—Vaya… ahora sí que somos unos piratas de río —comentó socarrón, cuando se giró hacia la cubierta y vio el recién adquirido “botín”.
Se dejó caer pesadamente en el que ya era su sitio habitual. La espada seguía en la mano. La ausencia de Heidric y Jack se notaba como una pesada losa. Traía malos recuerdos.
- ¿Cómo lo habéis logrado?, ¿qué ha sucedido?...
—Oh, bueno, no queríamos hacerle la competencia a esos sigmaritas, así que corrimos como perros apaleados. ¿Eh? —le guiñó un ojo al otro mercenario.—Así es como hemos salido de ahí.— Respondió al aprendiz al tiempo que alzaba la espada y apuntaba hacia el infernal muelle.
—¿No le concedamos al viejo unos minutos de misericordia? Se portó bien con nosotros… Y por nosotros está en este lío… si sigue vivo.—
Según la habilidad Remar:
"Quienes carecen de la misma tienen que hacer un Chequeo para cualquier maniobra, excepto las más sencillas."
Mientras el río esté en calma, y no intentemos cosas raras, deberíamos de poder apañarnos un poco.
Vandercroft no pudo evitar llevarse la mano al rostro con algo de desesperación ante las estupideces de Ándor, sin embargo, aquello le arrebató cierta sonrisa. Se alegraba de volver a verle, eso no quitaba que siguiera siendo un cabeza hueca.- La corriente nos llevaría contra las rocas y nos hundiríamos. Nuestra única opción será navegar a remo y si pudiéramos agenciarnos algunas pértigas mejor que mejor.-comentó mirando a su alrededor, buscándolas con un vistazo rápido entre aquel macabro espectáculo.- Podemos darle un tiempo a Heidric, pero por desgracia dudo mucho que aparezca tal y como están las cosas. Registremos cuando podamos del pantalán, comida, herramientas y útiles, pero en cuanto aparezca el mínimo incidente salimos por patas. No es prudente abusar de la sonrisa de las fortunas y por ahora no podemos quejarnos. Me alegra que hayáis salido de esta sanos y salvos...-tras sus palabras ató de nuevo la barca con un único cabo al muelle. Si querían marcharse con prisas que aquello no fuer aun impedimento.
Sonó un cuerno con un gemido gutural, agonizante y amenazador. En la otra orilla, un estandarte del caos sujetado por un gran minotauro ondeaba. De lo alto del penacho colgaban cabezas humanas, mientras que a media asta colgaban pieles, también humanas, desolladas con esmero y cuidando que las caras de aquellos infelices pudieran verse.
Poco más se veía del ejército del caos entre la espesura de la arboleda y el humo, pero podíais haceros una idea de la magnitud. Entre ellos destacaba una figura con armadura roja y grandes cuernos. Montado en un caballo bestial, supurante de sangre también con armadura, ojos rojos y pezuñas como de carnero. Su sola presencia imponía respeto y pavor. Incluso el enorme minotauro se apartó para dejar paso a su general, que, como si fuera una pluma, alzó una enorme espada hacia el cielo, desafiando al mismo Sigmar, y el rugir del bestial ejército tras él hizo temblar hasta la última gota de sangre humana en aquella ciudad santa.
—No carguéis más la barca. Sin vela, vamos a tener que remar río arriba al menos durante dos días, cuanto menos… —El bramido de un cuerno que no era de este mundo ahogó la voz de Kurt.
Solo el furor que le corría por las venas tras el reciente combate evitó que se le congelara el corazón en el pecho. Tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para apartar los ojos de sus compañeros y mirar hacia la otra orilla. Allí, el bosque oscuro se mezclaba con un ejército de condenación.
Kurt se incorporó del banco, atrapado por la visión del monstruo cornudo y su obsceno estandarte.
—Joder… creo que es él. La bestia que mentó la capitana, la que asolaba las tierras del este —dijo a Ándor. —¿Cómo han podido avanzar tan rápido?— Solo era una conjetura disparatada, pero la sentía con la misma certeza que cuatro palmos de acero clavados en las tripas.
