—¡Malditos hijos de puta desgraciados! —Maldijo Palmer, limpiándose el rostro y el cuerpo cubiertos de polvo seco del extintor que había explotado frente a ella.
Durante un instante pensó que aquella trampa casera quizá había sido preparada para los piratas que habían abordado la nave. ¿Podría significar eso que Hobbs había logrado escapar? ¿O tal vez el cabo Feki había conseguido regresar? Su hipótesis tomó un tono más oscuro cuando descubrió la caja con la nada tranquilizadora inscripción, revelando que, fuera lo que fuera aquella pieza biológica inestable, parecía haberse escapado y, según el mensaje interior, no estaba muerta.
—¿Qué cojones…? —susurró, sintiendo el pulso acelerarse mientras seguía con la vista las huellas grasientas hasta el conducto de ventilación abierto.
El sonido metálico y húmedo que resonaba desde el interior la sacó de sus pensamientos. Los ruidos no cesaban; al contrario, se acercaban más a su posición, y Palmer no tenía la más mínima intención de permanecer en aquel lugar más tiempo del necesario para averiguar qué demonios era lo que reptaba por los tubos de ventilación. Sin pensárselo demasiado, Palmer tomó el soldador y se apresuró a fijar de nuevo la tapa del conducto. No hizo un trabajo fino, ni mucho menos, pero al menos serviría para mantener la rejilla en su sitio y contener —aunque fuera por un tiempo— a lo que estuviera acercándose.
Con la respiración aún entrecortada, echó un último vistazo al compartimento y se movió con decisión. Se enfundó en uno de los trajes de vacío, desacoplando la bombona de oxígeno para ganar movilidad. Metió en el cinturón unas cuantas bengalas, un botiquín pequeño, un par de estimulantes y una linterna.
Armada con el soldador, y con la piel aún cubierta de polvo bajo el traje, abandonó la bahía de carga decidida a llegar al puente de mando y enviar un SOS antes de que la otra nave saliera del alcance de comunicaciones.
Motivo: Uso del soldador
Tirada: 1d6
Resultado: 6 [6]
Echaste el último vistazo a la rejilla que acababas de soldar, y viste los dedos asomando entre las lamas de acero. Pero no eran dedos. Eran unos apéndices largos que terminaban uñas negras, largas y afiladas como garras. No te quedaste ni un segundo más. Echaste a correr por las entrañas de la Astuta Bruja Malvada todo lo que te permitió el aparatoso traje de vacío, que sin tanque de oxígeno era un poco menos aparatoso. Los pulmones te ardían y el corazón saltaba en tu pecho. Desde detrás de ti llegó un chillido agudo e inhumano, varios golpes y el metal de la rejilla destrozándose y cayendo al suelo metálico de la bahía de carga. No dejaste de correr.
Más golpes. La criatura corría detrás de ti con una mezcla de sonidos de botas de trabajo, arañazos y gruñidos guturales. Dejaste atrás la bahía de carga, el módulo de la esclusa e irrumpiste en la sala común, abriendo cada una de las compuertas manualmente. Sobre la mesa seguían las tazas de café que Vladimir había preparado aquella mañana. "Best Captain" rezaba la del difunto Gregor Henschel. Pero seguiste corriendo. La cantina. Lo que te perseguía derribó las tazas y arañó el metal de la mesa con aquellas garras en tu persecución. Casi notabas aquellas uñas atravesarte la espalda en cualquier momento.
A tu izquierda, la compuerta que daba al barracón estaba totalmente abombada y desencajada de las guías. Algo golpeaba desde dentro, emitiendo chillidos furiosos. Otro más. Había dos de ellos. Como mínimo.
Atravesaste la cantina como una exhalación y entraste al puente de mando, cerrando la puerta justo a tiempo. La cosa que te perseguía, vagamente humanoide y con unos brazos desproporcionadamente largos, se estampó contra la compuerta y empezó a arañarla y golpearla. Tú caíste de culo, pero seguiste retrocediendo arrastrándote. Trepaste por los mandos y con dedos frenéticos activaste la baliza de socorro de la nave, cuya señal llegaría a la Instrumento de Retribución y, esperabas, a las estaciones Camelot y Lavondiis. Aunque estas tardarían algo más.
Los golpes hacían retumbar todo el puente de mando. Un estruendo metálico especialmente fuerte te hizo saber que la compuerta del barracón había dejado de ser una barrera para la otra cosa, y ahora las dos se sumaron a las embestidas y a los gritos.
Un movimiento por el rabillo del ojo. Carlomagno, el gato negro de Janowicz, estaba agazapado bajo uno de los asientos del puente, tan aterrado como tú y con el rabo erizado. Detrás de ti, a través del cristal, el maldito asteroide y la inmensidad del espacio.
Los golpes no paraban, al contrario, cada vez eran más furiosos. Con cada golpe, la compuerta se deformaba más y más, y se empezó a desencajar de las guías. Era cuestión de segundos que esas cosas irrumpieran en el puente, y ni tú ni el gato tendríais sitio al que escapar.
Gracias a la idea de soldar la rejilla llegas al puente de mando a tiempo de enviar el SOS sin tirada.
Tienes algunos asaltos antes de que entren.
Palmer: PV: 7/7. PC 1/6. Pistola (Munición: Du4). Soldador (Usos: Du6).
Necesitó unos segundos para valorar sus opciones. Lo hizo mientras introducía sus credenciales en el terminal y activaba el protocolo de emergencia y la baliza de SOS.
En condiciones normales, ahora sólo quedaría esperar. La nave tenía provisiones suficientes para sobrevivir varios días hasta que alguien respondiera a la señal. En condiciones normales…
Y aquellas dos bestias alienígenas eran todo menos eso.
