Partida Rol por web

La Edad de la Inocencia (+18)

• Prue Lascelles •

Cargando editor
19/12/2015, 13:03
z/ Sir Michael Blackwood

Era un hermoso día de primavera, en el que la temperatura, que no era ni muy cálida ni muy fría, invitaba a pasear por el parque. Acababa de terminar de cerrar un prospero negocio de importación en una oficina cerca de allí, que me aportaría muchos beneficios. Estaba tan eufórico, que decidía aprovechar la oportunidad para disfrutar del tiempo libre que tenía y ver a la gente que paseaba a mi alrededor.

Entonces me fijé en dos jóvenes que paseaban juntas, sin compañía masculina ni de ninguna mujer mayor que las estuviera vigilando como un perro guardián. Una de ellas me llamo especialmente la atención, una hermosa jovencita, toda una belleza, con unos enormes ojos de un azul intenso, que parecía invitar a nadar en ellos. Con una sonrisa amistosa a las damas, me toqué el ala de mi sombrero, a la vez que me inclinaba ligeramente, cuando pasé a su lado, a modo de saludo:

- Señoritas, un placer conocerlas. Si me disculpan... ¿Podrían decirme un buen lugar donde tomar el té?.

Es una buena excusa, como otra cualquiera, para comenzar de manera cortés una conversación con unas damas que no conozco, ahora era cuestión de jugar bien mis cartas y averiguar más de la belleza de ojos azules.

Cargando editor
19/12/2015, 13:05
Prue Lascelles

Caminaba cogida del brazo de Becky, su querida amiga y hermana del alma. Aquel día se retiró antes del orfanato y fue directo al encuentro con ella que, como cada miércoles, esperaba que Prue pasara a buscarla para emprender juntas el camino de regreso.

Prue era una persona muy reservada, sin embargo para los más cercanos a ella, los que formaban parte de su círculo íntimo, no resultaba nada difícil leer las emociones en su rostro, en especial en su mirada. De hecho era su mirada la que siempre la delataba. No hizo falta más que un par de minutos para que Becky notara que la joven se encontraba pletórica.

-¿Qué ha pasado? Tus ojos brillan. Anda, cuéntame. Te conozco y sé que te mueres de ganas por contarme -la miró divertida y cómplice- ¿Mmmm?

Prue esbozó una sonrisa y asintió, en cuestión de minutos Becky estaba al tanto de todo: Miss Adams, la directora del orfanato, le contó de un generoso donativo hecho por un distinguido caballero, y le pidió ayuda y consejo para invertir bien ese dinero en favor de los niños.

-Lo primero va a ser comprar ropas y zapatos para todos...

Pero no alcanzó a terminar, un desconocido las había saludado y pedía alguna recomendación para tomar el té.

Prue instintivamente asió con más fuerza el brazo de su amiga y, con una delicada genuflexión, devolvió el saludo. No obstante fue Becky quien habló y señaló el camino hacia el salón de caballeros de Bayswater Road.

Cargando editor
19/12/2015, 13:08
z/ Sir Michael Blackwood

Le dediqué a la dama que me señaló el camino hacia el salón de caballeros de Bayswater Road una reverencia, mientras le agradecía sus indicaciones. Luego me dirigí a la damita de ojos azules que acompañaba y la miré con curiosidad, como si tratara de recordar algo:

- Disculpe mi atrevimiento, señorita, ¿pero nos hemos visto antes?. Tengo la sensación de conocerla... Me llamo Sir Michael Blackwood, ¿es posible que conozca a su familia?.

Cargando editor
19/12/2015, 13:12
Prue Lascelles

Parpadeó y observó su rostro por un breve instante. Enseguida apartó la mirada y negó con la cabeza.

-Debe estar confundiéndome con alguien más, milord -respondió tímidamente.-Soy Prudence Lascelles y esta es mi querida amiga Rebecca Clennam.

No mentía, el rostro de Sir Michael no le era familiar ni tampoco recordaba haber oído mencionar su nombre antes. Era un completo desconocido y eso la cohibía.

-¿Conoce a la f-familia Dashwood? -pareció tartamudear, pero respiró profundo y pudo terminar la frase con normalidad.

Cargando editor
19/12/2015, 13:17
z/ Sir Michael Blackwood

Sonreí, enternecido por su timidez, mientras me felicitaba a mi mismo por haber conseguido su nombre. Tras meditar unos instantes, respondí:

- ¿La familia Dashwood?. Creo que no, pero conozco a mucha gente en reuniones y fiestas, así que no podría asegurarlo. ¿Son parientes suyos?.

