Solo han pasado dos días desde que el velo de oscuridad se desvaneció tal y como llegó, sin avisar, de manera sorpresiva. Tres años completos pasaron desde el aislamiento que vivieron los moradores del Fuerte Sanguinalia, perdidos en lo alto del monte que ostentaba el mismo nombre que el fuerte. Solos, aislados y sin poder abandonar las inmediaciones de la fortaleza, la oscuridad fue tal, que muchos juraban que podían sentirla en su piel.
Con la llegada de los primeros rayos de luz, supieron que se encontraban en la semana número III de Mariana en el calendario, pues por fin pudieron verla, plateada, coronando el nocturno cielo de Santa Isabela. Mauro, el capellán primaris del fuerte, fue capaz de ordenar los rezos de la festividad de Mariana, consiguiendo así, que muchos freires, caballeros y adiutores se sintieran reconfortados por primera vez en años, pues, a pesar de que las misas siguieron celebrándose a lo largo del tiempo, no era lo mismo sin el calendario Satelles guiando los oficios.
Se rumoreaba que el Maestre estaba preparándolo todo para mandar a diferentes clibanarii para descubrir en que estado se encontraba el planeta y las distintas ciudades que salpicaban su orografía. También se decía que Don Hernando no estaba nada tranquilo, que sospechaba que algo malo había pasado, y eso podría ser un sentimiento compartido, teniendo en cuenta que las almenaras no se habían encendido, ni una sola de ellas, ni las provenientes de Fuerte Anyera como las de Fuerte Nuevo, los únicos fuertes con los que Sanguinalia contaba con comunicación de ese tipo. Dos días habían pasado, pero las leyes eran claras.
Tras la misa de la tarde, Don Hernando convocó a todos sus freires a la nave principal de la catedral del fuerte, allí, subido al pulpito, observó a los pocos caballeros que quedaban bajo sus mando. Eran tiempos aciagos y con solo dos cientos caballeros, no iba a ninguna parte. Dios los ponía a prueba, como acostumbraba; y a pesar de ello, ni uno solo flaqueó.
¡Hermanos! - empezó reclamando la atención de todos, flanqueado por Mauro y por María, su mano izquierda - no me andaré con rodeos, el tiempo apremia y temo por la salud de esta sagrada tierra, temo por sus habitantes y por nuestros primos de otros fuertes. Nosotros nos preparamos bien llegado el momento, no hemos pasado calamidades ni hambre, pero las almenaras no han sido respondidas, temo que Fuerte Anyera y Fuerte Nuevo este en peligro o hayan caído. Todos sabemos lo que esos débiles hombres que se hacen llamar los Guardianes del Paso nos la tienen jurada, pero no voy a compartir con vosotros todas mis elucubraciones - apretó con fuerza el atril y el cuero de sus guantes crujieron con fuerza, sonido que no pasó desapercibido por la tremenda acústica de la nave central - serán mandadas cinco clibanarii completas, en oleadas, cada una con una clara misión - su mirada se posó en Teodoro - prepara a los tuyos, seréis los primeros en partir rumbo a Fuerte Anyera; Jorge, tú iras a por Fuerte Nuevo, el día siguiente. Inés, tú clibanarii deberá llegar hasta Fuerte de Jagua, en tres días, y tú, Anacleto, comandaras las otras dos que quedan directamente hacía por nuestros primos más queridos, Fuerte de Bacalar, partirás en cuatro - miró tanto a Ordoño como a Castelferro - no protestéis - se anticipó - vosotros seguís aquí, hasta que vuestro Maestre no os convoque de nuevo, seguís bajo mis ordenes - no quería discusión alguna ante ese aspecto - ¡Es imperativo restaurar el orden! ¡recuperar el flujo de caravanas entre fuertes! - y se cayó, demostrando, nuevamente, que detestaba dar grandes discursos, despreciando esa actitud, estaba ante hombres y mujeres, caballeros de pleno derecho, no ante infantes que no salían de las faldas de sus madres.
El Maestre dejó sitio para que Mauro leyera el proverbio que había elegido para es día. Este los miró a todos con sus ojos cargados
de infinita sabiduría, como el pastor que era, contemplando a su rebaño, con orgullo nada disimulado. Sonrió y asintió varías veces antes de abrir el enorme códice. Se aclaró la garganta y alzó ambos brazos mirando al techo, se lo sabía de memoria, pero el rito, era el rito. Con voz proverbial, digna de un corista de gran talento, recitó las palabras con su melodiosa voz inspirando a todos - Muchos son los planes en el corazón del hombre, mas el consejo del SEÑOR permanecerá - el eco repitió las palabras tres veces, como así mandaba la tradición y el silencio se hizo.
Ahora Mauro fue el que dejaba lugar a María Espinosa, bajo la atenta mirada de Don Hernando. La caballero, de pelo dorado y mirada impasible, se limitó a interpretar su papel, la de perro que jamás ladraba y solo sabía morder - ¿dudas? - preguntó con voz atona, que casi sonaba a un desafío.
