Partida Rol por web

The Beguiled

◇ Día 1 ~ [El Bosque] ◇

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19/10/2017, 08:29
John McBurney

 

23 de Julio de 1864

Virginia, alrededores de Richmond.

 

 

- Deber, honor, patriotismo, la promesa de un futuro mejor, astutas ratas de alcantarilla que aspiran a ser algo más... Cualquiera de estas razones ha sido suficiente para mover vuestros culos blancos y negros hasta este lugar. Luchar por un ideal, estar dispuesto a morir por él, me llega al corazón... - dijo elevando una mano hacia su pecho, fingiendo un gesto de sentimentalismo y admiración hacia los soldados más patriotas del regimiento. - ... y a Abraham Lincoln, también.

Guardó silencio durante unos segundos, observando con gesto analítico al pequeño grupo de soldados que había acudido a su reunión clandestina. - La realidad es que solo los necios como vosotros esperan sobrevivir. Vais a morir, estáis a punto de hacerlo, solo es cuestión de tiempo. Sois carne de cañón. - rió entre dientes.

- Soldados... - dijo en tono firme mirándolos a todos uno por uno. - Os habéis embarcado en una guerra que no pide, no necesita, y en cambio arrebata sin piedad. Buscáis las entrañas de una madre cruel, que reniega de vosotros y no está dispuesta a salvaros de vuestra desgracia. A los lobos hambrientos del sur se les está poniendo dura siguiendo el rastro de nuestra sangre. - levantó el brazo señalando hacia el otro extremo del campo, cubierto de confederados.

- Este lugar, donde hombres valientes como vosotros, tiemblan como niños y mujeres la noche antes de la batalla, es el escenario frío y oscuro donde vais a morir. - hizo una pausa para observar los rostros de los hombres y asegurarse de que su discurso calaba hondo.

- Las pesadillas, alucinaciones y los miembros amputados, serán la mejor de las despedidas que tengáis cuando todo esto acabe. - dirigió la mirada hacia el primer soldado asustado que aguardaba frente a él escuchándole. Sus ojos titubeaban rebasados por la debilidad y el miedo. Estaba listo para desertar, o al menos eso creía el cabo, solo necesitaba un empujón.

 

 

- Muchacho... - se dirigió a él. - ¿Vas a seguir luchando por los negros y los señores del ferrocarril? ¿Quieres casarte con una negra o tal vez con la hija de uno de esos cerdos capitalistas del norte? Si es así, quédate y muere con honor. - le propinó una fuerte palmada contra la espalda. - Sigo siendo vuestro cabo, pero no la niñera paciente que os amamanta. Esta noche, cerca de las vías del tren. Esperaré con un farol solo hasta medianoche. Si queréis vivir, seguidme.

 

...

Notas de juego

Nota informativa:

El 3 de abril de 1865 las tropas de la Unión conquistaron Richmond (Virginia) y el 9 de abril los generales Lee y Grant se encontraron en Appomattox Court House, en el mismo Estado de Virginia, y negociaron la rendición confederada. Por otra parte, el propio presidente Lincoln les ofreció a los vencidos términos muy generosos. Se autorizó a los soldados confederados su regreso a casa sin ser tomados prisioneros. La Guerra Civil había terminado.

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25/10/2017, 21:45
Daniel Robinson

Deber. Honor. Gloria.

Todo esto cada vez me sonaba peor y sin sentido. ¿A caso alguna guerra lo tiene? Hombres adinerados envían a luchar a los que no lo tienen y todo por cuestiones económicas. No estaba claro quien debía pagar qué a quién, pero de pronto todos creían tener la razón.

Yo solo luchaba por un motivo: Por Dios. Nuestro señor dijo "amaros los unos a los otros". Pero por alguna extraña razón, los mismos que conquistaron playas extranjeras en 1482, decidieron por algún extraño motivo, que no todos eran iguales. Y la peor parte se los llevaron los de la piel mas oscura.

Pues bien, yo luchaba por ellos.

Oír el sermón del señor McBurney era como poner la sartén al fuego y pedir al pez que salte dentro. Llevaba el tiempo suficiente con el Cabo para saber que lo que decía era la realidad.. Y eso se veía en las caras de los demás soldados. Y también se olía. Pantalones azules se convertían en marrones por el dorso, pues sabían que iban a morir. Muchos lo haríamos. Y allí mi misión era intentar que no lo hicieran. Remendar a los que lo necesitaran, echarlos a un lado e ir a por el siguiente.

Medico, predicador... pero no un asesino.

Todas la noches limpiaba mi fusil como todos en el regimiento. Pero siempre podría decir que no maté a nadie. ¿Miedo? Claro! Con el tiempo, la historia contaría que solo el 25% de los soldados disparaban su arma. Eso quiere decir que el 75% restante estaban acojonados y un alto mando pasaría por las trincheras con la fusta, obligando a disparar a los que no lo hacían. El 25% decidía la guerra.

Suspiré al final del discurso mientras veía al cabo alejarse con el farol por las vías. Era un hombre fuerte, así que me encaminé tras él. Si alguien podía evitar que la gente muriera ese era yo. Y si no... Dios los acogería con los brazos abiertos y una plegaria de mi parte, para dejarlo entrar en su jardín celestial.

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04/11/2017, 20:04
Tristan Durand

Los dedos de Tristan jugueteaban con el colgante que llevaba al cuello mientras escuchaba el discurso del cabo McBurney y, tras algunos instantes, soltó el pedazo de madera para pasarlos por sus cabellos. Tenía el pelo sucio, apelmazado por la tierra de las trincheras y los apartó de inmediato. Odiaba no tener el pelo limpio. Había terminado por odiar el polvo que parecía estar en todas partes y que se le metía hasta la garganta. Al final hasta el aire parecía saber a polvo. Pero no era eso lo que hacía que cada palabra que el cabo pronunciaba se clavase en algún lugar de su nuca, como una espinita insidiosa.

Sus ojos se desviaron inquietos hacia Silas, sentado a su lado. Desde «el incidente» un par de semanas atrás no parecía el mismo. Su mirada no tenía el mismo brillo y sentía cómo su espíritu se apagaba cada día pasado en el frente. En realidad, Tristan había tomado su decisión aquella noche, pero no había sido consciente hasta ese momento de su firmeza. En silencio valoró cuánto le costaría convencer a Silas de que ese no era su lugar. No nos engañemos, si su amigo no quisiera aprovechar la oportunidad que tenían ante sus narices, Tristan se iría igualmente. Pero antes haría todo lo posible para que lo acompañase. 

El cabo soltó su invitación y se marchó, pero algunas de sus palabras seguían dando vueltas en la mente del muchacho. «Carne de cañón», «vais a morir», «seguidme». Tristan contempló su espalda mientras se alejaba y luego echó una mirada a los demás soldados que habían acudido a la reunión. ¿Cuántos de ellos tendrían el coraje de abandonar? ¿Cuántos creerían que la valentía estaba en quedarse y morir por las decisiones de otros? Para Tristan eso no era osadía, sino estupidez. Y él no era estúpido. Era un superviviente. Honor, gloria, patria... Nada de eso significaba nada para él. 

Le costaba estarse quieto, así que se puso en pie. Dio una patada a una piedrecita que se alejó saltando y se giró hacia su amigo, esbozando una de sus sonrisas, algo opacada en los últimos días. 

—Nos vamos esta noche —dijo, incluyendo a su amigo en la decisión con la esperanza de que eso le animase a aceptar—. Esta aventura ya se nos queda pequeña, ¿eh? Busquemos prados más verdes y con menos polvo. 

La adrenalina ya había comenzado a desperezarse en las venas del chico, latiendo pulsátil y llenando su paladar de un sabor entre ácido y dulce. Su mente ya se estaba poniendo en marcha calculando qué podría llevar encima y qué debería dejar atrás. La silueta del cabo no había llegado a perderse de vista y Tristan ya había tomado su decisión. Antes de las doce en la vía del tren. Ahí empezaba el siguiente capítulo de su vida. Y desde luego no podría ser peor que el anterior... O eso creía él.

