Las calles de Londres eran muy diferentes de día y de noche. Cuando el sol iluminaba la ciudad, parecía como si sus habitantes se colocasen una careta y se comportasen de acuerdo a lo que se esperaba de ellos. Los carros de movían de un lugar para otro, los trabajadores caminaban medio dormidos hacia una nueva y larga jornada y el país parecía estar tan en marcha como si jamás hubiera dejado de estarlo.
Pero en aquellos lugares a los que el Sol no podía alcanzar, y cuando la noche caía sobre el conjunto de los viejos edificios, la vida era bien diferente.
Los hombres y las mujeres parecían tener especial predilección por mostrarse tal y como eran, dejando escapar aquellos aspectos más instintivos que habitualmente mantenían bajo control y se desataba una guerra que no tenía vencedores, solo vencidos.

En uno de esos barrios, prácticamente abandonados porque sus habitantes se encontraban llenando las tabernas y los lugares de mala reputación, solo se oían unos pasos acelerados que intentaban aumentar la distancia con su perseguidora. El repiqueteo rítmico de las botas con el pavimento era seguido por otro de similar cadencia, que parecía estar logrando su objetivo de alcanzar la figura que corría con desesperación.
Helen sabía que había muchos más rápidos que ella, pero también que si conseguía que llegasen a una vía sin salida o que se detuvieran aunque fuera un instante, dispondría de la oportunidad que buscaba para convencerla.
Pero no estaba sola en aquel empeño. Eliza había ido de "caza" con ella y corría con idéntica velocidad, solo que por callejuelas paralelas, hasta que logró acortar por una y cerrarle el paso.
Al verla, la figura se detuvo, comprendiendo que tenía a las dos mujeres, una delante y otra detrás, impidiendo que continuase su huida.
Envuelta en una capucha, su respiración entrecortada a causa del esfuerzo se detuvo un instante mientras sopesaba sus posibilidades. ¿Podría escapar? ¿Debía luchar?
Con un veloz movimiento, deslizó la capucha hacia atrás, descubriendo su rostro. Parecía completamente desfigurado, con un aspecto parcialmente simiesco, y el resto de su cuerpo, ahora que estaba detenida, adoptaba una postura encorvada, como haría alguna clase de simio.
Pero sus ojos eran humanos y transmitían miedo, odio, desesperación...
La carrera me había agotado. Cada vez que ocurría algo así, que detectábamos alguna criatura, en lugar de detenerse a escuchar huían. Pero no me extrañaba, porque todas ellas habían sido destruidas en su espíritu, golpeadas física y mentalmente desde su nacimiento, maltratadas hasta extremos insospechados.
¿Cómo iban a confiar en alguien? ¿Acaso era de esperar que hicieran caso de una desconocida por mucho que les dijese que no había nada que temer y que estaba allí para ayudarla?
Habíamos seguido los rumores que hablaban de una mujer con aspecto simiesco, que había trabajado en el circo y que finalmente, había desaparecido en la oscuridad, pero para marchar a dónde. El circo era el refugio de muchas de aquellas mujeres, y también hombres, que presentaban alguna clase de deformidad o anormalidad que les hacían imposible convivir con el resto de personas.
Sí, eran anormales, pero no solo por su aspecto o características físicas, sino también porque en la mayoría de ellos no había crueldad de forma natural, sino necesidad por ser aceptados y respetados.
Al ver aquel rostro, todo mi ser se acongojó, pero no porque me invadiese el temor o la duda, sino a causa del lamento silencioso que se despertó en mi corazón. ¡Ay, pobre mujer, que no había podido en toda su vida, seguramente, ser otra cosa más que una rareza digna de mofa y desprecio!

