Partida Rol por web

El agreste valle

Aventura | 8. Epílogos

Cargando editor
05/02/2019, 19:00
Códice [PNJ]

Al partir de las montañas, me dirigí a Fuertenuevo, escala necesaria en mi camino a Hondonada de Anathar. Me había impuesto el deber de llevar a Sarana de vuelta con su familia, pero también deseaba volver a ver a mi maestro, el padre Bistro (que la Madre le tenga en su seno). Durante el viaje, asumí que encontraría mi pequeña aldea sobrepasada por la presencia de las familias refugiadas de Puente de la Serpiente, pero nada me preparó para la realidad: los ponteserpinos desplazados -¡diez por cada habitante de Hondonada!- habían enterrado la aldea en un bosque de chabolas y tiendas, y frailes de diferentes fes trataban de instaurar un cierto orden en el caos (sin éxito). Aún hoy en día está recuperándose de aquello. En ese contexto, me reencontré con mi maestro, al que vi muy envejecido por las penurias. (Yo también había cambiado, claro.) Apenas unos días después, además, conocí al señor Haladar Bosquelado, con el que -por extraño que parezca- no había tratado antes, pese a vivir ambos en el mismo pequeño lugar y ser él una figura tan prominente de la comunidad. Fui yo quien le explicó el destino de su libro, sin omitir ni un solo detalle. Su pena por la pérdida de la reliquia fue grande, pero en aquellos momentos había asuntos mucho más relevantes que ocupaban nuestras mentes.

Con excepción de un viaje a Cataratas para recuperar a mi querida mula Primavera, pasé toda la guerra en Hondonada. La ayuda de Sarana fue impagable en aquellos duros meses en los que Bistro y yo nos esforzamos en dar a las pobres gentes de aquel lugar -fueran devotos de la gran Diosa o no- algo de consuelo. Doy gracias cada día por la determinación y el sacrificio -el gran sacrificio- con el que lord Randall y sus fieles llevaron la guerra hasta territorio enemigo, a Castillo de la Daga, porque no sé que habría pasado si orcos, trasgos, trols y ogros hubieran llegado hasta nosotros.

No mucho después de terminada la guerra, la Gran Madre llamó a mi querido mentor a los Campos de la Cosecha, donde ahora descansa junto a Ella. Después de aquello, y habiendo llegado el hermano Fufur de reemplazo desde Valle de la Sombra, me mudé a Cataratas de la Daga, donde al fin he podido cumplir la misión que mis superiores me encargaron: construir aquí un templo a Chauntea y atender a los feligreses de la región. Desde entonces, esta villa es mi hogar, y estando aquí he sabido del destino de mis compañeros y compañeras.

Cargando editor
10/02/2019, 13:40
...

No fui el único que desde las montañas se dirigió a Fuertenuevo: Mirt, Klain, Lirian y el paladín Christos -triste pero honorablemente caído en la batalla del Castillo de la Daga- también lo hicieron. De los tres primeros me despedí en Fuertenuevo, pues su destino era Cataratas, donde planeaban unirse a las huestes de lord Randal lo antes posible.

En cambio, Lirian y yo cabalgamos juntos hacia el sur, viaje en el que pudimos estrechar los lazos que se habían creado entre nosotros durante la aventura,. Así supe muchas cosas sobre él, incluida la razón de su presencia en los Valles (un fatal accidente con un muchacho de su vecindad, con la consiguiente persecución por la justicia).

Por fuerte que fuera nuestra amistad, Lirian había tenido suficiente aventura, había ganado una buen fortuna y aquella no era su guerra: deseaba volver con su familia y enfrentarse a lo que le esperara. Tras una noche en Hondonada, Lirian partió, prometiendo escribirme una vez llegara a su destino.

Como era de esperar, mucho tardó en llegar aquella primera carta. Por ella supe que, tras abandonar el valle, Lirian había continuado dirección sur hasta Suzail, en Cormyr, donde cruzó el Dralagón hasta Proskur. Allí continuó por caminos seguros hasta Easting, Iriaebor, y Scornubel, donde tomando el Camino del Comercio llegó a Aguas Profundas. Una vez en esta gran ciudad, mi amigo tardó en encontrar un barco que le llevara hasta Fireshear, puerto principal del Valle del Viento Helado. Me ahorraré sus aventuras y desventuras durante el viaje, que solo conozco vagamente.

