Partida Rol por web

La desaparición de Charles Mallard

11A. El Artículo de Gordon Flemming... A un paso de la gloria

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08/08/2010, 00:02
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Cuando Gordon Flemming escribe su artículo, ya a salvo, y en su piso de Boston.

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08/08/2010, 00:03
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Llegar sanos y salvos fue el objetivo prioritario.

Al entrar en el piso de Boston, las prioridades cambiaron radicalmente. Mientras Mary se sentaba en el sofá, abatida, y fumando como una carretera, Gordon corrió hacia su máquina de escribir. Tenía algo excepcionalmente urgente que relatar...

 

Notas de juego

...Y que relatará en esta escena :)

Puedes explayarte todo lo que quieras :)

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12/09/2010, 02:15
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Notas de juego

¿Cucú?

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26/09/2010, 15:09
Gordon Flemming

CHARLES MALLARD, VICTIMA DE YOKELVILLE

Crónica de Gordon Flemming, del Boston Herald.

Para el público de Boston no es un secreto la desaparición del gran periodista y colega de su servidor, Charles Mallard Senior. El diario que fuese su hogar durante varios años ha estado adelantando una campaña para determinar el paradero de tan ilustre reportero, campaña que con este artículo, muy a mi pesar, debo hacer llegar a su fin, pues he encontrado finalmente la respuesta al enigma de la desaparición de Charles Mallard, una respuesta que no dará a esta historia un final feliz de ninguna forma.

Habiéndome enterado de que mi gran compañero no había dado señales de vida -y aquello luego sería una funesta revelación que no entendería hasta mucho tiempo después- me dispuse rápidamente a partir hacia Yokelville. Teniendo mi experiencia y mi curiosidad, supuse que si alguien podría descubrir donde estaba Charles Mallard, y que lo había detenido, ese sería yo y por supuesto no me equivoqué. En cuanto llegué a aquel caserío, tuve la misma impresión que si hubiese llegado a cualquier pueblo de Massachussetts. Tranquilo y algo aburrido, aunque ideal para alguna temporada de descanso. Al llegar descansé en la posada de la señorita Mary Stone, una mujer ejemplar por su amabilidad, una cualidad que pronto descubriría, no era muy común en aquel sitio.

Debo decir en este punto que no era el único interesado en descubrir que había sucedido con mi compañero. Allí mismo estaban también varios personajes, algunos motivados por la posibilidad de una recompensa y otros, por razones más pueriles. En particular la presencia de dos familiares llamó mi atención, Mycroft Mallard el hermano del desaparecido, y su hijo, Charles Mallard Junior. Aunque el segundo era sincero en sus intenciones por encontrar a su padre, el primero no. Es importante decir que, de acuerdo a algunas averiguaciones que hice posteriormente, Mycroft Mallard es un hombre orgulloso, defecto que lo llevó varias veces a enfrentarse a su hermano, en detrimento de su relación. En los últimos años, casi no había una verdadera fraternidad entre ambos y las razones de que ahora se embarcara en esta búsqueda quedaban bajo una sombra de duda, aún ahora no están del todo claras, pero si algo fue cierto, es que aquel hombre, más que una ayuda, entorpeció mi trabajo y el de todos los demás, llevándome a pensar por momentos que quizás el no quisiera que ninguno encontrase a su hermano, pero por supuesto, no podría asegurar que pasaba por la cabeza del hermano de Charles en esos instantes.

Gradualmente empecé a darme cuenta que aquel pueblo no era como había imaginado en un principio, de hecho, conforme empecé a recorrerlo, había una uniforme actitud hostil hacia mi (y hacia todos los fuereños, según pude comprobar después), de forma que cualquier respuesta era dada en tono grosero y brusco, o simplemente no era dada. Solo de vez en cuando, algún habitante aparecía y me demostraba que se conservaba algo de humanidad en aquel pueblo. El reverendo John Winthorp fue uno de ellos, un anciano sacerdote que parecía aislado por aquella comunidad, refugiado en el templo, escondía para nosotros una verdad que se revelaría ante mis ojos de la pero de las maneras. Para entonces, todo lo que oíamos era que Charles Mallard había estado por allí, que era un buen hombre, y que nadie más le había visto.