No reconoció en la criatura que la acechaba a los entomorfos de la colonia; sólo quedaba pensar que se trataba de lo que los había cazado y exterminado en el asteroide. Lo mismo que había implantado aquella esfera en la colonia. Y si ellos no habían tenido la más mínima oportunidad de escapar… ¿qué posibilidades tenía ella?
Cerró los ojos y se apoyó contra la mesa, dejando caer la cabeza hacia adelante, agotada, mientras trataba de recuperar el aliento. A su espalda, la compuerta empezaba a deformarse y sabía con certeza que acabaría cediendo ante la insistencia de aquel depredador.
Sólo había una puerta en toda la nave capaz de contener aquello.
Sólo una compuerta que pudiera resistir esas embestidas.
Sólo una estancia donde podría aislar a las criaturas y mantenerse a salvo: la sala del reactor. No la zona de trabajo en la que había estado antes, sino el sarcófago de contención, diseñado para soportar una fuga radiactiva.
Recordó el dosímetro disparándose y un escalofrío le recorrió la espalda.
Lo primero fue usar sus credenciales —ahora con los mismos permisos que el capitán— para desbloquear el acceso a la bahía de carga, donde se encontraba el exoesqueleto para colonias, y memorizar su posición en el plano de la nave. Después, se subió a una silla para desatornillar la rejilla del conducto de ventilación, dejando sólo un punto de sujeción que permitiera girarla y volver a colocarla desde dentro.
—Lo siento, Carlomagno. —Murmuró mientras se escurría bajo la mesa para alcanzarlo.— Nunca debiste estar aquí.
En su mano brillaban unas pequeñas tijeras del botiquín, apenas lo bastante afiladas para cortar gasas o parches, pero suficientes para su propósito. Le asestó un golpe rápido, confiando en que el traje de vacío la protegiera de un zarpazo reflejo. No pretendía matarlo, sólo hacerlo sangrar. Si aquellas criaturas podían oler la sangre, el gato serviría de distracción; algo de carnaza con la que entretenerse le daría unos valiosos segundos —quizás minutos— de ventaja.
Una vez acabó, se encaramó al conducto de ventilación y soldó la rejilla desde dentro, antes de comenzar su avance hacia la bahía de carga. Trató de moverse en silencio, conteniendo incluso la respiración, mientras escuchaba los golpes sordos al otro lado del metal y confiaba en que las criaturas estuvieran lo bastante ocupadas destrozando el puente de mando.
Motivo: Uso del soldador
Tirada: 1d6
Resultado: 1 [1]
El gato te miró con ojos redondos llenos de miedo, pero era dócil e hizo por subirse a ti. No obstante, tú puñalada traicionera hizo que diera un maullido estridente, te arañase el guante del traje con varios veloces zarpazos y saltara lejos de ti para esconderse entre los equipos del puente de mando, herido en su confianza y en su cuerpo. Unas gotitas de sangre delataban hacia donde se había escondido.
Los golpes deformaban cada vez más la compuerta, amenazando con sacarla de las guías. Te encaramaste a la silla y trataste de meterte por el conducto. Por desgracia, el traje de vacío era demasiado voluminoso para el estrecho conducto de ventilación, no diseñado para ser transitado por nadie. A toda prisa te deshiciste de él*, y te subiste de nuevo a la silla para llegar al conductor. Entraste con las piernas primero, pues de otro modo no podrías soldar la rejilla, ya que no había espacio para girarse.
Soldaste lo más rápido que pudiste y empezaste a retroceder penosamente. Descalza, sólo vestida con la ropa interior, te deslizarse por el sucio y estrecho conducto que te apretaba los hombros, con apenas sitio para mover los brazos y los pies para deslizarte palmo a palmo. Retrocediendo. La rejilla dejaba pasar algo de la luz roja, que se iba alejando de tí lentamente.
Los golpes continuaban. De pronto, el sonido de la compuerta cediendo, destrozada. Pasos de botas. Algo que arañaba y repiquetea en el metal. Seguiste retrocediendo. Los sonidos llegaban distorsionados y resonantes dentro del conducto.
De pronto el bufido del gato, y después el maullido desgarrador al encontrar su final. Lo sentiste por él. Nunca debió estar en esa nave, pero gracias a él habías conseguido unos segundos que podían significar la vida o la muerte.
Las líneas rojas de la rejilla de ventilación ya habían desaparecido en un recodo, y seguiste recorriendo las tripas de la Astuta Bruja Malvada. Los codos y las rodillas estaban ya en carne viva, y el aire lleno de polvo y oxido te picaba en los ojos y la garganta.
Líneas rojas a tu izquierda. Era otra rejilla, la que daba a los barracones. La puerta estaba destrozada y a través de ella viste dos cuerpos tendidos boca arriba, bañados por la luz mortecina de emergencias, rodeados de grandes charcos de sangre. Uno de ellos estaba desnudo.
Era el cabo Abdulah Feki.
El otro cadáver era de uno de los dos piratas que habían quedado vigilando a Hobbs. Todavía empuñaba un fusil de asalto.
Te llegó un sonido que venía por el conducto de ventilación. Una especie de gruñido semihumano. Unas uñas raspando metal. Un golpe en el metal. Posiblemente estuvieran husmeando la rejilla, buscándote.
Paro aquí por el hallazgo, por si quieres cambiar el plan. Estás al principio prácticamente, en el módulo de al lado, pero ves eso a través de la rejilla.

Palmer: PV: 7/7. PC 1/6. Pistola (Munición: Du4). Soldador (Usos: Du4).
Motivo: Uso del soldador
Tirada: 1d4
Resultado: 1 [1]
No sé por qué el formato del texto se ve tan horroroso y el interlineado se ha ido a pastar, pero bueno >.<
Ni idea de lo que le ha pasado al formato xD
No veas cómo se resiste Palmer, yendo de aquí para allá!! Jajaja!