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05/11/2017, 23:30
Silas Barton

La mirada de Silas que hasta entonces parecía enfocada en el suelo, subió al escuchar la voz del cabo. Lo que se suponía fuera el ejemplo de patriotismo y grandeza para ellos, la máxima distinción entre los soldados rasos como él, hablaba de la guerra como si no fuera más que un juego de niños pequeños en el que a él no le interesaba involucrarse. Hablaba con un desprecio repugnante, con una desidia perturbante, con un odio... que entendía a la perfección. Cada sentimiento vertido en esas palabras llenas de tanta sinceridad como crueldad resonaban sin duda en Silas, quien no dejaba de plantearse las preguntas más básicas sobre la razón de su prolongada existencia desde aquel desastroso día en la plantación. 

Aún así, no quería morir. No quería ser carne de cañón. El había querido venir a servir, a ayudar a la patria, no a derramar su sangre por campos que ya habían visto demasiada. Sabía que no tenían oportunidad. Sabía que no eran más que un incentivo en carne para las bestias despiadadas del sur, que parecían tener la humanidad en los talones y la idea de bondad ni siquiera como semilla plantada en sus minúsculos cerebros. No quería morir. Pero, ¿como podría volver a casa tras desertar? ¿Como podría mirar a su padre a los ojos? Se repitió que él no había visto lo que había aquí. Que de ser así, entendería. Que si había entendido que los esclavos necesitaban ayuda, podría entender la desgracia tras una vida en trincheras. 

Cada vez que el hombre nombraba morir, su cuerpo se estremecía. Cuando hablaba de amputaciones y pesadillas, las nauseas le invadían. No sabía que se suponía que hiciera ahí, en medio del campo de batalla, cuando tan solo pensar en levantar su arma contra otro hombre nuevamente le desgarraba el alma. No se sentía capaz, sabía que no lo era. Y ahora temblaba, no solo por el frío que le calaba los huesos, sino por el indescriptible temor a no poder volver a vivir sin miedo. 

Cuando el cabo se despidió, volvió a bajar la mirada, pensativo. No podía dejar el campo de batalla, era volver a la ruina, al desprecio, a ser rechazado por todo quien conocía. Por otra parte... era poder volver. Vivo. Y la promesa de aquella posibilidad le hizo cuestionarse su lealtad al ejército que tan poco lo valoraba. 

¿Nos vamos? - preguntó al escuchar a Tristán, asombrado por su capacidad de poder seguir sonriendo cuando él apenas era capaz de despertar en las mañanas, y eso era si lograba dormir del todo. Entonces fue consciente de que Tristán se iría de todas formas, y que si con él la guerra ya era miserable y prácticamente imposible de sobrevivir, sin él lo sería definitivamente. Si es que cabía, la guerra sería aún peor sin un amigo a su lado. - Nos vamos - afirmó, sabiéndose incapaz de enfrentar aquella realidad alternativa ahora mismo. Prefería ser rechazado en el futuro que asesinado en el presente, y quizás, solo quizás, tomando este camino no acabarían del lado equivocado de un fusil.

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06/11/2017, 21:16
John McBurney

El primer paso para salir de aquel infierno que los sepultaba entre el dolor y la muerte ya había sido dado. El cabo no se sorprendió de la efectividad de sus palabras, el miedo era el arma más potente que conocía el hombre. Y a decir verdad, sus hombres tenían mucho miedo. Igual que él, desde que recibiese una carta de su esposa notificándole una noticia importante.

Les necesitaba, no podía huir él solo. Cuidaba de ellos, pero en el fondo lo que estaba haciendo era cuidar de él mismo, asegurándose su propia supervivencia con la ayuda de otros.

No esperaba ver entre los desertores a Daniel Robinson, durante los dos años que lo había conocido ese hombre nunca había disparado un arma, objetó desde el principio portarlas, y el cabo lo respetaba, pero porque era médico y su fé en dios ayudaba a levantar a los hombres que habían caído psicológicamente en mitad de la batalla.

De ser un soldado normal, nunca le habría tenido respeto, para él los soldados debían empuñar las armas y disparar sin piedad al enemigo. Ahora mismo sentiría el peso de llevar una carga sobre sus hombros, pero por suerte y para los que estaban allí, el miedo había calado hondo en su cerebro, provocando que su labor como médico de campaña pasase a un segundo plano, y su vida fuese la única que quisiese luchar.

- Robinson has hecho lo correcto. ¿A cuántos hombres has salvado, adentrándote valientemente en el campo de batalla? Decenas y decenas. Has servido bien. - viendo que los ojos del hombre titubeaban se acercó a él posando una mano sobre su hombro. Inspeccionó lo que llevaba encima, su maletín de cirugía fue lo primero que vio.

- ¿Llevas algún arma encima? - Daniel negó con la cabeza y el cabo sacó de su canana un revolver para él. - Tómalo, puede que no haga falta que dispares pero somos muy pocos. Te necesito con nosotros, el terreno no es seguro.  - sería fácil inventarse alguna excusa para despistar a los suyos, negar la deserción, pero encontrarse con una patrulla de confederados, eso si sería jodido.

Los siguientes en aparecer cerca de las vías del tren fueron Silas y Tristan. Ambos muchachos, muy jóvenes. Cierto era que la edad y el género poco importaba en una guerra donde las mujeres se hacian pasar por hombres, porque querían luchar o buscar a sus maridos y niños pequeños "drummer boys" participaban arriesgando sus vidas tocando con orgullo los himnos de su bando, todo por la patria.

- Volver a casa con vuestras familias, con la cabeza alta, algunos señores nunca se habrían manchado las manos como tú hijo. - dijo mirando a Silas. Sabía que el episodio que habían vivido fuera de las trincheras había sido decisivo para abrazar la deserción. - o crear una si no la tenéis. - volvió la mirada hacia Tristan. - Es lo más sensato. - el miedo ganaba la batalla frente a la muerte de rostro pálido.

Por último Jared y Jerry. Conocía la historia de ambos. Buenos soldados, uno de ellos engañado por el ejército de la Unión, vendido contra su voluntad casi como un esclavo negro. - Nos tomaremos unos tragos fuera de este lodazal, eh Vanhorn. - bromeó con él, alegrándose de ver a un tipo de su tamaño y fiereza entre sus filas.  

- Nadie ha traicionado a nadie. - añadió reflexivo observando los rostros asustados de sus hombres. Esa noche caminaron sin descanso guiados por las vías del tren, hasta que vieron amanecer el sol. Procuraron no ser descubiertos, montando guardias y descansando unas horas ocultos bajo la maleza y la sombra de los árboles.

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07/11/2017, 02:33
The Beguiled

Domingo, 24 de Julio de 1864

 

A tiempo seguramente, llegará un día
A tiempo todas las cosas deben pasar
A tiempo, puedes volver algún día
Para vivir una vez más, o morir una vez más,
Pero a tiempo, tu tiempo ya no estará más.

 

 

- Es una buena idea. - afirmó convencido McBurney escuchando lo que proponía uno de sus hombres. Avanzar más seguros bordeando la zona pantanosa. Un laberinto de cenagales, entre árboles altos, mucha humedad, y un ambiente fantasmal. Los pantanos parecían un buen lugar para esconder sus cabezas si el peligro acechaba de repente.

Recuperaron fuerzas comiendo las provisiones que robaron al salir del campamento de Petersburg. No encendieron ninguna hoguera que llamase la atención, siguieron su camino en silencio cuando el sol del mediodia estuvo alto. El calor seco y húmedo de Virginia en esta época del año era asfixiante, y la sensación de ahogo casi como llevar una soga atada al cuello.

