Miranda iba la última, miró a la gente y cuando estuvo segura de que Maggie no estaba pegó una patada en la arena.
—!Joder! ¡Joder!
Oh, Maggie, perdóname.
Miró al suelo y luego a la selva. Se dio cuenta de que Mk tampoco había encontrado a Belle. Se acercó a él con la intención de darle un abrazo muy fuerte, pero lo vio caminar decidido, apartarse. Habría querido decirle algo pero se había quedado sin palabras y eso era muy raro en ella. ¿Qué le iba a decir al chico, que lo sentía, enfatizando así el hecho de que pensaba que la chica debía estar muerta? ¿O que no perdiera la esperanza, cuando ella ya la había perdido? Mejor callarse, bastante tenía con contener el llanto.
Caminó hacia Sawyer y le dijo lo primero que le vino a la cabeza.
—Tío, si encuentras un mando a distancia para dinosaurios mecánicos, me lo dices.
Entonces reparó en la llamada de Andreas. Ella había vivido sus más y sus menos con el movimiento asambleario, pero no había más remedio que organizarse.
La modelo se había mantenido cerca de Fred, con Fay orbitando alrededor como una luna extraña y peligrosa, pero adorable. Aun así, Astrid no había dejado de mostrarse amable, suave incluso con aquella criatura que la provocaba con cada palabra. Había aprendido que a veces la dureza no rompía las murallas, sino la delicadeza. Y en parte… quizás podría tenerle cariño a Fay, aunque jamás lo admitiría en voz alta.
Cuando el rugido se había desvanecido en la selva, Astrid había tragado saliva con fuerza, sin dejar de mirar la línea oscura donde la arena se perdía entre raíces y sombras. Tenía el corazón en un puño. Fred era un pilar de calma, Fay un torrente impredecible, y ella… se debatía entre el impulso de huir o de adentrarse más, por pura necedad.
Pero entonces el murmullo cambió. Las ramas crujieron, y no de un modo monstruoso, sino más… humano. Sus ojos se agrandaron, las pupilas buscando entre la penumbra. El silencio colectivo se tensó, y hasta el perro, Vincent, pareció aguardar conteniendo el aliento. Cuando emergieron las figuras, Astrid respiró con violencia, como si hubiera estado conteniéndolo demasiado tiempo. Su cuerpo se relajó un poco al ver que no eran criaturas imposibles, sino personas. Supervivientes. Al menos eso parecía.
Y fue entonces cuando lo vio.
Entre las figuras que rompían la selva, cubiertas de hojas y sudor, estaba él. Iker. El corazón le dio un vuelco tan fuerte que casi sintió vértigo. Sus ojos se clavaron en él, sin parpadear. Todo su cuerpo pareció volverse liviano, casi frágil, como si una ráfaga de viento pudiera derribarla. Sus labios se entreabrieron, pero no salió ningún sonido. Una marea de recuerdos, imágenes y palabras que habían quedado atrapadas en algún lugar profundo volvieron a la superficie con la fuerza de un latigazo. Iker, quién la había salvado varios años atrás. Allí, después del avión. Después del caos.
Astrid se llevó una mano a la boca, temblorosa, sin saber si quería correr hacia él o si sus piernas siquiera podrían sostenerla. Luego la bajó lentamente la mano, sus ojos todavía fijos en él como si temiera que fuera a desvanecerse si parpadeaba.
Se acercó hacia donde estaba el rubio.
—¿Eres tú?— susurró muy bajo, impactada—. ¿Cómo puede ser?
Y entonces se quedó allí. Como si necesitara asegurarse de que no era un fantasma tejido por el miedo y la soledad. Escuchó a Andreas, no hay inconveniente con la reunión. Le parecía bien.
Outfit vestido roto y con sangre. La frente, tiene ella con un golpe y algo roja por la sangre que derramó.
Iker regresó con el pequeño grupo hacia la playa, aún con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera liberarse de su jaula. Lo que fuera que acababan de presenciar no tenía nombre, pero había dejado su marca. La noche, primera de muchas, comenzaba a trazar su sombra sobre la arena, envolviéndolo todo en una calma inquietante. Pronto sería difícil moverse sin tropezar con el miedo de los demás.
Cuando cruzaron la línea de palmeras, algunas caras se tensaron al verlos aparecer. Iker notó el miedo en sus ojos, tan palpable como el sudor en su frente. Instintivamente bajó la mirada y asintió, una disculpa muda y sincera, como si pudiera borrar lo vivido.