Bueno, antes de resolver ya para la escena final, el exoesqueleto de carga sólo se puede operar en la bahía de carga, no puedes meterte con él a la sala de reactor ni en el resto de la nave porque son pasillos estrechos. Y el cacharro es una cosa tal que así (jojojo):
Con lo de la sangre, soldar una puerta y cerrar el resto has ganado algo de tiempo antes de que te encuentren de nuevo. ¿Qué prefieres? ¿Atrincherarte en el reactor radiactivo con el fusil de asalto o meterte en el mech de alien en la bahía de carga? En el mech también llevas el fusil, aunque mientras lo pilotes no puedes disparar.
El barracón había sido testigo de un pequeño campo de batalla. El pirata greñudo estaba tendido boca arriba. Tenía el torso y el cuello lleno de agujeros de bala. En cuanto a Feki, alguien o algo le había reventado el pecho y las costillas rotas le asomaban, como una jaula de huesos destrozada. Te pareció que se lo habían hecho con una escopeta que había acabado en un rincón, pero no te detuviste a comprobar nada.
Había casquillos por el suelo, y horribles salpicaduras de sangre en los mamparos y en el techo, sobre los impactos de bala, como si algo hubiera estallado allí dentro. O alguien, más bien. Intentaste no mirar demasiado mientras recogías un calzoncillo allí tirado, cortesía del orden masculino que gobernaba aquel barracón, y lo impregnabas en la sangre del marine muerto. En el escritorio con el terminal destrozado por los disparos encontraste una grapadora.
Cuando arrojaste la grapadora envuelta en el calzoncillo, el sonido del metal reverberó, y las criaturas dejaron lo que estuvieran haciéndole al gato para golpear y arañar la rejilla de ventilación. Tú saliste del conducto a toda prisa. La compuerta deslizante del barracón ya había sido arrancada por esas cosas, así que no había nada que soldar. Saliste a la cantina con cautela. Desde allí se veía la puerta que daba al puente de mando, pues era el módulo inmediato, también destrozada. Viste las siluetas. Estaban ocupadas. Bultos difusos que habían destrozado la rejilla, y una de ellas se encaramaba para entrar en el estrecho agujero. Siluetas humanoides deformes, con los brazos demasiado largos, apéndices que salían de la cara y protuberancias de la espalda.
No eras demasiado hábil físicamente, nunca lo fuiste, pero aquella vez te deslizaste aprovechando la distracción para salir de allí sin hacer ni el más leve sonido. Fuiste cerrando compuertas, y al llegar a la del módulo del corredor, sacaste de nuevo el soldador.
Cuando terminaste de soldar el último punto, el soldador murió. En ese momento, un golpe combó la puerta que acababas de soldar, y el corazón casi se te salió por la boca. Dejaste caer el soldador y echaste a correr mientras aquella cosa intentaba reventar la puerta mientras chillaba y gritaba.
Corriste cerrando todo lo que pudiste. En toda la nave se escuchaban los escalofriantes aullidos y golpes que reverberaban, probablemente de la otra cosa, la que estaba dentro de los conductos.
Escuchaste cómo la compuerta del corredor cedió justo cuando alcanzaste el reactor. Desde los conductos te llegaban todavía los sonidos de la otra cosa, arrastrándose dentro, pataleando con las botas, arañando con las garras, y aullando con una garganta que tenía poco de humana.
Motivo: Sigilo Palmer (Destreza+Atletismo)
Tirada: 1d20
Resultado: 20 [20]
Al revisar bien las localizaciones, resulta que 1 es el puente de mando, y 2 es el barracón. La puerta de 2 a 3 está destrozada, y de 3 a 1 también. Al salir a 3, estando los bichos en 1, los ves. He tirado sigilo para ver si te descubrían porque es que están ahí xD, pero tiradón.
Aún así, con todo el trasteo de tirar la grapadora y demás, veo normal que hagas ruido y se pongan en modo alerta. Pero bueno, era por aclarar, no cambia nada de tu intención y consigues llegar de nuevo al reactor (12) justo a tiempo.
Palmer: PV: 7/7. PC 1/6. Pistola (Munición: Du4). Soldador (gastado), Fusil de asalto (Du8 - Arma automática)
Reactor (12): radiación moderada después de la pifia de antes

El final estaba cerca, para bien o para mal. Palmer podía sentirlo. Los músculos le ardían, notaba la tensión en las piernas a punto de producirle un calambre. No estaba acostumbrada a ese ritmo frenético, a la acción, a la actividad física. Ella era carne de oficina y de despacho, cuyo único ejercicio regular se reducía a un fitness ligero y algo de cardio que le permitiera mantener una cierta salud física, y nada más. Siempre en el ambiente aséptico y seguro de una instalación deportiva semiprivada en la que ni siquiera tuviera necesidad de compartir el sudor de nadie más en las máquinas. Ahora la situación era diferente. El sudor de todo el día, el hedor de la sangre del barracón y demás fluidos esparcidos por la nave lo impregnaba todo. Se sentía incómoda a cada paso que daba, el cabello empapado y sucio, despeinado, se le pegaba a la cara y al cuello de forma desagradable. Su sola presencia le asqueaba y en aquel momento lo único que podía pensar es que lo primero que iba a hacer, si aquellas criaturas no la destrozaban allí mismo, era darse una ducha. Y en cuanto se arrepentía de no habérsela dado aquella misma mañana cuando había despertado del criosueño.
La promesa de aquella vana y vacía recompensa pareció darle el empujón que le faltaba para terminar de recorrer los metros que la separaban del reactor, a la carrera, escuchando a su espalda el avanzar inhumano de aquellas criaturas. Uno de ellos, a través de los pasillos y corredores. El sonido amortiguado y metálico de los pasos del otro se sentía por los túneles de ventilación, habiendo seguido su estúpida distracción con la grapadora. Algo detrás de la nuca la incomodaba, le erizaba el vello y le picaba en la parte posterior del cerebro. Una intuición, una idea a la que no terminaba de dar forma, pero que le producía la misma sensación desagradable de cuando sabes que alguien te mira fijamente a la espalda, pero no te atreves a darte la vuelta para enfrentarlo, y hasta los músculos de la garganta se tensan. Lo mismo le ocurrió a Palmer con aquel pensamiento incómodo al que no quería enfrentar la mirada, pues temía sus implicaciones.
