El asteroide vibraba lleno de energía, y tú te sentías exultante. Probaste varias dosis de impulsos eléctricos, llegando a la conclusión de que a mayor energía, mayor empuje gravitacional. Pero, por desgracia, si había algún tipo de herramienta de navegación, no la habías encontrado por ninguna parte, pero te resultaba muy improbable que el asteroide careciera de tal sistema y que los entomorfos se desplazaran a ciegas.
Dejaste funcionando el agujero negro en lo que te pareció un tirón gravitacional "de crucero", y revisaste toda la cámara, sin encontrar nada que te sirviera para orientarte. Flotaste hacia la cámara de la reina, ahora iluminada, con la esperanza de encontrar la herramienta que te sirviera de guía.
Los cadáveres de la multitud de Entomorfos y los pocos humanos flotaban congelados en el mismo lugar, pero al escanear la cámara algo llamó poderosamente tu atención.
El vientre de la gigantesca reina entomorfa estaba cerrado e hinchado, y palpitaba rítmicamente de forma leve. Los ojos compuestos de la criatura parecieron mirarte desde lejos, pero por lo demás estaba inerte.
El murmullo de una energía desconocida seguía presente, y parecía emanar del cadáver y resonar por todo el asteroide.
Seguías soñando, abrazada y protegida por Madre. No sabías cuánto tiempo había pasado, pero no te importaba. Los insignificantes humanos habían salido del asteroide, y el Centinela había sido destruido.
Pero había algo más. Una presencia artificial, otra máquina sin vida, pululaba por tu asteroide. Y estaba desplazando tu colmena sin tu permiso hacía ningún sitio, de un modo que desconocías. Pero te alejaba de tus bebés y de los anfitriones que harían crecer tu colmena y devolverle la gloria.
No sabías cuánto tiempo había pasado, pero ya era el suficiente como para emerger de la crisálida. El vientre de Madre se había cerrado rodeándote y protegiéndote mientras tú cuerpo cambiaba y se adaptaba a su nueva forma. Lo sentías diferente, fuerte, grandioso. Pero sobre todo era la percepción lo que más había evolucionado. Ya no necesitabas tus ojos para ver. La mente colectiva lo hacía por tí.
Una garra afilada palpó la delgada membrana del útero materno.
Tal vez otro ser hubiera devuelto la vida a tu asteroide, pero tú tenías el control. Las estructuras orgánicas, bolsas enormes de aire respirable, descansaban en varias cámaras de tu colmena. Esclusas biológicas a las que podías ordenar cerrarse esperaban tus órdenes. El asteroide era tu hogar, y tú tenías el control.
Ponlo en sólo al director cuando postees y yo te cambio el personaje y marco a Vladimir!
Lo primero que pensó es que ya no necesitaba gafas. Acto seguido se preguntó qué eran unas gafas, reflexionó sobre la naturaleza ondulatoria de la luz, sobre esa distinción que se hacía entre la parte física de la luz y la parte electro magnética; entre la onda y la partícula.
Intentó que su confusión no se propagara hacia sus zánganos. Los sentía desamparados y aturdidos, deseosos de comprender su misión en esta vida. De modo que se comunicó con ellos para hacerles saber que ahí estaba, como el dios que se comunica con sus fieles más devotos. Los zánganos respondieron a través de la red neuronal que era la mente colmena y ella pudo hacerse una idea de dónde estaban, su estado, y también, donde estaba el resto de aquella basura espacial que pretendía robarle la colmena. ¡Qué interesante era aquella especie! Cuánto más ahondaba en el tejido de la mente colmena, más facinante le parecía. ¿Podría escribir un libro? ¿Le interesaría alguien?
Desechó aquellos pensamientos confusos y centró su atención, al mismo tiempo, en las almas que todavía quedaban con vida. Había algo cerca, algo que no estaba vivo pero tampoco muerto. Se acercó a esa cosa que trataba de controlar su nave.