-No temas. No voy a hacerte daño. No queremos hacerte daño. Yo... soy Helen Holmwood y tengo un lugar en la ciudad para personas como... tú, y como yo.... y también como ella. Nosotras también somos... diferentes. Pero eso no nos hace peores, sino solitarias. Pero en la escuela no estarás sola y podrás... nadie te mirará mal.
A lo lejos estaba Eliza, que como yo, respiraba con cierta dificultad, aunque no tanta como yo. Su parte animal le ayudaba incluso cuando no estaba convertida. Sus ojos además mostraban aquella desconfianza de la que tanto me había advertido. "Nunca te fíes de ninguna de ellas. El miedo puede hacer que luchen ferozmente, aunque tus intenciones sean buenas".
Era protectora conmigo, demasiado, en ocasiones.
Miré de nuevo a la chica, que se debatía entre las dos, como si estuviese decidiendo contra quién luchar, a quién enfrentarse.
-Por favor, deja que te ayudemos -insistí, tendiéndole una mano.
Motivo: Lograr que confíe en mí
Tirada: 1d10
Dificultad: 6+
Resultado: 4(+1)=5 (Fracaso) [4]
Hago una tirada de confianza...
Miércoles.
Las palabras de Helen parecían estar llegando a la mujer, pero solo al principio. Después de todo, cuantos insultos había recibido, cuántos golpes, cuántas veces la habían tratado como si no valiese absolutamente nada. ¿Confiar en dos extrañas que la habían acabado por encerrar?
No, eso no iba con ella.
Aunque por unos segundos se lo pensó, finalmente prevalecieron todos los sentimientos de rabia y desconfianza que había acumulado durante tantos años. Su mandíbula se tensó y sus ojos se movieron con rapidez en una dirección y en otra, como si valorase hacia cuál de las dos correr para zafarse, y con cual de las dos enfrentarse si se interponía en su camino.
Finalmente, se decidió por la mujer rubia que había aparecido delante de ella. No sabía por qué motivo, pero le parecía mejor enfrentarse a ella, quizás también llevada por la idea de seguir avanzando y dejar atrás a las dos mujeres.
Con rápido movimiento se giró, comenzó a correr y cuando llegó a la altura de Eliza, dio un salto enorme con la intención de saltar por encima de Eliza.
La sobrepasó como si no fuese un obstáculo y el aire la empujase hacia arriba, y mientras el cuerpo de la muchacha sobrevolaba por la cabeza de la mujer rubia, esta no pudo hacer otra cosa salvo mirar como lo hacía, aterrizaba después al otro lado y proseguía su carrera.
Eliza chasqueó los dientes.
Si no hubiese estado en su forma humana, la habría detenido sin problemas, pero sabía que a Helen eso no le gustaría. No era partidaria de que emplease su forma bestial salvo en situaciones de extrema necesidad y dudaba que fuese a considerar que esa lo era.
Enfadada, se giró hacia Helen.