«¿Por qué esas mierdas llevan botas?»
Una vez en el reactor, se detuvo y tragó saliva, midiendo muy bien cada uno de sus siguientes movimientos. Sólo tenía una oportunidad. Sólo una. Iba con la apuesta completa: o todo o nada. Sobre el papel, la secuencia de acción era sencilla. Tenía que abrir la cámara del reactor, el segundo blindaje, aquel que sólo se abría (tras un recomendable periodo de colddown que ella no podía permitirse) para recargar el combustible. Tenía que alojarse dentro de la cámara de contención de la vasija del reactor y llamar la atención de las criaturas y atraerlas hacia el fondo de la sala, dándole a ella tiempo de escapar y presionar desde fuera la seta: el enorme botón rojo de seguridad que se encargaría de cerrar la contención de forma automática ante el riesgo de una emergencia, de un escape radiactivo. Y todo tenía que hacerlo rápido, pues si recordaba algo de los briefings de seguridad, no era muy recomendable mantenerse junto al reactor encendido un tiempo superior a cinco minutos.
«La leucemia es problema de la Palmer del futuro. La Palmer del presente tiene que evitar que la destripen.»
Levantó la carcasa de seguridad de metacrilato que protegía la seta de emergencia para evitar accionarla de forma accidental durante las operaciones normales y rutinarias de la nave. Eso le ahorraría unos valiosísimos segundos. Abrió, con ayuda del terminal, la exclusa de la vasija del reactor para ponerlo en modo "recarga". Tuvo que bypasear y desactivar algunos sistemas de seguridad que detectaban la radiación de la sala, pero por suerte tenía los permisos del capitán. Su idea, una vez que la puerta se abriera, era esconcerse cerca de la salida y hacer ruido para atraer a las criaturas al interior. Pensando en repetir la jugada de la grapadora, cogió la primera herramienta que encontró para poder lanzarla al extremo opuesto de la sala y crear una distracción que le diera tiempo a escapar y sellar la contención con aquellas bestias dentro.
Cuando creyó tenerlo todo bajo control, comenzó a golpear una tubería con la herramienta. Después, suspiró, cerró los ojos un segundo, conteniendo la respiración con la espalda apoyada contra la fría pared y esperó.
En todo el proceso, se guardó muy mucho de mirar la cifra del dosímetro.
Dime si tengo que hacerte una o varias tiradas para resolver la acción. :)
Escondida en una esquina, cerca del botón de seguridad, esperaste a que las criaturas cayeran en tu trampa. Llevabas un rato, y las últimas puertas ya habían cedido, así que ya no golpeaban. No quedaba ninguna barrera que destruir. Tú misma habías dejado de golpear con la herramienta y esperabas con los nervios a punto de romperse la sombra que atravesaría la compuerta abierta del módulo del reactor. Los gritos eran horribles, pero que ahora no emitieran ningún sonido era aún peor.
No mirabas el dosímetro, pero empezabas a sentir un extraño calor desde dentro, dolor de cabeza y un sabor metálico en la garganta, sintiéndote enferma por momentos. El escape anterior y la apertura del blindaje habían hecho del módulo un entorno peligroso, y te empezaba a pasar factura en el organismo.
Hasta que escuchaste movimiento. Pasos lentos. Sí, de botas. Una respiración rasposa, inhumana. Contenida. Tal vez estaban en modo caza acechándote, de lo contrario hubieran irrumpido con ferocidad en tu trampa. O eso suponías. Quizás eran más inteligentes de lo que pensabas.
Creíste ver una sombra en el umbral de la compuerta abierta, o quizás era el mareo que sentías. Como fuera, las cosas estaban ahí
Era el momento de arrojar la herramienta e intentar tu plan desesperado.
Motivo: Daño por radiación?
Tirada: 1d6
Resultado: 1 [1]
Motivo: Horas?
Tirada: 1d6
Resultado: 1 [1]
Tirada oculta
Motivo: Alerta alienígenas
Tirada: 1d20
Resultado: 4(+4)=8 [4]
Vamos allá! La idea de la trampa está guay, así que no tienes que hacer tirada para montarla aunque. Ahora bien, arrojar la herramienta y salir sí, y el entorno con tanta radiación puede afectarte.
Así que necesito dos tiradas:
- La primera de Instintos+ Constitución difícultad +17 para soportar el rato que llevas allí con la radiación chunga. Si fallas sufres la friolera de 1 punto de daño y te duran los efectos la friolera de 1 hora, durante la cual te sentirás enferma y todas las tiradas serán con desventaja (esto sí que es chungo xD)
- Y la segunda tirada para engañar a los bichos. Veo apropiado que sea Inteligencia+precisión, para tirar la herramienta en el lugar indicado, darle al botón y escabullirte fuera, pero si crees que es otro atributo/habilidad es más apropiado, adelante! Está tirada la hago oculta para darle emoción, porque es enfrentada contra los bichos. Recuerda que si fallas la anterior, esta es con desventaja.
Palmer: PV: 7/7. PC 1/6. Pistola (Munición: Du4). Fusil de asalto (Du8 - Arma automática)
Reactor (módulo 12): radiación moderada después de la pifia de antes.
La espera puede ser una peligrosa enemiga.
Aquella calma, aquel silencio a su alrededor, el cese de los golpes en las compuertas, le habían dejado a Palmer unos minutos para estar sola con sus pensamientos. El problema era que sus pensamientos no eran buenos compañeros en aquel momento.
