Al principio… todo era normal.
Había ciudades, países, ciencia, historia.
La humanidad creía entender el mundo.
Hasta que un día… el cielo se abrió.
No fue una metáfora.
No fue una visión.
Fue real.
Una voz —como una trompeta— habló desde lo alto.
Y entonces… comenzaron a abrirse los Sellos.
Primero llegó Conquista.
Cabalgaba sobre un caballo blanco, coronado, invencible.
Donde pasaba, los pueblos caían sin entender por qué.
Luego vino Guerra.
Y el mundo empezó a arder.
No guerras como antes… sino matanzas sin sentido, eternas.
Después apareció Hambre.
La comida desapareció.
Los ríos seguían fluyendo… pero nadie podía saciarse.
Y finalmente… llegó Muerte.
No caminaba solo.
Los muertos caminaban con él.
Cuando se abrió el quinto sello… ocurrió algo imposible.
Los muertos… regresaron.
Pero no como monstruos.
No todos.
Algunos eran santos, mártires, almas antiguas.
Regresaron con un propósito… aunque nadie entendía cuál.
La humanidad ya no sabía qué era la vida… ni la muerte.
El sexto sello no trajo una plaga.
Trajo el fin de la realidad.
La tierra tembló como si quisiera deshacerse de sí misma.
Montañas se movieron.
Océanos desaparecieron.
El cielo se apagó.
El sol se volvió negro.
La luna sangró.
Las estrellas… cayeron.
Ese fue el día en que el mundo dejó de existir… tal y como era.
Con cada trompeta… algo peor ocurría.
Fuego caía del cielo.
El mar se convirtió en sangre.
El agua se volvió veneno.
Y entonces…
se abrió el Abismo.
De él salieron criaturas que nunca debieron existir.
Demonios. Bestias. Cosas sin nombre.
Pero no estaban solos.
También descendieron ángeles.
No eran salvadores.
Eran soldados.
Los que sobrevivieron… cambiaron.
Algunos se refugiaron en una ciudad llamada Babilonia,
la última gran esperanza de la humanidad.
Otros se arrodillaron:
ante los ángeles… buscando poder o ante los demonios… buscando poder
Y otros simplemente huyeron…
viviendo como animales en un mundo muerto.
Ya no existía el bien ni el mal.
Porque:
Los ángeles podían destruir ciudades enteras
Los demonios podían proteger… si les convenía
Así que los humanos cambiaron su forma de entenderse.
Ya no eran “buenos” o “malos”.
Eran:
Lo que les quedaba de virtud
Lo que les consumía por dentro