- Lo sentimos, señor, pero Jason Sommerset ya no se encuentra en este centro. Lo siento, si usted no es el tutor legal no le puedo dar más información.
Robert apretó furioso los puños y golpeó la mesa de la recepción de la Institución White Plains, el último lugar de acogida de su hijo tras haber pasado ya por otros dos centros a su corta edad de cinco años. Ya le habían dado la respuesta por teléfono pero se había desplazado hasta el norte del estado de Nueva York, incrédulo e impotente.
- Es un niño de cinco años... ustedes no pueden... no pueden decir que no está y ya está. ¡No puede desaparecer! Es mi...
Dio otro golpe, esta vez a la pared, para no descargar más su ira. La pared endeble sufrió un boquete. Entonces una mujer, cuidadora que recordaba de otra visita, se le acercó. Robert tenía ese efecto en las mujeres sin casi pretenderlo. Desde que Susy había muerto no había vuelto a intentar seducir a nadie.
- Disculpe... ¿señor Grant? Me gustaría hablar con usted... Pero aquí no... vamos a esa cafetería de enfrente al final de mi turno.
Robert esperó paciente. No tenía otra cosa que hacer. Llevaba cinco años tratando de lograr un futuro digno y quien sabe, si alguna vez que tuviera el dinero suficiente para batallar con la legión de abogados de William Sommerset, poder recuperar la custodia de su hijo legítimo. Salvo prostituirse, algo que a sus doce años se juró no hacer, estaba dispuesto a casi todo. Y eso rumiaba mientras esperaba removiendo un café a que apareciera esa cuidadora.
- Señor Grant, no quiero ser indiscreta pero... Usted no es un primo lejano ¿verdad? Jason tiene algo que... Es usted el padre ¿verdad? No hace falta que me responda. Entiendo que si lo ha mantenido en secreto sus razones tendrá, pero si es así, creo que tiene que pasar que Jason... oh Dios... algo terrible le pasa.
- Mire, no me importa que su aspecto sea extraño... Me dijeron que estaba remitiendo esa mutación extraña de su piel y su...
- ¿Su aspecto? Oh, no, señor Grant. Jason fue diagnosticado de hipertricosis pero otros expertos lo descartan. Pero no es ese aspecto... de... bueno, lupino, si me permite, lo terrible. Es su extrema violencia. Sabíamos que había sido violento, irascible, en otros centros. Algunos pensaban que tenía una discapacidad intelectual pero yo pude acercarme a él. Es inteligente. Le enseñé a hablar y le juro que estábamos haciendo grandes progresos pero esa violencia, esa ferocidad, cuando se manifiesta... es incontrolable. ¡Ataca a otros niños y a los cuidadores! ¿Sabe por qué le han trasladado? Le encontramos de madrugada y había... había atacado a otros niños. A una niña le había dado tales mordiscos que de no haber escuchado sus gritos puede que... puede que la hubiera devorado. ¡Esto no es un trastorno normal, señor!
La cuidadora parecía conmovida. Y ahora él también. Algo en todo el relato, sin embargo, no le resultaba del todo ajeno. Pero justo de eso la mujer quería hablarle.
- Antes, cuando protestaba en recepción vi algo en su mirada. Sus ojos. Se pusieron como los de un felino ¿sabe? Como los de Jason. Entonces vi que se calmaba. Y pensé... pensé que si usted era familiar y si usted padecía eso mismo... tal vez pudiera ayudarle donde los demás no podemos. He cogido mucho cariño a su hijo, señor Grant. No puede acabar encerrado con una camisa de fuerza y entre cinturones de seguridad.
Jason recordó como aquel maravilloso verano que conoció a Susy, cuando tenía dieciocho años, empezó a manifestar síntomas extraños. Al principio lo atribuyó al amor. Podía correr durante una hora sin cansarse, o trepar hasta la ventana de su novia con gran facilidad. Susy incluso le dijo una vez que a veces sus ojos parecían los de un tigre. Pero esos cambios iban y venían y cuando nació su hijo desaparecieron.
Es verdad que desde hacía unos días habían vuelto. Una mañana se miró en el espejo y pegó un brinco a ver su barba y su cabellera rubia más larga. Mucho más tupida. El vello casi le cubría el cuerpo por completo. Pero en un par de horas desapareció. Y su vida era demasiado complicada para fiarse de una alucinación.
- Por favor, dígame dónde ha ido...
- Nancy
- Nancy, por favor, sí, soy su padre, deje que le ayude
Nancy sonrió y le dio una dirección de Nueva Jersey. Después se despidió y Robert, con muchas preguntas en la cabeza viajó hasta allí.
Aquello no era una institución. Era un auténtico manicomio de alta seguridad. ¿¿Cómo podían tener allí a su pequeño??
Primero lo intentó por las buenas. Rellenando papeles, preguntando. Pero siempre le denegaron el acceso. Un día vio como un hombre de color le miraba con curiosidad. Ese hombre era otro visitante. Pero a él sí le dejaron entrar.
