Mi familia es... complicada.
La familia es complicada...
He metido la pata.
Ya somos dos...
Dije que tenía pareja para evitar una situación...
¿Familiar...?
Si no presento a alguien antes de que acabe el año, un tipo muy apropiado, muy correcto y muy decidido va a pedirme matrimonio delante de todo el mundo.
Estás bastante jodida...
No quiero dejar España, ni a Marina, ni mi nueva forma de existir, de bailar.
Joder... Definitivamente estás bien jodida...
Si tuviera una especie de novio falso para cenar con ellos, quizá ganaría unos meses y los necesito.
¿Unos meses para qué...?
Mucho.
Vale, stop, concentrate. Te lo esta pidiendo en serio.
Sería un viaje, una cena y poco más.
¿Un viaje? ¿Cena? ¿Poco más? Empezar a conocerte ya es un viaje en sí mimo...
No es un escenario ni nada así.
No, si todavía tendré que agradecerle la oportunidad de sufrir un infarto controlado...
Solo... seguir un poco un guion.
¿Yo? ¿Seguir un guion? ¿SOLO un POCO? ¿Qué hostias quiere decir SOLO UN POCO?
El mínimo.
Sí, ya, ya sé por dónde vas...
Y luego volvemos aquí y cada uno sigue con su vida.
Tan sencillo como eso... Sí, ya lo pillo; la letra pequeña me la lees a la vuelta...
Vuelvo a calzarme el calzado. Esta manía de asegurarme de que los calcetines tienen los agujeros contados no me ayuda en nada. Me flipan sus tobillos. Jamás me había fijado en los tobillos de nadie, ni siquiera en los míos. ¿Cómo son?
Vuelvo a descalzarme. Comparo, con disimulo, mis tobillos y los suyos. Qué desastre; cómo comparar... Mejor no digo nada.
—Tienes unos tobillos espectaculares. No mienten. Eso se sabe. Si te fijas, los tobillos son aquello que soporta el peso de nuestras decisiones. Aquello que... No importa. Tus tobillos son sinceros. Hablan por ti...
Agacho la cabeza para esquivar el tortazo. El tortazo no llega. Sus tobillos siguen ahí, aguantando la mierda que vomito. Ha de estar muy desesperada para no largarme a puntapiés.
—Disculpa. No se me da bien relacionarme con desconocidos. Menos con desconocidas. Tengo tendencia a... Joder... Perdona, de verdad. Hace media hora me maldecía por haber aceptado la invitación de Marina, pero, para qué mentir, eres lo mejor que me ha ocurrido en meses.
Le lanzo una sonrisa idiota, cero seductora.
—Que no se te suban los humos, los últimos meses... qué digo, los últimos años, mi vida es...
Por favor, deja ya esa postura melodramática.
—¿Te apetecen unos churros con chocolate? Te invito y me cuentas con detalle. Necesito salir de aquí. Empatizo con tu desesperación.
Vuelvo a agachar la cabeza. Esta vez me lo he ganado sí o sí.
Parpadeo varias veces cuando empieza a hablar de mis tobillos. De mis tobillos.
Durante un segundo pienso que el alcohol ya me ha pasado factura y que esto es una alucinación colectiva provocada por el champán barato. Bajo la mirada de forma casi automática, como si esperara encontrar algo extraordinario ahí abajo y luego vuelvo a mirarle con una mezcla rara de desconcierto y cansancio.
—Mis tobillos... —repito, sin saber muy bien si es una pregunta o una constatación.
Me quedo aún tan perpleja que no sé que responder, así que hago lo único que se me ocurre: escucharle. Dejo que se deshilache solo porque es evidente que está tan fuera de lugar como yo. Que diga que soy lo mejor que le ha ocurrido en meses cuando solo hemos bailado unas pocas canciones me hace ablandarme.
—Bueno, tú pareces el salvavidas perfecto para tsunami que se me viene encima —respondo, intentando corresponder su halago lo mejor que puedo.
Cuando menciona los churros con chocolate, levanto la vista de golpe. La imagen es tan absurda y tan concreta que me arranca una risa pequeña.
—¿Churros? —alzo una ceja con diversión e incredulidad—. ¿Ahora mismo?
Miro hacia el interior de la nave, hacia la música, las luces violetas, el ruido que ya no me llama. Luego vuelvo a mirarle cuando habla de mi desesperación pero me limito a ponerle los ojos en blanco. No está tan alejado de la realidad.
—La verdad es que... —me levanto, tratando de no tambalearme—. Me vendría bien salir de aquí.