El desdén de Sialegol por la búsqueda de objetos valiosos sería algo que la elfa podría pagar si sus compañeros decidían no compartir. Porque la verdad es que la mazmorra estaba bien cargadita de objetos. Había piezas de oro por aquí y por allá. Gemas de gran valor. Un libro en cuyo interior había un pergamino de Hablar con los Muertos. Un escudo, un mayal y una cimitarra que sin duda eran mágicas. ¡Y un bastón hecho de hielo! Estaba claro que la noche anterior los Tres Archimagos. Melkor, Gasphor y Balthazar habían pasado por allí para dejarles todos esos regalos.
¡Nunca en su vida habían juntado un botín así!

Bueno chicos pues esto es lo que hay:
- Monedas y gemas por valor de dos mil piezas de oro.
- Un escudo +1
- Una cimitarra de velocidad.
- Incensario del devoto. Este mayal mágico inflige 1d8 puntos de daño radiante adicionales con un impacto y puede usarse como símbolo sagrado. Como acción adicional, puedes hacer que la cabeza del mayal libere una fina nube de incienso en un radio de 10 pies durante 1 minuto. Al comienzo de cada uno de tus turnos, tú y cualquier otra criatura en la nube recuperan 1d4 puntos de golpe cada uno. Esta propiedad no puede usarse nuevamente hasta el siguiente amanecer.
- Un bastón de escarcha.
- Un pergamino de Hablar con los muertos.
Krusk, depre como estaba, daba patadas por ahí con su rollo de "asco de vida" "caca de vida, tete" "hoy no estoy en el mood, tronco", cuando de repente, se tropezó con una baldosa.
¡AY, la leche!- Exclamó Krusk, enfadado. Se dirigió indignado de nuevo al lugar de la baldosa, que se había soltado de su sitio, dejando al descubierto un depósito bastante amplio. -¿Quién demonios deja estas cosas sueltas así? ¡Me quejaré al encargado del mantenimiento de..! Uy, aquí hay un porrón de cosas, tío. Espera...¿Y esto?
Diciendo aquello, Krusk sacó la cimitarra, flipando de lo lindo ante su aeromicidad o lo que fuese, moviéndola y blandiéndola mientras la miraba con ojillos golosones. La blandía de un lado, al otro, con movimientos que eran casi hipnóticos.
-Halaaaaaaa, troncoooooo....yo me quedo esta movida, ¿eh?
Mientras yo, con toda la dignidad de una maga seria y centrada, inspeccionaba las paredes en busca de pasadizos secretos, portales ocultos o al menos una puerta que no chirriara como alma en pena… algo brilló.
Un destello. Un resplandor. Un “¡eh, mira qué bonito!” que interrumpió mi concentración como si me hubieran lanzado una bola de luz directamente al ego.
Me giré lentamente, como quien no quiere la cosa, y ahí estaba: el bastón de escarcha.
Alto, elegante, con un brillo azul helado que gritaba “¡soy poderoso y estéticamente superior!”
Mis compañeros lo rodeaban, debatiendo si era útil, peligroso o simplemente decorativo. Yo, por supuesto, me acerqué con la sutileza de una ladrona en prácticas de teatro.
—¿Eso? ¿Ese bastoncito? Bah, seguro que es... frío —dije, fingiendo desinterés mientras mis ojos lo escaneaban como si fuera un postre mágico.
Me agaché, como quien busca una moneda imaginaria, y en un movimiento digno de una coreografía de distracción, lo cogí.
—Uy, ¿esto estaba aquí? Qué raro, nadie lo había visto, ¿verdad? —dije con una sonrisa inocente que podría haber ganado premios por “me hago la tonta pero ya es mío”.
Lo abracé con cariño, como quien encuentra el amor verdadero en forma de arma mágica, y me alejé lentamente, murmurando:
—Bueno, ya que nadie lo quería… lo adopto. Lo cuidaré. Le pondré nombre. Lo usaré para salvaros a todos. Como siempre.
Y así, mientras el grupo seguía buscando cofres y cortinas sospechosas, yo me retiré con mi nuevo bastón, lista para congelar enemigos y corazones con estilo.
Porque si algo brilla, es mío por derecho arcano y estético.
Nissa estaba en su paraíso personal. Mientras el orco se quejaba de la vida, la gnomo había caído de rodillas en el suelo, sus pequeños brazos recogiendo puñado tras puñado de monedas de oro que había encontrado bajo una falsa baldosa. Su rostro era una máscara de éxtasis. Hacía ruidos extraños, como un dragón codicioso, pero más agudos.
