dos mil por cada uno que acepte o en total? Son cosas muy distintas.
DM: Son en total, vaya.
- Es un precio justo.- Dijo el guerrero con tono solemne.- Vennegor de Hesselink, a vuestro servicio.- Dio su nombre aceptando el trato.- Intuyo que habrá que cerrar los pormenores para asegurar el pago, y todo lo que exige el protocolo. Nimiedades.
Miró fuera donde la tormenta no amainaba.- Creo que la isla se ha empeñado en recibirnos con los brazos abiertos. Esperaría a mañana si eso pudiera significar que acompaña por fin el clima pero me da que es una esperanza que no podemos tener. Tengo todo listo si el resto también está ya dispuesto.- Hizo un ligero movimiento con las dos espadas que llevaba aún en la mano, selladas por el viejo escudo, y miró al resto, pensando.- Creo que vamos a ser cuatro, puede que suficiente.
Aparte de sus armas y la armadura, portaba una bolsa a la cintura a modo de banda donde parecía llevar el resto de pertenencias.
- He de apurar mi copa, ahí al lado de la chimenea, si alguien quiere acompañarme es bienvenido. Tampoco conviene excedernos demasiado pero nos dará calor para el viaje. Además, la jarra ya está pagada.
He dado por hecho que es de día, por eso de las sombras que proyectan las velas, así que no tiene sentido descansar y partir por la mañana.
Se le escapó un solo "ja", seco y cortante, como el chasquido de una cuerda tensa. No fue risa, sino una exhalación cargada de incredulidad tanto por la aclaración del alcalde como por la idea de que a Vennegor le pareciera un "trato justo". Lo acompañó todo de una sonrisa forzada y una negación.
—Con ese botín, repartido entre cuatro, uno podría vivir medio año entre lujos y sedas —dijo, con voz tranquila pero afilada. Pero lo que se nos pide no es proteger una caravana de unos goblins borrachos. Nos quieren cruzando el umbral de lo desconocido, donde ni los cuervos se atreven a volar. Eso, señor alcalde, se llama muerte muy probable. Y la muerte tiene su propio precio.
Hizo una pausa, calculada, como quien deja caer una daga con elegancia sobre una mesa.
—Si lo autorizado llega hasta ahí… estoy segura de que como autoridad local aún puede ofrecer algo más. Aunque no sea oro. Aunque solo sea algo que nos haga creer que esto vale el riesgo.
A la vista queda que a la elfa no le interesaban las causas nobles ni las amenazas vagas envueltas en misticismo. Nyxaris sabía medir. Medir el riesgo, medir la codicia de los poderosos, y medir exactamente cuánto estaba dispuesta a vender de sí misma. No era leal al oro como una vulgar mercenaria, sino al equilibrio. Y si la balanza se inclinaba demasiado hacia el peligro… más valía que alguien la compensara.
Tampoco es que tuviera mucha oferta llamando a su puerta para esa misión.
Vennegor soltó una ligera sonrisa al escuchar a la elfa, para él el trabajo no valía lo que ofrecían pero normalmente estas misiones acababan con un grupo de ladrones haciéndose pasar por espectros para atemorizar a todo el pueblo o incluso unos adolescentes aburridos con ganas de pasarlo bien a consta del miedo local. Si esta vez era algo distinto, lo que ella pudiera conseguir compensaría el posible peligro.
Fue a por la jarra y puso un vaso delante de cada uno, para repartir lo que quedaba y brindar en silencio moviendo la copa sin esperar una posible respuesta.
- Una mujer dura. - Dijo para el resto en voz baja.
Bebió un sorbo y observó divertido la reacción del alcalde.
