Partida Rol por web

Invasión a Gea.

Capítulo 8. El Plan Secreto de Nabim Jaffir.

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05/10/2017, 20:50
Director
Sólo para el director

El carruaje Imperial se alejaba de la capital, Luriber acompañado por la abundante escolta que el general Isham Senguir había dispuesto para su protección. Tres batallones de cincuenta de sus más válidos soldados custodiaban en todo momento aquel ostentoso carruaje fabricado en madera de cedro rojo, una de las maderas más caras y escasas del continente y lujosamente sobrecargado en detalles dorados. Aquellos batallones de élite debían ser suficientes para que el Emperador no sufriera daño alguno en caso de una emboscada, suficientes al menos para defenderlo mientras emprendía la huida. Su destino era el pequeño puerto de Dique Añil, situado en una pequeña población pesquera donde el Yacaré, había fondeado a la espera del retorno de su último y legítimo poseedor, el Emperador Rojo.

El Emperador se sirvió en una copa plateada un licor regalo de Coldoveo III y tras percibir su aroma se delató como el rey de Ultar le había anticipado, como un licor intenso y afrutado. Se fiaba de aquel rey pese a su reputación de excéntrico. Era uno de los pocos monarcas con los que había tenido contacto, que nunca le había pillado en una patraña. Coldoveo le había contado que aquella botella, pertenecía a su propia reserva personal y que era fabricada en una destilería de confianza únicamente para él.

La fabricación de dicho licor era sencilla. El proceso para obtener aquel licor pasaba por macerar las endrinas, un fruto de color negro-azulado, en aguardiente anisado. Al saborear notó claramente el sabor afrutado que su olfato le había revelado. No sabía demasiado a alcohol, no se notaba su sabor, pero si una frescura persistente que realmente le transportó a otro lugar mucho más placentero que el interior de aquella incómoda carroza a juicio se sus imperiales posaderas.

- Curioso sabor. – Exclamó el Emperador. – No es lo mejor que he probado, pero para un aperitivo de primavera no resultaría mal acompañamiento.

Junto al Emperador se encontraban en el interior de la cabina del carruaje dos de sus más leales consejeros. Uno de ellos era un hombre que había permanecido a su lado desde su entronización como Emperador.

Zhaib Nassir era por aquel entonces ya un anciano, pero le había enseñado a su majestad todos los secretos que conocía de la diplomacia, así como gran parte de la historia de los reinos de Gea y sus gentes. Nassir era un gran conocedor de las costumbres y podía predecir con bastante exactitud el devenir de los acontecimientos políticos más relevantes en cada una de las regiones del globo. Sin duda era para el Emperador una pieza fundamental a la hora de tomar decisiones fundamentales para su vasto Imperio.

El segundo no era otro que Najid-ben Safiri, primer ingeniero imperial y responsable del proyecto: “Azote de los Cielos”. Najid-ben estaba al servicio de Nabim Jaffir desde hacía casi una década. Había sido un destacado ingeniero en el campo de la construcción de acueductos y desde siempre había mostrado talento para realizar grandes proyectos arquitectónicos.

Lo cierto fue que cuando el Emperador le propuso como encargado del proyecto que tenía por objetivo hacer realidad la idea de surcar los cielos de la misma forma que un buque surcaba el mar, se lo pensó mucho antes de aceptar, pues aquello le pareció una completa locura. No obstante, cuando le fue desvelada la nave que los soldados imperiales habían derribado a cañonazos y con cierta fortuna, no lo dudó ni un instante y se puso al frente del proyecto.

Si bien era cierto que otras naciones se hicieron posteriormente con más de aquellas naves voladoras Nabim nunca develó los hallazgos que sus siervos habían hecho en el Gran Desierto Austral. Fue Coldoveo III quien propuso crear una comisión de sabios e ingenieros de todas las partes de Gea para estudiar la posibilidad de reproducir aquellos ingenios y utilizarlos contra el posible enemigo común del que todavía no se había desvelado su origen. Nabim Jaffir sumó el Imperio Rojo a la causa pero se guardó para sí todos los avances que había hecho hasta la fecha.