Sentía la tirantez, el escozor y el calor de la piel que uno puede experimentar después de haberse quedado dormido al sol en las peores horas del mediodía, a la orilla de una playa en el Mediterráneo. Casi podía imaginarse, sin verse, el brillante tono rojizo que estarían adoptando su frente y sus mejillas. Con la diferencia de que no estaba bajo el sol estival de una playa en Ibiza, sino en un sarcófago de metal, en mitad de la negrura del espacio.
El resto de síntomas de las fases iniciales del síndrome radiativo agudo no se hicieron esperar: desorientación, fatiga, dolor de cabeza y el sabor metálico de la sangre en la boca. Sabía que, tras eso, vendría una fase de latencia en la que sentiría que lo peor había pasado y que su cuerpo sanaba… Y sólo después se conocería el alcance real del daño, cuando sus células decidieran suicidarse en masa para evitar extender una mutación incompatible con la vida.
Con un poco de suerte, pasaría unos divertidos meses luchando en un hospital, atiborrada de fármacos, contra infecciones oportunistas, la inflamación y la deshidratación. En el peor de los casos, tendría una muerte horrible cuando todo su sistema nervioso y cardiovascular colapsara de golpe. Cada segundo que aguantaba junto a aquel reactor era una moneda lanzada al aire: una ruleta rusa macabra contra el destino, con el daño celular como bala.
Casi podía atribuir a aquellas criaturas una especie de inteligencia. Tal vez sabían exactamente lo que estaba ocurriendo y lo que pretendía hacer. Quizá su sistema nervioso era capaz de procesar la radiación gamma, reconociendo aquel ambiente como hostil. O tal vez podían escuchar su sistema circulatorio al borde del colapso, tal vez olían la muerte y esperaban a que se desplomara en el suelo, pacientes, para poder darle caza sin riesgo de recibir un disparo en la cara. Quizá simplemente se guiaban por la temperatura, y su presa había desaparecido de su percepción, confundida entre el calor que irradiaban las calderas.
La vista comenzaba a nublársele, y ya pensaba en darse por vencida cuando creyó ver la sombra de una de esas criaturas moverse, acechando la entrada. Era el momento de intentarlo. De quemar el último cartucho.
Desesperada, buscó entre los suministros que había cogido antes en los almacenes y encontró una de las jeringuillas de estimulantes. Sin pensar demasiado en las consecuencias, retiró el capuchón con los dientes —sin soltar el fusil— y se la clavó en el cuello. Contó mentalmente hasta cinco antes de retirar el inyector y ponerse en posición, preparada para salir corriendo.
Suspiró. Esperó apenas unos segundos más, hasta sentir la lucidez que el fármaco inyectaba en sus venas, y arrojó la llave inglesa al interior de la sala. La herramienta golpeó una estructura metálica varias veces antes de caer al suelo, levantando un estruendo que sobresalió por encima de los silbidos del vapor y el ronroneo constante de las bombas de vacío.
Y cuando vio el momento, corrió. Corrió todo lo que le permitían sus piernas, el mareo y la desorientación, para alcanzar su último atisbo de esperanza en forma de aquel botón rojo que interpondría, con suerte, la última defensa posible entre ella y aquellos monstruos.
Motivo: INS + CONS
Tirada: 1d20
Dificultad: 17+
Resultado: 9 (Fracaso) [9]
Motivo: INS + CONS
Tirada: 1d20
Dificultad: 17+
Resultado: 10 (Fracaso) [10]
Motivo: INT + PREC
Tirada: 1d20
Resultado: 5(+1)=6 [5]
Motivo: INT + PREC
Tirada: 1d20
Resultado: 17(+1)=18 [17]
Motivo: Pánico
Tirada: 1d6
Resultado: 1 [1]
He usado los estimulantes para hacer la primera tirada con ventaja (para mierdas). Pero en la tirada de pánico (pierdo el punto de calma que me quedaba) me ha salido que sigo con ventaja el resto de la escena (por lo que sacaría un 18). Lo que no sé es si aplica la desventaja de la primera tirada, y con la ventaja se anula, y en ese caso sacaría un 6. xDDD
¡Todo puede pasar!
El subidón del estimulante que solías llevar siempre encima —la ajetreada vida del corporativo de éxito requería de apoyo de ciertos fármacos— apartó los síntomas de la radiación aguda dejando paso a un éxtasis arrollador. La llave inglesa rebotó como a cámara lenta, y la sombra que habías creído ver en el umbral saltó adentro. La otra fue detrás.
Entonces pulsaste la seta roja. Las bestias irrumpieron en la sala del reactor arañando el metal con sus garras. Te precipitaste hacia la compuerta, que empezó a cerrarse con un silbido hidráulico. Las criaturas se percataron al momento de tu trampa, y se volvieron hacia ti con un aullido horrible. Y durante un segundo las viste en toda su espantosa claridad.
Llevaban botas porque de cintura para abajo eran humanos. Una de ellas llevaba un pantalón con manchas de camuflaje, mientras que la otra llevaba el uniforme de la tripulación de la Astuta Bruja Malvada con el logo bordado de Hoffmann-Uchida.. Pero de cintura para arriba eran una mezcla grotesca de humano e insecto. El torso era ancho y deforme, con protuberancias a lo largo de la columna vertebral. Los brazos, desproporcionadamente largos y gruesos como los de un gorila, rematados en unas manos enormes con uñas como navajas. Pero lo peor fue el rostro. Reconociste la calva de Hobbs, surcada de venas negras hinchadas. Donde debía estar su nariz y boca había una maraña de tentáculos y apéndices articulados que se retorcían como gusanos ansiosos.