Cargando editor
19/12/2015, 13:18
Prue Lascelles

-Lo son -asintió- y si no les conoce entonces ya no hay dudas, nuestros caminos nunca antes se habían cruzado. Probablemente le he recordado a alguien más, tengo un rostro de lo más común -añadió con modestia.

Miró a Becky quien le devolvió una sonrisa discreta.

-Creo que deberíamos irnos -musitó y Prue asintió. No se justificaba prolongar por más tiempo aquella conversación, no si lo que pretendía era evitar dar pie a maledicencias.

-Señor Blackhood, ha sido un placer, pero debemos continuar nuestro camino, nos esperan en casa para la hora del té.

Hizo una breve reverencia a modo de despedida, lo propio hizo Becky.

-Que tenga una buena tarde -fueron sus últimas palabras y prosiguió su camino.

Cargando editor
19/12/2015, 13:23
z/ Sir Michael Blackwood

Las saludés tocando el ala de mi sombrero y dejé que se marcharan, con una sonrisa. Bien, tenía unos cuantos nombres por donde empezar, seguramente Alexander sería un buen lugar por donde buscar información sobre la pequeña...

- Lo mismo les deseo, señoritas...

Cargando editor
19/12/2015, 13:24
Prue Lascelles

Se fue directo a su habitación nada más recibir la carta y leyó su contenido presa del nerviosismo. Estaba convencida de no haber obrado mal, sin embargo no podía dejar de experimentar cierta desazón al pensar que sus intenciones pudieran ser mal interpretadas. Respiró con alivio al darse cuenta que no había sido así.

Se sentó en el descanso de la ventana preguntándose si sería apropiado responder mientras sus ojos repasaban una de las frases: "mi buen amigo Michael Blackhood".

-Qué grande es el mundo a la luz de las lámparas y qué pequeño a los ojos de Dios -recordó una frase que solía decir su padre- El mundo es un pañuelo -musitó

Cargando editor
19/12/2015, 13:35
Prue Lascelles

Ginny estaba con ella cuando le entregaron la carta. El desconcierto en el rostro de Prue contrastaba con el entusiasmo del de su prima que, nada más enterarse del contenido de la misiva comenzó a ir de un lado a otro, hurgando aquí y allá buscando el vestido apropiado.

-Mejor te paso uno de los míos, los tuyos son demasiado sencillos -le decía mientras le tomaba el cabello intentando decidir de qué modo le arreglaría el cabello.

-Tus vestidos me quedan grandes -respondió divertida-. La verdad es que no sé si quiero ir, no voy a conocer a nadie, además que tengo que pedir permiso a tía Mildred primero.

-¿Permiso para qué? -oyeron preguntar y al voltear vieron a Mildred Dashwood de pie junto a la puerta.

Ginny extendió la carta a su madre, pero ni falta que hacía, en menos de un minuto ya la había puesto al tanto de todo.

-Sir Michael Blackwood, este es el hombre que mencionaste el otro día, el que se les acercó en el parque -Prue asintió-. No lo conozco, tampoco a Sir Alexander Lucas, pero he oído de ambos y son caballeros respetables y muy bien situados económicamente.

Mildred tomó uno de los vestidos que había sobre la cama.

-Este es perfecto -apartó los otros vestidos-. Tienes que ir, es una excelente oportunidad para ti y si él desea que seas su acompañante en esa cena es porque despertaste su interés. Aprovecha eso, vas a codearte con gente importante, no desperdicies la oportunidad de conseguir una unión ventajosa.

Prue hizo una mueca, su tía tenía la virtud de hacerla sentir como si estuviera en una subasta lista para irse con el mejor postor.

-Si a usted le parece bien entonces iré -intentaba disimular su falta de entusiasmo. Iba a estar rodeada de desconocidos, sin un solo rostro familiar. Aquella no era precisamente su idea de diversión. -Todo sea por los niños -pensó.