La nave descubierta por los soldados imperiales tenía la particularidad de que prácticamente no había sufrido daños estructurales. Al chocar contra las dunas del desierto el golpe fue amortiguado en gran medida y su maquinaria quedó casi intacta. Para cuando el ingenio quedó oculto y a buen resguardo en un hangar secreto de la ciudad de Galmin, pocas eran las reparaciones que la nave requería para su puesta a punto.

Además de eso la providencia jugó a su favor de nuevo, pues no sólo la nave estaba casi en perfectas condiciones sino que tan solo cuatro de sus casi cincuenta tripulantes murieron en el aterrizaje forzoso que sufrieron. Tot quiso que un grupo de beduinos avistara la nave y comunicara el hallazgo a una patrulla fronteriza que se desplazaba desde la propia Galmin hacia el oasis de El-Rajun con la misión de recaudar los correspondientes impuestos anuales de la región.

Los condenados trasgos que habían transportado aquella extraña embarcación hasta la mitad del desierto parecían estar tratando de reparar el casco del buque. No entraba en ninguna de sus cabezas la forma en que aquellas bestias de piel verde habían llevado aquel inmenso barco hasta aquella localización, pero lo que si tenían claro era que fuera lo que fuera lo que tramaban no era algo bueno.

Habían invadido sus territorios y ese era suficiente motivo para acabar con ellos. No podían ir en busca de refuerzos, pues una semana les separaba del puesto fronterizo más cercano y tampoco podían dejar pasar aquel descubrimiento. Aibab estaba al mano del batallón y fue quien decidió atacar a los pieles-verdes que amenazaban la seguridad del Imperio. Atacarían con fiereza y sin matarían sin piedad; luego ya harían las preguntas pertinentes si es que había supervivientes.

Pese estar en gran inferioridad numérica de cinco a uno, esperaron a la noche a que todo estuviera en silencio. El ataque fue brutal y el derramamiento de sangre se produjo en ambos bandos. Aunque las primeras muertes fueron mediante el sigilo y la prudencia, pronto uno de los trasgos dio la voz de alarma y para cuando Aibab y los suyos quisieron darse cuenta ya estaban enzarzados en un cruento combate cuerpo a cuerpo.

Por suerte para los soldados imperiales, la mayor parte de los trasgos dormía a esas horas y no atacaron todos a la vez. Uno a uno fueron cayendo las trasgos y cinco de los soldados imperiales, contándose entre ellos al propio Aibab, asesinado por la espalda, cayeron durante el combate. Tan solo cinco jóvenes reclutas rojos sobrevivieron e hicieron un total de cuatro prisioneros. Dos maquinistas, un mecánico y un ingeniero trasgo.

Fue entonces cuando los supervivientes rojos examinaron las interioridades de aquella nave. Poseía una tecnología nunca antes vista, posiblemente mucho más avanzada que la conocida en el Imperio y posiblemente de una importancia vital para los planes futuros del Emperador. Dedujeron tras examinar minuciosamente todo aquello y lo que dedujeron tras un primer interrogatorio a través de señas a aquellos seres, quienes se negaron a hablar ghirb, que habían llegado hasta allí volando en el interior de aquel extraño buque.

Debían trasladar el descubrimiento cuanto antes a su capitán y enviar una importante guarnición con bestias de tiro para remolcar la nave hasta Galmin o a donde decidiera su superior. Era importante llegar cuanto antes a la ciudad y no iba a ser un viaje fácil junto a aquellas cuatro bestias sedientas de sangre y venganza.

El camino de regreso fue tedioso y accidentado, tanto que tan solo llegaron tres de los soldados a Galmin y uno de los maquinistas junto al mecánico de la nave trasgoide. Sin embargo la noticia de aquel hallazgo se acogió con gratitud por parte del capitán del puesto y decretó el máximo secretismo sobre aquel asunto entre su tropa bajo pena de muerte para aquel que abriera la boca. Los tres supervivientes fueron condecorados y los familias de los fallecidos recibieron una cuantiosa suma de monedas por la pérdida.