Al llegar a su hogar, Puerto Oriental, su cabeza aún tenía un precio; precio que, por suerte, ya podía pagar. Con su tesoro -su parte de la plata de Escamanegra y de las riquezas del Puma-, Lirian no solo sufragó su viaje y compensó a la familia del fallecido -se había decidido que había sido solo un accidente-, sino que pudo hacerse tres grandes barcas de pesca y contratar gente para llevarlas. No lo hizo en Puerto Oriental, sin embargo, sino al sur, en Buenaguamiel, para dejar el pasado atrás.

No parece que le haya ido mal: por lo que me cuenta en su última carta, el negocio le va bien, y ya tiene siete barcas pescando para él. No sólo eso, sino que sus padres aún viven y se ha casado con una chica de la zona, pelirroja, llamada Renhilde. De hecho, ¡esperan ya el segundo hijo! Me apena pensar que seguramente nunca llegue a conocer a su mujer y a sus hijos e hijas, pero, cuando miro atrás, doy gracias a la Diosa por haberme permitido conocerle a él y haber puesto en mi camino su espada curva. Los dioses saben que mi historia habría sido muy diferente de no ser por él.

Cargando editor
20/03/2019, 01:29
...

Respecto a los demás Compañeros, Lirian y yo nos despedimos de ellos aquel día en las montañas, pero ellos aún iban a seguir juntos un trecho, y hace un año descubrí lo que les sucedió gracias a una visita inesperada y feliz: Morgan. Seguía tan reservada y lacónica como siempre, pero parecía sentirse en confianza y me contó todo lo que sabía.

Tras separarse en Qark de Rivoel (de quien hablaré más adelante), Morgan y Dorn fueron fieles a su palabra y se unieron a Abrahel en la misión pendiente de la paladina: dar caza y ajusticiar a los tres orcos marcados que la habían hecho sufrir, a los que habíamos dejado huir en el Colmillo de Piedra.

Por desgracia, el rastro en la montaña estaba demasiado frío, así que tuvieron que empezar de cero. Así, mientras exploraban las llanuras al norte del Valle de la Daga, entre las Boca del Desierto y las Espinazo de Dragón, una pareja de aventureros les informó de que habían visto tres orcos más hacia el norte, dirigiéndose al Bosque Fronterizo. En el linde de aquel bosque, encontraron al primero: adornado con baratijas feéricas, marcas tribales... y sus propias vísceras. Cadáver. Había escapado a la justicia de Torm, pero no a la cruzada de los elfos fanáticos que allí habitan.

El rastro del segundo orco les llevó hasta unas colinas al este, en los límites de la Vereda: el villano había tiranizado a una tribu de trasgos de la zona. Mis amigos tuvieron que luchar, pero vencieron. Antes de cortarle la cabeza, le sacaron la dirección que había tomado el tercero: Ciudadela del Cuervo, plaza fuerte del Zhentarim a los pies de las Espinazo del Dragón.

Encontrar a ese último en la ciudad no fue fácil, pero más difícil fue para dos paladines pasar desapercibidos, sin violar su código, en aquel nido de maldad. Dieron con su presa en un barracón pestilente para mercenarios orcos, salvajes odiados por los hombres zhent. Sus congéneres le rehuían debido al símbolo de Torm de su pecho. Lo había perdido todo, salvo las ganas de morir matando a la causante de su suerte. El duelo final entre Abrahel y él fue en lo alto de un campanario. Para cuando Dorn y Morgan llegaron hasta el último piso, los sesos de aquel hijo de Gruumsh ya salpicaban el suelo de la plaza.

Se había hecho justicia.

Cargando editor
27/03/2019, 12:33
...

Estando en Ciudadela del Cuervo, a Dorn y mis compañeras les llegaron las noticias del sur: por todas partes era ya bien sabido que una horda de salvajes se estaba reuniendo en las ruinas del Castillo de la Daga, bajo el mando de un orco alucinado llamado Vazhror, y que lord Alba (advertido por «un grupo de aventureros anónimos y valientes», según se decía) reunía a sus nobles vasallos en Cataratas para hacerle frente.

Siendo como son hábiles guerreros, los tres decidieron acudir a la batalla, pero antes de llegar a Cataratas, supieron que el señor del valle y sus hombres ya habían partido, adelantándose y llevando la guerra al orco. En las cercanías del Castillo de la Daga, donde la hueste señorial había acampado, Klain, Rivoel -de cuyo periplo hablaré más adelante- y otras personas valientes les recibieron como héroes. ¡Incluso compartieron mesa con lord Randall! Por lo que me contó Morgan, también se encontró entre las gentes de Alba con algunos caballeros a los que había conocido siendo mercenaria en Cormyr.