No esperaría más. Aquella noche Robert Grant se dispuso a entrar costara lo que costara. Trepando con una agilidad que no quería pararse siquiera a pensar dónde había salido, pudo doblar con esfuerzo los barrotes de una ventana y entrar. Sus sentidos agudizados captaron en seguida el olor de su hijo. Estaba tras una puerta donde dos hombres discutían airadamente
- Carmody, por favor, no puedes decir en serio que esto es magia. ¡Y jamás tendrás ese permiso para sacarlo de aquí! Ese pobre chico está desahuciado. La semana pasada hirió a uno de esos hombres que ahora le agarran. Le arrancó una oreja ¿y tú quieres que no le droguen o le reduzcan?
- Lo que quiero es que no le golpeen....¡Es un niño y no tiene la culpa de ese estado! Te pido que...
Cuando Robert escuchó que golpeaban a su hijo no lo pensó dos veces. Golpeó la puerta hasta partirla y entró como un rayo en la habitación. Cuatro hombres daban descargas a su pequeño, que permanecía inconsciente en el suelo. Dos doctores discutían, uno de ellos era el hombre de color que vio en la puerta. Era quien defendía que no le golpearan. Pero también gritó cuando vio aparecer a Robert.
Este, al ver a su hijo así, sintió como sus músculos se hinchaban y una fuerza que no era de este mundo le poseía. En veinte segundos había lanzado contra la pared a dos hombres y había roto el cuello a otro, a la vez que cogía a su hijo en brazos. Entonces uno de los hombres sacó una pistola de verdad y se puso a dispararle por la espalda.
Carmody, el doctor de color, gritó y se puso en medio de la trayectoria de la bala, gritando
- ¡Es Rakshaha, no disparéis!
Robert pudo reaccionar y usando uno de los tablones de la puerta rota a modo de arma lo blandió hasta empalar a su atacante, provocar la huida del otro doctor y coger a Carmody en brazos. Estaba aún vivo así que le cogió junto a su hijo. ¿Cómo podía cargar con los dos? Al mirarse en la vengan antes de romperla y salir por ella pudo ver que su aspecto era más el de un león que el de un hombre. Como el de su pequeño hijo pero en versión adulta.
¿Qué estaba pasando? ¿Era una especie de hombre lobo?
- No. El término correcto es Rakshasa
Quien le hablaba era el Doctor Carmody una semana después en su residencia a donde pudo llevarle con vida tras una frenética huída. Él y su familia los habían acogido ese tiempo. Robert disfrutaba de su hijo que no pareció tener ningún ataque violento esos días. Fueron los mejores días de su vida junto a los de aquel verano.
Rakshasa es una entidad hindú. Ignoro por qué se manifiesta en tu hijo o en ti mismo, Robert, pero no es un caso de licantropía. He escuchado de un caso parecido. Una vez, en Bombay. Por eso al saber del caso de Jason vine a investigar. Quería llevarle allí, para que Ramna Muharshi, mi colega, pudiera examinarle y dar una solución al caso.
No solo existen humanos en este mundo, Robert, hay otros seres. Lo sé. Lo he visto con mis propios ojos. Y puede que tú seas uno de ellos. Y tu hijo otro. Y si no logras saber qué sois jamás podrás ayudarle. No puedes seguir negando que haces cosas extrañas, como me contaste, o que tu aspecto cambia. No puedes seguir dando la espalda a tu linaje. Porque entonces también abandonarás a tu pequeño.
La única solución era encontrar a ese hombre que una vez había hablado a Carmody de los Rakshasa. Pero aún convaleciente, no podía viajar. Sólo podía encontrarle Robert
- No te preocupes por el pasaje, ni por Jason. Nosotros le cuidaremos. Te prometo que si revierte a un estado salvaje le aislaremos pero no le haremos daño alguno. No he podido contactar con Muharsi. Al parecer está de expedición arqueológica y puede tardar meses en volver. No tenemos tanto tiempo. Encuéntrale y dale esta carta. O que encuentre un maldito móvil y me llame.
- Carmody... No sé cómo agradecerte, no tuve padres, no he tenido familia, nunca nadie se portó... Bueno... Sólo una vez alguien se portó así de bien conmigo. Gracias.
- Robert. Los genes están llenos de misterios. La sangre lleva nuestro linaje pero también una magia que no comprendemos. Los lazos a veces se hacen de otra manera. No necesitas ser descendiente mío para que pueda ofrecerte mi ayuda. Bastante tienes con el legado de un Dios Vengativo Hindú: De ser descendiente de Rakshasa.
Poder: Puedes transmutarte en tres estados de un Rakshasa (hay imágenes por ahí muy molonas)
Nivel 1: Fuerza, agilidad, sentidos agudizados. Tu aspecto apenas varía, salvo por tus ojos o cierto fulgor 70%
Nivel 2: Sólo te has transformado 1 vez en él que fue en la celda de Jason. Tu aspecto pasa a ser completamente el de un hombre-león. Además de tus habilidades físicas aumentadas, tu combate y tu uso de las armas es legendario 30%
Nivel 3: No sabes qué pasará si te transformas totalmente en la entidad. Probablemente tu poder sea grande, pero también la posesión de esa entidad vengativa.