Arnaldo aún no se lo podía creer. La oscuridad se había ido y, como los animales tras el invierno, los caballeros saldrían de sus fortalezas para volver a hacer su sagrada labor. Volverían a recorrer los caminos, a proteger a los débiles y a vivir aventuras y acción. Hacía apenas dos años que se había convertido en freire y aún no había tenido la oportunidad de poner a prueba su acero contra esa escoria que se hacía llamar "Guardianes del paso".
Cuando Don Hernando los convocó tras la misa de la tarde y les otorgó el honor de ser los primeros que saldrían del fuerte sintió como su ardor guerrero y sus ganas de salir del fuerte se multiplicaban por mil. Buscó con la mirada los ojos de sus compañeros para ver si ellos compartían su ilusión.
Escribar acudió a la reunión junto con su ayudante, Diosdada, caminando con paso tranquilo y con su perenne sonrisa en el rostro. Lucía las insignias de capellán, y en el rostro algunas marcas de su última penitencia, pero no parecían molestar al hombre, que escuchó con atención lo que Don Hernando debía decir. Lógico. Debían encontrar a sus hermanos, y velar por la salvación de las almas inmortales de Santa Isabel. Y no lograrían ninguna de esas cosas encerrados como niños asustados.
Las palabras de Mauro ensancharon algo su sonrisa, mientras repetía, en voz baja y para sí, el salmo que el buen capellán les dedicaba. Sabias palabras, sin duda. Muy sabias. Es propio de la arrogancia y terquedad del hombre pensar que puede torcer los designios divinos... Pero cada uno tenemos un camino, marcado por él, y queramos o no nuestras decisiones no nos alejan mucho del mismo.
Y era el momento de las dudas. Y, llegado ese momento, clavó su mirada en Teodoro, como dos hierros de marcar, esperando a que el caballero hablase.
Tomás se encontraba sorprendentemente energizado aquel día. Tras 3 años, se había pasado un buen rato bañándose en la luz del sol en el patio antes de acudir al oficio de la tarde.
Bien, por suerte los caballeros presentes en el fuerte había sobrevivido, en buena parte gracias a la previsión de Don Hernando. A Tomás le gustaba pensar que su descubrimiento de un hongo especialmente nutritivo que crecía en las catacumbas bajo Fuerte Sanguinalia había contribuido a que todos sus habitantes se mantuviesen adecuadamente alimentados. Ciertamente se habían escuchado comentarios malintencionados acerca del dudoso aspecto de las plantas fúngicas y sobre que el sabor dejaba mucho que desear ("preferiría comerle el miembro a un Guardian del Paso" había sido uno de los más mencionados); pero Tomás tenía muy claro que aquellas habladurías no eran más que cháchara inútil propia de intelectos primitivos.
-¿dudas?
Su mente había vuelto a divagar. Volvió a la realidad justo cuando la caballero Espinosa habló, y carraspeó para hacerse notar. -Ejem, sí, señora, aquí. ¿Puede vuesa merced detallarnos cómo se organizarán los distintos clibanarii?- preguntó.
Remedios acudió presta al lugar, con una sonrisa ahora que la oscuridad al fin se había marchado, aunque no duró mucho cuando se mencionó que las almenaras no habían respondido, y que no se sabía del estado de muchos otros fuertes, y de sus ocupantes, hermanos de armas. Finalmente encontró lugar junto al páter Escribar, y rezó tras que Mauro alzase la voz en la tan sonora cámara en la que se encontraban. Tras aquello miró a Arnaldo.
-Es una buena oportunidad para que restituyáis la deuda, seguro que alguna de esas caravanas ya está en marcha y tendremos a bien encontrarla de camino.- Sonrió divertida, imaginándole comprando algún jamón o licor en el camino solo para restituir la deuda. Cuando Tomás hizo aquella pregunta alzó una ceja, volviendo la mirada a la interpelada por el hombre…Esperaba que no recibiera una respuesta demasiado mordaz.
Con su edad, la perspectiva del tiempo era muy diferente, y más de una vez se preguntaba si aquella sería la última vez que tomaría eso, sentiría aquello o vería aquello otro. Ver el sol tras tres años había sido un regalo para Ordoño.
Así fue que cuando se juntaron Ordoño acudió con una actitud diferente. Más amable. Al menos hasta que Don Hernando dio las órdenes, y al viejo caballero no le gustaron. Le entró la tos aparentemente incontrolable, entremezclada con un 'la hostia, joder', cuando le fue entregado a Teodoro el mando de una de las clibanarii. Bufó cuando vio que no acompañaba a Anacleto a su fuerte. Y repitió las palabras de Mauro buscando la calma interior.
Es lo que hay, viejo cascarrabias. Tú a lo tuyo y ya te dirán qué hacer, murmuró para sí mismo luego.
