Tras asegurarse de que ambos primarcas están solos, Aegror coge su máscara de uno de los muchos compartimentos que lleva su armadura, se quita el casco picudo estándar de su legión y se pone la suya habitual.
Saludos, hermano. Lamento el subterfugio pero algo me dice que ha sido muy necesario -dice mientras mira a su alrededor-
Aquí estoy, me veo obligado a decirte que he oído cosas de las conversaciones que has tenido antes con tus hijos, espero que no sea un problema. ¿Deseas hablar ahora o quieres que vayamos a otro lugar?
No respondí inmediatamente, en su lugar, tanteé en un teclado y comenzaron a proyectarse unas imágenes.
En ellas se veían astartes y humanos normales con manchas como la que llevo en la cara, algunos apenas mayor que unos nevus otros ocupando gran parte del cuerpo. Después comienzan a aparecer diapositivas de distintos avances de la mancha hasta que en algún momento cambian.
Me dejé examinar por Aegror y me palpé la cara —a mi no me afecta —me encogí de hombros, —padre hizo un gran trabajo y parece que mi cuerpo la mantiene a ralla, pero a otros... creo que incluso podemos ser portadores, no tengo pruebas de ello, pero hemos tenido algunos astartes enfermos a años luz de distancia de aquí. He probado a sustituir miembros por partes mecánicas pero no sirve. De alguna manera se envía información al cerebro... —paré el video que seguía reproduciéndose.
—Así que mi principal objetivo es la curación. O al menos mantenerlo a raya. No negaré que podría ser un arma efectiva, pero al menos en el actual estado, en el cuerpo de un astarte tarda años en provocar algo. Una vez conseguido ese objetivo, estoy dispuesto a escuchar —.
Los disparos resonaban en las cuevas de Laeran. Eran profundas, pues, según las lecturas, el planeta había estado cubierto de océanos hasta hacía poco. Los xenos parecían capaces de alterar la climatología a capricho, y así seguir progresando en sus demenciales evoluciones.
Eon había conducido a las Bestias de Bronce hasta la ciudadela más grande de los alienígenas. Allí habían arrasado con todo sin dejar piedra sobre piedra. Retoños serpentinos, huevos y reliquias. No quedaría nada de los laer cuando los Corsarios Estelares terminaran su trabajo.
El primarca en persona había echado abajo su templo principal, y había quebrado con la rodilla una espada de aspecto místico que los laer parecían adorar. La joya engastada en la empuñadura había caído y rodado hasta las sombras, donde brillaba con una luz hipnótica mientras el Príncipe Corsario admiraba su obra. Su exterminio. Se alzaba sobre los cadáveres de cientos de ofidios monstruosos que ni siquiera se habían defendido, demasiado ocupados como estaban en copular para fabricar más guerreros. Tempestad los había despedazado a todos.
-Justo a tiempo para V´run, ¿no es así?
Eon se giró para toparse con una visión arrancada del pasado.
Aliathra, con sus ropas de granjera y la capucha echada sobre el rostro, paseaba por la caverna. Tenía los ojos violáceos que el Corsario recordaba, los mismos pómulos altos, el mismo cabello rojizo. La misma sonrisa misteriosa.
-¿Qué eres? –preguntó el primarca.
La imagen de la mestiza sonrió. Hablaba con su voz y olía a tierra, a lluvia y a flores como ella, pero no podía ser ella. Ella estaba muerta.
-Soy un regalo, una visión enviada por el Sha´eil. Mis amos pensaron que este rostro te resultaría más agradable de ver que otros.
“Y más inquietantes”. Quien fuera que estuviera haciendo eso quería meterse en la cabeza de Eon. El Príncipe Corsario se mantuvo alerta.
-Di lo que tengas que decir, heraldo.
Los ojos de Aliathra brillaron como solían brillar.
-¿El pirata sigue empeñado en acudir a Tempestus a luchar contra los viles orkos?
-Sí
-El pirata sabe que no hay nada de su interés en Tempestus, ¿verdad?
-Mis hermanos. Tal vez las respuestas sobre la XX y…
-La XX no existe; la arrancasteis del Imperio tú y el resto de lacayos del Emperador –sentenció el ser con el rostro de Aliathra-. Y tus hermanos… ¿cuál era tu lema, Eon de Sycorax? ¿Qué preguntaste al Caballero cuando quiso reclutarte?