—¡Oh, sí! ¡Dulzura dorada! ¡Para Nissa! ¡Para las inversiones de Nissa! ¡Para la jubilación de Nissa a los 350 años!—murmuraba, llenando su pequeña bolsa con un frenesí inusitado. El sonido del oro chocando entre sí era música para sus oídos, el mejor concierto del mundo, mejor que cualquier orquesta élfica.
Pero su trance se rompió al oír a Krusk. Nissa levantó la cabeza, su visión se posó en la cimitarra. Vio los movimientos de Kursk con ella, esa aerodinámica... esa… ¡elegancia! Un tic nervioso apareció en el ojo de Nissa. Un gnomo no podía blandir una espada así, era demasiado grande. La envidia la golpeó con la fuerza de un martillo de guerra.
—¿¡Qué?! ¿¡Una cimitarra de velocidad?! ¡Yo solo tengo un montón de monedas! ¡Y un poco de tierra en mi boca por recogerlas! ¡No es justo! ¡Mi vida es un fraude!
Con la indignación de una artista frustrada, Nissa se puso de pie. Se agachó, recogiendo una última moneda que se le había escapado, y de repente sus pequeños dedos tocaron algo sólido, algo más allá del brillo del oro.
—¿Y esto qué es?—dijo, sacando con dificultad un objeto pesado.
Y ahí estaba, un escudo con una forma extraña. Lo sacudió un poco, haciendo que un par de telarañas cayeran. Lo limpió con su capa y, de repente, una sensación de poder la invadió. Su rostro se transformó en una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Un escudo! ¡Un escudo! ¡Y no es uno cualquiera, es un escudo más uno! ¡Soy invencible! ¡Invencible, lo digo! ¡Ahora, si alguien intenta quitarme mis monedas, me lo tendrá que ganar en un duelo de escudos! ¡No se atreverá! ¡Ja!
Nissa se abrazó al escudo con el mismo amor que había mostrado por el oro, como si fuera el mayor trofeo de la mazmorra. Se quedó allí, en la penumbra, el brillo de las monedas de oro a sus pies y el escudo en sus manos, una pequeña figura de avaricia y triunfo.
Pues yo me quedo el escudo... y todas las monedas que pueda cargar (que imagino que no son todas)
Thorbrick se levanta y mira a los "niños"
-Siempre es lo mismo cuando hay repartición de cosas la verdad jajaja. A ver vamos a ver que han encontrado y como lo repartimos. Mientras tanto que les parece si le hacen caso a nuestro anfitrión y piensan un bonito nombre para el grupo.-
Luego de esto va revisando las cosas que han encontrado y va diciendo
-Bueno bueno a ver, una cimitarra para Krusk, el escudo para Nissa, el bastón para Sialegol, entonces me quedaré yo con el arma esta. Queda el pergamino, que habría que ver para que sirve. Sia, cuando tengas tiempo le podrías dar una mirada a ver de qué es este pergamino por favor.- Mientras espera que Sia se acerque para dar el pergamino.
- Bueno como vamos a hacer con las gemas y las monedas, deberíamos al salir valorarlas y repartir todo como siempre entre 4 y los objetos si quedarnos cada uno-
Vamos que no sabemo sque es un escudo mas 1 o que es algo sin siquiera pasar una noche estudiandolo jajaja
La memoria jugaba malas pasadas a Thorbrick. O quizás era falta de atención. Porque el grupo tenía nombre, era El Bloque Maestro. Y el conjuro de Hablar con los muertos era un hechizo de sacerdote. Formaba parte de su ámbito divino. Y servía pues para eso, para hablar con los muertos. Te ibas a un cadáver, usabas el conjuro y podías hacerle hasta cinco preguntas.
Pero lo importante era que los aventureros estaban pertrechados con nuevos juguetes. Era como cuando te comprabas una figurita del mismo personaje y llevaba una ropa o un accesorio nuevo. Ya sabes, como la Stacy Malibú con un sombrero nuevo. O ese Capitán América de Lego con un azul de color diferente. ¡Ellos eran ahora la versión evolucionada de El Bloque Maestro!

