El líder de los Túnicas Negras se desangra en la cama como el cerdo que es, aullando como un berraco malherido. La suya no está siendo una buena muerte. Me hubiera gustado haber acabado con él con mi magia o, en su defecto, ajusticiarlo con un único y rápido golpe, pero supongo que era demasiado ingenuo por mi parte pensar que yo podría llevar a cabo de forma efectiva una acción semejante.
No soy un verdugo y tampoco soy un guerrero. No soy nada sin mi magia.
Por tercera vez levanto la pesada espada de hierro frío por encima de mi cabeza confiando en que este sí sea el golpe definitivo cuando Dar-Tharion irrumpe en la habitación casi a tientas, palmeando los muebles con una mano ensangrentada mientras con la otra sostiene su escalofriante e impío mandoble.
«Solinari, que no me vea —suplico en silencio a mi dios, al tiempo que inicio la maniobra descendente de mi propia espada—. Que no me vea antes de que...»
No consigo terminar la plegaria, pues dos palmos de acero negro atraviesen mi endeble túnica de mago y se hunden en mi blanca carne, destrozando cuanto encuentran a su paso. Mi propia espada resbala de entre mis dedos crispados y cae al suelo en medio de un ruidoso tintineo que suena cada vez más lejano.
¿Grito? Si es así, no oigo mi voz. Intento mirar en dirección a mi asesino pero ya solo veo oscuridad, mis ojos se apagan y el suelo parece alzarse para recibir mi cuerpo.
He fracasado y con mi fracaso he condenado a mis compañeros. He fracasado y con mi fracaso he abocado a la extinción a la Alta Hechicería. He fracasado y con mi fracaso, Krynn entero está sentenciado. Ni siquiera me atrevo a pedir el perdón a los dioses inmortales porque no hay perdón posible, ni yo mismo puedo perdonarme. ¡Siento tanto abandonarte, mi pobre Shilara!
En una caótica y fragmentada visión postrera, anticipo el regreso triunfal de Dalamar el Oscuro del Abismo, vislumbro la resurrección de Takhisis y hasta contemplo el llanto de los mismísimos dioses de la Luz. Lloran por ellos, claro, no por mí. Yo ya estoy muerto y solo el Dios Supremo sabe qué me aguarda más allá del Río de las Ánimas, si es que algo me aguarda. Si es que alguien me aguarda. Ojalá seas tú, Enrielle...