Eon no respondió. Lo recordaba bien: “¿Y qué gano yo con eso?”.
-Juegas a ser el príncipe del Emperador. Tan galante como tu hermano Duncan, tan arrojado como la Montaña. Concilias al Segador y al Tiburón para que sigan cargando con el peso de las guerras que no les interesan; eres amable con el Altar de Guerra y con el Señor de las Máscaras y consigues que su aprecio por ti les haga superar sus diferencias. Olvídalo, Eon de Sycorax: nunca serás Señor de la Guerra.
Eon sacó la pistola bólter del cinturón y apuntó a la imagen que llevaba tan hondo.
-No tengo interés en ser Señor de la Guerra, heraldo. Ni tengo interés en tu palabrería.
-Tus hermanos se engañan entre ellos, Corsario; tú te engañas a ti mismo. Deseas ser Señor de la Guerra; deseas una posición que te permita construir una Galaxia mejor; deseas creer que es posible.
El primarca amartilló el bólter.
-Último aviso, demonio –la palabra acudió sola a sus labios.
-No te dejarán, Eon de Sycorax. No eres más que un pirata. ¿Crees que tus hermanos lo olvidan? ¿Crees que el Emperador lo hace? ¿Quién te elegiría a ti en vez de al noble Nimrod Arcturus? ¿Eres más cercano a Su luz que Radius? Eres el último de una hermandad podrida. Serás el siguiente en ser purgado. Sólo tú has sido lo bastante orgulloso como para olvidar quién eres. Y el orgullo precede a la caída.
El disparo disolvió la cabeza de Aliathra en una neblina multicolor. El cuerpo que el primarca había amado tanto, el de su amiga la mestiza, desapareció como si nunca hubiera estado ahí.
Varios astartes de su escolta entraron en la caverna, sorprendidos por el disparo.
-¿Señor? –preguntó uno de ellos.
El Príncipe Corsario miró al marine espacial. “Los odio a veces”, había dicho a Ark´sul. Tardó en contestar. Pensó en lo que le había dicho la aparición, en sus motivos para decir lo que había dicho. No era un idiota supersticioso que se dejara engañar por fantasmagorías. Pero...
Sintió que le ardían lágrimas en los párpados cuando dijo:
-Cancelad las órdenes de la flota –ordenó-. No iremos a V´run.
-Señor, ¿puedo…?
-No puedes, hijo mío. Hoy no.
Un nuevo mundo.
El planeta estaba muerto, pero no del tipo que en el que ha dejado de existir la vida, sino del que es directamente hostil a cualquiera que pise su superficie y provoca que tu mismo cuerpo se vuelva contra si mismo. Es por ello que nadie de los Robles Eternos había conseguido poner un pie en tierra sin al menos sentirse mareado, ni tan siquiera Nicola fue la excepción, pero aún así terminó pisando aquel planeta.
Todo a sus ojos era gris, denotando que incluso los colores se habían esfumado. Las montañas se habían erosionado hasta convertirse en pequeños altiplanos. Los ríos y lagos no eran sino sutiles depresiones del terreno. El aire extañamente inexistente, la atmósfera opresiva, mientras que un silbido en el límite auditivo era una horrorosa constante que provocaba jaquecas.
Sin embargo, aquel lugar había tenido vida, ruinas de antiguas ciudades lo atestiguaban, pero si sus habitantes habían provocado el estado actual del planeta o habían consumido por este, era una incógnita perdida en la historia. Y entre ellas, una única estructura piramidal que permanecía imperturbable al paso del tiempo. Era del mismo gris apagado que el resto del planeta, inmensa y a diferencia de las antiguas deformaciones del terreno o ciudades, parecía intacta.
Ese era el motivo por el que Nicola había decidido bajar. Los sensores eran incapaces de penetrar en su interior y parecía no tener ninguna obertura o recoveco en su superficie, tal y como Nicola pudo comprobar, sin embargo, era la característica más destacada de todo el planeta, de ahí que fuera necesario investigarla y que la Montaña, posara su mano desnuda en ella.
A pesar de que todos los primarcas habían sido creado con los genes del Emperador, Nicola nunca había sido un psíquico potente, hecho que tampoco se había molestado en entrenar, pero aún así tenía unas ligeras capacidades empáticas y precognitivas, las cuales siempre le habían ayudado a detectar al enemigo, de ahí que se decidiera a posar su mano sobre la lisa superficie de aquella estructura...
