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La Edad de la Inocencia (+18)

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19/09/2017, 12:02
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Epílogos

 

 

Notas de juego

(Por orden de publicación)

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19/09/2017, 12:13
Lord Preston Ellsworth Parlow

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Esta es la historia de cómo un simple evento puede cambiar la vida para siempre, en esta telaraña magnífica que se discurre entre los días y las noches, la muerte y el destino.

Mi prometida Emily y yo terminábamos de disfrutar una velada sublime en el palacio de la ópera cuando a la salida del edificio nos sorprendió una tormenta. Aunque corrimos hacia el carruaje con el que habíamos llegado la lluvia nos empapó de la cabeza a los pies y, a pesar de que presté a mi amada Emily mi esclavina y me propuse darle calor durante todo el trayecto hasta su hogar sentí durante el camino sus manos frías, una señal no muy buena.

Al ocaso dos días después un recadero interrumpió mi sesión de escritura para hacerme saber que Emily estaba volando de fiebre y su padre no sabía ya qué hacer. Al llegar me encontré con el médico de los Thompson, el cual me notificó que Emily tenía un principio de neumonía y que necesitaba descansar en el campo hasta mejorarse. No hizo falta indicación más para que pusiera a disposición del señor Jones la casa de mi familia en Derbyshire y enviara sin dilación a Emily allá recuperarse, acompañada por mi madre.

Cuando la vi partir tuve la impresión de que debería haber ido con ella pero hice omisión interna de esa posibilidad debido a mis obligaciones en la capital. Sin embargo, a medida que los días pasaban mis pensamientos se tornaban más y más sombríos, funestos a decir verdad.

Mi hermana comenzó a aparecer en mis pensamientos con más frecuencia de lo normal, sobre todo las circunstancias de su muerte y lo desolado que se hallaba Louis en ese entonces. Y también mi fallecida prometida, Denali. Los recuerdos alrededor de su entierro en la India me perseguían día y noche al punto de que comencé a obsesionarme con la idea de que por alguna broma cruel del destino iba a perder a Emily.

Una madrugada, luego de un sueño particularmente perturbador, me desperté cubierto de sudor, aterrado pero resuelto: debía ir con mi prometida y debía partir en ese mismo instante. Alisté mi caballo y mandé un recadero a por Louis para que me acompañara, necesitaba su presencia más que nunca junto a mí.

El rostro de Louis era todo enigma y sueño a las seis de la mañana, en cuanto le dije mis planes de ir al encuentro de Emily y de cuán importante era su presencia no dudó en acompañarme, como había supuesto: siempre junto a mí en los momentos importantes, mi hermano. El camino fue tranquilo pero cansador, dos días a caballo en los que hablamos de nuestros temores y esperanzas, de nuestros sueños y de las mujeres que amábamos.

Mi corazón latía con semejante fuerza, con tan marcado ritmo y cadencia, los últimos kilómetros antes de llegar a la mansión que pensé que me iba a desmayar allí mismo. Me obligué a retomar el control de mí mismo, a respirar pausadamente, a dejar de invocar la tragedia y a anhelar ver el rostro de aquella que tornaba mi vida más dulce y mis días más pacíficos.

 

5 de mayo de 1880

Cuando llegamos a la mansión su perfil al filo del ocaso me pareció la sombra que albergaba en su seno todas mis esperanzas, mi madre que casi se desmaya del susto al verme llegar, quizás temiendo por mi padre, pronto comprendió todo y me informó que Emy hacía ya varios días que no tenía más fiebre pero estaba todavía débil.

 

Fue ella quien me indicó que Emily se encontraba en la biblioteca (por supuesto, ¿Dónde más podría estar?) y sin perder más tiempo, luego de interrogarla brevemente, fui hacia mi amada acompañado de Louis.

Avancé en silencio hasta el vano de la puerta y la contemplé en silencio unos instantes. Ver de nuevo su figura inclinada sobre el escritorio al trasluz de los rayos dorados que se filtraban por la ventana alejó de mí todo temor; solo allí, en la semioscuridad perfecta del crepúsculo, en el íntimo espacio que nos rodeaba y nos acercaba, comprendí cabalmente cuánto la había echado de menos, cuánto me había hecho falta su risa, su mirada y su sola presencia.

Repetí el juramento de que no la dejaría nunca permanecer lejos de mí, me daba cuenta, viendo su dulce figura la trasluz de que el débil de la relación era yo y sin ella me derrumbaría como una pila de polvo que es arrastrada por el viento. Al tratar de aferrarme a ella no solo me movía el amor, sino la supervivencia.

Caminé hacia ella apenas haciendo ruido por la alfombra dejando que mi silueta se dibujara en su campo de visión, permitiendo que la sorpresa la invadiera, que sacudiera con su delicioso tremor su pequeño y lánguido cuerpo. Cuerpo que inmediatamente después de su grito de sorpresa y júbilo estreché contra mí.

Besar sus labios fue como volver a respirar después de no tener aire bajo el agua, me daba poca vergüenza que mi cuñado me estuviera mirando, al contrario me gustaba que fuera testigo de este momento tan relevante. Me aparté de ella, mi mano recorrió un lado de su rostro saboreando la suavidad de su piel. A su interrogante de por qué me encontraba allí respondí -No quiero ni puedo pasar un día más sin ti, estos días han sido una lenta agonía -mis ojos buscaron esos inescrutables y profundos ojos oscuros, la calidez de su mirada teñida de café. Me incliné sobre una de mis rodillas y saqué la pequeña caja forrada en terciopelo en la que el anillo de bodas que había pertenecido a mi abuela estaba guardado, la abrí para que pudiera ver la pieza de joyería -Emily Jones -me di cuenta de que mi voz temblaba y sus ojos se tornaban vidriosos -¿Me harías el inmenso honor de ser mi esposa? -ella sonrió y dio un paso hacia mí, pude ver que sus ojos se tornaban vidriosos, quizás por la emoción -Di que sí -pedí ardorosamente -He preguntado a tu padre y a mi madre y podremos casarnos en un mes, si es que lo deseas así -acoté -Por lo menos yo sí, y de todo corazón -en ese momento me callé porque me di cuenta de que no la dejaba hablar. Es que era tanta mi emoción, era tan abrumadora la certeza y tan imperioso el deseo de tenerla para siempre junto a mí que apenas podía detener mi verborragia, sin embargo me hice espacio para ella. Después de todo, su respuesta era clave. Le di una última mirada rogando un silencio que no me rompiera el corazón, aunque la creía incapaz de ello siempre existe un pequeño asomo de duda.

Cuando el "sí" vino de sus labios mi mano tembló al tomar la de ella, en vez de besarla a ella le besé la mano y puse en dorso contra mi frente, cerré los ojos para agradecer en silencio a cual fuera la fuerza que había decidido unir nuestros caminos y sentí, como respuesta a mis plegarias, su otra mano hundiéndose en mi cabello, enviando una descarga eléctrica por mi cuerpo.

Me levanté en mi lugar y la besé apasionadamente cerrando mis brazos alrededor de su cintura, -Voy a hacerte la mujer más feliz, te lo prometo.

Louis entró tímidamente en la habitación y se apresuró a felicitarnos con un caluroso abrazo; allí mismo le propuse ser el padrino una vez más, aunque ya le había mencionado mi deseo en otra ocasión: él también aceptó encantado. En mi vida había sentido semejante felicidad.

 

 

Durante el mes que precedió a nuestro casamiento todo fue un alboroto alrededor de nosotros. Emily y su mejor amiga Prue se la pasaban reunidas con mi madre para decidir todos y cada uno de los detalles de la boda, después de todo era la boda que la convertiría en baronesa, aunque yo sabía que ese detalle solo le importaba a mi madre. Le pedí una mil veces disculpas por todas las fiestas y recepciones a las que tuvo que ir para que la nobleza londinense la conociera y por las clases de etiqueta con las que fue atosigada.

 

Por otro lado, la planificación del boda ayudó a Prue a mantener la mente ocupada alejada de mi cuñado, ya que tal como temía la pelirroja que lo hubiera embrujado en el baile lo había hechizado de por vida y lo había separado de la dulce y determinada Prue. Si lo sabría yo, que empujé a mi cuñado a seguir a su corazón y a sus instintos a pesar de la palabra dada... Esperaba que Prue nunca lo supiera, no es bueno ganarse la enemistad de la mejor amiga de tu esposa.

 

24 de junio de 1880

 

Finalmente llegó el día de la boda, que se celebró en la catedral de San Paul a toda pompa. El interior de la catedral estaba decorado con tules de delicado color blanco, moños de seda y fragantes flores blancas y rosadas.

El tiempo que pasé esperando al pie del altar me pareció interminable, durante todo aquel tiempo agradecí que Louis estuviera a mi lado cumpliendo su promesa de mantenerme en el altar hasta el final de la ceremonia. No tenía intenciones de escapar, pero sí que quise ir a buscar a la novia un par de veces en mi ansiedad. También me tomé el tiempo para ver quiénes habían asistido y saludar a Meredith, a la que habíamos invitado para fotografiar la boda y a la recepción posterior.

Louis estaba increíble con su traje de gala y hacía mucho tiempo que no lo veía tan radiante, agradecí en silencio a aquella que le había devuelto la vida al cuerpo de aquella manera. Prue también estaba muy hermosa, casi celestial, y pude notar que de a ratos se echaban miradas con mi cuñado, no estoy seguro de si anhelando lo perdido o tirándole dagas.

Me entristeció que Lord Alexander no pudiera asistir a la ceremonia, sin embargo sabía por su propia boca que no se encontraba muy bien, más bien estaba devastado y temía por mi amigo. A pesar de que nuestros encuentros a través de los años habían sido más bien escasos, el cariño y el apoyo que encontrábamos el uno en el otro nunca era ensombrecido por los acontecimientos de la vida a nuestro alrededor. Deseé en lo más íntimo de mi espíritu que por fin pudiera hallar la paz así como yo la había hallado.

Luego de una espera tortuosa para mí la figura de mi futura esposa apareció al final de la hilera de bancos acompañada por la de su padre, vestido de gala. El vestido, una pieza de delicada manufactura, estaba compuesto por capas de seda y encaje, volátil y etéreo como su portadora, hacía ver a Emy más hermosa, si era posible tal cosa.

La música que teníamos planeada para la ocasión, una pieza poco convencional, comenzó a llenar la nave de la iglesia y los asistentes se pusieron de pie, me alegró ver. Verla avanzar hacia mí me quita el aliento y las piernas quieren fallarme de a instantes, pero logro capear los nervios.

Todo sucede demasiado rápido: las palabras del sacerdote, el intercambio de anillos, nuestros votos. Mi madre llora, mis hermanos tienen cara de satisfechos, la familia de Emy está profundamente conmovida. Antes de que pudiera darme cuenta salimos hacia el atrio de la iglesia a saludar y a montarnos en la carroza descapotable que nos esperaba.

La recepción se hizo en la casa de mi madre, que insistió en que semejante acontecimiento no podía tener lugar en otro lugar. La fiesta duró hasta el amanecer y en ella los invitados bailaron y rieron mientras la comida y la bebida parecían no acabar nunca.

Cerca de las tres de la madrugada Emily y yo partimos hacia nuestra luna de miel en la mansión que me pertenecía en la isla de Wight, nunca la había vuelto a visitar desde que falleciera mi tío y los criados estaban ansiosos por volver a ver al heredero del barón y a la nueva baronesa. Luego de permanecer una semana allí partiríamos de viaje a París, Italia y Grecia.

El barón y la baronesa de Wight

El 22 de febrero de 1886 nació en la mansión Parlow Victoria Serena Parlow, mi primogénita. Decidimos ponerle como segundo nombre el de la madre de Emily para homenajearla. Para un hombre como yo, que por mucho tiempo fui un descreído de la felicidad ver cómo cada día era más feliz me daba un infinito placer y un profundo temor.

El carácter alegre y desenfadado de la niña me llena de orgullo, aunque a veces es bastante porfiada. Es muy inteligente como su madre, y tendrá la mejor educación a la que una mujer puede aspirar.

El 4 de junio de 1890 nació Elizabeth Edith Parlow, mi benjamina. De carácter más taciturno y soñador tiene la personalidad de Emily en cuanto a su sensibilidad artística, pero mi tendencia a la nostalgia. Espero que esa combinación no le traiga problemas en el futuro.

Pocos hubieran pensado en mí como un hombre de familia, hasta yo mismo no lo hubiera pensado, pero eso es lo que provoca dar con una compañera que te motiva todos y cada uno de los días a ser un hombre mejor para ella y para tu progenie. Ese mismo sentimiento es el que me impulsó a querer cambiar activamente la realidad de mi patria: comencé a asistir a las reuniones de la Cámara de los Lores en la cual había heredado el asiento de mi tío. Mis tardes prosiguieron en un delicado equilibrio entre Preston el padre y esposo, Preston el escritor y amigo y Preston el parlamentario, sin embargo, aunque pudiera parecer demasiado la vida nunca había sido más feliz.

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19/09/2017, 13:06
z/ Lady Lydia Blackwood

Los años pasan, y en algunas ocasiones solo son lentas sentencias de muerte, en otras son rápidas venturas que nos atraviesan dejándonos gratos recuerdos, y en otras son solo madurez, pura y dura.

No voy a decir que estos años hayan estado centrados en una sola de las afirmaciones porque no fue así, seguramente un poco de todas, pero que si ahora echo la vista atrás no ha tenido nada que ver con lo que aquella niña de 17 años tenía en mente el día que se escapó con el prometido de su mejor amiga. El amor, esa gran cosa, lo díficil y doloroso que suele ser pero sin embargo es lo único que de verdad merece la pena ser vivido. Y mi amor con Henry ha merecido ser vivido todos y cada uno de los días que estuvimos juntos y todos y cada uno de los instantes que no lo hemos estado.

Y pensar que creí que el comienzo fue duro, ahora lo miro con la perspectiva de la edad y hasta me arranca una sonrisa; verme tan temerosa de emprender mi camino sin el respaldo de mi familia. Porque aunque ya había empezado a desligarme, a buscarme como mujer y como ser humano, aun no sabía lo que era alejarme de todo lo conocido y empezar a ser una mujer para un hombre. Quizás ese fue uno de mis errores.... no te quepa duda de que mi independencia no ha hecho mas que ganar y ganar peldaños, por el contrario, esa entrega y sumisión hacía él terminó por desaparecer, pero jamás le he dejado de amar. Y se que nunca lo dejaré de hacer.