Cargando editor
19/12/2015, 20:21
Prue Lascelles

El párroco se encontraba de pie junto a la puerta y se despedía uno a uno de los feligreses que, tras la misa dominical, abandonaban la parroquia. Era una agradable mañana primaveral, más cálida de lo habitual teniendo en cuenta que apenas el día anterior había llovido, y los pájaros cantaban en los árboles y nidos que rodeaban la iglesia. Su prima y tía conversaban con el párroco de los preparativos de la boda de Ginny. Poco interesada en esos temas, aunque no por ello carente de entusiasmo por la felicidad de su prima, aprovechó el tiempo para saludar a algunos conocidos y disfrutar de los agradables rayos de sol.

Fue posible verla conversar animadamente con una joven de aspecto sencillo y similar edad por varios minutos Llegada la hora de despedirse, el afecto que había entre ellas fue innegable. Viendo que se  había quedado sola y que la conversación de su tía no parecía que iba a acabar pronto, decidió rodear la iglesia e ir a sentarse bajo el gran árbol que había por el lado opuesto.

La lluvia había formado una poza de agua entre las raíces del gran tronco. Prue se sentó a un costado y acercó su mano al agua. Con un aire distraído pero al mismo tiempo melancólico comenzó a deslizar sus dedos por la superficie. Pese a que llevaba ya varios años viviendo en Londres con su tía, extrañaba la tranquilidad del campo. Ensimismada como estaba en sus recuerdos, no se percató de la presencia del Capitán Comstock hasta que le oyó carraspear.

Cargando editor
19/12/2015, 21:59
Prue Lascelles

Acababan de sentarse a desayunar cuando Mildred Dashwood comenzó a apremiar a las jóvenes para que cumplieran luego con sus compromisos de esa mañana y estuvieran de regreso antes de mediodía. Lady Annabelle Meriwether las había invitado a tomar el té esa tarde y Mildred no era mujer que tolerara la impuntualidad, mucho menos Lady Annabelle que era tanto o más estricta con esas cosas que su tía.

-No se preocupe, tía, vamos a volver temprano. Voy a acompañar a Ginny a la floristería y luego iremos por los libros que me donaron para el orfanato. Si nos da tiempo iré a dejarlos y si no vendremos directo a casa.

Ginny, que había rodeado la mesa y colocado a espaldas de su madre con el pretexto de rellenarle la taza de té, le hacía morisquetas a Prue que hacía esfuerzos para controlar la expresión divertida de su rostro.

≈≈≈≈≈

Regresaron a casa pasado mediodía, su tía las esperaba con gesto severo pero antes que les dijera nada se deshicieron en disculpas y corrieron a la habitación que compartían para asearse y cambiar de ropa. El cielo plomizo de Londres amenazaba con una tarde algo fría por lo que las jóvenes decidieron llevar abrigo. El de Prue era en tonos azules y marrones, acompañado de un tocado a juego, mientras que el de Ginny era de un hermoso terciopelo azul grisáceo, nada sencillo en comparación con el de su prima.

≈≈≈≈≈

El carruaje se detuvo frente a las enormes puertas de la mansión Meriwether y uno de los lacayos les abrió la puerta ayudándolas a bajar. Fue el mayordomo el encargado de darles la bienvenida y guiarlas a la acogedora sala donde las esperaba su anfitriona.

Anunciada su presencia ambas mujeres se saludaron con toda la efusividad que dos personas estiradas como ellas podían permitirse. Un hombre la acompañaba y aunque Mildred había jurado y perjurado que las únicas invitadas eran ellas, no pareció sorprendida por su presencia. Ginny ahogó una risita y guiñó un ojo a su prima.

-Me parece que te acaban de hacer una encerrona, querida -murmuró. 

Prue no tuvo tiempo a réplica, porque su tía estaba haciendo las presentaciones.

Cargando editor
20/12/2015, 02:54
Louis Kindelanver

Tras ignorar las últimas cuatro invitaciones de su tía, Louis había recibido aquella mañana una carta más extensa en la que Lady Meriwether le recriminaba abandonar al familiar que más le amaba -ella, por supuesto- cuando más falta le hacía el cariño de su sobrino. Y en un tono que incluso leído resultaba severo le conminaba a acudir aquella tarde a tomar el té. Lo cierto era que sólo faltaba un "no me hagas ir a buscarte de las orejas" para que aquella misiva terminase de hacerlo sentir como un niño.

