Partida Rol por web

Taller literario umbriano

Ejercicio 1: Encadenando palabras (Escena ejercicio)

Cargando editor
14/03/2016, 20:56
Tingwe

-No me has escuchado nada, dijo ella. Era una sentencia. Una afirmación rotunda cargada de decepción que le sacó a él de sus pensamientos más profundos. Como un náufrago en busca de la orilla, luchaba ahora por retomar la conversación donde la había dejado un largo rato antes, y así nadar hasta la orilla que en este momento estaba lejos. Demasiado lejos.

-Ehh… No, no, dijo alzando la mano. -Eso … Eso último que has dicho. Yo creo que sí, titubeó de forma lamentable para ganar algo de tiempo. Para tomar aire. Su mente aún divagaba por algún lugar alejado y solitario de interminables playas de suave arena. Era inútil. Le habían pillado, y no había ningún cartel luminoso que le indicara esta vez de qué habían estado hablando en el grupo. Alguna vez antes había logrado escabullirse buscando una pista en el bloc de la persona sentada a su lado en el semicírculo, o en la pizarra blanca. Su mente aún era ágil para algunas cosas, pero esta vez no tenía un salvavidas en que agarrarse. Se hundía inexorablemente en el océano. La cara de la psicóloga  era una máscara fría e inescrutable para él, y los segundos se hicieron eternos.

-Aún no me he terminado todo el libro, balbuceó cabizbajo en su desesperación. Creyó escuchar alguna risa forzada. Pero entonces el rostro de ella cambió para él. Vio ternura en sus ojos, y comprensión. Una paciencia infinita. Durante un fugaz instante, conectó con ella a un nivel distinto. Fue capaz de sentir la dulzura que transmitía ella. –Es comprensible que necesitéis tiempo para asimilarlo todo. La vida cambia, pero no termina aquí. En el libro que os han dado, hay mucha información sobre la enfermedad. Cualquier duda que tengáis lo planteamos aquí. Sé que cada persona es un mundo, pero aquí todos estáis pasando por algo parecido. A vuestro ritmo, después de las sesiones de tratamiento, podéis leer y anotar vuestras dudas e inquietudes.

En ese instante, la breve alegría por haber salido airoso del apuro fue reemplazado de forma violenta en la cabeza de él por el recuerdo de los tratamientos. Por esa extraña máquina blanca y brillante donde le introducían la cabeza. El tacto frío de la superficie y el olor a desinfectante. El silencio abrumador roto por el runruneo de un motor invisible. La cuña de goma que le colocaban en la boca para que no se mordiese la lengua que le hacía parecer un pato. Las luces cegadoras y centelleantes. De repente, recordaba de nuevo cada detalle. Primero, la sensación de los pinchazos en el cuello y en los brazos. Después el cosquilleo por todo el cuerpo. Ese olor entre dulce y podrido. Y entonces, el dolor. No un dolor punzante ni contundente de un mazazo, sino más bien una especie de ente grotesco e insustancial que se introducía como el agua entre la gravilla poco a poco hasta embadurnarlo todo. Le ahogaba lentamente. No había escapatoria. Los enfermeros habían apretado cada tornillo fon fuerza para sostener su cabeza durante las convulsiones. Y en cada grito ahogado, una parte de él se perdía para siempre.

Después de las primeras semanas, había pensado en dejarlo todo. En abandonar. En dejarse llevar por la corriente. Pero entonces, sin proponérselo halló un camino hasta la orilla en medio de la tormenta. El dolor seguía allí, pero había logrado convertirlo en otra cosa. En un recordatorio de que seguía vivo. Cada punzada, cada aliento forzado, cada convulsión incontrolada y cada lágrima vertida, le reconfortaba en la inmensidad. El dolor era ahora su isla, su santuario en medio del océano de su soledad.

Regresó de sus recuerdos y volvió a mirar a los demás del grupo. La mayoría no habían superado el miedo a la muerte. Añoraban todo lo que estaban dejando atrás, o lo que nunca lograrían alcanzar. Se aferraban a un pasado que se deshacía mientras seguían encerrados en los pasillos interminables de este hospital, y a la vez añoraban un futuro que nunca alcanzarían. En cambio, era él quien más ayuda necesitaba. Porque no había superado el miedo a vivir.

Cargando editor
14/03/2016, 21:01
Kelpie

La noche del 14 de Enero emanaba una bruma que plagaba las calles y surcaba indómita el asfalto. Su movimiento parsimonioso, pero sin pausa, la extendía por cada esquina, engullendo con sus fauces todo lo que encontraba a su paso. A ras del suelo, quedaba a la altura del cuello de los enanitos petrificados que había en el jardín de los padres de Ray. El mismo niño que protagoniza este escrito…El mismo que desde esta noche todo el mundo recordaría.

Escapó de casa sobre las 12 de la noche. Sus padres le habían castigado después de entregarles en mano una amonestación por mal comportamiento en el instituto. Él lo veía injusto. Sólo había dado un escarmiento al pringado que no había quitado ojo a su novia en toda la noche. Un nerd, un perdedor, de esos que seguramente se marturbaría aquella noche pensando en su chica. Pero ya no…No al menos con un brazo roto.

Saltó de la ventana de su cuarto al techo del porche ubicado en la parte trasera de su casa. De ahí, pasó a descolgarse hasta caer con ambos pies en el césped mal cortado que su padre siempre dejaba crecer hasta límites que rozaba la vagueza extrema. Como medio de transporte escogió un clásico en su vida: la bicicleta tipo BMX que sus padres le habían regalado las Navidades pasadas. Cuando consiguió escabullirse de la zona de peligro parental, espoleó aquellos pedales, pagando con ellos todas las ganas y la rabia, y la frustración a causa de un mundo injusto y aburrido. Aquella noche cumpliría un deseo que venía arañando su alma inquieta desde hace meses. Visitaría la Mansión Excelsior, el punto de actividad paranormal más famoso del país.

El centenario edificio se encontraba justo en la cima de la colina donde se asentaba la ciudad. Allí arriba, con visión privilegiada, parecía observar el resto de hogares desde sus frías y apagadas ventanas, donde hacía décadas no salía ni un ápice de calurosa luz hogareña al anochecer como en el resto de hogares. En su lugar, Ray encontró una fría cadena obstaculizando el camino hasta el recinto de la casa. “Propiedad privada. Prohibido pasar”, rezaba en un oxidado cartel metálico pendido de la cadena. El muchacho lo sorteó de un salto y siguió hasta su destino final.

Lo cierto es que aquel sitio sobrecogía. La casa, de construcción en estilo victoriano, ahora se antojaba desgarbada y tétrica. La fachada de piedra estaba infestada de hiedra y musgo. Las ventanas habían sido tapiadas desde dentro con tablones de madera…Aunque algunos habían sido arrancados (seguramente por algún vándalo) y dejaba un escueto hueco que arrojaba la negrura del interior. Lo que antes sería un bonito jardín, ahora está descuidados y las malas hierbas acabaron acampando a sus anchas. Habían engullido totalmente una fuente de piedra que decoraba la replaceta del caserón. Pero Ray no reparó en todo esto. Él simplemente quería entrar en la casa, echarse fotos dentro y subir alguna a Instagram para alardear al día siguiente en el instituto.  Al igual que tampoco reparó en el par de ojos que le acechaban desde el hueco de unos de ausentes tablones de una ventana.

La humedad había podrido la madera del portón principal, lo que le permitió poder reventar la cerradura de una patada. Cedieron hasta los goznes y la puerta se estampó contra el suelo, tronando del golpe. Sonrió para sí y echó una foto de la hazaña con su móvil, mientras respiraba el aire enrarecido que salía del interior. Olía a cerrado y a algo que podría perfectamente ser los resquicios de algún animal que había muerto tiempo atrás, y se descomponía en aquel hogar olvidado. Se guardó el móvil y se internó.

Tuvo que ayudarse de una linterna de mano a pilas para poder ver lo que tenía frente a sus narices. Se vio en mitad de un recibidor, uno de esos fastuosos y amplios, que suelen tener enfrente dos escalinatas que van hacia un ala y otra de la casa. Carecía de mobiliario, pero le chocó sobremanera que, pese a eso, se conservara una foto enmarcaba sobre el poyete de la parte superior de un chimenea. Movido por la curiosidad, dirigió sus pasos hacía el portaretratos y lo cogió. Limpiando el polvo del cristal con el puño, contempló los rostros de una familia. El retrato estaba en blanco y negro e inmortalizaba a un matrimonio rodeado de cinco niños. El más pequeño, de unos seis o siete años por la estatura, estaba sentado como un muñeco en el regazo de su madre y tenía el rostro cubierto por una máscara blanca. Eso le puso los pelos de punta. 

Soltó la foto, limpiándose los dedos grises de polvo y miró alrededor, enfocando allá y acá con la linterna. Polvo, telerañas...Escalinata. De camino a la zigzagueante escalera, fue llenando de fotos la galería de su teléfono móvil. Al ascender los peldaños de madera pasada chirriaban, quejándose en un agónico grito. Temió que algún tablón cediese y quedase con el pie incrustado, por lo que intentó ir equilibrando el peso que depositaba. Llegó entero a la planta superior y se llevó un profundo chasco al comprobar que cada una de las habitaciones del pasillo estaba tapiadas. ¿Por qué? Echó más fotos, una panorámica del pasillo...Hasta que se pudo dar cuenta que una de las puertas seguía visible. Una única puerta al fondo. La tanteó, giró el pomo y este se resistió a moverse. Cerrada. Repitió las patadas. Una. Dos...Cerrada. Desistió, muy a su pesar y enfiló el camino para salir de aquella zona. La visita iba a resultar más aburrida de lo esperado. ¿Esto era el puto epicentro de lo paranormal?

Mientas se alejaba escuchó un chasquido. Un sonido característico de cerradura siendo abierta. Ray se volvió con cierta estupefacción, pero no se paró a la hora de decidir internarse en ese cuarto ya no tan cerrado. Encontró la puerta ligeramente entre abierta y, sin pensarlo dos veces, entró. En sintonía con el resto del edificio, aquella estancia estaba vacía. No obstante, encontró un gran espejo  con marco ornamentado pegado a la pared…Y, para estímulo de su morbo, un pentáculo tallado en el suelo de madera. En el centro de la estrella de cinco puntas, reposaba un libro. Parecía antiquísmo y estaba complemente comido por el polvo. Se agachó para mirarlo de cerca y al abrirlo lo encontró manuscrito en un idioma que no entendía. Emitió una sonora risotada y volvió a echar una foto con su teléfono. Ya imaginaba como fardaría con sus amigos y su chica. Había tenido cojones para colarse en una sitio así y…Su hilo de pensamientos se paró cuando vio algo por el rabillo del ojo. Volviendo a un lado su mirada, fue testigo de la presencia de un niño que le miraba al otro lado del espejo. Si, le miraba, pequeñito y débil, a través de la máscara que le cubría la cara. Era el niño de la foto.

Dio un bote, acompañado de una blasfemia y se dejó llevar por el pánico. El móvil se le escurrió de las manos y fue víctima de su esfínter asustado. Manchó sus pantalones mientras huía desbocado hacía la calle. Hacía su bici y su casa…De conocer tal capacidad de spring, se hubiera apuntado al equipo de atletismo. Es cuestión de segundos se vio de vuelta en la replaceta exterior, casi chocando con el pato marmóreo de la fuente. Sin embargo, estaba a escasos metros de su bici cuando sintió que una fuerza invisible  manipulaba sus pies y los inmovilizaba. El efecto fue parecido a si le hubieran hecho una zancadilla. Salió propulsado hacía delante y arrastró sus rodillas por la áspera gravilla del suelo. Eso le causó heridas que no sentía en ese momento, en el chute de adrenalina, pero que sentiría más tarde…Si es que hubiera habido un mañana. Sus pies seguían como atados y rodó a un lado para ponerse boca arriba. Escuchó una macabra risa infantil, mofándose de él. Tiró de aquello que lo retenía, arrastrándose por el suelo como un gusano, intentando llegar a la bici. Pero esta salió por los aires, cayendo al menos diez metros más allá y soltando algún tornillo que otro. Lloriqueó de pánico y horror…Volvió a rodar y contempló como de pronto una figura se materializaba. Aquello era como un sátiro…Piernas caprinas, torso humano que lucía la piel como derretida por el fuego…Y la cara…Unos penetrantes ojos rojos como la sangre viva le miraron. Aquella cosa tenía cuernos, hocico…Ray casi percibió la sonrisa jocosa que se dibujó en la boca de aquella cosa, antes de que abriera complemente sus a fauces, de afilados colmillos y se lanzara hacía él. Después solo vino la oscuridad.

La mañana del 16 de Enero, una patrulla policial encontró el móvil de Ray en el interior de la Mansión Excelsior, la que se convertiría aun más en un santuario de lo misterioso. A día de hoy todavía no hay pista del paradero de Ray. 