Cuando la caballero preguntó, casi no había terminado de hablar Tomás cuando preguntó directamente a la caballero:
—Necesito saber qué caballos se van a llevar para echarles un vistazo antes de que partan. Que luego se me quejan cuando aparecen cojeras o se caen herraduras. Y que alguien le diga a algunos—dijo elevando un poco la voz— que a los caballos se les trata bien, joder, que ni son un ladrillo, ni crecen de los árboles.
Observó al físico como quien observa una mosca aletear. Su ayudante le hizo la entrega de un pergamino enrollado y lo extendió sobre el atril con deliberada lentitud, planchando con la palma de su mano el arrugado papel. Se llevó la mano a la boca y carraspeó antes de leer - Los clibanarii serán grupos completos de dieciséis miembros de la orden y acompañados por un guía civil; El clibanarii del Caballero Teodoro lo formaran los freires Arnaldo, Isabel, Melquíades, Remedios y Tomás, junto a sus adiutores y apoyados por Ordoño, Castelferro y el Pater Escribar ¿comprendido? quien hará de guía durante el viaje, será Diego "media cara" - todos conocían a ese hombre, un tuerto que perdió el ojo durante la oscuridad, temiendo por la vida de su mujer e hijos, afincados en Villa Vieja, salió hacía allá. No había sido capaz de avanzar mucho, pues en cuanto la oscuridad lo sumió, algo le atacó en la negrura y volvió practicamente sin la mitad del rostro. Los físicos que le atendieron coincidieron que la marca del zarpazo se correspondía con la garra de un destripador, pero nunca se pudo confirmar, Diego aseguraba que no había oído el rugido de una de esas bestias. Ante el temor de la contaminación del pecador, su alma fue purificada tres veces.
Ordoño, revise entonces los asturcones de su clibanarii, el resto serán comprobados por sus caballerizos
Las festividades y rezos de Mariana le habían servido a Teodoro para tranquilizarse y hacerse a la idea de que ahora tendría que estar al mando de un clibanarius. Al principio le había parecido un poco una locura, teniendo en cuenta que había freires con más experiencia y méritos que él, pero confiaba en Don Hernando y en su juicio, y por qué no decirlo, también en sus propias capacidades. Había estado pidiendo por una oportunidad más de demostrar su entrega a Dios y a los caballeros, y Él le había respondido.
Al escuchar su nombre, el caballero miró a su maestre y asintió, solemne, a su encargo. Al mismo tiempo, empezó a recorrer mentalmente el mapa que cientos de veces había estudiado antes. No era un trayecto fácil, más si se tenía en cuenta que no sabían absolutamente nada del estado actual de Santa Isabela... Pero Las palabras de Mauro resonaron en su cabeza, llenándole de confianza y tranquilidad en Dios. Lo lograrían sin importar el costo, era SU voluntad.
La verdad, la única duda que tenía Teodoro fue exteriorizada por Tomás. Don Hernando no le había dicho con certeza quien formaría parte de su clinabarius, pero ahora quedaba claro. Asintió a la caballero.
— Muchas gracias por vuestra información, mi señora Espinosa* —respondió, formal—. Al tener el honor de ser el primer grupo en partir, también debemos verificar que los habitantes de Villa Vieja permanezcan fieles al recto camino, ¿correcto? —era prácticamente obvio, pero aún así quería tener bien en claro sus objetivos—. Tengo otras preguntas, pero son más relacionadas con el viaje en sí, así que ya hablaré con el buen Diego al respecto —hizo una breve reverencia—. Partiremos tan pronto sea posible.
Se acercó a su escuadra y miró a cada uno con solemnidad.
— "Nunca dejen de ser diligentes; antes bien, sirvan al Señor con el fervor que da el espíritu" —recitó de memoria—. Ya habéis escuchado las palabras de Don Hernando, hermanos y hermanas. Debemos partir cuanto antes a Fuerte Anyera y retomar nuestros deberes como fieles siervos de Dios Todopoderoso. Quiero que preparéis vuestras cosas y estéis listos cuanto antes, zanjad cualquier asunto pendiente hoy mismo, pues partiremos con la primera luz del día. ¿Alguno más quiere decir algo?
* Si está mal dirigido pues dice lo que sería correcto.
La pregunta con la que Teodoro cerró su intervención hizo que Melquíades estirara el cuello y carraspeara, arrancando un silencio a quienes le rodeaban y atrayendo hacia sí la mirada de muchos de sus hermanos. ¿Iba a hablar el freire? ¿Iba a romper, por fin, su eterno silencio? Durante todos esos años, a falta de temas de conversación más amenos, los hombres y mujeres de Fuerte Sanguinalia habían especulado acerca del porqué de su voto de silencio y acerca del cuando terminaría, y quienes en tal sentido habían apostado por el amanecer como el final del mismo, estaban a punto de comprobar si habían acertado en sus predicciones.