Por algún motivo esa última carta había conseguido despertar en él un remordimiento prematuro por no visitar a su tía con la frecuencia que ella desearía. Era consciente de que ella ya no era tan joven y seguía siendo una de las pocas personas en el mundo que le apreciaban a pesar de su declive de los últimos años. O tal vez la insistencia de Daisy había tenido algo que ver, no estaba seguro. Fuese como fuese, a las cinco menos cuarto Louis se encontraba en la puerta de la mansión Meriwether, dispuesto a hacer un esfuerzo por mostrar su mejor cara ante su tía.

El hombre vestía como era habitual en él, un traje oscuro, limpio y bien planchado, combinado con una camisa blanca y un chaleco también oscuro. En el cuello llevaba anudado un pañuelo granate y sobre los hombros un abrigo negro, que uno de los criados había recogido en cuanto puso un pie en el interior de la casa. 

Apenas había tenido tiempo de saludar a Annabelle y a la joven Jessamine, haciendo un esfuerzo por mostrar su mejor cara a su prima pequeña, cuando el criado había anunciado la llegada de alguien más. Louis frunció el ceño y buscó de inmediato la mirada de su tía, que se mostraba serena e impertérrita como siempre, pero en cuyos ojos había un leve brillo triunfal que no dejaba duda. Era una trampa. Una risita contenida de Jessamine terminó por convencerle.

Le costó no poner los ojos en blanco o marcharse airado sin mediar palabra. Quizás no lo hizo porque en aquel mismo momento las tres damas entraron en la sala, cortando cualquier movimiento de huida que hubiera podido intentar. Louis las contempló mientras las dos mujeres se saludaban y no pudo evitar preguntarse cuál de las dos jóvenes sería la candidata de su tía en aquella ocasión. 

La mirada del hombre estaba cargada de una honda tristeza que parecía tan asentada que costaba imaginar que en algún momento no hubiera estado allí. Cuando sus ojos se cruzaron con los de la más joven de las dos muchachas, los labios del hombre se curvaron en una pequeña sonrisa al ver que su presencia parecía tan inesperada para ella como lo era al contrario. Encontraría el momento después para mostrar su disgusto a su tía, pero no delante de sus invitadas. Lady Meriwether no le perdonaría una falta de decoro de tal magnitud.

Así pues, Louis se puso en pie y esperó hasta que Annabelle le presentó a cada una de las damas, tomó la mano derecha de la señora Dashwood y la acercó a sus labios inclinando la espalda sin llegar a rozarla. Después hizo una venia en dirección a las dos jóvenes mientras su mano derecha se movía en un suave ademán. 

—Es un placer conocerlas, señorita Dashwood, señorita Lascelles —saludó con voz suave y cortés.

El peso de la petaca que guardaba en el bolsillo del chaleco le recordó su presencia y Louis llevó una mano a ese lugar, rozando muy levemente con la punta de los dedos la tela que cubría aquel objeto. Podría ser su salvación en caso de ser necesario. Había hecho un esfuerzo por no acudir a casa de su tía con una pátina de alcohol empañando sus ojos, pero después de la llegada de las invitadas no estaba seguro de poder aguantar toda la reunión sin esconder su mente en el licor. Se sintió más tranquilo tras ese movimiento, sabiendo que podía dejarse ir en cualquier momento. 

Estaba a punto de volver a tomar asiento junto a su tía cuando ella pronunció aquellas fatídicas palabras que ciertamente no le sorprendían, pero que sí lo forzaban. 

[color=#380B61]—Louis, querido. Tengo algunos asuntos que comentarle a la señora y a la señorita Dashwood. —[/color]Resultaba curioso cómo Lady Annabelle era capaz de hablar con autoridad incluso mientras sonreía, con ese tono al que era prácticamente imposible resistirse y con el que podía hacer volver a la infancia al más adulto de los hombres. [color=#380B61]—¿Por qué no le enseñas a la señorita Lascelles el jardín mientras terminan de preparar el té? [/color]

Si hubiera quedado algún resquicio de duda sobre las intenciones de aquella mujer, se habrían disipado en aquel preciso instante. Louis no se sentía en disposición de contrariar a su tía, así que se puso en pie.

—Será un placer, Annabelle —dijo, dedicándole una sonrisa tensa a Lady Meriwether antes de girarse hacia Prue dispuesto a guiarla hacia el jardín si ella aceptaba—. Si a usted le parece bien, por supuesto.

