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La Edad de la Inocencia (+18)

• Prue Lascelles •

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11/02/2016, 02:00
Prue Lascelles

Hospital Foundling, Whitechapel, 02 de abril de 1880

Cuanto más se penetra en Whitechapel, más se hunden los corazones. ¿Se trata de Londres? Nunca en Rusia, nunca en los peores tugurios de Nueva York se puede ver tal pobreza como en el Londres de la década de 1880. Cuando inmigrantes y habitantes de los pueblos llegaron a Londres imaginaban algo distinto. Habían dejado atrás la mediocridad y la pobreza del pueblo en que se habían criado, ya fuera en la costa de Cornualles, en Irlanda o en otra parte del mundo. Habían viajado hacia la promesa de una vida mejor, con fábricas para trabajar, avenidas grandes, rodeado de gente cosmopolita, a un mundo de posibilidades que se abrían ante sus ojos y que les ofrecían una vida mejor.

Pero entonces descubrieron que no era así y se vieron pobres, incluso más que antes. Aquellos con suerte, se convirtieron en un obrero explotado, pero de todas formas no son más que un animal más en la jungla del East End. Las pequeñas calles oscuras y ramificadas de Whitechapel concentran la mayor parte de la suciedad y la delincuencia. Llega el olor de los mataderos, del pescado frito rancio que venden en las esquinas, el del sudor de las mujeres que el perfume de violetas no consigue disfrazar, el del alcohol. El del miedo y el abandono.

Y en medio de toda esa podredumbre y decadencia existen quienes se esfuerzan por brindar un rayo de esperanza, una luz en medio de tanta obscuridad. El  Hospital Foundling era uno de ellos. Una modesta vivienda de dos plantas albergaba entre sus desgastados muros a un pequeño grupo de niños y niñas cuyas edades oscilaban entre los dos y trece años, brindándoles alimento y cobijo, pero sobre todo cariño.

La abnegada y desinteresada obra de Miss Adams había conseguido, a lo largo de los casi diez años que el lugar llevaba funcionando, conseguir el respeto y ayuda de los habitantes de Whitechapel, trascendiendo su labor las fronteras del East End. 

El orfanato se mantenía gracias a la caridad que recibían, además de los trabajos de costura que Miss Adams con la ayuda de las voluntarias hacían. Los fondos de que disponía habían mejorado bastante el último tiempo, recientes donativos, muchos de ellos de carácter anónimo, les estaban permitiendo mejorar considerablemente las condiciones del lugar, pudiendo permitirse incluso el recibir a más niños. Prue se había convertido en la mano derecha de la mujer y dedicaba gran parte de su tiempo libre a conseguir más fondos. No siempre tenía éxito, pero últimamente la suerte parecía sonreírle.

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11/02/2016, 02:30
Prue Lascelles

La risita de Prue, causada por la advertencia de Louis, resonó como un suave eco en la sala, siendo casi inmediatamente opacada por el sonido de la puerta al cerrarse.

[color=#03442C]-Como Prue le habrá comentado[/color] -dijo Henry no dando tiempo a distracciones-[color=#03442C], estaré por lo menos dos semanas en Londres, pero podría prolongar más mi estadía de ser necesario. Puedo dirigir mis negocios en Essex desde aquí sin problemas, así que en principio ella seguirá acompañándome cada vez que nos reunamos. Eso sí, será necesario que visitemos su oficina, la empresa para ser exactos, y observar cómo ésta funciona. Necesito determinar si los recursos se están utilizando correctamente o se está perdiendo dinero por una mala administración de los recursos[/color] -explicaba Henry-[color=#03442C]. La ventaja de que Prue me acompañe es que ella, por ser mujer, va a ser ignorada al no representar una amenaza. Jamás van a imaginar que una mujer, tan joven además, entienda de costes de administración, producción y ventas. Ella va a poder pasearse tranquilamente y observar, cosa que ni usted ni yo podríamos hacer tan libremente. De existir una o más personas que deliberadamente no estén haciendo las cosas como corresponde, porque se están beneficiando de ello, malversando fondos, vernos los pondrá sobre aviso y mientras estemos presentes todo va a ir a la perfección, serán un ejemplo por lo bien que hacen las cosas, pero aquello será cuestión del momento y con la única finalidad de no ser descubiertos.[/color]

Y mientras Henry explicaba cuál iba a ser el estratégico papel de su prima en lo que a la contabilidad se refiere, Prue se reunía con Daisy y George en la cocina. El mayordomo, al verla llegar, dejó rápidamente el periódico a un lado y se puso de pie, lo mismo que la mujer que en ese minuto disfrutaba de una taza de té.

-Oh, no, no, no, por favor Daisy, termine su té, yo puedo volver después.

Pero Daisy se negó y algo en su mirada, o quizás fuera en el tono de voz, le hizo ver que mejor era no contradecirla. La mujer, sabiendo cuál era la razón por la que ella se les había unido, y habiendo dispuesto todos los utensilios e ingredientes necesarios para la elaboración de los pastelitos, fue explicándole el paso a paso de la receta. No obstante, como Prue era de las que prefería hacer las cosas por ella misma, porque decía aprender mejor haciendo que viendo, no tardó en tomar las riendas de la preparación bajo la atenta mirada de Daisy que le iba dando las instrucciones.

Los minutos fueron pasando y poco a poco la cocina se fue llenando de risas, mismas a las que incluso George, que bastante serio se veía, se había sumado. Daisy, con toda la discreción que fue capaz, preguntaba a la joven acerca de ella, qué hacía, dónde y con quién vivía, hace cuánto había conocido a Louis y un largo etcétera que ella no tuvo problemas en responder, sólo que, a excepción de lo referente al orfanato, no ahondó en detalles. Si Daisy esperaba que la joven le contara las cosas con pelos y señas, de seguro se habrá sentido bastante decepcionada.

Casi treinta minutos, si no es que un poco más, la joven estuvo con ellos en la cocina. Así como Daisy se había mostrado interesada en saber cosas de Prue, la joven había hecho lo mismo respecto a Louis, divirtiéndose con algunas historias de infancia o con las expresión de Daisy cuando ella dijo saber de la dama a la que Louis supuestamente hizo llorar mientras tocaba el piano.

-Bueno, mejor regreso con ellos, ya llevo demasiado aquí -dijo poniéndose de pie-. Muchas gracias Daisy, es usted una excelente maestra -miró a George-. Gracias a los dos en realidad por permitirme abusar de su tiempo.

En tanto, en el salón, la reunión de negocios parecía haber finalizado y eran otros los temas de los que ahora se hablaban. Afuera, el cielo plomizo de Londres se había convertido en una negrura fría, mezclado con un vendaval. Cuando Prue regresó, el primer trueno sonó fundiéndose con el sonido de la lluvia que comenzaba a caer.

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12/02/2016, 02:26
Louis Kindelanver

Para cuando Prue regresó, con ese trueno que parecía anunciar su llegada, entre los dos hombres, encima de uno de los sillones, había una pequeña montaña de documentos que habían estado ojeando por encima. Sin embargo, ya los asuntos de negocios habían llegado a su fin y en ese momento era el clima londinense el que se había adueñado de la conversación con aquella tormenta.

—...es la lluvia, pero ciertamente el clima de esta ciudad me parece el más agradable. Aún con las tormentas —decía Louis en ese momento, deteniendo sus palabras para llevar sus ojos a la puerta por enésima vez desde que se cerrase rato atrás. 

Parecía satisfecho después de la reunión con el señor Dashwood. Había resultado un hombre inteligente, capaz y agradable. A Louis le había dado la impresión de que sabía perfectamente lo que hacía y eso lo hacía sentir seguro al poner sus asuntos en sus manos. Contempló a Prue y una pequeña sonrisa apareció en sus labios al pensar en el papel que su primo había reservado para ella. Encontraba cierta morbosa diversión en volver contra ellos ese desdén hacia el género femenino que tan absurdo le resultaba, aprovechándose precisamente de sus prejuicios. 

El salón estaba ya iluminado solamente por la luz artificial del interior, pues por los ventanales podía verse el cielo oscuro, enturbiado por la pátina de lluvia que emborronaba la visión. Los árboles y arbustos se mecían con fuerza impulsados por el viento y en determinado momento las zarzas del jardín fueron visibles en una imagen tétrica gracias al flash de un relámpago.

