Mary nació en el Hospital General de Pittsburgh. Su madre rompió aguas tres semanas antes de tiempo. Fue un milagro que hija y madre sobrevivieran. Al padre le valió para menospreciarla cuando Mary argumenta gran eficiencia en su defensa frente a aquel titán al que estaba obligada a llamar padre. "Precoz", la insultaba, y Mary se arrugaba como un boleto de apuestas sin premio, quedando arrinconada hasta ser barrida.
Mary también nació una terrible noche de tempestad, en Pensilvania, en un pequeño hotelucho. Esa Mary jamás alcanzó la edad adulta. Falleció a los pocos minutos. El padre de Mary se alegró. Jamás la quiso. La madre de Mary, pasados los años, parió cinco Marys en ocho años, hijas de tres hombres distintos. A saber cuál era de cuál. Las cinco se parecían, ninguna igual.
Hubo dos Mary idénticas, gemelas, en otro relato, en otra historia. En ella, Peter era toxicómano, saxofonista.
Nuestra Mary nació en primavera. El nueve de marzo; a diez o veinte minutos de las seis. Quiso ser abogada desde bien pequeña. Se atrevió a defender a Bob George, el matón de clase, cuando les atizó a los hermanos Frank y Fred Wesley porque le habían prendido fuego a un nido de hormigas que el propio Bob había cuidado con esmero. A Mary jamás le faltó desayuno; a Bob una compañera en las clases prácticas de biología. Bob se casó en secreto con Tonny Lamborda. Mary se ofreció como testigo. Pasados los años, Bob le consiguió el trabajo en Dakota. Mary no llegó a trabajar en aquel bufete; acababa de conocer a Peter.
El abuelo de Peter hablaba como el mendigo, solo que el abuelo de Peter no bebía; no que Mary o Peter supieran. De haberlo sabido Peter, se lo habría dicho. Peter y Mary no tenían secretos. No que supieran. En los quince años que llevaban juntos, jamás se habían pillado mintiendo.
—No quiero tu limosna —le gritó a Mary por encima de la tormenta cuando esta le ofreció el billete arrugado.
—Guárdate tus remordimientos para ti —remató con furia y despreocupación; poco le importaba el destino de aquella mala decisión, del reflejo de la misma.
Se quedó allí, de rodillas sobre el asfalto, escuchando al tiempo retroceder, a la tormenta llevarse su futuro, al hombre elegante tirar la llave de la jaula en la que ella misma se había encerrado, al mendigo reírse, como imagino se reiría el cancerloro del Conde de Monte Cristo.
12:00
Último autobús con salida a Búfalo.
Mary estaba en su asiento. El original. El autobús estaba lleno. La gente no cambiaba. Era la misma, una y otra vez. Una constante. El mundo, afuera, parecía descomponerse, desaparecer. En el interior del vehículo todo tenía una cálida solidez. Un bebé dormitando en brazos de su madre, una pareja de ancianos charlando en voz baja, un hombre de negocios con el sombrero echado sobre los ojos. Real. El mundo volvía a tener consistencia. Volvía a ser…mundano.
El motor ronroneó. Arrancó, se puso en marcha. El enorme rectángulo de planta atravesó la noche mientras la tormenta arrojaba sobre él toda la lluvia que le quedaba. Pero eso no le detuvo.
En la estación; cuatro almas varadas, un viajero desubicado y un hombre del que decían era el demonio. Sabrás mi nombre cuando vengas a buscarme. Un buen puñado de nombres, apodos y un solo significado. El Tentador, la Antigua Serpiente, Samael, Belial, Barnabas. El vagabundo contemplaba la escena, divertido, severo. Su cuerpo era ajeno al azote del viento. Como la estación, su sustancia parecía estar en medio de todos aquellos mundos que se separaban. Un eje sobre el que pivotar, una piedrecita molesta en el zapato.