Antes de que pudiera pronunciar palabra, una mano firme cayó sobre su hombro. Era el grandullón. Su voz le decía que podía descansar ya.
Iker asintió con un leve gesto y murmuró, en español, más por reflejo que por intención:
—Vale... si necesitas algo, dímelo. Además —añadió, con un leve movimiento de cabeza hacia un punto cercano—, creo que Andreas quiere hablar.
Lo dijo sin pensar demasiado. En realidad, su cuerpo pedía desplomarse. Estaba molido, como si lo hubiesen golpeado con palos tras una maratón, pero la adrenalina todavía corría por sus venas, impidiéndole entregarse del todo al agotamiento.
Y entonces la vio.
Astrid.
Se acercaba entre las sombras. El mundo pareció ralentizarse un instante. La reconoció antes de que ella dijera nada. Y lo peor —o lo mejor— fue que ella también lo reconoció a él.
Iker desvió la mirada por reflejo, como un niño que teme haber sido sorprendido en falta. Notó el calor subiéndole al rostro. Carraspeó. Trató de recomponerse.
—Me alegra ver que... estás bien.
Dijo finalmente, y aunque la voz no le tembló, algo en sus ojos lo traicionó.
La pregunta no tardó en dispararse dentro de su cabeza: ¿Qué hacía ella aquí? ¿Era esto una burla más del destino? ¿O el universo le estaba ofreciendo algo parecido a una segunda oportunidad?
—Estaba... bueno... esto... negocios —balbuceó, sin poder evitarlo; después se encogió de hombros y la miró, como si eso pudiera explicar algo; su voz sonó más pequeña de lo que hubiera querido—. ¿Y tú?
Respira, Iker, se dijo a sí mismo. Respira. Y lo hizo. Una vez. Otra. Poco a poco, como si caminara sobre cristales, fue recuperando el control.
Pero ella seguía allí.
Y el pasado, por más que lo hubiera intentado, no se había quedado atrás.
Después de desaconsejar a la valiente pero imprudente mujer de los ojos azules increíbles el que fuera a explorar a la selva en mitad de la noche, sin luz, cuando un sonido terrorífico y poco natural la había invadido momentos antes, Erin se aproximó de nuevo a la hoguera para comprobar que Gabriel aún seguía dormido, a pesar del monstruo mecánico. Pero la tranquilidad duró poco, y algo comenzó a surgir entre los árboles.
Aterrorizada, Erin trató de levantar a Gabriel para cogerlo entre los brazos y salir huyendo, pero un dolor punzante que le venía de las costillas la hizo caer de rodillas al suelo, resollando. Tanto manoseo despertó al niño, quien, tras parpadear, vio que aquello salido de la selva que tanto había agitado a su cuidadora, no era otro que su padre y los demás expedicionarios, y, sin pensarlo dos veces, corrió hacia él.
-De nada... -jadeó Erin, frotándose el costado, y renunciando a ponerse de pie en un futuro cercano.
Las palabras del papaíto, sin embargo, no fueron nada tranquilizadoras.
-¿"Esa cosa"? ¿La habéis visto? ¿Qué era? ¿Una especie de... helicóptero de rescate averiado? -Las esperanzas de Erin no habían menguado con las horas.
Gabriel se había despertado, corrió hacia Andreas y le abrazó. Él pasó el brazo sobre los hombros de su hijo y lo estrechó cariñosamente mientras respiraba con alivio. Desde un poco más allá alguien le preguntaba algo. Era Rose; la chica estaba sobre la arena caída de rodillas.
—¿Cómo está Rose? ¿La habéis cuidado? —preguntó al niño. Junto a él, Andreas se acercó hasta la chica para tenderle una mano y ayudarla a incorporarse. Habló para ella y quién pudiera escuchar alrededor.
—No hemos podido verlo, pero no era ningún helicóptero de rescate —lamentó con la mirada cargada de preocupación, incluso espanto—. Arrancaba algunos árboles y otros se mecían como si hubiera un huracán.
Sin soltar la mano de la muchacha* la observó con seriedad de arriba a abajo.
—¿Cómo estás? ¿Le han echado un ojo a tu herida?
*Si ella le ha tomado la mano. Si no es así, dímelo y lo corrijo.
Erin aceptó la mano de Andreas, y se apoyó en él para ponerse en pie, esbozando un gesto de dolor, que se agravó al conocer las desoladoras noticias de que aquel ruido infernal no se correspondía con ningún equipo de rescate.