En la otra ribera, la bestia astada se hizo a un lado, dejando paso al verdadero caudillo de aquella hueste oscura. Montaba una criatura de pesadilla; ambos embutidos en acero de sangre. Aquel general alzó una espada que hacía parecer un juguete la del mercenario. El ejército rugió con una sola voz, un bramido que hizo que las aguas mismas del río parecieran temblar.
Kurt no apartaba la vista de la otra orilla. El viento caliente le agitaba el cabello y el humo le había marcado la cara con tizne, como una máscara de guerra. No tenía armadura de plata ni capa bordada, pero había algo en su postura, en el perfil de su rostro, que recordaba a los señores de las viejas sagas norteñas.
Llevó dos dedos al pecho, al colgante del dios Lobo, y respiró hondo. Dejó escapar un aullido que se perdió, ahogado, entre el rugido de la horda. No lo hizo por desafío ni por locura, sino por pura rabia: por no dejar sin respuesta la provocación de aquella hueste.
Tras lo acontecido en la frontera kislevita, y ahora esto, el mercenario tenía cada vez más claro que esta guerra no se iba a ganar con acero y pólvora. Miró a Marianna, allí encogida sobre la cubierta tambaleante. La mano se cerró con fuerza sobre la empuñadura, alzó la espada y descargó un golpe, cortando el único cabo que les unía al muelle.
—Que los dioses nos perdonen… —
Mmm, mejor nos vamos, ¿no? XD
Estaba seguro que en el momento que Kurt cortara la cuerda, veríamos aparecer a Jack y a Heidric entre el humo que llenaba el muelle. Sabía que el mundo era cruel y que la guerra lo estaba devastando, pero no me apetecía mirar a los ojos de nadie más abandonado a su suerte en aquel lugar. Muchos habían sido dejados atrás y cada vez era más difícil hacerlo, viendo la categoría del enemigo.
Me giré dando la espalda a la ciudad mientras la barca se adentraba en las aguas del río para seguir camino hacia el este. En ese momento noté el cansancio. Me dejé caer en la barca, cerca de Marianna que se había acurrucado en un lado de la barca y resoplé. Me pasé las manos por la cara, frotándome los ojos en señal de pesar y miré a Kurt
No sé. Pero si pueden moverse a esa velocidad, no sé que nos encontraremos en Rheden cuando lleguemos. Eso si conseguimos llegar.
Era raro en mí, pero me encontraba desolado y no tenía la certeza de encontrar ningún puerto seguro. Había que llegar a Rheden cuanto antes y seguir huyendo de la guerra lo más rápidamente posible.
Marianna asomó la cabecita, agarrandose a los bordes de la barca, para ver lo que acechaba al otro lado. Abrió los ojos mucho mucho, miró a Kurt aun de pie y casi desafiante y le tiró del pantalón para que se agachase y no llamase la atención. La Shallyana aun temblaba de miedo, la guerra hasta hace poco era un mal lejano para ella, con heridos que llegaban arrastrados por compañeros de armas; ahora la guerra la perseguía y había traido consigo cosas enormes que no comprendia.
-Tenemos que...que...-Marianna abrazó sus piernas, mirando a Ándor que se acurrucaba junto a ella, y echó la manta sobre ambos para taparse del frio. Estaba cansada de huir, pero era lo que tocaba. Ni Heidric ni Jack habian aparecido y sentia un poco de culpa por la desaparición del último, el cabrero siempre traia leña al hospicio; no lo había imaginado capaz de semejante furia, pero si era cierto que habia tullido, quiza de por vida, al hijo del Burgrave...
Por si toda aquella situación fuera poco, el cuerno vaticinó que estaban atrapados entre dos frentes. Las puertas cerradas, mientras una horda del caos avanzaba para tomar los muros, estaban en la cabeza de playa. Aquellos demonios habían sido invocados para despejar los muelles, permitiendo así que el ejército cruzara el río sin problema alguno, ahorrándose muchísimas bajas en el proceso.- Tenemos que largarnos que aquí antes de que lleguen. No tardarán en cruzar y si para entonces no estamos lejos, nos masacrarán sin reparo alguno.- dijo Vandercroft mientras guardaba comida en su faltriquera y se ajustaba el martillo del sigmarita al cinto; al menos ahora tenía algo con lo que luchar.