Las mujeres corrieron. Él no hizo ademán de seguirlas.
—Solo vine aquí a mirar.
Pues el Príncipe de la Perfidia disfrutaba de males que él no había causado. Un artista observando otra gran obra.
Corrieron. Salvo una. Una no aceptó el billete. Orgullo, una rabieta. Quizás, en su fuero interno, no quisiera subir a ese autobús, quizás preferías leer relatos o historias de un hombre mayor, divagar, amar, desnudarse en mitad del asfalto y ser libre. Se quedó allí, sola. La estación la envolvió con brazos de hormigón y acero.
Las otras tres corrieron. Una lo tenía claro; bailar y cantar. La otra, romper con todo. Abogada. La tercera no tenía muy claro su rumbo, solo que no era aquel que se habían tratado de imponer. Las tres eran sólidas. Parpadeaban en consonancia con los mundos que las reclamaban. Volved a casa, decía la tempestad. Regresad, imploraba el trueno. El cielo volvía a dividirse. Nuevos mundos nacían, de esos que no estaban contemplados, como Minerva naciendo de la testa de Zeus.
El hombre no soltó a Mary. Perdido, asustado. No entendía. Se dejó llevar. El mundo parecía haberse vuelto loco. El clima, las hermanas. La lógica quedó atrás, junto a las doce en punto.
La noche se lo tragó todo. A dos de ellas las encontraron corrieron solas por la carretera de la zona industrial, otra se refugió en un motel cercano, una cuarta se mantuvo en el autobús con dirección a Búfalo. Y la última, la última se quedó en la estación.
Decisiones. La vida era una encrucijada. Mil y una posibilidades, mil y una bifurcaciones. Cuando tomaban una elección, uno de los caminos se desvanecía. Recorrías el siguiente. Nueva elección. Muerte y vida. ¿A dónde iban las decisiones que nunca eran elegidas? A otro plano, donde si habían sido elegidas. Todas esas vidas eran vividas. El mundo les daba la posibilidad de elegir, pero en muchas ocasiones las personas solo veían los railes de su existencia y se dejaban llevar. No hacer nada también una elección. El reloj corría siempre, en contra y atosigando.
Los mundos se habían abierto. Un ramillete de flores. Historias que nunca habían pasado, sucedieron, y otras que debían haber sucedido, quedaron secas y marchitas.
***
El policía era rudo, crudo en las palabras. Ya era la tercera vez que golpeaba al detenido. En la cabeza, con odio. El prisionero era grande como una montaña. Las cadenas y esposas eran como pulseras alrededor de sus enormes brazos. Estaba quieto como un niño grande. Gigantesco. Su peto vaquero estaba salpicado de sangre que no era suya. No le habían dejado lavarse.
—¡Escucha maldito negro! ¡Tengo dos testigos que te vieron cubierto de sangre mientras abrazabas a las hermanas asesinadas!
El hombre lloraba. Boqueaba como un pez fuera del agua. Estaba asustado. No entendía nada de lo que estaba sucediendo. En su simple mente, todo tenía sentido. Pero, él, no sabía…explicar…
—Intentaba…ayudarlas. Curarlas. Pero estas enormes manos…no sirvieron. No esta vez, señor. Estaban lejos de mi alcance, señor.
Lloraba. Su pena era tan grande como su tórax. Se llevó otro golpe. No se inmutó, como si fuera inmune. No lo era, dolía igual. Pero el corazón sangraba más. Podían golpearlo durante horas. Él no se quebraría. No físicamente.
—¡Confiesa de una vez! ¡Nadie en su sano juicio va a defenderte! ¡No hay un abogado en todo el condado que acepte un caso como este! ¡Hombre negro asesina a hermanas blancas adolescentes! ¡Esos serán los titulares de mañana! ¡Habla de una vez! Nadie va a venir a ayudarte.
La puerta se abrió. El eco de una tormenta.