Los trasgos fueron encarcelados en la prisión de Galmin. Se les encerró por separado y se les incomunicó, pues pese a que no parecían hablar ningún idioma conocido el capitán de puesto no quiso arriesgarse a que pudiera filtrarse algún tipo de información. El capitán en persona viajó a la capital y pidió audiencia con el Emperador y aunque de buenas a primeras no se accedió a tal petición, tras informar al general Senguir después de muchas trabas, el capitán Yassim de Galmin fue acompañado en persona junto al general Sengir hasta el Palacio Imperial.

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06/10/2017, 20:20
Nabim Jaffir
Sólo para el director

Nabim se quitó el pañuelo sacando a la luz su grueso cabello rizado de un tono oscuro como el betún a juego con su bien recortada barba, que no obstante empezaba a perder color debido a las incipientes canas que brotaban por doquier. Pese a que en su juventud gustaba de portar la cabeza bien afeitada con el paso de los años había encontrado cierto encanto a lucir su rizado cabello en todo sui esplendor.

- ¿Habéis sacado algo en claro? – Preguntó el Emperador tras dejar la copa apoyada sobre una mesa.

- Sólo que el proyecto “Azote de los Cielos” esté bastante más avanzado que las investigaciones realizadas en Ultar. – Respondió Najid-ben Safiri, primer ingeniero imperial.

- ¿No ha servido de nada desplazarnos hasta aquí entonces? – Exclamó disgustado el Emperador.

- Me temo que de poco, su Majestad Imperial. – Habló entonces el general Zhaib Nassir

Nabim Jaffir se sirvió otra copa de aquel afrutado licor mientras respiraba profundamente tratando de serenar sus nervios. El viaje por mar hasta Ultar había sido largo y tedioso y no haber sacado nada en claro no eran para nada las noticias que esperaba. Los dos consejeros del Emperador se miraron a los ojos, sabían que cuando Nabim Jaffir se obcecaba, las consecuencias no eran nada buenas.

- Si es cierto que la investigación que se lleva a cabo bajo la tutela de Coldoveo puede aportar algunas mejores aerodinámicas a nuestras naves… - Intentó disimular Safiri. – No ha sido todo en vano, majestad. También he cogido notas acerca de la capacidad de almacenamiento del carbón en la sala de máquinas. Ahí sí es cierto que nos llevan alguna ventaja…

- ¡Tonterías Najid-ben! – El Emperador chasqueó la lengua. – Suerte que ya son cinco los buques que hemos probado con éxito.

- Siete, su majestad. – Le corrigió el general Nassir. – Y con suerte serán el doble una vez regresemos a la capital.

- Eso está bien. – Confirmó Nabim sin dejar de mirar el contenido de su copa. - ¿Tú qué opinas del viaje Nassir? ¿Ha sido una total pérdida de tiempo o sólo yo me lo figuro?

- Opino que no, su majestad. – Respondió el general. – Ahora sabemos que para cuando ellos hayan conseguido ensamblar su primer prototipo puede que nosotros ya contemos con medio centenar de naves. Nuestra ventaja es muy considerable a estas alturas.

- ¡General no piensa a pequeña escala, por favor! ¡Me decepciona! – Le recriminó el Emperador. – Sabemos de sobra que nuestro enemigo no está en Gea. – Hizo una pequeña pausa para escrutar con la mirada al militar. - Según dijeron aquellos trasgos tras los interrogatorios, las naves proceden de Patark aunque ellos lo llamasen con otro nombre… - El Emperador trató de recordar.

- Chnobium, su majestad. – Intervino Najid-ben  para auxiliar al Nabim.

- Eso… - Alzó las palmas de las manos hacia el cielo. – Si es cierto lo que dijeron, un ejército de enormes proporciones podría desembarcar en cualquier momento en Gea. Con esas naves, esa tecnología y esas armas explosivas de las que hablaron, podrían dedicarse a ir borrando del mapa una a una las grandes ciudades de Gea.

- Por ello hemos preparado los cañones y las balistas alrededor de todas las grandes ciudades del Imperio. – Remarcó el general.

- ¡No creo que con eso baste! – Jaffir golpeó sobre la mesa haciendo que la copa de licor de endrinas se vertiera sobre esta y el suelo de la cabina. - ¡Necesitamos cien naves para empezar a hablar de una defensa efectiva! ¿Qué digo cien naves? ¡Ni con mil buques armados nos bastaría!