Rodeado de libros y mapas, algunos holográficos y otros en papel, Aegror se encuentra en un despacho en forma circular, con grandes ventanales que permiten ver en todas direcciones.
A través de los cristales se ve Otomo, antaño planeta prisión considerado poco más que un paso en el camino, un planeta para muchos (incluído su hermano Hantei, que lo vendió) indigno. Escoria humana en un hábitat casi muerto.
Tras una temporada bajo su control, Otomo es hoy un planeta que haría envidiar incluso a los mundos cercanos a Terra. Una verdadera joya en el Imperio de la Humanidad, testimonio de las capacidades de organización de un primarca que siempre se ha sentido más cómodo entre humanos que entre los suyos. El proyecto ha sido tan sencillo como titánico: dividir a los presos en diferentes grupos, y después asignarles una función adecuada. Miles de millones de personas catalogadas individualmente para después ser trasladadas a donde más necesarias fueran, incluso fuera del planeta si era necesario. Algunos han acabado en Drora, su planeta adoptivo. Otros en Catachán, donde sorprendentemente están desarrollando una fuerte identidad de grupo y disciplina debido a las hostiles condiciones de la fauna y flora local. Las capacidades militares y económicas de los planetas bajo el control del primarca están fuera de toda duda... y sin embargo en su mente no hay orgullo, sino decepción.
Aegror lleva décadas sintiendo que algo se le escapa. Sintiendo que, a pesar de su enorme conocimiento, hay una pieza del puzzle que le evade constantemente. Esa era su razón para explorar Última. En su interior algo le decía que en alguno de esos planetas, probablemente en algunas ruinas alienígenas, en algo muy, muy antiguo, encontraría la respuesta.
Desgraciadamente las cosas no han salido nada bien. Lo primero y más importante, la ineptitud de sus hijos a la hora de explorar la galaxia. El rendimiento de los Portadores ha sido muy deficiente en ese aspecto. Es cierto que no son unos exploradores consumados, pero Aegror duda de que haya habido alguna otra legión con menos éxito en ese aspecto. Después otros problemas, la competición con sus hermanos, el imperio orko de Ullanor... da la sensación de que todo estaba en su contra desde el principio y que por mucho que se hubiera esforzado los misterios de Última iban a permanecer ocultos.
Muy pronto su Padre elegirá un Señor de la Guerra y entonces los objetivos individuales serán cosa del pasado. Mientras observa la renovada colmena de Otomo desde su ventana, un pensamiento cruza su mente. ¿Su fracaso será una derrota o una victoria? Aegror no es un ingenuo, sabe que ciertos conocimientos es mejor que nunca sean descubiertos, o que se descubran a su debido tiempo, puesto que si se aprenden ciertas cosas cuando no se está preparado las consecuencias pueden ser horribles.
¿Morirán billones de personas por mi fracaso, o por el contrario he salvado a la humanidad sin saberlo? El primarca formula la pregunta en voz alta, como intentando darle sentido a algo que obviamente no puede responder.
Con una última mirada a su renovada colmena, Aegror se encoge de hombros y vuelve a sus libros. Pasará lo que tenga que pasar, y darle vueltas no va a cambiar nada. Por formidable que sea un primarca, es insignificante comparado con los misterios del Universo.
"...polvo de estrellas...", dice recordando una antigua conversación.
Leucas escuchó atentamente las palabras de su hermano y se tomó su tiempo para pensar una respuesta, aunque no tanto como debería haberlo hecho.
- Tonterías...- Fue lo que salió de su boca. Parte de sí intentaba convencerse a sí mismo. la 20va había sido purgada quería creer. Aunque comprendía la paranoica sospecha de su hermano; eventos recientes mostraban evidencia de maquinaciones nefastas ocurriendo a sus espaldas. Pero Leucas lo atribuía a piratas espaciales y escoria galáctica que intentaba obtener algún beneficio de la horda verde.
- Tienes... pruebas... de lo que dices?-
Esta vez sí, las tropas se desplegaron sobre Qorriban. Uliq les acompañaba. Hicieron un vuelo rápido y esperaron la informacion de las sondas.
—Esta arrasado señor, ni especies inteligentes ni posibilidades de cultivo —informó el oficial al mando de la comunicación.