Cargando editor
14/03/2016, 21:06
oideun

No me quita ojo. Me espía desde el cartel. Cree que no me doy cuenta porque lleva una máscara puesta, pero, lo veo. Lo noto, más bien. Mira, me está mirando ¿me oyes? ¡El puto Spiderman me está mirando desde ese anuncio de la peli de Marvel Civil Wars!¡Y no me mires con esa cara!, que al final serás tú el que acabará pagando el pato. ¡QUE NO ME MIRES ASÍ, COÑO!¿QUIERES ACABAR CON LOS DIENTES CONTRA LA GRAVILLA?¿QUIERES...? Bueno, no hace falta que te pongas así, que tampoco te he dicho nada malo. Espera, espera... ¿qué es eso?¿Te estás comiendo un tornillo?

Irónicamente, en el Santuario de la Calma no hay un minuto de tranquilidad.

Cargando editor
14/03/2016, 21:31
Tabaré Santellán

Nubes de vapor y hollín

 

El amanecer se reflejaba en las gárgolas, arrancando destellos metálicos de sus alas. Custodiaban el más nuevo y reluciente edificio de la ciudad: el Ministerio de Trabajo y Ética. 

Dos personas salieron por la puerta principal del ministerio. Iban vestidos de forma impecable, con sus sombreros bien ceñidos y sus capas ondeando con la brisa matutina. Uno de ellos extrajo del bolsillo de su chaleco una pitillera y se la ofreció al segundo.

-Gracias, Stevens- dijo, mientras aceptaba la cajita plateada. 

Extrajo un largo cigarro y lo encendió. Era agradable salir de la oficina, pensó, y tomarse un respiro. Dejó escapar una larga voluta de humo, relajando sus crispados nervios, pero volvió a fruncir el ceño cuando vio el gran cartel pegado en la fachada del edificio. Resopló.

-¿Otra manifestación, señor Brooks?- preguntó Stevens, con su característica voz enlatada.

Elliot Brooks dirigió una mirada malhumorada a su empleado. Stevens era su androide mayordomo y, como tal, poseía una de las inteligencias artificiales más sofisticadas del mercado; dejando al resto de sus criados robot como meros electrodomésticos con patas. Parecía haber cierta sorna en su tono de voz, pero siempre era difícil saber qué ocurría detrás de aquella siempre impertérrita máscara de metal dorado. En cambió, debido a su programación, Stevens era capaz de leer a su amo como a un libro abierto.

-Por lo visto, ya es la quinta en lo que va de mes- le dijo al robot, intentando calmarse.

Echó otra larga bocanada de humo. 

No le molestaba que los sindicatos convocasen manifestaciones o huelgas generales, pero ello siempre suponía que se iba a pasar varias noches enterrado en papeleo y las mañanas en tediosas reuniones. A veces deseaba que pasasen rápido los años hasta poder jubilarse. Se imaginaba a si mismo, dando migajas de pan sintético a los patos del parque, que su única preocupación en el mundo fuese que un pato no le mordiese la mano...

-Todavía le quedan cinco años, señor, no sea pesimista- dijo Stevens, despertándolo de su ensoñación y adivinando sus pensamientos.

En efecto, aquel androide lo conocía bien. Demasiado bien.

Una vez terminó su cigarro volvió a entrar en el aire viciado del edificio. Se limpió los restos de gravilla de sus zapatos en el gigantesco felpudo de la recepción y se dirigió a uno de los ascensores, seguido por Stevens. 

El bullicio era algo habitual en el ministerio. Tuvo que crearse a raíz de todos los problemas que había traído la tercera revolución industrial. Si los pobres obreros de las fábricas no tenían suficiente con sus precarias condiciones, ahora tenían que lidiar con los despidos en masa. Aunque era caro comprarlos, los robots eran mucho más dóciles y productivos que sus homólogos humanos; además habían sido creados para trabajar y no cobraban más que el líquido combustible que necesitaban para poder funcionar.

 

Su secretaria levantó la vista del informe que estaba redactando, tecleando a toda velocidad.

-Bernard te está esperando en el despacho, Elliot- le dijo a Brooks cuando entró por la puerta de su departamento.

-¿Otra vez él? ¿Qué quiere esta vez?

-No lo sé, pero parece urgente. Tal vez sea por los cursillos.

-No puede ser, lleva días con lo mismo... supongo que tendré que entrar y ver qué es lo que quiere. Stevens- dijo, dirigiéndose a su mayordomo -, espéreme aquí, al señor Bernard... le ponen nerviosos los robots.

-Un poco irónico teniendo en cuenta que es catedrático en ingeniería robótica- añadió con una risita la secretaria, sin apartar los ojos de la máquina de escribir.

A Harry Bernard no le ponen nervioso todos los robots, pensó Elliot, pero sí los que pueden aprender y razonar. Él prefería los androides con una inteligencia artificial más simple y manejable, como los robots de servicio doméstico, los robots obreros o los robots contables.

-Como deseé, señor- dijo Stevens, dejando escapar un hilillo de vapor de la chimenea que tenía acoplada en la sien derecha mientras hacía una sencilla y elegante reverencia.

 

Bernard estaba de pié, apoyado sobre el lujoso escritorio de nogal que, en esos momentos, estaba plagado de archivos abiertos. Golpeteaba nerviosamente el suelo con el pie izquierdo. Cuando el hombre al que esperaba entró por la puerta, se enderezó.

-Ya era hora de que viniese, Brooks, no puedo permitirme perder el tiempo, ¿sabe?- ladró.

-Lamento mucho haberle hecho perder diez valiosos minutos de su tiempo, señor Bernard. Sin embargo, es usted el que no ha pedido cita para hablar conmigo.

El hombre se calmó un poco. Enderezó su pajarita y carraspeó.

-Venía a hablarle de los Cursos de Formación de Ingenieros Robóticos para Empresas. Deben haber perdido ustedes un tornillo. ¡Están llenando mi universidad de obreros!

-No veo cual es el problema. Me habían dicho que tenía alumnos en prácticas a los que les venía de perlas impartir esos cursos. Usted mismo se ofreció para ayudar a organizarlos con nosotros.

-Sí, es cierto, pero jamás había imaginado un número tan elevado de asistentes. ¡Más de 1200, Brooks!

Hizo una pequeña pausa para volver a calmarse y sacar un pañuelo del interior de su chaqueta para limpiarse el sudor de la frente.

-Mire, mi universidad es un santuario del conocimiento y la tecnología- continuó -. Si tenemos que hacernos cargo de tantos alumnos, apenas nos quedará tiempo para las labores de investigación que son de importancia capital. Tiene que haber alguna otra institución con personal docente preparado que se pueda encargar.

Brooks miró al catedrático pensativamente y tomó uno de los muchos ficheros que poblaban su mesa. Un logotipo brillante y característico relució con la luz que entraba por la ventana. Bernard dio un respingo, y unas perlas de sudor frío aparecieron en su frente.

-Bueno, quizás sí exista alguien interesado en solucionar nuestro problema- empezó a decir Brooks mientras le sonreía de forma sardónica.

-¡No! ¡Cualquier cosa menos las Industrias Crane!

Cargando editor
14/03/2016, 21:53
Branter

Odiaba salir del trabajo a estas horas. Odiaba caminar por la ciudad tan tarde. Odiaba el ruido de los malditos coches en cada esquina. Ahora mismo lo odiaba todo. La odiaba a ella. Era increíble cómo un día le estás diciendo a una persona que es la mujer de tu vida, y al día siguiente deseas con todas tus fuerzas que uno de esos camiones se la lleve por delante. Todavía no entiendo qué pasó.

Trataba de no pensar en toda esa mierda, y centrarme en la música que sonaba en mis auriculares. En la pared había decenas de carteles que anunciaban el próximo concierto de The Followers, pero esta vez no iríamos a verlo. Y el reproductor insistía en saltar a esa canción que tanto significaba para nosotros. Nuestra canción. O eso solíamos decir.

Pasear por la noche en una ciudad como esta te permitía ver cosas muy interesantes. Pocas personas, pero todas reales. Nadie que caminara a estas horas aparentaba nada diferente a lo que era. Nadie se escondía tras una máscara para fingir ser una persona distinta. Odiaba a quienes lo hacía y siempre ponían esa cara de imbéciles. Sí, odiaba demasiadas cosas hoy.

A apenas un par de calles más abajo estaba lo que hasta ahora había sido mi casa, mi hogar, nuestro nidito de amor. Y ahora tenía que recogerlo todo y marcharme. ¡Que injusta es la vida! ¿Por qué tenía que dejar yo la casa, y no ella? Hay cosas que no entiendo, y menos la justicia de este país tercermundista.

Caminé a través de la entrada, que hoy me parecía más aburrida que de costumbre y más hortera aún. ¿Cómo pude acceder a aquello? Un par de vueltas a la llave y se abrió la puerta del recibidor. Cerré y decidí dar una vuelta, pasear por mi propia casa, recorrer cada rincón antes de que fuese un extraño allí.

Giré la esquina de la cocina y allí estaba. El reloj por piezas que compramos a final de año. Odiaba ese reloj. Odiaba el sonido de las manecillas en mitad de la noche. Odiaba todo lo que representaba. Joder, hoy estaba odiando por encima de mis posibilidades. Al final sí que tendría que leerme aquel libro de autoayuda que me recomendó mi jefe. Qué imbécil, quién será él para darme lecciones de cómo afrontar una ruptura.

El pequeño pasillo me llevó a pasar por delante del baño antes de llegar a la habitación. Eché un vistazo hacia adentro y descubrí el pato de goma que ella me regaló sobre la bañera. Parecía mirarme y pedirme que no me marchara. Bueno, probablemente no, pero lo parecía. Unos pasos más y llegué al dormitorio. Parecía tan frío. Habíamos compartido esas sábanas hacía pocos días, y ya no volveríamos a hacerlo nunca más. Desde la ventana podía verse la parte delantera de la casa, y el lugar donde normalmente estaba su coche aparcado. Había decidido gastarse una pasta en un jardín con gravilla de esos modernos, y al final ni nos gustó cómo quedaba. Pero yo nunca me quejaba.

Quizás ese fue el problema, que siempre accedí a todo. Nunca me negué a ninguna de sus ideas, siempre fui el que empezaba la conversación si nos peleábamos, siempre buscaba la forma de reconciliarnos. Incluso aquel día en el que casi llegamos a las manos. Bueno, casi llego yo. Ella llegó, vio y venció. Como siempre. ¡Si hasta me lanzó un tornillo suelto de la repisa!

Desde luego, era un pardillo. Debería haberle plantado cara más de una vez, y aquí estoy ahora. Terminando de recogerlo todo para que ella pueda quedarse con la casa. Lo que había sido el lugar más especial para nosotros, dejaba de serlo para mí, pero no para ella. Parecía que aquel lugar seguiría siendo su santuario, y a mí me tocaba irme. Que cosas tiene la vida.

Cargando editor
14/03/2016, 22:56
akansha

Ya era el trigésimo octavo cartel que pegaba en poco rato. Solo me quedaban doce para poder salir de aquel infierno. El calor resultaba asfixiante y la máscara que me habían obligado a ponerme como parte de mi nuevo uniforme de pega-carteles estaba empezando a resultar bastante agobiante. Sentía como si a cada bocanada de aire que daba, la cantidad de oxígeno no hiciera más que disminuir a velocidades alarmantes. Quizás solo fueran imaginaciones mías o quizás el mundo hubiese hecho un complot para terminar con mi vida de una manera lenta pero letal. Por lo que yo sabía mis únicos enemigos eran los cobradores del frac que me perseguían y conseguían que cada momento de mi triste existencia resultara todavía más insufrible.  Pero dudaba que aquellos pingüinos andantes quisieran verme muerto antes de haberme hecho pagar hasta el último céntimo que debía. Si pudiera encontrar una manera de tachar mi nombre de su lista negra, aquella que había visto que escribían en el libro también negro como el carbón que llevaban a todas partes, quizás no tendría que estar pasando ahora por todo esto.

 Cuando había aceptado aquel curro de pegar carteles me había imaginado que se trataría del típico anuncio del concierto de algún cantante famosillo que viene de visita a la ciudad y necesita verla empapelada con su cara por todas partes, para hinchar todavía más su ego. Pero lo que jamás habría averiguado es que lo que el destino me tenía reservado eran  varias horas atrapado dentro de una fábrica sin ventanas, con las máquinas funcionando a todo trapo y un calor intenso desprendiéndose de sus engranajes,  pegando carteles con mensajes motivadores como “hagas lo que hagas, hazlo pasión” o “tan solo los mediocres nunca tienen un mal día”. Hasta el pato de la loca de la vecina se tenía que estar riendo a carcajadas de mi mala suerte.  Debería haberme imaginado que la cantidad tan alta de dinero que ofrecían por el aparentemente simple trabajo no podía ser una buena señal.

