La muerte de Sir August significó el final del movimiento de resistencia de las personas como vosotros, que poseían habilidades especiales, las cuales os hacían diferentes al resto. Nadie volvió a intentar aglutinar de nuevo a todos ellos por lo que a partir de ese momento, permanecerían, igual que habían estado hasta ese momento, dispersos por todas partes.
Ember fue la primera en marcharse. Siempre había sido independiente y no iba a cambiar eso sin aquella mujer, Helen, para dirigirla y calmar aquellas ansias de libertad que la dominaban. Regresó a la ciudad y solamente cuando vio un cartel recién pegado indicando que el Circo con el que había estado a punto de marcharse, estaría en una ciudad próxima el fin de semana siguiente, comprendió que podría encontrar un hogar diferente, tal y como había pensado.
Aquella podía ser su mejor opción.
Oliver, por su parte, tenía mucho trabajo por delante. Maddy necesitaba ayuda para controlar sus nuevas y potenciadas habilidades, traspasadas por Kitty gracias a la electricidad. Al no estar Helen, ni tampoco Eliza, todo el peso recayó en Robert. La pérdida de las fundadoras de la Escuela fue un golpe terrible, pero él intentó mantener el espíritu de ambas y salvar cuantas almas pudiera de la marginación y las malas decisiones.
Maddy encontraría el apoyo que necesitaba, al igual que la comprensión, porque nadie le hizo responsable de lo que les sucedió a Helen y Eliza. Ambas habrían preferido dar sus vidas a cambio de salvar todas las demás, como había sucedido al final, y había terminado juntas, que era lo que siempre habían deseado.
Ned, por su parte, no tenía ningún lugar a donde ir, por lo que tanto Kitty como él tenían en aquella escuela, nuevos amigos y nuevas oportunidades para crecer y aprender.
En cuanto a la estatua de Helen y Eliza... los nuevos dueños del castillo no dudaron en retirarla, a pesar de no comprender cómo o por qué había sido colocado algo así en aquella torre. La escultura fue trasladada y almacenada en un lugar oscuro, hasta que años más tarde...
1926
Dos hombres observan la lámina que contiene una imagen en blanco y negro de la escultura formada por Helen y Eliza. La miran detenidamente, analizando cada punto que se observa.
-El señor Rontgen ha diseñado un buen aparato, la verdad- comenta el primero, con un bigote que le da un aire distinguido.
-Sí, señor. Se ve perfectamente -dice el otro, un hombre bajito, claramente subordinado.
-La figura que está tumbada parece hueca. Esos huesos están claramente muertos. Pero la que está sentada... esa se ve diferente. Aún tienen densidad ósea. Es muy posible que esté viva dentro de la roca.
-¿Usted cree?
-Sí.
-Entonces...
-Entonces, nada, por el momento. Guárdela. Que nadie la vea o la toque. Es muy posible que tengamos que intentar abrirla antes de lo que creemos, pero no por el momento. Ahora mismo, lo importante es conservarla tal cual está.
-Está bien. Lo que usted diga, señor Wells.

El señor Wells mira al otro hombrecillo y sonríe. Antes de lo que creemos. Las cosas se están torciendo demasiado deprisa y toda ayuda será poca.