-Tenía que haberme convertido. Siempre me contienes y gracias a eso, ahora no podremos alcanzarla -le dijo a Helen, a quién miraba con frustración.
En realidad, comprendía perfectamente su punto de vista. En su forma bestial, habría pocas cosas que podrían contenerla, y muchos riesgos, pero con un objetivo tan claro, era todo más sencillo. No iba a destriparla; solo ha capturarla e inmovilizarla. Podía contener a la bestia. Era capaz y ya lo había demostrado.
-No la atraparemos si no me lo permites -añadió.
Ahora todo dependía de Helen.
Motivo: Pito pito
Tirada: 1d10
Resultado: 2 [2]
Motivo: Salto
Tirada: 1d10
Resultado: 4 [4]
Impar, Helen.
Par, Eliza
Hice lo que pude, lo que siempre hacía en aquellos casos, que no era más que ser sincera y esperar que mis palabras fuesen suficientes para convencerla de que estábamos allí para ayudarla, no para encerrarla o acabar con ella.
Pero me di cuenta, quizás demasiado tarde, de que en aquella ocasión no lo había conseguido. Vi como sus ojos me observaban, pero no con curiosidad o esperanza, calmados y expectantes, sino como una fiera salvaje que estuviese calculando a qué distancia me encontraba y qué es lo que debía hacer para sobrepasarme.
Me tensé.
Pisé con fuerza en el suelo y me preparé para una posible embestida, sabedora de que si no había conseguido llegar a ella, ganarme momentáneamente su confianza, iba a intentar sobrepasarme y escapar.
Sabía que casi con toda seguridad no podría retenerla, pero confiaba en hacerlo lo suficiente como para que Eliza llegase hasta nosotras y me ayudase a contenerla.
Pero no lo hizo.
Rápidamente se volvió hacia Eliza y comenzó a correr hacia ella.
Vaya.
No tuve tiempo de empezar a correr antes de que la chica diese un enorme salto, se propulsase por encima de Eliza, cayese en el otro lado y prosiguiese su huida a gran velocidad. Nos había vencido a las dos.
Fastidiada, relajé mis músculos y dejé caer mis brazos, pero al mirar a Eliza, comprendí que no iba a quedar así.
Me echó en cara que no permitiese que se transformarse y, de esa manera, la hubiera detenido con facilidad. Ahora continuaba huida y sería más difícil volver a alcanzarla. Pero aquello no iba solo de haber permitido que escapase; iba de no dejar que cambiase.
-No te contengo porque me guste, Eliza. Lo hago porque sé lo que podría ocurrir. Cada vez que te transformas, estás expuesta, y podría ser un desastre si sucede algo...
No seguí hablando.
En su mirada se dibujaban las mismas palabras que me había dicho en otras ocasiones: ella podía controlarlo, ella era capaz ahora de mantener bajo control su lado salvaje y "desconvertirse" casi cuando quisiera. Habíamos tenido aquella discusión tantas veces que me sentía agotada incluso antes de volver a tenerla.
Pero es que no hacía falta pronunciar palabra alguna para saber lo que ambas estábamos pensando. Las dos teníamos miedo, pero Eliza además se sentía frustrada por no poder hacer más cosas y que no dejase demostrarme que había conseguido dominar su parte salvaje.
Así que me volvió a lanzar aquella petición, que no súplica, y en ese caso, con el cebo de poder atrapar a la chica que ahora se nos había escapado. Sabía que si le decía que sí, perdería todo control sobre la situación, pero también que si le decía que no, quizás nunca volviéramos a encontrarla.
Era un callejón sin la salida que me hubiese gustado.
-Está bien. Ve -le dije finalmente. No podía retenerla para siempre y no podía impedir que corriese peligro.
Confiaba en Eliza pero sentía que se me escapaba la situación de las manos y que a partir de ese momento, podía suceder cualquier caso.
-Tráela... pero ven tu también, ¿me oyes? -añadí.
Intenté aparentar indiferencia pero no había nada indiferente en mi voz, ni tampoco en mi mirada. Pero aquel era el acuerdo que teníamos desde que fundáramos la escuela. Si no forzábamos las cosas por ayudar a los demás... ¿de qué iba a servir todo aquello?
Eliza miró a Helen, pues entre las dos existía un vínculo que iba más allá de las palabras y que se transmitía por medio de miradas y suspiros. La aceptación de Helen de la sugerencia de Eliza era obligada, pero no por ese motivo más sencilla. Sin embargo, la preocupación dejaba sitio a la satisfacción de que por fin le permitiese a Eliza ser ella misma.
Con una sonrisa contenida, Eliza asintió y llevó sus manos hacia el colgante de plata que rodeaba su cuello. Quitó el cierre y lo encerró todo en su mano.
-Todo irá bien, no te preocupes -le dijo, mientras se guardaba el colgante en un bolsillo del vestido.
En cuanto lo hubo soltado, sintió el estremecimiento de una corriente eléctrica traspasando todo su cuerpo, que le indicaba que estaba preparada para transformarse y liberar toda la energía que hasta ese momento había sido contenida. Eliza cerró los ojos y y su mente se vació, pensando únicamente en la chica que había escapado y la libertad que deseaba poseer.
Casi en el mismo momento en que lo hizo, todo su cuerpo comenzó a cambiar. No fue repentino, sino progresivo, y sin embargo la velocidad con la cual sucedió habría sorprendido a cualquiera que no lo hubiera visto jamás. Helen ni tan siquiera parpadeó mientras su cuerpo se convulsionaba y cambiaba, su rostro se desfiguraba, sus colmillos se agradaban y su espalda adquiría una curvatura poco natural.

