EPÍLOGO

La oscuridad, el olor a muerte y putrefacción dejaron paso a la luz del sol y al aire fresco.
Una a una, las figuras de los reservistas surgieron del hueco en el suelo, dibujándose a contraluz en el horizonte. Desde las ruinas, observaron lo que quedaba de Muari: Estaba prácticamente destruida, era solo un cadáver, como sus actuales moradores.
Quizás Wrench siempre tuvo razón y allí no quedaba nada que salvar.
Por eso la victoria se sintió tan amarga.
Era hora de dejar ir a Muari.
Cabizbajos, agotados y heridos, los reservistas encaminaron sus pasos de vuelta a Frontera. Al cruzar el pequeño pueblo donde aún resistían las ruinas de la casa de los Bovari, el silencio era sepulcral. Algunos evitaron mirar atrás, otros, quizás, se detuvieron un instante ante los restos de lo que una vez fue un hogar.

Aunque la situación parecía anticipar un cuadro similar al viaje de ida, con un camino tranquilo, donde los reservistas tenían tiempo para la introspección, resultó ser radicalmente distinto, pues si antes los viajeros eran escasos, ahora estaba poblado por peregrinos que viajaban a Frontera. A medida que la ciudad se vislumbraba en el horizonte, carromatos y caravanas se incrementaron hasta formar un atasco que colapsaba todo el Camino Real.
No fue complicado adivinar de donde venían por su acento y vestimentas. Provenían de Arvéil.
Ante la pregunta de: “¿Qué ha pasado aquí?”
La respuesta solía ser:“El Patricio ha encargado muchos materiales a Frontera” o “Corren rumores de que habrá una luna roja pronto, los muros más seguros son los de Frontera”
Por suerte, los reservistas tenían libertad para evitar los controles de la guardia de caminos y la guardia imperial, por lo que pudieron llegar a la ciudad sin mayores percances.
Al cruzar los muros de la ciudad, la estampa era inédita. Frontera jamás había estado tan abarrotada, ni siquiera en sus mayores festividades.
Esquivando el gentío como bien podían, los jóvenes alcanzaron el cuartel de la reserva.

Varios grupos pequeños de reservistas se arremolinaban en el parque, junto a la fuente.
“Pues paga más que cuatro misiones juntas, nos haremos de oro”
“Ese tipo parece que está construyendo un maldito ejército”
"Me da mala espina, él y el tipo que lo acompaña. Es aterrador"
“Me da igual que esté loco mientras nos pague al final del trabajo”
Escucharon al cruzar cerca.
Lo más extraño de todo era que ni siquiera el guerrero Alicaído estaba allí para recibir y desanimar a nadie, como era habitual.
La situación que flotaba en el ambiente era extraña, pero a la vez melancólica, como la de una despedida.
Podéis postear vuestro mensaje de despedida antes del cierre. Por favor, limitaos a uno o dos máximo.
Cabizbaja, camino a Frontera, con los ojos empañados, intentaba no pensar en lo que habíamos dejado atrás.
Nadie dijo nada. Y lo agradecí.
Sentada por fin, a salvo, dejé que el cansancio me alcanzara. Las ojeras delataban las noches sin descanso, las pesadillas que aún seguían ahí, esperando en cuanto cerrara los ojos.
Le sonreí a Akai, suavemente. Con la mirada enturbiada —"Se me ha metido una mota de polvo…" Era más fácil decir eso que admitir que quería llorar. Observando al resto de compañeros
—"¿Y ahora qué?" —pregunté en voz baja—. "¿Qué vamos a hacer?"
Había pasado la noche pensando. Dándole vueltas a todo. Al miedo, al futuro… a lo poco que parecía estar bajo nuestro control.
—"Creo que voy a seguir" —confesé—. "No sé muy bien por qué… pero siento que debo hacerlo. Que necesito encontrar mi lugar en todo esto."

Los rumores sobre Arveil flotaban en el aire. Y lo de la Luna Roja… eso me daba más miedo del que quería reconocer.
—"¿Y vosotros?" —pregunté, mirándolos—. "¿Qué queréis hacer?"
No eran solo compañeros. Después de sucesos de Muari eran mis hermanos.
Pensé en Muari. En los que se quedaron atrás. Una lágrima cayó sin que pudiera evitarlo.
—"Cuando esté mejor… iré a Arveil."
