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Saint Seiya: El Ocaso del Olimpo

Dudas y ayuda

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26/10/2014, 16:04
Vreist Feuer
Sólo para el director

es que no sé cuales serian buenos balances.

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27/10/2014, 16:57
Vreist Feuer
Sólo para el director

Lamento muchisimo los retrasos producidos por mi culpa. He reajustado la historia de mi personaje, cambiando el final.

Si quieres retocarme la ficha sientete libre de hacerlo. Te pediría que como trasfondo mantuvieses lo siguiente:

Ventaja: Afinidad Animal. Afortunado, Al Limite, Resistencia Psiquica.

Desventaja: Vulnerable a veneno

Ataque y parada

Ki poder, Fuerza y voluntad.

Habiliddes

Advertir, frialdad, atletismo, Animales, Subterfugio, trampero, forja o similar

 

 

Nombre: Vreist Feuer

Edad: 17 años.

Descripción: un joven de 1,85 cm, unos 80 kilos de peso, con cabello grisáceo y ojos escarlata.

Familia:

Kharl - Padre, tullido y tuerto, se desconoce si sigue vivo o muerto.

Konrad - Hermano mayor, herido en un brazo.

Anna - Madre, fallecida.

Abert - Hermano pequeño, fallecido.

Clara - Hermana mayor

 

Historia:

Vreist nació en el pueblo de Dusken, en el norte de Alemania, y allí fue donde pasó la mayor parte de su niñez junto con sus padres y sus tres hermanos. Eran buenos tiempos, llenos de momentos nostálgicos que al ser recordados provocan que Vreist mire al cielo maldiciendo su propio destino.

Su infancia fue tranquila,  iba a la escuela del pueblo junto con sus dos hermanos mayores: Clara, una joven rubia siempre risueña, y Konrad, un joven alto de aspecto desgarbado; y se dedicaba a jugar por los frondosos bosques y las colinas de la región. A veces se quedaba horas viendo como su padre, Kharl, el herrero del lugar, trabajaba el metal al calor de los grandes fuegos que avivaban un monstruoso horno de piedra que había pertenecido a su familia por generaciones. En ocasiones Vreist se enfadaba al ver como su hermano ayudaba a su padre golpeando el metal al rojo vivo, él también quería ver el fuego sucumbir a sus deseos.

En una de esas rabietas Vreist corrió y corrió hacia el bosque, pero sin querer se perdió entre sus propios pasos y terminó  rodeado de longevos abetos que apenas le permitían ver el sol. Todavía recuerda ese miedo, y el pavor que sintió al ver la silueta de un lobo gris a lo lejos. El lobo, el terrible dominador de los bosques, el amo de la bruma nocturna; aquél que todos temían estaba ante él. Un niño asustado, tembloroso, veía como a lo lejos los colmillos de la bestia relucían como gotas de nácar, pero el animal lo ignoró, simplemente se quedo quieto y espero a que dos pequeños lobeznos le alcanzarán para volver a desaparecer entre los arbustos.  Ese pavor inicial se volvió calma cuando sintió los brazos de su padre rodeándolo y  al comprender por primera vez que hasta los seres más temibles podían preocuparse por una familia. Nunca olvidaría a esos lobos, ni lo que era tener una familia, hasta ese trágico día.

Aun recuerda el olor de ese día, lo que escribía la maestra en la pizarra, las nubes del cielo; recuerda todo. Cuando los cuervos huyeron del bosque convertidos en una enorme nube negra, y como después hubo un gigantesco estruendo que desembocaría en la destrucción de una montaña cercana a la escuela. Los habitantes del pueblo huían a sus casas o gritaban por sus familias, mientras tanto, dos figuras relucientes, dos hombres que portaban extrañas armaduras, luchaban en lo alto del lugar. ¿Qué eran?, ¿por qué luchaban?, aun lo desconocía de aquella, pero puede revivir la fuerza con la que su hermana lo cogió en brazos y como Konrad les gritaba con la cara ensangrentada, un ojo herido y el brazo lacerado. Su hermano mayor, uno de sus héroes, a duras penas podía sostenerse en pie.