Que caprichosa es la vida, te deja enseñanzas pero no te dice ni donde están alojadas ni como puedes sacarle partido, solo te hace pasar por ellas y luego ya como tu te las apañes para hacerlas tuyas, es tu asunto. Ahora postrada en esta cama, me pregunto si la vida me dejó alguna enseñanza sobre esto, y si la podré encontrar a tiempo.

Pero he sabido aprovecharla, y mucho, no puede quejarse que no me arremangue las enaguas e hice lo que tenia que hacer; sorber la esencia de todo aquello que quise y que aunque sufrí, aunque fuí una incomprendida, hice lo que quería. Y eso lo veo reflejado en ella cada día.

Ella, es lo que mas me cuesta dejar. A veces observo sus ojos en silencio y me pregunto como alguien tan joven puede tener tanto odio, luego recuerdo lo que es la infancia, como lo era en el orfanato y me doy cuenta de que si para mi, no ha supuesto lo mismo, si para ella.

Su pelo rubio y sus ojos negros, como los de su padre.

Tiene mucho de su temperamento pero demasiado de mi carácter. Y ahora, no temo dejarla con él , se que la he enseñado todo lo que debía, se que es mas fuerte de lo que yo jamas fui... pero si al menos su hermano estuviera con ella. Como una gran carcajada cínica, te quitan mas de lo que te dan, y lo que te quitan a veces te lo devuelve cuando tu ya no lo quieres. Supongo que es precisamente lo que ella debe pensar cada noche antes de acostarse desde que se lo comuniqué.

Toso, y la sangre se escapa por entre mis labios. ¡Cuanto daría porque estuviera aqui conmigo!. No creo que ella lo entienda, ni que lo haga nadie, renuncié absolutamente a todo por él y sin embargo, no lo hice por una promesa de amor eterno, lo hice por quien era él, era todo para mi y nunca lo ha dejado de ser, pese a todo.

Echo mi pelo hacia atrás, recordando aun sus caricias, y sus dudas, y su pasión, siempre al borde de la estabilidad.

Supongo que la muerte llegara un día y yo quedaré diseminada entre mis seres queridos, con la fuerza de una imagen que espero haber sabido trasmitir; pero mi último aliento... Ese será para posarse en sus labios, como la primera vez que nos besamos, aquella noche, en esa pérgola y que jamás volví a ser la misma.

En el fondo casi le debo algo.

Me iré, pero aun no, creo que me queda un tiempo mas. Y esta tan bonita la noche con lluvia, la ventana abierta deja entreoler el adoquín mojado de las calles de Londres, lejos de la tierra mojada, de la mansión de mi familia, o de mi hermano, o incluso el Conde...Que se casara fue una sorpresa incluso después de lo que yo hice. Nunca he podido preguntarle, pero estoy segura que se alegró de que me fugara; una pena que no nos hayamos vuelto a ver, se que ahora nos llevaríamos mucho mejor.

Quien sabe que mas habrá sido de los otros personajes, que en aquella época cruzaron mi vida con importancia y que ahora son solo sombras de un pasado que recuerdo con cierto cariño.

Mi vida ahora es Belinda, y él, siempre él.

Como me encantaría contar las gotas de lluvia desnuda a su lado. Ya no tengo la piel con la tersura que él solía acariciar pero se que aun me encontraría atractiva, si tan solo volviera una solo vez mas...Si tan solo me besara una vez mas. Pero el haber sido escritora no me da permiso para novelar todo lo que yo quiero.

Y sin embargo, no puedo evitar suspirar al recordar que el amor sigue por mis venas con la misma intensidad que lo fue, por él, por siempre....

Toda yo, soy siempre él.

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19/09/2017, 13:07
z/ Henry Harland

¿Acaso es cierto que existe una persona especial para cada uno de nosotros? Rotundamente puedo decir que sí, aunque sólo si sabes esperar, si sabes dejarte guiar a través de las circunstancias, y aguardar a que aparezca esa persona, sólo si no caes en la desesperación o en sentimientos parciales que nublan tu mente, sólo si no te dejas confundir por aquellas circunstancias que convierten a personas corrientes en especiales, sólo entonces darás la posibilidad de que esa persona especial por sí misma aparezca ante ti con luz propia.

Pero la impaciencia me pudo, el ansia de la juventud, el fervor de la sangre, el agradecimiento por el sacrificio realizado consiguió confundir mis sentimientos durante gran parte de mi juventud… eso o la diferencia de edad que nos separaba y que la convertía en una niña cuando mis necesidades viriles inundaban mi cuerpo y el deseo tomaba parte de mis acciones buscando el desahogo y el calor de la carne.

Pero por una vez, en uno de los pocos momentos de mi vida en los que en realidad he cobrado la lucidez suficiente como para verme a mí mismo desde la distancia, por una vez hace tantos años conseguí discernir entre mis sentimientos cual era el más puro, inocente y profundo.

Mi amor por Lydia me ha servido de guía desde el primer momento en el que la vi y me salvó de aquella otra vida que me estaba cautivando, que me estaba arrastrando hacia lo que ahora soy, que me estaba convirtiendo en el ser que no quería ser. Tanto renegué de mi padre que, ahora, me miro y le veo a él. Pero por un tiempo todo fue diferente.

Aquella huida fue la salvación de mi espíritu, fue el punto de partida para conseguir vivir como realmente debía hacerlo para sentirme persona, para sentirme hombre, para ser el compañero de aquel ser angelical, tan lleno de bondad y de amor que acabó por abrasarme. Porque, aunque durante un tiempo fuimos las personas más felices del mundo, esta vida es caprichosa e inmisericorde en muchos momentos, y, al fin y al cabo, somos humanos e imperfectos, creados a imagen de Dios pero con el Pecado Original bien arraigado en nuestro ser, en algunos más que en otros, porque mi amada Lydia no se merecía lo que, casi con total seguridad, sufriría por mí.

Más allá de los sinsabores profesionales, del éxito de algunos negocios, y el fracaso de la gran mayoría, nunca dejamos de luchar más allá de nuestros límites para poder salir adelante. Pero hay cosas que nos hacen madurar y endurecernos, y la pérdida de nuestro primogénito provocó en mí que saliera lo más aberrante de mi ser… hasta que la abandoné.

Vagué por un lado y por otro, llevado por negocios de las más distintas índoles y dudosa reputación alguna vez, mientras buscaba en mi interior aquello que en otro tiempo tuve tan presente, pero todo estaba perdido, mi alma se había transfigurado y mi ser había casi desaparecido. No dejé de enviar todo aquello que bien podía y asegurarme que ella podría seguir viviendo cómodamente mientras yo me daba a una vida poco provechosa. Como en otros tiempos, las mujeres pasaron por mi lecho sin dejar pena ni gloria. Una tras otra mis recuerdos siempre se imponían al presente que vivía. Ninguna llegaba a hacer mella en la imagen que mi verdadero amor se había grabado en mis recuerdos.

De vez en cuando conseguía hacerme con algún ejemplar de sus escritos, que me transportaban a su lado, y entonces volvía al pozo oscuro que se creó cuando el fruto de nuestro amor, de aquellos años de verdadera felicidad, fue arrebatado de nuestras vidas de aquella manera tan cruel. Aquellos momentos se convertían en largas temporadas de lágrimas y alcohol en las que no dejaba de recordar su bello rostro, casi notaba el tacto de su pelo entre mis dedos, su piel sobre la mía, su mirada desnudándome y quemándome el alma de amor, sus palabras acariciando mis oídos, sus besos arrebatando mi libertad. Pero todo volvía a la normalidad, a aquella vulgaridad en la que me había sumergido.

Sólo tuve un momento de resarcimiento cuando conseguí compartir con Henry el verdadero amor que Lydia me hizo sentir. Ese amor que se siente sin necesidad de ser correspondido y por el que todo se convierte en increíble y único. Henry vino a mí un día húmedo y gris, cuando me recogió del frío suelo de aquella calle situada en uno de los exóticos lugares en los que viví en mi peregrinación, y pude identificarme en él desde el primer momento. Henry es el fiel reflejo de que he sido un afortunado en amores, y su madre le incitó a dar conmigo y demostrarme que no todo lo que había hecho en esta vida había sido tan malo como yo pensaba. Y fue él el que me descubrió que el amor lo puede todo, que debía haberme quedado junto a mi alma gemela, que nunca debía haber abandonado a mi verdadero amor, Lydia, dejándola a su suerte. Y mi culpabilidad la convirtió en fuerza para ir en su búsqueda una vez mi destino está sellado, sin una última caricia dulce y reconfortante, sin un último beso cálido y redentor, porque no merezco nada de ello. Pero en mi último acto de amor, y como no podía ser de otra manera, me ha prometido que velará por ella como yo dejé de hacerlo hace mucho. Y veo en él una bondad más afín a mi Lydia que a lo que yo nunca fui, y puede ser que ella tuviera razón, que había más en el uno del otro de lo que realmente pensábamos, y que aquel chico era reflejo de ello, porque aquella inocencia y bondad, capaz de perdonar al padre que le abandonó y de ir a cumplir su último deseo, sólo puede ser propia de la mujer que me enseñó a amar desinteresada y plenamente – ve, hijo, y dile que nunca he dejado de amarla con tanta intensidad que mi alma débil acabó abrasada, sin merecer una más de sus caricias… - la única mujer a la que he pertenecido. Siempre contigo. Siempre juntos.

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19/09/2017, 13:13
Zona Fleming Howard

“¿Pies para qué os quiero,

si tengo alas para volar?”


Y centré mi universo, emprendí un sendero que nadie en su sano juicio quería caminar, lograr que todas las mujeres pudiéramos volar. Yo no necesitaba a nadie que me salvara de mí misma, no necesitaba a nadie que me completara, yo era una persona completa, no la mitad de algo. Yo no era una princesa que esperaba ser rescatada, lo entendí una noche de lluvia, bueno, miento, no en aquel instante, pero sí días después, mientras escribía sendas cartas de despedida a quienes no merecían ni una gota de tinta. Recuerda, recuerda que yo siempre volaré más alto que tú.

Y decidí que no volverían a dañarme nunca jamás el corazón, que no volvería a verlo maltrecho, bombeando en el suelo, mi corazón era mío y era hermoso, yo lo cuidaría ¿Por qué iba a dárselo a otra persona? ¿Es que acaso alguien tenía que cargar con semejante responsabilidad? ¿Por qué los fundamentos de mi ser tenían que descansar sobre otro? ¿Es que yo no podía quererlo lo suficiente? ¡Pues aprendería! ¿Alguien tiene que haber nacido con el único objetivo de hacerme feliz a mí y viceversa? ¡No! ¡¡Yo quiero vivir por mí misma!! Mi historia no será la de la mujer rescatada, será la de una mujer fuerte, independiente contra los dictados de su sociedad, yo quiero vivir aventuras, no que me aten un cepo al tobillo y me releguen al papel de esposa y madre de por vida. Y quiero luchas para que otras mujeres puedan decidir ésto también.

¿Y qué sucedió entonces? Que me crecieron alas, unas alas que se magullaron, que a veces rompieron por volar bajo la tormenta, pero yo insistí en seguir volando hacia mi libertad. Logramos que la mujer pudiera decidir en la vida política y nos trasladamos a otros países en los que aún no podía hacerlo. Había muchísimas mujeres que necesitaban ayuda y fuerza.

En mis viajes tuve tiempo de pensar y escribir muchísimo. Publiqué varias novelas en inglés, incluso me atreví con el francés, lo que me dio dinero para poder seguir viajando por el globo, siempre batiendo mis alas en una lucha constante, en un mundo que te lo pone difícil siempre por el simple hecho de ser mujer.

Dejé atrás a mi rubio favorito, ese hombre me habría hecho perder el juicio, pues yo tenía muchas batallas que librar, algunas las perdería, otras me encumbraron, pero lo que sí está claro es que la guerra la ganaríamos. Nosotras defendíamos la idea radical de que las mujeres somos personas. Me volvió a romper un corazón ya lleno de cicatrices, dejar atrás al rubio de la maleta frente al hotel, ese hombre de ojos azules con el que tropecé el día del altercado. Lo quise casi desde el momento en que sus ojos y los míos se encontraron, pero debía quererme más a mí, las batallas que gané desde entonces no habrían sido libradas de correr tras él. Alguien tenía que hacerlo, alguien debía romper las cadenas, o morir en el intento. Volvimos a vernos tiempo después, él y sus ojos imantando mi alma libre y alada. En tu defensa, y la mía, diré que nadie logró enjaularme, ya lo sabes, pero sigie leyendo. ¡Ah! ¡Sí! Te amé, bien lo sabes.

A mi hermana jamás volví a verla, aunque le escribí todos los meses, nunca obtuve respuesta. Padre sí me escribió allá donde fui, todas sus cartas me llegaron, iluminando mi mundo en los peores momentos.

¡Y Reuben! Hermanito... Me escribiste, me acompañaste en algunos momentos, me defendiste, tomaste trenes cuando casi perdía la vida, aquella bala... ésta cicatriz. Tus lágrimas, tus gritos indignados. No dudaste ni un instante en cruzar medio mundo por cuidar de esta cabecita loca y solitaria. Eres el único que mis hijos conocen, pues padre ya estaba mayor para viajar tan lejos. Y me salvaste del averno al que seguro iré según el destino que me auguran algunos dioses. Tú que conoces toda mi historia, el hombre de mi vida, el más noble, el más valiente, mi querido hermanito. A ti te encomiendo mis tres tesoros, cuando suceda, ya sabes lo que harán ellas, y él. Sabías hacia dónde iba el día que dejé nuestro hogar, pero no sabías cuan lejso llegaría... yo tampoco.