Ni siquiera se atrevía a mirar a la otra orilla, no quería perder la cabeza en un momento como aquel. Pidió ayuda a sus compañeros para empujar la barca al agua, le daba igual a donde ir. Que la corriente les arrastrase mientras remaban para alejarse de aquella ciudad, sus habitantes ya estaban condenados.- No sé cuanto podrán resistir, pero debemos avisar. En cuanto arrasen este lugar seguirán su avance. Si la fortuna nos sonríe, quizás podamos salvar a los siguientes, darles tiempo para levantar unas defensas en condiciones.-en verdad quería creer sus propias palabras, tal vez por eso las pronunciaba en voz alta una y otra vez. Allí solo encontrarían la muerte, no tenían nada que hacer en el muelle más que unirse a la miriada de cadáveres que los poblaba.
El agua golpeaba los costados de la barca y el murmullo de la corriente os asaltó cuando todo quedó en un completo y antinatural silencio. Un silencio tenso como cuerda de arco, apuntando directamente al corazón humano de aquella magnífica ciudad.
La barca se alejaba mientras remábais desesperados por interponer la máxima distancia entre vosotros y ese ejército bestial, caótico y sediento de sangre. El símbolo de Khorne, dios sangriento de las mil batallas, ondeaba en aquél estandarte aberrante, brutal, cruel, con un orgullo espeluznante. Apenas podíais mirarlo sin que los ojos sufrieran.
De entre el humo, en la orilla donde estaba el muelle, apareció una figura ataviada con una túnica de mendigo. Tenía la capucha echada atrás, revelando un rostro viejo, plagado de horrendas arrugas por un lado y quemaduras intensas por el otro. De su lado quemado sobresalían varios cuernecillos y la falta de su mejilla izquierda dejaba ver los horrendos dientes triangulares, como los de un animal.
A su lado caminaban tres demonios como los que os habían atacado antes, portabdo cadenas en sus manos, que arrastraban prisioneros moribundos, exhaustos o muertos de miedo. El hechicero alzó sus manos, sus arcanas palabras rasgaban el aire haciéndolo crepitar, insultando la santidad de la propia naturaleza, retorciendo el aire y la realidad mientras chirriaban vuestros oídos.
Dos halos de energía purpura, relampaguearon en la orilla mientras zarzillos negros surgían entorno a su circunferencia. Apenas tenía un codo de ancho.
Un grito rasgó el aire cuando uno de los prisioneros comenzó a supurar sangre. La sangre se elevaba por las cuencas de sus ojos, nariz, boca y oídos. El halo en la orilla comenzó a alimentarse de esas pobres almas, entre las que pudisteis ver a un alto y fornido cabrero, callado como era él, sufriendo esa violación del alma. A medida que los fluidos corporales abandoban a las víctimas, el halo de hacía más grande ensanchando en toda la orilla. Los gritos de las víctimas de aquél ritual demoníaco se mezclaban con el clamor de los ejercitos del caos que rugían pidiendo su ración de sangre que disfrutar.
Al momento el general bajó su enorme espada, y las hordas del caos desaparecían de una orilla para aparecer en la otra, internándose entre fuego y humo, para cobrarse su recompensa de carne humana.
Parecía que la guerra os persiguiera con más ahínco cuanto más intentábais escapar de ella. Primero en aquél puesto kislevita en la frontera con Lubrecht. Después, en Zwolen, escapásteis de un reclutamiento forzoso contra las manadas de hombres bestia. Y ahora aquí, en la magnífica Bechafen, la joya del este. Las plegarias a vuestros dioses parecían caer en saco roto, y con razón, pues debían estar más ocupados en tareas menos banales que salvar unas pocas vidas.