Sin embargo, los segundos pasaron y el freire no dijo nada. Y cuando al poco agachó la mirada para volver a centrarse en lo que tenía en las manos —un viejo medallón al que rebañaba el polvo con un trapo—, uno a uno todos ellos fueron aceptando que seguía mudo por convicción, y que el voto sobreviviría a la noche.
Pero, ¿tenía Melquíades algo que decir? Por supuesto. Infinidad de cosas, más a cada día que por fin pasaba, pero en esa renuncia yacía no el mérito, sino la recompensa de su sacrificio. Al rehusar el regalo que el mismo Dios-Emperador le había hecho, al negarse a sí mismo la voz que Él le había dado, sin obrar palabra le decía al Padre de la Humanidad: “Señor, en tus manos estoy; que mi voz sea tuya, y tu Voz mis manos”. Y así lo creía, de todo corazón.
«Diego Media Cara», musitó mentalmente, recordando al aldeano que les haría de guía. Se colgó el medallón del cuello, y volvió a alzar la cabeza. Creía un error que Teodoro fuera la cabeza del clibanarii, pero no rompería el voto para agraviar a un hermano.
Ordoño sintió alivio al saber que iba a salir del castillo. Cuando Don Hernando habló, pensó que debía resignarse a permanecer en Sanguinalia, pero María le hizo cambiar el semblante. Más aún al dejar clara la jerarquía.
—Bueno jovencitos, si todo va bien, que no lo irá, porque en este condenado lugar siempre hay problemas, nos esperan unas dos semanas a caballo. Alguno quizás tenéis el culo aún suave y sedoso, así que os tocará hacer cayo sobre la montura... sobre todo cuando nos acerquemos a Caleruega y Frías. La hostia, vaya carrerita nos espera.—terminó diciendo mirando a Teodoro interrogativamente.
Si iban por el camino sería más rápido, pero seguro que se encontrarían con esa basura de guardianes del paso. Pero ir por la montaña, aparte de ser mucho más lento, también era lanzar una moneda al aire. Ya les contarían el plan.
Entonces vio la reacción de Melquíades. Ay, chaval. Qué pasará por tu cabeza. E intentó sacarle del ensimismamiento.
—Lleva extra de munición, mochuelo. Últimamente te veo algo fallón y te necesitamos para cazar, ¿vale?—le dijo con una sonrisa que sería evidente si no fuera por la poblada barba que llevaba.
Isabel se había quedado cerca de la puerta, mientras se encendía su pipa con una cerilla. No estaba demasiada contenta con tener que estar al mando de Teodoro, pero no quedaba otra que apechugar. Que vergüenza sería para ambos si hablaba en su contra por temas tan nimios. Al menos durante el camino poco tiempo tendría el tipo para leer y preguntarle recomendaciones. Agitó la cerilla para apagarla y salió fumando, dispuesta a ir preparando sus cosas.
Arnaldo supo que le tocaría echar una mano con los asturcones. No le importaba, al revés, le encantaba cuidar de aquellos preciosos animales. Sonrió ante el comentario de Remedios mientras en su mente comenzaba a repasar cuanto había ahorrado y rezaba porque los comerciantes les hiciesen precio amigo. - Eso dependerá de la suerte que tengamos, algo me dice que aun tardaremos en degustar esas viandas. - dijo sonriendo como si quisiera quitarse de en medio la deuda. Una broma por supuesto, un buen caballero era fiel a su palabra y Arnaldo no traicionaría su palabra a la ligera. - Porque tendremos muchas semanas de camino por delante, nos dolerán los traseros, se nos secarán los labios, los días se harán más largos, caminaremos hasta el fin del mundo y.... - dijo imitando a Ordoño estirando su sonrisa y confiando en que la buena relación con el veterano le haría ver las cosas como lo que eran, una broma. - Anda, preparemos los asturcones, llevo esperando este día durante tres largos años...
Pues no había manifestado duda alguna. La sonrisa del capellán bailó un poco en sus labios, en un gesto que no estaba claro si era de aprobación o de ligera reprimenda. Sin embargo, aún mantuvo la mirada incómodamente en Teodoro unos momentos más, antes de devolver su atención al resto y a lo que pasaba a su alrededor.
-Benditas sean, ahora y siempre, las manos y las voluntades diligentes. Sin embargo, he de recomendar a todos los presentes que pasen por los servicios religiosos antes de partir. Puede que la oscuridad se haya marchado de este mundo, pero ¿ha abandonado el corazón de los hombres que lo hoyan?-preguntó, ensanchando momentáneamente su sonrisa. No hacía falta, realmente, que cuestionara siquiera que eso fuera posible-es nuestro deber traer la luz durante nuestro viaje, y sin duda habrá muchas almas descarriadas ahí fuera, buscando redención y penitencia. Buen Ordoño, quizás debería reservar algunos clavos de los herrajes, si tuviera la merced-comentó, con un tono alegre, centrándose momentáneamente en el anciano caballero. Tampoco hacía falta tener mucha imaginación para dar con el destino que Escribar vislumbraba para esos clavos.