Los consejeros del Emperador se miraron el uno al otro. Pocas veces habían visto a Nabin Jaffir tan enojado. Pese a ser un gobernador inflexible y sin atisbo de compasión ante la mediocridad solía mantener muy bien la calma y las formas y rara vez perdía los estribos. Cuando lo hacía era mejor no estar a su lado, pues podían rodar cabezas y no de una forma figurada.

- Salid de mi vista. – Dijo finalmente el Emperador sin mirar a ninguno de sus dos consejeros. – Y decidle a Qader-Ndul que venga a limpiar esto.

Nassir y Safiri se miraron de nuevo. La preocupación estaba impresa en los rostros de ambos y aquella última orden casi había sido para ellos como una liberación. Salir de allí era precisamente lo único que ansiaban en aquel momento y se apresuraron a complacer a su líder todopoderoso.

Un extraño hombrecillo arrugado que no alzaba más de un metro y veinte centímetros del suelo, cuyos  brazos y piernas eran extremadamente delgados y sus costillas se marcaban sobre su piel, se acercó hasta el carruaje del Emperador y tocó a la puerta antes de abrirla. Vestía únicamente con unos pantalones blancos abombados y unas sandalias color crema e incrustación de pedrería. Sobre sus hombros caía un chal blanco con brillantes y nada más portaba sobre su torso desnudo. Sobre su testa, la cual presentaba una fina barbilla cubierta por una espesa barba blanca de chivo y unos grandes ojos saltones, portaba un turbante que de cubrir todo el contorno de su cabeza, desvelaría su desmesurado tamaño en comparación con su menudo cuerpo.

- ¿En qué puedo servirle, su majestad? – Preguntó con característico tono de voz extremadamente agudo.

- Limpia este desastre, por favor. – Respondió el Emperador de forma inusitadamente  amable, pues tan solo solía darle las gracias a su menudo asistente personal.

 

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11/10/2017, 21:11
Director
Sólo para el director

El pequeño mayordomo del Emperador hizo le hizo caso sin rechistar. Aquel ser de corta estatura llevaba sirviendo a la familia Jaffir cerca de un siglo y se había convertido en una pieza indispensable para el líder de aquella nación. Era un obediente sirviente, un contable excelente y adulador como pocos. Cierto era que en muchas ocasiones podía resultar un ser un tanto estirado y sus constantes elogios podían alcanzar a ser hasta molestos, pero no había otro como él.

Nadie sabía muy bien desde cuando servía a la familia imperial, ni quien fue que le nombró asistente del regente de aquella nación y cuando se le preguntaba por ello decía no recordarlo ni el mismo. Lo cierto era que había registros que ya se encontraba al lado del Sultán de Sissek antes de que se constituyera como Imperio y también antes de que fuera anexionada la nación de Bullets al reino sureño.

Muchas eran las incógnitas que rodeaban a ese pequeño hombrecillo de apariencia enfermiza y frágil, que en cambio nunca enfermaba o parecía fatigarse. La primera de todas aquellos enigmas era sin duda la raza a la que pertenecía. No era un mediano, ni tampoco un enano. Por su apariencia frágil no podía descender de los segundos, pero por su apariencia tampoco parecía pertenecer a los primeros. Un cruce entre ambas razas parecía lo más factible, pero hasta la fecha no se había documentado ningún caso, aunque lo cierto era que eso explicaría su longevidad y su menuda estatura.

Lo único que alteraba su templado carácter solían ser las situaciones inesperadas y las visitas incómodas para el Emperador, lo que solía ocurrir con demasiada frecuencia. Qader-Ndul era un ser protector por naturaleza y sus protegidos habían sido siempre los regentes de aquella tierra sureña donde abundaba el sol y la arena.

Llegaron al puerto de Esîen algunos días después de zarpar de Puerto Añil. El  viaje a bordo de aquel veloz balandro fue tedioso y aburrido para el Emperador. No le gustaba el mar, prefería viajar en carruaje, aunque lo cierto era que para llegar a Ultar debía atravesar alguno de los reinos élficos con los que nunca había tenido buenas relaciones o bien las selvas de los salvajes humanos que las poblaban desde que expulsaran a los elfos siglos atrás. Ninguna de aquellas situaciones era aceptable para Nabim Jaffir.