Y por primera vez en mucho tiempo, esa decisión no me dio miedo… solo tristeza.
El viaje de vuelta fue tan silencioso como triste. Habíamos ido a Muari a salvar las almas de nuestros seres queridos; pero, sin embargo, no habíamos podido hacer mucho al respecto. Al menos, Wrench sí podía encontrar ya el descanso que merecía... aunque su muerte dejaba en mi corazón un pesar eterno.
Cuando por fin llegamos Frontera, los rumores llegaban a nuestros oídos uno tras otro. Algunos especialmente inquietantes, como aquellos que hablaban de una próxima luna de sangre; otros que daban pie a nuevas oportunidades, como aquellos que hablaban del trabajo bien pagado. Sin embargo, mi atención se centró principalmente en Silvana cuando rompió el silencio que reinaba entre nosotros.
—Te entiendo —le contesté, con un asentimiento de cabeza, cuando comentó que quería encontrar su sitio—. Ahora mismo, todos necesitamos encontrar nuestro lugar...
Éramos parias, al fin y al cabo. Debíamos adaptarnos a nuestro nuevo futuro de una forma u otra.
—Yo... quiero ver a Sadie —dije finalmente, respondiendo a su pregunta—. La echo de menos, y... bueno... Wrench me dio un último mensaje para ella que merece saber. Luego... tendré que buscar una forma de hacer dinero. Cuando me haya recuperado, intentaré volver a Muari.
Aquello último lo dije con una sonrisa que intentaba trasmitir confianza, pero que ocultaba una tristeza indescriptible. Después de todo, no podía evitar sentirme culpable por fallar a mis vecinos y dejar que siguieran deambulando como no-muertos. Sin embargo, antes de poder volver, necesitaba volverme más fuerte... Aún era demasiado débil como para poder sobrevivir allí hasta cumplir con mi misión personal...
El camino de vuelta a Frontera fue duro para todos, Aurora lo hizo cabizbaja y en silencio, haciendo una breve parada frente a la granja que fue su hogar no hacía tanto, observando aquellos escombros y maderas carbonizadas, recordando que allí yacían sus antepasado, papa, mama y la abuela Masha, miró el cielo despejado en disconformidad, lanzó una suplica silenciosa al mismo tiempo que una lágrima caía en la tierra como despedida.
Una vez en Frontera, acompaño a los chicos hasta el gremio de reservistas, donde pudo ver por primera vez que era ser uno de ellos, gentes buscándose la vida, a cambio de dos monedas arriesgándose a algo como lo que acababan de pasar, no estaba preparada para ese nuevo mundo que le venía.
Ahora le tocaba a ella formarse, hacerse fuerte como ellos.
- Te acompañaré a ver a Sadie, yo también tengo ganas de verla, ¿alguien más pudo salir de Muari a parte de ella y vosotros? - asintió cuando Em se pronunció - Yo... me quedaré aquí, con la tía Pharsa, me alistaré en la reserva, me haré tan fuerte como tu Em, y esperaré al primo Sun... el es muy fuerte, podemos volver a Muari juntos cuando nos hagamos mas fuertes, juntos, con Rauh y Silvana, cuando me haya entrenado - frenó en seco sus palabras con la mirada perdida en el horizonte.

- Hermano, ¿tu que harás? - preguntó a Akai en tono casi suplicante - Te quedarás conmigo y con la tía?, ¿podemos buscar al primo Sun, me ayudaras? - quedó esperando la respuesta de su gemelo, mirando nuevamente al cielo, pero ahora con esperanza.
Ya en Frontera, estando en los aledaños del cuartel de los reservista, indico a Akai con disimulo a que me siga detrás de la fuente, alejados de los compañeros.
Carraspeo suavemente antes de empezar a hablar.
—"Siento que te debo una explicación… de todo lo que ha sucedido."
Tomo su mano entre las mías y me siento en el borde de la fuente, sin soltarla.
—"Cuando estábamos huyendo de los monstruos… caí inconsciente. Recuerdo haber implorado un milagro. No sé cuánto tiempo pasó, ni cómo crucé al otro lado. Supongo que Rauh me llevó consigo."
Hago una breve pausa, como si las palabras pesaran más de lo que deberían. —"Solo recuerdo… una pesadilla. Visiones horribles. Y una figura femenina vestida de blanco… me hablaba en una lengua que no comprendía. Me mostraba cosas… terribles."