—Por favor, apártese de mi cliente.
Tacones, clase, un perfume que llamaba la atención, que sugería, pero no mostraba.
—Vaya, ¿Y usted quién es?
—Señorita Coggins, abogada.
Ignoró al policía, bordeó la mesa. Lo primero que hizo fue sacar su pañuelo y limpiarle el sudor de la frente al hombre negro. Él la miró igual que si hubiera visto un ángel.
—Tengo derecho a estar a solas con mi cliente. Ahora, si me disculpan —su mirada exigía, su presencia imponía —. Y traigan un poco de agua, no creo que hayan tenido la deferencia de darle de beber.
Algo en su voz sonaba a látigo y a espada, a balanza bien equilibrada. Sonaba a justicia. Los policías la dejaron con su cliente, no sin antes dejar sobre la mesa una botella de agua y dos vasos. Ella sirvió un poco y se lo dio de beber. Cuando el hombre estuvo calmado y menos sediento, ella le sonrió.
—Cuéntamelo todo, señor Coffey. Me encargaré de preparar su defensa.
***
Romanoff’s, fiesta de los viernes. La Twenty Century Fox organizaba. Glamour, alcohol con nombre propio, cócteles con nombres que mezclaban materiales de la tabla química con nombres de ciudad; Plutonio Malibú, New York Tungsteno, Mercurio Barcelona. La invitada especial era Sophia. Una belleza. El centro de atención. Protagonista, estrella. Los hombres la deseaban, las mujeres la enviaban. Salvo una rubia.
La mujer, escotada hasta el infinito, avanzó con paso decidido. Cada taconeo sonaba como la campanada de una iglesia. Había algo de divino en su contoneo. Robaba la atención, como el diablo. Las miradas de los hombres, los cuchicheos de ellas. Sophia no podía creerlo. Aquella era su noche. No quería una moscona novata robándole la escena. No de esa manera tan soez. ¿Alguien había visto ese escote? ¿Cómo no verlo? La rubia se sentó a su lado. Sophia la miró, aterrada y admirada de que la tela no se descompusiera y no dejara escapar toda esa voluptuosidad.
El flash de una cámara. Supo que la habían cazado. Mirando. A la mañana siguiente su foto estaría en todas las revistas. La tildarían de envidiosa. Era lo de menos. Le habían robado su momento. Deseó que no fuera así. Deseó que las cosas hubieran salido de otra manera.
El escenario se abrió en la sala de variedades. Una joven artista había sido invitada. Empezó a cantar. A moverse. No era la mejor voz que habían escuchado nunca. No era el mejor baile que habían contemplado. Aquellos eran los gigantes del cine y del espectáculo. Todos coincidieron en que esa joven artista tenía algo más allá de la técnica. Tenía pasión. Cada paso, cada sílaba, estaba lleno de vida, de energía. Era una explosión. Amaba lo que hacía.
Llevaba las medias rojas, como sello de identidad. Cantaba como los ángeles, danzaba como los diablos. Atrajo la atención de los periodistas. Sensación, una nueva estrella naciendo. Al día siguiente Sophia no encontró la maldita foto en las revistas. Todas hablaban de la joven estrella que había cautivado a todos. A Sophia le pareció bien. Una tal Mary Coggins se había ganado el favor de todos. Se lo merecía.
***
Cleveland era una ciudad con héroes; bomberos, policías, médicos. Pero…sin nadie más allá de lo heroico. El mundo reflejaba lo oscuro de su rostro en la literatura. Si los ídolos eran de carne y hueso, ¿Dónde se encontraba el estímulo? ¿Cómo ir más allá? La letra era oscura, no había colores. No en Cleveland. O en el mundo de ese Cleveland.