Por suerte aquella nave había sido lujosamente acondicionada para él y se había convertido en su pequeño palacio flotante. El yacaré perteneció a la armada más de un siglo y medio atrás. Su tatarabuelo, Hudain Jaffir se lo vendiera a un joven marinero y tras pasar por varias manos acabó en las de un borracho hediondo que lo perdió apostando con una joven muchacha de cabellos rojizos.

Durante una época convulsa pasó por varias manos, la de un capitán rintoriano con mala reputación, regresó a las de la pirata, la comandancia pasó a su amante capitán norteño, para finalmente volver a recaer la capitanía en ella. No obstante cinco años atrás fue recuperado para la armada imperial de las manos de su última capitana conocida por el sobrenombre de la Roja y ahora el Yacaré se había convertido en el buque insignia de la armada roja.

Viajar a bordo de aquel balandro con tanta historia y equipado de tal manera que se asemejaba lo máximo posible a sus aposentos en el Palacio Imperial, aminoraba las molestias que conllevaba aquel viaje. Por otra parte la presencia a su lado de su pequeño asistente acababa resultando bastante molesta y Nabim Jaffir estuvo deseoso de poner pie en tierra firme casi desde el momento de embarcar. No le gustaba el mar, eso era un hecho y de poder evitar viajar en barco lo hacía sin dudarlo.

Aunque hubiera sido mucho más lógico continuar el viaje a través de la costa y arribar a Duartala, el Emperador no quiso permanecer ni un segundo más a bordo hastiado de las constantes atenciones de su asistente personal. No desvcargarin todos sus efectos, sólo los imprescindibles para el viaje por tierra.

En tierra firme le aguardaba un carruaje Imperial al mandatario de la nación. Cuano Nabim Jaffir pisó por fin territorio rojo cerró los ojos agradeciendo a Tot estar de nuevo en el que consideraba su hogar. Antes de montar en carruaje se arrodilló para besar la tierra de su patria. Un gesto que realizaba cada vez que se veía forzado a salir del Imperio y que repetía a su regreso.

Un viejo y demacrado hombre que vestía el uniforme de capitán de la guardia, casaca roja adornada con galones dorados sobre los hombros, pantalones ceñidos blancos y un sombrero de tres puntas negro con una pluma roja se acercó al Emperador. Aquel arrugado hombre de tez bronceada, lucía una barba blanca bien recortada y caminaba apoyado en un bastón debido a una notable cojera.

El capitán llegó a la altura del Emperador frente a un pelotón de músicos del la guardia de Esîen, los cuales interpretaban el himno imperial a base de golpes de tambor, platillos e instrumentos de viento típicos del sur. El capitán saludó de forma miliar cuadrándose ante el Emperador y soltando el bastón. Nabim Jaffir respondió con otro saludo y al ver que aquel soldado sufría para mantenerse erguido ante él le permitió ponerse en posición de descanso.

- Gracias por el la recepción, capitán Rasan. - Dijo el Emperador apretando la mano del capitán a la vez que le llenaba de orgullo. Previamente al arribo a puerto se había informado de la identidad del capitán del puesto portuario de Esîen.

Era la primera vez que Ajmed Rasan se encontraba frente a frente con el Emperador. Que supiera su nombre era todo un honor para aquel veterano soldado encargado de salvaguardar el orden y la ley en aquel puerto al norte del Imperio desde hacía más de veinte años. Si no se había jubilado ya era porque amaba su oficio, pues podría haberlo hecho muchos años atrás.

- Es todo un honor que haya desembarcado en nuestro puerto, su Majestad Imperial. - Respondió el capitán con la voz temblorosa, efecto de la edad y los nervios. - Hemos preparado un refrigerio para su Majestad si desea...

- Gracias, pero lo que deseo es proseguir con el viaje hasta la capital. - Interrumpió Nabim Jaffir. - Siento las molestias que se han tomado por mi, pero asuntos importantes me aguardan en Duartala. Asuntos de suma importancia.