-A lo mejor están deforestando la selva, y los obreros nos encuentran mañana... -insistió, resistiéndose a perder el optimismo, aunque hasta ella sabía que era bastante improbable que se estuvieran llevando a cabo trabajos de deforestación en mitad de la noche, y de que los susodichos obreros no hubiesen visto la humareda generada por el accidente.-
—¿Cómo estás? ¿Le han echado un ojo a tu herida?
-Oh, no es... -la chica se frotó donde le dolía-. No es técnicamente una herida. No hay sangre ni nada. Creo que me golpeé al caer. ¿Vosotros habéis encontrado algo? ¿En la selva?
De pronto, James dejó de responder. En un primer instante se asustó, pensando que le había pasado algo, pero al revisar que seguía respirando se encontró con que lo hacía con normalidad. Aún entonces, como ni eso la dejaba tranquila del todo, apoyó la cabeza sobre su pecho para escuchar sus latidos. Permaneció ahí largos minutos, asegurándose de que no disminuyeran ni se debilitaran, y cuando se dio por conforme en que solo se había quedado dormido le dio un muy suave besito en los labios y otro en la frente antes de salir de la tienda para dejarlo descansar.
Un poco más tarde, Sophia salió de la improvisada tienda de enfermería y se sacudió la arena del pelo del abrigo. El rescate estaba tardando más de lo esperable, y estaba lo suficientemente ansiosa por el estado de James y la falta de hospitales como para no poder quedarse quieta durante demasiado tiempo.
Echó un vistazo alrededor. Todos se veían bien y enteros, a pesar del ruido monstruoso que se había escuchado hacía un rato. Con esa tranquilidad en mente y la libertad de abarcar otros temas estuvo tentada de acercarse a la mujer de ojos azules que había llegado con su esposo, pero esta parecía estar teniendo un momento especial con el rubio majo de antes, así que lo descartó por el momento.
Prestó oído a la conversación sobre la máquina aquella, aunque no corrió a ofrecerse para ir a ver de qué se trataba. Ya parecía haber suficiente gente pendiente de eso como para lanzarse de voluntaria. En su lugar, se acercó a la rubia de los tatuajes con la que hablaba cuando James había llegado.
—¿Todo bien? ¿Hace falta echar una mano con algo?
Ella se había quedado un instante inmóvil, como si sus pies se hubieran clavado en la arena. El fuego iluminaba apenas su rostro, recortando la tensión de su mandíbula y el parpadeo nervioso de sus pestañas. Cuando finalmente logró moverse, fue como si despertara de un trance. Dio un par de pasos vacilantes hasta Iker, su vestido roto y ensangrentado arrastrándose contra sus piernas.
Sus ojos azules lo recorrieron, con un asombro casi incrédulo. Había tantas cosas que decirle que ninguna encontraba el camino correcto hasta sus labios. Al final, solo esbozó una sonrisa tenue, frágil, como si temiera que un suspiro pudiera quebrarla.
—Iker… —susurró con un hilo de voz que se perdió entre el murmullo del mar —. Yo… también me alegro de verte.
Cuando Iker murmuró aquello de los “negocios”, Astrid bajó un momento la mirada, conteniendo una sonrisa rota. Levantó el rostro de nuevo, y sus ojos brillaron un instante con algo parecido a ternura, a pesar del contexto.
—El destino es curioso, ¿no? Nos hace encontrarnos aquí… en este lugar… —no terminó la frase.
Entonces algo a su izquierda la distrajo. Movió la cabeza y sus ojos captaron la silueta de la esposa de James acercándose por la playa, su rostro marcado por el desvelo y el miedo, su atención fija en el hombre inconsciente. Astrid la miró un segundo, apenas un suspiro, un atisbo de humanidad triste que la atravesó como un aguijón. Bajó la vista, dándose cuenta de la sangre seca sobre su propio vestido, delatando su implicación con James, aunque fuese puramente humana y solidaria.
Pero no permitió que aquello la retuviera. Volvió a Iker. Dio un paso más cerca, lo suficiente para que pudiera sentir el calor tembloroso de su cuerpo.
—Esto es un verdadero problema, ¿has podido ver algo? ¿Escuchamos ruidos? —hizo una pausa, inspiró hondo, y su voz se suavizó—. Me alegro de haberte encontrado, pese a todo.