Saltaste a través del hueco de la compuerta que se cerraba. El duro suelo de metal te recibió, pero entonces algo te apresó el tobillo desnudo con una fuerza de acero. Pensaste que era la puerta, pero al mirar hacia abajo viste las uñas negras de la mano de Hobbs clavándose en tu piel. A través del hueco de la compuerta viste de nuevo el rostro de Hobbs, deforme por las horribles mutaciones. Y sus ojos, con rabia inhumana, pero también viste un destello de puro terror.
La gruesa compuerta de seguridad se cerró implacable, cortando el brazo de la criatura que alguna vez fue tu compañero de tripulación. Los aullidos quedaron ahogados, y te zafaste de la mano que aún te apretaba y se retorcía a base de patadas y manotazos. Aún se retorció durante un rato más en el suelo con movimientos espasmódicos hasta que finalmente se quedó quieta, y tú retrocediste hasta acabar acurrucada en un rincón de la intersección con el módulo de soporte vital. Tu tobillo sangraba, pero no notabas dolor.
Lo habías conseguido. Las bestias no podrían atravesar el metal blindado de la cámara del reactor, diseñado para contener incluso la explosión del núcleo. Estabas a salvo, ¿verdad?
No supiste cuánto tiempo pasaste así, en shock, pero lo suficiente como para notar que se te empezaba a pasar el efecto de los estimulantes. Entonces fuiste a la enfermería. Allí habría medicamentos. Tabletas de yodo para la radiación. Ese tipo de cosas. Atravesaste los corredores tambaleándote, cada vez más mareada. Te detuviste un momento y apoyaste la cabeza en el mamparo más cercano. Cerraste los ojos para descansar un momento. Sólo un momento.
Te desplomaste sin darte cuenta. Tu cuerpo envenenado por la radiación y agotado por el estrés quedó allí tirado, a medio camino de la enfermería, bañado por la luz roja de emergencia.
***
Un pitido insistente te despertó. Abriste los ojos, desorientada y aterrada. Estabas en la enfermería, pero no era la estrecha y vieja enfermería de la CSS Astuta Bruja Malvada. Era otra, mucho más amplia, blanca y aséptica.

Intentaste gritar, o hablar, pero una sensación angustiosa te impedía emitir más que un gruñido rasposo. ¿O era un gusano negro deslizándose por tu garganta? Te llevaste la mano a la cara presa del pánico. La vía que tenías clavada en tu muñeca te tiró, pero igualmente te zafaste de la mascarilla del respirador. Tenías la garganta seca.
Una secuencia de imágenes vinieron de golpe a tu mente. Linternas en un pasillo oscuro. Un grupo de marines corporativos. El equipo de rescate. Te evacuaron en una camilla. Después estuviste aislada, hasta arriba de sedantes. Te atendían máquinas y, en ocasiones, médicos protegidos con escafandras. Tu cuerpo, un cóctel de fármacos lleno de tubos y cables.
Después te trasladaron, y los médicos pasaron a vestir batas. Te estabas poniendo mejor, te decían. Cerraste los ojos, relajándote, al ubicarte por fin en la enfermería de la Estación Lavondiis.
—Tienes buen aspecto, Alessya. — te sobresaltó una voz familiar.
Era Hideo Tanaka. Tu jefe. Estaba sentado en el sillón del extremo de la habitación, tan quieto que no lo habías visto. Sonreía. Como siempre, el muy cabrón.
— Por fin te encuentro despierta. Disculpa que no me haya pasado más a menudo por aquí. He estado muy ocupado estas semanas.— hizo un movimiento vago con la mano, y luego te señaló, de pronto exaltado —¡Sabía que no me defraudarías, Alessya! Si te soy franco, cuando me dijeron que te habían encontrado, y viva, no me lo creí. ¡Pero tú eres la más dura, joder! Y tu olfato... Por eso eres mi ojito derecho Alessya, ya lo sabes. Eso que has traído... Vale millones. Qué digo millones. ¡Cientos de miles de millones! Y mucho más que créditos y acciones. Significa prestigio. Fama. Lo que quieras y más. Tu trozo de pastel será más grande de lo que jamás te podrás comer. Aunque, por supuesto, tu despacho sigue estando aquí, disponible para ti.
Se recostó en el sillón, enfundado en su traje corporativo inmaculado y con el aspecto de alguien que está muy satisfecho porque las cosas habían salido justo como él quería.
—Una pena lo del resto de la tripulación... pero en fin, problemas del Departamento de Recursos Humanos.
Por un instante, Palmer casi se convence de que todo es un sueño. Que abrirá los ojos y verá las luces frías del hipersueño, el zumbido monótono del soporte vital y el registro biométrico estable en la pantalla. Que nada de aquello había ocurrido todavía, que la CSS Astuta Bruja Malvada nunca había sido un infierno de metal, radiación, piratas y monstruos. Pero el golpe lacerante de aire en sus pulmones destroza la fantasía en cuanto respira.
Le sobreviene una arcada seca cuando se extrae la sonda de la garganta; siente el reflejo como si le arrancaran algo desde dentro. Cuando intenta incorporarse, las muñecas le llaman la atención: huesudas, tensas, añejas, con los tendones demasiado visibles. Como si pertenecieran a alguien más viejo, más gastado. Al pasarse la mano por la cabeza, descubre el tacto particular de centenares de cabellos cortísimos que apenas cubren el cuero cabelludo. Se lo han rapado, claro. Le había ahorrado el trauma de ver los mechones ralos y su larga cabellera desprendiéndose al tacto, pero al parecer, al igual que ella, su cuero cabelludo tampoco se dignaba a rendirse y nuevos folículos comenzaban a repoblar las zonas más afectadas. Su voz al hablar era ronca, rasposa, casi irreconocible incluso para ella misma; tragar le producía la sensación de cuchillas en la garganta.
—¿Qué… cuánto tiempo…? —preguntó con la voz áspera, intentando controlar el temblor de sus hombros. —¿No hay… más supervivientes? — Sus recuerdos la llevaban a Stromme y Zhen que, por lo que ella sabía, habían logrado escapar.