Louis se puso en pie, aunque esperó hasta que Prue se hubo reunido con ellos para dirigirse a ella.

—No me he olvidado de lo que le prometí —afirmó, enarcando levemente las cejas—. ¿Quiere que le muestre la biblioteca?

Miró también a Henry, para incluirlo en aquella oferta, aunque era claro que la principal destinataria era ella. 

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12/02/2016, 03:21
Prue Lascelles

La visión del sombrío jardín iluminado fugazmente por el relámpago capturó su atención y, como hipnotizada por ésta, sus pasos la dirigieron hacia la ventana. La voz de Louis la arrancó de ese mundo onírico al que su mente la había transportado al pensar que en una noche como esa, uno de los protagonistas de la última novela que leyera, había dado vida a su creación.

-Sí, por favor... me encantaría -respondió con una sonrisa y miró a su primo- ¿Vienes Henry?

Su primo, que también se hallaba de pie, se llevó la mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó una pitillera.

[color=#03442C]-La verdad es que deseaba disfrutar de un cigarrillo [/color]-respondió abriendo la pequeña caja metálica, dirigiéndose luego a Louis-[color=#03442C], pero si a usted no le molesta que fume en la biblioteca, los acompaño.[/color]

Prue no dijo nada, pero la expresión de desagrado en su rostro fue evidente; no le gustaban los libros impregnados con el olor del tabaco. Pero esos no eran sus libros, mucho menos su biblioteca, así que de Louis dependía el aceptar o no.

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13/02/2016, 00:44
Louis Kindelanver

Louis no se perdió el gesto en el rostro de Prue cuando su primo mencionó el tabaco, aunque no sabía si éste se debía al hecho de que su familiar fumase o si era por hacerlo cerca de los libros. En cualquier caso, asintió al señor Dashwood al dirigirse a él. 

—En la biblioteca en sí lo cierto es que prefiero que no se fume. Yo no fumo y a Edith no le gustaba que sus queridos libros oliesen a tabaco. Podríamos decir que me traspasó esta manía. —A pesar de que aquellas palabras parecían una negativa, era evidente en su tono que había algo más y así siguió hablando. —Pero la biblioteca tiene un pequeño salón para fumar anexo que seguramente le resulte cómodo. 

Y tras decir aquello se puso en marcha, guiando a sus invitados hacia la estancia que probablemente fuese la más cuidada de toda la mansión. No era difícil discernir que aquel lugar era el preferido del actual dueño de la mansión, pues en su mirada había un leve brillo de orgullo que se mezclaba con nostalgia al contemplarlo desde la puerta.

La biblioteca estaba en la planta baja, era amplia y su techo alto, pues ocupaba dos pisos. Dos de las cuatro paredes de la parte inferior estaban cubiertas por estanterías llenas de los libros que los Kindelanver habían ido acumulando durante varias generaciones. Otra de ellas tenía una cómoda y un minibar en el que prepararse algo de beber mientras se disfrutaba de la lectura. Sobre ambos muebles había un par de cuadros. La última de las paredes tenía un ventanal que daba al jardín trasero, en la fachada opuesta a la del salón que antes habían visitado. 

Un sofá, dos sillones, una mesa baja y un escritorio de más altura conformaban el mobiliario de aquel espacio, al fondo del cual podía verse una puerta y una escalera de caracol que llevaba hasta la parte superior en la que las tres paredes que no daban a la calle estaban cubiertas de estanterías con libros. Del techo, forrado de madera, colgaba una lámpara que iluminaba la biblioteca entera, aunque cerca de los sillones podían verse lámparas más pequeñas que permitirían leer con más intimidad. 

A simple vista podría parecer que los libros estaban clasificados por temáticas y antigüedad. Pero en un vistazo más exhaustivo podría percibirse que en realidad había muchos libros mezclados en lugares donde no parecían encajar con facilidad, tal vez ordenados sencillamente por gustos. Allí había gran cantidad de tratados de filosofía y también muchos volúmenes sobre poesía. Las novelas tenían también su apartado en la parte baja y no muy lejos de ellas podían verse esos libros que hablaban sobre la liberación femenina en un tono tal vez demasiado exaltado para los tiempos que corrían. En la planta superior había algunos sobre ciencias naturales, sobre política y economía. No era difícil notar que los tomos de arriba eran más antiguos y tenían algo de polvo mientras que los de abajo estaban limpios. 

Louis guió a Henry hacia la puerta del fondo, que resultó dar a un pequeño salón, con dos butacas de piel, una mesita con un cenicero sobre ella y una chimenea presidida por un cuadro y un reloj. Esta estancia tenía también dos pisos, pero su tamaño era mucho más reducido que la anterior y tanto las maderas como los muebles tenían un color más oscuro. En cierta forma la decoración del salón de fumar resultaba más anticuada que la de la biblioteca en sí y se hacía evidente que había habido una renovación en la que el saloncito se había quedado atrás. También los volúmenes que contenía estaban pasados de moda, siendo en su mayor parte libros que por su fecha de edición podrían haber pertenecido como poco a los bisabuelos de Louis. El lugar tenía un leve olor a cerrado que se mezclaba con el aroma de los libros y que desvelaba con facilidad que no era usado muy a menudo.

  

—Aquí puede fumar todo cuanto desee, señor Dashwood —dijo Louis tras abrir la puerta de la estancia pequeña y mirando después a Prue recordó cómo la joven se había apartado del piano al hacerlo sonar y se decidió adelantarse a su posible timidez—. Siéntase libre de hurgar todo lo que quiera, Prue. Y si ve algún libro que le llame la atención, puedo prestárselo. 

Notas de juego

Cada vez hay más gente aquí XD.

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14/02/2016, 00:26
Prue Lascelles

Su sonrisa denotó alivio y satisfacción al ver que Louis coincidía con ella respecto al mimo y respeto con el que debían ser tratados los libros. Y es que eran un tesoro invaluable a su juicio, y no merecían envejecer impregnados de olores como el del tabaco o la humedad.

Los primos siguieron al dueño de casa hacia la biblioteca, pero sus reacciones al verla fueron muy diferentes. Henry, más habituado a ver bibliotecas de esas dimensiones, se limitó a hacer un cumplido. Prue, en cambio, nada más abrirse las puertas ahogó una exclamación. Observaba embelesada, como lo haría un niño en una fábrica de dulces, teniendo a su alcance tantos de ellos y sintiéndose incapaz de decidirse por uno.

-¡Dios, podría pasarme horas de horas en este lugar! -exclamó para sí. Se había quedado rezagada por estar mirando boquiabierta todo cuanto la rodeaba y más atrás quedó luego que, por no fijarse por dónde caminaba, tropezó con uno de los sillones. Con disimulo rió de sí misma y les dio alcance.

Cuando Louis enseñaba a Henry el pequeño salón donde él podría fumar, dado que ella había quedado tras ellos tapando su visual, y sin siquiera preocuparse de ocultar su curiosidad, se puso de puntillas para poder observar justo por el espacio que quedaba entre los hombros de ambos.

-¡Oh, Louis! -ahogó la risita- Su "pequeño" salón -y remarcó la palabra pequeño con aire divertido-, es del tamaño de nuestra biblioteca. 

Pero la mirada de reproche que su primo le dio borró su sonrisa al instante y bajó la mirada en señal de arrepentimiento para que Henry ya no le dijese nada. Lo que menos quería era que la tratase como a una cría en frente de él.

-Lo siento -musitó en cuanto la puerta del salón se cerró tras Louis, Henry ya no estaba con ellos-. No sé en qué estaba pensando que se me olvidó que a mi primo le molesta que haga bromas cuando estoy fuera de casa. A veces son muy restrictivos conmigo -suspiró, pero no parecía apenada-, supongo que en ocasiones todavía me ven como una salvaje del campo -bromeó y ya dejó el tema atrás.

Parpadeó y observó a Louis un instante, en silencio.

-Hoy se ve bastante más animado -comentó como si nada y siéndole imposible quedarse quieta, porque comenzó a ir de un lado a otro hojeando cuanto libro tenía a su alcance-. Incluso le he visto sonreír con los ojos... las líneas de expresión no mienten -tenía entre sus manos un libro con poemas de Tennyson. Abrió una página cualquiera y leyó en voz alta, al azar:

"... Venid amigos míos.
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos
los resonantes surcos, pues me propongo
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan
todos los astros del occidente, hasta que muera.
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan;
es posible que demos con las Islas Venturosas,
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos."