 

Las precauciones que tomaron se fueron al traste, cuando tras dos horas de viaje, surgió de entre el follaje una mujer de aspecto rudo y fuerte apuntando en alto al primer hombre que tuvo delante. Ese hombre era el cabo que encabezaba la fila de los soldados.

- No queremos abrir fuego. - levantó las manos en alto intentando calmar a la rubia. - Volvemos a casa, esta guerra ya no es asunto nuestro.

- ¿Eres el cabo McBurney, verdad? - preguntó con una sonrisa retorcida, ligeramente teñida de satisfacción. - Eres hombre muerto. - la amenaza era seria, los ojos de aquella mujer chispeaban con rabia como el mismo diablo.

- Te equivocas. Solo soy un soldado. - se mantuvo en la misma posición con las manos extendidas, maldiciendo su suerte por no poder alcanzar su arma.

- No... Tú mataste a mi marido, y ahora vas a morir, perro, igual que los amigos que te acompañan. - detrás de ella aparecieron cuatro soldados confederados apuntando con sus armas. McBurney esperó que sus hombres tuviesen las suyas a punto, porque sin duda iba a correr la sangre, y si no espabilaban a tiempo sería la de todos.

 

 

- Ahora lo recuerdo, fue hace unos años. La señora del negrero. Tu hazaña había llegado a mis oídos, pero no lo había creído hasta este momento, te alistaste en el ejército solo para matarme. - la provocó. Si iba a morir, que diablos, la jodería bien antes de palmarla.

- ¡Maldito hijo de puta! -el dedo índice de la mujer apretó el gatillo.

- ¡No lo hagas! ¡Piensa en tu hija! - una voz masculina surgió de la nada pidiéndole cordura.

 

...¡PUM!...

 

Demasiado tarde. Antes de que la mujer pudiese disparar, una bala se incrustró en su cabeza abriéndole un agujero entre ceja y ceja. La sangre brotó en dirección descendente por su pequeña nariz en una abundante chorrera coloreando de rojo sus labios, su barbilla y cuello.

El disparo fue mortal, el cabo y los soldados pudieron comprobarlo en el acto. Cayó de bruces contra la tierra entornando los ojos. El soldado que disparó salvando la vida del cabo fue Daniel Robinson. Su primera víctima mortal era una mujer.

La furía se desató en aquel instante, en cuestión de segundos. McBurney no esperó a liberar su arma, no medió más palabra, era tiempo de actuar o acabarían alimentando a los cocodrilos del pantano. Disparó y recibió unos balazos en la pierna, se quitó como pudo su cinturón y se hizo un torniquete en el muslo.

El resto de soldados recibieron también su parte, las balas y la pólvora tomaron protagonismo hasta que entre todos abatieron a los hombres que aparentemente tenían localizados dentro de su campo de visión.

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07/11/2017, 03:22
Jerry O'Neil

Nunca pensé en hacer lo que intentare ahora, pero estoy desesperado por lo que le pueda estar ocurriendo ahora a Tara. Cuando nos separamos mucha gente la debía hacer una niña pequeña, pero ha debido crecer… Y he visto con mis propios ojos lo que hacen jóvenes de su edad para ganarse unas monedas. He tenido que ir forzado por mis compañeros, pero una vez dentro de la habitación me he limitado a hablarles de mi hermana pequeña y mi temor de que una vez ha crecido la dediquen a lo mismo que ella al estar completamente sola.

Se perfectamente lo que hare si ha llegado a suceder, he visto centenares de heridos agonizando por dolorosas heridas.

Acudo a la reunión del cabo convencido de que se tratara de una de sus habituales noches en vela antes de la batalla en las que necesita no sentirse solo. Pero no esta vez ha decidido que marchemos, no puedo hacer ver que no lo he oído y se el castigo. Tengo dos opciones unirme a ellos o que me silencien para que no alerte a los centinelas. Nada le debo a este ejército y no es mi guerra, en si simpatizo con los del Sur que quieren librarse del yugo del Norte. Como nosotros en Irlanda respecto a Inglaterra, además – mirando mi mosquetón, – el Norte e Inglaterra son aliados como demuestra a quien proporciona armas.

Camino detrás de Silas y Tristan en el máximo silencio que puedo.

No sólo corremos el peligro de que nuestros centinelas nos disparen sino también los de los sudistas pensando que es un ataque nocturno.

A pesar de mis temores iniciales parece que el cabo conoce esta zona ya que nos ha conducido por caminos que no estaban patrullados. A medida que pasan los días voy tranquilizándome pensando que a cada paso estoy más cerca de mi hermana.

Avanzamos lentamente por el pantano cuando aparece una mujer delante nuestro que conoce al cabo McBurney. Cuando pensaba que nos acogería se desata el infierno.

Disparo a una velocidad como no creía que sería capaz y cuando reina de nuevo el silencio me doy cuenta de que además de sudor tengo una herida encima de la oreja que sangra abundantemente y otra en el costado izquierdo que ya empapa mis pantalones.

– ¿Estáis todos bien? – Digo elevando un poco la voz, aunque ya no importa dado el estruendo de los disparos de hace unos instantes.

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07/11/2017, 15:46
Tristan Durand

Hacía tantas horas que caminaban que Tristan había perdido la noción del tiempo. Le costaba saber si era por la mañana o por la tarde y sentía cómo la ropa se le pegaba a la piel por el sudor. Hacía calor. Demasiado calor. Ese calor pegajoso y molesto que atraía a los mosquitos y hacía que las personas se escondiesen a la sombra. Pero el chico sabía que en sus circunstancias no podían perder el tiempo. 

Echó una mirada hacia su derecha, donde debía estar Silas, seguramente tan asado de calor como él. Después repasó con la mirada al resto de los desertores. Durante la instrucción habían intentando inculcarle el compañerismo hacia los miembros de su pelotón, sin demasiado éxito. Pero era en ese momento, cuando ya no estaban en el ejército, cuando Tristan empezaba a comprender esa unión. La de quienes se necesitan unos a otros para sobrevivir. Puede que hubieran desertado, pero se sentía más un soldado de lo que había sentido durante los meses que había pasado en el frente. 

Un paso más. Cada metro que recorrían era uno menos en el camino que le separaba de la libertad. Uno más. Y luego otro. Y después otro más. Era más sencillo centrarse en uno cada vez y no pensar en lo que había más allá. 

Caminaba obligándose a mantenerse en pie y seguir adelante cuando apareció la rubia. Le sorprendió, envuelto en sus pensamientos no la había escuchado llegar. La miró de hito en hito y por algún motivo la fiereza de sus ojos le sacó una risita nerviosa. La idea de que fuese una amante de una noche del cabo le pasó por la mente y relajó su postura por un instante. No parecía muy preocupado por lo que una mujer sola pudiera hacer contra seis soldados armados... Hasta que ella demostró no estar sola. 

Todo el cuerpo de Tristan se tensó como un resorte al ver a los confederados. La sonrisa se diluyó en una línea fina y apretada. Sentía la adrenalina desperezándose demasiado lenta, sus alarmas gritando en un intento por despejar y centrar su mente para la batalla. Iba a luchar por su propia vida y en ese momento pensó que por fin tenía algo por lo que pelear en aquella guerra que se le antojaba ajena. 

El revólver en la derecha y el machete en la izquierda. Tristan rugió cuando disparó a uno de esos hombres. El olor a pólvora llenaba sus fosas nasales y ni siquiera recordaba el calor en ese momento en que todo pareció desaparecer salvo ellos y sus enemigos. Volvió a disparar. Y una vez más. Perdió la cuenta de las veces que apretó el gatillo. Todo iba demasiado rápido. Se le acabaron las balas y dejó caer el revólver. Un  hombre le apuntaba y él cambió el machete de mano. Sus ojos brillaban salvajes, como los de un animal acorralado. Fue a abalanzarse sobre él pero entonces el impacto en el abdomen le detuvo en seco.