El cuerpo de Eliza no se transformó en un lobo, sino que pareció adquirir "lo mejor de ambos mundos". Su mente parecía continuar albergándola a ella, solo que detrás de una cortina de furia animal.
Al sentirse liberada, Eliza sonrió y Helen la acompañó en la sonrisa, unos segundos antes de que Eliza se diese la vuelta y comenzase a correr, casi a volar, en persecución de la chica. Si había alguien que podía alcanzarla, esa era ella.
El callejón se quedó en completo silencio y Helen debió sentirse inútil, pero en realidad, su permiso había sido tan necesario como el más básico de los componentes para que ambas lograsen su objetivo, que no debían perder nunca de vista, y que no era otro que convencer a aquella muchacha para ir con ellas.
-Impresionante. Muy impresionante -dijo una voz a su espalda.
La voz era plenamente conocida por Helen. Se trataba de su "némesis", el líder de la Orden del Imperio.
Sir August de Wynter.

-Nunca dejaré de sorprenderme al ver como criaturas anormales como vosotras naturalizáis lo intolerable. Pero... reconozco vuestra utilidad, si bien es un desperdicio de recursos.
El discurso de de Wynter era el mismo de siempre. Helen se había encontrado con él en diferentes ocasiones, y su pasado recorría un sendero con demasiadas partes en común. De Wynter había encontrado a Helen y había querido utilizar su sangre en su propio beneficio. Sin embargo, experimentar con la sangre de Dracula no había resultado tan sencillo como esperaba.
Por otro lado, los monstruos eran monstruos y con la salvedad de Helen, no estaba dispuesto a tolerar a ninguno más hablando y caminando entre las gentes normales.
-Te propongo un trato. Dejaré que atrapes y te quedes con esa... muchacha, si es que tanto la quieres, a cambio de que no intervengas en mis... proyectos. Tengo uno particularmente interesante que no tolerará ninguna interferencia, ni por tu parte ni por la de nadie. Si lo hicieras... no sería capaz de protegerte, ¿sabes? Pero... si llegásemos a un acuerdo, podría mirar hacia otro lado por el momento, dedicándome a cosas más importantes.
Qué cosas consideraba tan importantes de Wynter era algo que Helen desconocía, pero sí que sabía que casi siempre tenía que ver con "anormales", como él llamaba a seres como Helen, Eliza... y las demás.
Jamás me acostumbraría a ser testigo del cambio que experimentaba el cuerpo de Eliza al liberarse de la atadura que suponía el medallón. Seguía siendo ella, desde luego, al igual que cualquier persona que perdiera el control de sus emociones en un momento dado, pero el lado más salvaje había tomado el control y eso significaba que también había una parte de Eliza que no le correspondía, la que solamente se dejaba conducir por el instinto.
Nunca había podido mantenerla bajo control completamente; a pesar de mis intentos por normalizar lo que le sucedía pero también por minimizar los momentos en los cuales se dejaba llevar, Eliza siempre argumentaba que cada vez controlaba mejor aquella parte de sí misma y que deseaba que yo confiase en ella.
Lo hacía... pero tenía miedo de lo que podía llegar a ocurrir.
Así que mientras se alejaba a toda velocidad, no podía más que desear que ella tuviese razón y yo no, que nada malo ocurriera y que no la viesen e intentasen atraparla como si fuese un animal sediento de sangre.
Ese era el verdadero peligro, y su respuesta ante la furia de la gente, y no su comportamiento.
Pero el silencio no duró demasiado. Una voz a mi espalda, demasiado familiar para mi gusto, me hizo volverme con brusquedad y el rostro endurecido.