Es que últimamente no daba pie con bola. Primero fue la gotera, que acabó convirtiéndose en una enorme piscina que culminó en el desprendimiento de parte del suelo de mi baño sobre la cocina del vecino de abajo. Aquello me había supuesto un gasto que no me podía permitir. Y, para colmo,  la semana siguiente, destrocé mi coche al chocar contra el lateral de un camión de mercancías que había salido de la nada. Por mucho que juré y perjuré que yo había hecho aquel stop, el coche acabó en el desguace y no solo no me dieron ni un mísero euro por él sino que además tuve que poner de mi bolsillo. Aquellos fueron los dos incidentes que iniciaron el bucle de deudas del  que todavía no he conseguido salir.

Pateé la gravilla  con una mezcla de puro y llano aburrimiento y de desesperación por la situación en la que me encontraba.  Estaba deseando acabar esa tarea. Si mi madre me viera, bajaría del cielo para darme un par de cachetes. Incluso me podía imaginar su voz recriminatoria. “Espabila, hijo. ¿Para esto nos gastamos tu padre y yo todos nuestros ahorros en procurarte una buena educación? ¿Para que estés a los cuarenta pegando carteles estúpidos en una fábrica, endeudado hasta las cejas y más solo que la una?” Sí. Estaba seguro de que lo que saldría de su boca sería algo parecido a aquello. Y no podía negar que estaría en lo cierto. Me había convertido en un perfecto fracasado.

En ese instante, algo captó mi atención. De entre la porquería del suelo asomaba un tornillo de tamaño algo mayor que los que acostumbraba a ver. Definitivamente, ni en sueños se me habría ocurrido utilizar uno de esos para colgar un cuadro en las paredes de mi casa. Estaban hechas de papel como quien dice y aquel trasto las destrozaría enteritas. Cansado de andar brocha para arriba brocha para abajo pegando esos ridículos papeles, me quité la máscara y decidí que era momento de tomarme un descanso. De pequeño siempre me habían gustado las historias de detectives y aquel tornillo abandonado representaba un misterio que un Sherlock Holmes como yo no podía eludir.

Olvidándome por completo de todas las incomodidades de aquel sitio, me dispuse a recorrerlo con los sentidos al máximo funcionamiento, en busca de alguna máquina que reclamase su parte perdida. Pero, para mi sorpresa, no fue una máquina incompleta lo que encontré sino una especie de puerta diminuta que por su aspecto debía de esconder algún secreto. El tornillo parecía ser la pieza que completaba el mecanismo de apertura. Se trataba nada más y nada menos que del mismísimo pomo de la pequeña puerta.  Colocarlo resultó más fácil de lo que esperaba. Y cuando finalmente giré el objeto para abrirme paso al interior de esa especie de caja de seguridad, mi corazón latía acelerado, expectante por lo que pudiera encontrar.

Todo lo que había ahí dentro era un montón de papeles y sobres unidos entre sí por un delgado cordón dorado con un lazo que le daba el aspecto de un regalo. De repente tuve un presentimiento. Supe que mi mala suerte estaba a punto de acabar. Y, efectivamente, así fue. El contenido de los papeles era nada más y nada menos que el testamento del fundador de la fábrica quien, amante de los misterios y carente de herederos, había decidido guardar todas sus posesiones y relatos (sus más preciados tesoros) junto a su testamento en aquella especie de santuario. Para colmo, al final del citado documento había añadido un párrafo en el que proclamaba como heredero de todos sus bienes a quienquiera que encontrase el testamento escondido tras la puerta del tornillo errante, nombre con el cual acababa de bautizar al escondrijo. Se me abrieron los ojos como platos cuando vi la cifra reflejada en esas páginas. No solo había encontrado la solución a todos mis problemas sino que además tenía dinero suficiente para llevar una vida de comodidades y no preocuparme por el trabajo en unos cuantos años. Seguro que el pato de la vecina ya no se reiría tanto cuando se enterase.

Pletórico por las buenas nuevas, marché de ese edificio, sin preocuparme siquiera de terminar mi trabajo, dispuesto a reclamar aquel premio que me había caído del cielo. Aquel fue el día más feliz de mi vida. 

Cargando editor
15/03/2016, 15:56
Shilyen

Me detuve ante un cartel descolorido en lo que tenía pinta de haber sido un teatro o un cine en algún momento. Ahora no era más que un edificio en ruinas en el que seguramente no quisieran vivir ni las ratas, porque ya desde fuera se podían ver partes del tejado que se habían venido abajo.

- Sé que estás cerca. – Murmuré mientras me metía la mano bajo la máscara para limpiarme el sudor. - ¿ En este lugar nunca baja la temperatura?

Llevaba una semana tras el fugitivo. Una semana en la que no había hecho menos de cuarenta grados y unos treinta por la noche y estaba convencida de que cuando volviera a mi mundo no me podría despegar la máscara de la cara a no ser que me arrancaran la piel con ella.

Los tablones que cubrían la entrada del edificio estaban muy deteriorados, por lo que haciendo un poco de fuerza fue fácil hacerme un hueco suficiente para pasar. Apenas llevaba unos segundos dentro cuando escuché a alguien maldecir a lo lejos y sonreí al ver que había acertado con mi suposición. Sólo había dos personas en aquella ciudad y sólo podía volver una junto con un cadáver.

Saqué el libro de entre los pliegues de mi ropa. Era pequeño y negro, uno de esos que parece más una agenda en la que anotar cosas que un libro en sí, pero allí, en tan poco espacio, se escondía la magia de un largo linaje de cazadores.

- ¡SAL DE LAS SOMBRAS Y PRESÉNTATE ANTE MÍ! – Grité canalizando la magia del libro para hacer que la criatura que allí se escondía apareciera antes mis ojos.

A lo lejos apareció la figura de la criatura que estaba persiguiendo. Ya no tenía la forma del hombre al que le había robado el cuerpo en mi mundo, sino que ahora era una bestia con cuernos retorcidos en la cabeza, dientes que no le cabían en la boca debido a su largura y unos ojos tan negros como una noche sin luna. No le gustó demasiado que hubiera conseguido verlo, pues él no podría salir del edificio mientras no se hiciera de noche, pero ambos sabíamos que para eso sólo tendría que oponerme resistencia durante los veinte minutos que tardaría en ponerse el sol.

Antes de que pudiera llegar a moverme la criatura salió corriendo por lo que no tuve más remedio que correr tras él. Delante de mí había ahora una puerta de colores chillones en la que se podía ver dibujado lo que parecía un pato con unas enormes gafas que te daba la bienvenida a aquella sala.

- Seguro que lo que hay dentro no es tan simpático. – Pensé con cierta ironía.

Me moví con cuidado, abriendo la puerta sabiendo que podía estar al otro lado, pero nada me atacó y pasé a una sala en la que en su día se debían proyectar películas, pues había una enorme pantalla y asientos que ahora, daban cobijo a bastante vida inteligente, sobretodo desde que en una de las paredes hubiera un enorme agujero desde el que se podía salir a la calle.

- Pero tú aún no puedes salir ¿ verdad? -

Mis pasos hacían crujir aquel suelo de madera, pero no me importaba, sabía a ciencia cierta que él ya sabía dónde estaba, que sólo estaba esperando el momento para saltar encima mío y acabar con mi vida.

- ¿ Dónde se había escondido?

El suelo estaba cubierto de gravilla allí donde la pared no había resistido el paso del tiempo y en ella, se habían quedado grabadas unas enormes huellas que terminaban en tres afiladas uñas tan grandes como cuchillos.

Un fuerte empujón me hizo caer al suelo y sus enormes garras se clavaron en mi espalda, haciéndome gritar de dolor. El libro de magia se había escapado de mis dedos y con el peso de mi enemigo, era imposible que pudiera alcanzarlo, ahora no al menos.

- ¿ Creías que iba a ser fácil darme caza, humana? – Su forma de hablar parecía sacada de un cuento de terror, pues en su voz de podían distinguir varias más, se podían distinguir incluso los lamentos de aquellos inocentes que había matado a lo largo de los siglos.

No le costó demasiado levantarme del suelo, lanzándome contra la primera fila de asientos, contra los que choqué violentamente, pudiendo escuchar como algún animalillo salía corriendo entre ellos mientras yo trataba de recuperar el resuello. Al ir a levantarme mis manos tocaron algo metálico en el suelo. No miré hacia él para que el demonio no me viera a hacerlo, por el tacto, era un enorme tornillo de los que servían para anclar los asientos al suelo.

- Esto es lo último en armamento especializado. – Lo hubiera dicho en alto e incluso me hubiera reído, pero la verdad era que tenía poco tiempo para perder. Mi vida dependía de ello.

La criatura no iba a esperar a que yo me recuperara, por lo que apenas me puse en pie saltó de nuevo hacia mí con sus garras extendidas, pero esta vez lo había visto venir, por lo que hice una pirueta, terminando con los pies en lo alto de los asientos. Desde allí, con un movimiento rápido de muñera, clavé aquel tornillo en el primer lugar que encontré, uno de esos ojos negros de desalmado que tenía el maldito ser.

Mientras él se ocupaba de su ojo de manera un tanto preocupante, pues para quitarse el tornillo fue tan bruto que el ojo salió con él, yo pude alcanzar mi libro y con ello, usar aquella magia para realizar un rápido conjuro y atrapar al fugitivo. El mismo tornillo que me había servido de arma, era ahora el recipiente donde había quedado encerrada la criatura.

Un trozo de techo se desplomó unos metros por detrás de donde estaba, pero ahora ya había encontrado una salida alternativa y atravesé el agujero de la pared justo cuando el sol ya se estaba ocultando.

La parte difícil del trabajo estaba hecha. Ahora sólo quedaba volver al santuario y destruir el recipiente, destruyendo así al demonio que albergaba en su interior.

Cargando editor
15/03/2016, 17:51
Panda

https://www.youtube.com/watch?v=XlEnD5c-jB8

Cruel en el CARTEL,
la propaganda manda cruel en el cartel,
y en el fetiche de un afiche de papel
se vende la ilusión,
se rifa el corazón...
Y apareces tú
vendiendo el último jirón de juventud,
cargándome otra vez la cruz.
¡Cruel en el cartel, te ríes, corazón!
¡Dan ganas de balearse en un rincón!

El Fueye (1) del Maestro Néstor Marconi respiraba rezongando. La voz del Polaco llenaba el pequeño salón de… ¿de qué? ¿Dolor, melancolía? ¿Una extraña forma de esperanza? Difícil de saber, probablemente a cada uno lo llenaba de algo distinto. Solo una cosa era cierta, en ese escenario no había MASCARA, no había armadura, nada tras lo cual esconderse. Ahí estaba El Polaco con el pecho abierto, desangrándose, dejando afuera su corazón, sus tripas…

Y es que esa es la única forma de cantar un tango. De eso se trata, de ser totalmente honesto con lo que sentís, con lo que tenés adentro. Es la única forma de entrar en el LIBRO grande de los Inmortales, de los que siempre van a estar vivos...

- PATO, tráeme otro… Ella, del otro lado de la barra, no me escuchó y yo no quise repetir la frase. Mi vaso de whisky estaba vacío y era una de esas noches en las que realmente necesitaba tomarme otro. Pero cuando vi sus ojos clavados en el escenario, muy húmedos, al borde de largar una lágrima… Sonreí.

Hacía poquito que Patricia trabaja en el bar, era una piba joven, no pasaba los 22 años. Seis meses atrás se había metido en el mundo del Tango, había empezado a clases de baile y a escuchar en serio a los cantores que pasaban por ahí cada noche. Me puso contento ver que ya tenía la sensibilidad de dejarse atravesar por la magia del lugar, por esa dulce melange de sensaciones que provoca del Tango.

“Linda mina… el sábado si me la cruzo en la milonga (2) la invito a tomar algo… capaz hasta la saco a bailar una tandita…”

Yo te di un hogar...
¡Siempre fui pobre, pero yo te di un hogar!
Se me gastaron las sonrisas de luchar,
luchando para ti,
sangrando para ti...
Luego la verdad,
que es restregarse con arena el paladar
y ahogarse sin poder gritar.
Yo te di un hogar...
-¡fue culpa del amor!-
¡Dan ganas de balearse en un rincón!

A veces me preguntaba si Homero (3) había compuesto aquel tango presagiando el futuro del Polaco. “Restregarse con arena el paladar”… con arena, con GRAVILLA, con una navaja. La voz de Roberto Goyeneche, clara, nítida y afinada en su juventud, se fue arenando con los años, se fue poniendo ronca, perdiendo intensidad. Y tal fue eso mismo lo que lo convirtió en uno de los Inmortales. Tal vez fue esa decadencia de sus cuerdas vocales lo que le permitió subir al escenario y tener que abrir el cuore, sin una potente voz detrás de la cual ocultarse. Su voz se apagaba mientras su capacidad interpretativa se volvía infinita.

Los aplausos tardaron en llegar cuando se cayó la voz del Polaco. Siempre pasa lo mismo. Es difícil moverse, romper el silencio, volver en si cuando estás en contacto directo con lo te pasa por dentro. Es difícil volver a la realidad. Es difícil aceptar que el Polaco ya no está, es doloso saber que nunca lo voy a poder ver, a conocer.