Garsendis era una mujer menuda. No era nada grande, y los gatos no lo eran. Sus bigotes salían de entre la capucha hacia los lados, pero el resto de esa prenda tapaba la cara. Muchos se extrañaban de lo que era, y otros intentaban acariciarla como si de un gato se trases, pero no. No era un gato, si no una persona. Una sacerdotisa en concreto. Esta escuchaba silente y se había posicionad por detrás del alcalde para escuchar. Las imágenes de la isla, de Las Dunas Calavera y de las brumas que rodeaban a aquel trozo de tierra perdido y rodeado de agua, se presentaban ante sus ojos. No era capaz de ver con claridad, pero si notaba algo. Algo raro. Pero no tardó en decir que los cuerpos de los muertos andaban por allí y eso era algo que ella quería combatir desde niña.
Sacudió la cabeza levemente dentro de la capucha negando. Era una decepción descubrir que aún existían sitios así, y era parte de su credo el desterrar a los muertos y hacer que la naturaleza recuperase lo que era suyo. Lo que le pertenecía. Estaba allí por la lluvia. Se había escondido de camino a casa. Le habían pedido un favor de ir a curar a unos amigos de sus padres, y no podía negarse. Por lo visto una larga amistad y algo que sucedió en el pasado les hacían mantenerse unidos y apoyarse entre ellos, pero realmente vivían en el bosque a espadas de la sociedad y lejos de la inmensa mayoría de los que se llamaban a si mismo personas. Cazaba y vivía. Pocas veces se acercaban a los pueblos, y eso era para conseguir algo en concreto, llevando pieles curtidas, piezas de caza, carne curada o ahumada, y sobre todo, sus habilidades sanadoras. Al igual que hacía su madre, y la madre de su madre, y así todas las generaciones desde que tenía consciencia de ellas mismas.
Siguió escuchando y cada vez tenía más claro que tendría que ayudarles. Además, dos de ellos ya habían dicho que seríamos cuatro... y eso es que ya me contaban dentro de grupo. - Y si es así, no puedo negarme a ayudarles. Pensaba temerosa, pero muy interesada por lo que habían contado. Pero ahora la mujer de las orejas puntiagudas estaba negociando. Tenía claro la raza que era, porque tenía mucho contacto con ellos, ya que se los encontraba en el bosque muchas veces cazando. Incluso una vez le tocó gritarles en su idioma, porque pensaron que podía ser una buena presa y ya estaban montando las flechas en sus arcos. Resopló recordando aquello y lo mal que lo pasó. - Joder, por una vez que me dar por bañarme en la Poza de Rinmana. Resopló otra vez... y se mesó los bigotes derechos. No podía interrumpir, pero estaba claro que aquella mujer sabía lo que se decía en la negociación. Llevó la mano al bolsillo de su chaqueta. Tocó la moneda que le dieron años atrás por si necesitaba algo de los humanos cuando visitaba sus pueblos, pero aún no la había gastado. - Si yo sólo tengo una. Se veía sorprendida por la cantidad. Incluso pensaba donde podría guardar tal cantidad de dinero. - Si mis bolsillos no son tan grandes.
- ¿Qué puede hacer que piense que es mejor el dinero para hacer que me sienta segura al enfrentarme a la muerte? Garsendis no terminaba de entender aquello. Ella jamás había tratado o usado dinero, y a estas alturas, aunque le habían ofrecido dinero por las sanaciones o algunas hierbas para mejorar picaduras o desinfectar supuraciones, no lo había aceptado. Prefería cosas como prendas, comida, algunas baratijas, herramientas o incluso una vez le dieron una azada y un pico para excavar la tierra. En casa de su padre estaban. Lo que si usaron bien fue una, sierra que le dieron a su madre Garmina, y una caja llena de clavos, que trajo una vez su padre a casa. Repararon su hogar, reforzaron cosas que la madera ya estaba mal y consiguieron poner fin a esas malditas goteras. Incluso papá hizo una escalera de madera para subir al árbol donde su casa estaba. Una vieja encina con más de mil años junto a un tejo que podría tener la misma edad.
Esperó a ver si el tenso alcalde decía algo más.