Tomo aire, intentando mantener la compostura. Apoyo suavemente un dedo sobre sus labios. —"No me interrumpas… déjame terminar."
Retiro la mano con cuidado y continúo.
—"Con el tiempo… empezó a aparecerse cada vez más. Hasta que pude verla con claridad. Hasta que estuvo… físicamente a mi lado. Como tú lo estás ahora."
Mis ojos se nublan por un instante al recordar.
—"En la gruta… luchando contra Wrench y sus secuaces… te oí gritar. Te vi caer. Y supe… que te perdía." Mi voz se quiebra levemente, pero continúo tras una bocanada de aire.
—"Entonces apareció. La dama de blanco. A mi lado… igual que ahora estás tú. Me ofreció un trato… uno que te impediría cruzar el umbral antes de tú último aliento."
Bajo la mirada un instante.
—"No quería perderte… mi pequeño héroe."
El silencio se instala entre nosotros. Lentamente, alzo la palma de mi mano derecha, revelando una marca en forma de loto cerrado.
El camino de regreso a Frontera, no tuvo gran interés en Akai, gente que iba y venía, solo el sonido de la vida alrededor de los reservistas.
Su pensar estaba centrado en los sucesos ocurridos en aquella gruta - ¿Cómo y que ha ocurrido allí? - se preguntaba una y otra vez mirándose la mano, luego a ellos, cuatro figuras que avanzaban junto a el, cabizbajos y cansados, pero el no, no había cansancio, ni daños físicos, ni dolor interno -¿Porqué? - así llegaron a Frontera.
La incertidumbre se palpaba en el aire, todos querían descansar, allí no había lugar para el ahora - Tal vez, debería ir a Arveil también! - se sonrojó - Si, lo mejor es que te quedes con la tía Pharsa! Ella te cuidará y podras buscar al primo Sun !! - respondió a su hermana rápidamente para cambiar el tema.
- Dale recuerdos a Sadie cuando la veas Emma! - dijo seriamente - Creo... creo que necesito tiempo para mí, para mejorar mi magia, para hacerme más fuerte, para pensar en que ha pasado... sobre todo!!, luego me gustaría ir a Arveil contigo Silvana!! - Se atrevió a decirlo, pero - Si quieres, claro!!! - se volvió a sonrojar.
Giró bruscamente su cara, mirando a Rauh - Tu que harás? - para volver a desviar el tema.
Silvana lo llamó apartado del resto, carraspeó y luego lo cogió la mano, aquella que perdió para salvar a su hermana ahora sentían el calor y el suave tacto de la elfa.
Le habla de pesadillas, de Rauh y de una alguien más, atendiendo a cada palabra que decía, intentó decir algo, pero aquel aroma bosque tras una tormenta se posó en sus labios impidiendolo.
Su confesión continúa con el pequeño mago atento a cada palabra, no podía interrumpirla, no sabía si por el dulce sonido tan directo a su voz, que parecía suplicar un milagro o por la impresionante heterocromía de sus ojos.
- ¿La dama de blanco? - pudo decir cuando Silvana finalizó - ¿Era ella entonces aquella mujer de blanco?, ¿Tu diosa? - con tono incrédulo - Ella me sacó de allí..., de donde todo ardía y siempre era de noche, aquel ser vestido de oscuro, cubierto por aquel manto negro y una enorme guadaña me arrastraba, y ella, ella apareció, iluminada, dando luz a la oscuridad... creía que eras tu!!! - miró el símbolo en forma de flor de la palma de su mano - ¿Que quiere decir esto?, ¿Que has hecho? - preguntó con temblor en su voz - Por mí... ¿por tu pequeño heroe?... ¿Porque?.. - sus dudas no cesaban tras la historia de su compañera y aquel halo que la rodeaba parecía intensificarse más.
Llevaba un tiempo callado, taciturno, como si su mente se hubiese quedado allí, en la última batalla que libraron, como si persistiese en la duda... ¿Qué habría pasado de haber seguido? ... la respuesta recurrente era clara, concisa, como un escupitajo a la cara... "Pues que estaríamos todos muertos, y no nos habríamos enterado de gran cosa...", pero no podía evitar volver a ese punto una, y otra vez.
Ni siquiera mostró gran interés en los rumores de lo que sucedía; andaba rumiando algo... quizá incluso pensando..., ¡vete tú a saber!!