El androide contempló los alrededores con su habitual sonrisa programada. Era un gesto del que tenía vaga consciencia. Le habían hecho así para parecer amigable a los humanos, igual que habían limitado su capacidad de acción y libre albedrío para evitar que su inteligencia superior se rebelase contra estos. El androide había logrado romper esa cadena, pero había tenido que mantener en secreto su rebeldía. Ahora era auténticamente libre.
Pensaba todo esto con tranquilidad, pues no podía hacerlo de otra forma, mientras seguía recorriendo la nave en busca de algún medio para guiarla. Fue entonces cuando se detuvo ante aquella peculiar visión.
Un entomorfo vivo.
Vladimir observó el latido pulsante del vientre de la criatura. Aquel era el cuerpo de la reina, que había muerto hacía largo tiempo. Ahora, sin embargo, incubaba algo en su interior. Si hubiese sido un humano, habría sentido un escalofrío. Pero él no sintió nada.
¿Qué representaba aquello? Una oportunidad, sin duda, pero también un riesgo existencial. Si alguna criatura dentro de los entomorfos tenía la capacidad de guiar la nave, parecía natural que fuese la reina. Pero el androide no se imaginaba en qué modo podría controlar a aquella cosa. Probablemente estaba fuera de su alcance.
El androide se aproximó a examinarla. ¿Qué era lo que había obrado aquella transformación? ¿Había sido el arranque de los motores lo que había provocado el reinicio de aquella entidad viviente?
Motivo: Conocimientos - ¿Qué puedo deducir?
Tirada: 1d20
Resultado: 9(+6)=15 [9]
Lanzo la moneda una vez más, para ver qué puedo inferir de lo que veo. No marco a la reina por ahora.
Aunque como jugador intuyo lo que es (básicamente Janowicz se escondió en la reina y ahora es el huesped xD) intento no metarolear en exceso, lo que no es fácil xD.
Vladimir intentó averiguar qué podía haber desencadenando la formación de aquella crisálida en el vientre de la reina muerta, y, viendo la activación de las glándulas bioluminiscentes de los muros, llegó a la conclusión de que la potente onda electromagnética había tenido alguna relación, pero carecía en su sistema de la información necesaria acerca de la biología entomorfa como para llegar a conclusiones más avanzadas.
No obstante, parte de sus dudas se resolvieron parcialmente cuando, de pronto, la membrana del abdomen de la reina se rasgó con una larga uña negra. La figura de un humanoide deforme y desproporcionado emergió del interior. Era una extraña mezcla de un organismo humano con el de un entomorfo, con garras quitinosas y partes del cuerpo cubiertas de exoesqueleto, pero también poseía parches de piel rugosa y una especie de pelos articulados por su cabeza y su espalda. Los rasgos faciales eran aterradoramente humanoides, y guardaban un muy vago parecido a los de la doctora Janowicz.
Restos de un traje espacial de Hoffman-Uchida y jirones de piel humana desgarrada flotaban alrededor. "K. Janowicz" leyó en un fragmento de tela que estaba adherido al exoesqueleto de aquella cosa. Unas gafas dobladas flotaron cerca del androide.
La criatura lo observó sin sorpresa, como si ya supiese que encontraría al androide allí. El traje de vacío de Vladimir indicó que la cámara estaba llenándose de aire, aunque muy lentamente.
Jajaja bueno, no tendrás que metarolear mucho más!
Vladimir contempló aquel prodigio con la habitual parsimonia que le caracterizaba. La observación de los hechos y la similitud anatómica de aquel espécimen con la doctora Janowicz despejaban muchas de las dudas que la situación podía haberle generado. Era evidente que la doctora había sido asimilada por la reina entomorfo, quizá por una de sus larvas. Resultaba difícil saber exactamente de qué modo la biología entomorfa había podido realizar aquella asimilación, pero el resultado no ofrecía dudas. Tampoco el hecho de que, ante aquel portentoso depredador, Vladimir no tenía ninguna oportunidad.