de Wynter había aparecido desde el fondo del callejón, como si nos hubiese estado siguiendo, no sabía cómo, ni por supuesto por qué, aunque la manera en la cual nos encontraba siempre que quería me molestaba. No es como si no supiese en dónde nos hallábamos, sino porque sin apenas esfuerzo se encontraba en mitad de una persecución, igual que si nos hubiera estado esperando en aquel preciso lugar.
Pero mis preguntas quedaron en un segundo plano cuando le oí hablarnos de aquella manera.
-Si fuésemos anormales no existiríamos tantos, de Wynter. Lo anormal es no aceptarlo. Pero supongo que no lograré convencerte de ello -le repliqué, mascando cada palabra con rabia -. Claro que me pregunto la autoridad moral que tiene alguien que utiliza a "criaturas como nosotras" para sus fines. ¿No crees que es contraproducente?
Le miré con todo el desprecio que pude reunir, aunque sabía perfectamente que ni siquiera se fijaría en él, que no haría ningún caso de mis palabras y que si estaba allí era porque quería algo.
-¿Qué quieres? -le pregunté.
Y me lo dijo. Deseaba que me retirara. ¿Por qué? ¿De qué proyectos hablaba? No era habitual que se preocupase por mí, una gota en el océano de sus pretensiones de pureza étnica, así que debía haber visto que podía hacer verdaderamente algo que le supusiera un problema... o quizás fuese que ya los tenía.
Le miré, extrañada.
-Sabes qué es lo que hago. Buscar, encontrar y proteger a muchachas que presenten eso que llamas "anormalidades" antes de que otros lo hagan por mí, con peores consecuencias. Eso es lo que busco y eso es lo que seguiré haciendo. Ignoro de qué proyectos hablas, pero también sabes que no me gusta nada de lo que haces así que sigue tu camino y no te interpongas tú en el mío.
Llevaba un bastón y dentro de él, una espada. Desenvainé ligeramente la empuñadura para al menos tener con qué defenderme. No creía que fuese a tener un enfrentamiento con de Wynter pero con él nunca podía confiarme.
De Wynter no pareció inmutarse por el tono de Helen, ni tampoco porque su mano se dirigiese hacia su bastón y pudiese vislumbrar el filo de la espada que había en su interior. En todo caso, parecía divertido ante la posibilidad de iniciar alguna clase de combate.
-Por favor, Helen. Si hubiese querido acabar contigo, o con tu amiga, lo habría hecho ya -dijo, haciendo un gesto casi imperceptible con la mano.
Inmediatamente aparecieron dos figuras procedentes de las sombras del callejón, dos hombres de fuerte musculatura, que portaban cuchillos, uno de ellos, y un rifle el otro, aunque en posición de espera, cruzado sobre su brazo izquierdo.
-Me gusta ser precavido, Helen, al igual que me gusta evitar problemas innecesarios. Puede que un día decida que ya no me sois de utilidad y me decida a acabar con vosotras pero hasta ese momento, ¿por qué no convivir pacíficamente?
De Wynter terminó de aproximarse a Helen y se detuvo a escasos centímetros de ella. A aquella distancia, un susurro podía ser comprendido perfectamente, sin necesidad de alzar la voz.
-Mi proyecto necesita de toda la ayuda que pueda conseguir. Después de todo, es en beneficio del imperio. ¿No es eso lo que todos buscamos? Solamente necesito que en el caso de que encuentres a... a... alguien que estoy buscando, lo dejes en mis manos. Sabes como contactar conmigo, ¿verdad? -le preguntó, sin esperar respuesta, porque Helen sabía en dónde se encontraba el cuartel general de la Orden, al igual que ellos conocían el suyo -. Si te cruzas con alguien llamado A-nu-ket, no dudes en decírmelo. Será lo mejor para todos.
Helen no había oído nunca de nadie llamado A-nu-ket, ni sabía qué era. Podía suponer que era, obviamente, una persona, y seguramente una mujer, pero si se trataba de alguna con alteraciones como ella, lo desconocía.
-Está bien. Os dejo con vuestros asuntos. Si todo va bien, no volveremos a cruzarnos en mucho tiempo o si lo hacemos, que sea en beneficio de ambos.