-Ah, pero las obras del hombre son fugaces, su tiempo limitado... Y hay tanto, tanto que hacer... Si me disculpan, es el momento de preparar el alma para este duro camino-finalizó, con intención de marcharse a sus aposentos. Mucho debía ser dispuesto antes de la partida, y muchas horas de penitencia y rezo debían llevarse a cabo.
La Larga Noche había acabado de forma tan repentina como empezó, y aquellos dos días habían sido unos de desconcierto y actividad totales. Nadie sabía el motivo ni nadie sabía que pasaría, ahora que casi se habían acostumbrado a la continua presencia de aquella cicatriz brillando en el cielo. Tres años encerrados en Sanguinalia, sin saber cual podía haber sido el destino de sus hermanos en Bacalar. Tres duros años en los que no había desfallecido ni un solo momento, nadie se lo permitiría, él el primero.
Y ni siquiera podía saberlo ahora, ya que, desde su fortaleza, no veían que quedara ningún otro bastión habitado. La decisión del Maestre fue, pues, lógica. En aquellos tres años, no habían dejado atrás ni sus tradiciones ni de cumplir con su deber, y por sus juramentos, tenían que seguir protegiendo aquél mundo. O al menos, ver qué quedaba de él para proteger. Fuerte Anyera estaba en la dirección contraria a la que él querría ir... pero ya era algo. Aunque sintió una punzada de molestia al no verse asignado, él y Ordoño, al clibanarii que viajaría hasta su fuerte de origen.
Viendo como a los diversos miembros del primer grupo que saldría a explorar ya se les estaban encargando varias tareas a cumplir para antes de partir, valoró sobre si ponerles más carga encima por su parte, pero al final lo decidió el hecho de que un momento y una expedición tan importante no podían empezar con una relajación de las normas antes siquiera de dejar atrás los muros del castillo.
— Espero una impecabilidad absoluta en vuestra indumentaria y equipo antes de partir, soldados de Dios — dijo a los reunidos — En todos — recalcó. Una vez en marcha, ya verían que les deparaba el camino.
Aquello ya no daba más de si, fue por ello por lo que el Maestre se marchó tras un ligero adiós y fue seguido por María, la cual, recogió el pergamino enrollándolo con cuidado. El único que se quedó fue el pater Mauro, el cual inicio una breve misa para encomiar a Dios que estuviera vigilante en los caminos, que diera a sus caballeros la rectitud necesaria para acometer con éxito la empresa en la que se veían inmersos, que iluminara la oscuridad que los rodeara y les diera fuerzas para poder acabar con los impuros y díscolos.
Muchos son los enemigos de Dios, pero nuestro odio será infinito. Amén - y tras ello se marchó. Los adiutores del padre Mauro encendieron más cuencos con incienso de diverso tipo, anegando con sus vapores toda la catedral y, con el paso de las horas, todo el fuerte olía a mirra e incienso. Un aroma purificante que se veía rivalizado por los aceites que lustraban las armaduras y armas de los caballeros que pronto partirían.
Las horas fueron pasando, el equipo preparado, las herraduras de los asturcones revisadas y las armas puestas a punto. Se repartieron las raciones de comida, que básicamente consistían en todo tipo de cecinas (porco, ovella y coello), pastas nutritivas de hongos que sabían a cielo por las grandes reservas de pementos, galletas duras y poco más. Lo suficiente para aguantar dos semanas bien nutridos o cuatro mal.
Llegado el momento, el altar los esperaba a todos en su ultima ofrenda antes de partir. Nadie los esperaba, el Pater Escribar era quien tenía la santa obligación de oficiar los votos de los caballeros y freires de la orden que partirían nada más terminar el rito. La sala era amplía, con aforo para unas doscientas personas. En la pared opuesta del pórtico se encontraba la reliquia del Fuerte Sanguinalia, un rifle láser con más de diez milenios de antigüedad. Estaba en perfecto estado, al menos a simple vista, bien cuidado, sin mácula alguna en su pintura, brillante por los focos que lo iluminaban desde su base. La vitrina estaba bien pulida, evidenciando que el Imperio del hombre había llegado bien lejos a lo largo de su historia, lejos en la galaxia y en la tecnología. Los antiguos escritos aseguraban que ese arma era de las mejores que portaban los soldados, capaces de atravesar armaduras ligeras con su poderoso haz de energía de color rojo. Nadie la había visto en acción, pero ahí estaba, digna, como si observara y juzgara a todos ellos. Un adiutor aguardaba en una esquina con el foco de San Ginés, esperando a que lo cogiera su portador.
bien, echad un ojo a las reglas de viaje y decidid quien hará las tiradas. También, el foco de San Ginés al final quien lo llevaba? Escribar?