Cargando editor
20/12/2015, 04:38
Prue Lascelles

Meriwether Manor, uno de los palacetes más lujosos e impresionantes de Hertfordshire, fue por completo eclipsado y perdió todo atractivo apenas darse cuenta de la verdadera razón de esa visita. De una anodina reunión para tomar el té, había pasado a ser expuesta cual ganado para ser vendida al mejor postor. No conforme con llevarla casi a rastras a cuanta cena, baile o reunión social podía, le tendía trampas en las hasta ahora insulsas tardes de té. ¿Qué vendría después? ¿La comida del mediodía? ¿El desayuno? Aquello resultaba agotador y no importaba cuánto lo intentara, no había forma que entendiera ese afán suyo por forzar las situaciones. ¡Apenas y había cumplido los diecisiete años! Tenía tiempo de sobra y no quería precipitarse.

Parpadeó despacio y respiró todavía más lento y profundo. Correspondió al saludo, silenciosa, resignada. En menos de un minuto había pasado del asombro a la indignación y de la indignación a la resignación. Dijera lo que dijera, aunque le diera mil y una veces sus razones, su tía no entendería nunca porque era obstinada y terca como una mula.

Pero cuando creyó que las cosas no podían forzarse más, ni resultarle más incómodas de lo que ya eran, Lady Annabelle asestó el golpe de gracia.

-Dios, esto no puede estar pasando...

Su mirada paseó de Ginny a Jessamine y de tía Mildred a Lady Annabelle, para finalmente posarse en la otra víctima de la tarde.

-Sí, claro -respondió con falso entusiasmo y forzando una sonrisa-, me encantaría... pedirle disculpas, inventarme algún malestar y regresar a casa a jugar con el perro -le habría encantado añadir. Pero ya tendría tiempo, en la privacidad de su habitación y con Ginny de oyente, para hacer sus descargos, refunfuñar e inclusive maldecir si es que estaba muy enfadada, aunque enseguida se arrepintiera y pidiera perdón a Dios por haber maldecido.

El señor Kindelanver le mostró el camino y juntos salieron al jardín. Un rayo de sol consiguió abrirse paso entre el cielo gris cegándola por un momento. Bajaron las escalinatas en silencio y así se mantuvieron una buena cantidad de pasos. Llevaba el tocado en la mano y jugaba nerviosa con los lazos de éste... Suspiró.

-Señor Kindelanver -dijo armándose de valor y rompiendo el incómodo silencio-, quisiera disculparme en nombre de mi tía por prestarse para estas triquiñuelas -su hablar era suave y pausado-. Pude notar la rigidez en su rostro cuando su tía le pidió que me mostrara el jardín e imagino que usted también notó la sorpresa en el mío al llegar.

Esbozó una media sonrisa, después de todo lo mejor era tratar de tomarse el asunto con humor.

-Somos víctimas del afecto y exceso de preocupación de nuestras amadas tías.

Había un dejo de ironía en esa última frase, aunque difícilmente Prue fuera capaz de echar mano a ese recurso, sólo estaba siendo franca.

Cargando editor
20/12/2015, 12:09
z/ Andrew Comstock

Andrew no era excesivamente religioso o, al menos, no era un hombre que visitara la iglesia a menudo. Su vida le había hecho llevar su espiritualidad consigo, pues allí donde viajaba se daba poco tiempo a asistir a misa a los domingos y, admitámoslo, el capitán no buscaba activamente asistir a las ceremonias. Quizá las experiencias recientes lo habían vuelto más piadoso, pero lo cierto es que tras la misa se escapó tan rápido como le permitió su pierna coja, al jardín posterior de la iglesia y se sentó en un viejo banco de piedra para descansar la pierna. Esa mañana se había levantado algo peleona y le dolía a los pocos minutos de andar.

Con tranquilidad disfrutó del aire frío del invierno que fenecía poco a poco, la neblina lechosa que aún se encaramaba por el suelo, la verdad es que todo aquello era un ambiente muy alejado al que hubiera disfrutado en la India. Eran paisajes cargados de magia y misterio, pero opuestos en concepción y formas. Al cabo de unos minutos una joven se acercó a los pies de uno de los ancianos robles del pequeño jardín, la muchacha no reparó en él que permanecía en silencio y observador. Se confesaba que el rostro de la dama le sonaba, pero no sabía de donde, aunque convino que también estuvo en la misa.

Apurado por sentirse un observador no deseado, Andrew suspiró quedamente y se levantó con la ayuda de su bastón de cedro. Resistió las quejas de la pierna izquierda, se acercó a la embebida Prue. Carraspeó para llamar su atención manteniendo una distancia adecuada.