Se trataba "Ulises", un poema en verso blanco. Prue sonrió, -Me agrada verlo de buen humor -dijo retomando la conversación en el punto que la dejara antes de leer, mientras cerraba el libro y lo devolvía a su lugar. 

-Ya sé que uno de sus poetas favoritos es Baudelaire -comentó mientras subía la escalera de caracol, quería examinar los libros de la planta superior. Volvió a cambiar de tema como si nada-, pero ¿cuál es su escritor favorito?

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14/02/2016, 09:11
z/ Lady Lydia Blackwood

Seguramente justo unos segundos antes de salir de la mansión y dirigirme hacia el orfanato tuve la convicción de darme la vuelta, quitarme los guantes y hacer como que nada había pasado. Que no había existido nuestra conversación, y que solo tenía que sonreír como una dama mas, ponerme vestidos caros, ir a recepciones llenas de gente haciendo sonar sus joyas cuando aplauden, y ya esta.

Pero no...

Pisé firmente el pie del carruaje y subiendome el vestido mas viejo que tenía me senté dentro. Nunca había ido por aquel lugar, obvio, y cuando no conoces algo los sentimientos son tan contradictorios, se mezclan con lo que tu imaginación querría que fuera y con las pocas imágenes de lo que sabes que normalmente es, estaba totalmente aterrada de no poder soportar ver algo horrible.

Según dejamos nuestros bonitos parajes, nos adentramos en los barrios realmente pobres, no muy alejados del centro pero si olvidados por todo lo que signifique Dios. Saint Botolph se levantaba imponente, pero no como la imagen de la piedad sino de recordarnos que el infierno también existe y que a veces no solo los malos van.

Cuando mi carruaje se paró frente al hospital, me quedé petrificada, las calles estaban tan sucias que hasta mis zapatos viejos desentonaban alli, y con la mirada perdida en la nada sopesé si indicarle al cochero que nos diéramos la vuelta y acabar con esta idea loca, pero no lo hice.

Subí la mirada, pensé en lo que quería hacer de mi misma, y en que no solo debían ser ideas y deseos sino afrontarlas con decisión y valentía. No, el mundo no era como en la literatura que solía gustarme, aquí era real, Prue no se equivocaba no era un buen lugar para una señorita.

Quizás debía dejar de serlo...

Deje escapar el aire y bajando solté mi vestido y mi capa arrastrandolo por el suelo, con la firme convición de que solo era ropa y lo que había dentro personas. Y desde ese momento mi visión cambió, ya no tenía tanto miedo a lo que hubiera dentro, había encontrado la fortaleza de saber que yo también compartía con ellos ese género, el humano, que tan diferentes no podíamos ser.

Me quedé esperando dentro a que la señorita Lascelles me recibiera.

Notas de juego

Hola Prue guapa, te comento...Las tramas de Lydia se van a ver modificadas, y mas o menos espero que podamos enmendarla aunque sinceramente no tengo ni idea de como. El tema del chico con el que había estado, como dejaba entreveer que era un pj pues ya no.Seguiré con la trama porque creo que era algo que tenían en común y me gustaba pero ya hablaré con la master de como lo podemos hacer.Gracias por la espera.... ;)

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15/02/2016, 00:57
Louis Kindelanver

Louis sonrió, aunque algo azorado, con aquel comentario de Prue que le ganó la mirada de Henry. Sin embargo, al ver cómo ella bajaba los ojos, su pecho se enterneció con cierta compunción por contemplarla reprimiéndose. Le agradaba su espontaneidad.

Y ya una vez a solas empezó a seguirla mientras ella revoloteaba vivaz por el lugar, abriendo libros al azar a la misma velocidad con la que saltaba de un tema a otro. Iba tras ella con un caminar pausado, un brazo doblado a su espalda y el otro extendido, rozando con la punta de los dedos algunos muebles al pasar cerca de ellos. 

Escuchó su susurro y empezó a negar con la cabeza, dispuesto al parecer a decir algo al respecto, pero finalmente terminó por dedicarse tan sólo a escucharla y observar con curiosidad qué libros llamaban su atención y cuáles pasaba por alto. Sus siguientes palabras le sacaron una sonrisa y detuvo sus pasos al escucharla recitar, concentrando su atención en la modulación de su voz, dejándose llevar por su entonación a través de los versos. 

La siguió también hacia la escalera, subiendo algunos peldaños por detrás de ella, y al llegar a la parte de arriba, se apoyó de espaldas en la barandilla, siguiéndola con la mirada y reflexionando un instante sobre aquella pregunta.

—Suelo leer principalmente filosofía o poesía, si le digo la verdad. Pero en cuanto a novelistas, creo que sería Víctor Hugo —respondió finalmente—. Aunque Dickens también es de mis preferidos. Historia de dos ciudades me parece una obra espectacular. 

Entonces volvió a un tema anterior que se había quedado en su mente como un eco remanente. 

—No tiene que disculparse, Prue —dijo, pronunciando su nombre con delicadeza y en un tono que le ofrecía su confianza—. Me agrada que pueda decir libremente cualquier cosa que se le ocurra. Por mí no debe preocuparse.

Intuía por las palabras de ella que no era su presencia la que podía hacer que se sintiera cohibida en ese sentido, sino la de su primo. Y ciertamente esa idea lo reconfortaba con una calidez que no podía explicar. Pero aún así, prefirió aclararlo, por si acaso. 

Después, su sonrisa se amplió, extendiéndose de nuevo hacia sus ojos. Buscó a Prue con ellos y levantó ambas manos en un gesto de rendición.

—Me ha descubierto usted —bromeó antes de bajar los brazos y tomarse un segundo para hablar con una pizca más de seriedad—. Le confieso que saber que vendría esta tarde me ha puesto de buen humor. Temí que no quisiera volver a verme después del otro día. —Hizo una pequeña pausa. —Así que saber que podría enseñarle el jardín que atemoriza a la chiquillería del barrio... Bueno, me puso ciertamente de buen humor, no puedo negarlo. 

Y tras su pequeña confesión, sus ojos volvieron a recorrer las estanterías, pasando por encima de los tomos sin fijarse demasiado en ellos pues los de esa zona no eran especialmente de su interés.

—¿Cuál es el suyo? —preguntó entonces, cuando su mirada volvió a Prue—. Mencionó el otro día a Shakespeare, ¿no es así? ¿Es él su escritor favorito?

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15/02/2016, 19:55
Prue Lascelles

Georgiana Adams, la Directora del orfanato, fue quien abrió la puerta. Además de la cordial sonrisa de la mujer, lo primero que lydia pudo ver fue a Prue que, entre risas, perseguía a uno de los niños, un pequeño de no más de tres años de cabello rojizo y rostro pecoso. La joven acababa de atraparlo y le hacía cosquillas.

-¿Prue? -la voz de la mujer, acompañada de un "discreto" carraspeo, hizo que la joven alzara la cabeza, percatándose recién entonces de que la puerta estaba abierta y que Lady Lydia se encontraba bajo el umbral de ésta.

-¡Oh, ya llegó! -exclamó observando del mismo modo que lo hace un niño al ser descubierto en una travesura.-Disculpe... Disculpen -se corrigió-, no oí cuando llamaron a la puerta -añadió en un vano intento de disculpa y haciendo una, a esas alturas, torpe reverencia. La joven, sin perder ni por un minuto la sonrisa, hizo las presentaciones de rigor.

Miss Adams, que a esas alturas ya había invitado a pasar a la noble visita y le había recibido la capa, observaba a Prue con una extraña mezcla de diversión y curiosidad. Pese a los ya dos años de conocerla, todavía seguía preguntándose cómo era posible que la joven que ahora veía jugando como un niño más, fuese la misma que después imponía el orden en el salón de clases.

El pequeño Benedict, el niño con el que Prue jugaba, se había abrazado a la pierna de la joven y ella le pasaba los dedos por el cabello al tiempo que, casi susurrando, le pedía que se reuniera con los otros niños que jugaban en la buhardilla.

-Milady -dijo la mujer-, dejaré que sea nuestra querida Prudence quien la atienda. Por favor, pasen al salón, les llevaré un poco de limonada y también té y galletas.