A Leopold poco le importaba el dinero, y menos un poco de claderilla a dividir entre los los locos dispuestos a aventurarse en terreno maldito a cambio de unas pocas monedas. Por su parte tenía sus propios intereses, y una llamada distante que no podía ignorar. Cuando el alcalde describió el pasado funesto de la isla confirmó sus sospechas, se trataba de algún culto, arcano o sacrílego. La isla maldita.. ¿Acaso habrían debilitado los muros que los separaban del plano de la muerte?¿Se trataba de un ritual de sacrificio en masa a cambio de poder nigromántico? Necesitaban saber más.
Observó con una media sonrisa como la elfa demandaba una mayor compensación. Al fin y al cabo no era un trabajo normal para mercenarios, ni siquiera se trataba de un trabajo "especial", como una expedición de contrabando o un vil asesinato. Se trataba de adentrarse en una tierra tocada por la muerte, a ciegas, por solo 2000 monedas a repartir entre cuatro.Un total de 500 monedas por cabeza, había divanes en sus habitaciones de palacio que valían esa cantidad.
Mientras negociaban un mejor precio, o favores del alcalde Leopold a cambio añadió pensativo.- Necesitaría, si es posible, saber todo lo que se conozca del culto que llegó a la isla, así como lo que se recuerde de la órden de monjes que la habitaba antes del desastre. Desconozco si queda alguien vivo que pudiera contarnos de primera mano lo que vió.
Necesitaban más información para siquiera empezar a estudiar la naturaleza de la oscura maldición que había corrompido esas tierras.
El alcalde se irguió ligeramente, como si las palabras que estaba por pronunciar pesaran más que el oro prometido.
– Se dice que, en tiempos ya devorados por la niebla de la historia, la isla fue refugio de clérigos blasfemos. No eran monjes en retiro, ni sabios en busca de iluminación. No. Aquellos hombres y mujeres servían a la Muerte misma, la adoraban como a una reina, y sembraron la isla de rituales prohibidos y secretos oscuros.
Hubo un murmullo sordo entre algunos de los presentes, pero el alcalde no se detuvo.
– El oro es el que hay... pero entiendo que este encargo exige mucho. Por eso, haré lo que esté en mi mano. Cada uno recibirá una poción de curación proveniente de las reservas de la guardia —dijo, con tono firme, como quien entrega una promesa que no le es del todo fácil cumplir.
– Y además, presionaré al gremio de marineros para que añadan una recompensa adicional de 200 piezas de oro por cabeza. A fin de cuentas, también es su interés que esta amenaza termine. Ursa, su jefe, es terco como un ancla, pero creo que sabrá ver la razón.
Con eso dicho, el alcalde dejó que el silencio hablara por él un momento más. Su mirada recorrió una vez más los rostros reunidos ante él, deteniéndose brevemente en cada uno. Afuera, la lluvia seguía cayendo, suave pero constante, como si la isla ya los reclamara.
Os van a dar 1 poción de curación a cada uno, compensando que no las pudiérais comprar al principio. Aparte, hay otras 4 que podríais comprar.
Vennegor apuró su copa.
- Entonces es momento de partir. Necesitaré pasar antes por la tienda si es que tenemos que luchar contra no muertos, pero no me demoraré mucho. Y quizá algo de agua bendita nos vendría bien, podríamos visitar la iglesia.
Dio un paso al frente para acercarse a los demás y le dijo algo por lo bajo a la mujer. Bien hecho, chica elfa.
- ¿Alguien quiere venir? Espero que tengan lo que busco.
Si nos dan una poción, yo al menos compraría otra... dos en total (y si alguien no quiere la suya que lo diga, jeje).
Si quieres narrarlo genial, si no estoy listo ya. ¿Lo del agua bendita es factible?