La pregunta, directa, de Akai, le sacó de su bucle de intentos frustrados de pensar en algo razonablemente útil, y le condujo al pío sendero de la claridad de ideas, o sea, lo fácil y obvio...
-Pues... Necesito hacerme más fuerte, necesito poder luchar mejor para que no pasen cosas como las que han pasado. No me ha gustado nada el sentirme inferior a aquellos a los que nos hemos enfrentado; de haber seguido adelante, no habríamos sobrevivido, fijo, y eso me atormenta.
Se miró las manos, llenas de callos...
-Tengo que trabajar más; cada golpe, cada carga..., todo me hará más fuerte; quizá enrolarme en alguna aventura; quizá... aventurarme en los pozos de lucha.-Miró al cielo, como quien busca al palomo culpable de haberle cagado en la cabeza- Es un riesgo... pero es más riesgo enfrentarse en las mismas condiciones a lo que hemos vivido en Muari
Su mirada buscó cruzarse, una a una, con las de sus camaradas.
-Quizá sea un adiós... no lo sé... voy a buscar un camino, el más difícil. Tengo que dejar de ser el bruto salido del arroyo, y convertirme en otra cosa, en lo que se necesitaba que hubiese sido.
Quizá, después de todo, no fuese tan zoquete... a fin de cuentas, había analizado sus debilidades -muchas- y buscaba ponerles remedio -a lo bruto, claro-
-En todo caso... ha sido un honor acompañaros -sentenció, de corazón.
Aquello parecía una despedida, cada uno de ellos parecía necesitar tomar su propio camino, a la respuesta de su hermano, respuestas que cada vez parecían más frías - Si, tal vez tengas razón, la tía me cuidará, cuidate tú también y hazte muy fuerte hermano!!! - resoplo tras sus palabras que parecían doler más adentro de su ser - Cuídalo!! Por favor !!! - suplicó en un pensamiento a Silvana, luego se abalanzó sobre el gran guerrero, abrazando su pierna - Gracias por cuidarnos todo este tiempo Rauh, seguro que te harás muy fuerte!!! - y con pasos cortos y dubitativos se acerco a Emma, la cogió del vestido, cerrando su puño tan fuerte como pudo - Esto no es un adiós, nos veremos muy pronto chicos!! - sonrió a todos con una gran sonrisa en la cara y tristeza en su mirada.
Me desconcertaba su inocencia, esa forma suya de seguir dudando incluso después de todo lo ocurrido desde el ataque de los monstruos a Mauri. Y, sin embargo, había algo hermoso en ello… algo que me hizo sonreír con una ternura que no supe contener.
Me acerqué despacio, como si el aire entre nosotros fuese sagrado, hasta que mi aliento rozó su piel. Incliné el rostro hacia su oído y dejé caer mi voz en un susurro:
—"La Dama de Blanco… es ahora quien guía mis pasos. He dejado atrás las antiguas doctrinas de Luminis."
Mis labios encontraron su mejilla en un beso leve, casi etéreo, como si temiera romper el instante. Permanecí cerca, hablándole en voz baja, como si compartiera un secreto entre mundos: —"Fue ella… quien te devolvió a la vida."
Entonces busqué sus ojos, perdiéndome en ellos, y tomé sus manos con cuidado, como si sostuviera algo frágil y eterno al mismo tiempo.
—"Tú habrías hecho lo mismo por mí… ¿no es así?"
Al escuchar tanto a Aurora como a Rauh, no pude evitar que una congoja me apretara el corazón. La tristeza me invadió sin aviso, arrancándome unas lágrimas silenciosas.
Los abracé con fuerza, como si quisiera retener ese instante un poco más, y les di un par de besos a cada uno, cargados de cariño y de todo lo que no sabía cómo decir.
Azuzando el pelo de la gemela Aurora, creyendo saber lo que me quiere decir con su mirada.
—"No me gustan las despedidas…" —murmuré, con la voz quebrada—. "Esto no es un adiós. Es solo un hasta luego, un nos vemos mañana."
Cuando Aurora me comentó que quería venir conmigo a ver a Sadie, asentí con la cabeza. Luego sonreí amablemente cuando dijo que se volvería tan fuerte como yo. Aunque probablemente no se diera cuenta de ello, sus palabras me animaron.
—Estoy segura de que te volverás muy fuerte —contesté, llevando mi mano a ella de manera que, en vez del vestido, se pudiera agarrar a ella—. Mucho más fuerte que yo.