Como es bien sabido, la guerra fue breve: un único asedio, una única batalla. Si hubiera sido al revés, con los hombres de Alba defendiendo aquella plaza -célebre antiguamente por su inexpugnabilidad- y los salvajes asediándola en medio de una región que les era muy hostiles, la defensa habría tenido alguna posibilidad; pero los orcos no tuvieron ninguna, y Vazhror, consciente de ello, buscando el fin del cerco, comandó a sus guerreros en un único ataque desesperado contra los asediantes. Esta batalla, que ahora todos llaman «del Castillo de la Daga», fue más sangrienta que muchas de las que libró lord Randall para liberar el Valle de la ocupación del Zhentarim, años atrás. Muchas personas valientes y buenas murieron allí, como el paladín Christos o lord Escudodecuervo, señor de Fuertenuevo al que habíamos conocido. También muchos de nuestros viejos enemigos perecieron en ella. Morgan confesó no poder asegurarlo, pero creía haber dado muerte a uno de los orcos que habían asesinado a Ladfiena y a Fewynh. En cuanto a Vazhror, el presunto elegido de Gruumsh, murió a manos de lord Randall, a quien rodeaban y escoltaban un grupo de paladines entre los que estaban Abrahel y Dorn. Y por lo que respecta a Sok Ul Makum, el cruel clérigo de Yurtrus fue capturado y decapitado al final de la refriega. Nada supo Morgan de Ighnomer, y yo tampoco he descubierto nada desde entonces.

Cargando editor
27/03/2019, 13:22
...

Morgan me habló también de su vida después de aquello. Por lo que me dijo, había vuelto a aquel caserío del molino, entre Fuertenuevo y Qark, donde nos habían acogido tan humildemente en nuestro periplo. Para ella, era una deuda pendiente. Por desgracia para aquellas gentes, la banda de orcos que les acosaban y extorsionaban no había acudido a la llamada de Vazhror. Parafraseando el proverbio, mi compañera no pudo dar pescado a aquellas personas, pero les enseñó a pescar: con su ayuda, se organizaron, tomaron las armas y se defendieron, infligiendo a los orcos una derrota humillante y dolorosa. Si aquellos salvajes han vuelto por allí, sin duda habrán recibido el mismo tratamiento.

Pero la visita de Morgan no fue para contarme cómo le había ido en la guerra, ni lo que había hecho después, sino para contarme que se marchaba del Valle y quería despedirse, y verme, probablemente por última vez. Morgan volvía a su hogar natal, la lejana Cimbar, la ciudad de la filosofía y las artes, en Chessenta, más allá del mar de las Estrellas Caídas. Ignoro el porqué, pero en nuestra conversación mencionó varias veces, sin nombrarla, a una amiga que había dejado allí. Aquella noche, mi compañera se quedó en mi casa, y al día siguiente partió. La última vez que la vi, alejándose de Cataratas por el camino del sur -que pasa junto al lugar donde estuvo la posada Los Brazos del Vado-, llevaba aún consigo aquel extraño escudo enano. No he sabido de ella desde entonces, pero no pasa un día sin que me acuerde de ella con añoranza y desee con todo mi corazón que haya encontrado a su amiga y sea muy feliz.

Cargando editor
27/03/2019, 13:46
...

En cuanto a Abrahel, lo cierto es que no conozco muchos detalles sobre sus aventuras después de la guerra, y eso pese a que es la única de mis compañeros con la que charlo todas las decanas: vive desde hace tiempo en Cataratas, donde ha sido ascendida a capitana de la orden en el valle. Pero Abrahel siempre ha sido un alma reservada. Sólo sé que justo después de la guerra permaneció a las órdenes de sir Ladmes, dando caza a las bandas de orcos que habían luchado bajo Vazhror y obligándolas a huir del valle hacia las Colinas y las Boca del Desierto. El valle es un país más seguro gracias a ella y su nombre es bien conocido. Por este motivo, cuando la Orden envió a sir Ladmes a la Costa de la Espada, éste la recomendó para el ascenso. Cuando nos vemos, Abrahel no deja de repetirme que ella lo que quiere es acción, ser la espada de Torm en el mundo, y no una chupatintas apoltronada. Sin embargo, sigue tan leal a su orden como a su dios y no ha desatendido su tarea en ningún momento, ni a este viejo amigo suyo.

Cargando editor
27/03/2019, 17:37
...