Lo miró con intensidad, como si quisiera grabarse bien su rostro, las líneas fatigadas, el polvo de la selva en su ropa. Un instante después, sin pedir permiso, levantó una mano temblorosa y se la posó suavemente en el antebrazo, un gesto pequeño pero cargado de toda la nostalgia y el alivio del mundo.
Y allí se quedó, con el rumor del océano envolviéndolos, la selva amenazante a sus espaldas y un pasado que no les soltaba la garganta. Alrededor conversaban, ella tenía sed y ganas de sentarse. Así que buscó un sitio y lo hizo, esperando que Iker la acompañe. Al menos para ponerla al día con la situación reinante, Fred estaba muy callado y le preocupaba.
MK se había retirado un tanto abatido hacia la orilla de la playa. El hombre se puso a meditar y rezar interiormente, cuando fue sorprendido inesperadamente por una "cagarruta" de pájaro sobre su cabeza. Notó algo líquido en su cuero cabelludo y al pasarse la mano por esa zona empezó a reírse él solo. En algunas culturas que una paloma te hiciese caca encima era simbolo de buena suerte o incluso una señal de Dios. Pero en este caso MK no sabía qué tipo de pájaro había defecado sobre él. Aún así lo único que importaba era la risa del hombre y la sonrisa grande que esbozó en ese momento. Algo tan simple había conseguido que se liberase de sus pesares durante un minuto.
Aquello de la deforestación de la selva que propuso Rose lo tomó por sorpresa y se le notó en la cara. Andreas miraba a la chica planteándose hasta qué punto quería creer algo así. En todo caso tampoco él tenía ni idea de qué era realmente aquella cosa ni siquiera estaba seguro de si era algo natural o artificial, así que prefirió no decir nada sobre la conjetura (o más bien autoengaño) que planteaba la muchacha. Respecto al golpe que no consideraba «técnicamente» una herida, se vio en la necesidad de insistir; era evidente que le dolía cuando se movía, y que no era poco.
—Podrías haberte roto una costilla o algo así. Deja que te lo mire el médico por favor, o te llevo yo —«amenazó» en tono sereno aunque firme.
Rose quería saber qué habían encontrado en la selva. De eso tenían que hablar.
—La selva, sí... —murmuró mirando alrededor. Quería comprobar cuántos podrían oírle desde allí. Makenson se había alejado hasta la orilla, pero él conocía lo que estaba por decir. Entendía que necesitara calma y buscara soledad.
El alemán alzó la voz.
—¡Escuchad, por favor! Es solo un momento, pero es importante —dijo hacia todos mientras esperaba a captar la atención de algunos antes de continuar—. Hemos encontrado un cadáver en la selva, alguien que murió hace ya bastante tiempo. Pendía de un árbol colgado de una cuerda porque había caído en algún tipo de trampa. También le habían disparado. La cuestión es que podría haber gente en la isla o podría ser que no, que fuera un lugar de paso, alguna antigua ruta de comercio o contrabando y que ahora no haya nadie pero, por precaución, en previsión de que pueda haber más trampas abandonadas, y por mera seguridad, sería mejor que nadie camine o se aleje solo, y que en caso de entrar en la selva, llevemos algún tipo de herramienta para poder cortar una cuerda en un momento dado. Miranda dice que podemos llevar trozos del fuselaje para usarlos a modo de cuchillo —comentó señalando a la mujer.
—Respecto a ese... ruido —añadió con un suspiro de contrariedad y preocupación—, lo siento, no hemos podido ver lo que era.
- No quiere-
Me acerqué hasta ponerme al lado de Andreas, que estaba preocupado por el estado de Erin. La muy boba.
- Fayette intentó ayudarla, pero es tozuda como una mula.- Mi mirada se afiló para mirar a Erin como quien miera una pieza de carne en el escaparate de la carnicería. - Seguro tiene una costilla rota. Yo podría curarte. Soy... - me incliné sobré Erin para mirarla más de cerca mientras sonreía.- ... Psicóloga. - Dicho así tampoco es que nadie estuviera tan mal de la cabeza ahora mismo como para ponerla en su sitio, ¿no? No... literalmente, claro. Parea eso están los traumatólogos o los de la funeraria.
- Seh, lo mío son las pastillas. Pero se me da muy bien...- acentué el muy- ... la anatomía humana. Y los pájaros. Pero a no ser que seas una golondrina...- me acuclillé frente a la muchacha que aún tenía a Gabriel cerca de ella.- ... no tendré que abrirte.
Deje escapar una leve risa, ahogada.