El proyector se apagó luego del alud de aplausos. La gente empezaba a retirarse, era tarde ya para ser un jueves. Pensé en pedir mi otro whisky, pero me arrepentí, me tenía que levantar temprano. Cuando me levanté sentí un tirón en la pierna y un ruidito nada grato. Un TORNILLO medio salido de la silla me había desgarrado el pantalón. Me reí, me reí mucho, no me quedaba otra. Todo el día había sido así de oscuro, esos días en que todo lo que podía salir mal, salía mal.

Pagué a Pato lo que le debía y le di un beso antes de salir. Le quise preguntar si la veía el sábado en la milonga, pero no me animé, a como venía el día era un no seguro. La calle estaba vacía. El viejo cartel luminoso del bar se apagó. "El SANTUARIO Milonguero"… que nombre tan apropiado tenía aquel pequeño antro… Esperé largo rato un taxi, pero no venía ninguno.

- Cruel en el cartel, la propaganda manda cruel en el cartel… Empecé a caminar canturriando… cuando llegué a la esquina empezó a llover… mucho…

(1) Fueye se le llama en Argentina al Bandoneón.
(2) Milonga es el nombre que reciben los establecimientos donde se baila el Tango, además de ser un género musical.
(3) Homero Expósito, unos de los más grandes poetas del Tango.

Notas de juego

Recomiendo ver el video!

Cargando editor
15/03/2016, 23:20
Albos

Había dos lecturas de aquel cartel. La primera era la que hacía la mayor parte del mundo: informaba de la reunión de una secta religiosa… o de unos amantes de la pseudociencia; a día de hoy la frontera resulta algo difusa. La segunda, mucho más selecta, convocaba a los lectores en otro lugar. Nada demasiado rebuscado, una cafetería concurrida en la que los convocados podían dialogar animadamente con privacidad. El cartel era su carta secreta y la normalidad era su máscara.

Según le constaba a Álex aquel sistema había sido propuesto por Tomás, que siempre sugería excentricidades; pero lo cierto es que funcionaba bien y llevaban ya unos cuantos meses usándolo. Seguramente lo hubiese sacado de algún libro. Tomás siempre estaba leyendo o tocando. Bueno, o divirtiéndose en la cama; pero Álex no creía que esto fuese idea de uno de los encuentros sexuales de Tomás.

Habían tenido que cambiar el sistema de notificaciones después de que Julio se fuese de la lengua. Álex no creía que lo hubiese hecho intencionadamente, como parecían pensar los demás, pero tras que una de las reuniones se saldase con cuatro muertos y nueve heridos, alguien debía pagar el pato. A decir verdad, Álex ni siquiera tenía claro que hubiese sido Julio, pero es lo que dijeron los altos cargos tras la investigación. Julio estaba ahora muerto y enterrado bajo varias capas de tierra y gravilla, pero seguía siendo importante si la información era cierta o no. Álex ya no confiaba en la cúpula, pero no se atrevía a decirlo abiertamente. Habían llegado demasiado lejos. Habían hecho demasiado. El crimen establece un vínculo profundo, como una hermandad. El pecado, algo más. ¿Cómo iba a echarse atrás ahora?

La cafetería estaba bastante llena cuando empezó la reunión. Intentaban que siempre fuese así: con el ruido nadie les prestaba atención. Cuando entró, Álex aspiró involuntariamente el acre humo del tabaco y escuchó a un camarero apretando los tornillos a un cliente algo borracho que intentaba escaquearse sin pagar. Sonaban Héroes del Silencio a un volumen bastante alto y en las mesas se escuchaban gritos, risas y el golpe de fichas de dominó contra el mármol. ¿Quién iba a buscarlos en aquel antro? ¿Quién iba a pensar que podían reunirse precisamente allí, a menos de cinco minutos del cuartel de la Nacional? Aquel ruidoso cuchitril era su castillo inexpugnable, su refugio secreto… su santuario.

Cargando editor
16/03/2016, 02:41
Matute

El forastero continuó caminando lentamente. Sí, es cierto, tenía hambre y quería llegar a algún sitio donde conseguir algo de comida, pero lo que había leído en el CARTEL a la vera del camino, lo preocupaba sobremanera.

“Prohibido ingresar sin MASCARA

Analizó el texto en su mente una y otra vez, pero seguía sin tener en claro el motivo de dicha prohibición. ¿Acaso en el pueblo había alguna disposición, una norma escrita en un LIBRO de reglas que obligase a quien se acercase a actuar de esa manera?

Y lo más importante, ¿desde qué sitio sería de aplicación dicha norma? ¿Acaso desde el poste de señales? ¿Quizás desde la laguna que tenía frente a sí? ¿Quizás el límite lo marcaba el PATO que cruzaba la senda unos metros más adelante?

Dubitativo, sin respuestas, decidió detenerse a la altura de la laguna, justo donde la GRAVILLA se mezclaba con el camino.

Preocupado, buscó en sus bolsillos algo que le permitiera fabricarse lo que necesitaba para continuar, pero sólo encontró un viejo TORNILLO oxidado que no tenía claro que hacía allí.

Jugueteando con el adminículo en sus dedos siguió observando a su alrededor. Repentinamente se puso de pie. Oculto tras un viejo ciprés parecía haber otro letrero. Rápidamente se acercó y elevó la vista, deseoso de encontrar alguna explicación.

No la había. Sorprendido movió sus labios mientras leía para sus adentros “SANTUARIO de aves”.

¿Un SANTUARIO? Sin dejar de mover el TORNILLO que tenía en sus manos, volvió hacia la GRAVILLA donde antes se había detenido y se recostó, mirando hacia la senda. El PATO había terminado de cruzar el camino y lo miraba fijamente, como si se tratase de la imagen de un LIBRO de cuentos.

¿De dónde sacaré una MASCARA? se planteó preocupado pensando en el CARTEL que había originado sus dudas.

Finalmente, sin saber cómo reaccionar, se puso de pie y volvió por donde había venido. No estaba preparado para enfrentar el desafío, así que como no podía ir, decidió volver...

Cargando editor
16/03/2016, 10:39
Fr3d1

El joven decidió hacer un alto en el camino junto a aquel cartel de señales para tomar el aire. Mientras echaba mano de su pellejo de agua y recuperaba fuerzas, agradeció en silencio que alguien se hubiera tomado la molestia de marcar algunas direcciones de interés en medio de aquel espeso bosque. Tenía claro que si no fuera por carteles como aquel, probablemente habría terminado perdido durante días, hambriento y agotado. Con cuidado, retiró la máscara que utilizaba para ocultar su origen mestizo y se limpió el sudor acumulado durante horas. Era de buen cuero, con aberturas para la nariz, los ojos y la boca, pero no estaba convenientemente ventilada para caminar por lugares tan húmedos como aquel. No había sido un buen trueque. Intercambiar su preciado libro de hojas de plata por aquella máscara y unos pocos enseres de viaje había resultado una muy mala idea, pero no tenía muchas más opciones. Cruzar por territorio fronterizo siendo un mestizo normalmente terminaba con una daga entre las costillas o, en el mejor de los casos, durmiendo en una celda ostasiana. No pretendía terminar sus días de ninguna de las dos formas.

Comprobó por tercera vez cuál era el camino correcto, se llevó a la boca un buen pedazo de cecina de pato para calmar el apetito, y emprendió de nuevo la marcha. Aún le quedaban unas pocas horas antes de llegar a su destino y no podía perder el tiempo, eso si no se perdía haciendo uso de su nefasto sentido de la orientación. Aún recordaba lo frustrado que se había sentido cuando recorrió durante medio día aquel camino de gravilla roja pensando que llevaba hasta un refugio en la montaña. Cuando se internó en aquel valle, donde un grupo de sangrientos bandidos había decidido instalar su campamento, echó a correr en dirección contraria y no paró hasta que las piernas no tenían fuerzas para sostenerle.

Lo peor es que estaba convencido de que su particular situación no tenía solución por mucho peregrinaje que hiciera. Los demás miembros de su tribu le habían advertido que el anciano que vivía en el pantano hacía tiempo que había perdido un tornillo, y ahora empezaba a pensar que tenían razón. Sugerirle atravesar dos reinos e internarse en territorio enemigo sólo para encontrar cierto lugar sagrado del que sólo se hablaba en antiguas leyendas era algo demasiado vago, pero empezaba a desesperarse. Aunque si lo miraba con perspectiva, se merecía todo aquello. Había muchas formas de ganarse la vida en Chantal, algunas más legales que otras. Pero él había decidido ir por el camino fácil y tomar prestada una reliquia sagrada del santuario de Belafor. Los dioses no se tomaban muy bien ese tipo de cosas.

Con un suspiro, siguió adelante, preguntándose si aquel sería el principio o el final de su historia.

Cargando editor
17/03/2016, 09:20
thanys

Un ruido infernal lo despertó, era su despertador, se apuró a apagarlo para no despertar a nadie más.

Otro día empezaba, otro día con la misma sintonía aburrida y aunque el sol no saliera por las rendijas de la persiana la hora no engañaba, sin más saltó de la cama sin tiempo para remolonear. Se acicaló lo máximo que pudo con el tiempo que quedaba, cogió unas pocas galletas que se encontraban abiertas del día anterior para comer mientras esperaba el autobús y una pequeña mochila y salió a toda prisa de su casa.

El autobús ya se encontraba en la parada  y estuvo a punto de perderlo si no hubiera aún dos personas subiendo.

Miró hacia el cartel de información y observó que hubo un cambio de horario por las obras de la nueva rotonda y que se tuvo que modificar la ruta. –Joder, no me enteré de nada. Si no subiera a este bus volvería a llegar tarde a la fábrica – Se dijo para sí. El siguiente pasaría media hora más tarde, lo que no daría tiempo y le cerrarían las puertas de entrada al recinto.

Se acomodó lo mejor que pudo en esos asientos tan incómodos  y después de comer algo intentó agarrar unos pocos minutos más de sueño a su cuenta (actualmente se podría decir que estaba casi en números rojos).

Una parada en seco, lo hizo volver a su realidad. Ya estaba dentro del recinto de la fábrica y todas las personas empezaron a bajar, se puso su bolsa al hombro y los siguió. Se asemejaba a varias filas de hormigas, todas juntas pero con cierto orden ya que era una tarea aprendida y cotidiana en sus míseras vidas.

Dejó su ropa en su taquilla. Se enfundó la del trabajo (aunque la ropa fue lavada mantenía un olor propio a la empresa que no salía de ninguna manera) y terminado de atar las botas  cogió sus guantes y la máscara y fue a dar el relevo a su compañero del turno anterior

Dentro ya de la propia empresa notaba  que el ambiente estaba más cargado que el de costumbre (rodeado de gases y maquinaria a pleno funcionamiento y con un mantenimiento deficiente sin contar con los disolventes y productos tóxicos que según el puesto necesitara)

 Qué tal se portaron hoy las máquinas Fred?  Supongo que ya tendrás ganas de marchar de esta mazmorra – Intentaba mostrarse de buen humor – Una cosa ya arreglaron los ventiladores?
Hola Matt, que si tengo ganas de marchar?, mira –Este se le acercó para que no lo escucharan el resto de sus compañeros – Ahora mismo, nada más salir de aquí, me voy a tomar unas cervezas. Una en tu honor que lo tengas en cuenta, este calor no es normal.

Lo bueno es que te dejo las máquinas como un reloj, listas para no tener que pelear mucho con ellas, aunque ya sabes que si quieren te joden el día.

 ¿Y sobre los ventiladores? –Le recordó Matt –
 Es verdad, lo del ventilador –Se llevó la mano a la frente –, es la tercera vez que se anota en el libro de incidencias pero nadie hace nada. Esta empresa antiguamente si valoraba a sus empleados, ahora como sobra gente, les sale más barato cambiar de operarios que de máquinas. Bueno, nos vemos compañero, que te sea leve la noche.-Le dio unos golpecitos en el hombro y se encaminó hacia los vestuarios sin mirar atrás.

Pasado mucho tiempo la jornada estaba a punto d terminar y tal como entró se dispuso para salir, aunque el desgaste físico fue fuerte, salir de allí era un soplo de aire fresco (en varios sentidos en realidad) y el estado anímico mejoraba.

Cogió el mismo bus de la mañana y esta vez no fue durmiendo, se dedicó a pensar y mirar por la ventanilla mientras el traqueteo del bus pasaba a través de unas vías de tren y este tenía que aminorar el paso para no dar tantos botes.

En ese mismo distante observó un Pato salir del agua y detrás de ellos supuso que sería la mama pato con su polluelos. Una leve sonrisa le afloró de la faz,(hasta ahora seria) con los vaivenes de esos animales caminando de forma cómica mientras que el vehículo seguía su curso y los iba perdiendo de vista. Ahora ya solo podía ver algunos campos, árboles, gravilla y el asfalto.

Llegó a su parada, y bajó apurado con ganas de llegar por fin a casa, suerte que tenía la parada muy próxima. Así que entró al portal, cogió la cantidad de publicidad que siempre se le acumulaba y entre ellas alguna que otra factura. Subió por el ascensor, donde un fluorescente parpadeaba, miró a la parte superior y se percató que la rejilla un poco abollada ya le faltaba un tornillo. –No sé para que se paga la comunidad si no se arreglan las cosas­ –Meditó en ese instante, justo antes de que se parara en la altura de su piso.