Melquíades se volvió cuando Ordoño se dirigió a él, y su expresión parsimoniosa mutó en una máscara tensa de frustración contenida, una que todos conocían en mayor o menor medida y que siempre invitaba a pensar que iba a romper el voto. Pero, como siempre, no dijo nada. Lo que se había dicho que le había molestado, nadie más que él lo sabía. «Maldito vejestorio». ¡Pues claro que iba a llevar munición! Era de los mejores tiradores del Fuerte, si no el mejor, dijeran lo que dijeran los lances que Ordoño y él habían tenido en el campo de tiro. Al poco, como no tenía sentido regodearse en la frustración, se decidió a preparar sus pertrechos de cara al viaje.
En las horas siguientes visitó a su asturcón, limpió sus armas y armadura y después marchó a la biblioteca a estudiar los mapas. Cuando llegó el momento de prestar juramento, Melquíades se presentó el primero a los pies de Escribar, diligente como siempre, con la eterna esperanza de que le dejaran ser el portador de la reliquia. De rodillas, no hacía falta que dijera palabra alguna: sus mismos ojos hablaban por él, moviéndose de la reliquia al pater y viceversa, con un brillo al mismo tiempo devoto y caprichoso.
Aproximadamente son unas 10 casillas hasta Villa Vieja, 20 hasta C. de Frías, 5 hasta Calervega y unas 10 hasta Fuerte Anyera. Depende un poco de cómo las cuentes.
Creo que no tiene mucho sentido intentar ganar tiempo atravesando bosques y montañas. No me parece que arañemos las suficientes casillas para que merezca la pena, y pasarse por los pueblos puede ser interesante, dadas las circunstancias.
Mientras se iban el Maestre y María, Ordoño pensaba en el camino a seguir.
—Repámpanos, Teodoro, por fin jefe y te estrenas a ciegas. No conozco esta zona tan bien como vosotros, pero si sé que si pasamos cerca del Castillo de Frías los malnacidos de los guardianes nos darán problemas, y si evitamos los caminos el olor de nuestros asturcones atraerá a los putos úrsidos, o peor a algún destripador. Tú decides, muchacho. Los caballos aguantarán bien cualquiera de los terrenos. Son animales duros, de casco fino, que se adapta bien al...
Ordoño empezó a hablar de los equinos, sin prestar atención a la reacción de los demás, intercalando alguna aventurilla de joven en la que descubría la dureza de su montura Oblea, la primera yegua que tuvo. Como era habitual, alguien le cortaría irrespetuosamente y continuarían con la conversación y sus tareas. Pero hasta entonces, era su momento.
Ordoño escuchó con fervor las palabras del pater Mauro. Aunque no era tan inspirador como el pater Escribar, Mauro sabía escoger las palabras adecuadas para insuflar ánimos entre sus corazones, y el veterano caballero lo agradecía.
—Amén—respondió fuertemente como un eco que, en lugar de perder intensidad, la ganaba.
En las siguientes horas preparó su equipo, asegurándose de llevar un juego de herraje para el trayecto, herraduras para sustituir las que se iban perdiendo, y revisó los asturcones de su grupo. Para el final dejó a Óbelo, su querido asturcón, a quien mimó y dedicó bonitas y tranquilizadoras palabras. Por fin salían de allí en 3 años y notaba al animal más emocionado y nervioso que el propio Ordoño. Pero antes de salir, debía asistir al oficio conducido por el pater Escribar. Se mostraría la legendaria y misteriosa reliquia de Sanguinalia, y era un espectáculo que el caballero no quería perderse.
Un recuerdo del origen de todos ellos. Un símbolo tangible de su fe.
Escribar ya estaba listo para la misa cuando todos aparecieron. Oración, castigo y limpieza de equipo eran cosas a las que estaba de sobra acostumbrado, y que sabía realizar de forma eficiente y diestra. Así que allí estaba, de pie, limpio a los ojos de Dios y de los hombres, y listo para bendecir el camino que tenían todos por delante. Recogió con reverencia el foco de San Ginés, y lo dejó reposando en el altar, sonriendo beatíficamente a todos antes de ponerse ante él, y de espaldas a su congregación. Todos debían rezar mirando a Dios y sus reliquias, nadie debía darle la espalda nunca. Una vez en posición, empezó con un suave canto, una pequeña oración en alto gótico en nombre de Dios Todopoderoso.
-Sanctus, Sanctus, Sanctus
Dominus Deus Sabaoth
Pleni sunt coeli et Terra
Gloria tua
Hosanna in excelsis
Benedictus qui venit in nomine Domini
Hosanna in excelsis.
Una vez terminó, cambió de vuelta al gótico vulgar, para hacerse entender por todos.