Y tú... tú que me ayudaste a machar, tú que arengaste mi valor, y mi lucha, tú que me apoyaste y casi prendes la llama que haría que el mundo ardiera en gritos y consignas de mujeres en lucha... Aquel pelirrojo que tanto me ayudó a aclarar mis ideas y ordenar mis pasos, aquel muchacho desaliñado que tanto había emprendido, que carecía de mis miedos, y vio mis anhelos. Yo creía que me olvidarías pero tus misivas se cuentan por centenas, me guiaste desde tu atalaya de felicidad por las intrincadas calles de Paris, pues tú las conocía bien, no dudaste en encomendarme a gente de confianza. Mientras me contabas que era muy feliz con tu ángel rubio y me mandabas dibujos de tus pequeños yo me adentraba en las oscuras calles en las que te criaste. Te imaginé, pequeño pecoso, vagando sin rumbo por ellas, descalzo, ajado... Mi amigo, mi hermano, mi igual, me acompañaste y aunque conoces mi historia esta líneas también son para ti.

Y aquí llegas tú, el último, y qué cínico el destino, pues fuiste también el primero en recibir una de mis misivas, fuiste tú la primera persona a la que escribí cuando apenas sabía coger un lápiz y poner mi nombre. Recuerdo tu cara cuando abriste aquel papel y leíste. ¿Quién me había enseñado a escribir? ¿Y a leer? ¡Tan temprano! Hiram, te encontré en Paris, hace unos años, te perdí en Londres, hace muchísimo tiempo. Ahora estas lejos, nos encontraremos en unos días, sé que sonreirás al leerme, menuda tontería enviarte esta carta a ti también ¿Verdad? ¡Pues no! También mereces unas líneas de tu dramática favorita.

¿Y las demás? ¿Y mis compañeras? Estas páginas son para vosotros, a ellas las tengo siempre. Algunas van dentro de mi alma desgarrada, otras puedo verlas y abrazarlas. Mis guerreras, mis luchadoras.

¿Y qué pasó conmigo? ¿Para qué ésta carta? ¿Por qué os he escrito a vosotros? ¿Por qué ahora? Bien… veréis…

Primero llegó ella:

Que me complicó la vida entre andenes, y que adelantó su llegada al mundo en el lugar más inhóspito que encontró. Es una valiente, como su padre. Luchó para entrar en este mundo, y luchará para salir de él, pero librará esa batalla con arrojo, no me cabe la menor duda.

Luego llegaron mis mellizos:

España me regaló un niño y una niña, de cabellos soleados. Llegaron entre océanos, son hijos del mar, llegaron al mundo peleando con la tormenta.

Nunca sabréis qué nombres les di, son tres criaturas libres, ya buscarán a quien deban buscar, quizás cuando sea el momento, o cuando decidan.

Nunca me casé, mi cuerpo y mi nombre, volaron por casi todo el mundo y ahora termino mis días en París, sentada en un banco frente a Notre-Dame escribo esta cortísima carta que irá dirigida a varias personas. Sé que algunos de vosotros habréis leído mis libros, incluso os imaginé sonriendo al veros reflejados en algunas líneas, sin embargo esta misiva era necesaria, pues hace años que no escribo una carta, me he centrado en vivir tranquila por un tiempo. Estoy bien, soy feliz aquí. Siento despedirme ya, me encantaría contarte más, sé que tienes muchas preguntas y no he escrito remitente alguno, sin embargo no es difícil encontrarme en esta ciudad, se me hace tarde, un aula llena de mujeres como yo me espera.

Te quiero, con todo mi corazón…

Notas de juego

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19/09/2017, 13:17
Eloise du Villone

Edimburgo, 1 de septiembre de 1880.

Chère maman, je t'écris pour te faire mes adieux.

Pero haré un esfuerzo y escribiré en inglés, para que veas que al menos este viaje ha servido de algo para mi educación. Desde que me enviaste a este país tan húmedo y extraño han pasado tantas cosas que no sé ni por dónde empezar esta carta. He hecho amigos y he vivido decenas de aventuras, pero, por encima de todo... Lo he conocido a él.

Oh, maman! Mon coeur late, late tan fuerte que lo siento en las sienes y a veces me parece que se me sube a la garganta y se me escapa del pecho. Maman... ¡Toda yo me siento como si fuese un coeur gigante!

Seguro que monsieur Wright ya le ha comunicado mi desaparición. Oh, mère! ¿Cómo pudiste enviarme con ese hombre? Él... No, no puedo escribir las cosas que me hacía, las cosas que me enseñaba, porque si lo escribo quedará para siempre sobre el papier y nada nunca podrá borrarlo, salvo tus lágrimas por imaginar a tu querida hija con él.

¿O era eso justement lo que querías para mí, mère? La disciplina anglaise me hacía sentir extraña, poco cristiana, y temblaba como una hoja sólo con escuchar un chasquido parecido al de la fusta. Me siento confusa, maman, no puedo creer que no sabías dónde me enviabas y no puedo comprender qué esperaban père y usted de mí.

¡Pero eso ya no importa! Ya no importa parce que él me salvó. Él... Ah, mon Dieu! Él me enseñó que la bruma que todo lo cubre no es una enemiga, sino una aliada, que nos esconde y protege y no debemos temerla. Él, con la sonrisa más hermosa que nunca había visto, con todo el firmamento dibujado sobre su rostro...

Ah! No sabía que una podía sentirse así, mère, que podría llegar a sentir l'amour... Soeur Agnes siempre decía que eso de l'amour eran cuentos, que no existía de verdad. Que la obediencia, la fe y la sensatez debían regir ma vie. ¡Cuánto se equivocaba, n'est-ce pas?! Ahora sé que l'amour es real y ella una pobre viellie femme amargada. Ahora sé que puedo sentir a través de otra piel, a través de otro coeur. ¡Otro coeur que también siente en français!

La vie es hermosa a su lado. Oh, là là! Sé que pensarás que mi vida será difícil sin ese marido que père y usted querían para mí, pero no necesito vestidos de lady, ni a ese viejo amigo de père, ni la educación de monsieur Wright. No necesito nada si él está conmigo.

Y lo va a estar para siempre, savez-vous? Ahora ya puedo decirte que te escribo desde Edimburgo, en Escocia. Esto es tan húmedo como Londres, pero mucho más verde. Es un lugar merveilleux lleno de felicidad y amour. Ahora puedo decírtelo, porque ya no seré Eloise du Villone nunca más, maman. Desde ayer por la mañana soy Eloise Bricklan y soy tan, tan, feliz. ¡Y pienso seguir siéndolo mucho tiempo, para siempre!

Supongo que monsieur Wright estará muy enfadado. Enfadado conmigo y con madame lady Northampton, que nos cubrió las espaldas para que pudiéramos salir de Londres a escondidas. Ella prometió que él no se enteraría de que nos habíamos marchado hasta que fuese tarde para perseguirnos... Y cumplió su promesa. Le debo parte de mi felicidad y ojalá algún día pueda hacer algo yo por ella.

No sé si alguna vez volveré a mi amado París. Lo añoro, no crea que no, mon coeur sigue latiendo en français y creo que lo hará siempre. Pero ahora sé que la vida es más que las cuatro paredes del convento. Sé que no por ser una mujer tengo que ser obediente y sé que puedo leer libros y pensar, no como decía soeur Agnes. Ahora sé que soeur Marise tenía razón al darme alas y llenarme la cabeza de pajaritos. Existen las cosas que ella decía, mère. Ahora lo sé.

Aquilla me espera... ¿No es vraiment hermoso su nombre? Aquilla... Suena misterioso y dulce al mismo tiempo. Y en verdad él es así, dulce y misterioso. Sé que a veces él también tiembla bajo su piel, que tiene recuerdos que le hacen saltar como yo siempre saltaré con los chasquidos, pero lo amo aún más por ello, porque eso lo hace más real y además si no tuviese esos recuerdos no sería mi Aquilla, n'est-ce pas?

Ah, maman! Si cierro los ojos puedo recordar la primera vez que me besó. El estómago se me derritió y en el pecho me aleteaban cientos de moineaux gorriones. Ese día supe que no quería que nadie más que él me bese jamais. Sé que si lo conocieras me entenderías pues es imposible no amarlo desde el primer instante. Pero comprendo que père no querrá verlo nunca. No importa, él tampoco tiene familia así que construiremos la nuestra desde cero. Nunca, nunca, me separaré de él. Quiero cuidarlo y protegerlo como prometí ante el sacerdote y eso es exactamente lo que voy a hacer.

Queremos tener tres hijos. Un varón, un chiquillo que se parezca a él. Y dos niñas, una pelirroja como él y una rubia como yo. Y a la más pequeña la llamaremos Marise. Sólo de imaginarlo se me llena el pecho de calidez y se me escapan las sonrisas. Puedo imaginar toda nuestra vida a cada instante y luego dejar que mi imaginación vuele y dibuje un futuro nuevo y distinto, pero igualmente precioso. Prue, mi amiga Prue de quien te hablé en otras cartas, me prestó un libro. Uno de un poeta inglés que decía que estamos hechos de la misma materia que los sueños... Y es verdad, mère. La vie está hecha de sueños, ahora lo sé.

Soy tan feliz, maman, que a veces me río sin motivo y los estirados ingleses me miran como si hubiese perdido la tète. Pero no me importa, quizá por mirarnos sean capaces de sentir más y mejor. Pero me despido ya, debo irme. Te digo adieux ahora. Sé que por muy escandalosa que sea mi nueva vida, en el fondo de ton coeur te alegrarás por mí. Aunque no puedas decirlo en voz alta.

Ta fille qui t'aime,

Eloise Bricklan.

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19/09/2017, 13:22
Prue Lascelles

Cuando Prue y James volvieron a verse dos días después, los ojos de la joven habían vuelto a brillar y la alegría nuevamente iluminaba su rostro. Las siguientes tardes se vieron casi a diario y la joven demostró ser una alumna dedicada. Cada nuevo día tenía preparado para el doctor un pequeño arsenal de preguntas, y cuando lo asistía, observaba entusiasmada su hacer permaneciendo atenta a lo que él pudiera necesitar. James, en cuestión de semanas, se había convertido en más que su maestro, era también un amigo, el mejor y más cercano de ellos.

Pero tan efímera como el tiempo es la felicidad. La última vez que la había visto fue el jueves 29 de abril, Prue tenia asuntos que atender y acordaron volver a reunirse el lunes siguiente. Llegó el lunes y a éste le siguió el martes; los días continuaron pasando hasta completar una semana en la que no tuvo noticias de ella. La buscó en el orfanato y aunque no supieron decirle a ciencia cierta qué es lo que ocurría con la joven, sí que le informaron que ésta, por motivos personales, tuvo que viajar a su pueblo natal y que no sabían cuándo regresaría.

A la semana siguiente, James Reynolds recibió una carta de la joven disculpándose; palabras sentidas en las que ella le abrió su corazón, aunque sin ahondar en detalles, pero que bastaron para que el hombre supiera que el corazón de la joven estaba roto y que la tristeza le consumía el alma. Lamentablemente su duelo se vio interrumpido con la noticia del matrimonio de su mejor amiga, Emily Jones, quien en compañía de su prometido, viajó a Littleham para comunicarle la noticia y pedirle fuese su madrina. Incapaz de negarse, Prue regresó a Londres para ayudarla con los preparativos, volcándose a ello y evitando ver o hablar de Louis Kindelanver. Fue un largo y tortuoso mes en el que su familia y amigos estuvieron siempre junto a ella brindándole apoyo y soporte.

Y así fue como el día del matrimonio llegó, un día ansiado por todos menos por ella, porque iba a volver a verlo y por supuesto no quería, su corazón todavía lloraba y sangraba por las heridas que él le había causado. «A veces tienes que retroceder y hacer las pases para poder seguir adelante...» le diría James horas antes, quien también había sido invitado al matrimonio y asistía con ella como pareja.

Aunque lo evitó, la joven no pudo evitar lanzar fugaces miradas a Louis, experimentando contradictorias emociones. Estaba inmensamente feliz por Emily, pero cada vez que su mirada y la de él se cruzaban, no podía más que sentirse deshonrada, lastimada y avergonzada.

Nada más terminar la ceremonia y en cuanto le fue posible, se acercó a los recién casados, los felicitó con lágrimas en los ojos, lágrimas de alegría por ellos, pero también de dolor. Se despidió, prometiendo mantener el contacto con ambos, pero rogándoles que comprendieran sus razones para marchar. No podía quedarse, no soportaba verlo, dolía, dolía demasiado. Necesitaba alejarse, volver a su pueblo... olvidar.

Regresó a Littleham; las cartas entre ella y el doctor aumentaron en extensión y frecuencia, y se mantuvieron así el resto del verano y gran parte del otoño. La joven retomó sus estudios y aprovechó esos meses lejos de Londres para, con la ayuda del párroco del pueblo que no era otro que su padre, abrir una escuela a la que no sólo asistían los niños del orfanato local sino también los de las familias de la zona, sin importar clases ni condición.

Prue volvía a sonreír. Se volcó en sus estudios de medicina, lo que sumado al cariño de sus padres, amigos y conocidos, además de su amor por los niños, la hicieron salir del pozo sin fondo cuya oscuridad estuvo a punto de devorarla. Pero como en todo, la vida siempre le daba una de cal y otra de arena, y no por nada la joven había hecho propia la frase de "No te apresures a sentirte feliz o triste por nada en tu vida... todo es mentira."

La noticia del incendio en el orfanato fue un duro golpe. Se enteró por un telegrama enviado por Mildred Dashwood, su tía. No le daba detalles, sólo le pedía que regresara cuanto antes a Londres. Viajó ese mismo día, practicamente con lo puesto; no pudo comer, mucho menos dormir y el viaje pareció durar una eternidad. No sabía con qué iba a encontrarse al llegar; la incertidumbre y el miedo que experimentaba resultaban agónicos. Nada más llegar a la estación de trenes compró un periódico y fue entre las páginas del News of The World, el periódico de Louis, que supo lo que había pasado: Georgiana Adams, Becky y cinco de los niños fallecieron en el incendio, abrasados por las llamas. El orfanato quedó reducido a cenizas y cerca de una veintena de niños resultaron heridos. James, que la esperaba en el andén acompañado de Ginny, la vio caer de rodillas al suelo, envuelta en un mar de lágrimas, destrozada. Corrió a ayudarla y Prue lo abrazó con fuerza, llorando desconsolada.

Los siguientes días estuvieron repletos de llanto y dolor. La joven tuvo que lidiar no sólo con el dolor de la pérdida, sino también con el hecho de haberlo perdido todo, estaban en la calle. Los niños heridos estaban en el hospital y los que no se encontraban desperdigados en las casas de voluntarios y trabajadores del orfanato. Incluso la tía de Prue, sabiendo lo que esos niños significaban para ella, había dado cobijo a los más pequeños en su hogar.

