Partida Rol por web

Los Ángeles

La historia

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01/10/2008, 15:52
Director

El honda accord coupé recorría la Ventura FWY, una circunlavación de la parte noroeste del Condado de Los Ángeles.

Pedro de Santamaría había tenido que acostumbrarse al universo de pequeñas ciudades y independientes, cada una con su propia policía. Los Ángeles no era una ciudad, sino un monstruo urbano que aglomeraba decenas de ellas.

En cuanto a la policía, los americanos eran unos obsesivos al respecto. Tenían una policía para la ciudad, otra para el puerto y el aeropuerto, otra para las carreteras, etc... Cada departamento de policía tenía diversas oficinas y secciones, y todo esto (por supuesto), aparte de las agencias gubernamentales, como la DEA. Que solo actuaban cuando el delito era de jurisdicción federal.

El español pensó en el largo camino que había recorrido hasta llegar allí, al país más importante del mundo, desde su Cádiz natal. Sin embargo, lo que recordó fue el tiroteo de El Veracruz, al Charro apretándole la mano. Al despertar, estaba en un hospital, con un tubo metido por la boca. Un jefazo de la policía mexicana le dejó una medalla sobre la almohada, mientras un montón de gente que no conocía de nada le aplaudía, y el volvió a dormirse.

Pasó un mes, un largo mes en coma, y otro largo mes de rehabilitación. Pero, entonces, llegó la carta, una carta de la DEA. Le habían admitido para la academia y el programa de entrenamiento, asi que tuvo que ponerse en forma, superar numerosos exámenes orales y escritos, recibir tediosas charlas sobre bandas, drogas y cárteles internacionales. Entonces, despues de un año aprendiendo todo eso, obtuvo su placa. Uno de sus sueños se había cumplido, pero ahora tocaba lo peor: las calles.

Asignado a una investigación en Los Ángeles, supervisado ahora por su valedor, Max Power, acudía con su coche al puerto, donde iba a tener lugar un intercambio de droga por dinero. Y él llevaba el dinero. El móvil sonó. Era Power, recordándole que todo estaba preparado. La emboscada estaba lista, y con ese golpe querían coger a uno de los lugartenientes del cártel de Tijuana en aquella ciudad. Con él en sus manos, sería más fácil dar con los verdaderos cabecillas.

Las luces de las farolas se mezclaban con las de los edificios, la iluminación de las calles y los reflectantes de la carretera. Parecía que conducía en otro mundo, otro universo: la noche.

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01/10/2008, 16:37
Director

A Ramón Infante le traían los diablos. Conducía una vieja ranchera por la autopista de circunvalación de Los Ángeles, rumbo al peligrosísimo barrio de Compton.

"El Charro", como le apodaban, comprobó de nuevo el tacto de la culata de su pistola bajo la axila, mientras vigilaba por el retrovisor a un coche de la LAPD que conducía en sentido contrario.

La muerte del viejo Pablo le había hecho reflexionar. El héroe de El Veracruz, condecorado por el director general de la policía federal en el DF, no había encontrado consuelo en los honores. A decir verdad, le valían un chingo. Unos reporteros, llegados hacía unos meses al pequeño pueblo, le pillaron volviendo a su casa, despues de comprar unas coronitas. Previamente, se colaron en su casa, y filmaron su pocilga. No deseando ser importunado por semejantes paparazzi, Ramón la emprendió a insultos (y casi a golpes) con ellos, acaparando durante un mes el dudoso honor de ser "carne de youtube".

Entonces, lo vió claro. Pidió un año, ni más ni menos, de asuntos propios, y se lo concedieron. Sus jefes también vieron la necesidad de que él desapareciera durante una larga temporada de El Veracruz, y que disfrutara de sus "merecidas vacaciones acumuladas".

Hacía mucho tiempo que las imágenes se repetían en su cabeza, insistentes. Su rostro, el calor de sus besos, la suavidad de su tacto, su dulce sonrisa. Recordó sus palabras, como decidió irse, y como el viejo Pablo se lo advirtió y recriminó. Ella era una buena chica, y no merecía ser ignorada.

Ahora, Pablo estaba muerto con una bala en la cabeza, muerto por los bastardos de Torreno. Pero su muerte no había sido en vano. Ahora, Ramón Infante sabía que es lo que tenía que hacer: recuperarla. No importaba la distancia, el tiempo, el peligro o el dinero. Debía intentarlo, debía conseguirlo. Recordaba bien el rostro del hombre que la llevó en coche hasta la frontera, lo recordaba muy bien. Lo había grabado en su mente, de hecho, pues despues del tiroteo en El Veracruz esa cara estaba entre los muertos: la mano derecha de Torreno.

El visado de turista y el arma que llevaba eran cortesía del misterioso gringo al que salvó, el tal Max Power. Se sentía en deuda con el anónimo sargento mexicano que salvó su pellejo en una comisaría del desierto de Sonora, por eso le dió el arma, consejos e información.

-Ten cuidado con eso -dijo, refiriéndose a su 9mm- Es un decomiso ilegal de la LAPD, y me la han pasado de tapadillo. Esto no es el jodido El Veracruz, así que no vayas disparando a la gente por ahí, si no te queda más remedio.

Habían hablado en una cafetería cercana a la frontera, con la ranchera de El Charro aparcada enfrente de la cristalera. La camarera le sirvió un café, y él evitó mirar a Ramón, mientras le decía lo siguiente.