Y el mundo de pronto pareció ralentizarse de golpe.

Dio un par de pasos atrás mientras se hacía consciente de todo lo que le rodeaba. El olor a sangre se mezclaba con el aroma de la pólvora. Los gemidos. Su propia respiración jadeante. Se llevó una mano a la herida y la notó húmeda y pegajosa. ¿Iba a morir? Iba a morir. Lo vio con claridad y sólo pudo pensar en todo lo que le quedaba por hacer. Alguien abatió al hombre que le había disparado, creyó que había sido Silas, pero no lo sabía a ciencia cierta. Con cada parpadeo le era más difícil enfocar la mirada. Trataba de apretar la herida como siempre había oído que se debía hacer para cortar una hemorragia, pero sus dedos temblaban demasiado y empezaba a perderse a sí mismo.

«Ha tenido suerte, la bala golpeó en una costilla», recordaría después una voz diciendo esas palabras en su semiinconsciencia, «Puede que viva, pero aún la tiene dentro». Las recordaría sin ser capaz de señalar a quien las pronunció, si es que alguien llegó a ponerlas en voz alta. Tal vez fue su imaginación. La misma imaginación que le hizo pensar en una caricia suave en su rostro y en una voz dulce que había olvidado. 

Los sonidos se perdían en un zumbido que invadía sus oídos. ¿Todo había sido para acabar así? Algo en el interior de Tristan se rebelaba ante esa idea, pero las fuerzas le flaqueaban y dio un paso en falso. El tobillo le falló con una punzada de dolor que pasó desapercibida. Su mano intentó agarrar el aire cuando cayó de rodillas, con la mirada perdida y la vista nublándose. 

«Tengo que aguantar», se dijo a sí mismo, intentando sobreponerse, «En esta vida hay dos tipos de hombres... Y yo soy de los que... sobreviven...». Un último parpadeo en el que el mundo terminó de emborronarse y a pesar de su lucha Tristan se deslizó en el abrazo cálido de la oscuridad de sus párpados. 

Apenas era un muchacho jugando a ser un hombre y la vida se le derramaba con cada gota de sangre que manaba a borbotones de la herida. 

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10/11/2017, 18:42
Jared Vanhorn

No soy del tipo que huye. Todos somos hijos de la tierra y todos debemos vivir igual. Esta guerra era tan mía como de los negros y negras como de las familias a las que les quitaron sus tierras por que el color de su piel era diferente. Quería seguir luchando pero aquellas palabras, los gestos de mis compañeros... era duro admitir una derrota.

Un hombre que vive es un hombre que podrá luchar más tarde.

Intento justificarme. Es una mala excusa, lo sé, pero también quería ver a mi madre e incluso a mi padre. Quería descansar... me gustaba lo que hacía, pero estaba matándome poco a poco del mismo modo que lo hacía una dosis de veneno recorriendo tus venas.

El Cabo nos alienta, incluso nos anima a tomar algo al terminar esto.

Nos los tomaremos.

Aseveré. Él era un buen hombre, como los que habíamos decidido marchar. Aunque algo en mi interior seguía gritándome que debía girar y luchar, ya había tomado una decisión... quizá volvería a unirme más adelante, pero no seré un cadáver entre tantos sin opción a ver un nuevo amanecer. Esto no era justo.

Como tampoco es justa la emboscada días más tarde que nos tiende aquella mujer que, encabezando a los confederados, apunta directamente al Cabo. Aprieto mis puños... tengo las armas demasiado lejos para poder intervenir, lo que hace que gruña desde lo más profundo de mi garganta, suave pero amenazante. Esto ya no nos incumbe... sólo queremos volver. Y aunque debo reconocer que la provocación del Cabo me hace cierta gracia... sucede lo esperable. O no.

Un disparo... y una muerte, la de la mujer. Mis ojos se abren bastante al ver cómo Daniel se había decidido al fin a disparar, pero no tardo mucho en reaccionar y desenfundar a mi pacificadora con una mano y el recuerdo familiar con la otra, enrroscándolo en mi brazo por si se cernía la corta distancia.

Como siempre resulta en estos casos, la pólvora y la adrenalina provocan que todo sea un caos, que las rozaduras y los golpees que rasgan la ropa y la piel queden como picaduras de mosquito a las que no prestar atención hasta más tarde. Veo cuerpos caer, algunos a causa de mis balas y otros por las de mis compañeros. También escucho algunos huesos crujir bajo el peso de mi recuerdo familiar y de mis propias manos.

En algún momento siento un pinchazo en la pierna... uno que me hace caer casi en el acto. En el mal momento en el que un soldado corría hacia mí, abrecartas en mano, dispuesto a descubrir lo que mi interior guarda. Medio segundo es la diferencia entre la vida y la muerte... medio segundo en el que la munición de mi rifle atraviesa el vientre del ahora inerte confederado que cae sobre mí como si fuese un muñeco de paja.

Apenas puedo respirar, trato de quitarme el cuerpo y ver qué diablos está pasando... espero que mis compañeros estén bien. Aunque mi pierna apenas me responde, necesito ver qué ha pasado, necesito saber que podré pasear y montar a caballo con mis primos. Necesito saber que podré volver a casa. Tomarme el trago con el Cabo, escuchar las historias de Tristan. Necesito vivir.

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10/11/2017, 19:16
Daniel Robinson

Un paso tras otro.

Y otro...

Las botas se llenan de fango del pantano. Aún sigo sin saber porque narices ese camino era un atajo para llegar a... ¿Dios sabe donde? Tan solo sigo a John a través de un cenagal plagado de bichos, agua estancada arboles podridos en medio del camino.

Echo una mirada detrás de mi y veo a los soldados jadear, cansados y agobiados. Esta humedad no ayuda a nadie y el calor se hace casi insoportable. Los gases del limo que pisamos se funden con el vaho de nuestras bocas, pues, si bien hace frió, nuestra marcha hace que sudemos queriendo quitarnos hasta la piel.

Despego ligeramente con la mano la camisa que tengo pegada al pecho y noto como el crucifijo queda libre por unos instantes, tambaleándose en el hueco que queda. Un trozo de madera tallada, que gira con las vueltas enredadas del cordón como bailando en ese pequeño espacio, para al soltar la camisa, volver a pegarse junto al corazón.

Mi corazón...

Anda intranquilo. No solo por el peligro que es inminente, si no porque mi cintura pesa mas de lo normal. Un objeto metálico me pincha en el borde del pantalón. Esta frío y caliente a la vez. Me quema! Ese arma que me ha dado el cabo es como un objeto metálico maldito. Tan solo su contacto con mi piel hace que se me erice la piel, pero estoy obligado a llevarlo. Insistencias de John.

Mi mente anda perdida. Rezo un par de plegarias mientras miro mis botas bajar hasta el fondo del barro. Dicen que para encontrar a Dios a veces hay que llegar hasta el fondo y llenarse  las manos de polvo. Pues bien, mis pies habían llegado tan al fondo que mis dedos y las lombrices se confundían dentro de mi calzado.

McBurney se para y mis plegarias también, pues mi vista se echa a un lado mirando por encima del hombre de John. Una mujer y varios confederados nos apuntan con sus armas y la cosa pinta mal. Una maldita emboscada! Pero la mujer sabe que lo tiene ganado todo, pues se sabe con la victoria del que encañona primero a otro.

Mi pecho sube y baja cada vez mas deprisa, mientras ellos hablan y veo que la muerte es inevitable. El cabo es el primer objetivo, el primero en caer de disparar. No podía permitirlo. ¿Pero que debía hacer? Mi mano tocó el metal del revolver y se deslizó por la empuñadura. El frio cañón del metal salió de mis pantalones y empezó a subir ligeramente en dirección a la mujer.