Asintió ante el comentario de Vennegor de que alguien le acompañe. Acercó una mano hacia él y le indicó con el gesto que ella también iría. Además, le interesaba poder ver si esa moneda que tenía para emergencias valía de algo. Si la gastaba y conseguía la misión la repondría sin problemas, y si moría en aquel intento de purificación... daba igual que gastase la moneda a que no. Era simple resignación, como en la naturaleza, sobrevivir y comer, o morir y ser devorado. No tenías más, es el sino de su vida, y por si fuera poco, el sino de la de todos.
¿Cuanto vale? Soy probre como una rata. Eso de vivir en el bosque como una paria... es lo que tiene.
Leopold escuchó atentamente el relato del alcalde. Estaban ante un culto a la muerte, una horda de fanáticos y clerigos oscuros. Aunque seguían sin saber el porqué de su viaje a la isla, la oscura maldición que pesaba sobre sus costas podría bien ser la respuesta. Las palabras de Vennegor lo sacaron de sus pensamientos, apuró su jarra de vino y se levantó con solemnidad. Sus ojos negros con destellos irisados podían ver en la oscuridad de la tormenta con la misma facilidad que en una mañana soleada. Asintió ante las palabras del guerrero y los gestos de la mujer bestia.
- Os acompañaré, si nos adentramos en tierras sacudidas por el estigma de los no muertos serán necesarias sin duda, así como el agua bendita. Tal vez podamos conseguir también algún unguento. La enfermedad y la ponzoña siguen a los muertos que despiertan de sus tumbas.
Tomó el bastón y se irguió esperando que Vennegor abriera la marcha. Tal vez sería adecuado comprar agua y provisiones extras para una larga expedición.
Suspiró, no era mucho pero todo apuntaba a que si tensaba más se rompería la cuerda, setecientos mas la poción era un trato mínímamente aceptable.
-Lo sé, chico humano. -Contestó en un murmullo al comentario de Vennegor.
Pues en vista de que vais todos para allá supongo que os acompaño, presión de grupo. Ya nos dirá el alcalde donde y cuando para zarpar rumbo a la isla.
Los héroes bebieron juntos, sellando con vino y fuego la promesa de la misión. Luego descansaron bajo techo, entre mantas ásperas y vigas que crujían con el viento salino. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Brumavilla como una bendición gris, y los sueños fueron inquietos.
Con las primeras luces del alba, los esperaba en el embarcadero un bote de remos nuevo, robusto, de madera oscura tratada con aceite de ballena, suficiente para soportar tanto el peso del grupo como las aguas del Mar de los Susurros. Un guardia veterano les entregó un mapa enrollado y les señaló el rumbo: al este, más allá de las últimas boyas del gremio, directo hacia la Isla Maldita.
Remaron durante horas. La jornada fue larga, monótona, bajo un cielo encapotado que parecía no querer dejarles ver el sol. El mar, aunque sereno al inicio, comenzó a volverse inquieto a medida que la tarde se convertía en crepúsculo. Por fin, cuando la luz declinaba y el horizonte se teñía de un azul profundo, la silueta de la isla apareció ante ellos.
Era poco más que una losa de roca emergida, áspera y desprovista de belleza. Los acantilados desmoronados, devorados por siglos de oleaje, formaban un anillo de fauces dentadas alrededor de la masa central. El mar rompía con furia contra los bajíos, salpicando grandes columnas de espuma blanca sobre las rocas negras e irregulares. El sonido era el de una bestia que ruge sin descanso, y hasta los menos experimentados del grupo comprendieron al instante: intentar atravesar esas aguas sería una sentencia de muerte.
Y aunque el alma de la isla parecía invitar al desafío, sus acantilados de granito se alzaban verticales, desnudos, sin un solo lugar donde asirse, sin grietas que ofreceran paso ni descanso.
Sólo al sur, donde una playa de arena pálida rompía la continuidad del acantilado, se abría un acceso: las Dunas de la Calavera. Allí, el oleaje parecía ceder, formando una breve lengua de arena entre el mar y la piedra.