- Muéstramelo, cielito.- Dije como una orden. - Porque la próxima vez puede que ese cosa-metálico-mueve-árboles te persiga y no podrás correr. El lastre, siempre se queda atrás, ¿sabes? ¿Quieres ser un lastre?-
Habían llegado los demás a donde estábamos y el ruido, el monstruoso ruido, los hizo a todos estar alerta. Astrid parecía conocer a más gente. Podría ser una de esas personas demasiado cariñosas con la gente. Dulce, dulce muñeca. Sería del agrado de Fay. Estaría bien dejarme querer también por ella, pero no ahora. No... ahora, no. Por cierto... bonitos ojos azules. Perfectos para tenerlos en un tarro sobre el escritorio.
Y Andreas expuso el añadido complicado de estar allí. Un cadáver fruto de los narcos. Eso último me lo había inventado, pero valía para la ocasión.
- Por cierto- desvié la mirada hacia el negro que estaba más lejos - Si necesitáis un buen traductor Fayette sabe francés.
Iker la observó de arriba abajo, con una mirada que decía más de lo que sus labios estaban dispuestos a confesar. Los pensamientos, los miedos y una punzada de algo más —tal vez ternura, tal vez dolor— se agolpaban bajo sus costillas como olas contra una roca resquebrajada. Tragó saliva. Una media sonrisa le cruzó el rostro, frágil como un suspiro entre árboles rotos.
—Sí, bueno... hemos sobrevivido los dos. Somos duros —dijo, con una calma fingida—. Quizá más cuando estamos juntos.
Intentó que sonara a esperanza. O al menos a algo parecido. La sangre en su vestido le llamó la atención, pero la obvió; el caos del accidente aún colgaba en el aire como el olor del queroseno. Lo importante era que seguían vivos. Aunque algo en ella temblaba. Y él lo notó. Sintió el impulso de tocarla, de aferrarse a lo tangible, pero lo contuvo. Fue Andreas quien rompió el silencio.
—Es como dice Andreas...
El eco de sus palabras se perdió entre la espesura de la selva y el crujido distante de ramas al quebrarse. Iker alzó la vista hacia el cielo, donde la noche comenzaba a cerrar el puño sobre ellos.
—Ahora podemos ayudarnos —añadió—. No sabemos cuántas horas de oscuridad tendremos para descansar.
Sin decir más, caminó junto a ella, dejando atrás a los demás con una leve inclinación de cabeza. Un gesto silencioso de despedida, o tal vez de fe. Al llegar a su lado, bajó la mirada. Se pasó la mano por el brazo, sintiendo aún el calor que ella había dejado al rozarle segundos antes. Sin pensarlo demasiado, le rodeó los hombros con un brazo. Fue un acto reflejo, un refugio improvisado.
El contacto con su cuerpo, incluso a través de la tela, era como una promesa no dicha. El calor humano en medio del desastre. Y entonces, con la voz quebrada por la emoción contenida, susurró apenas audible:
—No estás sola.
Y algo más que no se escuchó. Algo breve.
Se inclinó apenas, la boca cerca de su oído. Su voz fue un susurro que el resto no pudo oír:
—Elige bien en quién confías. No duermas sola, ¿sí?
Y luego nada. Solo el murmullo de la selva, y el silencio cargado de lo que no se dijo.
Andreas no sabía qué había pasado durante su ausencia, pero el comportamiento de Fayette lo dejó muy sorprendido. La mirada de la francesa se había vuelto voraz. Se inclinaba sobre Rose sin el menor respeto por su espacio personal y le decía cosas desagradables en tono desafiante. La impresión que transmitió a Andreas es que pretendía intimidarla o provocarla, no entendía con qué propósito, si es que había uno racional y no simplemente el dejarse llevar por algún capricho oscuro o el deseo de amedrentar a alguien que parecía tan amable e inofensivo.
Andreas se quedó atento, observándola con seriedad y extrañeza. Incluso hablaba de sí misma en tercera persona. Si era su manera de sobrellevar el estrés por el accidente o los nervios por un rescate que no llegaba, no la disculpaba, porque comprender algo no es lo mismo que aprobarlo; si era alguna muestra de humor le pareció uno muy negro.
Ante la presión que Fayette ejercía sobre Rose, pensó que si insistía él mismo de nuevo para que la viera un médico podría resultar contraproducente. Por eso pensó en usar la mejor arma de que disponía y la que podía lograr un efecto contrario: Gabriel.