La inmensidad del conflicto os había dejado boquiabiertos. La barca oscilaba mientras veíais como aquél ser, mitad cosa mitad hechicero, creaba un portal que conectaba las dos orillas usando la carne, sangre e incluso el alma de los prisioneros. Jack estaba entre ellos. Su esencia vital se mezcló con sus fluidos cuando la magia del caos le reclamó. Los gritos de agonía se mezclaban con el furor de las bestias del caos y las órdenes de los defensores desde las murallas. La batalla había comenzado, y los primeros gritos de agonía surcaban el aire.
La barca se mecía al compás del timón que marcaba el ritmo. Alejándose de aquél horrible espectáculo de sangre y magia herética, hasta que el tañido de las campanas de la ciudad fue apagado por la inmensidad del bosque, y la tranquilidad, paz y sosiego del ambiente os resultaba extraña, incluso insultante. El silencio reinaba entre vosotros sin saber muy bien que decir, mientras el agua continuaba con su murmullo, protestando por el paso de la barca. Solo en un recodo, el humo que ascendía por las copas de los árboles os recordó que Bechafen no solo sufría asedio, también estaba en llamas.
Si queréis podeis decir algo. En unos dias cierro la escena, corta pero intensa de emociones.
Ganáis +20 px.
Kurt miró hacia abajo y se encontró con los ojos asustados de Marianna, que le tironeaba del pantalón para que se agachase. El mercenario envainó la espada y se desplazó hacia el banco que había entre los escálamos. Antes de tomar asiento, se inclinó sobre su compañero de fatigas. —Llegaremos, mein freund. Siempre nos las apañamos para salir de cualquier mierda, y esta vez no va a ser diferente —dijo mientras apretaba el hombro de su amigo y sonreía, intentando transmitirle una confianza que apenas él sentía.
—Necesito a alguien en el timón. Y dentro de un par de horas, un relevo —dijo Kurt mientras se ajustaba los guantes. Agarró los largos remos y comenzó a bogar. La corriente se resistía, pero el fuerte norteño no cejó, y con cada palada se alejaban un poco más de aquel infierno. Pero no lo bastante deprisa como para evitar presenciar el último acto de aquella macabra obra.
—Han vuelto… —señaló con un dedo hacia el muelle. Allí estaban aquellos demonios cornudos. Ahora eran tres, y los acompañaba un hombre de rostro deformado, vestido con harapos. Tras ellos se apelotonaba un grupo de prisioneros. Horrorizado, Kurt vio cómo todos eran sacrificados —Jack entre ellos— para alimentar la brujería de aquel hombre siniestro. Vio, una vez más, cómo el tejido de la realidad se rompía. Y, de repente, toda aquella horda estaba en los muelles. Qué defensa cabía contra aquello. El chico remó con más fuerza.
Kurt no hablaba, cosa extraña en él. Se limitaba a remar, sumido en sus pensamientos. Recordaba aquella tarde de un verano especialmente amable, cuando el sol caía despacio sobre una de las pequeñas calas que salpicaban los acantilados de la bahía de Drosselspule y el aire olía a sal y algas. El mar de las Garras también sabía ser hermoso, si uno lo miraba con los ojos correctos.
La barca se balanceaba al compás de una marea dócil, y el agua, teñida de cobre y violeta, parecía engullir el horizonte. A su lado, la dulce Elsbet reía bajito, con esa voz que siempre sonaba un poco burlona, incluso cuando sus ojos decían lo contrario. Habían extendido la capa sobre las tablas, y allí yacían, piel contra piel. El cabello de ella olía a manzanilla. El cielo se oscurecía, y los últimos reflejos del día pintaban su piel de tonos dorados y lilas.
—¿Prometes que volverás después del invierno? —le había preguntado ella, con voz suave, trazando con un dedo una línea invisible por la cicatriz que le cruzaba el costado. Kurt no había respondido. Solo la había besado, y la barca, cómplice, se balanceó bajo ellos, haciendo del silencio una promesa.
Meses después, cuando volvió, Wilhelmskoog era ceniza. Los norse habían arrasado la costa. Solo encontraron a los hombres, masacrados y colgados de un gran tejo. Todas las mujeres habían desaparecido, capturadas por los bárbaros. Puede que arrastradas a aquel torreón infame.