Lo poco que sé de maese Dorn me ha llegado a través de Abrahel y del padre Enethek, con quien mantengo correspondencia. Según Enethek, Dorn ha visitado Qark en una ocasión después de la guerra: fue para ver a su primo, Gódin -quien, tras recuperarse de la enfermedad, ha contratado para su taller a uno de sus aprendices, se ha retirado y ahora se dedica a ayudar al clérigo-. Por lo que Enethek me ha contado, Dorn viajaba a lomos de Snarruk, sin duda unidos por ese vínculo tan especial que existe entre un paladín y la bestia sobrenatural que ha aceptado ser su montura. Nunca sabré qué espíritu habita tras los ojos bestiales de ese carnero. ¿El de un animal singular, inteligente pero animal? ¿O el de aquel guerrero del pasado, liberado de sus ataduras en el Colmillo de Piedra, haciendo un último servicio al Morndinsamman? ¿Lo sabrá mi amigo enano? Con la parquedad habitual, Dorn pasó unos días en el pueblo, recibiendo el aprecio de la comunidad, que nos considera sus salvadores, y luego partió. Tiempo después, Abrahel y yo hemos sabido, por una paladina de Torm que se topó con él en uno de los valles orientales, que Dorn ha estado viajando acompañado de un chico humano que parecía haber salido del más infecto suburbio de Calimshan. No me sorprendería que aquel noble enano estuviera devolviendo el favor que otros le hicieron a él.

Cargando editor
27/03/2019, 18:19
...

Enethek también me ha hablado de mi buen amigo Rivoel, el único de los Compañeros de la Pluma Blanca originales -aparte de mí- que ha sobrevivido. Cuando los dos paladines, Morgan y él llegaron a Qark tras nuestra despedida, Rivoel se separó de ellos: entendía la importancia de la empresa de Abrahel, pero sentía que no podía abandonar Qark a las posibles represalias de los Pumas Negros supervivientes. La banda había sido desalojada del Cubil y un pequeño grupo de caballeros se había quedado en la zona mientras sir Ladmes se unía a lord Randall en Cataratas. Mientras estuvo en Qark, Rivoel fue la mano derecha y el principal consejero del anciano Almadura, acrecentando el respeto que los vecinos ya le tenían. Según me cuenta Enethek, prácticamente todas las noches se le podía encontrar cantando las canciones y declamando estrofas del poema que estaba componiendo sobre nuestra aventura, que espero poder oir algún día. Después, Rivoel marchó a la guerra.

Volví a saber de él por Morgan y Abrahel, que se lo encontraron en el Castillo de la Daga, junto a lord Randall. De la mano de Klain y Christos, y como era inevitable, el bardo se había hecho un lugar en el círculo de confianza del señor del valle. Había acudido a poner sus artes al servicio del país y terminar su propia aventura, claro, pero también -como le confesó a mis amigas- no podía perderse aquella gran gesta: alguien tenía que cantarla. Este poema, como he dicho, ya está circulando por ahí, y quizás mis lectores a estas alturas ya lo conozcan.

Pero no fue eso lo último que he sabido de él: hace un par de días, un grupo de viajeros procedentes del este, fieles devotos de la Diosa, llegaron a Cataratas por el río Tesh. Como corresponde a mi condición, les ofrecí el cobijo de mi humilde santuario y conversé con ellos, que me contaron lo siguiente: en Yulash, se habían cruzado con un poeta mestizo llamado Rivoel, que viajaba en la otra dirección y que cantó y recitó para ellos en una taberna. Tras la actuación, pudieron conversar con él, y les contó que viajaba hacia Phlan. Por lo que les contó, de allí le habían llegado rumores acerca de un medio-orco llegado del oeste, que había dejado la mala vida, había abrazado la aventura y estaba haciéndose un buen nombre. Al parecer, este Rivoel pensaba que ese aventurero podía ser un amigo suyo.

Sé sin duda que este Rivoel es mi Rivoel, mi amigo, y claramente estaba convencido de que ese congénero mío en Phlan era el rufián Kraum. Si lo encontró o si era él... Quién sabe. Cuando Rivoel vuelva por aquí -protéjale la Diosa para que así sea, porque sé que, por lo que a él respeta, así será-, le preguntaré.

Cargando editor
27/03/2019, 22:04
...

Quizás a algunos de mis lectores les queden aún dudas de lo que fue de muchos personajes y lugares que he mencionado en mi relato. Resumiré a continuación lo que creo más importante.

