Kwanda se despertó a las 9 en punto aunque tendría que haberlo hecho dos horas. Si hubiera puesto el despertador, claro. "Hoy creo que tampoco voy a poder ir al conservatorio" asumió con complacencia. Aprovecharía para dar alguna vuelta por algún museo. O mejor aún por el metro en busca de virtuosos músicos desconocidos. El timbre de la puerta le sacó de la ducha y rápidamente se puso un vaquero y una camiseta blanca. No esperaba a nadie. "Espero que no sea de nuevo la policía. Ya le expliqué al agente ayer que no suelo tomar drogas pero que aquellas chicas de la fiesta "We are the World Revival" habían insistido mucho.
Cuando abrió vio a un hombre rubio, de unos cuarenta y pocos, fornido en la puerta. Iba de traje y su porte era elegante. Pidió entrar para hablar y Kwanda como siempre hacía con los extraños, le dejó pasar sin problemas. Cuando le ofreció un te se dio cuenta que el guante negro de su mano izquierda probablemente ocultaba una prótesis, como las muchas que había visto en Sierra Leona. El hombre era manco de una mano
Doscientos metros más allá, Eva corría por la acera donde le había dejado el taxi. Al menos no le perseguía nadie por la muerte de aquel hombre. "He matado a un hombre, ¿qué te parece? Eso sí que es de locos, por Dios que mi madre siga pensando que soy de la CIA". Cuando alzó la cabeza y vio el ático al que se dirigía pensó que otras vidas estaban en peligro y puede que, esta vez sí, se tratara de un inocente.
- Discúlpa que irrumpa así en tu casa, Kwanda, pero temo que ya no podía demorar más el conocerte. Tenemos que hablar y creo que tenemos que hacerlo fuera de tu apartamento. Estás en peligro.
Kwanda observó a una distancia imprudencialmente corta el rostro de su interlocutor. Aquello parecía interesante pero no estaba exento de riesgo. Necesitaba poner algo de música
- Siempre estamos en peligro todos ¿no? Solo que esta vez tú pareces saber el por qué y yo voy a escucharte mientras pongo algo de jazz fussion. Lo primero de todo ¿cómo te llamas?
- Puedes llamarme Esguince.
El hombre se quitó la chaqueta y se aflojó la corbata, bajo su traje llevaba una camiseta negra ceñida que le daban un aspecto más militar
- ¿Eres de la Policía, entonces, Esguince? Ya decía yo que ayer me soltasteis demasiado pronto. Nadie suelta tan pronto a un africano exhibicionista de la cárcel en estos días. Y tampoco es normal que salga de allí con un souvenir.
Esguince puso cara de no entender y miró nervioso el reloj. Entonces Kwanda le mostró aquella pulsera que le regaló aquel señor cuando pagó la fianza.
Esguince se puso de pie de un salto
- "¡Suelta eso! Mierda... he llegado tarde" Pero no pudo terminar de hablar porque alguien de repente gritó "MONSTRUOOOS"
Eva casi se muere del susto cuando al subir a la planta vio media docena de pequeños monstruos entre el ascensor y el apartamento de Kwanda. Tenían pinta de trasgos de esos que salen en esa peli tan larga de enanitos de pies peludos. Su reacción instanea fue pararlo todo. Cruzó sobre el primer trasgo que vigilaba el ascensor y que se encontraba ya con la boca abierta para delatarla. Abrió la puerta que dos pequeños trasgos habían trampeado y pasó al lado de otro que ya estaba justo a punto de saltar sobre dos hombres. El de la foto y otro clavadito a James Bond que se estaban tomando un té. Uno de ellos estaba gritando algo. El negro portaba una pulsera. Uy, qué susto, había otro trasgo materializándose en el techo para caer encima de ellos. Eva se apartó justo cuando todo volvía la vida y gritó:
- "¡Monstruos!"