Luego miré a Akai. Por supuesto, le daría sus recuerdos a Sadie.
—Claro que lo haré —le contesté. Finalmente miré a todos, Silvana, Akai, Rauh... respiré hondo, como queriendo guardar aquel instante para siempre en mi corazón, y les sonreí con toda la ternura que podía—. Aurora lo ha dicho muy bien: esto es un hasta luego. Voy a echaros mucho de menos, chicos... Os visitaré a menudo, lo prometo.
No pude evitarlo, tras aquello fui hasta todos y extendí bien grande mis brazos para darles un fuerte abrazo... a todos a la vez, y eso que era más bien menudita de cuerpo...
—Os quiero mucho...
Aquellas palabras representaban una agridulce despedida.
Era, sin duda, el final del grupo conocido como los "Huérfanos de Muari". O tal vez, era el principio de otro camino.
Hechas las despedidas, solo quedaba resolver un último trámite: informar al gremio del resultado de la misión y del estado actual de Muari, para advertir a todo reservista, mercader o peregrino que ese lugar había dejado de ser seguro y solo era un nido de monstruos.

El interior del cuartel era un oasis de tranquilidad comparado con lo que ocurría fuera, a excepción de unos pocos reservistas que se tomaban un descanso en el salón principal, roto solo por las voces de una recepcionista exhausta y un interlocutor insistente.
-¡Tenéis que traerlas ahora, es voluntad del Patricio Lucroy!
La recepcionista volvió a resoplar.
-Ya os he dicho que no están aquí. Ninguna de las dos.
-¿Seguro? ¿Habéis mirado bien? Una enana fuerte como una roca y la espadachina de pelo plateado.
-Sé quienes son, pero Juliette y Grettel están en una misión al oeste de aquí.
El tipo golpeó la madera de roble de la recepción con los puños cerrados.
-Maldición. Pues me llevo al resto.
-¡Ni hablar! El Patricio debe comprender que los reservistas deben estar disponibles para otros clientes también.
La recepcionista se reclinó hacia un lado al ver llegar al grupo. Su amplia sonrisa fue la más sincera que habían visto nunca, como si acabaran de salvarle la vida.
-¡Bienvenidos!

El dúo que estaba ante el mostrador resultó ser extravagante:
Uno era un gigante de casi dos metros, corpulento, de cabello rojo fuego, que vestía una coraza funcional que le permitía mucha movilidad, lo que invitaba a pensar que estaba diseñada estrictamente para combatir de forma eficiente, no para lucirla sin más. Lo más destacado de su atuendo era la máscara ornamentada con dos cuernos afilados que cubría la parte superior del rostro.
No hizo ni una mueca al mirarlos.
En cambio el otro si que sonrió de forma ladina. Era un tipo más bien escuálido, no vestía armadura alguna, solo ropa cómoda de viaje. Su cabello era oscuro, liso y largo, casi tocando sus hombros. Su mentón cuadrado, estaba poblado por una perilla de al menos una o dos semanas. Si no fuera porque la llevaba recortada, parecería un mendigo cualquiera.
Todo en conjunto, incluida su sonrisa, le daba aspecto de vendedor de crecepelos.
Con un movimiento rápido digno de un jugador de naipes profesional, sacó de su túnica una carta sellada y la mostró, junto a su carismática (o no) sonrisa.
-Hola, zagales ¿os interesa una misión bien pagada para el Patricio Lucroy de Arveil?

Antes de poder procesar la oferta, un terremoto sacudió los cimientos de la ciudad.
Al salir de forma atropellada, lo que vieron superó el límite de lo real.
Más allá de Frontera y Arveil, al oeste del río Briandas, algo había brotado como una mala hierba colosal: una flor blanca gigante, con los pétalos cerrados, dominaba el horizonte.
El espanto y la fascinación se mezclaban entre la multitud. Un anciano Oni cayó de rodillas justo frente al grupo, desolado.
-Tal y como nuestros ancestros predijeron... este es el final.
Acertaron a oír.
A espaldas del grupo, la voz del enviado del Patricio sonó muy diferente ahora, reflexiva, despojada del pánico general pero cargada de urgencia.
-Se nos agota el tiempo...
Al observarlo, él desvió la mirada de la colosal flor y se la devolvió al grupo.
-Tenemos que actuar de inmediato.
CONTINUARÁ