—Como esperábamos, bombardead el cuadrante X45. Quiero 100 kilómetros cuadrados libres y luego desplegad los Grakt. Después probar el prototipo Fax mentis, y luego desplegad las tropas —Uliq miró en su brazo, —es la hora de atender al Consejo. Aterrizad —.
-Sé que un depredador consigue que sus presas se confíen antes de atacar. Nunca viene desde donde las presas lo esperan. He visitado mil planetas, Araña, y la máxima siempre es la misma: la presa cree que tiene todos los ángulos cubiertos; cree que no se le ha escapado nada... y de pronto está muerta.
Eon sacudió la cabeza, pensando en el pasado.
-No creo que Nicola tenga imaginación suficiente para mentir -dijo-. Creo que él cree que vio lo que nos ha contado. Pero la Montaña es demasiado sólida, demasiado densa. Yo soy de otra esencia. Y viví aquellos años, hermano. Si existe una mínima posibilidad de que la XX siga ahí fuera... debemos asumir que es así. Debemos cerrar filas y vigilar, o nos devorarán cuando salten sobre nosotros. Kamaeleos... era un hermano peligroso.
¿Te apetece que abramos otra escena más "reciente"? He tenido una idea guay :)
-La palabra de un pirata -rió Eon-. Supongo que no es mucho para ti, Tiburón.
Le alegraba pensar en lo próximos que se habían vuelto. No hacía tanto, el Corsario habría considerado a Leucas un hueso, un enemigo. Ahora era uno de sus hermanos más cercanos.
-Mi isntinto es el de un forajido, hermano. No el de un guerrero, no el de un cazador, no el de un príncipe. Soy un granuja y siempre seré un granuja. Y aunque Padre me condecore mil veces y me entregue cien títulos, todo es charada. ¿Guardián de Sycorax? ¿Gran Duque de Tanith?...¿Libertador de J´run? No sé... pienso a veces que soy un impostor, que es todo teatro.
Sacudió la cabeza y miró a los Leviatanes jrunitas.
-Claro que cuando veo las consecuencias, la recompensa... es diferente. Aún así, haz caso a este granuja y a su intuición: algo no encaja. Una vieja herida infecta el Consejo y gangrena nuestra hermandad. Hay que encontrarla... y amputarla.
- La palabra... de un Pirata...- Repitió, para sí mismo. Leucas se tomó unos segundos para considerar lo que le decía su hermano. Su único argumento era su instinto y experiencia. Y, a veces, eso era suficiente.
- Se necesita uno... para reconocer a uno, eh?- Medio bromeó.
Leucas suspiró. - Digamos... que te creo. Qué propones hacer?-
Eon sonríe. El subterfugio no le sorprende, no mucho. Esperaba un truco ingenioso por parte de su hermano enmascarado, y no le ha defraudado.
-Señor de las Máscaras. Más ubicuo que Radius -bromeó-. Podemos hablar aquí. Me quedan tan pocos hijos que creo que es justo que confíe en ellos, ¿no te parece? Y tus picudos doctores siempre me han parecido hermanos e hijos leales. Así, si nos miran ojos humanos, podremos fingir que eres un apotecario que acude a consultar un procedimiento a un primarca amigo.
Siguió mirando el vacío.
-¿Qué estamos haciendo, Aegror? Hace décadas de Avelorn, y sigo con las mismas dudas, las mismas tribulaciones. Y con otras nuevas.
La Roca de Gowrie interceptó la transmisión en la órbita de V´run. Una nave pequeña, menor que una fragata, se dirigía hacia la flota de los Señores del Relámpago y conocía los suficientes protocolos como para no ser atacada. El piloto era uno de los mejores que los capitanes de la V hubiesen visto. Sorteaba las baterías de defensa y las naves ancladas con una facilidad insultante. Si Duncan no hubiera estado tan dolido después de aquel desastre, seguramente habría lanzado un par de carcajadas.
La transmisión fue tan desconcertante que los mandos de la Roca acudieron al primarca en persona:
Aquí Illiyan el Joven Halcón, comandante de los Harakht de la XVI Legión. Solicitando permiso para aterrizar en los hangares de la Roca con el propósito de desembarcar civiles. Espero indicaciones, cambio.
Los Harakht eran los pilotos de élite de Eon, los mejores en una legión que destacaba por sus pilotos. Si el comandante estaba allí en vez de junto a su señor... no podía ser bueno.