Todo esto es introductorio, es decir, aún no podéis postear ni actuar ni nada, salvo a lo mucho comentar las jugadas. Pronto, probablemente el sábado o el domingo podáis jugar.
El grito de Eva y su aparición de la nada sobresaltó a Kwanda y a Esguince, justo cuando los trasgos cayeron encima de ellos. Del portal en el techo desde donde se materializaba el que vio la chica, estaban apareciendo muchos más. Pronto el pequeño estudio del africano se empezó a llenar de un olor nauseabundo, de sangre y de pequeños cuchillos que parecían cubrir cada ángulo
Esguince casi se lleva uno de los ataques pero pudo zafarse en el último instante tirando al trasgo de su hombro contra la pared. Después, su puño derecho empezó a brillar. Era una luz carmesí, como la que hace el sol al atravesar las vidrieras pero mucho más potente. En un segundo esa luz no rodeaba su puño y su silueta sino que había conformado una especie de barrera esférica entre los tres y los monstruos que no dejaban de aparece. La habitación estaba a punto de venirse abajo.
Pero Esguince tenía una preocupación más importante
- ¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? - dijo tan furioso que Eva pensó que aquel apuesto hombre iba a matarla al siguiente instante sin que ella tuviera de momento más fuerzas para detener la película.
- Soy Eva Aranda, soy Eva Aranda y estáis todos intentando matarme desde que tengo memoria.
- ¿Eva?- el rostro de Esguince se relajó- No debieras estar aquí sino donde te mandé... ¿y cómo has...? ¿acaso tú si tienes...?
Kwanda, asustado, encerrado en aquella esfera de energía con un hombre que hace diez minutos no conocía, una chica que había aparecido de la nada y dos docenas de trasgos que intentaban tirar el campo de fuerza abajo, se atrevió a decir.
- Señor, ¿puede sacarnos de aquí? No sé cómo los está manteniendo a raya pero parece que cada vez lo haga menos, si me permite decirlo.
Esguince recuperó la concentración y su campo se volvió más escarlata y más luminoso, expandiéndose.
- No son los trasgos los que me preocupan, sino El Nigromante que los comanda y que te dio esa pulsera de invocación
Eva se preguntaba si esto era el final de su cinta ¿otra de monstruos y magos y gente rara? ¡Menuda mierda! Puestos a elegir hubiera preferido una romántica que ver con un batido. Todo esto le superaba. Pero efectivamente, tras el campo de energía y la horda de trastos creyó vislumbrar algo que avanzaba por el apartamento y que a su paso los trasgos se iban desvaneciendo. Y claro, no podía ser de otra manera, era clavadito a esos de la peli de enanitos de pies peludos y el anillo, ya sabes, sí, hombre, de la de Liv Tyler, esos, esos encapuchados, sin cara y que daban tanto miedo a los que no hubiesen preferido dormirse la película...
El Nigromante fue absorbiendo la energía de sus lacayos hasta encontrarse frente a frente a los chicos y de su mano negra empezó a conjurar gestos. Esguince tragó saliva. Parecía saber que aquello iba a doler. Su puño temblaba fuertemente y Kwanda advirtió que todos los músculos de su cuerpo estaban en tensión.
El Nigromante empezó a recitar unas palabras...
Eva paró el tiempo de nuevo. Ni El Nigromante con toda su magia, ni Esguince podían evitar que ella se moviera entre las agujas del reloj universal. Tenía quince segundos para salir de allí, por detrás donde el campo se había disipado para concentrarse al frente... salir entre los monstruos y correr hacia el exterior. ¿Y luego qué? ¿Sería capaz de no encontrarse monstruos nunca más? ¿Qué pasaría si en esos segundos no lograra correr tanto como para escapar de esas criaturas de pesadilla? Si cuando pusiera de nuevo la película seguía en peligro... y sola. Eva se dio cuenta por primera vez que no podía seguir escapando permanentemente y que su poder no siempre sería su elemento de salvación.