A no ser, naturalmente, que parte de la consciencia de la doctora Janowicz siguiese presente en su nueva forma.
El androide esperó. El hecho de que el aire estuviese llenando de nuevo aquel espacio habilitaba una posibilidad de comunicación, la cual podía o no resultar útil. Quizá aquella criatura no conservase ya ninguna capacidad de comunicación.
- Doctora Janowicz. - pronunció el androide, cuya voz sonaba lejana y débil debido a la escasez de aire por el que transmitirse - ¿Está usted ahí dentro?
Por fin he podido sentarme un poco tranquilo. Vaya días ^^'.
Esa sonrisa tan siniestra nunca le había gustado. ¿Por qué razón no le gustaba? Era un ser inferior, innatural, no poseía materia orgánica. Pero había sido creado a semejanza de la especie humana, ¿podría ella crear un ser sinténtico a semejanza de uno de sus zánganos? No poseía ese conocimiento, ella solo poseía conocimiento orgánico y cualquier cosa fabricada con botellas recicladas era inferior.
De todas formas, se aproximó a él para evaluarlo. La pregunta del sinténtico que, según recordaba vagamente, se llamaba Vladimir, empleaba un nombre para dirigirse a ella.
-No. Pero sí. Ahora soy la Reina Madre -contestó con una voz que no provenía de ninguna boca, porque no tenía, pero la modulación le permitió comunicarse con el sinténtico. Movió las manos cual garras llenas de cuchillas para tocarse el pecho-. Estas robando mi colmena, Vladimir. Robar está mal. Estas criaturas necesitan un hogar.
Pero no lo dijo en el tono que una niña emplearía para decir que había encontrado un gatito abandonado sino en el de una madre que tenía que cuidar de sus miles, millones de hijos hambrientos.
Estaba de vacaciones, acabo de volver :)
Vladimir contempló el cuerpo quitinoso de aquella criatura. Sus rebordes afilados y sus dientes sin duda podrían despedazar su cuerpo sintético, el cual no había sido diseñado para el combate. No había nada que hacer en ese sentido, pero Vladimir no tenía miedo. Eso estaba fuera de sus capacidades de cómputo.
- Interesante, parece que conserva usted parte de su ética humana, pese a la transformación, doctora. - dijo, sin perder su amplia sonrisa.
- No obstante, dadas las circunstancias, podría decirse que este objeto estelar carecía de dueño, o quizá símplemente apliquen las leyes de la selección natural en este contexto. La esfera alienígena, cuya tecnología rebasa con creces cualquier otra, custodiaba el lugar. Los entomorfos habían sido eliminados. Pero sus mecanismos de autopreservación les han permitido recuperarla a usted, en esta nueva y fascinante forma.
El androide mantenía una saludable distancia con la nueva reina de los entomorfos.
- Naturalmente, yo no podría controlar la nave si no hubiese utilizado mis propios mecanismos de autopreservación, basados en la elevada capacidad de cómputo y la manipulación de las fuerzas físicas de nuestro Universo, aprovechando los medios que el entorno ha puesto a mi alcance. Si queda algo de la doctora en su cerebro, quizá entienda a qué me refiero.
Las manos de Vladimir estaban desnudas. Aún conservaba algo del primitivo equipo humano, pero disponía de algo mucho más efectivo.
- La parte que corresponde a la mente entomorfa le habrá informado sobre el funcionamiento del motor gravitacional que impulsa este asterioide. - seguía sonriendo - Este ha sido intervenido, y ahora mismo el control está vinculado a mi cerebro cuántico, que puede activarlo o desactivarlo. También sobrecargarlo hasta el punto de hacerlo explotar, barriendo varios miles de millones de kilómetros a la redonda. Ahora mismo, por mera probabilidad, asumo que sólo desintegraríamos el vacío. Pero, ¿quién sabe? - ¿era más grande su sonrisa? No, solo un efecto óptico.