- No hay inconveniente, su Majestad. - Reconoció Ajmed Rasan y cuando el Emperador iba a avanzar hacia el carruaje volvió a hablar. - Pero lo cierto es que sería un honor para los lugareños que se quedase unas horas y degustase los platos típicos de la región. Hace una década de la última vez que su Majestad Imperial...

Nabim Jaffir alzó la mano ordenando a Rasan que callara. No iba a permitir más impertinencias por su parte. No volvió a mirar al capitán y finalmente se introdujo en el interior del carruaje imperial, justo después de que uno de los mozos le abriera la puerta. Antes de que el vehículo se pusiera en marcha llamó al capitán Farhiss, capitán de la guardia personal del Emperador y le dijo algo al oído. Al parecer Ajmed Rasan acabaría hoy mismo sus servicios al Imperio. Un hombre de su edad ya no estaba para dirigir a nadie y en caso de conflicto bélico sería más una carga que una ayuda.
 

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14/10/2017, 11:10
Director
Sólo para el director

Nueve días y medio de trayecto, paradas en Sasidere, Asaon, Galmin, Fortaleza y Mesmir y mucho polvo del desierto después, el carruaje imperial llegó por fin a la capital. El humor el Emperador había empeorado aún más desde que desembarcaran en el puerto de Esîen. No había sido suficiente con alejar de su vista a su entrometido asistente personal para calmar sus ánimos.

A Nabim Jaffir no le gustaban las derrotas y el viaje hasta Lurbier para él había constituido una. Cuando recibió la invitación para acudir a la nación norteña esperaba que las noticias fueran mejores. Esperaba que habiéndose reunido un nutrido grupo de sabios e ingenieros de toda Gea, sus avances fueran mucho mayores de los que habían conseguido hasta la fecha. Esperaba poder sacar alguna información de relevancia para potenciar su propio proyecto paralelo. No había sido así y eso le había enfurecido.

Perder el tiempo le gustaba tanto o menos que las derrotas y entre el viaje de ida, la estancia en la mugrienta ciudad que era Lurbier por mucho que Coldoveo III se afanase en modernizarla y el viaje de vuelta por carretera habían costado casi veinte días de su preciado tiempo. Aquello había acabado por crispar los nervios de su Majestad Imperial.

Los cocheros temblaban cada vez que Jaffir se acercaba a ellos solicitando explicaciones por la tardanza. Los siervos que había dispuesto para que cubrieran todas sus necesidades no tenían ni por asomo los medios para cumplir sus extravagantes exigencias. Incluso los mozos cuya única misión era la de abrir y cerrar los portones del carruaje cada vez que el Emperador deseaba entrar o salir, parecían hacerlo mal a sus ojos a tenor de las miradas de reprobación que les lanzaba a la menor ocasión.

Los soldados eran quizás los únicos que no habían recibido el azote del Emperador. Eran los únicos a los que no se les podía poner en duda su eficacia, pues su única misión era la protección de la integridad física de aquel insoportable mandatario y sin amenazas contra ésta, no se podía probar la ineptitud de la guardia personal del Emperador. No obstante, llegaron a pensar que su Emperador hubiera deseado un ataque por parte de peligrosos asaltantes con tal de poder cargar también contra ellos, pero gracias a Tot que no fue así.

Si resulto malparado en cambio el general Isham Senguir. Era él y nadie más quien había trazado el camino de regreso a Duartala. Si bien su idea inicial era la de realizar todo el trayecto de regreso por vía marítima como el de la ida, pero el mal carácter del Emperador le hizo trazar un improvisado recorrido por tierra. Faltaban provisiones y comodidades para su Majestad Imperial, pero lo cierto fue que poco más pudo hacer por él con los escasos medios a su alcance. No obstante, sabía que cuando llegaran a Palacio, aunque no se lo dijera le estaría agradecido por su paciencia y sus atenciones.

Así fue como al ver la blanca muralla que rodeaba su morada y los capiteles y la gran cúpula central, casi le saltaron las lágrimas a aquel Emperador y fue entonces cuando, en un acto que pocas veces se había repetido, les dio las gracias a todos los siervos y soldados que habían tenido que sufrirle y por su fuera poco mandó que doblaran su sueldo de los veinte días que tuvieron que pasar junto a él.