El polvo cubrió el lugar al punto de que el cielo se oscureció en pleno mediodía y un destello de vivos colores cubrieron a ambos guerreros armados; todo quedo en silencio un segundo para dar pasó a un estrepitoso sonido y a una fuerza que empujo a casi todas las personas que Vreist podía ver al suelo; solo quedaron de pie a duras penas su hermana y su malherido hermano que ignoraron la presión del lugar y siguieron corriendo hacia su casa. Solo una colina les impedía ver la humeante chimenea de su hogar, una pieza de barro y gres que sobresalía varios metros por encima del resto y que estaba decorada con un cuervo hecho de metal, firma de herrería de sus ancestros, que mostraba un agujero en la cuenca del ojos para poder ver lo rojizo de las llamas que allí morían. Aquella chimenea ya no existía, se había derrumbado por completo debido al impacto de un enorme peñasco que había viajado docenas de metros y había impactado contra su hogar. Anna, su cariñosa y serena madre, solía quedarse en casa con su pequeño hermanito cuando su padre estaba entregando algún encargo.

Su joven corazón de infante se encogió, ¿su madre estaba bien?, ¿estaba herida?, ¿y su pequeño hermanito?; trágicas preguntas que tuvo que hacerse un joven niño por primera vez en su vida mientras escuchaba los gritos sordos de su hermana que lo abrazaba con fuerza. Poco recuerda de eso porque empezó a sentirse mal y se desmayó.

Pasaron días desde el ataque y Vreist tuvo que enfrentarse a la tragedia de enterrar a su hermanito y a su madre, al mismo tiempo que gran parte del pueblo lloraba a sus propios difuntos. La que fuera una casa rebosante de amor se había vuelto un hogar gris y apagado; su hermana a duras penas intentaba distraerlo como intentando suplir el lugar su madre, mientras su hermano maldecía por su brazo malherido y el dolor que le causaba. Su padre se había guarecido en la fragua y se había negado a hablar con nadie, ni el ojo que había perdido  por sus heridas lo distraía de un fuego que no se apagaba nunca, pero tampoco Kharl volvió a cruzar más de diez palabras seguidas con cualquier persona del lugar. El propio Vreist arrastraba la pena y la duda y sus cabellos rubios habían tornado grisáceos durante la enfermedad y el hambre de los meses venideros.

Durante el siguiente año las largas ausencias de su padre se convirtieron en algo común, a veces volvía con extraños metales y materiales con los que experimentaba a puerta cerrada; sin ni tan siquiera dejar entrar a Konrad. Este ultimo había vuelto a poder mover el brazo pero le solía doler, algo que provocaba su ira y cambios bruscos de humor. A menudo, hablaba a Clara y Vreist de que los guerreros que habían luchado eran Santos o Caballeros, unos guerreros legendarios capaces de abrir el cielo y la tierra. Lo que parecía ser un relato fantástico terminaba siendo un sinsentido de pugnas y quejas hacia lo que su hermano mayor consideraba - "una amenaza en manos de unos presuntuosos que sirven a alguien más necio y prepotente que cualquier rey que haya existido". Ese dogma de odio se extendía por todo el pueblo como un virus, algo que no le sorprendía pero que incluso el profesó ante tal tragedia.

No sabría decir si fruto de dichas falacias o de la locura vengativa, Kharl - su propio padre - comenzó a gritar en la plaza del pueblo que lo había encontrado, que después de libros, aleaciones y artes alquímicas y mágicas; por fin había encontrado un metal capaz de herir a esos bastardos. Kharl mostró una espada de filo oscuro con reflejos escarlatas y rosáceos; un arma que emitía un brillo extraño, como si en su interior escondiese magma. Con solo un tajo de la espada, Kharl pudo partir sin esfuerzo los restos de una estatua y dejar una marca visible por el adoquinado del lugar. Además, pregonaba que había fabricado varias armas, e incluso una armadura y un escudo, y que con ellos se podrían defender y castigar a los culpables.

"¿Arma temible?" - piensa siempre Vreist al recordar tal locura y desfachatez; pero aunque duda de que esos objetos pudieran herir de verdad a un protector de Atenea, lo cierto es que ellos no sabían que el caballero había ido para salvar a la comarca, al país, al mundo y a la propia Atenea; y que aun después de su valor, el guerrero terminaría llorando por los inocentes que murieron. Era una excusa que había conocido después, y aunque no le convencía seguía siendo una disculpa. Lo peor, es que su padre si creía que esas armas podrían dar muerte a un caballero.