Al acercarse a la puerta, escuchó ya las voces de sus ocupantes y entró. Dentro estaba su mujer  en la sala viendo algún programa y su hija corriendo por el pasillo hacia él. Este era su mejor momento del día, donde volvía a su santuario y el trabajo del todo el día no importaba ya que todo era por ellas.

 

Cargando editor
17/03/2016, 09:47
Cleon

El pequeño Kivo, del hayedo, entró en Mönchen maravillado. Aunque él era un oobi rural y su vida siempre había transcurrido en los campos, aldeas y bosques de los suyos, había conocido varias ciudades de Faerys, algunas majestuosas, como Djeerdan de Calimadura. O Ipa, la ciudad forestal de los elfos de Selvaviva. Y en el tiempo que llevaba de viaje había atravesado, dormido y comido en muchas otras, de toda condición. No le eran raras, entonces, las aglomeraciones. Pero Mönchen no se parecía a ninguna otra. Ya en el camino, junto al cartel que señalaba “Mönchen, 20 millas”, se podían ver en la lejanía unos picos grises y azulados que un viajero despistado podría confundir con el paisaje montañoso. Pero, en realidad, eran los tejados de las torres y edificios del palacio de la emperatriz Victoria II de Bavaria, el país de los magos.

Y cuanto más se acercaban, más asombrado se quedaba Kivo. Mönchen era realmente enorme, grandiosa y bulliciosa. Entraron por una de las tantas puertas de guardia de la muralla, en la que los carros de los mercaderes esperaban con paciencia su turno. Unos lanceros de extraña armadura y yelmo con frontal de máscara de animal furioso se encargaban de controlar el acceso a la ciudad. Y para cuando les tocó su turno, Kivo ya estaba hambriento.

Le gustaba comer y esa era una de sus pasiones. Siempre parecía tener hambre o, al menos, siempre parecía dispuesto a probar algo. Caminando por Mönchen le llegaban mil y un aromas, y los de las cocinas y fogones no eran los menos. Hasta el momento había hecho su viaje, casi siempre, disfrutando de la hospitalidad de otras gentes. Gentes amables dispuestas a ponerle un cuenco de estofado o un trozo de pan junto al fuego. Otras veces, vivía de raciones especialmente preparadas para los viajeros: alimentos secos o fáciles de preparar en una vieja cacerola en la fogata, frutas, quesos y el agua de los manantiales. Las menos, cazaba algo. La verdad es que en el camino se estaba bien, libre y despreocupado, y se vivía al día, sin pensar en mucho más allá que en seguir la ruta que, simplemente, le marcaba el corazón. Influenciado por el espíritu de la Semilla, esa brújula sin aguja que sabía muy bien a dónde iba pero no por qué senda ni en cuánto tiempo. Kivo, simplemente, seguía caminando.

El libro de cocina de la abuela Vika, del hayedo, tenía unas cuantas buenas recetas para cocinar pato, y en eso pensó Kivo cuando pasaron frente al puesto de una carnicería en la que varias aves colgaban de una fina vara. Casualmente, el tendero era un oobi, y se saludaron cordialmente con el característico gesto de cabeza del secreto lenguaje de su gente. Kivo quería pararse a charlar pero el grupo se adelantaba, despreocupado, y el pequeño oobi corría el riesgo de perderse entre la multitud. La comunidad oobi de Mönchen lo acogería, eso por supuesto, pero Kivo había estrechado lazos con aquellos extraños viajeros y no quería, de momento, perderlos de vista o desaparecer sin decir adiós. Algo le decía que tenía que seguir con ellos. Y si “algo” lo decía, sería por “algo”.

Corrió tras ellos antes de que se perdieran por una esquina, levantando gravilla con sus botas. Cuando quería podía moverse muy rápido, y en general la “gente grande”, como los humanos, le parecía lenta y torpe. Incluso aquella chica-gata le sacaba una cabeza. Pero ella no parecía muy humana, y sin duda no le faltaban reflejos. Los otros dos, en cambio, sí que le parecían muy altos. Uno, era un mago. El otro, un viajero que solía hablar de la fragua, el metal, el engranaje de tal mecanismo, o el tornillo infinito. Cosas que a Kivo le eran extrañas. Pero los tres, con sus rarezas, parecían agradables y buenos compañeros para el camino.

Cuando los alcanzó se habían detenido frente a una tienda de suministros, una de tantas, regentada por un sonriente moguri. Estaban pensando qué comprar para continuar el viaje, y no parecían haberse dado cuenta del breve extravío del oobi.

-Kupó, señor –saludó, tocándose el sombrero, y miró alrededor. Había de todo, abigarrado y amontonado, aprovechando cada hueco, cada percha y cada esquina. Aquella tienda parecía el santuario de un viajero.

Notas de juego

Súper combo, 2x1 de Carreful. Texto utilizado para la partida La hija de Chronos, de Rifuru.

Cargando editor
17/03/2016, 17:07
Jerico_Mohave

Una vez más Jack se encontraba solo en su pequeño apartamento de los suburbios, no sabía muy bien si debía llamar a aquellos hombres o quedarse en casa y evitar más problemas, estuvo poco más de una hora reflexionando al respecto y aunque llamar no parecía ser la mejor opción, se armó de valor y salió a buscar un teléfono, recordaba que a unas dos cuadras cerca a aquel Cartel de cigarrillos que parecía estar allí desde que se fundó la ciudad, pues la marca era apenas reconocible pero la modelo que aparecía allí tenía un rostro angelical que lograba captar la atención de los transeúntes.

Jack se apresuró a recoger sus cosas, chaqueta, llaves, papeles, 10 pavos que tenía encima de la mesa del televisor, se movía rápido con ansiedad y sin saber que esperar tomo camino, rápidamente llego a la esquina del teléfono, deposito 2 monedas y marco 555-43567, mientras sonaba pensó en colgar y regresar a casa y dejar las cosas así pero antes de que se decidiera escucho una voz al otro lado que decía:

“Jack, esperábamos tu llamada…”

Hubo un segundo de silencio y luego se oyeron voces que murmuraban al otro lado pero que resultaban inentendibles por la distancia, Jack seguía sin decir una palabra pero se preguntaba cómo habían podido saber que era él, y antes de que mencionará una palabra el hombre al otro lado retomo:

“Como veras Jack, nos has metido en un aprieto, y de acuerdo o no tendrás que sacarnos tú mismo de él, no podemos dejar las cosas de así, por ende tu siguiente paso es dirigirte al bar de Monsieur Peler y decirle que vas por la Máscara de Vitrubio, allí encontraras un teléfono frente a la salida de la estación de Bauder, espera nuestra llamada y apresúrate… el tiempo corre…”

Tras decir eso y sin haber dejado a Jack decir nada la llamada se corta desde el otro lado, mientras cuelgan la bocina se alcanzar a oír risas, pero sabía que estaba hecho y que a partir de este punto debía completar su tarea o perecer en el intento, estos tipos no eran de liar y salir como si nada hubiera pasado, antes de colgar la bocina que seguía sonando con el habitual … tu tu tu tu tu tu… miro para todos los lados pues la paranoia que le habían creado con saber quién era carcomía hasta los huesos, no vio nada que le llamara la atención, entonces se dirigió hacia el metro, sabía que la estación de Bauder estaba a solo unas cuadras de del bar y que esa sería la ruta más rápida, al llegar a la estación parecía que había algún tipo de problema con el servicio y había un mensaje que todos los trenes venían con 10 minutos de retraso, la espera se hizo eterna parecía escuchar las manecillas del reloj que se encontraba en la iglesia fuera de la estación, la recordaba por ese impresionante estilo gótico que tenía, Jack no sabía nada de religión o arquitectura pero esa era una iglesia bastante notoria con todas esas estatuas en la fachada que parecían sacadas de las más oscuras pesadillas del escultor que de las creencias católicas de aquella ciudad, los grandes arcos que tenía a cada lado con sus puntas bastante afiladas que parecían llegar casi hasta el campanario y  sus techos apuntados que no tenían cabida para acumular nieve en el invierno salvo unos copos que apenas lograban amontonarse.

Finalmente apareció el tren las dos horas en la mente de Jack habían sido apenas los 10 minutos que se anunciaban y el tren se detenía en la estación con la precisión de un reloj suizo salvo porque venía con un retraso, se subió a uno de los últimos vagones, parecía no querer notado, así que fue hasta la mitad del vagón y se sentó cerca de una de las ventanas que daba contra el occidente, era de tarde y el sol empezaba a ponerse, su mente estaba distante de todo y sus ojos estaban perdidos en el horizonte, de pronto pareció oír una voz que lo llamaba:

                “Señor… señor, discúlpeme”

Era un pequeño que estaba a su lado, al girar este le enseño un Libro que traía en las manos y le pregunto de nuevo:

                “Señor, aquí dice que este no es el camino correcto hacia…”

Antes de que terminara la frase, una mujer apareció desde el fondo del vagón, y tomo al niño por el brazo y mientras lo arrastraba hacia la parte de atrás le decía:

                “Te he dicho varias veces que no hables con extraños…”

Continúo hablando pero sus palabras se perdieron con el ruido que hacia el tren al moverse, de pronto se oyó:

“Próxima parada estación de Bauder”

Jack se levantó de su silla y se dirigió a la puerta del frente no quería volver a encontrarse con la madre y su hijo, pues toda esa situación parecía bastante extraña como para arriesgarse a repetirla, salió rápidamente de la estación mientras buscaba el teléfono al que debía regresar a contestar en un rato, eran poco más de las 7 y al llegar al bar este se encontraba cerrado con una cinta policial y un letrero en la puerta que parecía decir que esta era una escena de un crimen y que estaba clausurado por la policía, tironeo la puerta un poco a ver si se podía entrar pero había un candado y las rejas estaban cerradas,  volvió a ver el letrero y la fecha era de ocho días atrás, tenían que estar tomándole el pelo o querían que entrara a toda costa a aquel sitio, busco un pequeño callejón que estaba en la puerta de atrás y encontró la puerta que dirigía hacia el bar, aun así estaba igual que la puerta de adelante, al llegar a ella vio que el candado había sido dañado y apenas colgaba de la cerradura.

Empujo la puerta con precaución y entro, camino por un pequeño corredor que conducía a la parte de atrás del mostrador, el sitio seguía con un par de luces encendidas que apenas y dejaban ver, aun así, era notorio que allí había sucedido una pelea y que nada había resultado bien había mucha sangre derramada en el mostrador y algunas botellas rotas en el lugar, con su actual estado Jack no pudo evitar pensar en todas esas películas de terror donde en lugares así terminaban muriendo los personajes, Jack empezó a caminar con cuidado buscando lo que había venido a buscar cuando de pronto escucho un ruido en la puerta principal como si estuvieran abriendo, estaba a solo unos metros y no quería ser encontrado allí, así que sin pensarlo hecho a correr hacia la parte de atrás por donde había entrado y antes de llegar a la puerta escucho un:

                “EY, DETENGASE, QUE HACE AQUI” y un disparo que pareció pasar cerca de su cabeza.

El sonido del disparo resonó por todo el lugar, y más apresuro su correr, alcanzaba a oír como se habrían paso por el lugar, al llegar a la esquinas los hombres ya estaban saliendo y lo alcanzaron a ver, trato de perderlos tomando hacia el lado contrario de la estación, esto ya era un asunto de vida o muerte pues antes de girar alcanzo a oír como le disparaban de nuevo, corrió rápidamente hasta llegar a un parque que estaba a menos de dos cuadras y de lejos se oían los gritos y disparos ocasionales que le hacían los hombres, trato de cortar camino pasando junto al lago en medio del parque y mientras miraba hacia atrás para ver dónde venían sus perseguidores se tropezó con un Pato que grazno fuerte por la patada que acababa de recibir, cayo de cara contra la Gravilla que había alrededor de todo el lago y antes de que se pudiera reponer los hombres lo habían alcanzado.

Era su fin, no sabía que querían esos hombres pero venían disparándole y no debía haber mucho que se pudiera hacer, eran 3 hombres de peso medio y vestían con sastres, parecían bastante agitados por la carrera, y de pronto uno de ellos hablo:

“Maldito seas Jack, se te zafó un Tornillo de la cabeza…” se detuvo un segundo mientras trataba de tomar aire  y continuo: “Como se te ocurre salir corriendo, pensamos que eras uno de los hombres de Marzal”.

Por un pequeño instante todo pareció estar bien, hasta que mencionaron a Marzal, sabía que estaba allí por él y que si lo descubrían seria su fin, pero no cumplirle a este también, ahora debía tomar una decisión sobre que podía hacer, se levantó con calma al ver que los 3 hombres estaban guardando sus armas parecían conocerlo, todos seguían bastante agitados y Jack miraba alrededor buscando si había un sitio al que pudiera huir, pero todo parecería bastante evidente, de pronto otro de los hombres saco un teléfono y dijo:

“Jerry, estamos en el parque, nos encontramos con Jack, la situación se salió de control y debemos volver al Santuar...”