Qark vive hoy en día, al fin, en libertad. Los pumas murieron en combate, fueron ajusticiados o huyeron para siempre. Nuestra pequeña contribución, el valor de los habitantes del pueblo y la ayuda de los caballeros de lord Randall han dado, tarde, pero al fin, sus frutos. El propio alcalde Almadura, al igual que Gódin, se ha retirado recientemente. Según me cuenta Enethek, la liberación del pueblo y la derrota de los Pumas Negros fueron siempre su cruzada, y ahora que ha sido satisfecha, el anciano anda algo perdido. Algún día, no dentro de mucho, iré hasta allí a visitar las tumbas de Ladfiena y Fewynh. En cuanto al Colmillo de Piedra, tristemente sus salones han vuelto a ser ocupados por los orcos, los mismos que estaban de expedición cuando estuvimos allí. El nuevo líder, al parecer, es un viejo enemigo de Ulfe. El estado de las minas y las cuevas profundas, en cambio, me es desconocido.

Tras la guerra, Klain se volvió a su cabaña, igual que había hecho tras la guerra contra el Zhentarim. Nunca le gustó la corte, ni la civilización realmente, aunque haya luchado por ella. Probablemente nunca se recupere de la muerte de su amigo, el poni Kryslar. De vez en cuando, se acerca a la ciudad para vender sus hallazgos y productos, y nunca pierde la ocasión de visitarnos a Abrahel y a mí.

Finalmente, para los pocos lectores de allende el Valle, comentar que muchos habitantes de Puente de la Serpiente han vuelto a sus hogares, quedando algunos en Hondonada y otras aldeas. El señor lord Randall ha nombrado a uno de sus caballeros, sir Sigfrid, como alcalde de la villa. Fuertenuevo ahora está bajo el señorío de lady Ágata Escudodecuervo, hija del anterior señor, muerto en la guerra, y ya la gente habla de ella por su mano dura, tan dura como la de su padre, y por su apoyo a los eruditos y hombres de ciencia. En cuanto al monasterio de los Quebrantados, nunca ha vuelto a ser habitado. De hecho, por todas partes corren rumores de que los fantasmas de sus monjes asesinados lo pueblan y un antiguo mal se ha instalado allí. Todos esperamos que el señor del Valle tome tarde o temprano cartas en el asunto.

Aún pienso de vez en cuando en Beleg, sus restos mortales en las Colinas, devorados por los hongos y las bestias. Un triste destino. De Shaibar no he vuelto a saber, aunque cuando miro la luna llena siento que ella sigue observando el Valle y protegiéndolo desde su hogar en las montañas. Tampoco he vuelto a ver al soldado Lance, ni a Benen el mediano.

Cargando editor
27/03/2019, 22:34
Códice [PNJ]

Acaba ya este texto. Dos años hace que terminó para mí la aventura y, sin embargo, es ahora, mientras escribo estas palabras y se acerca el punto final, cuando siento que cierro una etapa. Mis sentimientos son agridulces, como son siempre los finales. El final.

No me puedo quejar de cómo me trata la vida. Con la fortuna de mi aventura y la ayuda de lord Alba, a quien muchos han hablado bien de mí y de mi papel en los hechos relatados, he podido poner en marcha la construcción de este templo que me rodea, humilde, pero mucho mayor que lo que jamás soñé. La Diosa me trae días soleados y buenas lluvias, y hace crecer mis huertas y las de toda la región. Hoy mismo es un hermoso día. Oigo a mi Primavera rebuznar en el prado, al sur de la capilla. De la cocina me llega el sonido del agua que Sarana ha puesto a hervir, pues es media tarde y Abrahel está a punto de llegar. Los amigos me rodean, los fieles me quieren y, si la Diosa lo dispone, me quedan muchos años de predicar su amor a las personas que habitan esta ciudad de los valles.

Y sin embargo… A veces, contemplo durante horas el medallón que Morgan talló para mí en una escama negra, o el tosco símbolo de madera que labraron las manos de Ladfiena, o la pluma blanca que una bruja elfa arrancó de sus alas para mí, en las montañas del fin del mundo, y me pregunto: ¿ya está? ¿Esto es lo que hay? ¿La tranquilidad, la prédica, la vida en comunidad? ¿El amor, quizás? ¿Una familia? ¿Es esto todo lo que hay para mí? Y entonces, me recuesto en mi silla y miro, como ahora mismo, la imponente cabeza de dragón negro que tengo colgada en la pared y pienso…

En fin.

El futuro es un país desconocido.