Miss.. buenos días. saludó tratando de averiguar el correcto acercamiento a la joven. Lamento la intromisión, estaba usted tan perdida en sus pensamientos que no.. bueno.. señaló hacia el banco de piedra con cierto apuro y una sonrisa suave. Bueno.. no nos dimos cuenta el uno del otro. Supuse que lo correcto era saludar.

Se inclinó educadamente, sintiendo el pinchazo del dolor en la pierna. Sí, ese frío matutino no favorecía su cojera.

Pero lo adecuado es lo primero.. soy Andrew Comstock, un placer. saludó dibujando una sonrisa agradable, todo lo que pudo, aunque los últimos días había ido perfilando mejor ese semblante. Luego frunció el ceño, curioso. Creo que nos conocemos de algo, miss.. aunque puedo estar errado.. ¿es posible?

Cargando editor
20/12/2015, 14:01
Prue Lascelles

Lo primero que percibieron sus ojos nada más apartar la mirada, fue el bastón. De golpe y un tanto sobresaltada por no haber notado su presencia antes, apartó los sentimientos de añoranza y volvió a la realidad.

-¡Capitán Comstock! -se puso de pie con agilidad felina- Sí... -se pasó las manos repetidas veces por el regazo tanto para secarlas como para limpiarse un poco la faldilla- No... digo sí.

Se sintió tentada a reír, pero su mano fue más rápida y se cubrió con ella la boca. Inspiró profundamente y se tomó un par de segundos para ordenar sus ideas y dejar de balbucear monosílabos inconexos.

-Perdone -dijo al fin ya recobrada de la sorpresa-, me cogió desprevenida -miró en dirección al banco de piedra que él señalara segundos antes-. Tiene razón, no le había visto.

Correspondió a su reverencia con igual gesto, flectando rápidamente las rodillas al tiempo que inclinaba la cabeza.

-Soy Prudence Lascelles, nos conocimos -torció el gesto en una sutil mueca-... mejor dicho coincidimos hace unas semanas en la consulta del Doctor Levine. Yo estaba acompañando a mi tía, Mildred Dashwood, y usted ya iba de salida.

Los ojos de la joven tenían un jovial brillo. 

-Lo recuerdo porque mi tía y Sir Levine estuvieron hablando un poco de usted -nada más decir aquello cayó en cuenta que se podía mal interpretar e inducir a errores-. ¡No vaya a pensar que con alguna mala intención! El doctor habló en muy buenos términos de usted, se nota que lo tiene en alta estima.

Se mordió el labio, quizás estaba siendo indiscreta sin siquiera proponérselo. Resultaba curioso, se mostraba muy natural y espontánea con él, como si lo conociera hace tiempo pese a que claramente no era así. Quizás fueron las palabras de Sir Levine las que le transmitieron esa sensación, pero no se sentía cohibida ante su presencia, ni mucho menos experimentaba el desasosiego de tratar con un desconocido. Por eso mismo, cuando le pareció ver un leve rictus de molestia o dolor en el rostro del capitán no tuvo ningún reparo en preguntar.

-Disculpe ¿le molesta la pierna? -observó el cielo y alrededor-. La directora del orfanato en el que trabajo, Miss Adams, también usa un bastón y ella siempre se queja que en los días fríos la rodilla le da muchos problemas... quizá debería sentarse -musitó.

No había lástima en sus palabras sino genuina empatía.

Cargando editor
20/12/2015, 14:52
Louis Kindelanver

Louis había comenzado a caminar en silencio junto a la jovencita, guiando los pasos de ambos hacia la zona del jardín donde se ubicaban las rosas inglesas de las que Lady Meriwether estaba tan orgullosa. Suponía que le agradaría pasear bajo sus arcos con el aroma dulzón de las flores flotando en el ambiente. 

Sus ojos se elevaron por un momento hacia el cielo cargado de nubes mientras seguía caminando, manteniendo un silencio que tal vez fuese incómodo, pero durante el cual el hombre se había dejado envolver por sus pensamientos. Esquivó conscientemente el lugar donde el jazmín envolvía el ambiente, dando un rodeo fuera del sendero y volviendo a él para llegar a la zona de los rosales.