Apuntaos las pociones y restad el importe (si habéis hecho compras), veo que Venn ya lo ha hecho.
¿Qué hacéis?
Nyxaris se adelantó y se hizo con el mapa enrollado, con un ímpetu apenas contenido. Lo hizo por inercia. ¿Cuántas veces había dejado que otro se quedara con el objeto clave en mitad de una aventura? ¿Y cuántas veces se había arrepentido de ello?
Más tarde, en el bote, tras una travesía larga y agotadora, divisaron finalmente el objetivo. Ese momento, por lo general, levantaba la moral de cualquier grupo... pero no esta vez. No frente a aquella costa. Aquello no era tierra que uno quisiera ver. No por segunda vez, y ni siquiera por primera.
El mar se agitaba con una hostilidad casi personal. Las olas parecían no recibirlos, sino advertirles. Y la isla… la isla no los esperaba. Los desafiaba.
Nyxaris escupió por el costado, como queriendo vaciar la boca de superstición, y habló con tono seco, sin levantar la voz:
—Ya no es cuestión de verle las orejas al lobo. Rememos hacia la costa antes de que la corriente nos estampe contra los acantilados.
La mañana parecía haber acabado con la lluvia, aunque no había atisbo de luz y las nubes tapaban el cielo. Esperemos que no rompa hasta que lleguemos.
Y eso era al menos lo que sucedió, pues de otro modo quizá no hubieran podido llegar a la isla pese al mapa y las indicaciones. Pero una vez allí lo inhóspito del terreno les hizo albergar dudas, aunque por un breve instante.
- Si, vamos hacia la cala que nos dijeron. Allí, donde parece que el agua se muestra más calma.
Eligieron un buen lugar para sus rituales. Masculló finalmente para sí.
Llevaba el peso de los remos, tratando de encauzar la dirección aunque nunca había tenido que hacer algo así. Sin embargo el mar en esta zona ayudaba mucho más que en cualquier otro acceso.
- Cuando lleguemos será mejor que busquemos un buen sitio para esconder el bote. No creo que este lugar esté muy concurrido, pero algo me dice que si lo dejamos a la vista lo perderemos.
Seguía albergando la idea de que encontrarían maleantes que tendrían sus propios intereses para alejar a la gente del pueblo. ¿Quizá contrabando?
- O puede que la marea se lo lleve.- Lo que era otra posibilidad.
Ah, pues creía que era de día cuando llegó el alcalde... mejor, así salimos secos y descansados.
Edito, que nos hemos solapado :)))
Tras la reunión en la taberna fueron de visita a la boticaria, una de esas viejas arrugadas, marcadas por la sabiduría de los años y las generaciones pasadas que les ofreció viales de agua sagrada y pociones de curación. Teobold apenas durmió, repasando todo cuanto sabía de la historia de aquel extraño lugar. Casi todo eran leyendas, rumores esparcidos por los bardos y mercaderes locales ¿A quien estaban consagrados?¿Había poderosos nigromantes entre sus filas?
El día amaneció plomizo, denso y pesado como el bote que habían pertrechado para llevarlos hasta la isla. El aire era frío, húmedo y cargado de la sal del mar. Se mantubo silencioso durante la travesía, apostado en el castillo de proa oteando la silueta del acantilado. No se observaban apenas gaviotas, como si toda la vida hubiese sido extirpada de aquellas piedras grises, similares a una cadena de tumbas sin nombre saliendo del mar.
Cuando empezaron a hablar sobre el atraque Leopold coincidió con la experiencia del guerrero.- Una vez atraquemos en la costa, deberíamos buscar un refugio provisional para ocultar el bote y montar un campamento improvisado desde el que empezar a explorar la flecha litoral. Me gustaría realizar un mapa de las dunas de las calaveras y ver si queda algún resto que pueda aportar información sobre la orden sacrílega. Con suerte encontraremos los restos de alguna antigua construcción, algo que aporte luz al oscuro pasado de la isla.