Prue se alisó los pliegues del vestido e invitó a Lydia a seguirla hasta el salón.

El pequeño salón era, junto con el comedor y la espaciosa cocina, las habitaciones más importantes de la primera planta. El lugar sin ser tan espacioso como la salita de té de la mansión Blackwood, era lo suficientemente amplia y acogedora para quienes moraban entre esos muros. El suelo de oscura madera combinaba contaba con una alfombra ubicada en la parte central de la estancia. Los muebles, de nobles maderas como el nogal y el caoba, aunque antiguos se encontraban bien cuidados y sin duda les quedaban varios años más de vida útil. El fondo del salón se encontraba coronado por una chimenea presidida de un cuadro y un reloj tan antiguo como el resto del mobiliario.

La vivienda contaba con tres plantas, en la primera estaba la cocina, el comedor -poseía tan sólo uno-, el salón que hacía las veces de recibidor y la sala de clases que daba acceso a un pequeño jardín interior. En la segunda planta se ubicaban los dormitorios de los niños, separados por sexo y edades. Contaba en total con 4 habitaciones, además de la principal que era usada por Miss Adams. La tercera planta correspondía a la buhardilla y ésta había sido acondicionada como sala de juegos.

-Espero no le resultara muy chocante el contraste entre Withechapel y el Londres que usted conoce. Le aseguro que, pese a lo miserable que puedan parecer sus calles, en especial las más próximas al mercado, se encuentra gente de gran corazón. Aquí uno conoce a toda clase de personas, buenas y malas. Algunas de ellas han perdido sus fortunas y buen nombre a causa de malos negocios y que, por la falta de dinero, han caído en desgracia. Lamentablemente es muy fácil pasar de tenerlo todo a no tener nada, en especial para las familias de clase media.

Notas de juego

No hay problema, no creo que eso afecte de manera significativa a la relación de nuestros personajes. Tú modifica todo lo que creas pertinente modificar en tus tramas y yo me adapto, que nada me cuesta :-) 

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16/02/2016, 06:19
Prue Lascelles

-Sí, pero Shakespeare no es un novelista, es un poeta y dramaturgo al igual que Marlowe. -Lo miró un instante, pensativa. Sostenía entre sus manos el libro "La teoría de las especies" de Charles Darwin- No obstante coincido con usted en el gusto por Victor Hugo y Charles Dickens, aunque a ellos añadiría nombres como Julio Verne y Alexandre Dumas -devolvió el libro a su lugar, al lado de otros del mismo autor y a uno de su abuelo, Erasmus Darwin-. La verdad es que me resulta difícil decir que tengo un autor favorito, me parece una afirmación demasiado absolutista y que, al menos a mí, me da la impresión que cierra puertas y ventanas a la entrada de savia nueva o la adquisición de nuevos gustos e intereses.

Se acercó a la barandilla y apoyó sus manos en ésta, observando las estanterías.

-Tantos libros -comentó con voz aterciopelada, ensimismada por la visión que le brindaba estar en altura-... y hay tantos títulos interesantes, pero hasta que le devuelva los que me prestó no le pediré otros, o su biblioteca acabará mudándose a mi casa -bromeó y enseguida lo miró-. ¿Ha leído a Goethe?

Dejó la pregunta en el aire, deseaba conocer la respuesta, pero también habían otras muchas cosas que necesitaba decirle.

-Yo sé que me ha dicho que puedo expresarme con libertad con usted, Louis, lo sé y se lo agradezco porque hoy no es la primera vez que me lo recuerda -su voz aunque suave, se oía seria-. Pero tampoco se trata de que abuse de la confianza que me da. Mi sentido común está a punto de dejarme sorda de tanto gritar -sonrió-, y es que por mucho que pueda confiar en usted y las muchas veces que me diga que tengo libertad de decir cualquier disparate que se me venga a la cabeza, tampoco está bien que no me detenga siquiera unos segundos a sopesar el efecto de mis palabras. ¿Qué pasaría si en un arrebato de espontaneidad acabo diciendo algo que lo avergüence o moleste? Sé que prometió que si yo hacía tal cosa me lo haría saber enseguida, y aunque no tuve tiempo de responderle lo hago ahora y también prometo decírselo, aunque esa idea para mí sea tan remota como lo es para usted. Pero también me comprometo a moderarme un poco, quizás no cuando estemos solos, como ahora, pero sí cuando haya más gente alrededor. ¿Se imagina si yo saliera con algunas de mis locuras delante de sus socios? -sonrió divertida.
 
Soltó una de las manos de la barandilla, quedando perpendicular a ésta. En esa posición, creía ella, podía mirarlo de forma más directa. Se mordisqueó la cara interna del labio inferior, quería añadir algo más pero temía que sus palabras la pusieran en evidencia. Inhaló y exhaló despacio, hasta que por fin habló, haciendo que esos segundos de silencio que le parecieron eternos, llegaran a su fin.
 
-Me costó mucho armarme de valor para escribirle ¿sabe? -su voz pareció apagarse y el mero recuerdo hizo que volviera a experimentar aquella sensación de opresión en el pecho- Creo que de no haber sido por la nota que dejó en el libro y mi promesa de contactarlo con Henry, jamás me habría atrevido. Ese día en el parque cuando se fue, me sentí triste pensando que se había enfadado -bajó la mirada y la posó sobre la mano que todavía se sujetaba del barandal-... y que nunca más volvería a verlo -añadió bajando todavía más la voz-. Ni siquiera esperaba que me respondiera, pero cuando lo hizo y me di cuenta que las cosas no eran lo que yo pensaba y que en el fondo los dos habíamos sido unos tontos por creer lo que no era, me sentí aliviada y contenta -volvió a girar, quedando otra vez de frente al barandal. Su voz ya no sonaba apagada pero seguía cargada de emoción-. Fue como si me devolvieran el alma cuerpo... -esbozó una sonrisa, mas seguía sin mirarlo- No me gustó sentirme así... fue... fue... -suspiró- No sé, me sentí perdida, como un barco a la deriva -volvió a morderse el labio y lo miró. Las palabras que pronunció a continuación las dijo con voz temblorosa-. No quiero volver a sentirme así nunca más...

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18/02/2016, 01:30
Prue Lascelles

 

Febrero 1880. Un miércoles cualquiera en el orfanato: Prue y Miss Adams

-¿Miss, se siente bien? -preguntó la joven observando la palidez del rostro de Georgiana.

[color=#03442C]-¿Ah? -[/color]la mujer se pasó la mano por el cabello y se abanicó-[color=#03442C] Sí, sí, querida, estoy bien. De pronto me sentí acalorada, pero no es nada, tranquila.[/color]

-Pero se ha puesto muy pálida, si se sintió acalorada ¿no debería ocurrir lo contrario?

Pero Miss Adams la tranquilizó, asegurándole que todo estaba bien. Mentía.

Los últimos meses había estado sufriendo de fuertes dolores en el pecho y aunque al principio no les dio importancia, el que sufriera la semana anterior la alarmó. Por lo mismo ya había pedido una cita con Sir Kelvin para que la examinase. No quería alarmar a nadie, mucho menos a Prue y por lo mismo decidió mantener en secreto su malestar. La cita estaba programada par esa misma tarde y ya había anunciado que se ausentaría parte de la mañana y gran parte de la tarde porque tenia algunos asuntos que atender. Para Prue aquello era algo normal, por lo que no le causó extrañeza y dada su discreción, tampoco preguntó.

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18/02/2016, 00:57
Louis Kindelanver

Las palabras de Prue sobre la dificultad de escoger un sólo nombre entre tantos hizo pensar a Louis en la forma en la que ella revoloteaba. Cambiando de un tema a otro, moviéndose de un lado a otro, siempre con una vivacidad juvenil que sacaba a su mente del letargo voluntario en el que había pasado tanto tiempo. Ya la primera vez que se habían encontrado había descubierto que le gustaba escucharla y contemplarla y en ese momento se daba cuenta de que aquello seguía siendo así.

Le gustaba observar su expresión cuando se quedaba pensativa durante un segundo, la que anticipaba un nuevo cambio de tema o de rumbo. Cada vez que ella adoptaba ese gesto Louis no podía evitar una pizca de expectación en su estómago, preguntándose cuál sería su siguiente movimiento. Y, sin embargo, no deseaba en absoluto ser capaz de preverlo, pues era precisamente esa frescura impredecible la que lo encandilaba y lo mantenía alerta, atento al siguiente instante.