La voz de la muchacha, que hasta entonces se le antojaba apenas una chiquilla, lo sacó de su ensimismamiento y ladeó su rostro para contemplarla con más atención de la que le había dedicado hasta el momento. Ciertamente le sorprendía escuchar esa disculpa de labios de quien no había realizado ninguna ofensa, pero más le sorprendieron la franqueza con la que Prue hablaba abiertamente de su incomodidad y la ironía que le pareció percibir en sus últimas palabras. Louis había pensado que tan sólo sería una aburrida jovencita con la cabeza llena de vestidos y flores, como lo estaba la de Jessamine y la de tantas chicas a su edad. Tal vez la había juzgado demasiado rápido. 

Aliviado por no tener que fingir entusiasmo ante la joven, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa tenue y con un pequeño gesto de la mano quitó importancia al asunto. 

—Ah, no debe disculparse usted, señorita Lascelles —respondió, percatándose en ese momento del dulce azul que poseían los ojos de la joven—. Como bien dice, ambos hemos sido víctimas en esta encerrona. Pero no puedo culpar a mi tía, no hay maldad en ella, tan sólo un celo demasiado inconveniente en ocasiones. —Se encogió de hombros y llevó sus manos a la espalda, para seguir caminando. —A Annabelle le cuesta darse cuenta de que ya no soy un chiquillo que necesite sus cuidados. Venga por aquí —continuó, cambiando un poco el rumbo—, al final de la rosaleda hay una pérgola que seguramente sea de su agrado. ¿Le gustan las flores?

Cargando editor
20/12/2015, 16:12
z/ Andrew Comstock

La súbita reacción de Prue sobresaltó ligeramente a Andrew, su intención de que el saludo fuera lo más natural posible fracasó. O más bien funcionó a la perfección, vista la nerviosa reacción de Prue. El capitán no pudo más que sonreír divertido por las circunstancias.

Me descubro ante vos, miss. Pero tampoco era tan horrible esta mañana para causar tanto espanto. bromeó apoyando ambas manos en el bastón para acomodar el peso.

Un placer, miss Lascelles. dirigió una inclinación cordial. Hizo acopio de memoria, desde que vivía temporalmente junto a sir Levine había coincidido con mucha gente. Pero el rostro de Prue sobresalió por encima del anonimato de tantas caras sin nombre. Sí, os recuerdo. No con detalle, confieso, pero no sois dama que pase desapercibida. dijo soltando un cumplido con una sonrisa leve.

No los excuséis. Todo lo malo que dijeran sería verdad. dijo de buen humor, escondiendo su malestar físico. Sir Levine era un gran amigo de mis padres, ha tenido a bien acogerme en su casa temporalmente mientras busco residencia. explicó con naturalidad, se acomodó el peso del cuerpo. El malestar ya no pasó desapercibido para la observadora Prue.

Un mal recuerdo de la guerra, miss Lascelles. respondió con un velo de nostalgia y pesar. A veces no se conforma con recordarme la cojera. añadió con una mueca resignada. Suspiró tratando de mantener de la compostura, obstinado por no ceder al dolor. Sonrío agradable.

Estaré bien, miss Lascelles. Agradezco vuestra preocupación, prefiero mantenerme cerca de la poza y no correr el riesgo de perder de vista a su ninfa. sonrió levemente, asintiendo con amabilidad tras su elogio.

Cargando editor
20/12/2015, 19:36
Prue Lascelles

Tras ese simple acto de sinceridad mutuo, los músculos de su cuerpo, otrora en tensión, se relajaron. La expresión de su rostro regresó a la normalidad y pudo realmente comenzar a disfrutar del paseo.

-Y la mía no quiere entender que no necesito ni quiero una celestina -su expresión era serena-. A veces desearía que mi prima no esté comprometida, por lo menos antes sus esfuerzos se centraban mayormente en ella y podía librarme de tantas cenas y compromisos sociales. Podía elegir cómo pasar mi tiempo sin tener que estar pendiente de los planes que ella pudiera tener para mí, pero sobre todo no ser el centro de atención.

Arrugó la nariz sin darse cuenta con esa última confesión. Poco a poco se había ido soltando, quizás el hecho de saberlo tan víctima de las circunstancias como ella le daba esos bríos. Ya no jugaba con los lazos del tocado que colgaba ahora, casi olvidado, en su mano izquierda mientras que con la derecha exploraba hojas y flores.

Él la llevó por otro rumbo y se mostró interesado por su gusto por las flores.