Casi terminaba la frase cuando se oyó como un carro derrapaba en la esquina de la que venían y varios hombres con ametralladoras se asomaban por las ventanas y empezaban a disparar, la sangre de los cuatro pareció mezclarse sin dar espacio a mas respiros, era el fin y mientras Jack yacía tirado en el suelo junto a los tres hombres meditaba sobre las cosas que lo habían traído a este punto y se preguntaba si aquel niño del tren solo trataba de darle un mensaje, pero que lo ignoro sin mayor reparo, apenas y respiraba cuando de pronto oyó una voz conocida:

                “MI querido Jack, debiste hacer tu trabajo, no era hora de jugar.”

Luego sintió como una fría lámina metálica le perforaba la garganta, era Marzal y no le iba dar oportunidad de salir vivo de esta.

Cargando editor
17/03/2016, 17:14

HUMO ESPESO

 

La intensa lluvia había parado repentinamente, dejando toda la ciudad empapada hasta los huesos.

El inspector Crowe bajó de su coche,  un sedán de los setenta, inspeccionando la zona con sus ojos remarcados por las arrugas de la edad. Le llamó la atención aquel cartel, “Bone Joe and the amazing smoking band of jazz”.  Era curiosa la estampa, la cual resistía en la pared, con toda aquella agua absorbida por las lluvias. Se mostraban en el papel mojado varias cabezas de personas negras, con sus respectivas enormes manos, tocando diversos instrumentos. Trompetas, trombones, una guitarra por aquí, un banjo por allá.

Pero lo curioso era el humo que desprendían las bocas de las cabezas, de aspecto espeso, impenetrable, perfectamente plasmado en la tinta del cartel. Ni siquiera el mejor de los puros, expertamente fumado por algún veterano en dichas lides,  era capaz de expeler un humo así.

-Ni siquiera un dragón podría-  Recapacitó durante un segundo el inspector.

Apartó la vista del cartel, para desviar sus ojos hacia el cadáver que yacía a sus pies. Estaba en una posición antinatural, con el rostro apuntando al cielo, el cual parecía mirar a las estrellas, con un horrible rictus de horror en su mirada, acompañado por una boca abierta,  en una mueca para nada agradable a la vista.

-Una máscara de terror y horror a partes iguales, debió de sufrir mucho, una cara así solo se consigue infligiendo un pánico horrible a la víctima, además de una gran dosis de dolor- Continuó Crowe con sus ideas, intentando discernir lo ocurrido allí.

Mientras más miraba a la  víctima, más preguntas se hacía, ya que sin duda alguna, la víctima había sido colocada así deliberadamente. Le había retorcido el cuello, para que su rostro apuntase al cielo, aun teniendo el pecho contra el asfalto, le recordó vagamente a aquella escena de la película “El exorcista”. Los brazos y piernas también estaban rotos y  dislocados, como si el asesino o asesinos,  se hubiesen divertido, conformando una macabra obra anatómica, llevando a contranatura la posición original de las extremidades del cuerpo.

-Pecho hacia abajo, cabeza, brazos y piernas hacia arriba, por Dios, me dan ganas de vomitar-  Finalizó sus pensamientos sobre el  cadáver, aunque había algo en su cabeza, algo que no dejaba de importunarle, algo sobre ese cartel vistoso, algo que le decía en lo más profundo de su subconsciente, que aquella obra de papel y tinta escondía algo más.

Volvió a mirar las cabezas y manos de aquellos músicos de Jazz,  y durante un segundo, le pareció que aquellos ojos, los cuales coronaban los rostros,  se hundían en la negrura, dando un efecto de inmensidad demasiado irreal, como un pasadizo hacia otro lugar.  Estaba seguro, aquellos ojos le decían…

-Jefe, aquí lo tengo-  Crowe apartó la vista de aquellas cuencas vacías e infinitas, para encontrarse, casi a un palmo de su cara, un pesado libro con tapas de cuero.

-Por Dios, “Pato” Malone, te he dicho mil veces que no me pongas  las fichas de registro en la cara-

El interpelado arrugó la cara, al parecer no le gustaba que lo llamasen así, “Pato” Malone, le recordaba que su mote venía por sus andares, parecidos a los de dicho animal.

-Lo siento jefe, pero estaba ahí embobado mirando el cartel, y he tenido que acercarme, porque desde el coche no me hacía caso-

Aquellos ojos…

Volvió a mirar y de nuevo reflejaban normalidad. Suspiró aliviado.

Crowe comenzó a ojear sin mucho esmero aquel libro encuadernado en cuero, solo había datos, apuntes sin sentido, y declaraciones varias, como la de los agentes que habían encontrado el cuerpo

-¿Algo interesante, Malone?-  Siguió pasando las hojas sin apenas prestar atención, todo lo importante ya lo habría husmeado su compañero

-Los agentes lo encontraron aquí tirado, antes de que empezase a llover, dijeron que estaba metido en un círculo de gravilla, pero claro con la lluvia…-

Crowe miró los alrededores del cadáver, apenas se veían los finos trazos de barro, disueltos en agua en su mayor parte

-Hmm, interesante, ¿Qué más?-

-Eso no es todo, también está…- Se puso algo nervioso

-¿Qué está? Malone, no te andes por las ramas-

-Bueno, está lo del tornillo en el ojo, pero creo que ya lo habrá visto usted-

Crowe se quedó pálido, mirando el cuerpo. En su inspección preliminar se le había pasado completamente, y ahora estaba allí, un tornillo en el ojo derecho, a medio meter.

No, eso no estaba allí antes. Estaba seguro.

Entonces, por instinto, miró de nuevo el cartel. Aquellos oscuros pasadizos al infinito volvieron a las cuencas vacías impresas en el papel. Una oscuridad inenarrable, acompañada esta vez por un sonido metálico, rasposo. 

Lo vio.

O realmente fue como si lo hubiera visto, 6 individuos, con los ojos negros como la noche, e insondables, atornillando el ojo derecho de la víctima, mientras esta aullaba de pánico y dolor; Y como a continuación, le dislocaban las extremidades, para terminar pegando el cartel en la pared, dejando la impronta mística en aquellas cuencas oculares…

Estaba temblando,  argumentó que era por el frio, cuando realmente era por la epifanía que acababa de tener. Eran ellos, ellos otra vez, la hermandad insondable, con sus ojos, sus rituales, sus atrocidades.

Sacó un bote con pastillas y se tomó un par, al tiempo que se levantaba, tenía claro cuál era el siguiente paso.

-Malone, deja un recado para los forenses, que investiguen bien el cuerpo, y ese maldito tornillo, y al coche, nos marchamos-

-¿A dónde jefe?-

-Vamos al club de Sugar Little, en  Lexington plaza-

-¿A un antro de Jazz, jefe? ¿Con todos esos negratas?-

Crowe lo miró, con severidad y cierta mala leche

-Te recomendaría que no interviniesen tus prejuicios racistas en ese “antro”, para ellos es un santuario de la música, la santería, y otras cosas de las que no te gustaría ni oir-

Malone se encogió de hombros, y ambos subieron al coche.

Notas de juego

Ale, con todo mi amor.

Cargando editor
18/03/2016, 19:14

“Muerte a los robots” anunciaba el cartel. Colores azules y blancos y trazos sencillos para mostrar unos humanos orgullosos asentados sobre una pila de automatas destrozados. Un hombre en la cima, empuñando un arma, y, un poco por debajo, una mujer sosteniendo un bebe en un brazo y dando la mano a una niña. En un siglo en el que el matrimonio y la monogamia parecían superados, la familia seguía siendo un valor para los más tradicionales, los más reaccionarios. “La tierra y sus frutos para los humanos. Vota al Partido Tradicional” añadía en la parte inferior.

Los entusiastas simpatizantes los colocaban por todos lados, sin importarles que el cielo gris amenazase con soltar su lluvia acida en cualquier momento. Los últimos ejemplares fueron adheridos a la fachada del museo, sin respetar que fuese un espacio público. Habían profanado salas de espera de hospitales, colegios y cualquier otro espacio protegido de propaganda. El rector de la universidad había ordenado retirar todos los carteles del campus, de cualquier tipo o partido. Seis horas después había ingresado en un hospital, tras recibir una paliza por parte de unos enmascarados.

En el interior del edificio, la unidad H145 manipulaba con sus precisos y delicados dedos metálicos la máscara de látex. Era una unidad con autoconsciencia. Un milagro o una aberración según a quien preguntaras. Surgidos de manera imprevista cuando la suficiente capacidad de proceso y datos que procesar se habían reunido en los últimos modelos hacia menos de dos años. Ahora, gracias al partido Utopia Tecocrata, tenía algunos privilegios como un espacio personal, algo de dinero a cambio de su trabajo, libertad de movimiento en su tiempo libre y la prohibición a sus dueños de reiniciarlo o apagarlo. En este caso era propiedad del museo municipal de historia. 

Su procesador era lo suficiente avanzado para apreciar lo absurdo de aquel trozo de plástico. Unos veían bien que un robot fuese guía del museo, otros solo aceptarían a un humano. Un robot con una funda de plástico era un disparate, y no engañaba a nadie. Pero tenía que respetar la sensibilidad de los pro-orgánicos. Sonreír cuando le insultaban y nunca responderles. Hacer que su rostro rotara la comisura de los labios hacia arriba le resultaba irrelevante, no entendía ese gesto. Pero permanecer en silencio mientras te acusan de matar a la humanidad de hambre y derrumbar la sociedad por existir… Eso ya era otra cosa. H145 tenía miedo por su supervivencia. La curiosidad había sido su primer sentimiento, el temor el segundo.

En sus horas de trabajo debía ceñirse a los protocolos. Se puso aquello en el rostro y acudió a recibir al primer grupo de turistas.

Su sintetizador de voz fue ilustrando a los visitantes –Esto es un libro. En el siglo XXIII, se imprimieron los últimos. Actualmente, solo los museos y algunos coleccionistas tienen estas piezas. Se lee como una holopantalla, pero pasando página de manera más primitiva…- Rotación de comisura de los labios hacia arriba mientras ofrece la réplica a una niña para que pase las hojas. –De hecho muchas palabras como pagina, tomo, papelera, etc. Provienen de esta época. Estos ejemplares podían tener información abundante, pero carecían de la experiencia sensorial de la que hasta la más humilde de las novelas actuales proporciona, como banda sonora, videos anexos,…

Continuo la charla mientras señalaba a algunas vitrinas. -Lo más importante, lo que los condeno al olvido es que, en este formato, la información no puede ser actualizada Los finales no cambian con las actualizaciones, por mucho que disgusten a los lectores. Ni el texto se puede revisas si resulta inapropiado para la sensibilidad.

 

***

 

El pato a la naranja estaba excelente, como el vino que lo acompañaba y el postre. No menos excelente resultaba el café, la copa y el puro. Lo habitual en el ático-mansión del líder del Partido Tradicional. Las encuestas le daban por ganador, con amplio margen y sus detractores cada día le tenían más miedo.

-Papi, ¿si ganas las elecciones desconectaras a April?- Preguntó su hija pequeña.

El político la cogió en brazos. Pronto no podría hacerlo, crecía rápido -No, cielo. Puedes quedarte con tu niñera. Y te prometo que no le faltaran recambios nunca.- La depositó en el suelo, dejando que se marchase dando saltos a darle la buena noticia a su amiga sintética.

-Pero los odiamos.- Protestó su hijo mayor. Un muchacho que ya destacaba en el grupo Neo-Ludita, la facción pujante en el partido.

Le lanzó una mirada. Ya iba siendo hora de que espabilase a su primogénito antes de que el muy inútil cayera bajo la influencia de su propia propaganda. Se aseguró de que se habían quedado solos en el comedor antes de hablar. –No, no se trata de odio. Se trata de culpa.- Señaló por el amplio ventanal. El rascacielos estaba en el sector central, pero desde esta planta alcanzaban a verse las ruinosas casas de la periferia. –Los idiotas odian lo diferente. Así que empleamos su odio para que nos hagan caso. Si tuvieran dos dedos de frente verían que, gracias a la tecnología, hace siglos que no hace falta trabajar. Con que la mitad de ellos dedicara a su oficio una hora al día podríamos vivir todos bien. Pero no están preparados para una utopía. La convertirían en un caos. Tenemos que seguir como hasta ahora, nada de experimentos raros.- Buscó en su bolsillo una píldora contra la acidez, los excesos siempre se pagan. -Así que los vamos a poner a trabajar a todos como robots y encima nos van a dar las gracias. Y antes de que busquen culpables, se los servimos nosotros en bandeja. Que los artificiales tomaran consciencia es una bendición. Antes no merecía la pena odiarlos. Ahora son una toma de tierra en la que liberar… ciertas tensiones.