James permaneció junto a ella todo el tiempo, convirtiéndose en el mayor soporte de la joven. Louis, preocupado también, reapareció en su vida ─aunque en realidad nunca estuvo ausente, sólo que se había mantenido entre las sombras, dando tiempo a que sus heridas sanaran─. Ambos la acompañaron el día del funeral; cientos de personas provenientes de diferentes partes del país se hicieron presentes para ese último adiós. Pese a lo triste de la situación, fue al mismo tiempo un momento hermoso, porque estaban presentes todas las vidas a las que Georgiana ayudara a lo largo de la suya, tanto antes como después de que la joven se sumara a su obra.

Afortunadamente la joven había aprendido a fortalecerse con el dolor y cuando a todas esas calamidades se sumó la noticia del matrimonio de Louis, ella recibió lo que suponía sería un duro golpe, con resignada aunque honesta alegría. Tal vez fuera que el tiempo había hecho lo suyo y lo había olvidado o que se había volcado en cuerpo y alma a recuperar el orfanato, pero la noticia no le afectó como todos, incluso ella, pudieron haber creído. Ni siquiera el hecho de que la futura señora Kindelanver fuese dueña de una inconfundible cabellera pelirroja, la misma que viera en el baile de máscaras. No obstante, como después de la tormenta siempre sale el sol, el sol para ella y los niños se presentó como un benefactor anónimo que les donó una propiedad en Bloomsbury, situada al norte de la calle Great Ormond y al oeste de Gray's Inn Lane. Era un edificio de ladrillos, plano, con dos alas y una capilla, construido alrededor de un patio abierto, siendo asignada el ala oeste a los niños y la oriental a las niñas, mientras que la parte central fue destinada a los espacios comunes y el ala médica donada por Lord Preston y su esposa. El nuevo Flounding se convirtió en uno de los lugares de caridad más populares de Londres y el Padre Peter, amigo y confesor de la joven, formó el coro del hospital y frecuentemente interpretaban en la capilla la obra El Mesías de George Frideric Händel.

Paralelamente, se dio inicio a la reconstrucción del hogar ubicado en Whitechapel, trabajo que estuvo a cargo del arquitecto Patrick Hawthorne, gracias al cual la joven conoció y forjó una estrecha amistad con la hermana menor de éste, Madelaine. El nuevo edificio estuvo listo en 1883 y comenzó a funcionar al año siguiente. Ya para 1886 el Hospital Flounding contaba con tres casas mientras que Prue, graduada el año anterior en la Escuela de Medicina para Mujeres del Royal Hospital Free, iniciaba ese año las clases en la Universidad de Londres para acceder a los grados de Medicina y Cirugía.

James, que acompañó y apoyó a la joven en todo este camino, había conseguido entrar a su corazón para ya no salir más. Comenzó a cortejarla el 3 de abril de 1881, exactamente un año después de haberla conocido; las heridas de la joven habían sanado por completo. Louis había sido su primer amor, su primera ilusión, y con el pasar del tiempo se había convertido en un excelente amigo.

«No pretendo desalentarlo, pero tampoco puedo alimentar un fuego que, por el modo que ha sido encendido, creo está condenado a la extinción. Permítame hablar con total honestidad, porque no sé ni puedo hacerlo de otro modo, ya se habrá dado cuenta de ello... Si he de expresar de algún modo lo que sus palabras me han hecho sentir, creo que el mejor modo sería diciendo que el mío era un mar en calma, pero que ahora negras nubes amenazan con agitar sus aguas desatando una tormenta. Le pido sea paciente, que se de el tiempo de conocerme más allá de lo que ve. Tal vez, como un hombre perdido en el desierto, termine dándose cuenta que el oasis que creyó ver resultó ser un espejismo y que no era real. Supongo que esas cosas a veces pasan. Conózcame y permita que le conozca, y una vez que eso haya sucedido, si sus sentimientos persisten, entonces y sólo entonces, si su situación y la mía no han cambiado, volvamos a tener esta conversación»

─¡Qué fácil resulta ver la paja en el ojo ajeno sin ver la viga en el propio! ─se dijo tras recordar las palabras que dedicara a James la noche que se conocieron. Si tan solo Prue hubiera prestado oído a sus palabras, tal vez las cosas serían muy diferentes y no habría sufrido lo inenarrable por una ilusión. No obstante, habiendo pasado el tiempo y con la perspectiva que da la distancia, tras ríos de llanto y dolor, era capaz de darse cuenta que lo que alguna vez sintió por Louis Kindelanver era muy distinto a lo que sentía por James. Razón tenían aquellas voces que le decían que la juventud y falta de experiencia la hacían creer que todo era amor. Por eso, cuando el 19 de julio de ese mismo año, en la celebración de su decimonoveno cumpleaños, James le pidió matrimonio, ni siquiera la presencia de Louis fue capaz de hacerla dudar de su respuesta.

Se casaron el 14 de febrero del año siguiente, el día de San Valentín. Tres meses más tarde, ambos celebrarían la noticia del embarazo de Prue, pero la joven perdió al bebé antes del cuarto mes de gestación y perdería un segundo al año siguiente, hasta que por fin, el 11 de marzo de 1885 dio a luz un varón al que llamaron Percival James. El 20 de abril de 1890 nacía una niña a la que bautizaron Sybill Prudence y finalmente, el 07 de noviembre de 1897, tras otros dos embarazos fallidos, dieron la bienvenida a la menor de sus hijos y su pequeño milagro, Valentine Hope.

Para el año 1905, el Foundling se había establecido con 112 casas distritales, además de las filiales que poseían en todo el Reino Unido y el matrimonio Reynolds era reconocido y respetado. Prue se mantenía al frente del orfanato, pero no estaba sola en esta tarea, pues no sólo su esposo la ayudaba sino también Madelaine Hawthorne. Las casas Foundling no sólo ayudaban a los niños huérfanos, pobres y abandonados, sino que también se había convertido en una fuente de trabajo.

Y finalmente, cuando corría el año 1912, y James enteraba ya una década como docente en la Universidad de Londres, y aún ejerciendo la medicina, fundó junto a su esposa y las doctoras Flora Murray y Louisa Garret Anderson, el Hospital de Mujeres para Niños (Women's Hospital Children) en el 688 de Harrow Road que proveía servicios de salud a los niños de escasos recursos del área, y daba la oportunidad a las doctoras mujeres de ganar experiencia en pediatría.

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Prue (52ã)



Percival James (29ã)

Sybill Prudence (24ã)

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19/09/2017, 13:30
Lady Northampton

¿Quién sabe lo que depara el futuro? Es el destino. Cada mañana te despiertas con una ira que no sabes de dónde habrá salido y sientes que ese día será distinto a todos los demás, que será diferente, pero no sabes por qué y como si nada el tiempo vuela.

Y ves a alguien cruzando la calle o acariciando un caballo y comprendes que ese es el momento. Crees que el tiempo se detiene y todo lo que ves entonces es a él. Día y noche, todo el tiempo. Y si tienes suerte él te mirará del mismo modo.

Y deseas pasar el resto de tu vida con él, como si el tiempo se hubiese detenido por siempre. Pero de hecho no es así. El mundo continúa, cuanto más luchas por mantener el control más te interrumpe. Es muy impredecible. La distancia más corta se transforma en kilómetros y el momento más breve se convierte en la eternidad. Comprendes que el tiempo vuela para llegar a la hora y cuando finalmente llega se detiene por completo y para siempre.

Atrás quedaron los rencores y deseos de venganza. Atrás quedaron los encuentros clandestinos con amantes furtivos. Los muros que por él había levantado, y que desde su edificación se mantuvieron incólumes e inexpugnables, pero que se vieron debilitados con el último de sus amantes, acabaron siendo derrumbados cuando él reapareció en su vida.

El rechazo dio paso a la aceptación, volvieron a ser amigos y cercanos. La amistad ya existente entre Ethel y Diana, la prometida de él, no hizo sino estrecharse cuando las asperezas fueron limadas entre ambos. Patrick y Diana se casaron, y a nadie le sorprendió que cuando la salud de la señora Hawthorne se debilitó, la marquesa se hiciera cargo personalmente de su cuidado, no escatimando en gastos y poniendo a su servicio, y de forma exclusiva, a un médico para que la atendiera día y noche, en especial porque no era sólo la salud de su amiga la que había que cuidar, sino también la del niño que estaba por nacer y que, a petición del matrimonio, habría de convertirse en su ahijado.

El amor que existía entre ambos se mantuvo oculto, dormido, y no fue hasta que la muerte se llevó consigo a Diana Hawthorne que éste pudo volver a arder libre y sin culpa. Si tan solo hubieran entendido que la antítesis del amor no era el odio sino la indiferencia, y que tanto el odio como el amor surgen sin saber cuál es la razón, ambos movidos por el mismo motor, tal vez nunca se habrían separado.

Para desgracia o fortuna, depende del punto de vista, Diana falleció en el parto, aunque el pequeño sobrevivió y como era de esperarse en su calidad de madrina, Ethel se hizo cargo del pequeño... y de paso también del padre.

Ya nada impedía que estuvieran juntos por lo que el tiempo y la cada vez más estrecha cercanía hicieron lo suyo. Los años trajeron consigo experiencia y madurez, ambos necesarios para poder compartir una vida juntos y saber aceptarse tal cual el uno al otro, con defectos y virtudes. Y sabe Dios que había en ambos más de lo primero que de lo segundo.

Ethel se convirtió en la nueva señora Hawthorne, juntos formaron una nueva familia. Patrick quiso al primogénito de Ethel como si fuera suyo y ella hizo lo mismo con el de él, pero la vida quiso obsequiarles con dos hijos más, un niño y una niña. Así, la familia Hawthorne quedó conformada por los cabeza de familia, Patrick y Ethel Hawthorne, marquesa de Northampton, y sus hijos: Victor Francis de Grey Cowper, 8vo Conde Cowper y 9no Duque de Devonshire, Patrick Hawthorne Jr., NOMBRE HIJO, NOMBRE HIJA.

Por otro lado, Ethel se deshizo de su negocio clandestino y lo cedió a una de sus protegidas. Pero era una mujer de mente inquieta que, a su juicio, disponía de demasiado tiempo libre, por lo que decidió que debía hacer algo productivo con éste.

Fue así que el 19 de marzo de 1882 la marquesa de Northampton convocó a una reunión de amigas para discutir la idea de formar un club exclusivo para damas y en escasas dos semanas más de una decena de mujeres habían demostrado su interés. El 21 de julio de ese mismo año, cuando ya se contaba con más de una treintena de nombres en la lista, el Athena\'s London Club se declaró oficialmente abierto.

El club se ubicó en el #2 de la Plaza Audley en Mayfair, en una mansión de ladrillo y piedra arenisca roja que fue diseñada por Thomas Henry Wyatt y construida para Lord Arthur Russell en 1840. El sitio poseía historia como punto de encuentro para las mujeres, fama adquirida mucho antes de que la marquesa adquiriera la propiedad en 1875, gracias a la esposa de Lord Arthur Russell que fue una reconocida anfitriona de sociedad.

El Athena\'s abogaba por la diversidad de sus miembros y proporcionaba un ambiente acogedor para disfrutar de una buena conversación, juegos de carta, lectura o una taza de té, entre otras cosas.

El comedor se encontraba en la planta baja y contaba con ventanas francesas que se abrían al hermoso y tranquilo jardín con terrazas, pudiendo disfrutar de un delicioso almuerzo o cena bien sea sola o en compañía de las amigas. También se podía disfrutar de un desayuno informal compuesto de fruta fresca y deliciosa mermelada hecha en casa.

La sala de estar poseía maravillosas paredes pintadas a mano en un diseño Chinoiserie que se completaba con un piano de cola y las vistas al jardín con terrazas. En el invierno, el fuego ardía en la opulenta chimenea, y en el verano, las ventanas francesas que daban a la terraza se mantenían abiertas, proporcionando brisa fresca. Este era un lugar perfecto para relajarse con las amigas o realizar eventos entre los que se contaban fiestas privadas y bodas.

La biblioteca contaba con estanterías repletas de libros y agradables vistas a Park Lane de Hyde Park. Era un lugar tranquilo para trabajar y el sitio ideal para una tranquila tarde o noche en la que disfrutar de una lectura. Como parte de los beneficios, los miembros tenían permiso de tomar prestados libros y recursos de la Biblioteca, así como inscribirse a las clases que allí se impartían.

El jardín, accesible a través del comedor, era una zona tranquila para relajarse en el centro de la ciudad. Ideal para celebrar fiestas o comidas en la terraza durante el verano, o para la búsqueda de consuelo bajo un árbol con un buen libro y té por la tarde.

La mansión contaba con un total de 22 habitaciones entre individuales, dobles y cuartos para dos personas. Algunas de las habitaciones poseían baño privado y otras de uso compartido. En la segunda planta había 3 habitaciones individuales y 3 dobles, todas con baño privado, mientras que en la tercera y cuarta plantas se disponía de 9 habitaciones individuales y 6 dobles, todas con baño compartido.

Por último, en el vestíbulo y bar, contaban con un grato y acogedor espacio en el que disfrutar de una amplia variedad de vinos y cócteles, además de una variada selección de cafés para degustar. El vestíbulo era por excelencia el espacio usado por las damas que gustaban de fumar.

En terraza y jardín predominaban las plantas verdes, blanco y violeta, los colores asociados al movimiento sufragista, y un gran árbol de plátano oriental se encontraba en el centro del jardín, probablemente plantado originalmente en los terrenos de Chesterfield House, Westminster.

Victor Francis de Grey Cowper

8vo Conde Cowper y 9no Duque de Devonshire


Patrick Jr.


Ethel/Patrick - Hijo mediano


Ethel/Patrick - Hija menor

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19/09/2017, 13:32
Louis Kindelanver

20 de abril de 1914.

Las fechas son importantes. O, al menos, eso había pensado siempre Louis Kindelanver, que atesoraba en su memoria los recuerdos prendidos en ellas, atándolos en su mente a los días del calendario. Hoy, con sesenta y dos años y el cabello encanecido, el hombre se encuentra sentado ante la chimenea encendida de la biblioteca de la mansión Kindelanver, con un vaso ancho de whisky en una mano y una caja de madera ornamentada sobre el regazo.