Jerry ya era viejo. Joe le iba a la zaga. Uno vendía seguros, el otro trabajaba en una gasolinera. No era una mala vida, pero estos dos amigos tenían la sensación de que estaban destinados a hacer algo más grande. Inspiración, aliento. Algo más allá del entretenimiento. El mundo necesitaba un poco de magia. Uno dibujaba por las noches, al otro le gustaban los guiones. En 1938 habían creado una historia. No era un libro. Era algo diferente. Les habían rechazado tantas veces como estrellas había en el firmamento. Se rindieron, guardaron la obra en un cajón.
Joe estaba en el surtidor.
—¿Cuánto, Jerry?
—No he venido ha eso, amigo. Escucha…
—Oh, no, ya estamos otra vez. No volveremos a intentarlo.
—Pero, escucha, ésta es diferente. Dicen que tiene buen ojo. Ella sabrá ver…
—No hay nada que ver, Jerry. Hemos pasado por cientos de entrevistas; editores, revistas, periódicos. A nadie le interesa lo que hicimos. Hay que rendirse. Ya somos viejos para esto.
El motor estaba en marcha. Como Jerry, siempre a tope con los cilindros.
—Dicen que es una mujer excepcional. Que tiene buen ojo para ver lo que nadie puede ver. Quizás ella sepa, Joe. Quizás ella llegue a creer en nuestra obra.
Joe miró el suelo, luego el reflejo deforme en la superficie cromada del surtidor. Sus ojos no estaban grises. No del todo.
—Jerry, nunca te vas a rendir, ¿Verdad?
El otro sonrió, Joe subió al coche. Se tomó un descanso.
La pequeña oficina era modesta, pero tenía buen gusto. Solo había una mesa, tres sillas y una estantería. El resto era decoración. El suelo, como rareza, tenía moqueta. A la editora le gustaba caminar descalza.
Jerry y Joe se sentaron. No hablaron mucho. Pensaban que su obra hablaría por ellos. Se sentían como niños, ansiosos, expectantes, como si estuvieran a punto de perder el último autobús. Mary Coggins cogió la obra. No era un libro, pero estaba hecho en papel. Tenía colores. Vivos. Había un hombre en la portada que sujetaba sobre sus musculados brazos un vehículo. A la editora no le hizo falta saber que había encontrado oro impreso.
—Tiene posibilidades, señores. Muchas posibilidades —dijo, sonriendo.
***
Le dieron el trabajo. Secretaria. No ascendió. Peter la estaba esperando cuando la despidieron, seis meses después. Su madre la reprendió. Su padre, con los pulgares metidos en el cinturón, se limitó a asentir, como si hubiera sabido desde un principio el final de esa aventura. Tuvo que volver a casa. Peter mejoró un poco. La dejó libertad. Ella se la ganó. Estudiaba por las noches, se ocupaba de la casa por el día. Buena novia, mejor esposa. Trabajó en una tienda de alimentación, en una cafetería. Cuando vio una vacante de vendedora de billetes en la estación 49 pasó de largo.
Peter la quería. Era un buen hombre. Eso tenía que valer de algo. Su madre decía que no. Mary empezó a pensar en formar una familia. Se casó, modesta. El taller de Peter iba bien, aunque pasaba demasiado tiempo allí.
A veces, Mary se detenía delante de un espejo, de un reflejo, y parecía ver algo que nadie más podía. Otra yo, cantando, apelando, seleccionando. Parpadeaba, y la imagen se difuminaba. Siguió adelante con su vida.
Tuvo tres hijas, un televisor a color y una máquina lavaplatos. Su vida fue sencilla, humilde, pero llena de amor. Fue sufragista. Su madre seguía reprendiéndola. Podía ofrecerle mucho más al mundo. Su mundo estaba en casa; Erika, Hannah, Beth. Se sentaba con ellas a estudiar. Jamás las presionó. Podían ser lo que quisieran.
Se iba haciendo mayor. Peter tenía achaques. Ella era feliz cuando sus hijas volvían a casa. Astrofísica, florista, surfista. Estaba orgullosas de las tres porque las veía felices.