El tiempo se acababa, la vibración volvía y Eva trató de volver al círculo de energía
Al reiniciarse el tiempo Esguince vio a la chica un metro más allá de donde estaba el instante anterior. Gritó tratando de cubrirla mientras el Nigromante lanzaba su hechizo, pillándole con la guardia plaza. Pero el mayor impacto se lo llevó Kwanda
Todo el apartamento voló por los aires. Eva sintió que la explosión la lanzaba desde el ático a increíble velocidad contra el suelo. Sólo le dio tiempo a percibir que Esguince y Kwanda volaban junto a ella. Y una esperanzadora luz carmesí.
El impacto abrió un cráter en la acera de la que emergieron dos figuras. Esguince cuyo escudo protector había permitido el milagro de salir de allí con vida, como cohetes humanos envueltos en un capullo de energía púrpura, y Eva, que pese al susto había evitado el impacto de aquello que aquel ser oscuro les había lanzado.
Pero Kwanda había recibido parte del impacto y estaba herido y sin sentido.
- Maldita seas, muchacha, no pudiste estarte quieta ni un segundo, si algo le ha pasado a Kwanda, si al final he sido incapaz de protegerle, habremos pagado todos un precio demasiado alto.
Esguince contuvo la respiración mientras le examinó y dejó escapar un suspiro aliviado
- Está conmocionado y tal vez tenga un par de costillas rotas pero está vivo. Supongo que tu pequeño salto también distrajo la atención del súcubo.
- Yo lo siento, no quería... - decía Eva mientras se daba cuenta que había caído desde cincuenta metros de altura y aún estaba viva. Sólo entonces reaccionó con carácter - ¡A mi también me llevan intentando atrapar años! ¿Dónde estabas tú para protegerme a mí, eh?
- Vamos, salgamos de aquí- dijo Esguince cuando los primeros curiosos empezaron a asomarse y las sirenas de las ambulancias sonaban en la cercanía- Agárrate a mí, niña. Puede que hayas visto muchas cosas ya pero tal vez esta aún pueda sorprenderte
Eva se abrazó al hombre que se echó al hombro a Kwanda inconsciente. Y emprendió el vuelo dejando una estela carmesí.
Tal vez para tranquilizarla durante el vuelo, o porque verdaderamente se hallara arrepentido de sus palabras, el tono de Esguince durante el trayecto se hizo sereno aunque potente para que le pudiera oír frente al viento a esa altura y velocidad con la que dejaron la ciudad de Nueva York:
- No sabía de tu situación. Nunca pensé que te hubieras podido quitar el Silenciador y que anduvieras por ahí con tus poderes sueltos y a la vista de aquellos de lo que os intentábamos ocultar, niña
- ¿Quiénes? ¡Porque a mi siempre me ha perseguido un bicho que es aun más horroroso que el de la capucha del ático, con ojos en la palma de la mano... pero en los últimos días eran otros... ¡Creo que del Gobierno!- Eva se contuvo de decir que había matado a uno de ellos, por si acaso.
- Ambas facciones. Sí. Los sabuesos, los trastos y el Nigromante son parte del Ejército de Sombras. La guerra con los Guardianes del Orbe se extiende desde hace milenios.
Cuando aterrizaron Eva le hizo repetir sus palabras para saber si había entendido bien.
- No puedes entender todo esto ahora, pero has de saber que hay gente que querría que usaras tu poder para destruir este mundo. Saben de la llegada de la Tercera Génesis y han intentado reclutaros. Para impedir esto, se decidió que se os privara del acceso a esa fuerza implantando un Silenciador en vuestro hombro. Así, no podrían encontraros... aunque eso supusiera abortar el advenimiento y que nunca supierais vuestro verdadero destino. No todos votamos a favor de tan drástica medida. Pero eso no importa. La guerra no se ha evitado. La Sombra se ha extendido y ahora se ha revocado la decisión. Hoy se os pretendía librar del Silenciador y que fuerais vosotros quienes decidierais vuestro sitio en los dos mundos.