No sabe que pasó después, el era aun un niño,  pero su padre se marcho rumbo al castillo del Varón del lugar, cuyo nombre ni recuerda, y al volver de allí lo hizo sin sus armas y sin una mano. ¿Qué había pasado?, ¿un castigo por jugar con magia oscura?, ¿para evitar que hiciera más?, ¿qué sucedió con las armas?, preguntas que jamás obtendrían respuestas pero acciones que provocaron que su propio padre golpease con su única mano el cuervo que coronaba los restos de su hogar. Aquella silueta, la marca de su orgullo, lo que en su día había heredado se sus ancestros yacía ahora en el interior del horno, refundiéndose hasta que el cuervo se extinguió.

"Papa, ¿ya no somos cuervos con filo en las alas?, ¿nuestro humo ya no tiñe a otras aves y las convierte en cuervos?, ¿los martillos ya no suenan a graznidos?" - preguntas que Vreist a día de hoy recuerda haber pensado pero no haber realizado. Leyendas de orgullo, de aves que representan el tañar del yunque, de representantes de Hefestos que indican a los artesanos como suena el metal bien trabajado; historias de orgullo que le contaban y que ahora ya no importaban.

Pasaron unos meses y un día su padre decidió que era mejor ir al norte, al reino de los Polaris, para probar fortuna y huir de los recuerdos. Todavía puede recordar el tacto de la nieve y los buenos momentos que pasó con su hermana, momentos que se enturbian con los delirios alcohólicos de un padre casi siempre ausente y la violencia de un hermano mayor lleno de dolor y rencor. La única pureza en la vida de Vreist era su hermana, pero esta le instaba a no ser como ellos, por desgracia la tragedia también había apagado repentinamente la luz de la inocencia en el pequeño Vreist, aunque su hermana podía volver a iluminar su corazón.

El tiempo paso pero no la eterna estación helada del reino, Clara cada vez intentaba pasar más tiempo fuera de casa con su novio y casi siempre ideaba el modo de que Vreist pudiera ir con ellos o quedarse en la mansión que tenía la familia de él, jugando con su joven hermanito. Una noche, Clara le dijo a su hermanito que en breves se iría a vivir con su novio y que él podría ir con ellos, que no importaba el problema y que los padres de él los acogerían. Vreist sabía que la familia del muchacho era noble, que tenía criados, una hermana de su edad y un joven hermanito; sabía que el blasón de su familia era respetado y que nadie se atrevía a dudar de Clara, ni siquiera Konrad y Kharl, sabía que podían ser felices.

Una noche, durmiendo en su casa, con sus hermanos y su padre, pudo escuchar como este criticaba el hecho de que ella tratase a su hermano menor como una mascota y que ella no tenía derecho alguno a llevárselo. Por primera vez en su joven y triste vida comprendió que si se quedaba la gente lo criticaría, que si se quedaba estaría a merced de Konrad y de su padre, que si se quedaba todos tomarían a Clara como una aprovechada, que si se quedaba Clara no podría ser feliz, comprendió que no podía hacer eso. Al amparo de la noche, el aún niño tomó su abrigo y algo de la despensa, abrió el cajón secreto de dinero de su padre y le robó algo de dinero; al cobijo de la noche él se marchó de su hogar pero no quería entristecer a su hermana y le dejó una nota, a la vez que se hacia un corte en la mano que los dirigiría al acantilado.

"¿Por qué hice eso?"- se preguntaba un Vreist más adulto y con más cicatrices al fijar su mirada en la herida de su mano. "Si dejo una nota es que no me voy a morir y dejando esa sangre parecía que me había caído a los peñascos del acantilado. Aunque era mejor que Clara pensase que había muerto, nadie busca a un muerto porque solamente los lloran".

Vreist pudo colarse en un barco de vuelta a Alemania y bajar cerca de la comarca donde se había criado. Durante el camino fingía ir al colegio, con una mochila y caminando siempre cerca de otros niños, no quería que nadie le preguntase nada. No sabía que iba a hacer con su vida, pero sabía que debería hacerse más fuerte para darle una paliza al malvado que atacó su pueblo. Se refugió en una cueva cercana al pueblo y entrenaba levantando rocas y golpeando arboles, enfocando sus recuerdos en cada golpe para que esos malvados sintieran toda la carga del pasado. A veces se limpiaba e iba al pueblo a gastar el poco dinero que le quedaba en comida, hasta que un día comenzó a escuchar el rumor de que habían visto a alguien portando una Caja de Pandora, el cofre donde van guardadas las armaduras de los Santos de Atenea.