Hideo Tanaka la observaba con su sonrisa medida. Su gesto relajado, el impecable traje corporativo, la calma con la que hablaba… Casi podía imaginárselo como una mosca frotándose las manos. El balance había sido positivo, a pesar de las indemnizaciones que tendrían que pagar a las familias de la tripulación (en el caso de que no encontraran cualquier artimaña legal para responsabilizarlos de las pérdidas de sus propias vidas). Pero, teniendo en cuenta que Palmer les había facilitado dos especímenes vivos, el acceso a una colonia entera de entomorfos en todos los estados de desarrollo y el potencial control de un arma alienígena, la Corporación podía incluso permitirse ser generosa con las posibles viudas, viudos y huérfanos que hubieran dejado por el camino.
Sintió un ligero escalofrío en el espinazo del que se deshizo bebiendo un poco de agua, como cuando te toca morder sin querer una almendra amarga.
Con los dividendos de lo que había traído, podría no volver a pasar nunca más por algo así. Podría retirarse, vivir de las rentas. Comprarse una mansión y buscarse a un par de amantes floreros con los que acudir a eventos de gala... No tener que tratar más con aquellos especímenes. No tener la necesidad de estar encerrada en una base clasificada de la que nadie sabría su existencia como Lavondiss. La idea parece racional, lógica, incluso sensata... Pero Palmer conoce a la Corporación y conoce a Tanaka. Y sabe lo que haría ella en su situación, si tuviera en sus instalaciones a un activo como ella que había tenido acceso a material clasificado.
—Aunque, por supuesto, tu despacho sigue estando aquí, disponible para ti. —dijo Tanaka, como si leyera sus pensamientos.
Se recostó contra el respaldo, respirando hondo. El subidón de los estimulantes había pasado y la lucidez volvía poco a poco, y con ella la determinación que siempre la había definido. Lo había logrado. Había sobrevivido. Pero mucho tendría que equivocarse si el informe final de víctimas de la misión no estaba esperando en una mesa de recursos humanos a expensas de cómo se desarrollase aquella conversación. Al menos, Palmer sabía que aún tenía margen para seguir adelante bajo sus propios términos.
—¿Cuándo puedo incorporarme?
—Llevas aquí unas cuatro semanas. — hizo un movimiento vago con la mano — Por desgracia sólo pudimos recuperar el cadáver del cabo Feki, que ya ha sido enterrado. Ascenso póstumo, condecoraciones, la bandera de Hoffman-Uchida sobre su féretro, salvas, discursos... bla bla bla, ya sabes, todo lo que gusta a los militares. Los demás, desaparecidos. Como el asteroide y la nave de esos delincuentes. Aún estamos rastreando el sector, pero simplemente ya no están. — chasqueó la lengua con un poco de fastidio — Sólo tú, Alessya.
Su sonrisa volvió cristalina al escuchar que cuándo te podías incorporar pronto a trabajar.
—¡Cuánto me alegro de escuchar eso! Aunque, en realidad, ya sospechaba que me dirías algo así. — la sonrisa por un momento pareció la de un lobo —Hablaré con los médicos para que permitan salir un poco para ir cogiendo el ritmo, ¿eh? No será nada oficial, pero te vendrá bien para estirar las piernas y conocer la estación.
Un pitido del terminal de muñeca de Tanaka. El ejecutivo lo consultó de reojo. Te dio tiempo a leer "CONTENCIÓN" en la pantalla antes de que silenciara la notificación. Había fruncido un poco el entrecejo, pero ya volvía a dedicarte una sonrisa perfecta.
—Perdona. Desde que trajimos tu nave todo son auditorías... Pero te alegrará saber que hemos estabilizado a los ejemplares que lograste atrapar en el reactor. ¡Vaya una jugada! La radiación les afectó bastante e inicialmente los dimos por muertos, pero aparentemente sus organismos regeneran bastante rápido. El equipo científico está haciendo grandes progresos, como podrás comprobar.
Se dio una palmada en los muslos y se levantó para irse. Alisó una minúscula arruga de su traje.
— ¡En fin! Tengo que atender esto. ¡Qué remedio! Últimos días antes de que me marche y te quedes tú al mando, directora Palmer. — te guiñó el ojo. Su terminal de muñeca volvió a pitar brevemente, pero no le hizo caso. — Ya te pondré al día de todo, no te preocupes. Ahora descansa. La compañía está muy satisfecha, pero te necesitamos al cien por cien.
El terminal de muñeca de Tanaka volvió a zumbar. Volvió a deslizar la notificación para ignorarla, pero tú, que estabas entrenada para leer expresiones, viste preocupación en su rostro. Sólo un momento, antes de dedicarte otra sonrisa amistosa y corporativa.
—Se distrae uno un momento y todo son problemas. — suspiró y acercó la mano al panel de la puerta deslizante de tu habitación, que se abrió con un suave silbido hidráulico — En fin. Lo dicho, te pasaré los informes y todo lo que necesites para estar al día. Mañana vendrá tu nuevo secretario a las nueve para echarte una mano. Nos vemos en tu despacho. Descansa. — y se fue.
Esa fue la última vez que viste a Hideo Tanaka con vida. La siguiente vez que te encontraste con él no era más que un despojo de carne y huesos rotos amontonado en el suelo y también un poco pegado a las paredes, irreconocible salvo por su traje carísimo.
Pero eso aún no había ocurrido. Pasaste la tarde en tu habitación revisando los informes que tu jefe te había prometido. Zhen, desaparecido. Janowicz, desaparecida. Stromme, desaparecida. Feki, muerto. Y Hobbs... Bueno, la cosa en la que se había convertido Hobbs estaba en una zona de contención en la estación. La habían dado por muerta, pero tenía un metabolismo muy rápido y al parecer habían recibido peticiones de reforzar la seguridad del área. Se estaban tramitando según los protocolos.