Así pues cuando ella habló de varios nombres, él se dio cuenta de que no esperaba menos e inevitablemente sonrió. 

Asintió con la cabeza cuando ella preguntó por Goethe, pero no dijo nada todavía. En su lugar siguió escuchando, siguiendo el hilo del que la joven tiraba y esbozando una inevitable sonrisa al imaginar a sus socios escandalizados por algo que Prue pudiera decir. No lo reconocería en voz alta, pero era una imagen que ciertamente le agradaba. Tampoco esperaba que sucediese, pero debía confesar que de ser así, no sería él quien se sintiese molesto hacia ella, sino más bien divertido por la indignación que ellos podrían llegar a sentir. 

Empezaba a perderse imaginando distintas situaciones relacionadas con aquello cuando se dio cuenta de que Prue había cambiado su postura y lo miraba. Posó sus ojos en ella con atención, anticipando por la duda que intuía en su expresión que iba a decirle algo importante. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de interrumpir esos segundos de silencio que la muchacha parecía necesitar. Sencillamente permaneció contemplándola, esperando a que hablase de nuevo.

Y cuando lo hizo, su tono apagado y su forma de bajar la mirada lo estremecieron por dentro. Sintió cierta culpabilidad por haber sido el causante de esa terrible sensación que Prue describía. Al fin y al cabo ella no era más que una chiquilla, pero él... Era un hombre adulto, debería haber sido capaz de comprender mejor lo que pasaba por su cabeza y no dejarse llevar por una mala interpretación. Precisamente sentía esa necesidad inexplicable de protegerla y había sido por su causa que ella se había afligido. 

No se planteó en aquel momento las implicaciones que podían extraerse en una segunda lectura de las palabras de Prue, ni por qué lo que él hiciese podría importarle tanto a la joven. A esas ideas ya les daría vueltas después, cuando se encontrase a solas en su estudio o tal vez ante el piano. En aquel momento el pensamiento de culpa le producía una enorme desazón y sintió el impulso de repetir aquel gesto que lo había provocado todo, estirar el brazo y tomar con delicadeza la barbilla de Prue para elevar su mirada. Se contuvo, apretando los dedos en un puño, pero cuando ella alzó su mirada pudo leer con facilidad las emociones de Louis en sus ojos claros. 

Se dio cuenta cuando Prue terminó su última frase de que llevaba sin respirar desde que sus miradas se habían cruzado y liberó el aire de sus pulmones en un suspiro contenido. 

—Ni yo deseo que vuelva a sentirse así jamás —reconoció, frunciendo los labios en una pequeña mueca—. De verdad puedo decirle que lamento sobremanera haber provocado ese sentimiento en usted, Prue. 

Hizo una pequeña pausa y relajó la mano, llevándola a su cabeza para pasarla por sus propios cabellos en un gesto un tanto nervioso por no mostrar lo convulso de su pensamiento en aquel momento. Una parte de su mente le sugería que tal vez la mejor forma de no volver a provocar emociones negativas en ella sería precisamente hacerse a un lado y evitarla. Al fin y al cabo él los tentáculos de sombras se habían extendido por su pecho, ocupándolo casi por entero hasta avasallar la tenue llamita que Prue había encendido. Se sentía un hombre oscuro y atormentado, pero lo que menos deseaba era apagar la luz de aquella joven con la opresión de su penumbra. 

Sin embargo, el resto de su ser se oponía a esa idea con una fuerza inusitada que no estaba seguro de dónde habría salido. No era sólo que no quisiera ver el brillo del cielo apagarse en esos ojos azules, sino que ansiaba verlos brillar con fuerza. Tuvo que reconocerse a sí mismo en aquel momento, que deseaba estar cerca de ella y dejar que la los rayos que desprendía atenuasen sus propias sombras. Y era cierto también que en ese mismo instante deseaba extender el brazo y rozar la suave piel de su rostro con la punta de los dedos. Lo deseaba con una intensidad que oprimía su estómago y que lo hizo tomar aire despacio para no hacerlo. 

No supo cuánto había durado aquel silencio en que se había visto arrastrado por sus pensamientos, pero volvió a hablar de nuevo, continuando con sus palabras anteriores.

—No puedo prometerle que no volverá a suceder, pues es difícil prever un malentendido... —dijo, todavía con sus ojos prendidos de los de Prue—. Pero si puedo prometer que pondré todos mis esfuerzos en evitarlo. Usted no puede ser un barco a la deriva. Usted, con toda la luz que emana, es un faro —continuó, esbozando en ese momento una tenue sonrisa—. ¿Qué sería de los barcos si usted se perdiese? No podemos permitir que algo así suceda. 

 

Notas de juego

Soy consciente de que he dejado varias cosas de lo que has dicho en el tintero, pero creo que el momento lo merece y no quería romperlo retomándolas ahora. Ya volveré a ellas después, si me permites :).

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19/02/2016, 04:05
Prue Lascelles

Se disculpaba, otra vez se disculpaba aunque esas no fueran sus palabras exactas. Pero ella no quería que se disculpara, no le estaba pidiendo que lo hiciera. No pretendía que lo hiciera. No quería una disculpa porque no la necesitaba, pero al parecer eso era lo que él había entendido y no pudo sino reprocharse por ello deseando nunca haber dicho nada.

Parpadeó repetidas veces, la mirada fija en él, sosteniendo su mirada y al mismo tiempo conteniendo la respiración, temiendo oír lo siguiente que diría porque estaba segura que, ahora sí, acababa de estropearlo todo irremediablemente. Pero entonces llegó su respuesta y ésta no fue en absoluto lo esperado. En realidad ni siquiera sabía lo que esperaba por respuesta, pero sin duda no era lo que acababa de escuchar.

Dejó escapar el aire acompañado de una inigualable sensación de alivio. Había sorpresa en su rostro, sí, pero también un dejo de diversión. Rió, le fue imposible no hacerlo. Se cubrió la boca con la mano y dejó que esa risa que la invadía acabara con el nerviosismo del que hace sólo breves instantes atrás era presa.

-¡Dios, no! -exclamó sintiendo como todo su cuerpo, otrora en tensión, se relajaba. Si Louis estaba lo suficientemente atento se daría cuenta de ese cambio, porque no era sólo en su expresión y postura corporal, sino también en el tono de voz, ya que ésta volvía a ser jovial- No, no, no, Louis... a ver, que no he dicho lo que dije porque quisiera una disculpa de su parte, simplemente lo dije porque... Buff ni siquiera sé por qué realmente lo hice, sólo necesité hacerlo. Quizás sea porque quería que lo oyera, que no tuviera que imaginárselo al leerlo en una carta. No lo sé -negó con la cabeza-... olvídelo, por favor, simplemente olvídelo. No tiene importancia y además el tema ya está zanjado y es parte del pasado, y discúlpeme usted por haber removido las cenizas de un fuego ya apagado, no era mi intención hacerlo sentir mal. Y por favor, ni siquiera intente convencerme de lo contrario, porque lo vi en sus ojos.

Sus últimas palabras estaban lejos de ser una petición.

-Tampoco quiero que me prometa nada -prosiguió-, lo único que quiero es que así como hicimos ese pacto de reciprocidad hagamos otro, pero en este caso de honestidad y no, no estoy diciendo que alguno no lo sea, lo que quiero decir es... -frunció ligeramente el ceño y apretó los labios. No encontraba las palabras- ¡Ay, no sé cómo explicarlo! -se llevó ambas manos a las sienes y las masajeó con la punta de los dedos, bajando la cabeza al hacerlo- ¿Por qué me cuesta tanto explicarlo? -se preguntó, aunque su pregunta fue audible para él. Volvió a mirarlo-. No encuentro las palabras, pero lo que quiero es que, no importa que tan dura sea la verdad, no importa que tanto daño crea pueda causarme, le aseguro que preferiré mil veces oírla de su boca a enterarme por otros medios, aunque esa mentira sea dicha para protegerme.

Entornó los ojos y entreabrió los labios, ordenaba las ideas que cruzaban a tropel por su mente.