Su mente está inquieta esta noche, como hacía años que no le sucedía, como si algo en su interior intuyese que el final está cerca. Y hoy, siente la necesidad de cerrar su pasado, de despedirse. Hoy, los fantasmas revolotean a su alrededor y juraría que puede sentirlos susurrando en sus oídos. Hoy, el anciano Louis Kindelanver recuerda.

Sus dedos rugosos sacan un mechón de cabellos que un día fueron dorados y hoy han perdido su color. Edith nunca lo ha abandonado y cada primero de marzo ha sido para ella. A lo largo de los años ha sentido su impulso, su empuje, sus ganas de vivir, de que él viviese. Se acaricia la mejilla con su pelo, en un punto exacto, y después, con un suspiro, alarga la mano hasta dejar caer el mechón en el fuego.

Sin embargo, no es a su primera esposa a quien Louis tiene en mente esta noche, al menos, no más que cualquier otra noche. Hoy, los recuerdos que tiran de él comienzan precisamente la primavera que empezó a recuperarse de su muerte. Ese año en el que toda su vida dio un vuelco y salió de sus propios abismos para caminar de nuevo, para tropezar y equivocarse, para seguir al final un sendero plateado guiado por la luna, para encontrar una felicidad que creía perdida.

Y así, saca de la caja un fajo de cartas lleno de poemas, de manchas de tinta y vino y entremezcladas con algunas partituras reutilizadas. Una leve sonrisa se dibuja en sus labios ajados por la edad al recordar a esa apasionada desconocida que lo acompañó en el viaje a las profundidades más oscuras de su alma. ¡Qué pueriles se le antojan ahora los malentendidos que interrumpieron esa correspondencia!

Nunca volvió a saber de ella, ni movió un dedo para enterarse de qué le había deparado la vida a su impetuosa confesora, pero hoy la recuerda con una sonrisa. Ella fue durante mucho tiempo la amiga que Louis necesitaba, el motivo para mantenerse en pie. No fue ella quien restañó un corazón sangrante, pero sí fue una mano amiga en la oscuridad.

Hoy, Louis prefiere imaginar que ella también fue feliz, que vivió con la misma intensidad con la que escribía y que voló tan lejos como sus alas le permitieron.

El fajo de cartas también cae en la chimenea y el fuego empieza a lamer las letras con su abrazo ardiente, capaz de convertir los recuerdos en cenizas y los sentimientos en brasas.

Lo siguiente que encuentran sus dedos en la caja es un dibujo, uno de los bocetos que garabateaba en noches de vino y tinta, cuando su espíritu inquieto no le dejaba dormir.

La pequeña llamita que Prue había encendido en su pecho con el pinchazo de una rosa oscila ahora recordando que aún sigue prendida, la primera de muchas que llenaron su pecho de luz.

Y Louis recuerda.

Recuerda aquella promesa que le hizo cuando era apenas una niña, que trataría de hacerle reír en cada ocasión que se viesen. Recuerda cómo se quedó prendado de su inocencia, de la pureza de sus límpidos ojos, de la sensatez de su lengua y de esa forma que tenía de revolotear de un tema a otro, confundiéndolo y obligándolo a despejar su mente para poder seguir el ritmo de ese cerebro juvenil.

Ahora ya no depende de ella para reír o para llorar y, sin embargo, a lo largo de los años han hecho juntos ambas cosas en muchas ocasiones. Lo que Louis confundió con amor terminó consolidándose como una buena amistad, de las que perduran a pesar del tiempo, a pesar del dolor, alimentándose de un apoyo mutuo en los buenos y en los malos momentos. Ya no se arrepiente de aquella confusión que tanto daño le hizo a su pequeña mariposa azul. Ahora sabe que fue un paso más, necesario en la historia de ambos, un peldaño más para seguir hacia delante.

Con delicadeza lleva ahora el dibujo a sus labios y deposita un beso suave sobre la tinta, esperando que ella pueda sentirlo en su mejilla. Después, estira la mano y deja caer también el dibujo en su pequeña pira purificadora particular.

Saca ahora una pulsera de cascabeles que aún tintinea y su sonrisa cambia de tierna a divertida. Abby. El rey de los ladrones. Selina. Sea cual sea el nombre que usa ahora, Louis siempre tiene una sonrisa para esa joven que tanto parecía disfrutar de los disfraces y los juegos. Los momentos en que se encontraron fueron como gotas salpicadas a lo largo de una vida, pero cada uno digno de ser atesorado. Una de las mejores columnistas en su periódico, pero sin duda también la más misteriosa. Louis no sabe qué le deparó la vida, pero está seguro de que le habrá sacado todo el jugo que pueda.

Y con la sonrisa que esa idea trae a sus labios, deja que la pulsera caiga tintineando en la chimenea y mete la mano de nuevo en la caja.

Una invitación de boda es el siguiente recuerdo que aparece y los ojos de Louis brillan al leer los nombres enlazados en el membrete: «Lord Preston Ellsworth Parlow y Emily Jones». Él siempre fue más que su cuñado, su mejor amigo, un hermano. Unidos por los lazos de la vida, más fuertes que los de la sangre.

Louis recuerda con el corazón en vilo esa madrugada en que emprendieron el viaje en mitad de la noche en busca de la joven de ojos de cervatillo. ¿Alguna vez ha vuelto a ser espectador de un momento tan emotivo como aquel en que Preston se arrodilló ante ella para recibir un «sí»? El corazón de Louis latió con ellos desde entonces.

Recuerda ahora la boda, con toda la pompa que su antigua suegra necesitaba para sentirse bien, pero sobre todo recuerda las miradas enamoradas de ambos, que henchían su pecho con ese amor hermoso y eterno que admiraba. Emily y Preston estaban hechos el uno para el otro y aunque sus pies viajeros los llevaron por todo el mundo antes de establecerse de nuevo en Inglaterra, el vínculo entre los dos hombres nunca se tambaleó.

Duda, con la invitación en la mano, pero finalmente termina por dejarla caer al fuego, junto a los demás recuerdos. Siente la despedida en el aire y se pregunta si Preston no notará en su mansión que algo está a punto de suceder. Se imagina a su amigo inquieto sin motivo, como él mismo se siente, y suspira entre dientes.

Un recorte de periódico es lo siguiente en salir de la caja. Uno donde se anunciaba la inauguración del News of the World, el proyecto de su vida. Louis Kindelanver tardó años en descubrir cuál era su vocación, pero cuando lo hizo, esa misma primavera en que todo cambió, nunca volvió a retroceder.

El periódico creció imparable y la mente de Louis recuerda ahora a todos los que pasaron por él. Ethel, a quien recibió con reticencia, pero que terminó siendo más que una socia, una amiga. Meredith, con quien siempre compartió una emoción por el amor arrebatado demasiado pronto. Alexander, Nicolás, Albert, Mary... Todos, todos ellos. Aún recuerda cada uno de sus nombres y sus historias, cómo llegaron a él y cómo creció esa pequeña familia, alimentada por el trabajo de todos.

Hoy es la pequeña Elloise —para Louis siempre será pequeña— la que dirige exitosamente la publicación. Pero Louis recuerda con intenso cariño las horas pasadas entre pruebas de imprenta, tinta y máquinas de escribir. El sueño de una vida hecho realidad, y la certeza de que su legado permanecerá en el tiempo. Louis se siente dichoso esta noche. ¿Acaso puede un hombre desear algo más?

Pero es entonces cuando la mano de Louis saca de la caja un pañuelo verde y todo rastro de nostalgia se disuelve en una expresión tan enamorada como la que se dibujó en su rostro exactamente treinta y cuatro años atrás. Recuerdos de toda una vida maravillosa se agolpan tras sus pupilas y sus ojos se humedecen de emoción. No necesita acudir a su mente para pensarla a ella, pues su esencia está impregnada en cada rincón de la mansión. Sólo tiene que cerrar los ojos para percibir su aroma en su propia piel y es consciente a cada instante de todo lo que han construido juntos.

Pero, aún así, recuerda. Recuerda la fiesta de máscaras y recuerda el balcón que quedó suspendido en un rayo plateado. Recuerda sus ojos verdes besados por la luna y recuerda su aroma a lavanda y jazmín. Recuerda las sensaciones con más precisión que las imágenes, la pasión que había estado adormecida durante años y que despertó esa noche como una tormenta, la forma en que la diosa lunar ató esos hilos argénteos en sus corazones, uniéndolos a pesar de las máscaras en un juego arriesgado en el que apostaron más que sus vidas, su felicidad.

Recuerda esforzarse en olvidar esa noche, creyendo que la ternura, la razón o el deber tenían más peso que la bendición de la magia de ese balcón. Y recuerda la noche en la que, ante esa misma chimenea que ahora se alimenta de sus recuerdos, las máscaras cayeron y la necesidad de la piel encontró una fuente donde apaciguar su sed. Recuerda las dudas, los temores, los reproches y las lágrimas. Pero ella se le había metido en la sangre y había inflamado su pecho, revolviendo todo su mundo.

«Annie», susurra con la misma sonrisa encandilada con la que amaneció hace treinta y cuatro años menos un día. Susurra en voz muy tenue, pues no quiere despertar a la mujer que debe estar durmiendo en el piso de arriba. Recuerda esos primeros días de confusión y los siguientes meses hasta que por fin se decidió a cortejarla ante todos. Recuerda que en un arrebato quiso casarse con ella antes de que el año terminase y la felicidad que rodeó aquel día. Recuerda la nieve creando un manto tan blanco como el vestido que ella llevó ese fin de año y cómo estaba tan inquieto ante el altar, con Preston a su lado igual que la primera vez. Aunque en aquella fue un chiquillo el que contrajo matrimonio, no el hombre cuyo corazón había madurado y crecido en ese año.

Su querida Annie, inteligente, divertida, apasionada... El rojo de sus cabellos resaltaba de una manera deliciosa con el blanco que la rodeaba y un suspiro llena los pulmones de Louis con el recuerdo de esa imagen. En aquel momento creyó que no podía ser más feliz, pero... Los años pasaron y un nuevo recuerdo se forjó en esa misma biblioteca.

Louis no ha olvidado el título del libro que estaba leyendo cuando Annie se acercó por detrás y apoyó sus antebrazos en el respaldo del sillón. «La casa está demasiado silenciosa», recuerda que susurró ella en su oído, haciendo que Louis alzase la mirada para buscar sus ojos de esmeralda, «pero tengo la sensación de que eso va a cambiar muy pronto... En cuestión de unos meses».

El libro quedó olvidado en el suelo, tal y como había caído de las manos de Louis, hasta que Daisy lo recogió refunfuñando, aunque no con demasiada fuerza. Ella también había terminado por querer a la pelirroja que había trastocado su casa y el corazón de su Louis. Y si algo echaba en falta el ama de llaves en esa casa, eso eran niños.

Llegó Elloise en primavera, con los cabellos de su madre y sus ojos de jade y Louis creyó que su corazón explotaría, lleno de felicidad. Siempre había querido ser padre, pero había olvidado esa idea al perder a Edith.

La vida, que tan duramente le había golpeado en su juventud, le sonreía ahora con amabilidad. El trabajo en el periódico, con la pequeña Elloise siempre dando vueltas por allí, se alternaba con los viajes a los que Annie le empujaba, sedienta de ver lo que el mundo tenía para mostrarles.

Impulsado por ella, Louis se atrevió a dar el gran salto y pisar el continente. ¡Y qué cartas le enviaba a Preston desde esos lugares que su cuñado había recorrido en tantas ocasiones! Se inventaba aventuras sobre un belga inexistente, sólo para hacerlo reír en la distancia.

Unos años después, fue Gideon quien llegó a sus vidas, un niño del verano, con un encanto que desplegaba en sus sonrisas ya desde la cuna. La casa se llenó de risas y gritos infantiles y el trabajo se multiplicó, en la mansión y en el periódico, pero Louis se sentía como mecido por una balsa de agua, envuelto de toda la felicidad que había deseado.

Temía, en las noches más oscuras, la caída. Sabía que cuanto más alto se sube, más fuerte se golpea uno al caer. Pero noche tras noche Annie borraba esos temores y los cambiaba por sueños dulces, llenos de amor y de vida. Y así fue como poco a poco el pecho de Louis se fue llenando de pequeñas llamitas hasta que las sombras terminaron por esconderse, relegadas al 1 de marzo, el día en que cada año Louis se encerraba en sí mismo y tan sólo aparecía en la mansión para encadenarse al piano y derramar con canciones la tristeza de ese día.

Pero ahora, lágrimas de felicidad surcan las mejillas del anciano mientras aferra ese pañuelo verde entre sus dedos. Los recuerdos abruman su alma y tarda algunos segundos en sobreponerse. Ha sido mucho más feliz de lo que esperaba, de lo que soñaba. Cada instante atesorado en su memoria tiene un nombre y una fecha. Porque las fechas son importantes.

Estira la mano y deja caer el pañuelo en el fuego que ya ha consumido casi todo el pasado. Lo contempla mientras arde y la sonrisa se va consolidando en sus labios. Después se pone en pie y un dolor en el costado frena sus movimientos por un instante. Es viejo ya y su cuerpo no funciona como antes. Tiene algunos órganos hechos picadillo después de años de excesos, bien lo sabe y bien lo saben los doctores. Pero tras un par de segundos, sigue su camino. Intuye que le queda poco, que esa es su última noche, y no ha terminado de despedirse.

Así que entra en el dormitorio de su pequeña, que ahora es toda una mujer. Elloise le recuerda mucho a Annie cuando eran jóvenes, tan decidida, tan hermosa y vital. Se inclina para besar su frente con dulzura. No le inquieta su futuro, Elloise lleva el periódico en la sangre casi desde su nacimiento. Es una mujer libre con todo lo que necesita para triunfar.

Después pasa por el cuarto de Gideon y acaricia sus cabellos con delicadeza, antes de depositar también un beso en su frente. Su hijo es más frágil que su hermana, ha heredado esa tendencia a la melancolía de su padre. Lo canaliza a través del arte que corre por sus venas y Louis sonríe al contemplar cómo duerme su pequeño artista, el muchacho que siente más de lo que vive, y ama más de lo que siente.