De Wynter se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la oscuridad, mientras sus dos hombres le acompañaban, andando de espaldas y sin quitarle ojo a Helen.
-¡Qué tengás buena caza, querida! -se despidió, antes de desaparecer.
De Wynter había dejado claro que no quería un enfrentamiento inmediato y que además, necesitaba ayuda. A-nu-ket era el nombre que había dicho, aunque a Helen no le sonase de nada.
Era igualmente preocupante el hecho de que siempre estuviese en mayoría y que en todas las ocasiones diese la sensación de no ir en contra de la Escuela simplemente porque no quería, pero no porque no pudiera.
Helen, Eliza y las chicas, estaban desprotegidas, esa era la verdad, aunque hasta ese momento tampoco habíais tenido un enfrentamiento directo con ellos que os lo demostrase diáfanamente.
Con De Wynter fuera de escena y Eliza persiguiendo a la chica, Helen no tuvo más remedio que regresar a la Escuela y esperar. Deambuló por las calles oscuras y sucias de los barrios bajos de Londres, manteniéndose lo más en la luz que pudiera para evitar ser confundida con una prostituta, así como encuentros desagradables, y reflexionado sobre lo sucedido, sin olvidar la inquietud que debía suponerle que Eliza estuviese allí fuera, sola, con su lado "salvaje" a los mandos.
Cuando llegó a la escuela y abrió la puerta, una figura conocida salió a recibirle.

-Viene de vacío... y sola. Ha ocurrido algo malo.
Las alas de Cara se extendieron en su espalda como si se tratase de una libélula gigante, fruto de la tensión de aquella afirmación, porque eso es lo que era, y no una pregunta. El rostro de Helen tampoco dejaba lugar a dudas porque estaba claro que había mucho en que pensar y también, esperar.
-Sabía que alguna vez tenía que ocurrir -comentó, en tono algo más despreocupado.
Lizzie bajó las escaleras con rapidez para acudir al encuentro de Helen. Llevaba sus manos cubiertas por sendos guantes y saltaba los escalones de dos en dos.
-Cállate, Cara. ¿Qué ocurrido, señorita Holmwood? -preguntó, alarmada.

Las dos figuras se quedaron frente a Helen, a la espera de su respuesta.
A-nu-ket.
Tenía que investigar qué era ese nombre, y si existía alguien así en Londres. De entrada, si De Wynter estaba interesado significaba que era importante, y si era importante, no debía permitirle que lo consiguiera. Ni siquiera con las amenazas, veladas y no tan veladas, que había hecho, podía permitir que encontrase a esa persona.
Cuando volviera Eliza tendría que hablar con ella de eso.
Cuando volviera Eliza...
La idea de haber permitido que desapareciese con su instinto gobernando sus acciones había sido demasiado descuidado por mi parte... pero qué iba a hacer. Eliza me presionaba siempre para que confiase en ella y había llegado un momento en el cual no podía argumentar nada más en contra, salvo el miedo que sentía.
Pero eso no hacía las cosas más fáciles.
Me deslicé aprovechando los gritos y la música que salía de las tabernas, y el gentío que llenaba las calles, aquellas asquerosas calles, cuando la noche se adueñaba de cada uno de los rincones de la ciudad, y anduve con cierta comodidad hasta llegar a la Escuela. Esperar era la peor parte, pero decidir después lo que debíamos hacer, qué acciones emprender, aun cuando apenas sabíamos nada de lo que me había dicho De Wynter, era incluso peor.
Abrí la puerta y me encontré con Cara, que aterrizó desde el piso superior como si hubiera estado esperando, y me habló con aquel tono que siempre aludía al fracaso aceptado. Lizzie no tardó en bajar por las escaleras y preguntar por lo que había ocurrido. Aunque ella sí que parecía transmitir un auténtico sentimiento de lamento, en realidad yo sabía muy bien que a ambas les importaba lo que fuese de nosotras y también lo que hacíamos, aunque en el caso de Cara sabía que su sentido de la supervivencia era en ocasiones más fuerte que cualquier otro.
-Sí, vengo de vacío, porque Eliza ha ido detrás de ella... convertida. Por eso estoy preocupada -les aclaré -. Bueno, por eso y porque me he encontrado con De Wynter. Supongo que vosotras no sabréis quién o qué es A-nu-ket, ¿verdad? Por lo visto lo está buscando... con mucho interés, tanto que nos ha amenazado si intervenimos de alguna manera, e incluso si no le ayudamos.
Las miré a las dos, esperando ver sus reacciones. Conocía cómo sería la de Lizzie pero todavía ignoraba si Cara sentiría empatía por esa persona a la cual la Orden buscaba con tanto interés.
Quizás Eliza también opinase que no merecía la pena complicarse la vida, ni la de las chicas, en una especie de búsqueda misteriosa, aunque me parecía que ella era incluso más reaccionaria que yo a la Orden. Si por ella fuera, quizás atacaríamos su sede central para acabar con todos ellos antes de que lo hicieran con nosotras.
Cara y Lizzie escucharon las explicaciones de Helen, no demasiado detalladas, pero sí lo suficiente como para transmitir la misma preocupación en ellas. El rostro de Cara dudó unos segundos antes de volver a adoptar su particular rostro cuasi indiferente y dirigirse hacia el sillón más próximo.