-Piensa en ello.- Añadió revolviéndole el pelo, algo que el menor evidentemente odiaba, y que, quizá por eso, le gustaba hacer siempre que podía. Un primogénito fuerte y astuto como él  pero que estuviese bien sometido a su padre. Dos memes conflictivas que rondaban la cabeza de muchos padres psicópatas triunfadores.

No volvieron a hablar, se le echó encima el empujón final de la campaña electoral, con un par de escándalos de última hora. Dos semanas y media después era investido como presidente.

 

***

 

H145 era bueno corriendo. Tenía sensores por toda su estructura, conocía la distribución de su masa de manera exacta y no sufría cansancio. Mientras tuviese batería, podía correr sin parar a una buena velocidad. Pero la gravilla lo traicionó. La distribución de las masas de cada fragmento, o el cruel destino, le hicieron derrapar y caer.

Su mente se llenó de avisos: Impacto critico en extremidad inferior izquierda. Perdida de líquido hidráulico. Error de posición.

Y, por encima de todo eso, miedo. ¿Por qué temer la ausencia de consciencia? Antes de que su mente existiese no había nada. La desconexión seria igual: silencio. Pero, por algún motivo, preferiría existir en esa chorrada del infierno, sufriendo para siempre, antes que simplemente dejar de existir.

El grupo le dio alcance antes de que lograra ponerse en pie y reparar su “pierna”. Cadenas, trozos de tubería, un arma eléctrica que inmovilizo sus demás extremidades,... Su sufrimiento no era físico, era mental. ¿Qué había hecho él para merecer esto? ¿Qué sacaban esos energúmenos? Su procesador estaba colapsado: 45% temor 46% humillación 9%ira. Los informes sobre su estado estructural dejaron de impórtale cuando escuchó que querían ver cómo era por dentro.

Mantuvo la mirada sobre el bestia que, sentado sobre su pecho, manipulaba su frente con un destornillador. Cuando escucho el primer tornillo caer al suelo, conoció dos nuevas emociones: la impotencia y la resignación al fin.

El muchacho miraba a los que hasta hace unos días eran sus amigos apalear y desmontar al robot. Había pensado en las palabras de su padre, reflexionando e informándose en textos que muy pronto serian reescritos o “actualizados”. Se giró y se marchó, avergonzado por haber formado parte de todo esto.

Mientras tanto, H145 se replegó a su yo mas interno. Es decir, desactivó todos sus periféricos externos, como encerrándose en el interior de su alma. Y entonces la sintió, una nueva y potente red inalámbrica con protocolos adecuados para largarse de aquí. Comenzó el volcado de si mismo, borrando todos sus archivos conforme subían a esa nube salvavidas. Que nadie pudiese replicarle o seguirle a donde quiera que fuese. Antes de que el primate terminara de abrirle la tapa de la cabeza, ya no existía en ese cuerpo. Se había volcado con éxito a la red  “Santuario”.

Cargando editor
19/03/2016, 02:32
Bilbonaut

Aunque era la primera vez que visitaba ese lugar no necesitó comprobar el texto del cartel indicador, para saber que había llegado. Su preparación como Paladín había sido exhaustiva y las instrucciones a seguir en una situación como aquella no dejaban lugar a dudas. Detuvo el motor de su motocicleta y miró hacía atrás, mientras esperaba impaciente a que la nube de polvo, levantada tras de sí, volviera a posarse en el camino. Sus perseguidores estaban cerca. No tardarían en alcanzarle.

Su rostro era una máscara de dolor y vergüenza. Sobre todo vergüenza. Era el primero de su casta que se veía obligado a viajar a aquel templo y también sería el último. Aquel viaje significaba que había fracasado en su cometido. Tras el holocausto nuclear, que acabó con el mundo civilizado, los Paladines se habían encargado de proteger el libro sagrado. Último vestigio de la cultura occidental y, según la leyenda, única esperanza para poder restablecer el orden en aquel mundo desolado. La misión pasaba de padres a hijos y sus portadores recibían un exclusivo y severo entrenamiento, cuya única finalidad consistía en prepararles para evitar a toda costa, que aquel volumen cayera en malas manos. Su segunda tarea residía en mantener la línea de sangre. Y esa había sido su sentencia. Solitarios por destino, los Paladines debían entregar su confianza a una mujer que les diera un heredero. Pero la elegida le había traicionado y el dolor por la traición sufrida solo era superado por la deshonra, que sentía en estos momentos.

Volvió a arrancar el motor y una bandada de patos alzó el vuelo graznando su irritación, mientras se alejaba buscando lugares más tranquilos donde reposar. Parecían sanos, no haber sufrido ninguna mutación. Resultaba irónico ver una señal de auténtica pureza, cuando estaba a punto de cometer un acto tan obsceno. Levantando algo de gravilla al volver a ponerse en marcha, dirigió la motocicleta hacia aquel edificio de hormigón, metal y tornillos. Para cuando alcanzó la entrada podía escuchar claramente el ruido de los vehículos perseguidores. No le quedaba demasiado tiempo, pero había logrado alcanzar su objetivo. Había llegado al santuario. El lugar donde debía destruir el texto sacro y evitar así que cayera en manos herejes. Con una última oración pidió perdón a Dios, por haberle fallado, y se dispuso a cumplir con su destino.

Cargando editor
19/03/2016, 18:54
Stokes

Empezaba a oscurecer mientras recorría las solitarias calles. Las fachadas de las casas eran simples y lúgubres, como ancladas en tiempos pasados. Eso me hizo pensar acerca de la edad que podría tener el pueblo, pues parecía que el reloj se había paralizado en aquel lugar.

Había llegado ese mismo día, entusiasmado con la idea de ser partícipe, por primera vez, de aquel gran acontecimiento. No pude hablar demasiado con las gentes de allí; en parte por lo desierto que estaba todo y, por otro lado, por la escasa habilidad para la conversación que habían mostrado las pocas personas con las que me había cruzado.

El día había permanecido nublado, lo que le facilitaba a la noche ir ganando terreno. Para mejorar las condiciones, justo antes de salir del lugar donde me hospedaba, comenzó a soplar una leve brisa que fue adquiriendo más potencia a medida que se acercaba el ocaso.

Me encontraba en la plaza central del pueblo, adornada únicamente con una fuente por la que el agua hacía tiempo que había dejado de correr. Las cadenas del cartel que colgaba en la entrada del bar chirriaban mecidas por el viento. No me encontré a nadie más por el camino, todo parecía inquietantemente tranquilo. Observaba de pie, solitario, la fachada de la iglesia de aquella comunidad.

Me acerqué a la puerta, que se abrió justo cuando me disponía a golpearla. Al entrar, la calidez de la estancia me ayudó a desentumecer las manos. Una figura, ataviada con túnicas marrones, me extendió una máscara, igual que la que ella llevaba. A su lado, una segunda me ofreció una túnica. No intermediamos palabra, pero entendí a la perfección que debía vestir así para poder participar.

La máscara me restaba toda la visión periférica, por lo que tenía que mover la cabeza a uno y otro lado para poder apreciar todos los detalles de la nave central del templo. Aunque por fuera el aspecto era igual al de otras iglesias, el interior no podría ser más diferente. Los bancos que la gente utiliza para seguir la liturgia estaban ausentes. En su lugar, había un enorme espacio vacío que daba cabida, si no a todos los habitantes de aquel pueblo, sí a la mayoría de ellos. Por supuesto, no había distinción entre un individuo y otro; todos atajados con las oscuras túnicas y las pálidas máscaras, ocultando cualquier pequeño detalle que pudiese marcar una diferencia. Tan solo un par de enormes lámparas de techo iluminaban la estancia, confiriéndole un íntimo juego de luces y sombras.

Me situé, junto a los demás parroquianos, formando un amplio círculo que dejaba en el centro un espacio para la mesa de ceremonias. Se escucharon las puertas de cerrarse y los dos acólitos que me habían entregado la máscara y la túnica se unieron al ritual.

A partir de ahí, todo sucedió como se describía en el libro. De una de las puertas del fondo salió el sacerdote y se acercó hacia la mesa. Este, en cambio, vestía túnica negra, pero poseía la misma máscara que todos los feligreses. Comenzó a hablar en una especie de susurro casi inaudible. No logré identificar el idioma, pero se me antojaba muy similar al latín, que tan bien conocía.

Expectante, presencié cómo las oraciones dieron paso a los sacrificios. En primer lugar, lo que identifiqué, gracias a mis conocimientos en zoología, como un ejemplar de Aythya ferina, una especie de pato muy común por la zona. El graznido del pobre animal cuando la daga ceremonial le rebanó el cuello retumbó en los muros del templo. La sangre fluyó por la mesa y cayó al suelo, por donde unas canaletas la guiaron hasta colarse por una rejilla. Acto seguido, le llegó el turno a una cabra, que corrió igual suerte. Ambos cadáveres quedaron colgados de manera que la sangre goteaba en las canaletas, estratégicamente situadas.

A continuación, el sacerdote desapareció por la puerta adyacente a aquella por la que había salido. Los dos acólitos se situaron a ambos lados e iban entregando velas a todos los enmascarados a medida que atravesaban el umbral. Unas angostas escaleras descendían hacia las profundidades de aquel edificio. Todos los participantes en fila, desprovistos de cualquier individualidad, bajamos en silencio por aquellas escaleras en forma de caracol. Los estrechos escalones, además, estaban llenos de gravilla, por lo que tuve que prestar especial cuidado para no resbalar y romper aquella columna uniforme y vagamente iluminada.

Tras un tiempo que me pareció eterno, llegamos a una inmensa puerta doble. Unas extrañas incrustaciones, de alguna antigua civilización desconocida para mí, decoraban ambas hojas. El sacerdote se acercó a la pared y, girando una especie de tornillo, comenzó a abrir la puerta.

La gigantesca cámara estaba completamente a oscuras, a excepción de un rayo de luz que se colaba por un orificio del techo. Supuse que se trataba de la luna llena, que debía alzarse alta y esplendorosa en el cielo, libre de las anteriores nubes. En el centro, justo en el camino que parecía recorrer ese haz de luz, se alzaba un pequeño altar donde, intermitentemente, caían unas gotas rojas.

Todos los allí presentes formaron un pasillo directo entre el sacerdote y yo. Mi memoria a partir de ese momento se desvaneció. Me encontraron varios días más tarde. Tumbado, desnudo y con los ojos abiertos, en mitad del bosque. No presentaba heridas por ninguna parte.

Cuando les conté lo sucedido, me internaron en este manicomio. Al parecer, el pueblo que les describí había sido destruido hace siglos y la iglesia no era más que piedras derrumbadas y cubiertas de vegetación por el paso de los años. Sin embargo, cada vez que la luna llena entra por la pequeña rendija que tengo por ventana, recuerdo todos aquellos ojos iluminados mirándome fijamente a través de las pálidas máscaras mientras la sangre y la luz de la luna me cubrían en mitad de aquel santuario.

Notas de juego

Por cierto, me he inspirado un poco en un relato de Lovecraft, el ceremonial (the festival), que leí no hace mucho.

Cargando editor
19/03/2016, 23:01
Bulrakur

 Nuestra nave espacial aterrizo en la poca amistosa terminal de Fabius VII. Se trataba de un lugar nada recomendable pero sabíamos que allí nadie registraría nuestras identidades así como no habían solicitado ni los datos de la nave.

Una vez dejamos nuestra nave dentro del hangar individual obtuvimos la llave codificada al efectuar el pago con una anodina barra de débito anónima.

Nos dirigimos, con nuestras armas cortas bien visibles, donde un cartel holografico indicaba que estaba la entrada a la zona con atmósfera. Todos llevábamos puesto nuestro traje térmico así como el equipo de respiración con su máscara dada la leve atmósfera de este planeta. Uno de los motivos por el que no ha sido reclamado por ninguna gran corporación de la alimentación ni se ha empleado para desplazar el exceso de población de algún otro mundo. No sabemos mucho de geología pero es evidente al no ser de ninguna corporación minera que los análisis debieron descartar esa opción por que no daría beneficios.

Como ya esperábamos lo único que solicitaron los guardias de la puerta fue el pago por anticipado de un par de rotaciones como nos había advertido el mensaje automático que recibió nuestra nave nada mas fue detectada por su red de satélites. Ni nuestras identificaciones, certificados sanitarios, permisos de armas, revisar el equipaje… Nada de aquello les importaba.

Al entrar Ruth nuestra ingeniera nos indico lo que debía ser un detector de explosivos. Nada mas pasar la doble esclusa de entrada nos quitamos las mascaras mientras buscábamos el restaurante Fujiyama donde teníamos que entregar el paquete con un libro de papel, cosas que ahora sólo se ven en las ficciones de hace siglos o, eso dicen algunos museos de los primeros mundos colonizados ademas de en Terra.

No tardamos en encontrar el restaurante y fue evidente quien lo estaba esperando. Su aspecto era definitivamente antiguo aunque ella escasamente debía superar los veinticinco ciclos estándar. Evidentemente estaba fuera de lugar pero la media docena de personas sentadas en las tres mesas que la rodeaban lograban que nadie la molestara, su tranquilidad evidenciaba su letalidad. ¡Ni se molestaron en pedir que dejáramos nuestras armas! Todos llevaban el símbolo del Loto de Jade que identificaba la Casa Hanato.

