Partida Rol por web

Lost: Untold

Flashbacks

Cargando editor
06/10/2025, 11:41
Andreas Wendt

 

Ludwigsburg, estado de Baden-Württemberg, Alemania, enero de 1999

 

Nevaba ligeramente sobre Ludwigsburg la mañana en que Andreas llegó a la Oficina Central para la Investigación de Delitos Nacionalsocialistas. Nadie podía negar que la sede era una antigua prisión. El conjunto arquitectónico resultaba de lo más deprimente, rodeado por un muro de piedra que cercaba el patio y el edificio principal, y cuya estampa recordaba a Andreas las torretas de vigilancia y el muro ya desaparecido en Berlín. Los árboles alineados en fila, como dispuestos en formación, habían perdido las hojas y sus siluetas oscuras contrastaban contra el cielo blanquecino.

Teniendo en cuenta lo que se custodiaba allí, lo sombrío del lugar podía resultar de lo más apropiado: la oficina central reunía los documentos relacionados con los crímenes del Tercer Reich, algunos de los cuales se usaban todavía en investigaciones para dar con los criminales que pudieran quedar con vida.

Andreas llevaba en el cuaderno el número de archivo que aquel hombre, Heinrich Eschembach, había anotado la mañana de su encuentro en Londres, aunque lo sabía de memoria. Había tratado de averiguar algo sobre Eschembach infructuosamente y tampoco se había vuelto a poner en contacto con él, de modo que aquel número era la único con que contaba. Horst, a quien había hablado del encuentro en la cafetería, tenía la teoría de que ni siquiera debía ser su nombre verdadero, que tal vez era un agente de inteligencia y que el nombre de «Eschembach» lo habría escogido por el autor del poema medieval artúrico Parzival: no era tanto que Horst creyera firmemente que la cosa tenía por qué ser así, pero le encantaba hacer conjeturas sobre todo y este caso, con el aire reservado y enigmático que tenía el asunto, merecía una teoría a la altura. La realidad era que Andreas se había dejado llevar hasta allí sin garantía alguna de que hacerlo tuviera sentido, pero no era difícil espolear su curiosidad y su intuición le decía que el hombre sabía de que hablaba, que si era alguien que seguía sus artículos y estaba interesado en la justicia universal debía querer sacar algo a la luz a través de él. Esa era al menos la conclusión lógica junto a otras intuiciones más imprecisas que había tenido tras su breve encuentro. Parecía también haberse hecho una idea bastante acertada sobre él si había supuesto que no dejaría pasar la sugerencia sin indagar.

Andreas se identificó a la entrada y esperó junto a la recepción a la persona  con quien ya había establecido una cita por teléfono. Era una de las encargadas del archivo, de nombre Martina Kipperberger, una mujer de unos 60 años y aspecto afable que a los pocos minutos bajó a su encuentro.

¿Señor Wendt?, sígame por favor. 

Sí, gracias.

La mujer lo guio hasta una amplia oficina y se colocó tras un mostrador frente a una terminal de consulta. Andreas le ofreció el cuaderno con el número de expediente y ella se calzó sobre la punta de la nariz las gafas que llevaba colgadas al cuello de un cordón.

Mientras leía el resultado de la consulta cabeceó, lo miró con curiosidad y después de nuevo a la pantalla.

Si me permite la indiscreción, ¿está escribiendo una novela?

¿Perdón? —preguntó sorprendido.

Sí, bueno, no es que ninguno de nuestros documentos sea de demasiada actualidad, e investigaciones de la fiscalía a parte, nos visitan sobre todo académicos e historiadores. Pero usted es periodista, así que, viendo de lo que se trata y que es un tanto pintoresco, he pensado que tal vez se planteara escribir una novela.

Andreas no sabía qué decir: todavía no tenía idea de qué se trataba.

¿Me... permite? —preguntó señalando el monitor.

La señora Kipperberger pareció dudar un instante, miró a un compañero sentado tras un escritorio al otro lado de la estancia y asintió para dejar a Andreas pasar al otro lado del mostrador.

La mujer señaló en la pantalla mientras leía las secciones y subsecciones del documento solicitado según el código de archivo.

Actividades de la Schutzstaffel1; Asociaciones bajo el control de la Schutzstaffel; Fundación alemana de investigación Anheberbe; Actas de reunión de la Fundación alemana de investigación Anheberbe.

Poco era lo que Andreas sabía acerca de la Anheberbe salvo que había sido fundada por el líder de las SS, Heinrich Himmler, y que al igual que su antecesora, la Sociedad Thule, era una asociación antropológica de tintes esotéricos relacionada con las creencias nazis del supuesto origen de la raza aria. Sabía también que Himmler se proponía fundar una religión que habría de sustituir al cristianismo en Alemania basándose en religiones precristianas nórdicas; ahora entendía por qué la mujer había utilizado aquel término de «pintoresco».