Con el pensamiento en sus hijos, Louis camina hasta su dormitorio para reunirse con su esposa, su amante, su confidente, su amiga, su compañera. La mujer que lo es todo en su vida. Se tiende a su lado y puede sentir la preocupación en ella. Siempre fue intuitiva, pero a Louis le gusta pensar que es ese vínculo de plata entre sus corazones quien la alerta cuando algo no está bien. La besa con dulzura, decidido a darle esa noche todo el amor que siente por ella, a compartir poemas bajo la luz de la luna, como han hecho tantas noches desde la primera.

Pero, finalmente, el sueño se lleva las palabras dichas y sentidas una y mil veces y Louis permanece despierto, acariciando esos cabellos que ya perdieron su brillo rojizo, pero que siguen volviéndole loco con su perfume a lavanda y jazmín. Permanece despierto hasta que el primer rayo de luz dorada se cuela entre las cortinas, tocando su frente, y, en ese mismo instante, sus párpados caen y su aliento se desvanece en una sonrisa, como si su espíritu se evaporase en ese rayo de sol que es el primero del día y el último de una vida.

THE END

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19/09/2017, 13:34
Annie

15 de enero de 1886.

La mujer se detuvo delante del féretro de quien había sido lo más parecido a una madre que había tenido. Años habían pasado ya desde que Agnes abandonase su mundo y, si bien pasó varios años sin verla hasta que se armó de valor –y de la adecuada compañía de su marido Louis- para volver a poner un pie en Oxford. La anciana había significado para ella un pequeño sendero de luz en medio de una oscura cárcel de la que tuvo que librarse jugando del mismo modo que las víboras con las que se había criado. El cielo no parecía tan apagado como de costumbre, o quizá era el conocimiento de que a escasos metros aguardaban los motivos por los que se levantaba cada mañana con una sonrisa; todos menos uno que ahora sostenía en sus brazos.

-Agnes, a él no llegaste a conocerlo- había depositado unas flores sobre la tumba, un conjunto de violetas que simbolizaban el luto y el afecto por los que ya no estaban. Cargaba bajo sus hombros la decisión de no haberla trasladado con ellos, pero su mentora siempre había sido una mujer de firmes pensamientos y convicciones. Por muchos comentarios que le hubiera hecho en el pasado, Agnes había decidido vivir y morir en Oxford, su hogar. Elloise va creciendo a pasos agigantados y, si pudieras verla ahora mismo, dirías que es la viva imagen de su madre. Hoy no hablemos de ella, hoy quiero presentarte a Gideon.

El bebé que sostenía sobre sus brazos balbuceó y se removió ligeramente. Annie le besó la frente y pasó unos instantes contemplando sus cabellos rojizos. ¿Cómo algo tan pequeño podía iluminar su vida con tanta intensidad? Siempre había soñado con días mejores en esa época en la que sentía la única motivación de vengarse de aquellos que le habían arrebatado a su vida, pero nunca llegó a creer que se volverían realidad de un modo tan brillante que a veces resultaba cegador. Su inconsciencia le había permitido el arrojo suficiente como para llegar hasta Londres, y allí Selene le había revelado el que sería el amor de su día, Louis,. El hombre por quien pasaría noches leyendo poesía; aquel a quien le regalaría todas y cada una de sus sonrisas hasta el nacimiento de sus hijos; con quien tendría pequeñas peleas que quedarían en el olvido siempre antes de marcharse a dormir; su compañero, su amigo y su amante. Sus ojos verdes la habían hechizado desde el primer día en el que Roxanne y ella lo conocieron en Regent’s park, el mismo lugar donde le anunció el fin de su anterior compromiso y donde comenzaron su nueva historia. Había sido su espíritu el que había superado todos sus obstáculos y le había enseñado a amar como debía hacerse. Sabía en su interior que una única vida no le bastaba para agradecerle todo lo que había hecho por ella, pero aun así se esforzaba por intentarlo.

-Algunas historias no comienzan en un lugar feliz ni en la compañía adecuada- volvió a hablar, intercambiando miradas con la tumba y con su pequeño. Nadie decide el comienzo de su camino, ni sabe las herramientas con las que contará para avanzar en su historia. Pero si hay algo, pequeño mío, que pueda alejarte de todo el dolor y el miedo, eso es el amor. El día en el que lo encuentres sentirás que te nacen alas que te permitirán volar libre. Mis primeras alas me las regaló Agnes cuando tan solo era una cría de la edad de tu hermana. Las segundas me las regalé yo misma tiempo después de que me destruyeran los pocos sueños que tenía, y comprendí que eran lo suficientemente fuertes como para volar lejos. Las terceras me las regaló tu padre en la noche en la que comprendí que el dolor puede desvanecerse cuando te rodea alguien tan afín a ti que a veces te preguntas si realmente no estábamos destinados a encontrarnos. No fue fácil, cariño mío, pero nada que merezca realmente la pena lo es.

Y entonces, mientras se sentía cautivada por los ojos verdes de la última incorporación a la familia Kindelanver, volvió a recordar toda la historia de su nueva vida. Al principio solo existía esa noche, una con la que todavía tenía pesadillas en las que oía la risa de Oliver a través de las oscuras calles londinenses. Todo ese sufrimiento que ahora quedaba atrás como una página más escrita en su diario la llevaron hasta la única persona que le quedaba en Londres y en quien confiaba ciegamente, el hombre con el que ahora compartía su vida. Aunque no era plenamente consciente de ello, Selene ya lo había puesto en su camino aquella noche en el baile, y ciegamente siguió el cordón que los unía hasta llegar a su casa.

-Tu padre siempre ha sido un caballero- Gideon sonrió y ella hizo lo mismo. Me recibió, me escuchó y sanó todas mis heridas, incluso las internas. Me descubrió más allá de ser su empleada y la antigua sirviente de tu tío Ethan. Al decir esas palabras se quedó unos segundos enmudecida y miró nuevamente la tumba. Agnes siempre le había dicho que era horrible contando historias porque se entretenía en los fragmentos menos importantes. Encontró lo que Selene había puesto en su camino, y hasta ahora hemos estado juntos. No necesito rezar para pedir que continuemos así hasta el final, porque soy tan consciente del amor que sentimos el uno por el otro que no contemplo que algún día lleguemos a estar separados.

No obstante, sí que lo estuvieron hasta que él resolvió las dudas que lo embargaban. Annie no tardó en saber que alguien más ocupaba –además de la difunta esposa de Louis- un lugar en el corazón de su actual marido, y comprendió el debate interno que se producía entre el querer y el deber. No pudo alejarse por completo de él porque eso habría sido como arrancarse un trozo de su corazón por voluntad propia, pero respetó en todo lo posible sus deseos. Con un buen trabajo como el que tenía, sin el rastro de los Thompson por aquel entonces en su vida y con la idea de que algún día amanecería al lado de quien amaba podía vivir dignamente.

No buscó indagar sobre Prue más allá de enterarse –por los comentarios que Daisy hacía en esa época en la que no la soportaba- de que era una buena mujer dedicada a causas nobles; más de una vez se planteó que, de no acabar con la persona a la que amaba, al menos la idea de que él se uniera a una mujer de gran corazón le valdría para sentirse afortunada por el destino de Louis. Pasaron varios años antes de que ambas se conocieran y le sorprendió ver que era tal y como se la había imaginado.

Antes de su boda, se dedicó en cuerpo y alma al periódico donde trabajaba como secretaria junto a Louis, donde entabló una amistad profunda con la señorita Meredith Grace Walker. La mujer funcionó como un gran soporte en los que ella no tenía claro qué sería de su mañana, si tendría que dejar el periódico porque Louis decidiera continuar con Prue o por si su pasado volviese a tratar de llevársela. Meredith la oía, la aconsejaba y la ayudaba pensar en otros asuntos, además de ofrecerles puntos de vista diversos. No tardó demasiado en encariñarse tanto de ella hasta el punto de convertirla en su confidente y amiga. Fue la primera persona a la que anunció su boda y, por supuesto, su primera invitada. Ahora se alegraba de poder seguir llamándola amiga, y de haber estado ahí para ver como la viuda había rehecho su vida junto a alguien que la apreciaba y valoraba como la mujer luchadora que era.

Su boda fue el evento más feliz de su vida. Tuvo lugar durante un día de invierno en el que los invitados fueron recibidos por la nieve. A ella el paisaje le recordó al de un cuento de hadas, con toda la mansión recubierta por una gruesa capa de nieve blanca salvo el camino que los conducía a todos hasta el lugar de la celebración. Trató de ponerse en contacto con Alexander y Roxanne, pero el primero estaba en un viaje del que no regresaría hasta pasados un par de años más, aunque aun así le dejó el recado en la mansión Arrow por si acaso el servicio de allí era capaz de contactar con él. Alexander... él también había allanado su camino más de lo que se imaginaba; a él le debía la invitación a esa fiesta que desencadenó todo lo demás. Seguía manteniendo el contacto con él y con su fiel amiga Roxanne. La suya era también una de esas historias llenas de dolor y sufrimiento, pero bajo toda esa guerra interna, ambos habían encontrado finalmente la paz en el otro.

No se le ocurrió invitar a Ethan aunque, durante la celebración del enlace, le pareció verlo como si de un fantasma se tratase. Vislumbró lo que era una silueta que rondaba los alrededores viendo todos los acontecimientos ocurrir pero por suerte para todos ellos no pasó a formar parte de ese alegre momento de su vida. No habían vuelto a tener contacto desde que ella lo dejase tras el baile de máscaras, y lo cierto era que prefería que él ni se enterase del enlace, aunque los rumores acabaron expandiéndose entre las personas de ese círculo, incluyéndolo a él. ¿De qué habría valido tenerlo a su lado? Annie sabía que, por mucho que hubiese dejado atrás su antigua vida, el resquemor seguía existiendo. No había lugar para esa familia cerca de ella, ni lo habría jamás.

Ahora, cuando echaba la vista atrás, se preguntaba si su decisión había sido la más correcta respecto a los Thompson. No volvió a reunirse con Oliver por el miedo que le producía, pero sí que le envió una carta donde detallaba de forma implícita lo que estaba dispuesta a hacer si cualquiera de ellos se acercaba a su familia. Había dejado esa guerra a un lado por el bien de las personas a las que más quería en su vida, pero si alguien los ponía en peligro lucharía con todo lo que tuviese y más. Así la había preparado Agnes.

Su vida mejoró notablemente desde que Louis pasara a formar parte de su día a día, acompañándola y guiándola de la mano por el camino correcto Eran dos personas entre las que existía una conexión especial que les permitía saber qué necesitaba o pensaba el otro con tan solo una mirada. No quedaron exentos de problemas maritales –sobre todo relacionados debidos al recuerdo de la difunta esposa de Louis- pero ella acabó aceptando que no podía competir con alguien que ya no estaba en el mundo. No había sido fácil, pero ambos cargaban con un pasado a sus espaldas que no desaparecería por muchos años que pasasen. Esa era uno de los muchos motivos por los que amaba -y amaría hasta el fin de sus días- al hombre que Selene le había regalado.

El pequeño Gideon comenzó a llorar y Annie volvió al presente. Lo pegó a su cuerpo y lo meció con suavidad; miró por última vez la tumba de Agnes con una sensación de tristeza en su pecho. Jamás llegó a pensar que la echaría tanto de menos, pero tampoco había imaginado ese tipo de vida para alguien como ella. Había aprendido que la vida jamás dejaría de sorprenderla por muchos años que pasaran.

-Volveré el año que viene. Espero que sigas velando por nosotros desde la distancia.

Abandonó el cementerio mientras pensaba en el momento en el que anunció a Louis que esperaban a su primera hija: la biblioteca de su hogar nunca había estado tan viva como cuando ella le entregó ese regalo. Hasta ese entonces la mansión le pareció demasiado vacía solo para ellos y, desde que le anunciara que pronto el lugar en el que vivían se llenaría de vida, la casa adquirió un nuevo brillo. El brillo de una nueva esperanza.

Desde su nacimiento había compaginado su trabajo como secretaria con el de madre. No se veía capaz de dedicarse enteramente a su familia, pero cierto era que le resultaba complejo alejarse de sus pequeños. Eso provocó que Elloise acabase rondando el periódico en esos días en los que resultaba más dejar a la pequeña de cabellos pelirrojos; ahora que Gideon había nacido decidió tomarse un periodo de descanso para poder criar a su pequeño, algo que su marido no criticó en absoluto.

Al final, llegó hasta la salida donde su marido y su pequeña aguardaban su llegada. La inquieta Elloise corrió hasta ella y la abrazó a la altura de la cintura. La mujer de cabellos rojizos sonrió abiertamente y miró a su marido, quien la recibió con la misma sonrisa encantadora que le dedicaba cada vez que se veían, como si fuese la primera vez. Avanzó hasta él y le acercó al pequeño que había adquirido su nombre en honor al difunto hermano de Louis, igual que ella escogió el nombre de la primogénita en honor a su madre.

-¿Todo bien?- ambos asintieron y Elloise comenzó a contarle lo que había estado haciendo mientras ella visitaba a Agnes. Utilizó su mano libre para coger la de su hija y marchó junto a su familia fuera del cementerio.

Era hora de regresar a su hogar.

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20/09/2017, 21:58
z/ Roxanne

Perú, 4 de Abril de 1883

Zonas costeras del desierto de Atacama

Firma del tratado de Ancón

Me encontraba con los ojos cerrados, tumbada encima de las sábanas blancas de mi cama. En la habitación no se escuchaba más que el silencio, interrumpido con el movimiento de las cortinas por la brisa del viento, haciéndose el dueño de la mañana, pero no de mis sueños, donde sólo se oía el sonido de los rifles y el inconfundible olor a pólvora de después.

Moví el dedo corazón en un breve reflejo involuntario.

Mi cuerpo tenía que reincorporarse, me lo pedía a gritos, pero estaba quieta. No me creía que todo hubiera acabado, no creía que volvería a ver a mis padres, ni que volvería a Londres, pues la guerra del pacífico había hecho mella en mí. No había noche en la que no pensara en aquellos que creían correr hacia la victoria y sólo caminaban hacia los brazos de aquel extraño hombre de la guadaña…era imposible que me olvidara de la luz apagándose en todos esos ojos suplicantes de perdón. Unos conocidos, queridos, admirados y otros no.

De pronto, abrí los míos propios, despacio, pero el sol me cegó casi por completo y tuve que entornarlos. Perú era un sitio con elevadas temperaturas y una luz cegadora a ciertas horas.