-Hermanos y hermanas, bienvenidos todos hoy en este servicio. Hoy es un día glorioso. Hoy es un día de inmensa alegría, de excelso y gran regocijo. Hoy es el día en que el camino se extiende de nuevo ante nosotros, oh pobres pecadores indignos de su Mirada. Regocijaos, ¡regocijaos os digo! Pues aunque somos indignos de su atención, Dios nos sonríe. A pesar de todas nuestras faltas, él nos da un propósito y un camino. Nuestra es la culpa, hermanos y hermanas. Nuestra, ahora y siempre. Es nuestro pecado, nuestra falta, la que llama y extiende a la oscuridad. La del alma, la de la mente, y la del mundo. ¡Perdónanos, oh señor!-exclamó, postrándose de rodillas ante el altar, y arrodillándose con fuerza ante el mismo, e inclinando con fuerza todo su cuerpo, golpeando el suelo con su rostro.
-¡Perdón, perdona nuestra ofensa! ¡Nuestra desidia, nuestra vileza! ¡Hoy nos postramos ante ti, contritos y deseosos de llevar tu voluntad por toda Santa Isabel!-exclamó, repitiendo el gesto penitente ante cada súplica y cada pecado. Tras eso, se levantó, alzando los brazos.
-La Obra de Dios se extiende ante nosotros. Él, sentado en su Trono, nos colma con su Gracia y su infinito perdón. Nos llena con su fuerza y su voluntad, ambas inconmensurables e inabarcables. El camino que se extiende ante nosotros estará lleno de pecado. Lleno de almas descarriadas que, simplemente, han perdido la fe. Han prestado sus oídos a serpientes y aduladores, buscando inútilmente alejarse del valle de lágrimas en el que Dios nos ha situado. Hemos de fortalecer nuestras almas, pues somos la hoja de su espada, y encarnamos la redención y su perdón. Pensad, hermanos y hermanas. Pensad en el portador de nuestra adorada reliquia-dijo, extendiendo los brazos con adoración hacia la vitrina.
-¿Cuántos caminos pensáis que recorrió? ¿Cuántas batallas luchó en Su Nombre? ¿Cuántos millones... ¡No! ¡Billones! de sus enemigos habrá abatido? ¿Creéis que alguna vez se rindió? ¿Creéis que alguna vez dudó de su propósito? ¡No, hermanos y hermanas! ¡No, tres veces no! Su Gloria recorrió las estrellas y trajo solaz a las almas que vivían en ellas. Y aunque seamos indignos de caminar con sus ángeles por los cielos, podemos seguir su ejemplo y replicar su labor aquí, entre los meros mortales.
-Y yo digo que no fallaremos. ¡Salve, Domini!-finalizó, realizando el símbolo del águila ante el altar, antes de encararse con su congregación. La nariz estaba rota por los impactos contra el suelo, donde se apreciaba una pequeña mancha de sangre, que además salpicaba su cara, pero no parecía importar mucho al hombre. Mientras tanto, Diosdada se acercó con los santos óleos, ofreciéndolos al capellán para realizar la unción de los caballeros.
-Acudid a recibir la bendición-llamó, con su sonrisa beatífica algo manchada por la sangre. Uno a uno fue trazando el símbolo del águila en la frente con los sagrados aceites a todos los que se iban arrodillando, musitando una breve plegaria en alto gótico en cada ocasión, bendiciendo su camino. Sin embargo, el foco no se movió de su lugar en el altar. Parecía que sería el propio Escribar quien cargaría con él.
Teodoro escuchó los rezos del Padre Mauro en silencio respetuoso y fervoroso, repitiendo cada uno de los rezos, y pronunciando un tranquilo "amén" cuando el mismo terminó. El caballero se levantó del suelo y, justo antes de marcharse, fue interceptado por Ordoño. Al joven le sorprendió un poco que el veterano lo abordara, pero escuchó sus palabras con un rostro lleno de interés y respeto.
— Saludos, mi buen Ordoño. Cierto es que hay mucha incertidumbre en nuestro encargo, pero considero que nuestra misión principal es contactar con nuestros hermanos de Fuerte Anyera, y que ganaríamos poco tomando un camino en el que los siete veces malditos Guardianes del Paso puedan obstaculizar nuestro propósito, por muy breve que sea dicha obstrucción. Las bestias rara vez cambian, pero esos apóstatas han tenido 3 años para caer aún más bajo, si es que eso es posible.
Teodoro acabó por marcharse, al igual que el resto, a ordenar sus cosas. La verdad sea dicha, siempre había sido una persona más bien espartana, y de paso ordenada, así que no tuvo mucho trabajo en sí. El resto del tiempo se la mantuvo sumido en sus pensamientos, pidiéndole a Dios fuerza y sabiduría y también estudiando rigurosamente los mapas de Santa Isabela, en específico la ruta hacia el Fuerte Anyera. El camino conocido les llevaba por el área de influencia de los Guardianes del Paso, y aunque su sangre bullía por llevar la justicia de Dios a aquellos malditos traidores, sentía que lo mejor, al menos de momento, era ser precavidos. Mucho podría haber cambiado en esos 3 años de oscuridad, y asumir riesgos innecesarios no serviría de nada.
