Pintura de Alberto Rodriguez, en 2010

Ubicado en la costa sur de España, en algún punto entre Cádiz y Almería, donde el Mediterráneo empieza a mezclarse con influencias atlánticas, este hermoso lugar se encuentra rodeado de colinas cubiertas de pinos y chumberas. Almagra es un pequeño pueblo costero de apenas 300 habitantes, aferrado al borde de un acantilado donde el mar choca con fuerza en invierno y acaricia la costa en verano, y el clima es cálido pero con variaciones sutiles. Las casas, encaladas con mimo, tienen zócalos y detalles pintados en almagra, ese pigmento rojo profundo que da nombre al lugar. En días nublados, la aldea parece teñida por la tierra misma, como si hubiera brotado de las rocas.
Las calles son estrechas y empedradas, con macetas llenas de geranios colgando de balcones de hierro forjado. El sonido del mar es constante, un murmullo que acompaña cada conversación y que se cuela por las ventanas durante la siesta.
Situado en una pequeña ensenada natural protegida por acantilados bajos y formaciones rocosas , el pueblo de Almagra mira al sur-sureste, lo que le permite disfrutar del sol la mayor parte del día y de brisas marinas constantes.
El terreno que rodea el pueblo es abrupto hacia el oeste, con colinas cubiertas de pinares y matorral mediterráneo, y más suave al este, donde desemboca un arroyo estacional que alimenta pequeños cultivos y huertos familiares. A lo lejos, se vislumbran otras aldeas más modernas, pero Almagra sigue anclado en el tiempo.
Los habitantes viven principalmente de la pesca artesanal, de la hostelería estacional y de la fabricación de cerámicas tradicionales teñidas con almagra. El pueblo tiene una plaza pequeña, una iglesia modesta, un par de bares familiares, y una tienda de ultramarinos que también sirve de estanco y antiguo colegio que ha vuelto a abrir los últimos dos años y cuenta con 20 niños de diversas edades.
El clima mediterráneo de Almagra se caracteriza por temperaturas suaves en primavera, entre los 18 y los 25ºC, con cielos despejados y campos cubiertos de flores silvestres, especialmente el romero que puede encontrarse en cada rincón, cubriendo de aroma los acantilados cercanos.
En verano, las temperaturas pueden llegar a subir hasta los 38ºC, pasando a una sequía importante para la que el pueblo se prepara con tiempo, pero con unos muy hermosos cielos azules despejados por completo, que hacen que el mar se convierta en un espejo turquesa. Por suerte, la brisa del mar por la noche ayuda a bajar la temperatura y puede descender hasta los 28ºC, permitiendo dormir.
El otoño está pintado de colores cálidos y suaves lluvias o tormentas breves que llenan el aire de petricor*, todavía con temperaturas altas de 15 a 20ºC. Esta es la época donde más setas se pueden encontrar, especialmente en las zonas de pinares.
Finalmente, en invierno, el clima se enfría, bajando a los 6ºC de media con hasta 12ºC de máxima, de cielos cubiertos y aire fuerte, que remueve el mar y convierte los acantilados en zonas peligrosas. Es una época tranquila aunque la humedad del mar impregna el aire.
Pintura de Julia Martín, en 2024.

Marina
Los acantilados están cubiertos de cormoranes, alcatraces y gaviotas que sobrevuelan las costas, acercándose a los seres humanos en busqueda de alimento más fácil de cazar. Las zonas cercanas al agua casi siempre tienen cangrejos de varios tipos, siendo las rocas contigua al faro un muy buen lugar para encontrar erizos de mar y cangrejos ermitaños. Dentro del agua se puede encontrar, para pescar, dorada y lubina, además de peces limón que dan el nombre a la pescadería más cercana a la playa. Tampoco son raros los avistamientos de delfines mulares que a veces se acercan a la costa.
Terrestre
Los jabalíes son una de las especies de mamífero más avistadas en los montes, junto a los huidizos zorros, que son algo más complicados de ver. En los matorrales no es raro encontrar camaleones comunes, lagartijas o incluso inofensivas culebras que siguen a los bichos e insectos que campan a sus anchas por el lugar. Durante primavera y otoño, la cantidad de aves crece por la presencia de grupos migratorios que se paran a descansar y alimentarse.
En todas partes se puede encontrar romero, lavanda, tomillo y salvia en estado salvaje, rodeados de pinos piñoneros y pinos carrascos en los montes más cercanos, siendo más habituales las chumberas (higos chumbos) y cardos en caminos y lindes. En los huertos se pueden encontrar olivos, almendros, higueras, naranjos y pequeños parches donde los habitantes llevan años plantando de forma regular.
*Olor de la tierra tras la lluvia