Ya sólo quedaba avanzar por la mazmorra. Y eso sólo podían hacerlo por la única puerta que tenía la mazmorra. Una puerta normal y corriente. Una puerta, el mayor enemigo de los aventureros. ¿Quién sería el incauto que se atrevería a atravesarla?
¡Ay va, tú, una puerta! ¡Voy a ver!- Dijo Krusk, tan feliz por su nueva adquisición que hasta daba saltitos de alegría mientras se dirigía hacia la puerta. Suerte que, una vez antes de abrirla, se pararía en seco, dándose cuenta de algo obvio. ¡Claro, no podía ser tan imprudente! ¿Cómo no se le había ocurrido preguntar antes "eso"? Se giro al resto del grupo, dispuesto a corregir ese error.
-Voy a abrir esta puerta y nadie me va a detener, ¿Alax, tú nos vas a seguir? No sé si sería buena idea que te quedases por aquí, es peligroso hasta para nosotros...ah, y antes de que definitivamente vaya a abrir la puerta, porque esa va a ser mi siguiente acción, se me olvidó decirte que somos el Bloque Maestro, que lo ha dicho el narrador ya dos veces o así y nadie lo ha mencionado.
Y después Krusk abrió la puerta
Krusk, con esa determinación semiorca que grita “yo abro puertas aunque estén malditas”, se adelantó hacia la única salida visible: una puerta que parecía tener más secretos que un diario adolescente. El grupo empezó a alinearse detrás de él, cada uno en su pose heroica favorita, listos para lo que viniera.
Yo, por supuesto, me coloqué en última posición. No por miedo, sino por estrategia, como siempre.
Porque alguien tiene que observar, evaluar… y evitar ser el primero en recibir una flecha sorpresa en la ceja.
Mientras me acomodaba con toda la elegancia de quien ha sobrevivido a cubos asesinos y saqueos vulgares, me giré hacia Alax, el tabernero, que parecía debatirse entre seguirnos o fingir que tenía que lavar los platos.
—Alax, querido —le dije con una sonrisa encantadora—, ¿por qué no pasas tú delante de mí? No es que te esté usando como escudo emocional, pero… bueno, sí. Además, si hay trampas, tú tienes experiencia esquivando clientes borrachos. Eso cuenta.
Le hice un gesto cortés, como si le estuviera ofreciendo el lugar de honor en una procesión real, mientras yo me quedaba atrás, observando, analizando… y lista para lanzar magia si todo se iba al traste.
Porque aunque la puerta fuera el único camino, yo sabía que el verdadero poder está en saber cuándo avanzar… y cuándo dejar que otros lo hagan primero.
Nissa, que estaba ocupadísima sopesando el peso de su recién adquirido escudo y calculando mentalmente cuánto oro cabía en su zurrón, levantó la vista al oír la palabra "puerta".
—¡Oh, la leche, una puerta!—exclamó, como si fuera la primera vez que veía una. La miró con una mezcla de sospecha y admiración. La verdad era que no tenía pinta de ser un mímico, pero después de su experiencia, Nissa tenía la teoría de que cualquier objeto inanimado podía convertirse en un enemigo.
Vio a Krusk lanzándose a la aventura, como si la puerta fuera un buffet libre de tesoros. Vio a Sialegol, la elfa, moviendo sus caderas de un lado a otro para ponerse a cubierto, como si fuera una bailarina. Así que decidió ponerse detrás de Kursk con el escudo en alto y la espada desenvainada por lo que pudiera pasar al abrir la puerta.
Thor volvio a mover la cabeza, el descanso le habia dado una nueva claridad y tenian que revisar todo el lugar. Mientras los chicos habrían la puerta y sufrian por eso se sento a evaluar la nueva arma y acostubraese a ella.
-Ustedes pueden chicos, yo aqui cuando la abran les cubro las espaldas- comento mientras segui estudiando el arma
Master tienes las nuevas carcteristicas del arma o son las que están en internet?
Alax no pudo evitar mirar a Sialegol con un poco de desdén y desprecio.
—¡Aaaaaaah! La valentía típica de los arcanos—dijo el tabernero con ironía—. Siempre tan arrojados y tan bravos. Nunca me acostumbro a ella. ¿Por qué será?
Y mientras Alax, el desagradecido, le dirigía pullas a la elfa, Krusk se arrojó con auténtica bravura contra la misteriosa puerta. ¿Qué misterios escondía? Sólo había una forma de averiguarlo. ¡Pasar al siguiente capítulo!

El grupo continúa aquí.