-Sé que parezco frágil, pero no lo soy. Soy más fuerte de lo que la gente cree. Quizás sea el trabajo en el orfanato, por tener que convivir casi a diario con el dolor y la miseria de Whitechapel. No lo sé, no sé a qué se deba, ojalá lo supiera... y sí, como le dije me sentí perdida y seguramente lo seguiría estando de no haber aclarado las cosas con usted -su hablar era suave y pausado-, pero estoy absolutamente convencida que la misma esperanza que me mueve -sonrió- y, como usted dice, me hace brillar, es la que me habría hecho encontrar otra vez el norte y anclarme todavía más fuerte a la tierra. No tema por mí, Louis, porque no importa cuan duro caiga, siempre me voy a volver a levantar y cada vez que lo haga voy a ser más fuerte que la anterior... -parpadeó y alzó apenas lo justo el brazo para que pudieran estrecharse las manos- ¿Es un trato?

Afuera seguía lloviendo y al vivo resplandor de los relámpagos le siguió el sonido de un trueno.

-Vaya, eso es que ha caído un rayo -comentó como si nada. Al mismo tiempo, desde la planta inferior, llegó el sonido de una puerta abriéndose; era Henry que abandonaba el salón.

Notas de juego

¿Hacemos lo del piano?

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19/02/2016, 11:02
z/ Lady Lydia Blackwood

Pese a que estaba tremendamente nerviosa y esperaba apretándome las manos con mil pensamientos rondándome la cabeza, al ver a la señorita Lascelles una sonrisa fue imposible que no me asomara en las comisuras, de lado a lado. Estaba claro lo que desprendía y eso me tranquilizó como uno de esos bálsamos que vendían a los ricos.

Saludé a la mujer, Miss Adams, con una seguridad renovada, aquello que fuera lo que sucedía ahí dentro hacía feliz a los demás. Nadie podría ser peligroso.

Sonreí al niño de manera radiante, desde la puerta de Prue lo despedía para que pasáramos al salón a charlar, era tímido pero adorable, en seguida me dieron ganas de abrazarle. eso me gustó.

El salón no era el lujoso de los Blackwood, pero eso no le quitaba su imponente nobleza a través de esas maderas fuertes, y sobre todo de esa chimenea y el reloj que inexorablemente caducaba el tiempo en esa estancia, no pude evitar pensarlo, para todos por igual, ricos, pobre, clase media...¿Que importaba? Todos pasamos por ese reloj, por ese tiempo...

Sonreí disculpando a Prue por seguir pensando que me debía algo por venir de una familia que lo ha tenido todo siempre.Mas bien, seguramente, le debería yo esa disculpa, y si pensaba en esos chiquillos, aun mas...

-Es un sitio muy acogedor, y las personas que lo cuidaís lo iluminaos, bastante mas que los salones de nuestras mansiones- Pasé un dedo por ese enorme reloj antiguo- ¿Podría ver el resto del orfanato? Me encantaría ver las habitaciones de los niños y también conocerlos-

Volví hacia donde estaba ella para sentarme a su lado y que me siguiera contando. Cuando los sitios son agradable y limpios no parece que necesiten de nada mas

-¿Como se llama el chiquillo? Me ha parecido adorable-

Sonreí con la plenitud de que había hecho bien, había tomado la mejor decisión, sin duda, la de vencer mis miedos y afrontar un deseo, que aunque estaba latente, era una clara idea que necesitaba abordar.

Notas de juego

Gracias maja ^^

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20/02/2016, 19:26
Louis Kindelanver

De repente ocurrió algo que a Louis le habría parecido imposible apenas un instante atrás. Prue se echó a reír. Y con esa risa todo pareció encajar hasta ocupar su lugar en el mundo, como si ese sonido fuese una confirmación de que todo estaba en orden. 

Louis se sintió algo desubicado, sacado por la fuerza de esa carcajada del estado de autolamentación en el que le resultaba tan sencillo acomodarse sin darse siquiera cuenta. Sonrió, pero ciertamente la curva de sus labios resultaba algo titubeante. al menos hasta que ella comenzó a hablar, tratando de explicarse. Le pedía que no se disculpase, pero al tiempo que lo hacía, era ella la que se disculpaba. En ese momento, con esa pequeña contradicción, la sonrisa de Louis tomó cuerpo, haciéndose más sólida. 

No la interrumpió, a pesar de que era evidente que le estaba costando aclarar sus ideas. Dejó que Prue hablase, escuchándola con atención. Estaba seguro de que ella no era consciente de lo dulce que resultaba hablándose a sí misma, pero él sintió una dulce calidez instalándose en su estómago. 

Asintió primero con la cabeza, mientras ella argumentaba sobre la fortaleza que albergaba su apariencia frágil. Y tal vez era precisamente esa dualidad entre la ternura de su aspecto de chiquilla todavía envuelta en un halo de dulzura inocente y la entereza que demostraba con sus actos y palabras. Recordó la impresión que le había causado la primera vez que se encontraron, en casa de Annabelle. Pragmática y soñadora, eso había pensado. Y ambas mezcladas en una medida que daba un resultado único y personal. 

Apartó ese recuerdo que avivaba la llama de su pecho al escuchar la oferta de la muchacha y extendió la mano para tomar la suya con delicadeza. 

—Tenemos un trato —afirmó, ampliando su sonrisa al sentir la cálida suavidad de los dedos de Prue entre los suyos. 

Le habría gustado alargar ese instante, que se le hizo breve cuando el rayo por un lado y la puerta por otro pusieron un punto final a aquel momento de pactos y confesiones. 

Los ojos de Louis buscaron el ventanal y su sonrisa se ladeó. 

—Esperemos que ese rayo no haya sido usado para levantar a nadie de entre los muertos —bromeó, dando por hecho que Prue conocería aquella referencia sabiendo como sabía de su gusto por las historias de terror.

Hizo entonces un gesto con el brazo, cediéndole el paso a ella para reunirse con su primo en el piso inferior y una vez allí recordó algo que le había estado dando vueltas por la cabeza desde hacía rato. Louis era consciente de que ya era tarde y la hora del té hacía un buen rato ya que había pasado, pero si era sincero consigo mismo, no deseaba que sus invitados se marchasen todavía. Y aquello era curioso pues la última vez que había recibido visitas más bien había ansiado su marcha casi cada segundo hasta que por fin llegó. 

—Está diluviando y no deberían marcharse con el tiempo en ese estado y los rayos cayendo. Por favor, acepten mi hospitalidad hasta que escampe y quédense a cenar. —Ofreció, dedicando su mirada a Henry al llegar a su altura. Hizo una breve pausa, pero no esperó respuesta antes de mirarla a ella y seguir hablando. —Prue, me comentó que tocaba el piano, ¿no es así? —Y en este punto ya era evidente hacia donde iban sus siguientes palabras. —¿No le gustaría deleitarnos con alguna melodía? 

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21/02/2016, 17:41
Prue Lascelles

-¡Por supuesto! -exclamó la joven nada más oír el deseo de Lydia- Acompáñeme, iremos primero a la cocina para avisar a Miss Adams -sonrió-, y ese chiquitín travieso se llama Benedict, hoy en día es uno de los niños más pequeños y uno de mis consentidos junto a Mary Anne... aunque en realidad decir eso es injusto, todos son mis consentidos, sólo que al ser los más pequeños será que los protejo más. 

La cocina, sin ser grande, resultó ser lo suficientemente espaciosa como para permitir que hasta 4 adultos estuvieran allí al mismo tiempo sin entorpecerse. Contaba con un pequeño cuarto que era utilizado como bodega de alimentos. El hogar se encendía por lo menos una hora antes del amanecer y permanecía encendido durante todo el día -funcionaba a leña-, por lo que siempre había agua caliente o algo horneándose. Prue explicó a Lydia que ellas mismas preparaban las mermeladas para acompañar el pan, preparaban su propio queso y ahumaban la carne para conservarla mejor.

Enseñada la cocina, el siguiente lugar que al que la llevó fue el comedor. Este, junto a la sala de clases, era una de las habitaciones más grandes del hogar. El comedor contaba con dos mesas largas de rústica madera. La primera, que era la usada por Miss Adams, contaba con un total de 8 sillas y una banqueta. En esa mesa, a la cabeza siempre, se sentaba Miss Adams acompañada de las personas del voluntariado o las visitas, de haberlas, así como de los niños más grandes. La otra mesa era igual de grande, pero no poseía sillas, sólo dos banquetas que, al igual que la anterior, eran guardadas bajo la mesa cuando no estaban siendo usadas. 