Al concluir con los preparativos, asistió al altar como era acostumbrado, al igual que el resto del clibanarius que estaría bajo su mando. Los observó a todos, uno por uno. No podía decir que tenía una relación demasiado estrecha con algunos, pero eran sus hermanos, habían tomado los mismos juramentos y le juraban fidelidad al mismo Dios, y aquello era suficiente. Estaba seguro de que moriría por cada uno de ellos. El Pater tomó el Foco de San Ginés, la reliquia más antigua de la fortaleza, y lo depositó sobre el altar, antes de empezar a entonar cánticos. Teodoro murmuraba las palabras con ambas manos entrelazadas, y los ojos cerrados en fervor reverencial. Cuando el capellán empezó a hablar en bajo gótico, Teodoro abrió los ojos y entonces clavó su mirada en él. Escuchaba con claridad el sermón, pero en su mente también batallaba con sus propias peticiones: sabiduría, entendimiento, discernimiento. La tarea que les habían encomendado no era fácil, principalmente porque desconocían mucho del estado actual de Santa Isabela. Tan pronto el Pater terminó su servicio, Teodoro se levantó, aunque no recordaba haber caído de rodillas. Caminó hasta el capellán y entonces se postró ante él, recibiendo la bendición y murmurando plegarias en respuesta. Cuando la misa terminó, salió al patio de la fortaleza, pues sus monturas aguardaban.
Sin mucha dificultad, el caballero montó su asturcón con ayuda de su adiutor y entonces miró a sus compañeros.
— Me temo que, como Don Hernando, no soy muy dado a inspiradores discursos. Sin embargo, quiero aprovechar esta oportunidad para recordar que somos instrumento de Dios, y que Él guía nuestros pasos. No hay mayor recompensa que servir a su propósito, y eso es lo que haremos —hizo una pausa—. Nuestro Maestre nos ha encargado una importante misión: verificar que Fuerte Anyera y sus gentes aún permanezcan fieles a nuestro Señor. He estado estudiando los mapas y el camino más corto requiere que atravesemos territorio asediado por los Guardianes del Paso —era una forma sutil de decir que lo controlaban—. Aunque me encantaría llevar la justicia y venganza divina sobre ellos, nuestra misión es de reconocimiento, por lo que tras meditarlo y pedir la guía de Dios, he decidido que tomemos una ruta alternativa, justo por detrás de las montañas*. Nuestras raciones nos permitirán realizar el trayecto si, con la voluntad y el favor de Dios, no tenemos contratiempos. Sin embargo, si tomamos más de lo previsto tendríamos que depender de la caza —miró principalmente a Melquíades y asintió, pero todos tendrían que colaborar, seguramente—. Os digo esto ahora porque no quiero que haya sorpresas más adelante, y también porque si tenéis algo que decir al respecto, este es el momento de hacerlo. Sin embargo, pasaremos primero por Villavieja, tenemos que recordarle al pueblo que seguimos aquí —concluyó, y entonces dio un espacio para que cualquiera que quisiera hacerlo hablara.
Finalizada la conversación, se encomendó a Dios y espoleó su montura.
Motivo: ¿Viaje?
Tirada: 1d100
Dificultad: 80-
Resultado: 51 (Exito) [51]
* Que sería la línea amarilla que ha sugerido Ordoño.
Seguimos vivos de momento con la tirada de viaje.
Remedios asistió con la esperanza en su corazón, salir, y llevar la palabra de Dios era siempre algo gustoso de hacer, a veces las gentes más sencillas se distanciaban, y solo hacía falta una sonrisa y unas palabras para devolverlos al redil. Esperaba que estos años se hubieran mantenido las buenas costumbres, si bien es cierto que también suponía que el hereje y el discordante se habría sumido más en su oscuridad; sería un viaje lleno de extremos.
Marchó a preparar junto a María los enseres para el viaje, que no solo incluían sus pertenencias y pertrechos, si no también medicinas y ungüentos no solo para los hombres si no también para los animales que llevaban. A la vuelta, se arrodillo para rezar junto al pater, cerrando los ojos y dejándole hablar, escuchando sus palabras y abriendo los ojos cuando escuchó a este girarse. Ya se había vuelto a hacer daño a sí mismo, había vuelto a infligirse una penitencia mientras hablaba para todos, así que tomó nota mental de aquello, y acudió a recibir la bendición antes de partir, conteniendo las ganas de comentar como rebajar la hinchazón con resina de sauce y pimienta de cayena. Ya habría tiempo para eso.
Al subirse al caballo miró a todos los demás, tomando las riendas y escuchando a Teodoro hablar, asintió conforme a la ruta y pasar por una de las villas la reconfortaba.
-Si alguien necesita alguna receta para el camino…Es el momento adecuado, una vez salgamos no podré recetar nada hasta nuevo aviso ¿Ordoño, linimento para la espalda?.- Sonrió con dulzura, preocupada debido a la edad del hombre.