
Él era un cazador de brujas, ella su presa... hasta que se conocieron.
Durante años, el cazador había perseguido a las brujas sin cuestionar jamás las órdenes de la Orden. Había visto aldeas arder, escuchado confesiones arrancadas entre lágrimas y contemplado cómo las llamas consumían a mujeres que juraban ser inocentes. Nunca dudó. Nunca vaciló.
Hasta aquella noche.
La encontraron sola en el bosque, encadenada a un antiguo roble cubierto de símbolos olvidados. Según los informes, era una de las hechiceras más peligrosas de la región. La responsable de enfermedades, desapariciones y extraños susurros que recorrían las aldeas cuando caía la niebla.
Pero cuando él la vio por primera vez, no encontró un monstruo.
Encontró a una mujer empapada por la tormenta, agotada, con las muñecas ensangrentadas por los grilletes y unos ojos que no reflejaban odio ni locura.
Solo tristeza.
Privada.