Las mesas siempre vestían manteles cuidadosamente bordados por las hábiles manos de Miss Adams y alguna voluntaria. Lydia podía notar que todo estaba limpio y ordenado, y es que entre los deberes de los niños que acogían, estaban el ayudar a mantener el orden y aseo del lugar. Cada uno era responsable de tender su respectiva cama por las mañanas -aunque luego llegara Prue u otra de las voluntarias a rehacerlas-. Y es que, afuera podía oler a miseria y podredumbre, pero eso no significaba que la casa fuera el reflejo del exterior.

El salón de clases contaba con mesas de estudio con capacidad para dos niños cada una y poseía una pizarra grande que era casi del largo de la pared. Habían estantes con libros, juegos didácticos de madera, y carpetas llenas de dibujos hechos por los ellos. Incluso, una de las paredes laterales, se encontraba cubierta de sus "obras" y, todo hay que decirlo, algunos eran realmente buenos.

La joven mostraba a Lydia cada una de las dependencias y respondía a sus preguntas con la mejor de las disposiciones. Le enseñó el jardín interior y le mostró el pequeño huerto que, con la ayuda de los niños, habían creado. El huerto contaba principalmente con hierbas aromáticas y especias, así como hierbas medicinales como boldo, menta y manzanilla, entre otras.

Tras enseñarle toda la primera planta, llegó el turno de las habitaciones. Las que estaban ubicadas al lado izquierdo pertenecían a las niñas. Aquellas de entre 2 y 11 años ocupaban la habitación más grande, mientras que las de 12 años en adelante utilizaban la habitación más pequeña, dado que su número era inferior en cantidad. Las habitaciones del lado derecho pertenecían a los niños, y al igual que en el caso de las niñas, estaban distribuídos según sus edades. La habitación del fondo y más pequeña de todas, pertenecía a Miss Adams, pero a diferencia de las anteriores, Prue no abrió la puerta pues correspondía al espacio privado de la mujer. En todo caso, de haber accedido, Lydia habría visto que era una habitación austera, tan pulcra como las anteriores y muy cálida.

Y finalmente llegó el turno de la buhardilla, lugar del que provenían las risas que las jóvenes no paraban de oír. Los niños no estaban solos, eran cuidados por Becky a quien recientemente había contratado Miss Adams para ayudarla con las labores de aseo y cuidado de los niños y que, además, se trataba de la mejor amiga de Prue.

Notas de juego

* Las mesas son como las de la foto, pero para dos niños en lugar de uno.

Me centré en la descripción, traté de hacerla lo mejor posible -no se me da mucho esa parte-, espero que sea clara y sirva para que te hagas la imagen mental.

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21/02/2016, 22:02
Prue Lascelles

La sonrisa de Prue se extendió hasta sus ojos cuando Louis le estrechó la mano, y por primera vez no se apartó rehuyendo de su contacto.

-Entonces habrá que estar atentos a los titulares de la prensa para salir de dudas -respondió al pasar junto a él y bajar la escalera.

Al llegar junto a Henry no pudo evitar olisquearlo disimuladamente y arrugar un poco la nariz al percibir el aroma a tabaco. Su primo se había aflojado el nudo del pañuelo lo que le daba un aspecto algo desaliñado, por lo que la joven no dudó en reacomodárselo.

-Ya está, mucho mejor así -musitó.

La invitación a cenar cogió a Prue por sorpresa, pero se repuso rápidamente de ella y observó a su primo expectante, rogándole con la mirada que aceptara. Henry miró al exterior y asintió. Prue sonrió y su sonrisa se amplió todavía más cuando Louis la invitó a tocar el piano.

-No... o sea sí, me sé unas pocas melodías, pero ya le digo que toco un poco, casi nada en realidad.
[color=#03442C]-Tocas bien [/color]-intervino su primo-[color=#03442C], no busques excusas y anímate.[/color]

Hizo una mueca.

-Está bien, pero luego si les duelen los oídos por una nota mal tocada a mí no me culpen -convino procurando mantenerse seria.

Los tres regresaron al salón, Daisy se encontraba allí, añadía un par de leños a la chimenea y atizaba el fuego. No vio si Louis alcanzó a decirle algo o no respecto de la cena, lo único de lo que sí pudo estar segura es de la sonrisa en el rostro de ella cuando regresó a la cocina. Se lo dijera o no Louis, sabía que se quedarían a cenar y no parecía haberle disgustado el que se sumaran más bocas a la mesa.

Prue, en tanto, se había sentado frente al piano y tímidamente arrancaba algunas notas al azar, mientras pensaba en qué melodía tocar; mientras que Henry terminaba de acomodarse en uno de los sillones.

-Por favor, Louis ¿tocaría conmigo? -le preguntó aprovechando que aún estaba cerca- Nunca he tocado en un piano de éstos, el que tenemos en casa es de pared y me sentiría más segura haciéndolo si me acompaña -sonrió-, además si la melodía no le gusta a Daisy se quejará con ambos y no sólo conmigo -bromeó.

Se acomodó a la derecha de la butaca para hacer de este modo el espacio suficiente a Louis para que se sentara.

-¿La conoce? -preguntó haciendo sonar las primeras notas de la melodía.

Esperó su respuesta y al ser ésta positiva sonrió. Tras definir qué parte tocaría cada uno, el piano comenzó a sonar y la suave melodía se abrió paso entre el sonido de la tormenta.

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23/02/2016, 19:52
z/ Lady Lydia Blackwood

Estaba relamiéndome de manera absurda ante esas mermeladas que Prue me enseñaba que preparaban ellas, al igual que el queso, y me encantó esa autosuficiencia. Hasta ese momento de verdad creía que los pobres nos lo debían todo a los ricos , con nuestras donaciones miserables, y lo cierto es que poco. Ellos se sabían valer bien solitos, mejor que nosotros con nuestras mansiones y todo nuestro ejercito de servidumbre.

Lo siguiente fueron la sala de las clases, grande y llena de pupitres y el comedor, igual de acogedor, sin poderlo evitar pasé mis delicados dedos blancos y finos por los manteles hecho a mano, igual de finos y delicados, y sobre todo, impolutos, una idea muy clara de lo que querían dar a entender había en ese orfanato. Nada de dobleces, de prepotencia, de perversiones, solo niños y la mas básica y afortunada de las emociones: La humanidad.

El huerto lo encontré delicioso y se me antojó tan agradable poder cultivar con tus manos aquellos que luego te ibas a comer, seguramente si me preguntaran hacía unos instantes no sabría decir de donde procedían la mitad de las cosas que me llevaba a la boca, y poder verlo crecer...Ver crecer la vida, los animales, la educación, la inteligencia, era realmente delicioso.

Al llegar a la buhardilla las risas encontraron su origen, y yo sonreí de par en par, y deseé juntarme a esos niños, que eran aseados y cuidados meticulosamente por otra chica.

-Que lugar tan maravilloso Miss Lascelles! Me ha gustado cada rincón de él, y la labor que haceís, de hecho, me encantaría poder empezar ayudar ya...- Decía totalmente llena de energía, de esperanza e impulsividad, un poco como normalmente era, pero algo mas- ¿Sabes? creo que se como podría ayudar..-

Por un instante sopesé como comunicarlo.

-Toco el piano desde siempre, el que he visto que hay aquí...parece tan viejo, y tal vez podría traer el mio, darle un nuevo hogar y enseñar a tocar o cantar a los chicos ¿ Que le parecería?-

Y en cuanto a los chicos a los que me había comprometido previamente.

-Me gusta mucho Benedict, yo me ofrecería, junto a una compañera suya a darle acceso a nuestra mansión, pero intuyo lo apegada que debe estar a él...Así que lo dejo a su elección, cualquier otro lo acogeremos igual-

Seguía sonriendo igual de franca que siempre.

Notas de juego

Has hecho unas descripciones perfectas ;)

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23/02/2016, 22:20
Louis Kindelanver

Louis sonrió cuando Henry aprobó la idea de quedarse a cenar y más aún cuando convenció a su prima para que tocase el piano. Mientras caminaban de regreso al salón iba dándole vueltas al temor de ella por tocar una nota en falso y su mente viajó a la reunión que había celebrado en su casa a primeros de mes. Le resultaba extraño estar recibiendo invitados, aparte de Sylvia, a quien no contaba como invitada y que había sido la única en entrar en su estudio en los peores momentos. Pero no fue sólo por eso por lo que se acordó de aquella noche, sino por el desastre estrepitoso que había interpretado Bruce al piano. Si Prue supiera... Los labios de Louis se curvaron con cierto aire divertido, aquel había sido sin duda el mejor momento de esa noche.