Así hasta que te trajeron la cena y, después, el enfermero acudió con los sedantes que te sumirían en un sueño vacío.
***
21 de abril de 2180. 05:51.
Estación Lavondiis. Sistema Arcturus. Sector: Clasificado.
Te despertó una sirena solitaria del pasillo, cuando los sedantes dejaron de hacer efecto en tu cuerpo y te lo permitieron. Era una sirena de emergencia.
La pequeña lámpara de leer iluminaba tenuemente la habitación. La bandeja con los restos de la cena seguía allí. También tu traje, pulcramente planchado colgado de una percha. Y un terminal portátil con una tarjeta de identificación encima.
Daba igual cuánto pulsaras el botón de llamada del enfermero; jamás acudiría nadie. Te incorporaste con esfuerzo. A tu cuerpo aún le quedaba mucho por recuperarse. Encendiste el terminal e introdujiste la tarjeta. El mensaje emergente te hizo dar un vuelco el corazón y activar el síndrome de estrés post-traumático:
AVISO: CONTENCIÓN BIOLÓGICA COMPROMETIDA.
EVACUACIÓN DEL PERSONAL DE LA ESTACIÓN INTERRUMPIDA.
A LA ESPERA DE LA APROBACIÓN DEL COMITÉ EJECUTIVO DE HOFFMAN-UCHIDA.
SIGA LOS PROTOCOLOS ESTABLECIDOS Y ESPERE INSTRUCCIONES DEL EQUIPO DIRECTIVO DE LA ESTACIÓN.
Allí estabas. Una vez más. Otro día de trabajo de mierda. No tardarías en aventurarte por los pasillos solitarios de la estación y encontrarte los cadáveres. Tampoco tardarías en ver por ti misma que la cosa que antes fuera Hobbs era capaz de reproducirse utilizando anfitriones humanos a una velocidad aterradora. Y en Lavondiis debía haber algunos centenares de potenciales anfitriones.
Muchos de ellos aún debían estar vivos, o eso querías pensar. Pero tu prioridad era otra: salvar la vida. Escapar. Aún debía quedar alguna nave en el hangar de la estación. Debías tener acceso a todo y poder saltarte la seguridad, ¿no? A no ser que aún no hubieran tramitado esos permisos...
O puede que tu prioridad fuera destruir la estación y evitar que la plaga de los entomorfos se expandiera por el sistema, y puede que más allá. Eso sería muy altruista y un buen disgusto para la corporación de la que formabas parte. Un engranaje descartable.
La alarma volvió a sonar, repetitiva e insistente. La enfermiza luz rojiza de emergencia de los corredores de la estación no ayudaban en nada a tu cuerpo aún convaleciente. Tendrías que improvisar, una vez más, sobre la marcha.
- FIN -
No, no le alegraba saber que los especímenes se habían recuperado. Los había visto abrir las compuertas de la Astuta como si fueran latas de mejillones. Solo el sarcófago del reactor parecía haber sido suficiente para detenerlos, y descubrir que ni la maldita radiación había logrado matarlos no la alegraba lo más mínimo. Aun así, y como futura directora de la estación, su mente comenzó a divagar en el abanico de posibilidades que aquel hallazgo desplegaba.
Un organismo capaz de recuperarse de un síndrome radiactivo agudo es un organismo que había desarrollado una gran capacidad de reparación celular. Lo cual, con la suficiente inversión en I+D, podría ser clave en el tratamiento de enfermedades degenerativas, en herramientas de protección durante viajes espaciales e incluso en la adaptación humana para planetas con posibilidad de terraformación donde la radiación fuera elevada. Eso podría reducir costes en blindajes y escudos en las naves, en los hábitats, y abriría potencialmente la posibilidad de construir asentamientos en superficie en entornos hostiles, evitando las dificultades de construir refugios bajo tierra.
Con esa jugosa idea en mente, formada por un horizonte plagado de patentes, Palmer se permitió el lujo de ignorar la alarma del comunicador de Tanaka, aunque algo en su sonrisa hizo que se erizara el vello de la nuca. Pero el resto de la tarde, entre informes y sedantes, poco a poco fue diluyendo la incómoda sensación de presión en el pecho, asociando su intranquilidad a todo lo que había ocurrido las últimas semanas. Una no despierta de un coma inducido como el que se despierta de una larga siesta, se dijo a sí misma, y cometió el error de, sabiendo lo que había ocurrido en su nave, con sus registros y su experiencia, y teniendo en cuenta las capacidades y el presupuesto que manejaba aquella estación, confiar en que no subestimarían el tipo de criaturas que tenían entre manos.
Pero, claramente, la estupidez humana puede alcanzar cotas insospechadas.
«¡Oh, no! ¡Otra vez, no!»
Pensó amargamente al ver el mensaje de emergencia en el terminal. La historia se repetía. Las luces rojas y la alarma traían a su mente fogonazos de lo ocurrido en la Astuta Bruja Malvada a un ritmo estroboscópico, superponiendo en su cabeza las escenas dantescas de apenas unas semanas atrás. Con una mezcla de resignación y fastidio, Palmer decidió que, si tenía que volver a pasar por aquello otra vez, esta vez lo haría en condiciones, sin repetir los errores del pasado.
Cuando Palmer salió de la habitación para enfrentarse a la muerte una vez más, lo hizo recién duchada y enfundada en aquel traje corporativo pulcramente planchado que parecía haberle sido confeccionado a medida, a pesar del peso que había perdido las últimas semanas en cama. Completaba su aspecto un ligero y favorecedor rubor en las mejillas que le había proporcionado el agua caliente. Salió al pasillo con paso decidido, con una bolsa de trucos en la recámara y empuñando lo primero que fue capaz de encontrar como arma, dispuesta a sobrevivir un día más.
Porque aquel era su trabajo...
...y ella era la mejor en lo suyo.