-Yo no sé lo que es A-nu-ket -dijo, encogiéndose de hombros -, pero lo que sí sé es que lo mejor será no meternos por medio.
Cuando llegó al sillón, se dejó caer en el y miró distraída a Helen y a Lizzie.
-Venga, son peligrosos. Además, si están con otras cosas nos dejarán en paz, ¿verdad?
Lizzie no se contentó para nada con aquella respuesta y se encaró con Cara.

-Pero qué egoísta eres, Cara. ¿Y las chicas que buscan? Y si esa... Anuket es una pobre chica como nosotras que solo ha tenido la mala suerte de ser... diferente. ¡No podemos dejarla abandonada a su suerte y en manos de esa gente!
Cara pareció comportarse como si no le importase.
-Mejor ella que nosotras.
-No creo que digas eso en serio -dijo Lizzie, y después miró a Helen. Quizás sí que lo dijese en serio porque también había algo de verdad en ello, aunque a Lizzie no le gustase.

-Yo creo que lo mejor es esperar a vuelva Eliza y entonces decidir -dijo una voz proveniente de la biblioteca, por donde estaba saliendo Maya... solo que atravesando la puerta -. Helen, seguro que ella está bien, no te preocupes, y cuando estemos todas, podremos hablar y tomar una decisión.
En realidad no estaba preocupada por De Wynter sino por Eliza. Era ella quien ocupaba mi mente en esos momentos y no el reciente rompecabezas que me había creado mi eterno enemigo y que sabía no podría resolver.
Cara y Lizzie, en cambio, parecían más centradas en él.
Como siempre, Cara adoptaba la actitud de alguien que prefiere permanecer lejos de los problemas. Podía comprenderla a la perfección porque después de todo, había sufrido mucho para llegar hasta donde estaba, que tampoco era precisamente el lugar que ella deseaba. Muchas veces habíamos pensando en mudarnos a otro lugar, más lejos, en pleno campo y por tanto, alejadas de visitas inoportunas y en donde pudiéramos salir con más tranquilidad.
Al recordar esa idea, comencé a vislumbrar que quizás fuese ese el paso que debíamos dar, para quitarnos, como Cara decía, de los problemas.
Lizzie, por su parte, era un carácter diferente. No sabía retroceder y se enfurecía con la simple idea de ceder, mucho más cuando sabíamos todas que había más chicas ahí fuera, esperando a que llegásemos hasta ellas.
-Tranquilízate, Lizzie. Cara tiene parte de razón. También debemos pensar en todas nosotras y en nuestra seguridad –le dije, intentando calmar los ánimos.
Entonces apareció Maya. La miré y esperé a que hablase, antes de responder.