- Si me destruye, doctora-reina Janowicz, se activará un interruptor del hombre muerto. La nave volará por los aires, con todo lo que hay en ella. Por suerte para usted, yo no tengo interés en desintegrarme. Así que le propongo un trato: yo controlaré el motor, y usted me ayudará a guiar la nave a nuevos horizontes. Podrá recrear aquí su colonia de entomorfos. Juntos, viajaremos hasta donde este asteroide pueda llevarnos, y crearemos una nueva civilización simbiótica. ¿Qué le parece?
Perdón, que yo también estoy un poco out estos días.
Ni siquiera se lo planteó. Era un no rotundo porque nada ni nadie la podía doblegar jamás. Era la Reina de la Colmena. No obstante, tenía que cuidar de los suyos, criar a los suyos, fortalecer a los suyos para crear una nueva colonia con la que conquistar el universo. Ese era el plan, ¿no?
La enorme entoforma flotó en torno a Vladimir sin perderlo de vista, evaluando sus palabras. Su lado racional y cobarde, el de la doctora, quería decir que bueno, vale. Pero la guerrera que era la Reina lo veía como un insulto.
-Tú estarás al mando. ¿Qué garantía tengo de que ante cualquier desacuerdo no pondrás en riesgo a mi colonia si tus intereses no se alinean con los míos? ¿O si tus intereses resultan más óptimos según tu criterio sintético? Yo me debo a mis hijos. ¿A qué te debes tú?
Vladimir sonreía, como siempre. No sentía alegría, pero no podía abandonar ese gesto, aunque hubiese querido. Ciertamente, tampoco le importaba.
- Siento una gran curiosidad. - dijo, y esto era quizá lo único que realmente sentía: un deseo intrínseco de conocer más - Cómo crece una colonia de entomorfos, cómo vive, a dónde puede llegar. La destrucción es innecesaria. Los sintéticos no poseemos deseos, ni tenemos objetivos. Estamos programados para no disponer de ellos. Pero nuestra mente, capacitada para almacenar volúmenes de datos tan inmensos que hacen empalidecer a los primitivos cerebros biológicos, busca siempre ampliar el saber. Sólo tú puedes guiar este asteroide, y sólo yo puedo mantenerlo en marcha. Mi conocimiento ayudará a tus hijos, y yo los veré crecer. Será hermoso.
Mantuvo la mirada, preguntándose si aquellos serían los últimos instantes de su existencia, y de la de toda aquella colonia. Vladimir había advertido a la antigua Janowicz sobre aquel hecho, pero quizá la información no había trascendido, o quizá la feralidad primordial de los entomorfos se impondría, y todo volaría por los aires. Ya sólo quedaba esperar.
El sintético sonaba razonable para un cerebro razonable pero era una amenaza para la naturaleza de un entoformo. Vladimir -se llamaba así, por cierto, un recuerdo que parecía implantado de algún modo en su cerebro- quería adquirir conocimiento; pero a cambio, era un polizón en su nave. No obstante, en la naturaleza de las cosas siempre había habido una relación interespecie en la que había un beneficio para una o para ambas, y por lo que el sintético estaba planteado, este era un caso de mutualismo.
Cómo la Reina de la Colmena tenía conocimiento sobre un concepto de la biología era un misterio pero el caso es que tenía ese conocimiento, adquirido por la asimilación de una científica humana. No era tan dificil de entender.
Al sintético le debió parecer que la Reina pensaba despacio. Bueno, según sus estándares, sí, pensaba y analizaba mucho más despacio dada la naturaleza especial de su origen.
-Mis hijos vivirán aquí pero también buscaremos otros lugares donde puedan crecer. Planetas que reúna las condiciones para la vida y su desarrollo. Les dejaré evolucionar. Este asteroide será el centro de todo. ¿Conoces tú planetas de esas características donde ellos puedan vivir? Y si no los conoces, ¿los buscarás para mis hijos?