- Ah bueno, claro, los dos mundos, ya decía yo, claro, claro. - dijo Eva con la cabeza a punto de estallar- ¿Y los hombres del Gobierno?
- Esos son más recientes. Sólo sabemos que intentan borrar nuestro rastro. Destruir todo aquello sobrehumano que puebla la Tierra tratando de corregir lo que desafió las leyes de este mundo. Les subestimamos como hemos hecho con todos los gobernantes de este mundo durante toda la historia. Pensamos que ninguna organización humana podría acallar nuestra voz más de lo que a nosotros nos pudiera interesar en un momento dado. Pero hace poco se hicieron con nuestros archivos. Con vuestros nombres y direcciones. No necesitan oler la magia para dar con vosotros. Por eso decidimos hacer esta operación secreta y acelerarla sin saber que estábamos cayendo en su trampa.
Esguince se levantó su camiseta dejando ver una herida que parecía infectada desde hacía tiempo.
- A mi me hirieron y ahora temo por la seguridad de toda la operación. He mandado a un montón de chicos a un refugio que temo ahora que haya sido asaltado. Sin duda, alguien nos está traicionando desde dentro a esos... "Correctores".
- Ya, claro, muy mal todo pero... ¿dónde estamos?- Eva ni siquiera se atrevía a decir que ella no debería estar ahí. Porque sentía que sí, que sí debía: Por el otro chico. Por su propia seguridad. Por saber de qué iba todo esto...
- Justo llegando a donde mandé a todos y desde donde no he recibido noticias desde hace demasiado. Si no llegamos pronto, puede que nos encontremos una masacre de inocentes.
Esguince parecía verdaderamente apesadumbrado pero Eva tenía que preguntar
- Si era así, ¿por qué no estabas con ellos? ¿por qué abandonarles mientras ibas a por Kwanda?
Esguince no contestó. De nuevo con mucho esfuerzo alzó el vuelo, esta vez sólo dejando allí unos minutos a Eva y a Kwanda
Eva examinó a su compañero de vuelo. Pese a la sangre y la respiración dificultosa parecía dormir como un bebé. Estaban a las afueras de la ciudad, en un pequeño parque abandonado. Eran las 9:30 de la mañana del 19 de Septiembre. Esguince volvió, y esta vez no sólo estaba consternado sino verdaderamente angustiado. Se frotaba la cara como si no se lo creyera
- Han cercado la casa. Son los Correctores. Todo el vecindario es una zona de guerra. Solo ruego que Henry haya podido llevarlos al búnker. ¡Vamos, por aquí!
A unos cuantos metros levantó una trampilla del suelo
- Entraremos por aquí, estos túneles llevan a la casa. Permaneced a mi lado. Si no hemos llegado a tiempo, os sacaré enseguida...
Al descender por los túneles su luz se apagó y estuvo a punto de caer. Emitió un gruñido de dolor. Debía tener fiebre ¿Qué haría Eva si Esguince se desmayaba? ¿Cómo podría salir de allí? ¿Qué sería de ella y de Kwanda y de todos aquellos que habían caído en una emboscada... chicos como ella que no sabían de qué iba todo esto y fueron donde ella se negó a ir?
Esguince se recompuso y miró a Eva. No había olvidado su pregunta
- Kwanda era importante. Su poder brilla en el otro plano y atrae la atención de todos. Puede marcar una diferencia en esta guerra. Yo no tenía elección. Tuve que anteponer su seguridad a la de ocho vidas como la tuya.
El túnel era largo y oscuro y tras diez minutos andando, como si siguiera dando vueltas a su conciencia remató:
- Dejar al rebaño para salvar a una sola oveja. Eso es lo que haría el buen pastor.