La lluvia finalmente había cesado durante la madrugada, dejando sobre Villa Ámbar una fría mañana gris cubierta por neblina. El sonido constante del agua había sido reemplazado por el crujir de la madera húmeda y el lejano murmullo de los aldeanos comenzando sus labores. Desde las ventanas empañadas de la posada podía verse el barro fresco cubriendo las calles y el humo elevándose lentamente desde algunas chimeneas.
Tras una noche de descanso merecido, Tomás Rader descendió primero hacia el comedor de la posada. Aunque el sueño había aliviado parte del agotamiento del viaje, todavía cargaba en el rostro las huellas de los últimos días: ojeras marcadas, movimientos lentos y esa tensión silenciosa propia de quienes saben que aún están lejos de encontrarse a salvo. Caminó entre las mesas para elegir una, observando distraídamente las llamas de la chimenea mientras el aroma a pan caliente y caldo recién hecho llenaba la estancia.
Atendiendo el comedor se encontraba un anciano de espalda ligeramente encorvada y manos curtidas por el trabajo. Vestía ropa humilde: una sencilla camisa de lino remendada, un viejo chaleco marrón y un delantal gastado que alguna vez debió ser blanco. A pesar de ello, había algo reconfortante en él. Su expresión estaba acompañada por una sonrisa cálida y sincera, de esas que parecían habituales incluso en tiempos difíciles. Se movía lentamente entre las mesas sirviendo jarras de cerveza tibia y platos humeantes, saludando a cada huésped con la familiaridad tranquila de quien lleva toda una vida viendo viajeros llegar desde los caminos más peligrosos del reino.
- ¿Ya se despertó?, anoche le vi tan cansado que supuse dormiría como un tronco todo el día. Saludo el hombre al Vera Tomás.
Pronto se despertó, y aunque le habría gustado vaciar la vejiga y seguir durmiendo otro buen rato, sabía que no podía hacerlo, tenían mucha prisa. Así que se desperezó, se vistió y cogió sus cosas. Haciendo el ruido suficiente como para que el resto fueran saliendo de sus sueños. Antes de bajar, les aviso de que estaría abajo desayunando y de que no tardasen en unirse a el, pues tenían que continuar el camino.
Una vez abajo, vio que ya había bastante gente, así que se sentó en una mesa, y saludo al tabernero cuando se acercó.
-¡Buenos días! Si, cansado estaba, pero he podido dormir bien y ahora tras un poco de pan y algo de ese caldo que huele tan bien, tendré que ponerme de nuevo en marcha.-
Y esperó desayunando al resto, mientras escuchaba de que hablaban los que allí estaban desayunando.
Casi todo parecía normal, pero no, había algo que no iba bien. La gente se marchaba, pero no entraba nadie mas, y no podía ser por la hora. Y de pronto lo vio, había un individuo sentado en silencio que le dio que pensar. Podía tratarse de un espía, o de algún soldado mandado a aquel pueblo para vigilar que no fueran por allí, y avisar o atacarles si así lo hacián.
Cuando bajaron el resto, les indico con cuidado la posición de aquel hombre. Tenían que terminar de desayunar y ponerse en marcha, vigilando cuales eran los movimientos de aquel extraño.