El recuerdo se desvaneció como la estela de los remos en el agua. Kurt parpadeó, tragando el sabor agrio de la memoria, y volvió al presente. El río olía a ceniza y muerte, como aquella vez.
Escupió al agua, negando con la cabeza. —Puta vida… —murmuró, y siguió remando.
Miré hacia arriba al notar el contacto fraternal de Kurt en mi hombro. Lo vi dirigirse hacia los remos, dispuesto a sacarnos de allí de una manera u otra. Trabajosamente, notando el crujir de las articulaciones y el dolor de las magulladuras, me levanté de mi sitio y ocupé el lugar del timonel.
Miraba la costa mientras mantenía el rumbo que marcaba Kurt remada tras remada. Un pueblo más arrasado. Una conquista más para las hordas demoníacos. Un puerto franco menos en aquella tierra. Suspirando al ver el sacrificio de los prisioneros, un compañero menos, uno más a quien llorar. Allí acabo la historia de Jack, fuera cual fuera.
No habíamos marcado un rumbo determinado, pero seguíamos con la idea inicial de aquella travesía, con más urgencia si cabe esta vez.
Hacia Rheden. Al menos que estén preparados para lo que viene o que huyan hacia el norte si es posible. Creo que tenemos que dar la alerta a todo el que quiera escucharnos.
Al levantarse Andor, Marianna dejó hueco bajo la manta para Tobias, suspirando con cierta fatiga. Ahora no podía hacer nada, solo agarrarse a los bordes de la embarcación y ver como mas allá, Jack era sacrificado para formar parte de algo que la Shallyana no comprendía y la acongojaba el pecho. No entendía la necesidad de todos esos seres de causar dolor y llevar la guerra a la ciudad que apenas había tenido tiempo de conocer.
Marianna apoyó la cabeza contra el borde de la barca, de espaldas a lo que dejaban detrás, y suspiró. Cuando Andor dijo esas ultimas palabras negó con la cabeza, arrebujandose algo mas en la manta.
-Espero que no nos tomen por locos.
Fue lo poco que tuvo Marianna que añadir antes de cerrar los ojos y sumirse en un duermevela como los que solia hacer entre guardia y guardia en los hospicios. Puede que estuviera fatigada, puede que se sintiera a salvo alejandose del mal una vez más, pero desde luego su cuerpo agradecería un poco de descanso antes de que el destino la pusiera a prueba de nuevo.
Aquel macabro espectáculo en el muelle fue de lo más dantesco. Tobías no temía a la muerte, era parte del ciclo y Mor era más o menos justo, tanto con los desdichados, como con los más pudientes; nadie escapaba de visitar sus jardines. Pero una cosa muy diferente era ser entregado al Caos y que tu alma fuera devorada por demonios informes. Pobre Jack, el joven oficial no podía imaginar un destino peor, por un momento dudó en empuñar el arcabuz y dispararla para evitarle tan cruel destino, pero en aquella situación sería una sentencia de muerte. Si el hechicero reparaba en ellos, muy posiblemente podría hundir el bote con un simple chasquido de los dedos. Avergonzado de sí mismo, bajó la cabeza y se dio la vuelva buscando cubrirse con las mantas junto a Marianna intentando escapar del frío viento que se cernía sobre ellos.
Todos se sumieron en un pesaroso silencio, tan solo roto por el rítmico chapoteo de los remos sobre el agua. No tenían ánimo ni para hablar, mucho menos pescar. Tapó y acurrucó a Marianna lo mejor que pudo cuando fue su turno de darle a los remos, su cuerpo seguía sin responderle bien, pero incluso eso había disminuido, el miedo a lo oscuro había hecho que su instinto de supervivencia cortase cualquier reacción que no fuera correr. A medida que se alejaban de aquel lugar condenado, sus tripas empezaron a agitarse de nuevo, sería mejor que Andor remase y él llevase el timón. Al menos con Marianna dormida podría quitarse los calzones sin pudor para lavarlos en el río, menos mal que contaba con un repuesto si no aquellos demonios le hubieran dejado una marca más duradera aún si cabía en su rota voluntad...