-Los chicos de antivicio me dieron la noticia el otro día. Una tal María Requeno está entre las chicas de un prostíbulo de lujo que lleva la Nuestra Familia, el sindicato del crimen mejicano que opera vendiendo la droga de algunos cárteles... Entre ellos el de Tijuana.

Power le había mirado.

-Es una casa, en Compton, el peor barrio de Los Ángeles. Aquello está lleno de pandilleros y algún que otro mafioso. Ten cuidado, porque últimamente la Nuestra Familia está haciendo tratos con la Mara Salvatrucha... La mayoría son ex-militares de centroamérica, especializados en extorsión, robos y delitos violentos. Gente muy peligrosa.

El Charro no pudo escuchar más. Su chavita, su dulce chavita, ahora había sido forzada a la prostitución. Su sueño de ser actriz truncado porque él, y solo él, no había estado con ella cuando más le necesitaba, procurando que nada malo le pasara.

Conducía, tenso, con una sola idea en la mente: matar a todos esos hijos de la chingada. Tenía que encontrarla, ayudarla, aunque fuera lo último que hiciera. Y, posiblemente, aquello sería lo último que hiciese en su miserable vida.

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01/10/2008, 17:34
Director

 

Luli aparcó la moto detras de una vieja nave del puerto. Recordó las instrucciones de su jefe, el misterioso "Argentino", que a tan pocos se mostraba.

El encargo revestía de dificultad, sin duda. Debía secuestrar a un hombre en concreto, un lugarteniente de la Nuestra Familia, el sindicato mexicano del crimen que controlaba al tráfico de drogas.

El negocio podía ser sencillo, aunque había que procurar que el tipo no muriera. Según los informadores, había quedado con un hombre para un intercambio, en unos muelles viejos. El lugar estaba relativamente cerca, a diez minutos andando.

Debía, ante todo, procurar que los tipos que acompañaran al de la entrega dieran cuenta de los guardaespaldas del narco, iniciando una pequeña guerra con el fusil de francotirador que llevaba plegado en la bolsa: un dragunov SVD. Disparando primero al bando del dinero, provocaría un tiroteo con los guardaespaldas, y si Dios quería, su muerte. Mientras, el narco sería evacuado, y llegaría el turno de usar su moto para perseguirle y terminar con el resto de guardaespaldas. Era algo ruidoso, pero podía funcionar.

En verdad, ella estaba en su salsa. Despues de lo de El Veracruz, tuvo que poner tierra de por medio y cruzar la frontera. La policía hizo demasiadas preguntas sobre su identidad, y tuvo que escapar una noche por la ventana del patio, evitando la detención. Desde entonces, se había buscado la vida en las calles de Los Ángeles, usando a viejos contactos y amigos. Fue en uno de esos trabajos cuando, por azar, se cruzó con "El Argentino", un afamado asesino. Casi se mataron mutuamente, pero por extraño que pudiera parecer, eso convenció a aquel hombre de que ella podía ser una buena compañera de trabajo.

Desde entonces, él y su jefe se han vendido al mejor postor, con sus propias reglas: nada de niños o ancianos, pagar por adelantado y dar la máxima información posible. No les ha ido mal, y desde hace unos meses ella ha podido compatibilizar esa vida con un lujoso apartamento, las fiestas del sábado noche y la ropa cara, con una tapadera como oficinista en una comisaría de policía. Cuanto más cerca del enemigo, más seguro estás.

Pero aquella noche, cuando Luli se encaminó hacia la nave donde se iba a apostar, una sombra le hizo mantener la tensión, y esconderse. Una ojeada más pausada reveló su naturaleza: LAPD. La policía estaba allí, e iba a montar su propia emboscada.

Aquello iba a ser más dificil de lo que parecía.

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28/12/2008, 14:46
Director

Max pensó en que aquella iba a ser su gran noche.

Los cabos estaban atados mucho antes de que, conduciendo su coche por la autopista, llamara con el manos libres al agente Pedro de Santamaría, que estaba bajo su mando. El español era pieza clave en aquella trama, porque iba a hacer la entrega del dinero marcado a los hombres de Torrizal.

José Torrizal era la mano derecha de un importante narco del cártel de Tijuana cuyas reyes se extendían en Los Ángeles hasta el punto de monopolizar el tráfico de drogas en los barrios bajos de mayoría latina. Daba igual que el crack lo repartiera un miembro de la banda de la calle 18 que la Nación de Aztlán: todos compraban la mercancía al cártel.

La voz del español sonó por el teléfono, con su particular deje mexicano (demasiados años en aquel país), y Max le habló:

-Pedro, soy Max. Es una llamada de comprobación por un canal protegido. Recuerda, no dispares a nadie a no ser que sea en defensa propia. Realiza la entrega y quédate con la coca. Luego daremos ventaja a los matones antes de perseguirlos. Por si la cosa se pone fea, tenemos algunos francotiradores de la policía apostados en sitios discretos.

Dejó un poco de tiempo para que digiriera la información. El plan era siple: muelle 14 del puerto viejo de Santa Mónica, intercambiar la coca con billetes marcados con caja señalada. Así sabrían en manos de quien terminaban, y con quien hacía tratos el cártel. Una vez dejado un tiempo prudencial, procederían a asaltar la casa de Torrizal y meterle entre rejas, prometiéndole una reducción de condena si les revelaba el paradero actual del jefe del cártel: Luis Torreno, hermano del difundo Antonio Torreno.

-¿Alguna pregunta? -añadió.

Ya veía las luces del puerto desde la carretera.