Andreas se inclinó hacia su hijo y le habló con tono sereno:
—Cariño, coge a Rose de la mano y vamos a llevarla a que la vea el médico, tal vez a ti te hará caso. Le duele mucho, pero a lo mejor tiene miedo o vergüenza de ir sola o no quiere molestar.
Edito: Andreas le habla a Gabriel en inglés.
Fred se mantuvo todo el rato en segundo plano, pero cerca de las personas más débiles y vulnerables. Volvió a sentarse en la hoguera al ver que Astrid había encontrado un conocido. Eso la haría sentir mejor.
Comió unos pocos cacahuetes, una comida pobre en cantidad pero nutritiva.
— No hay mucha comida ni bebida, mañana será un día duro. Rezaré para que lleguen los refuerzos pronto.
Puso una manta tapando a los supervivientes que se hubiesen dormido a la intemperie. La noche en aquellas latitudes debían ser frías.
— Será mejor que tratemos de descansar todos. Yo me quedaré haciendo guardia por si acaso, si algo extraño sale de la selva daré la voz de alarma. Tratad de dormir, todo irá mejor mañana.
Se quedó quieta cuando sintió el brazo de Iker rodearle los hombros. Al principio fue como si su cuerpo no supiera cómo reaccionar; estaba rígida, temblorosa, con los músculos tensos bajo la piel magullada y fría. Pero el calor de él, tan cercano, tan real, fue ablandando ese muro invisible. Poco a poco su respiración se acompasó con la suya, dejando escapar el aire en un suspiro casi roto.
Cuando Iker se inclinó hacia ella y su voz rasgó el silencio para depositarle un secreto en el oído, Astrid cerró los ojos. Las palabras se deslizaron por su cuello como un escalofrío. Elige bien en quién confías. No duermas sola. Sintió un latido extraño en el pecho, algo que no era miedo ni alivio, sino una amalgama confusa de ambas cosas.
Al abrir los ojos, buscó su mirada. Durante un instante, lo único que existió fueron los ojos claros de Iker, cargados de sombras que conocía demasiado bien. Asintió despacio, sin decir nada, como quien firma un pacto silencioso. Luego, sin pensarlo, se inclinó hacia él. No para besarlo, no todavía, sino para apoyar la frente un segundo contra su hombro, dejando que el contacto hablara por ella.
Cuando se separó, Astrid llevó una mano a su propio brazo, allí donde antes él la había sostenido, como si intentara conservar algo de ese calor. Luego miró a su alrededor. La playa estaba convertida en un improvisado campamento de supervivencia, con cuerpos que dormitaban al abrigo incierto del fuego, y rostros marcados por el desconcierto y el miedo.
—No estoy sola —dijo finalmente, con un hilo de voz apenas audible, como si se respondiera a sí misma, pero con la certeza alimentada por la mano que segundos antes la había rodeado— dijo—. Estás tú.
Entonces respiró hondo. Se irguió un poco más, peinándose el cabello con los dedos en un gesto casi automático, intentando recomponerse. Miró hacia el límite de la selva, donde la oscuridad era tan densa que parecía una boca abierta. El ruido monstruoso que había sacudido los árboles no se repetía, pero el recuerdo bastaba para mantener el corazón alerta.
—Podemos buscar un sitio donde dormir juntos… al menos hasta que se haga un poco más claro —propuso, con la voz aún suave pero ahora un tanto firme, casi como si quisiera convencer a ambos de que había un mínimo control posible en todo ese caos.
Sin esperar mucho, empezó a caminar despacio, buscando un lugar. Cada tanto miraba por encima del hombro para asegurarse de que Iker la seguía. Y así, aunque la isla parecía un mundo sin certezas, hubo en esos pasos una promesa muda: esta vez, no se perderían el uno del otro tan fácilmente.
Tome la acción de Andreas como una breve intervención ante mí "entusiasmo" para ver las heridas de Erin.
O la no heridas, puesto que aprecian más internas. Pero sus palabras era, básicamente, las que le dice una madre a un vagabundo de la calle: no te acerques a él. En este caso a mí. Bueno, no se lo podía reprochar, así que simplemente sonreí.
- Eso, Gabriel. Mejor lleva a la tia Erin a que la vea el médico.- dije por lo bajo mientras me sentaba en el suelo.
No sabía cuando amanecería, pero el ambiente estaba demasiado tenso como para hablando con la gente. Y con Fred vigilando me sentía más... em... tranquila. Más o menos.
- Ahora que la diversión se ha acabado, intentaré dormir un poco. Esto es taaan aburrido...