La situación en Yokelville se iba poniendo cada vez más tensa, mientras más intentábamos averiguar, más crecía el desagrado que sentían los habitantes hacia nosotros, hasta el punto en que, un forastero que como nosotros, no era visto de buena forma, fue atacado por una furiosa turba que tuvo que ser dispersada por la llegada del comisario local, que solo pasaba por el pueblo una vez a la semana. Mi seguridad estaba en riesgo, eso estaba claro, pero no iba a rendirme hasta saber que había sucedido allí, aunque una imagen y varias terribles posibilidades se iban formando en mi mente.

Curiosamente, la única fuente de información fue un pobre hombre de apellido Hodge, entre borracho y loco, parecía que sabía más lo que sucedía allí y la razón de tales hostilidades hacia los que no habitaban. Aquel hombre, era bastante paranoico -y con mucha razón, según descubrí luego-. Finalmente, gracias a otra amable y excepcional figura del pueblo, tuve acceso a la residencia donde habitaba Charles Mallard. No había mucho que nos revelara el misterio, tan solo los restos de algunos documentos que se habían quemado en su chimenea (y que de acuerdo a algunos fragmentos, señalaban a algunos residentes del pueblo) y rastros leves y casi imperceptibles de sangre. El misterio parecía no tener solución, hasta que opté por visitar a mr. Hodge una vez más, para encontrar la terrible solución al misterio.

Allí, en medio de un claro, se reunían varias personas, algunas encapuchadas, en alguna especie de ceremonia o ritual, casi todos los que pude reconocer, eran habitantes del pueblo, entonando cánticos en una lengua desconocida. Para este punto, parecía una antigua tradición que seguramente seguiría Yokelville, pues he sabido que en varios lugares, en pueblos apartados, aún re realizan antiquísimos ritos de la fertilidad. Pero este era diferente. En medio de ellos, se alzaba un ídolo extraño, ligeramente más grande que un humano, con aspecto insectoide, sin un rostro definido, con unas alas membranosas similares a la de algunos coleópteros. Entonces, fue cuando escuché un siseo que emitía palabras conocidas, y aquello que juzgué como una estatua, empezó a moverse. No estoy muy versado en demonología, pero al ver lo macabro de aquella reunión, aquella criatura, y finalmente, cuando vi como un pobre hombre era llevado como víctima para un sacrificio, entendí que se trataba de algún culto satánico en el que prácticamente todo el pueblo participaba. Para mi horror, reconocí en aquella figura al reverendo Winthorp, hubiese tratado de hacer algo, pero era una turba impresionante, y me vi obligado a huir en cuanto sospecharon de mi presencia.

Fotografía al culto, por alguna razón que desconozco y que quizás
jamás pueda saber, aquel humo que aparece, resulta ser el sitio
de la criatura demoníaca, que no pudo ser capturado por la cámara

Lo demás consistió en un vertiginoso escape con la ayuda de Miss. Stone, teniendo que enfrentarme a algunos de los satanistas. De milagro, pudimos huir y en cuanto llegué a Boston, puse en alerta a las autoridades federales de las sospechosas actividades de aquel pueblo, y ahora lo hago con la ciudadanía. Poco más se del destino de los otros forasteros que se embarcaron en la investigación, pero dado mis descubrimientos, me atrevo a decir que Charles Mallard encontró su fin como sacrificio de un pueblo salvaje entregado a las artes oscuras, así como muchas otras víctimas cuyos nombres quizás nunca lleguen a saberse. Estos actos abominables, no tan lejos de la "civilización" como todos quisiéramos nos dejan varias dudas sobre que tan seguros estamos y que tanto están haciendo las autoridades para evitar actos como estos.

De cualquier manera, tras esta peligrosa travesía y estos funestos descubrimientos, este reportero se declara en luto por su colega Charles Mallard Senior, un hombre valiente que encontró un terrible fin. Como periodistas, sabemos que exponemos nuestras vidas en cada noticia solo para informar a nuestros lectores, es todo un triunfo cuando regresamos con las historias en nuestras manos, y una gran pérdida cuando damos la vida por nuestra profesión. Este es el legado de Charles Mallard Senior, quien falleció investigando sobre lo que ocurría en este pueblo, y estoy seguro que hubiese deseado más que nadie, que todos los habitantes de Boston, así como del estado, se enteraran de la macabra verdad oculta bajo nuestras narices, es Charles mismo quien nos llama a abrir bien los ojos, pues el mal y la desgracia puede estar más cerca de nosotros de lo que quisiéramos.