¡Ibamos a morir! ¡¡El cabo iba a morir!! ¡¡No podía!! No quería disparar, pero al estar tras los soldados, era el único al que no veían. ¡No iba a disparar! No había matado nunca y ahora.. ahora.. ¡¡ íbamos a morir!! Una angustia empezó a apoderarse de mi y apenas respiraba.

<<-Dispara!!!->> como un puto grito en mi mente, la voz de mi padre resonó.

Mi dedo bajó hasta el gatillo, el tambor giró y el percutor del revolver saltó golpeando el martillo, asustado por una voz que nunca oiría, si no en mi cabeza.

¡¡¡BANG!!!

Muerta! 

Había matado a esa mujer. La bala salió disparada hasta colarse en medio de su cabeza entre los ojos. Y en tiroteo comenzó.

Tan solo unos segundos las balas llovieron hasta que los cargadores se vaciaron. Noté una punzada en la mano que sostenía el arma. Al principio pensé que era el castigo de Dios, que me quemaba el arma para poder soltarla. Pero cuando el arma cayó entre el barro, pude ver como el mango estaba ensangrentado.

Desconcertado y decepcionado, miré mi mano, como absorto en el reguero de sangre que discurría desde la palma hasta la muñeca.¡ Mi mano! Tenía la mano atravesada por una bala perdida, posiblemente. Al principio no sabía lo que eso dolía, pues mi mente seguía centrada en una cosa: Había matado por primera vez, y no era algo agradable. Hasta que el dolor apareció y se adueñó de mi brazo entero hasta hacerme caer de rodillas. Mi mano!!!

Dios mio...porque me has abandonado... justo ahora!

¿Había salvado mi vida, o realmente la había condenado?

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10/11/2017, 20:29
John McBurney

Cayó hacia delante agarrándose la pierna con ambas manos, de aquella forma amortiguó mejor su caída cuando la bala irrumpió en su cuerpo. - ¡Maldición! - gruñó apretando fuertemente sus ojos y dientes, tensionando los músculos de la mandíbula.

El rostro del cabo se descompuso de repente, al unísono. Las arrugas que el paso del tiempo y la guerra habían marcado en su piel, se dejaron ver de una forma más sincera y profunda.

La herida de la pierna vino acompañada de otras contusiones por la caída, el ojo derecho ensangrentado en la parte de la esclerótica y el tabique nasal. Las punzadas en su pierna parecían desgarrarle la carne con cada nueva sacudida e intento por moverse.

Escuchaba los disparos caído desde su posición, retorciéndose por el dolor, sintiéndose inútil por haber sido herido y ser un estorbo como un lisiado. Creía haber matado a un soldado y además había herido a otro en la rodilla y en la parte izquierda del pecho, si no era un fiambre estaría a punto de serlo.

Muévete. Las espinas de la metralla iban profundizándose y el dolor amargo que minaba su resistencia ganaba terreno mordisco a mordisco.

Estiró el cuello y observó a los confederados que quedaban en pie. Caminó unos pocos metros a gatas ayudándose de la fuerza de sus brazos, socavando la tierra a medida que avanzaba con el movimiento pesado de su cuerpo y la pierna entumecida.

No vio a nadie, en cambio si que escuchó una voz. La de Jerry preguntando si estaban bien.

Gritó intentando orientar su mensaje hacia O´Neil guiándose por su oído y la posición desde donde le había parecido que provenía su voz. - ¡Me han herido en la pierna derecha! - fue lo último que dijo antes de apretar un poco más su cinturón y que las fuerzas lo abandonasen. Se quedó extendido boca arriba mirando sus manos ensangrentadas.

Cerró los ojos ladeando la cabeza. La oscuridad y el tiempo eran confusas, como dos hermanas gemelas, no conseguía distinguirlas bien. Al abrirlos, vio a Daniel del revés, observándole fijamente. - Ayúdame a ponerme en pie, Robinson. Ese tronco me servirá de apoyo. - le faltaba el aliento. Sabía que aquella posición aceleraría el proceso de sangrado pero no podían quedarse allí esperando corriendo el riesgo de que apareciesen más confederados. - Esta vez no sé si podrás salvarme la vida. - aquella era su manera de agradecerle el sacrificio personal que había hecho por él liquidando a la rubia.

Lo ayudó a levantarse apoyando su peso sobre su hombro izquierdo. McBurney fue consciente de la herida del médico, viendo que tenía la mano derecha destrozada. Se le hizo de noche de repente. - Tu mano está hecha papilla. - así no podría coser ni una simple herida.

- Allí. ¿Lo ves? - dijo sigiloso obligando a Daniel a mirar hacia el pantano. - Queda otro cabrón en pie. - lo apuntó con su revolver. - Lo mataré. - elevó el brazo dispuesto a dispararle.

 

 

- ¡Por favor no me matéis! ¡Por dios, solo quiero volver a casa! - el hombre que alzaba las manos temblando era el mismo al que había herido McBurney y gritó a la mujer rubia que pensase en su hija y no disparase. Dejó caer el revolver inmediatamente quedándose desarmado. El arma se undió rápidamente en el pantano.

- Dejadme marchar, hay una señorita que me espera desde hace tres años. Le prometí que me casaría con ella. No diré nada lo juro por dios, no delataré vuestra posición. Soy un desertor. - imploró casi llorando. Su voz temblaba, probablemente se hubiese meado en los pantalones por el susto pero al estar metido en el agua hasta la cintura no podían verlo.

- ¿No? - preguntó con desprecio. - No podemos arriesgarnos. - pero entonces Daniel le hizo bajar el brazo y recapacitar. - De acuerdo, el pantano y las heridas te matarán por mi. - le perdonó la vida. - Lárgate.

Ahora tenían que organizarse para proseguir el camino, el cabo podía caminar con un apoyo, pero Vanhorn también había caído herido por unos disparos en la pierna. Un informe rápido de daños y pensar que hacer. Poco después se darían cuenta de que el maletín médico de Daniel había desaparecido.

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12/11/2017, 01:02
Silas Barton

Había seguido masticando las palabras del cabo todo el camino hasta donde ahora se encontraban. "Volver a casa con vuestras familias, con la cabeza alta, algunos señores nunca se habrían manchado las manos como tú, hijo" ¿Podía decir que aquello fuera un consuelo? ¿Que por ser él un asesino deberían respetarlo en la tierra que lo despedía como un héroe y ahora lo recibiría como un traidor? ¿Merecía un trato digno, una vida libre de preocupaciones, cuando él había cortado de raíz la posibilidad de decenas de volver a tener una alegría en las suyas? No entendía que hacía ahí, en ese campo de batalla. Llevabas días preguntándoselo, y aún no entendía. Sí, era fuerte, pero desde el nacimiento todo aquel que lo había conocido sabía que tenía más carácter de filósofo que de guerrero, más actitud de trabajador que de mandamás. ¿Que hacía siguiendo consejos de alguien que quería convertirlo en quién no era?

Caminaba con la vista en frente, los ojos vacíos mientras le agradecía al pegajoso calor sus repetidos intentos por querer asfixiarle para robarle la vida de una vez en lugar de prolongar su inevitable sufrimiento por medio del masoquismo psicológico junto al agotamiento físico y mental, pero su suerte no era tal para que se sofocase con los rayos del sol y le atribuyera el éxito al clima. Por un momento sintió la mirada de Tristán a su lado, no fue capaz de corresponder el contacto visual. Se avergonzaba de como se había paralizado, de quien era, de como se lo estaba tomando. ¿Por qué no podía ser más práctico y simplemente pasar página?

Fueron las palabras de la rubia, esa amenaza sincera marcada en fuego, las que le hicieron subir la mirada con temor. Escuchó la risita a su lado, mas Silas se mantenía tenso, sin entender por qué Tristán se lo tomaba a la ligera... quizás él también debería. O al menos eso pensó en la fracción de segundo que tardaron en salir los confederados de su escondite, momento en que inconscientemente dio un paso hacia el lado, pegándose más a su hermano de armas. Si ya le había creído la amenaza al cabo, le creía el doble que fuera a matarlos a todos como perros. 