-Sí, tienes razón, aunque he estado pensando en algo y me gustaría comentarlo con vosotras antes de que ella venga. Muchas veces hemos dicho que nuestro lugar estaba en Londres, cerca de las calles en donde os hallamos a vosotras, pero estoy pensando que quizás haya llegado el momento de salir de la ciudad. Mi familia tiene una casa a varias millas de distancia, una gran casa. Es lo que tiene ser de familia rica. Allí estaríamos más seguras y también podríais salir de estas paredes, aunque por otro lado, la ciudad quedaría bastante lejos de nuestra área de influencia. ¿Qué os parecería cambiar de ambiente?
Las miré, esperando sus reacciones y sobre todo, su apoyo, facilitando así mi conversación con Eliza… cuando llegase.
Lo del cambio de ambiente pilló a las tres chicas, Lizzie, Cara y Maya, desprevenidas. Todas se miraron entre sí, aunque como solía ser habitual, fue Cara quien reaccionó en primer lugar.

-¡Me encanta! Un sitio lejos de todo en donde pueda ser yo misma... eso es justo lo que necesitaba -dijo Cara, elevándose en el aire al agitar sus alas y descendiendo de nuevo al suelo ante la atónita mirada de las demás.
Lizzie por su parte, miró a Helen. En Londres tenían más cerca rescatar a otras chicas como ellas pero en pleno campo...

-Yo... no lo sé. Supongo que estaría bien. Sería diferente -comentó.
Maya fue la última en opinar. Ante las reacciones de las demás, fue fácil percibir como su nerviosismo aumentaba, pero no dijo nada inmediatamente.

-Creo que aquí corremos más peligro que lejos del cuartel de la Orden. Además, si otros como nosotros están lejos, quizás se sientan mejor, más cómodos, y tengamos menos problemas. Sí, señorita Holmwood. Creo que es una gran idea.
Con una decisión prácticamente unánime, lo único que restaba era esperar a Eliza, que seguramente no llegaría sola.
Eliza aún tardaría dos horas en llegar pero al menos, cuando lo hizo, no fue sola. A su lado venía una muchacha, la muchacha que ella y Helen habían perseguido sin tregua. Lucía mal aspecto y llevaba la cabeza agachada. Su espalda estaba ligeramente deformada y exhalaba vergüenza por cada uno de sus poros.
Pero Eliza sonreía satisfecha por las dos.
-Esta es Anna. Me ha costado un poco atraparla pero después de hacerlo, he conseguido hacerle entender por qué la perseguíamos y ha accedido a venir.
En esos momentos, Helen había salido del despacho y Cara leía medio tumbada en el sofá. Las demás no estaban allí para ver su llegada.
Cara no dudó en dejar el libro y acudir a saludarla.
-Bienvenida, Anna -le dijo, dándole un abrazo que cogió a Anna por sorpresa. Aún así, no se movió y no alzó la cabeza.
Eliza siguió sonriendo.
-Cara, por qué no le muestras su habitación.
Ante la atenta mirada de las tres mujeres, Anna siguió a Cara a través del vestíbulo y las escaleras, mirando con cierta desconfianza, pero sin dudar en su paso. Sentía que era una extraña oportunidad la que se había cruzado con ella y era difícil de rechazar, aunque también de comprender.
Cuando llegó al pie de las escaleras, se volvió hacia Helen y Eliza.
-N-nunca nadie había hecho nada por mí. G-gracias -dijo.
Después, se dio la vuelta y comenzó a subir.
Cuando hubo desaparecido en la planta superior, Eliza se quitó el sombrero y se dejó caer sobre el sillón.
-Ha sido agotador. La he perseguido por varias manzanas, a través de lo alto de los edificios y teniendo que dar saltos que nunca había dado. Es incansable. Por fin en una de las casas que atravesamos, cayó mal y la alcancé. Creía que iba a atacarme. Menos mal que me dejó hablar y que logré convencerla.
Eliza miró a Helen, notando que había algo más en ella de lo que esperaba. Quizás fuese preocupación por su transformación.
-De verdad, Helen, no tenías que preocuparte tanto por mí. Estoy perfectamente. Nadie me ha visto y todo ha salido bien.
Pero había algo más. Algo... que aún no le había contado.
El gesto de Eliza cambió para volverse serio y esperar a ver de qué se trataba.