Un pinchazo de dolor y angustia atravesó el corazón de Vreist, ¿volvería a pasar?, ¿esta gente moriría?, ¿podría enfrentarse a un Caballero y demostrar ser fuerte?, ¿podría vengarse?, ¿podría defenderlos?. Vreist corrió con todas sus fuerzas hacia la salida del puerto, había logrado tumbar un árbol pero ¿bastaría?, se negaba a volver a ver a arder un pacifico lugar por un combate entre Caballeros legendarios. Nada más llegar al puerto pudo ver la reluciente caja que portaba la armadura y al hombre que la portaba, no se lo pensó dos veces y subió por encima del rompeolas  hasta colocarse encima de él. Mucha gente observaba al extranjero con curiosidad, "¿son tontos o no ven que podría matarnos a todos?" - pensó el infante antes de lanzar un grito y presentarse - "Tu, Santo, soy Vreist Feuer y no permitiré que destruyas el lugar. Me vengaré y defenderé a todos de ti. ¡Ese es mi pasado y este mi futuro!", dijo para  acabar saltando con todas sus fuerzas y cerrando el puño hacia su oponente.

El santo no hizo apenas nada, simplemente miro al niño con desprecio, un enviado de los dioses no debía ni molestarse. El niño se arrojo desde  el rompeolas, cerrando el puño con todas sus fuerzas, pero su puño se estrello contra una fuerza invisible que destrozó su puño y lo empujó contra la estructura de roca desde donde el joven había saltado.

Apenas recuerda nada después de eso, solamente que su visión de volvió borrosa y la sangre emanaba de su cabeza, mientras el hombre se daba la vuelta al que habia intentado golpear le arrojaba unas monedas. Ante tal humillación, Vreist solo pudo quedarse quieto mirando y jurando que tarde o temprano, sus puños podrían golpearle.

 

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31/10/2014, 22:05
Director

Tranquilo porque no estas retrasando nada, de hecho el resto esta con sus respectivas introducciones, ahora estoy en un curso por lo que todavia no he podido ponerme al 100% con tu ficha, pero en cuanto a las ventajas, sobre todo en una partida de SS conviene tener acumulacion plena, ya que si no acumularas Ki (Cosmos) a la mitad de velocidad si haces algo a la vez como atacar o defenderte.

Cargando editor
01/11/2014, 02:09
Vreist Feuer
Sólo para el director

Pues confio en tu buen criterio.

Cargando editor
01/11/2014, 14:40
Cain
Sólo para el director

master, tengo una duda. Se supone que yo tengo que ir a europa por q encontre un pergamino, pero asi sin mas, no sabria nada. Que deberia averiguar antes de ir? digo para poder hacer un post mas largo

Cargando editor
03/11/2014, 10:59
Director

En un principio nada, según la historia que me mandaste no diste a entender que fueses a hacer alguna investigación previa, pero lo que si sabes por el propio pergamino es que dichas enseñanzas empezaron en Grecia. 

Eso sí, eres libre de aprovechar y preguntar a Nostriano todo lo que creas que a tu personaje le cause curiosidad o crea que le pueda ser útil.

Cargando editor
08/10/2015, 21:20
Cain
Sólo para el director

te pongo aca la pregunta aca asi no desvirtuo la escena.

No entiendo. En la planilla dice que tengo 124 puntos de ki, y si me pongo la armadura sumo 227. Asumo que tenia 124 puntos en ese momento, por que no habia gastado nada. La tecnica cuesta 42, osea me quedaba 82 de ki, mas los 26 de regeneracion, me quedan 108 de kide 227. No era asi? pregunto totalmente de la ignorancia para tratar de aprender el sistema, justo pense que habia entendido eso, y al final no :P

 

Cargando editor
13/10/2015, 08:57
Director

A ver, la acumulación de Ki es diferente a la cantidad de puntos de Ki que tengas.

Tu tienes por ejemplo de total de Ki a tu alcance 227, pero eso no significa que puedas gastarlo de golpe sin ton ni son, para eso está la acumulación. De esos 227 puntos, tu eres capaz de acumular 26 por turno, de forma que si quieres lanzar una técnica muy poderosa que cueste por ejemplo 100 puntos de Ki, necesitarías 4 turnos para poderla ejecutar (26x4=104)

Espero que te haya aclarado algo la duda.

Cargando editor
13/10/2015, 16:08
Cain
Sólo para el director

Creo que quedo claro...vamos por la vida con 0 ki, y tenemos q acumular concientemente para poder juntar. Perfecto.

Considera que me puse a la defensiva cerca de la hidra, para tratar de distraer a alguna de las cabezas.

ah, la ini no tiene bonificador de tecnica, asi q es un 80+5 de dado 85