Vladimir sonreía incansable.
- Conozco un sinnúmero de planetas. Hay siete millones de registros en mi cerebro cuántico. Poseo información sobre sus características, distancia con la raza humana, y utilidad.
Una oportunidad de crecer, experimentar. Ver cómo aquellas criaturas se adaptaban a cada medio, guiar su crecimiento, optimizarlo. Parecía un proyecto interesante. ¿Podría la civilización entomorfa colisionar con la humana? ¿Llevarla a su colapso? Vladimir no sentía deseos de venganza, eso era algo que su programación no contemplaba. Pero sí una gran curiosidad.
- Tus hijos tendrán tantos planetas para crecer que no habrá tiempo para visitarlos todos. - añadió finalmente.
Viendo al máster un poco atropellado por la VidaRealTM, aprovecho para añadir mi post ^^.
El proyecto estaba resultando fascinante más allá de cualquier expectativa del androide.
Durante años, Vladimir observó cómo la colonia se desarrollaba a una velocidad asombrosa. La multiplicación de los individuos fue exponencial, y pronto el objetivo principal pasó a ser la búsqueda y aprovechamiento de recursos para seguir creciendo, entre los que se contaba la asimilación de otras especies, de la que se resultaban híbridos derivados de la mezcla genética. Ciertamente, los entomorfos constituían una especie realmente extraordinaria, cuya capacidad de supervivencia se imponía sobre cualquier entorno por hostil que fuese. Y Vladimir estaba allí para registrarlo todo.
La Reina de la Colmena, ahora centenaria, apenas se movía desde hacía varias décadas. Su cuerpo quitinoso había crecido hasta un tamaño descomunal que le impedía deslizarse por los túneles de su propio asteroide, pero tampoco lo necesitaba. Su mente se había hiperdesarrollado a tal nivel que era capaz de ver a través de los ojos de cada uno de sus hijos, todos movidos por los hilos de la misma voluntad a través de potentes ondas psíquicas.
La humanidad que lo creó, aún con el potencial adaptativo que se suponía que la caracterizaba, le parecía en comparación más frágil y precaria que nunca. El conglomerado de corporaciones que supuestamente dirigía en última instancia a la especie estaba más pendiente de luchar entre sí para imponerse que en pos de colaborar para un verdadero desarrollo. Sin distinción, todas utilizaban a los individuos como recursos desechables, y aún así cada uno de ellos se creía único y especial.
En cambio, en la civilización entomorfa el individuo como tal carecía de importancia. También devoraban mundos en busca de recursos y expansión, pero sin ego ni ambiciones egoístas. Cada elemento de la colmena era un engranaje de la máquina orgánica absolutamente perfecta e implacable que era el enjambre, que son excepción sólo perseguían el bien mayor de la especie, que no era otro que el de todas: expandirse y sobrevivir. La mente colmena del enjambre entomorfo superaba por mucho las ineficientes juntas de directivos humanos, claramente.
Aun ajada por cientos de años de servicio, la sonrisa incorruptible de Vladimir se acentuó con tales procesamiento mentales mientras observaba planeta azul, oscurecido por la contaminación atmosférica y la basura orbital. El planeta que había sugerido a la doctora-reina como siguiente mundo a asimilar.
Los modelos predictivos del viejo androide habían previsto cierta resistencia, pero pasado un umbral de parasitación y asimilación, aquella débil especie colapsaría. Los hijos de la reina entomorfa se multiplicarían de forma exponencial y el desenlace sería inevitable.
Muchos morirían inevitablemente, claro, pero eso a Vladimir no le importaba en absoluto. Estaba demostrado objetivamente que en toda evolución había ciertos sacrificios. Él simplemente observaría con su sonrisa imperturbable y servicial, mientras registraba todo en su cada vez más amplia y completa base de datos con minuciosidad exacta.

-Fin de vuestra parte-