Qyl-Aman es una fortaleza disparatada, pero sin duda muy dura de roer. Se encuentra en el cinturón de asteroides conocido como Arrecife de las Hermandas Fatídicas. Por todas partes flotan restos de naves (imperiales en su mayor parte) destruidas en batalla. Las formas nebulosas de inmensos depredadores tentaculares se insinúan en la oscuridad del vacío, y sin duda Eon, el astuto Eon, tiene todo tipo de sorpresas desagradables escondidas.
La ciudadela en sí parece un pecio, construida aprovechando cascos de naves y todo tipo de materiales. Se han ido añadiendod efensas y nuevos espacios conforme las necesidades de la legión crecían. Ahora, Qyl-Aman es tan grande como una pequeña luna artificial, y se ha convertido en un bastión del Imperio... o tal vez no.
Vulkor ha conseguido introducirse como polizón en la pequeña nave comercial que le han indicato los Corsarios "lealistas" (aún se resiste a usar esa palabra, ¿significaría que Eon es un traidor, como los otros, como Artanius?). Accede a los hangares sin problemas. Es imposible no fijarse en las nuevas naves que se están fletando. Malvado Kraken, Fauces del Abismo, Agonía de la Luz... nombres poco halagüeños. Vulkor tiene que encontrar a su hermano cuanto antes.
Explicalas entonces, Eon. Da forma a tus dudas. La voz de Aegror es neutra, expone un hecho, nada más.
Nuestra conversación no tuvo consecuencias en Avelorn, no hubo mala sangre ni juicios ni acusaciones... ¿por qué debería haberlos ahora? ¿qué has descubierto en tus viajes, explorador, para explicar todo esto? En las palabras del Portador no hay acusación, sino más bien una mezcla de curiosidad y pena.
Aquello había sido un desastre a todos los niveles. Duncan era el único de los Señores del Relámpago que había regresado. Dos capítulos enteros, aniquilados hasta el último de ellos. Pero eso no era lo más doloroso. Lo peor era la sensación de engaño y traición que le embargaba. Eon... Puede que no todos sus hermanos le comprendieran o apreciaran, pero Duncan se tenía por alguien comprensivo y cercano. Y creía, verdaderamente creía, que había alcanzado al Rey Pirata, que había conseguido su confianza, si no su afecto.
Pero todo ello había demostrado ser falso, a juzgar por lo ocurrido.
Se encontraba en el trono de mando, sumido en esos pensamientos, mientras los apotecarios de la legión le restañaban algunas heridas, aunque sin duda su fisiología de primarca le sacaría adelante sin problemas. Más aún contando con que el propio primarca peleaba como un demonio enloquecido, poco menos que un ente de pesadilla, aunque no muchos hermanos lo hubieran visto o le creyeran capaz de tal cosa en función a su buen talante. Pero pocos pieles verdes habían tenido el privilegio de durar más de un par de segundos ante su hoja.
Aunque sobre lo que volvía una y otra vez, era que la peor herida no se la habían infligido los orkos. Y sumido en esos negros pensamientos se encontraba cuando las alarmas saltaron, junto con una comunicación. Una nave, una solitaria nave, de los hijos de Eon. Solicitaba permiso para aterrizar. Por un momento se vio tentado a ordenar que se le denegara, o incluso que le avisaran de que abrirían fuego si no se retiraba inmediatamente.
Pero traía civiles. O eso decían. Y Duncan no apreciaba el hecho de matar civiles indiscriminadamente, no cuando había otras soluciones. Además, quizás esos astartes tendrían respuesta a por que no habían acudido a la batalla.
-Dadles permiso-ordenó secamente, esperando a que transmitieran las ordenes a aquel piloto. Después, añadió-desplegad dos compañías en el hangar que se les ha asignado. Armas cargadas y ojos abiertos. No seré engañado una segunda vez-añadió, para levantarse después del trono de mando y desplazarse él mismo al lugar convenido. Al fin y al cabo, lo único que quedaba por coordinar era la llegada masiva de naves cargadas de los cuerpos sin vida de sus hijos. Perfectamente podrían encargarse sus capitanes de ello.
El navío entra con suavidad en el viente de la Roca. Es un pequeño carguero comercial, poco más que un motor de disformidad anexado a una bodega y unos camarotes. Sin embargo, transmite códigos como si se tratara de un crucero de batalla astartes. De hecho, los espíritus máquina entran en pánico durante un momento, pensando erróneamente que una nave similar a la Roca va a intentar aterrizar.