Escuchó un disparo y temió lo peor, pero fue la mujer la que cayó al suelo sin vida. No le dio tiempo a pensar en si estaba aliviado o repugnado por la acción, porque en ese mismo momento se desató el infierno en la tierra justo donde tenía la desgracia de estar parado. Para Silas, el tiempo corrió al contrario que para su amigo. Los primeros segundos fueron eternos, dolorosamente tortuosos, pues sentía su cuerpo paralizarse otra vez mientras las balas volaban, la tierra saltaba y la sangre se esparcía. Fue de hecho el balazo que dio en el abdomen de Tristán el que lo hizo reaccionar, asustado por lo que podría pasarle ahora a él. Dejó de escuchar solo su respiración asustada, y de pronto, todos los sonidos de la batalla se acumularon de golpe.

Todo empezó a ir más rápido. Vio al hombre que había disparado su fusil contra Tristan y el hombre le vio a él, y aquel contacto visual fue la única pausa en una escena llena de estímulos, la misma mirada que mantuvo con furia asesina mientras el confederado cargaba el arma, esperando sentir la muerte en sus entrañas o causarla. El destino le bendijo. No creía en un dios, pero sí en la suerte, y ese día la suerte dictó que sería él quien viviría para contar la historia con apenas un rasguño de bala en un costado del abdomen, suficientemente profundo para necesitar ser cosido pero no para echarlo abajo. Sintió el disparo como una señal de actuar, y se lanzó hacia él a puño limpio, negándose aún a usar su arma de fuego por temor. Le soltó buenos golpes, pero no suficientes para noquearlo, y no fue hasta que sintió el latigazo de un sable rozando su espalda que se vio en la necesidad de clavarle el abrecartas al hombre y girarse rápidamente hacia su nuevo contrincante. 

El sable le cruzó la cara esta vez, buscando cegarlo y lográndolo por algunos segundos. Aterrado, su mano se fue al revólver, como lo había hecho días antes. Conscientemente se culparía luego de estas reacciones, pero antes y ahora, le salvaba la vida. Justo cuando el confederado iba a darle una estocada en el pecho, Silas apretó el gatillo a la penumbra, dándole al hombre en la pierna y perforándole la arteria femoral. Se puso de pie, tapándose el ojo malo para poder ver algo, y disparó otra vez a quien se desangraba ya en el suelo. 

Se giró justo a tiempo para ver a Tristán caer de rodillas y ceder a la oscuridad, y con el más profundo temor que hubiese sentido jamás en su vida corrió hacia él, moviéndolo con desesperación para que despertara. Cuando no lo hizo, o si lo hizo no lo notó, apoyó su oído en su pecho para escuchar su corazón. Latía. Despacio, pero latía. - ¡ROBINSON! - llamó al doctor angustiado, haciéndole presión en la herida a Tristán. No sabía si el médico vendría o no, pero era poco lo que podía hacer y no tenía conocimiento para curar esa herida - ¡CABO! - llamó a McBurney, buscando como tomar a Tristán. La sangre que le cubría un ojo no le permitía ver por él, pero no lo necesitaba para llevar a su amigo colgando de su hombro, a su espalda, o incluso arrastrando cuando la fuerza le fallara. Por ahora, solo tenía clara una cosa: No se separaría de Tristán hasta que despertara, porque no había opción de que no lo hiciera.

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14/11/2017, 20:20
Daniel Robinson

Todo era muy confuso.

Me debatía entre agacharme o dejar de sujetar mi mano dolorida, temiendo que se cayera por el camino, pero pronto la razón me hizo tirarme al suelo y llenarme de barro. Reptando llegué a algún lado. No se cuanto tiempo duró, puede que no mucho, pero al igual que todo había empezado, todo terminó.

Estábamos vivos. Por los pelos y puede que por poco tiempo, pues al mirar a mi alrededor vi como casi todos habíamos caído, de una manera u otra. El mas cercano a mi era el Cabo, al que ayudé a levantarse. El dolor de mi mano se acentuó al intentar cogerlo. Un acto reflejo de usar la mano, pero cada movimiento que hacía me dolía demasiado.

- No he vendido mi alma al diablo para ahora perderlo, señor.- Dije jadeando ante sus palabras. Puede que mis palabras no tuvieran sentido, pero los disparos a mi alrededor me habían ensordecido momentáneamente haciendo que un dolor de cabeza creciera. - Gracias por no matarlo, señor. - agradecí que tuviera compasión del pobre diablo renegado.

Intenté ayuda con la pierna al cabo pero apenas conseguí sujetarme la muñeca son que el propio peso de la mano me hiciera cerrar los ojos por el dolor. Rasgué con la izquierda un trozo de mi camisa y me la anudé en la mano, poniendo entre mi mano y la venda improvisada una piedra embarrada. Si apretaba lo suficiente mi mano dejaría de sangrar ayudada por la presión con la piedra.

Esta torpe. Demasiado torpe. Ojala hubiera sido zurdo. Pero claro, en ese caso habría sujetado el revolver con la siniestra y el disparo, por dicha divina, habría ido a parar en la misma mano que lo sostenía. Destino divino. No había escapatoria. Y ahora lo peor de todo, era que necesitaba mi mano mas que nunca, pues el resto de los soldados parecían heridos de diversa consideración.

-¡Mi maletín!- Dije mirando de rodillas aun al lado del cabo- Mierda!!-

Si, había dicho un taco. No solía ser mal hablado pero como decía mi padre " Hasta el mas santo tiene que limpiarse el culo con la mano con la que se santigua".

-Estamos bien jodidos...señor.- dije intentando levantarme ya cercándome a Silas, para ver sus heridas. - Necesitamos ayuda...

Alargué mi mano a Silas para que viera mi herida. No serviría de mucho, pero... tampoco valdría de nada salir corriendo a por ayuda si el dolor apenas me dejaba pensar ni saber donde estaba.

 

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14/11/2017, 23:31
John McBurney

El dolor era fuerte pero tenía que convivir con él en las próximas horas. Quizá hasta que llegase su final.

El camino hasta casa era largo, McBurney sabía que aún quedaba por enfrentar lo peor, sortear el paso fronterizo hacia el norte dejando atrás Virginia. Un paso lleno hasta arriba de enemigos.

Era un hombre tenaz y testarudo que se inclinaba la mayoria de veces hacia el optimismo, pero esta vez no estaba tan seguro de sobrevivir. - Tenemos que movernos, no podemos quedarnos aquí. No hay tiempo para deshacernos de los cadáveres, guardemos la energía que nos quede para proseguir el camino. - le dijo a Robinson ayudándose del apoyo de su hombro, arrastrando su pierna herida mientras avanzaba con él hacia la zona donde había caído Tristan y Silas lo sostenía entre sus brazos pidiendo ayuda, herido en un ojo y posiblemente alguna parte más de su cuerpo que no alcanzaban a ver.

- Aún conservamos manos, Robinson. Tus indicaciones nos serán útiles. Coseremos y desinfectaremos nuestras heridas con el brandy y el whisky que llevamos encima. Nos ocultaremos en algún lugar. - no quiso decir en aquel momento, dejaremos atrás a los soldados que no puedan seguir, a pesar de que eso le incluía a él. No pediría que lo esperasen, la supervivencia de cada uno era primordial.

Los macutos iban cargados de provisiones y munición, todo lo que habían podido conseguir antes de partir. Pero lo más importante para ellos en dicha situación era el maletín médico de Daniel.