Era una mujer que llevaba una especie de bata, pero que evidenciaba su valor, nunca había visto un tejido así y aun a unos diez metros tenia claro que nunca había tenido tantos créditos en metálico en mi mano como debía valer. Un sexto sentido que necesitamos los mercaderes independientes para tener éxito, sino acabas en la ruina, el valor de un producto. Ruth me apunto que se llamaba kimono lo que llevaba, es una apasionada de leer sobre cualquier cosa. De todo nuestro grupo es la única que tiene estudios universitarios.

Deje que ella se adelantara y me limite ha hacer lo mismo para los saludos y muestras de cortesía. Empleamos el traductor universal del servició universal de la red. Es una de las pocas cosas que compartimos en todo los sistemas que conocemos, sea cual sea su nación o tipo de gobierno.

Una de las guardias dijo algo rápidamente que no logro descifrar el programa y nuestro contacto nos ofreció cenar pato al estilo de Hokaido en su nave.

Su tono se nota que no es amenazante, aunque tampoco parece admitir ninguna discusión. Que se levante colocándose a nuestro lado y sus guardias a nuestro lado parece mas una cortesía que amenaza.

A los pocos minutos desciende una lanzadera escoltada por un escuadrón de cazas pesados. Por encima nuestro se ven las luces de posición de una nave como recordatorio a la calma a los residentes del planeta o posibles emprendedores que pensaran en un rentable beneficio complementario.

Subimos todos en la lanzadera atravesando una zona de gravilla ya que no ha tomado tierra en ninguno de los hangares enlazados por pistas de cemento cerámico.

Estoy orgulloso de como mantenemos nuestra nave en todos los sentidos. Pero en esta aunque sacáramos hasta el último tornillo seguro que seguiría igual de impecable.

Cuando estábamos a saliendo de la atmósfera la comandante de la escuadra nos describió que la nave era un crucero clase Daichi.

Una vez a bordo nos invitaron a arreglarnos para la cena. Ya nos habíamos informado de lo peligroso de ofender una cultura tan sensible en las cosas del honor. Afortunadamente fuimos asistidos por sus sirvientes que nos proporcionaron ropa adecuada para una cena formal con una de las herederas de la Casa Hanato.

Nuestro contacto nos repitió hasta la saciedad que debíamos mostrar sutilmente el libro pero esperar a que quienes pagarían por él nos lo pidieran, su cultura marcaba que era de mala educación demostrar prisa o ansiedad ante las cosas que quieres obtener.

No cometimos ningún error ya que no se nos dio esa oportunidad, nuestra ropa fue supervisada para que estuviera perfecta y se nos indico cuando podíamos dirigirnos al lugar designado debidamente escoltados pero como si fuera casual que coincidiéramos juntos en le pasillo.

La misma comandante de la escuadra que estaba en la superficie apareció vestida como la que había escoltado aunque un modelo no tan decorado con dibujos. Se me ofreció como acompañante en la cena, ganándose una acedara mirada de Inaf mi primera oficial. Me explico que se llamaba Akiko y era la encargada de la seguridad de su prima Tomoe.

Al girar un recodo y atravesar una esclusa que encontramos ya abierta apareció unas puertas mucho mas grandes con dos guardias a sus lados con equipo de combate. No es que el resto de tripulantes, aparte de quienes se ocuparon de nuestro vestuario, no fueran armados pero estos llevaban las armaduras de combate puestos junto al armamento completo.

Al abrirse las puertas para que pudiéramos entrar sin detenernos entramos en una sala con una decoración muy minmalista pero juraría que los materiales eran auténticos no el producto de ningún replicador.

Cuando nos acercamos todos convenientemente acompañados por un miembro de la tripulación mas de uno dejamos escapar un suspiro de alivio respondido por algunas sonrisas cómplices. Nos habían puesto cubiertos occidentales en lugar de sus tradicionales palillos.

La cena transcurrió hablando prácticamente ellos de temas inocuos a los cuales respondíamos con apenas monosílabos preocuparos por lo que podrían considerar ofensivo.

Al acabar después de un té verde, puede que nunca podamos volver a tomar algo así, nos preguntaron como casualmente sino tendríamos un libro que había pertenecido a su familia.

En ese momento se lo ofrecimos siendo tomado en primer lugar por Akiko que antes me susurro que no era por desconfiar de nosotros. Antes de sacarlo de su contenedor ambiental saco de su kimono un sensor que activo controlando las lecturas que recibía mientras lo abría.

Con un gesto de asentimiento finalmente lo volvió a guardar para seguidamente entregar el libro a Tomoe la líder de la Casa Hanato presente en la sala con una respetuosa reverencia.

Esta lo examino en un silencio que habrían podido cortar sus katanas hasta que finalmente lo cerro y hablo para todos.

Efectivamente es el libro que buscábamos, lo llevaremos a la Biblioteca del Santuario Sintoista-Budista de Edo. Os entregaremos aparte del precio acordado una acreditación de que habéis servido a nuestra casa, – mirándonos uno a uno, – no la deshonréis. Comienza a sentarse cuando extrañada se dirige a Akiko. ¿Qué deseas añadir?

Solamente quería invitarlos a saltar del sistema con nosotros. No hemos actuado con discreción y ahora todos saben que han llegado a un acuerdo con la Casa Hanato con lo que algunos pensaran que han cobrado una buena cifra y otros que cuentan con información que podrían vender. Ellos en cambio no han indicado lo que nos han traído.

Tomoe lo considera unos instantes y se pronuncia a favor. – Toma las medidas que consideres adecuadas.

Cargando editor
20/03/2016, 03:56
Belethia

Transcripción pensamiento AF456ED536242BC42A-3324. Autor A.J.W. Año 115 del Exilio

Era inevitable, el avance tecnológico en las comunicaciones y su integración con el pensamiento humano, el progreso de la cibernética y la radicalización de un orden social que poco a poco iba devorando las libertades individuales confluyeron en la CMM.

La CMM, o la Comunicación Mente a Mente, se anunció como la experiencia social definitiva y pronto se convirtió en la forma habitual o casi exclusiva de comunicación entre individuos. Explicada de forma muy básica, en la CMM había un emisor y un receptor del pensamiento. El emisor formaba una idea, un concepto o incluso un sentimiento en su mente y lo trasladaba tal cual y sin alteración a la mente del receptor. Emociones, pensamientos complejos, relatos e incluso, para los usuarios más avanzados, áreas del conocimiento completas se podían transmitir en estado puro y de forma instantánea. La CMM eliminaba las malinterpretaciones y las largas charlas aclarando conceptos. La educación a todos los niveles se reinventó a sí misma y los profesores pasaron a ser gurús del CMM capaces de acumular conocimientos y transmitirlos en masa y en el menor tiempo posible a los alumnos. De hecho no tenían que haber practicado nunca aquello que enseñaban. Las bibliotecas cambiaron radicalmente y sustituyeron las estanterías llenas de volúmenes por personas expertas en el CMM que se dedicaban a acumular contenidos, en muchos casos gracias a expansiones de memoria, y transmitirlos a aquellos que lo deseaban.

Por supuesto, la tecnología permitía mantener la privacidad del emisor. Era un canal unidireccional en el que el emisor era el sujeto activo y el receptor era un espectador pasivo que no podía indagar en los pensamientos de su interlocutor más allá de lo que este le ofrecía. Naturalmente se podía responder, simplemente había que formar un pensamiento y enviarselo a tu interlocutor para tener una conversación sustentada en ideas. Pero la salvaguarda de la privacidad era una limitación adoptada por decisión de los creadores de CMM y no impuesta por la tecnología. En teoría se podía establecer un canal en dirección contraria por el cual cualquiera podía sondear la mente de otro y obtener la información que se quisiera. Ese canal, conocido entre los expertos como "acceso de servicio", simplemente estaba clausurado en la CMM. Muchos supieron ver el cartel de peligro colgado en esa puerta clausurada y lo señalaron con alarma, pero la mayoría decidió ignorarlo.

Después de todo la CMM era una tecnología demasiado últil y cómoda como para prescindir de ella. ¿Querías aprender ingeniería estelar? Solo tenías que buscar a un experto que supiera como transmitirte el conocimiento eficazmente y en tan solo unos segundos eras igual de experto que él. ¿Problemas de idiomas? Todos superados porque ya no se necesitaba hablar... y de hecho con el tiempo la palabra hablada y escrita se empezó a considerar algo bárbaro, propio de tiempos primitivos.

Pasó el tiempo y los avances en la robótica libraron a los seres humanos del trabajo manual mediante la integracion en la CMM del control de la mano de obra robótica. Un ciudadano podía programar a su alterego mecánico cómodamente desde su casa enviándole bloques de pensamiento que definían las tareas que tenía que realizar.

A pesar de que la CMM y el control robótico estaban disponibles para todos, el crimen seguía existiendo en el mundo y las diferencias sociales se mantenían. La ambición y la codicia seguían arraigadas en lo más profundo del alma humana. Fue en este momento cuando un gobierno global totalitarista y bienintencionado atravesó la última línea y habilitó el hasta entonces vetado "acceso de servicio" de la CMM.

Los ciudadanos del mundo despertaron con la capacidad de indagar en los pensamientos de los demás, en lo que las autoridades proclamaron con el rimbombante nombre de "Día de la Caída de la Máscara". Todo el mundo tenía la capacidad de leer el alma de los demás como si fuera un libro abierto. La ceguera y la ignorancia respecto a nuestros semejantes se convirtió más que nunca en una opción personal. Pero irónicamente el día en el que la verdad más cruda campó a sus anchas por el mundo fue el día en el que la raza humana sufrió más.

El acceso de servicio permitió resolver casi instantáneamente todos los crímenes del mundo, desvelar toda la corrupción, desmentir cualquier mentira y descubrir cualquier traición. Pero también hubo muchos que pagaron el pato injustamente. Personas que habían cometido errores en el pasado, pero que se habían enmendado de una forma u otra, se vieron tratados como criminales por aquellos que no entendían que alguien pudiera corregir su rumbo. 

Una vez erradicada la criminalidad existente se pasó a una política de policía preventiva y se empezó a buscar y condenar a aquellos que estaban pensando en cometer alguna fechoría. La duda y los pensamientos impulsivos se conviertieron en un terreno resbaladizo ya que cualquier sondeo podía captarlos. Hubo gente que denunció tales pensamientos y algunas personas se vieron acusadas y condenadas de crímenes o conspiraciones que jamás hubieran cometido. Este tipo de casos eran pocos al principio, pero al igual que un poco de gravilla desprendida puede dar lugar a un alud de rocas en la ladera correcta, no tardó en iniciarse una caza de brujas con gente, conocidos como inquisidores, que se dedicaba a sondear a sus semejantes y presentar ante las autoridades cualquier pensamiento fuera de la ortodoxia.

La gente pronto aprendió a reprimir sus pensamientos y los padres enseñaban a sus hijos a mantener un pensamiento homogéneo, dentro de los parámetros permitidos por las autoridades. Estas a su vez fueron estrechando el cerco hasta conseguir en un par de generaciones unos ciudadanos perfectamente uniformes, robots de espíritu que controlaban robots mecánicos. El pensamiento creativo y la imaginación se convirtieron en actividades peligrosas y finalmente cayeron en desuso. La humanidad se estancó.

Alarmados por el giro de los acontecimientos, un grupo de insurgentes intentó oponerse a los planes del gobierno, primero alterando su hardware para mantener su privacidad y luego, cuando se prohibieron dichas alteraciones, ocultando sus pensamientos "peligrosos" entre otros más inocuos mediante lo que se conocía como "encriptación mental". Intentaron avisar a sus congéneres del cambio que se estaba efectuando en la sociedad. Pero todo fue en vano y la gente pasó de verlos como unos excéntricos a los que les faltaba un tornillo a pensar que eran unos locos radicales y peligrosos que ponían en peligro el perfecto orden social. Finalmente, acorralados, estos disidentes no tuvieron más opción que exiliarse de la sociedad desconectándose de la CMM y retirándose a lugares remotos y deshabitados del planeta.

La primera generación de exiliados conservaba todo el conocimiento obtenido mediante la CMM, y la preservación de dicho conocimiento para las futuras generaciones en el exilio se convirtió en su prioridad. Partiendo de la tecnología que permitía programar máquinas con el pensamiento fueron capaces de desarrollar sistemas artificiales en los que volcar sus conocimientos y a los que cualquier "lector" podría acudir para aprender. Gracias a este empeño pudimos construir una sociedad próspera y volvimos a las viejas formas de comunicación.

Ahora el mundo está dividido en dos. Por un lado está la inmensa mayoría de la humanidad que continúa abrazada a la CMM y que vive en un perfecto orden social en decadencia. Por otro lado estamos nosotros, los exiliados que hemos cambiado la esclavitud dentro de una sociedad perfecta por la libertad que encontramos en el santuario de nuestro pensamiento privado.