Bajé los pies desnudos al suelo y me senté en el filo del colchón. La palma de mi mano frotó mis cejas, las sienes y la nuca, todo ello en un recorrido casi habitual. Hasta que calló mi brazo hacia mi regazo, en señal de cansancio.

Miré en dirección a la maleta situada al lado de la mesita, apoyando el mentón sobre el hombro. Definitivamente, debía ponerme un vestido y embarcar.

¡Roxanne!- escuché en un estrepitoso grito proveniente desde fuera – tienes 30 minutos.

Parpadeé lentamente y enarqué las dejas ante el pequeño susto, pero atendí a las palabras casi sin inmutarme, con gesto pasivo, sin ni siquiera fruncir el ceño, pues ya sabía que era la hora, de hecho, últimamente no se hablaba de otra cosa en los campamentos. A las enfermeras de guerra nos devolvían a nuestros países de origen con un gran status y una cantidad de dinero considerable. Todas estaban locas por volver y comprarse una mansión, pero… yo no sabía si la quería. Había perseguido tanto el poder…que una vez que me valía por mí misma, me costaba asimilarlo, e incluso llegaba a rechazarlo. Era la magia de mi exilio.

Sin aparente prisa me levanté acercándome al tocador. Coloqué correctamente un par de rizos cobrizos y observé la marca de mi pecho. Las yemas de mis dedos se hundieron en el trozo de piel blanquecina, donde se notaba que una bala me había atravesado la carne un año atrás.

Mi mirada se perdió en mi reflejo y los recuerdos de la noche en la que bailé con la muerte me volvieron a estremecer. Recordaba las fiebres altas, la vista nublada, los intensos mareos y los comentarios lejanos e indescifrables de los cirujanos. Pero, sobre todo, recordé mi primera imagen: él. Mi estampa de la suerte, la persona a la que quise ver antes de partir de este mundo: Alexander.

Alzando las córneas hacia el techo desvié los pensamientos. Seguidamente me acerqué al armario, lo tenía todo preparado, y, en la maleta, tenía guardado mi diario. No quería que se me olvidara ningún detalle de mi viaje, ni la llegada, ni el estado de shock en el que entré al coser la primera raja, ni las noches en vela guardando a los soldados, ni el miedo a perder la batalla o a no saber cuál sería mi paradero en caso de que nos cogieran los chilenos. Pero, sobre todo, no quería olvidarme de la alegría al ver a la gente reponerse, de beber brindando por una victoria personal, de haber ayudado tanto y de haber recibido colaboración por parte de desconocidos que llevaría siempre conmigo.

Satisfecha conmigo misma, me vestí algo más apresurada de lo que me había levantado, y salí. Miré hacia el horizonte sonriente. Divisé las fogatas aún humeantes de la madrugada. Observé el bullicio de la gente entrando y saliendo de diferentes casas normales y de campaña. Respiré fuerte el olor a mar y caminé hacia aquel barco que pitaba, remangando los refajos de la falda con bordados en tono granate.

Con paso ágil y casi poniendo ya el primer paso en la chirriante madera, noté el estirón de una mano conocida. Era la de mi compañera rusa, que agitada, me traía un periódico londinense –mira Roxanne, estaba dentro de un buque de exportación- las palabras se deslizaban de sus labios con aquel peculiar acento marcado de erres- lo he recogido para ti, tómalo- exclamó finalizando en una amplia sonrisa.

-Gracias- respondí con el mismo énfasis- apenas me creo que vuelva a casa- dije marcando los hoyuelos, y, tras dejar un breve espacio de silencio, la cogí del brazo- vamos, que te enseñaré a leerlo por el camino- comenté acercándome a su oído.

Y así, nos acomodamos en la zona de proa, donde nos despedimos con guantes blancos al aire de aquella tierra de arena.

Suspiré al darme la vuelta- bueno, veámos qué nos traen las noticias- solté entre risas y comentarios sarcásticos.

-Vaya, mira, qué grandes mansiones tienen aquí expuestas- y pasando de hoja: lo ví. En la siguiente página salía la foto de la mansión Arrow. Apoyé toda la palma en el papel. Contuve la respiración y leí detenidamente el artículo, mojandome un tanto nerviosa ambos labios.

- ¿Podrías traerme agua?- le comenté a mi compañera, y con su afirmación, me quedé sola, repitiendo las letras impresas en mi cabeza.

Acto seguido me levanté aferrándome a la barandilla del barco. Con gesto pensativo observé cómo me alejaba de la arena de Perú…y sonreí. No había tenido tiempo de pensar mucho sobre lo ocurrido, es más, apenas tuve tiempo de pensar, en general. Sin embargo, el viento me azotaba las ideas y traída consigo una nueva aventura, después de la guerra.

...Londres, ya voy a por tí.

***

Apenas estaba entrando por las gigantescas puertas de madera del hospital cuando olí el inconfundible aroma a alcohol.

No me paré a respirarlo, pues desde que había llegado a Londres había continuado en la colaboración de necesitados, en concreto, en la de un grupo recogido en una mala calle de la ciudad, dónde participaban voluntarios (de entre ellos, curas del lugar).

Mis pies avanzaron ágiles por el brillante suelo de aquel sanatorio creado por la iglesia para la gente sin recursos.

Los pasos resonaban en la estancia junto con las toses de los enfermos.

- Señorita Roxanne- dijo una débil voz infantil.

Miré hacia la izquierda y allí estaba su cama, destartalada al lado de la ventana. La dulce Amelie de largos y voluminosos rizos rubios me miraba con un haz de alegría en sus ojos. Era casi parte de mi familia. Habíamos compartido historias, risas y valores para luchar por la vida… No pude más que sonreir y acercarme, sin recordar a lo que iba–¿cómo he podido avanzar sin darme cuenta de que estabas aquí?- le pregunté caminando hacia ella con los brazos en jarras para que se riera.

Pero ella, en contraposición se sonrojó con ligereza, así que, divertida, continué –tengo buenas noticias- espeté acercando la silla para sentarme y poniendo las yemas de mis dedos en su pelo –tu cambio está siendo progresivo, pronto podrás venirte conmigo a montar a caballo- le comenté ampliando en cada palabra la sonrisa.

-¡¿De verdad?!- exclamó alzando todo lo que podía su voz -No hay nada que desee más- expresó la pequeña agarrándome fuerte de la mano.

Y entonces, marqué mis hoyuelos. Le tenía verdadero cariño y además, realmente, yo era lo único que le quedaba, pues sus padres habían fallecido o eso argumentaron en el orfanato.

-Apenas dos semanas bastarán- especulé con ternura y alegría.

De pronto, un grito comenzó a llamarme la atención. Solté la mano de la pequeña y me levanté corriendo de la silla. Algo extraño sucedía.

-Señorita Roxanne, corra, venga aquí- me dijo de modo imperativo uno de los médicos.

Antes de ir miré hacia Amelie, tratando de no alterarla, pero su gesto ya denotaba una molestosa inquietud.

-¿Qué ocurre?- preguntó ella.

No lo sé, pero seguro que no es nada, ya mismo vuelvo-expresé rápidamente y corrí hacia la dirección de la que provenían los chillidos.

Con sólo avanzar por el pasillo podía darme cuenta del humo que avanzaba feroz. La neblina se hacía densa ante mi vista y olfato. Algo no iba bien.

El vello de mi piel se encrispó -¿de dónde viene este humo?- dije casi en un susurro que se quedaría sin respuesta alguna.

-¡Corra!, ayúdenos a mover a los enfermos- gritaban los voluntarios y curas, mientras entre los pacientes cundía el nerviosismo y el pánico.

Algunos se apresuraban a la puerta, hasta que de pronto, hubo una explosión en la sala de medicamentos, seguramente por el alcohol.

...Caí...

- ¡Corra!- volví a oír. Lejos de mí.

Un pitido se apoderaba de mis oídos, el gris del ambiente imposibilitaba a cada segundo el contacto con la gente o el exterior. Tosí y me puse la mano en la boca. No sabía dónde acudir. La boca me sabía a arena y sangre. Miré a mi alrededor creyendo encontrar la solución. Amelie, pensé y entonces remangué los refajos de la falda con la mano que me quedaba libre y me levanté como pude.

Las motas de tierra era el aire que respirábamos y se incrustaba en los orificios de mi cara. Aquello me recordó a la guerra.

Choqué con gente que corría, me tropecé con piedras, baldosas y artefactos tirados, pero seguía con mi carrera. La intuición me llevó a apartar la mano de mis labios para tocar las camas. Muchas veces había pasado los dedos por la baranda metalizada del reposapiés de la cama de Amelie. Avancé...hasta que la encontré.

-¡Amelie, estoy aquí!- grité soltándome la falda y arrojándome hacia la cama. Una cama que se hallaba vacía. Toqué las sábanas, desesperada, aparté el humo que me hacía toser.

No había nada, ¿estaría afuera?

Bajé del colchón, pero algo debajo de mis pies me llamó la atención.

Mis tripas se encogieron en un refajo de nervios. Divisé algo. Aunque ya no sabía si quería ver.

Al final me agaché, desencajada, acelerada y...toqué unos rizos.

Mi pulso temblaba, y, acercando mi rostro hacia el otro rostro: la ví.

...

La habían aplastado en la carrera por salir.

Las lágrimas brotaron por mis mejillas empolvadas y palidecidas. Me quedé en silencio, apenas expulsaba aliento.

Me faltaba el aire, casi no podía respirar. La cabeza me daba vueltas, como si cayera en un sueño al que yo no había invocado. Morfeo quería verme de nuevo.

Llorando, aferrada a su cuerpo aplastado, fui dejando de saber dónde estaba, mareada.

De fondo, la gente corría, pero nadie se daba cuenta de dónde estaba.

Mis manos dejaron de hacer presión, ya no agarraban. Poco a poco dejaba de sentir las lágrimas caer.

Cerré los ojos y entre abrí los labios. Hasta que al final, mi cabeza cayó hacia no sabía ya dónde.

Finalmente, todo olía a plomo.

***

Londres, 4 de Abril de 1888

Mansión Arrow

Me encontraba sentada frente a mi vieja caja de música -situada estratégicamente al lado de mi diario, en el cual, acababa de dejar dentro una nota que justo terminé de escribir- y, contemplé, a su vez, el bello paisaje de los jardines de la mansión Arrow: mi residencia, mi hogar, mi lugar. Allí construí una nueva forma de ser, cambié mi niñez, me hice mujer, la que un día pude mostrarle al mundo, con mi carácter y mi genio, con mi anticipación de respuestas: con mis ideas.

Suspiré y, a la vez que abría la caja, solté la pluma encima de la mesa. La pequeña melodía que de ahí salía me obligaba a cerrar los ojos en un breve trance de poesía.

Momentos, recuerdos…se esparcían como las gotas de tinta que caían desde la pluma hacia la mesa.

Todos ellos me rodeaban, así que, acaricié con la yema de los dedos mi redondeada barriga, para que la pequeña criatura, que se agitaba impacientemente dentro de mí, la escuchara, se calmara y recordara que yo le aguardaba desde fuera con templanza, pues la primavera ayudaba a guardar paciencia.

Siempre me había gustado esa estación.

Puede que fuera por el brote de las hierbas con su color o, quizás, a causa del olor que desprendían los prados. Perfectos, verdes y con un haz de esperanza: la que siempre me había acompañado en mi andanza. Una larga andanza.

Sin duda, siempre había creído que mi exilio como voluntaria de guerra en el hospital dejaría huella, pero no era una huella insanable, no al menos como la que me había dejado el amor por Alexander. Un amor que me hizo caer en sus brazos nada más volver a verlo en Londres. Aunque, bueno, de nunca había conseguido alzar el vuelo lejos de su recuerdo.

Y pensando en los recuerdos…los recuerdos me llevaron al día de nuestra boda.

Sonreí con ligereza. Visualizarlos en mi mente era gratificante, ya que, fue curioso que el sol predominara en nuestro enlace, pues, como si por azar hubiera sido, el destino había querido crearme la ilusión de que nuestra unión sería infinita.

Qué singular, ¿no?

Buceé en los nervios de los momentos, de los olvidos ante el evento, de los abrazos que me brindaron personas que ya se habían ido, de los tirones de pelo que me ocasionaba el velo, de los besos que ya no se borrarán por mucho que pase el tiempo…y, en esos armónicos instantes, mi semblante era de paz.

Amaba a mi familia, desde mis padres, pasando por mi marido, hasta llegar a mis hijos.

De hecho, ¿quién no los amaría? Después de tantas cosas ocurridas, de las idas y venidas…de las rabietas, de las reconciliaciones, de las caricias.

Estaba completamente engullida por aquellos maravillosos pensamientos, hasta que, de pronto, mis pies se aferraron agónicos al suelo, pues un movimiento brusco por mis entrañas me hizo abrir los ojos. Volví a coger aire y paré la caricia de mi mano. Cerré con fuerza el puño para aguantar el dolor y volví a entrar en razón, a saber que estaba en la habitación.

Exhalé el aire…y volví a relajarme. Había cosas pendientes por hacer.

Ladeando el mentón y apoyando mi barbilla sobre mi hombro intentando sacar fuerzas, decidí levantarme, pero un mareo sobresaliente me sacudió como si fuera un torbellino. La habitación parecía moverse en similitud a una cascada y mis piernas apenas pudieron estirarse con coherencia.

Agaché la cabeza y, cabizbaja, volví a sentir el dolor reproduciéndose por dentro. Aunque esta vez un poco más agudo.

A…Alex…- dije casi afónica cuando justo sentí que algo eclosionaba por mi entre pierna- Alexander- dije insistente en una especie de susurro.

Entonces, apreté contra mí la falda. Apoyé también la otra mano sobre el corset, para erguirme, pero empecé a flojear y palidecer cuando los refajos se envolvían en un inconfundible color carmesí.

La sangre emanaba de mi cuerpo y el miedo por el bebé que venía en camino me obligó a hincarme de rodillas en el suelo. Arrastré conmigo la silla, que calló.

Un fino hilo de sudor bordeaba mis facciones y, a los pocos segundos, varias personas corrían hacia mi encuentro, pero no miré sus rostros, pues sólo me reconfortaba el pitido de mis oídos.

De repente, Alexander llegó y me agarró en sus brazos.