-Sí, mucho -respondió esta vez con una amplia y sincera sonrisa-. Pero debo admitir que no sé mucho de variedades y cuidados, las prefiero silvestres...
 
Su respuesta quedó a medias. Algo le llamó la atención y él pudo descubrirla observándole la manga de la chaqueta.

-Permítame -dijo dando un paso hacia él y obligándole a disminuir el paso hasta casi detenerse. Extendió la mano y con cuidado cogió la mariquita que le caminaba por el brazo-... Hay quienes dicen que traen buena suerte -comentó observando cómo el insecto caminaba entre sus dedos y reanudó el paso sin perder de vista al delicado pasajero que ahora viajaba consigo.

Cargando editor
20/12/2015, 20:07
Prue Lascelles

Esbozó una sonrisa por el cumplido, no gustaba mucho de ellos pero siempre los agradecía al recibirlos, sin importar cuan sencillo o elaborado pudiera ser éste.

La mención de los recuerdos de guerra hizo que ella le observara con interés. Los libros de historia no mencionaban el sufrimiento y penurias que padecían los soldados, y si llegaban a hacerlo difícilmente conseguían plasmar la crudeza de sus relatos.

Sintió el corazón apretado de sólo pensar lo difícil y duro que debieron ser esos tiempos. No podía ni imaginar las cosas por las que debió haber pasado. 

-¡Prue ya nos vamos! -oyó la voz Ginny que se acercaba- ¿Dónde te metiste? ¡Prue!

-Ya debo irme -una mueca se había dibujado en su rostro-. Me alegro de haberle visto, capitán. Espero que tenga un buen día y que esa herida mejore.

Hizo una reverencia a modo de despedida y fue corriendo al encuentro de su prima.

Notas de juego

Bueno lo dejo hasta aquí. Si alargamos más la conversación sería contraproducente para Prue, después de todo su tía estaba ultimando algunos detalles con el párroco y esa conversación es poco probable que se extendiera más allá de unos pocos minutos, así que actúo en consecuencia.

Cargando editor
21/12/2015, 02:32
Louis Kindelanver

Louis había escuchado con seriedad las explicaciones de la joven sobre su tía y su ceño se frunció ligeramente, aunque no llegó a decir nada al respecto. No le parecía adecuado meter sus narices en los asuntos de aquella joven y su familia, pero de nuevo se encontraba con esa situación que le disgustaba. Nunca le había agradado esa mercadería de muchachas jóvenes en busca de un buen partido, ofreciéndose como pavos reales para los hombres, como si ese fuese el único motivo posible para un matrimonio. 

Sus ojos se tiñeron de melancolía cuando una vez más Edith acudió a su mente y sus dedos cosquillearon, pidiéndole que tomase la petaca y dejase que el licor lo liberase. Quién sabe si para olvidar, o para aferrarse con más fuerza al recuerdo. Edith y él habían tenido la suerte de casarse por amor, un amor que él, en ese idealismo que otorga la distancia a la memoria, consideraba el más puro que jamás había existido. Y ciertamente no había olvidado cuánto tuvieron que luchar por ello, la oposición de prácticamente toda la familia de ella, las veces que la obligaron a presentarse en sociedad, tratando de venderla a un mejor postor de lo que él podría ser... Negó con la cabeza mientras las comisuras de sus labios caían, desvaneciéndose su sonrisa en ese gesto. 

Se dio cuenta entonces de que la muchacha había dejado una frase en el aire para quedarse mirando su brazo y la contempló con curiosidad creciente mientras ella lo detenía. Siguió sus movimientos con la mirada y al ver la mariquita que Prue tomaba con delicadeza entre sus dedos, los recuerdos dieron un paso atrás, permitiéndole esbozar una sonrisa enternecida al ver la inocencia que parecía desprender esa muchacha por todos los poros. 

Se quedó observándola todavía un instante cuando ella reanudó el paso antes de hacerlo él también, poniéndose a su altura en un par de zancadas. 

—Y también dicen que si una mariquita camina sobre los dedos de una joven es porque está a punto de encontrar su amor verdadero, o incluso que si la sigue en su vuelo, ella le guiará hacia ese amor —comentó entrando con facilidad en su juego y observando cómo el insecto paseaba por la mano de la muchacha—. Cuente los puntos que tiene sobre el caparazón. Dicen que si tiene exactamente siete, podrá usted pedir un deseo por cada uno de ellos. Y se cumplirán todos en el plazo de un año.