El Joven Halcón es el primero en descender por la rampa. El apodo resulta desconcertante, pues se trata de un marine espacial de aspecto anciano y mellado. Según dicen, fue miembro de la misma banda a la que pertenecía Eon antes de ser encontrado, aunque entonces no era más que un niño. Algunos piensan que es un psíquico latente y que sus reflejos casi sobrenaturales podrían deberse a unos poderes durmientes. Sea como fuere, es uno de los miembros del círculo interior del Corsario, uno de sus amigos de confianza.
Y viene solo, y tras él sólo hay un centenar de personas. Rememoradores, civiles varios, iteradores, alguos hombres y mujeres con insignias del Ejército o la Flota.
El Halcón no se inmuta ante el recibimiento, se limita a plantarse frente a Duncan y a arrodillarse con gesto respetuoso.
-Os agradezco el voto de confianza, mi Señor de la Tormenta. Sabe el Emperador que no hemos sido dignos de ella.
-No es una cuestión de mala sangre, Aegror. No tengo miedo de que no me comprendas -sonrió. Si tenía amigos entre los primarcas, desde luego el Señor de las Máscaras era uno de ellos. Él, El Alegre Duncan, la Araña, El Gran Tiburón, incluso el taciturno Vulkor. Unidos a él por algo más importante que la sangre-. Tengo miedo de que lo hagas, de que me digas que tengo razón.
Miró el rostro cubierto de su hermano.
-La guerra en Laeran me ha costado muchos hijos. Miles. Apenas me quedan hijos de Terra, Júpiter o Luna, el antiguo corazón de la XVI. He perdido a casi todos los jrunitas que me unieron a Leucas y a sus Leviatanes. Estoy reclutando a tantos en Tanith que el mundo corre peligro a medio plazo, y Sycorax envía tantos reclutas como puede. Reclutas como mis antiguos hermanos de la casa de mi madre; hijos de campesinos, granjeros y pescadores; habitantes del vacío que nunca han puesto un pie en un suelo de tierra; huérfanos de las ciudades; ladronzuelos; pillos como yo... niños a los que convierto en gigantes con mi sangre pero que siguen siendo niños. Niños a los que entrego un bólter y lanzo a la batalla.
Sonrió con tristeza.
-¿Este es el sueño de padre? Me diste esperanza en Avelorn. Tú y Duncan siempre me habéis hablado del valor final de nuestro sacrificio, de que llegará un momento que podamos ser otra cosa, ¿aún lo crees? Esta Cruzada está durando demasiado. Cualquier idealismo, cualquier luz que lleváramos con nosotros ahora sólo son fogonazos de cañones y el hambre de un Imperio que quiere alimentarse de más planetas. ¿Por qué han muerto tantos de mis hijos Aegror? Yo no los pedí y aún así me los dieron, ¿qué clase de padre soy si durante esta Cruzada sólo les he llevado a la muerte para seguir cebando a este Imperio?
Eon rió.
-En efecto. Aunque puede que sólo esté viendo lo que espero ver, ¿no es así?
¿No había un antiguo dicho terrano que decía algo parecido?
-No sé que hacer, Leucas. He propuesto el ataque sobre V´run para intentar concentrar a tantas legiones como sea posible y así poder estudiar su comportamiento. No irán todas; no ahora que Padre les está tentando con Ullanor. Es la excusa perfecta, supongo, si quieres verlo así. Sin embargo, ¿quiénes van? Aquellos en quienes más confío. Tú, Ark´sul, Vulkor, Aegror, Duncan, el Segador... no tiene sentido, sé que no sois traidores. No sé qué hacer. La operación escapa a mi control cada vez que la Araña habla de coordinar ataques a sistemas de distancia, ¿cómo voy a vigilar el Consejo si este está disperso por medio Segmentum? ¿Y si el descubrimiento de Ullanor ha sido un acto de distracción? Puede haber infiltrados en el Templo Vanus, o en la Flota; ya encontramos muchos la última vez. Puede que el palacio esté lleno de espías que nos hagan bailar a su son. Puede que la propia corte... puede que la Guardia Custodia... puede que...
No lo dijo. No se atrevió a decir el último nombre.