Tras pasar descansando en su cámara personal y casi sin hacer otra cosa que comer y dormir, durante dos noches y un día entero, el Emperador solicitó audiencia en la sala del trono con todos sus consejeros y generales y ocupadas las doce sillas de la mesa de alabastro solicitó información acerca del estado del proyecto  “Azote de los Cielos”.

- Verá su majestad… - Comezó diciendo Najid-ben Safiri con la voz ciertamente titubeante dado el conocido mal carácter del Emperador. - …la última vez que hablamos del proyecto fue en Lurbier. Usted me preguntó de camino a Puerto Añil, por las conclusiones que habíamos sacado de la reunión con el equipo de ingenieros de Bundrin Thak, el jefe de ingenieros de Ultar. - Hizo una pequeña pausa. – Mi respuesta entonces no fue de su agrado. Pocas eran los aportes que obtuvimos del programa liderado por Ultar.

- ¡Ves al grano Safiri! – Exclamó el Emperador hastiado con el rodeo que estaba dando para rememorar lo que ya sabía.

- Si, su Majestad Imperial. – Najid-ben hizo una leve reverencia antes de continuar. – Usted dijo que ya eran cinco las naves que habíamos logrado ensamblar, yo le dije que siete y que posiblemente serían el doble a nuestro regreso. - Una sonrisa se esbozó bajo la barba gris del ingeniero. - ¡Pues verá su Majestad, son treinta y siete ya las que funcionan! Podrían ser cuarenta y cinco antes del final de la semana.

Aquella revelación, lejos de causar la reacción esperada en el Emperador  por Najid-Ben Safiri, pareció caer en saco roto. De hecho pareció hasta molestar al Emperador por alguna razón que se le escapaba a las entendederas del contrariado ingeniero.

- ¿Cuál es la razón de tal avance? – Preguntó Nabim Jaffir.

- ¿Cuál es la razón? – Safiri miró a los consejeros del Emperador y a los generales que allí se habían reunido. Todos se miraban con cierta incredulidad ante aquella pregunta, pues en vez de ser una noticia que hubiera levantado el ánimo del Emperador parecía haberle molestado. – No le entiendo, su Majestad. ¿No está contento con los números que le expongo?

- Lo que me inquieta no son los números, Safiri. Es evidente que me alegra tener más de una treintena de naves en vez de cerca de una docena. – Miró entonces por encima del hombro al ingeniero jefe. – Lo que me turba es la duda que me asalta, pues si en tu ausencia el proyecto ha funcionado de forma más rápida y eficaz que bajo tu supervisión… ¿Para qué demonios te pago a ti y no al verdadero culpable del alto rendimiento que nos atañe?

- El motivo es que varios ingenieros pensaron que si repartían el trabajo en diferentes campos, si creaban pequeños grupos encargados de crear las piezas necesarias, grupos especializados sólo en un componente concreto del proyecto, podrían sumando esfuerzos ensamblar las naves mucho más rápido y de forma más eficaz. – Dijo Hasim Ben-Arfet, uno de los consejeros que quedó en Duartala durante el viaje del Emperador a Ultar.

- Entiendo… - El Emperador se mesó la barba mientras pensaba. – Nombren a esas cabezas pensantes como el comité encargado de liderar el proyecto. Que redoblen esfuerzos y si es necesario buscar más trabajadores en el reino que se haga. – Nambin Jaffir se quedó pensando unos instantes. – Como hasta ahora que ninguno de los trabajadores salga del complejo hasta nueva orden y que no les falta de nada a sus familias hasta entonces.

- Como hasta ahora entonces. – Intervino Zhaib Nassir.

- Así es. – El Emperador miró entonces a Safiri y éste se temió lo peor. – En cuanto a ti… - Le señaló con el dedo. - …sigue trabajando en el proyecto. Aporta lo que puedas. Pero ya no estás al frente. Ponte a las órdenes del comité y ya pensaré en tu recompensa. No me falles Najid-Ben Safiri. No me vuelva a fallas o lo lamentarás.