Sintió la mirada de Daisy cuando regresaron y comprendió con claridad la pregunta que la mujer tenía en la punta de la lengua. Asintió como única respuesta, con una comunicación muda que habían adquirido con los años pues no por nada la mujer lo había criado. Si no hubiera estado tan feliz con la idea de compartir la cena con Prue y el señor Dashwood, probablemente Louis habría puesto los ojos en blanco al ver la expresión exultante del ama de llaves. 

Empezó a caminar hacia uno de los sillones pero las palabras de Prue en el piano atrajeron su atención y dudó sólo un instante antes de desviar su camino para acercarse a ella. 

—Oh, no creo que a Daisy le pareciese mal nada que usted pudiera tocar —dijo, con bastante seguridad en que no se equivocaba—. Pero será un placer acompañarla. 

Y por algún motivo, ni siquiera pasó por su mente en aquel momento la idea de que la única persona con la que había tocado a dúo en su vida había sido Edith. Más tarde sí que acudiría ese pensamiento a su cabeza y le daría vueltas durante toda la noche. Pero en aquel momento la presencia que no era más que una ausencia y que solía sentir como un hueco en el espacio parecía haberse disipado dejando tan sólo una sonrisa hecha de aire. 

La elección de la joven ciertamente le agradó y colocó con naturalidad los dedos sobre las teclas de marfil, preparado para seguirla y deslizarlos por ellas hasta arrancarle al instrumento esa bonita y melancólica melodía.

Se sentía extrañamente cómodo compartiendo algo tan íntimo como le parecían tanto el piano como la melodía. No por el objeto en sí, sino por las emociones que se entremezclaban al crear música en compañía cuando era una actividad que generalmente sólo practicaba en soledad. Dejó que sus dedos se moviesen acompañando con las notas más graves a la melodía que ella marcaba y poco a poco una sonrisa se fue instalando en sus labios.

Cuando la canción terminó, giró un poco su cabeza para buscar la límpida mirada de Prue. Las pupilas de Louis estaban levemente dilatadas por la emoción que la música había dejado latiendo en su pecho. Sentía el movimiento de su sangre desperezándose bajo la piel y la pequeña llamita que la muchacha había encendido en la oscuridad brillaba con más fuerza que nunca, amenazando con su presencia a las sombras que normalmente pretendían asfixiarla.

—Gracias —dijo en un susurro que parecía provocado por aquella canción.

Tal pareciera que quería decir «Gracias por tan bonita canción» o alguna frase de cortesía similar sin más significado que ese. Pero que en realidad esa sencilla palabra iba cargada con muchas más connotaciones y Prue, que estaba tan cerca que él creía sentir en el aire cada uno de sus más leves movimientos, podría verlo en el brillo de sus ojos que la contemplaban con una intensidad que tal vez podría considerarse inapropiada.

Gracias por tocar conmigo. Gracias por permitirme compartir la emoción de la música. —Pero aún llegaba más allá. —Gracias por resquebrajar la cúpula opaca que cubría mis abismos para dejar que la luz de tus ojos se cuele por las grietas. 

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24/02/2016, 05:02
Prue Lascelles

Tras presentar a Lydia a los niños y a su querida Becky -Prue estaba demasiado feliz de haber podido ayudar a su amiga al conseguirle un trabajo infinitamente mejor que andar lavando la ropa de otros o haciendo costuras. No porque los menospreciara, eso jamás, sino porque eran muy sacrificados y el dinero que recibía a cambio era francamente insuficiente-, creyó conveniente hacer partícipe a su invitada -y pronto colaboradora- de qué es lo que perseguía el orfanato.
 
-Lo que nosotros pretendemos aquí, milady, es que ésta casa, éstas paredes, sean para ellos un hogar, no una cárcel. Me apena decirlo y se me parte el alma cada vez que lo recuerdo, porque no se imagina la impotencia que se siente saber que con tan sólo un poquito de voluntad y buenos sentimientos puedes hacer la diferencia y sin embargo día a día te encuentras con personas inescrupulosas a las que nada ni nadie les importa -la emoción en sus palabras era difícil de ignorar-. Queremos acabar con las casas de trabajo. En aquellas casas hombres, mujeres, niños y ancianos son esclavizados. No conocen más que el sufrimiento de lunes por la mañana a sábado por la noche. Las crueldades infligidas sobre ellos, las largas horas de trabajo son inenarrables -su voz había comenzado a temblar y los ojos le brillaban más de lo normal. Prue estaba con las emociones a flor de piel-. Trabajan por una cama, una taza de té y un mendrugo de pan, nadie se preocupa por ellos más que ellos mismos con lo poco y nada que tienen -sus ojos se habían llenado de lágrimas-... y en los otros orfanatos tampoco es que las cosas difieran mucho de esa triste realidad. Los niños duermen en el suelo, sobre trapos viejos y un montón de paja en el mejor de los casos. Ni los perros son tratados de forma tan cruel -las lágrimas comenzaron a correr por su mejilla y se dio la vuelta, no quería que los niños la vieran llorar.
 
Se apartó unos pasos secando las lágrimas disimuladamente y respirando todo lo profundo que fue capaz, intentando serenarse.
 
-Disculpe, milady, pero las emociones me desbordan cada vez que pienso en lo que esas pobres almas deben estar sufriendo en este mismo instante. ¿Cómo puede ser tanta la crueldad? ¿Cómo es posible que si un niño les molesta, porque es problemático según ellos o enfermizo, porque se transforma en una carga lo ofrezcan a cualquiera que pague un par de peniques por ellos? ¡Los venden, milady, los venden! -las lágrimas habían comenzado a correr por su rostro, imparables- No quiero que mis niños tengan que pasar jamás por eso, antes preferiría padecerlo yo...
 

Tragó saliva y negó con la cabeza. Necesitaba apartar todos esos obscuros pensamientos de la mente.
 
-Perdóneme, ni siquiera he respondido a su ofrecimiento -intentó sonreír, pero su sonrisa aún pugnaba con las emociones que estaba conteniendo-. ¿Ya ve lo rápido que encontró en qué ayudar y con lo que se sintiera a gusto? -sacó un delicado pañuelo de entre sus ropas y se enjugó las lágrimas, para luego limpiarse discretamente la nariz-. Hace unas semanas vino a visitarnos un músico, un pianista, y me faltan palabras para expresar la agradable tarde que hemos pasado todos. Ese día hablé con él para ver la posibilidad de contratarlo y que diera clases a los niños, pero me explicó lo costoso que era por el tema de libros y material de estudio -hizo una mueca y encogió los hombros con resignación-. Pese a que se ofreció a costear parte del material, no acepté porque no me pareció justo ya que él vive de eso. -Suspiró y sonrió- Por lo mismo es que su ofrecimiento nos llega como caído del cielo, los niños estaban muy entusiasmados ante la idea de aprender a tocar un instrumento. Yo canto con ellos pero de ahí a poder enseñarles a cantar hay una gran diferencia. Estoy segura que usted será una magnífica profesora.
 
Hablar sobre las clases de piano y canto sin lugar a dudas la había animado. Su rostro había vuelto a iluminarse.
 
-Benedict... -tragó saliva y habló con pesar y preocupación-, pero él es tan pequeñito aún, apenas y va a cumplir tres años. -Prue se puso seria y su menuda figura pareció crecer en autoridad- Si usted que me dice que lo va a apadrinar, que lo vestirá, alimentará y educará como si fuese alguien de su familia, del modo que hicieron conmigo cuando mi tía me trajo a vivir con ella a Londres, entonces sí, puede llevárselo junto a otro niño o niña de edad similar. Pero si su intención es llevarlos para que sirvan en su casa, con todo el respeto que me merece, milady, la respuesta tendrá que ser no, debe escoger entre los niños mayores. Si ese es el caso, por favor dígame para qué clase de trabajo los necesitaría y yo con gusto le diré cuál o cuáles de ellos están capacitados para realizarlo.