Hubiera dicho lo que ví…pero mentiría con hechos que no tenía claros, ya que perdí la conciencia. Las voces se quedaron ajenas, en un segundo plano. Todo lo demás, era negro.

Casi sin saberlo, la siguiente imagen que recordaba era la del médico del hospital.

Las imágenes eran borrosas, llenas de luces blancas. El techo estaba repleto de puntos, puntos que se extendían hasta en las caras de los demás. Se veía que tenía que descansar, pues, además, los párpados se me cerraban…

Lo que para mí fueron minutos, resultaron ser horas, ya que, cuando volví a abrir los ojos, tenía a Alexander al lado mía, agarrándome la mano, con cierto matiz de tristeza. Desorientada, toqué mi barriga y, lo que encontré encima, fueron sábanas mojadas en sangre, en mi sangre.

Noté que el fuerte dolor que se había apoderado de mí no había disminuido, de hecho, parecía sentirme más cansada aún. Era como estar en un sueño sabiendo que era real. En mi boca se notaba el sabor a metal.

Lo que sucedió después…bueno… ¿Cómo explicarlo?

Lo resumiré diciendo que ese fue el instante en el que la vida se juntó con la muerte.

Con la mía.

Las lágrimas brotaron de mis ojos aceptando mi partida. Estaba preparada para aquello, incluso lo estaba esperando desde los inicios del embarazo, pero, no se puede explicar y, mucho menos entender, el sentimiento tan agrio de saber que abandonas a las personas que quieres. El no poder saber qué será de ellos. No verlos nunca más.

¿Nunca más? No… ¿Me olvidarían?

Esa idea me hacía agonizar, sin embargo, sabía que superarían mi partida, que lograrían continuar sus vidas pero, sobre todo, sabía que si volvía a nacer, los buscaría.

Y tanto es así que marqué mis hoyuelos. Sonreí. Perdiéndome en un abrazo silencioso, eterno.

Y lo denominé: como un nuevo comienzo.

El recuerdo, grabado en piedra, de los años de felicidad. De aquellos pequeños minutos. De esos diminutos momentos que enloquecen y entretienen a los hoyitos de las caras de los niños traviesos. Años de felicidad… Así le llaman a la muerte de las rosas, a las hojas secas, a la fruta inmadura del árbol del secreto, a lo que la verdad esconde.

Por fin se pintan los errores en blanco y negro. No se dan los pasos hacia atrás. No es del abecedario la falta de letras. Las plumas tienen tinta. No es egoísta el papel, ofrece espacios. Recupera el piano sus mejores acordes. No llora más el centenario sauce. Emana agua el manantial. El interés, la maldad y las máscaras hablan alto y claro. La fábula esconde moraleja. Ya no está seco el riachuelo, brotan las palabras. Llega la casualidad, siente la piel. No puede la cal con la arena. La melodía bate sus alas. Dejaron de crear los autores el drama y la fatalidad. La opresión de las pesadillas se pierde entre enredaderas. Las setas se escabullen entre la niebla del bosque. La madrugada nos brinda ese olor a jazmín entre sábanas. No se llora de pena, sino de risa, la tormenta perfecta. La gangrena del alma nos sirve de inspiración.

Pensando junto al mar y esquivando fantasmas, alguna noche sé surcar estos calurosos inviernos, sortear el turbio averno y atravesar el cielo. Seguir a las sombras que se pierden tras las esquinas. Montar en el barco que jamás zarpó. Soñar así que las flores tienen voz y son capaces de romper el oscuro silencio en dos.

Es hora de ir a dormir. Pero, a dormir… ¿A dónde?

Creo que, a veces, el ayer vuelve al presente. A veces, y no tan a veces, se te escapa tímida la sonrisa por un sendero de estrellas. Es allí, en lo más alto, donde la luna es feliz y brilla. Puede que no esté llena y que ande sola por este lugar, a medias. Pero es bella. Es tan bella… No sabría decir porqué, pero he empezado a pensar que brilla, y que es bella. Más que ayer…será, porque al fin, la cuerda de mi particular caja de música se frenó. Paró, para no volver a sonar más. Y ahí es, en aquel último suspiro cuando mi pecho bajó por última vez, mis facciones tomaron de nuevo la gracia de mi niñez y... encontré la verdadera paz.

Nota dejada en el diario para Alexander

Alexander:

Habrán pasado unos días hasta que te hayas decidido a leer esta misiva. Es lo normal.

Hay unas cuantas cosas que quería decirte y no pude, porque hubiera sido un final de los que tanto has querido evitar.

Así que…aquí está.

Cuando veas a nuestros hijos: abrazalos, sin motivo alguno, sin razón. Dales el amor que yo no les podré dar. Quiérelos, más de lo que ya los puedes adorar. Guíalos a cada paso. Siéntete orgulloso de ellos en sus victorias y en sus fracasos.

Sé que les darás la mejor vida que cualquiera puede desear.

Saber que te he podido dar la oportunidad de que tu descendencia continúe, es lo mejor que me ha podido pasar. Muéstralos con orgullo. Son tu imagen. Son mis tesoros. Ellos enmendarán nuestros errores.

Y tú…vive valientemente. Exígete, no te conformes.

Han valido la pena todas las piedras que me hicieron caer, porque todas ellas me llevaron a tí. Estás tallado en mi corazón, Alexander. Desde el primer día en el que te ví abrirme las puertas. Desde el minuto en el que pronunciaste mi nombre con tu pícara sonrisa y tus poses.

No ha habido un momento en el que no te haya sentido a mi lado, por muy lejos que te hubieran llevado tus viajes.

De hecho, ahora es el momento en el que quiero que sepas, que aunque fingiera fortaleza, yo no la tenía, pues tú eres el que me daba la fuerza desde fuera.

Sé que hemos forjado un nuevo significado sobre el amor…y eso…me lo llevo conmigo.

Pero, tras esto, no quiero que pienses demasiado a menudo en mí. No quiero que te pongas triste.

Sólo vive bien.

Sólo vive.

Estaré caminando junto a ti, por siempre, a cada paso que des.

Te quiero y te querré.

Con todo mi amor, Roxanne.

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21/09/2017, 15:01
z/ Lord Arrow "Alexander Lucas"

Londres, 27 de Marzo de 1883

Mansión Arrow

 

La esperada primavera iniciaba su revoloteo tímidamente mostrándose con una sonrisa amable a la humanidad, relegando al frío y triste invierno de sus funciones y aportando para nuestra dicha un soplo de aire fresco a la ciudad.

Observé las manecillas del reloj con cierta impaciencia. Lord Preston haciéndose de rogar… me ha tomado por una de sus antiguas amantes. - sonreí para mi mismo.

Hacía años que no veía a mi viejo amigo, tiempo que había repartido en el exilio alejado del bullicio de esta ciudad y todo familiar o amigo que me unía con Londres. La correspondencia intercambiada con Preston y Annie me alegró notablemente al saber que cada uno de ellos había contraído matrimonio por separado.

No pude asistir a ninguna de las bodas. Los viajes te ofrecen el privilegio de hacer las cosas más impropias con total impunidad. Estaba ocupado. Deseaba tener la libertad absoluta para sentirme un recién nacido, viajar a una tierra lejana y exótica, no me importaba que no fuese acogedora. Quería ser un don nadie y vivir una aventura.

Buscaba paz y la hallé. Mi larga travesía por los mares de Asia Oriental casi me quita la vida, casi, porque no me mató, me dio otra. El antiguo Alexander Lucas, vividor y mujeriego, era un hombre que ya no existía, había muerto en aquel hundimiento inesperado y caótico frente a las costas de Japón.

Me hallaba pensativo dando vueltas en mi habitación, conviviendo con el temor latente a recordarla.

Ese mal llamado amor que me había consumido, ese miedo que todo hombre experimenta cuando la mujer que necesita ya no está a su lado. El mismo que ve ante sus narices y destruye su futuro volviéndolo un sinsentido.

Tres años y nada había cambiado, la habitación estaba maldita. Permanecía en este lugar anclada por la memoria de un necio.

Vagaba por la casa como un fantasma, y para qué negarlo, me había acostumbrado a ella. Volvía a mi como un eco del pasado, una melodía de recuerdos felices, de altos y bajos, frustraciones y tormentos. Traspasaba paredes, sonreía con sus hoyuelos y se sentaba a los pies de mi cama, me leía poemas a medianoche, sentía el calor y la suavidad de su carne palpitando bajo las yemas de mis dedos. Yo era el culpable de abrir la puerta a la nostalgia al contemplar la foto que reposaba sobre la cómoda.

De poco o nada servía esconder la cabeza bajo tierra, buscar la compañía y el calor de otras mujeres o pensar cual ingenuo que el tiempo había de proporcionar tranquilidad a mi obsesión, un efecto placebo que la sensación de lejanía que separaba mi yo actual del pasado no conseguía apaciguar. La tormenta de mis delirios y las preguntas que me asaltaban en el presente, donde y como estaría Roxanne eran cada vez más frecuentes. Era un hecho que me sentía despreciable al recordarla. Mi orgullo era mi gran talón de Aquiles.

Habría querido serte leal. No imaginas lo dueña que has sido del otro miserable yo que fui contigo. - deslicé la mano por el marco que contenía su retrato.

Estaba grabada a fuego en mi recuerdo, cada centímetro de mi ser recordaba quien era y a quien debía el honor y el sufrimiento de estar marcado. Su fuerza era hermosa, incluso vista desde este retrato, su ímpetu y sus actos inteligentes creía que eran capaces de virar a su antojo el rumbo de mis acciones.

Mi acto más generoso de amor hacia ti fue permitirte renacer lejos de mi presencia. - intuía que aquello no era posible, pero esperaba que fuese feliz independientemente de lo que ocurriese conmigo.

Las heridas profundas del alma nunca cicatrizan del todo, sin embargo sin esos cortes profundos la vida no tiene el mismo sentido, esas heridas marcan tu existencia y tu paso por este mundo, forjan tu identidad y determinan con toda seguridad el que será tu destino.

***

 

Un día cualquiera el mismo destino quiso ponerme a prueba. Detuve mis pasos en seco ante aquella visión imposible.

Era díficil no contener la respiración mientras la observaba. Realmente estaba allí, en carne y hueso, ajena al acecho de mis ojos. Parecía tener un presente prometedor. Su aspecto había cambiado, desde mi posición la esencia de mujer que desprendía me causaba vértigo. Era más fuerte, pero para mi seguía siendo Roxanne.

La perseguí sin culpabilidad alguna hasta las puertas del hospital donde trabajaba como enfermera. Una celadora de recepción se sorprendió al verme allí, alguien de mi status social no encajaba en aquel lugar. Alcé el ramo de flores que llevaba sobre el brazo, lo había comprado para mi madre, mi intención era visitarla esa misma mañana. - Voy a visitar a un amigo. - fingí una sonrisa forzada.

Cuando la mujer dejó de vigilarme con ojos desconfiados como lo haría mi propia madre, me dirigí hacia el interior del edificio para buscar a Roxanne. La había visto cerca del ala de maternidad. Comprobé las habitaciones una por una con cautela para no llamar la atención.

Al encontrarla por fin, no estaba sola, una niña de rizos dorados la acompañaba. Admiré en silencio el desempeño de su labor con la pequeña. Habrías sido una buena madre, aún estás a tiempo de serlo. Reuní el valor necesario para darme la vuelta y desaparecer. Lo que ignoraba era que inesperadamente, la vida me plantearía un último desafío ofreciéndome una última oportunidad para enmendar mi desastre con Roxanne. La voluntad de un hombre es insignificante ante el poder del fuego.

La busqué nervioso entre la multitud, cuando la recogí del suelo aún estaba consciente. - No cierres los ojos, mírame. - la sujetaba entre mis brazos con fuerza, temía que la muerte me la arrebatase. Luché por salir de aquel hospital. La niña estaba muerta, lo lamenté profundamente pero no podía hacer nada por ella. - El orgullo me ayudó a convencerme de que no te necesitaba. Todo ese trabajo de fábula y contención ha sido mediocre. No estaba dispuesto a volver a sangrar por ti hasta este momento, cuando he creído que podía perderte. - borré de su rostro las lágrimas que empañaban su piel de amargura.

- Te quiero para siempre. - se lo confesé sin más. - Incondicionalmente. Cásate conmigo Roxanne.

***

Abril de 1.913

25 Aniversario de la muerte de Roxanne

Mansión Arrow

Había cumplido la voluntad de su padre. Hace algunos años que el viejo Conde de Arrow yacía enterrado fuera del panteón familiar junto a su esposa. El ataúd se había metido dentro de un gran foso, la parte superior de la tumba construída en piedra conservaba intacta la imagen tallada de un ángel que honraba su recuerdo, o al menos así lo pretendía, emulando la que fuese la figura de su madre, un ser celestial según Alexander.

En el aniversario de su muerte el primogénito observaba la tumba de sus padres con una inquietante frialdad. Reconocía en aquellos nombres las huellas de los extraños que le habían traído al mundo, pero nada más. De su madre casi no conservaba recuerdos, y su padre... en vida fue poco más que una sombra silenciosa que vagaba por la casa y se peleaba con él cuando el niño tuvo la edad suficiente para encararlo y defender sus propias ideas.

El carácter divertido de Alexander se echó a perder unos pocos años después de enviudar. Se convirtió en un hombre autoritario, difícil de tratar, poco cariñoso con sus hijos, excepto con la hermana mayor, ella era la que más se parecía a Roxanne. Le complacía tratarla de una forma diferente.

Sus hermanas se aproximaban junto a una pequeña comitiva hacia la zona privada que delimitaba los jardines de los muros del panteón. Entre el sacerdote, la abuela Sophie y algunos sirvientes, apareció un caballero de aspecto oscuro y deslucido. Era el pequeño cuervo que había matado a su madre.

La muerte de Alex había precipitado que el odio entre ellos aumentase hasta el punto de llegar a una convivencia insostenible. El heredero lo había expulsado de la mansión antes de que las hermanas tuviesen ocasión de intervenir para mediar en el conflicto.

- ¿Qué diablos haces aquí? - su tono de voz era amenazante.

- También es mi madre. - miró al contrario sin ocultar su desprecio.

- No eres bienvenido. - avanzó con la intención de hacerle picar espuelas.

- ¿Quién va a echar a quién esta vez, hermano? - preguntó con una sonrisa retorcida.

...