A veces, la mejor elección, era mantenerse dentro del carril y seguir hacia delante. Toda su alegría estaba en casa.
***
Las nueve. Las diez. El reloj volvía a cantar la misma canción. Mary estaba atrapada. La tosca señora de la limpieza, el vendedor de billetes de piel fina. Su maleta, en la consigna. Esperaba afuera. Había empezado a fumar. Llevaba calderilla en el bolsillo. El dinero siempre volvía, el billete siempre desaparecía. Le daba unas monedas al mendigo. Siempre era mejor darle que no darle. Todas las veces. Había agotado a los demás personajes, le quedaba el joven del paraguas. Él le daba más juego. A veces se acostaban, otras discutían. Nada de lo que hiciera allí iba a cambiar su destino, Mary era parte de la tormenta.
Esperó. El hombre apareció, le tendió su paraguas. Ella le dijo que se pusiera a su lado. Quería sentir su calor, su aroma a tabaco barato y a colonia hiriente. Charlaron. Nuevas y viejas palabras. El hombre siempre le sorprendía, no como los demás. El vagabundo se acercaba, pedía dinero. Él nunca le daba. Eso le enfurecía. Ella lo notaba. No pasaba nada.
A veces iban a su motel, o a un callejón. Había besos furtivos, promesas. Llegaban las doce. Mary volvía a la casilla de salida. Repetía el juego. Una y otra vez. Iba dentro. Se veía morir. A veces la mataban a ella. A veces, ella era la asesina. Buscaba su reflejo, aquí y allá. Nunca lo encontraba. Se lo habían robado. No, lo había perdido.
En la tormenta.
Miraba la tempestad. Se abría, nacía. Ella volvía a la vida, a la estación 49. Su hogar; la noche y el trueno.
***
Era una sala fuera del tiempo. ¿En que momento había decidido acercarse a la tormenta? Abajo, en el infierno, las cosas eran aburridas. La tortura perdía su significado después de los primeros milenios. Era un diablo joven. Un mentiroso. Enganchado al alcohol de los humanos. Le gustaba hacerse llamar Belcebú, Belial, el Señor de las Moscas, el Príncipe Negro. Sabía que, allí donde estaba, ni el mismísimo rey del infierno podría alcanzarle.
La tormenta era un punto nodo. Los mundos chocaban y estallaban. Todo era posible. Era la primera singularidad. Había querido pervertir más de un mundo. Era el lugar ideal. No contaba con la segunda singularidad. El tiempo había quedado atrapado. Pasaba y, como un reloj que alguien atrasara, regresaba al punto de partida. Algunos mundos escapaban a esa esfera. Él sabía que no lo lograría, era uno de los ejes sobre lo que todo lo demás pivotaba.
Nunca se iría.
No podía dejar de beber. No podía dejar de recolectar esas monedas sueltas, era su única pasión. Lo único que le mantenía cuerdo. Calderilla. Sacó las monedas de la última incursión del bolsillo de su gabardina. Siete. No estaba mal, mejor que la última vez. Con cuidado, las colocó en una de las torres de monedas que tenía delante de él.
Hasta donde le llegaba la vista, podían verse esos obeliscos en eterno equilibrio. La última vez que contó las monedas tenía más de un millón.
Nunca terminaría. Nunca, nunca. Necesitaba un trago.
***
Mary Coggins, veinticinco años. Una mujer normal a punto de tomar una decisión que podía ser crucial…
…o no.
Descubrió que el mundo no era una prisión, que ella misma lo era. El destino siempre había estado en sus manos, el valor para tomarlo, nunca. Le costó aprenderlo. Un poco de miedo, locura y algo de dinero suelto. Mary Coggins abandonó la estación para encontrar su lugar en el mundo, pero una parte de ella siempre se quedaría allí, en la estación 49. Atrapada en la Zona Crepuscular.