- ¿Estás seguro de que no está donde lo dejaste? - le preguntó manteniendo la calma, aún cuando sus ojos decían lo contrario. Estaba a punto de estallar. - Esa sabandija... no lo vi venir. - masculló  enfadado. - El tipo que ha robado tu maletín seguramente es el mismo al que me has hecho perdonarle la vida. - señaló hacia el pantano. Ahora si que estamos jodidos. Parecía que algún tipo de justicia divina estaba actuando y se burlaba de ellos.

Observó a Tristan tendido en el suelo, inconsciente, palideciendo por momentos, una hemorragia en el abdomen encharcaba de sangre sus ropajes. - Silas, acercame el machete de Tristan, corre. - extendió la mano hacia el joven. - ¿Te han herido en algún otro lugar? - observó el corte de su ojo. No tenía buena pinta.

- Quédate con ellos Daniel, encárgate. - apoyó una mano sobre el hombro del médico dándose un último impulso para saltar a la pata coja, cerca de su posición había un árbol. El cabo cortó una rama fuerte que ramificaba en otras dos en la base y le serviría de apoyo.

- ¡Vanhoooorn! ¡O'Neeeeeil! - se puso a gritar buscando a su alrededor a los otros soldados hasta que vio un bulto tirado cerca de la orilla del cenagal. Se dejó caer de culo sobre la tierra al lado de Jared y le hizo un torniquete con su propio cinturón. - Despierta, no te duermas. - alargó la mano hasta meterla en la orilla para después mojar su rostro y darle unos golpes en las mejillas. - Espabila, vamos hijo, eres fuerte. - O'Neil no tardó en acercarse caminando por su propio pie.

Notas de juego

Próxima actualización: Viernes 17.

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15/11/2017, 22:09
Jerry O'Neil

Comienzo por avanzar hacía el cabo McBurney con el fusil preparado por si hubiera más atacantes detrás de los arboles que nos rodean. Al cabo de unos pasos notos un ramalazo de dolor en el costado lo que me hace temer que sea algo más que un rasguño. Me palpo con la mano y la visión no es nada tranquilizadora ya que está cubierta de sangre.

Intento pensar en otras cosas y sonrió, a pesar de que crean mis compañeros que la herida de la cabeza es grave, recordando mi infancia allá en Irlanda chapoteando en el fango después de una lluvia intensa con mi hermana.

Intentando disimular la dificultad al caminar para que el doctor se ocupe de los que no pueden caminar en primer lugar, después se lo diré.

Cuando llego al lado de él le hago. una salutación militar automáticamente llevado por la fuerza de la costumbre. – A sus órdenes cabo McBurney. Si me lo permite tengo la sensación de que usted conoce esta zona. Aquella mujer parecía conocerlo y es evidente que conoce caminos que patrullan los exploradores de caballería, ¿sabría de alguna casa por aquí? Habiendo llegado la guerra lo mas fácil es que hayan marchado así tendríamos un lugar donde descansar mientras nos recuperamos de las heridas con los cuidados del doctor Daniel.

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16/11/2017, 20:10
Daniel Robinson

Oí la voz ahogada de Silas, que estaba junto a Tristan.

Los amigos se apoyaban pero Tristan parecía que se había llevado la peor parte, pues estaba tendido en el suelo y por mucho que lo zarandeaba Silas no respondía. Me levanté ayudando al Cabo a ponerse de pie, y empecé a buscar por todos lados algo que usar para ayudarnos.

Asentí a cuidar de algunos mientras Mcburney buscaba al resto de los compañeros.

Me arrodillé al lado de Silas y vi como ponía su oreja en el pecho de su compañero. Latia! Menos mal. Un suspiro salió de mis labios dando gracias a Dios por ello. - Se ha desmayado. - Afirmé mientras con la mano izquierda le indicaba a Silas que ir haciendo, ya que al principio solo le veía un corte en la cara, casi a punto de perder un ojo.

- Retira la ropa...eso. Bien. Ahora quítale el cinturón.- Indicaba hasta que descubrí la herida del abdomen de Tristán.- Hay que tapar esa herida antes de que se desangre. Voltéalo. Ahí, sujétalo un segundo mas...No veo sangre en su chaqueta. No tiene orificio de salida. Tenemos que sacarle la bala. Mierda, sin mi maletín esto va a ser difícil- puntualicé con desgana.

Miré un segundo a Silas y vi como se quejaba de un lado, viéndolo tambalearse un poco. Ahí estaba! - A ti también te ha dado. Déjame ver. - Dije tocándole el costado para darle la vuelta con la mano izquierda. - Ha sido un disparo limpio. Hay que taponar esas heridas.

El mundo se me venía encima. No podía hacer prácticamente nada con la otra mano. Me sentía inútil... y un asesino, también.

- Necesitamos fuego. Date la vuelta, chico.- Cogí mi cinturón como pude, ayudándome de los dientes y se lo até a Silas fuertemente a la altura de la herida. Así no se desangraría de momento.- ¿Podrás hacerlo? El fuego, digo. Yo no puedo usar la yesca ni el pedernal. Usaremos un cuchillo al rojo para cauterizarte las heridas y después... tendrás que usar la punta para sacar la bala de Tristan. ¡Te necesito! ¿Podrás hacerlo chico?
 

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17/11/2017, 02:31
Silas Barton

Desesperado por ayuda, cuando el cabo se acercó estaba tan agradecido que ni pensó dos veces en hacer lo que el hombre le pedía y tomó el machete de Tristán para alcanzárselo, pensando que de alguna manera le ayudaría. Enorme fue su sorpresa cuando vio que se iba hasta un árbol y dejaba al médico con ellos. Parpadeó un par de veces, algo confundido, y miró a Robinson esperando sus instrucciones, siguiendo con la mirada como el hombre se arrodillaba junto a su amigo que no reaccionaba. Sin embargo, algo de alivio sintió al escuchar que solo se había desmayado, bajando un poco su tensión pero no su urgencia.

Obedientemente y sin decir palabra, abrió la ropa que cubría el torso a Tristán y le quitó el cinturón tal cual el hombre indicaba, volteándolo luego con cuidado, sujetándolo con sumo esfuerzo para mantenerlo de lado y luego bajándolo con la misma delicadeza a su posición original cuando el doctor había visto suficiente. En cada fuerza que hacía sus labios se fruncían por una molestia en su propio abdomen que a medida que bajaba la adrenalina empezaba poco a poco a convertirse en un dolor agudo, pero no era eso lo que le preocupaba, sino la ausencia de sangre en la espalda de su amigo. Aparentemente por la reacción del doctor, no eran buenas noticias.

¿Me han..dado? - frunció el ceño, confundido, bajando la mirada. Se movió para dejarle ver a Robinson la herida, recién consciente del escozor que sentía en su totalidad. Su mandíbula se tensó con un quejido de dolor y una de sus manos se fue a su herida. No había sido el rasguño que había pensado había recibido en el momento. - ¿Fuego? ¿Para qué? - preguntó preocupado, bajando la mirada a Tristán y luego subiéndola al doctor, esperando que hiciera algo más por él. Aún así se dio la vuelta y observó algo confundido como el hombre le ponía un cinturón sobre la herida. Al este cerrarse, Silas apretó los dientes con un gruñido. 

S-sí. Sí, claro que puedo. - reafirmó, sacudiendo la cabeza para concentrarse. Entre antes hiciera esto antes podrían sanar a Tristán, y como leñador, más de algún truco para encender una fogata tenía incluso sin yesca y pedernal como ayuda. Inmediatamente, se puso manos a la obra con las herramientas, intentando hacer fuego lo antes posible. Solo tenían que poner al rojo vivo un cuchillo... y luego quemarse... y luego acuchillar a Tristán para sacarle la bala... ¿y quemarlo a él también? - No pienses, tú haz el fuego. Tú sigue instrucciones, y haz lo que te digan. - se recordó, pues si seguía elaborando sería él el siguiente en desmayarse.

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18/11/2017, 17:30
John McBurney

Tras unos segundos de incertidumbre Jared abrió los ojos lentamente. El cabo sonrió con sinceridad al soldado dándole dos suaves palmadas en sus mejillas alegrándose por su despertar, había en su rostro un gesto de conmoción no habitual en él. - Vamos, saldremos de esta.

Miró a Jerry a continuación, asintiendo ante su saludo militar y extendió la mano dejando atrás cualquier atisbo de de orgullo para consigo mismo. - Descanse soldado. - La rama del árbol le libraría de ser una carga, sin embargo ahora necesitaba un apoyo extra para levantarse del suelo.

Apretó los dientes gruñendo para dentro. - Gracias O'Neil. - se incorporó. Hubo un silencio contemplativo entre ellos. McBurney pensaba inquieto moviendo sus ojos de un lado a otro, vigilante y nervioso. - En esta zona hay un par de plantaciones. - afirmó con seguridad.

- La rabia de esa mujer estaba justificada, tanto como mi placer al ver el sufrimiento en sus ojos e intuir la alegría de sus esclavos al saberse libres, espero. Era la señora del dueño de una gran plantación. Esta cercá, pero desconozco si los herederos de su fortuna siguen vivos ocupándose de su hacienda. Quizá se haya echado a perder, o quizá no. Cerca de aquí, hay otra plantación hermana, la de los Westwood. - pensaba en las opciones que tenían. La guerra había obligado al abandono de sus tierras a grandes señores, la pérdida de esclavos era destacable y una ruina completa.

- Jerry, ayuda a Jared a incorporarse. Voy a buscar a Robinson. - el tendido era el soldado más corpulento del grupo, pesaba una tonelada y probablemente necesitase el apoyo de varios para caminar. - Esta posición con los cadáveres nos convierte en un blanco fácil para nuestros enemigos. Tenemos que movernos ya y dejar atrás este lugar.

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18/11/2017, 18:52
The Beguiled

Las llamas encendieron al rojo vivo la hoja del cuchillo que empuñaba Silas. Siguiendo las instrucciones de Daniel el muchacho acercó la punta de la hoja a la herida de su amigo y camarada Tristan.

El mismo fuego quemó la carne y parte de la entrada de su herida sin que Silas pudiese profundizar de pleno hurgando en su abdomen para extraer la bala. El dolor y la quemazón sobresaltó al joven que yacía en el suelo y abrió los ojos de repente aturdido, reaccionando al contacto indeseado con el filo del cuchillo.

McBurney agarró del brazo a Daniel y fue claro, su orden era moverse y cambiar de posición. Por la seguridad de todos debían hacerlo. El médico acató la orden del hombre entendiendo que la curación de los heridos se posponía para otro momento después en un lugar distinto.

Silas ayudó a caminar a Tristan a pesar de la gravedad de la herida mientras que Daniel formó equipo con Jerry y ayudó a Jared.

Emprendieron el camino cansados hasta una zona más fondrosa y alejada del pantano a unos 500 metros. En un llano rodeado de verde dejaron sus pertenencias y acamparon provisionalmente. La arboleda ofrecía una sombra agradable sobre sus cabezas, haciendo más soportable el calor de julio.

El cabo miró a Robinson confirmando aquel lugar para atender las heridas de todos hasta que pudieran retomar de nuevo la marcha.

Sin embargo otra sorpresa les esperaba escondida entre los árboles...

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18/11/2017, 22:49
Isobella Davis

No era una tarde cualquiera. Las veces que tenía ocasión de pasear sola por el bosque sentía la necesidad de huir. La guerra se lo impedía, mantenía a las demás en su lugar pero ella se decía a si misma que no lo hacía por no disgustar a su padre, cumplida la mayoria de edad era libre. Seguía en la escuela porque nadie había ido a buscarla. Esperaba la llegada de su padre, algún día, cuando dejase de estar tan ocupado.

Falta poco, muy poco. Tu padre me confió tu educación, debes hacer que se sienta orgulloso de ti. Martha la animaba a seguir sus consejos reforzando la idea de que su escuela era el lugar más seguro donde una jovencita de su posición podía estar. La renta que percibía por aquella alumna fue de las más altas en sus comienzos.

Un error tan grave como escapar le costaría una humillación grave, la vergüenza de aquel acto sería impropio de una dama como ella y ganarse el perdón de su padre, quizá algo imposible. Un hombre como él no tenía la virtud del perdón. Y ella no estaba en disposición de exigir nada.

Las palabras de Edwina pidiéndole que volviese a la escuela en media hora resonaban en su cabeza. Todo parecía girar a su alrededor. En la escuela se sentía pequeña, y en mitad del bosque igual de perdida. Ningún espacio le pertenecía ni la identificaba. Aquellos pensamientos de huída sumados a la falta de noticias de su madre eran un tormento del que no conseguía librarse.

Por suerte aún tenía el permiso de Martha para pasear sola. En teoría su territorio estaba limpio de yanquis. Una patrulla de confederados solía visitar la escuela e informaba a la mujer sobre los avances del enemigo. La visita de cortesía era en realidad un trámite de control que ocultaba la amenaza implícita de expropiarle su mansión y convertirla en un hospital de campaña.

Perdió la noción del tiempo paseando por los parajes verdes, la soledad y el silencio roto por el canto de los pajáros era tranquilo y agradable. Alargó su paseo más de lo esperado recogiendo los boletus que Martha le había pedido. Mientras lo hizo cantaba en voz bajita una vieja canción que le había enseñado su madre cuando era pequeña.

El sonido inusual de unas voces masculinas la sorprendió de repente e inmediatamente su respiración se aceleró.

Dejó la cesta con cuidado escondida entre las raices de un árbol, dando unos pasitos hacia delante, asustada pero muy intrigada. Su naturaleza era curiosa y quería saber que había al otro lado.

Sus ojos se abrieron enormes observando tras su escondite de hojas verdes la escena dramática que vivían los soldados. No es asunto mío, son enemigos. Debo regresar. Un traspies tonto debido a una piedra inoportuna hizo que se cayese al suelo y el follaje de hojas tras el cual se ocultaba vibrase con su caída, siendo captado el movimiento extraño por McBurney.

- ¿Quién hay ahí? ¡Descúbrete ahora o atente a las consecuencias! - el cabo sacó su revolver apuntando rápidamente hacia el lugar señalado donde había caído Isobella.

- ¡No me haga daño! - gritó asustada. Se levantó del suelo reuniendo coraje y se sacudió la tierra de su vestido intentando calmarse. Creía que el corazón se le saldría del pecho dando pequeños saltitos al no poder controlar su propio latido por el terrible miedo que sentía. Salió tímidamente del escondite desde donde lamentaba haber cometido la imprudencia de espiar.

- Es solo una niña.- bajó el arma mirando contrariado a sus hombres. - ¿Qué hace sola paseando por el bosque señorita? ¿Vive cerca de esta zona?.

La joven asintió manteniendo los ojos abiertos. El temor que aún sentía por las palabras del cabo y lo que pudiese pasar con ella hizo que su cuerpo adoptase una posición rígida y una expresión de desconcierto en su rostro.

- Soy pupila de Miss Farnsworth, vivo en su escuela. - respondió educada a pesar del miedo.

- ¿Una escuela? - - al escuchar el apellido Farnsworth el cabo frunció gravemente el ceño. ¿La plantación de aquella familia se había convertido en una escuela? Instintivamente miró a Silas y Tristan. - Como ve, necesitamos ayuda. Y le agradecería por caridad cristiana, que no nos deje aquí. No somos peligrosos, le doy mi palabra.

La joven se quedó sin habla, no sabía como reaccionar a su petición de socorro. Ni siquiera había reparado en las heridas de los presentes, y cuando lo hizo se asustó de nuevo. - Es imposible, no puedo ayudarles.

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Próxima actualización: Martes 21.