Tal vez sí que dé para una novela... —respondió no sabiendo muy bien qué decir.

De modo que «Heinrich» como Himmler y «Eschembach» como el autor germánico del Parzival. Seguramente Horst tenía razón respecto al nombre falso de su misteriosa fuente; parecía haberlo escogido con un propósito burlón anticipando su estupor en aquel preciso momento.

La mujer le sonrió con aire cómplice.

No se preocupe, que soy una tumba. Estamos obligados por norma a no revelar quién hace las consultas y de qué, pero quiero decir que no diré a nadie que va a escribir usted una novela si me nombra en los agradecimientos.

Andreas le devolvió la sonrisa. Parecía muy convencida de haber acertado con su conjetura.

Cuento entonces con su palabra de archivera.

Pues muy bien —zanjó ella quitándose las gafas—. Siéntese en cualquiera de esas salas de consulta y enseguida se lo traigo. Recuerde: puede tomar notas, hacer fotos de los documentos o solicitar una copia, pero ningún original puede salir de aquí.

—Sí, muchas gracias.

La señora Kipperberger se marchó pasillo abajo y Andreas fue a sentarse a una de las salas: sacó de su macuto una pluma y su cámara digital de 2,1 megapixels2, y aguardó la llegada de la mujer. Sin embargo tardó bastante más de lo que había esperado.

Cuando la archivera entró en la sala su gesto había cambiado; no había rastro de la sonrisa y parecía afectada por algo. Traía varios archivadores del tipo A-Z en un carrito.

Disculpe la tardanza, ha... pasado algo y he tenido que reportarlo a mis superiores. Por favor, no piense que es algo común, aquí nos tomamos nuestro trabajo muy seriamente, pero siempre pueden producirse errores.

¿A qué se refiere?

El documento que solicita, las actas que me ha pedido, no están disponibles, no están donde deberían estar. En este momento no las tenemos localizadas.

¿Se han extraviado?

La mujer lo miró sin saber qué decir.

¿Las han sustraído?

No lo sabemos señor Wendt, pero se investigará. Queda constancia de cada consulta, pero ya le digo que nadie saca nada de aquí, es nuestra obligación comprobar que todo está en orden una vez terminan las consultas. Muchos de los archivos ni siquiera se han consultado nunca. Lo más fácil es que se haya traspapelado —aseguró.

Esto no ocurre con frecuencia.

En absoluto —aseveró la mujer—, ya le digo que sabemos hacer nuestro trabajo.

No lo dudo señora Kipperberger, solo me preguntaba si hay antecedentes de cosas así.

La mujer torció el gesto apretando los labios.

Antecedentes sí, claro, siempre puede fallar algo, ya se lo digo, pero en modo alguno es algo común.

¿A quién deben reportar el caso si no aparecieran?

Dado el grado de interés para la justicia y la memoria de lo que custodiamos aquí, se reporta a la capital, a la comisaría central de Sttutgart. De todos modos le he traído el resto del archivo por si quisiera usted consultarlo.

Tras un instante procesando lo ocurrido, Andreas asintió con la cabeza; si en algún momento había pensado que el tal Eschembach quería burlarse de él, la cosa había tomado un nuevo cariz. No creyó casualidad que lo hubiera enviado a encontrar precisamente algo que había desaparecido y sospechó que él mismo podría tener que ver en aquella desaparición. Pero entonces, ¿por qué hacer que lo buscara? ¿Qué pretendía al llevarlo a un callejón sin salida?

Algo de toda aquella preocupación debió reflejarse en su rostro, porque la mujer dejó uno de los archivadores en la mesa frente a donde estaba sentado y buscó su mirada. En sus ojos creyó ver una expresión de conmiseración. 

No se trata de una novela, ¿verdad?

Andreas negó con un movimiento de la cabeza.

Mire, aquí le traigo el resto del archivo como le decía: ojéelo si quiere, tal vez pueda encontrar parte de lo que busca. Y por supuesto, si aparece el documento me pondré en contacto con usted.

Tuvo la impresión, por su tono y aquella mirada, que pensaba que debía tratarse de algo personal.

Andreas puso la mano sobre el archivador y se lo agradeció con un conato de sonrisa.

Sí, por favor. Muchas gracias.

Notas de juego

1. Las SS.

2. Las cosas eran así en 1999. :P

Edición sin importancia.

Cargando editor
22/10/2025, 16:27
Andreas Wendt

 

Shoalhaven Heads, Australia, 20 de septiembre de 2004 (dos días antes del accidente del vuelo Oceanic 815)

 

A 15O kilómetros de Sídney, tras seguir la carretera de la costa en dirección sur, Andreas y Gabriel llegaron a la pequeña población de Shoalhaven Heads, en la desembocadura del río del mismo nombre. Habían madrugado, desayunado en su hotel y alquilado un coche, y dos horas después llegaron a la dirección que había indicado la mujer que lo había citado. Era una casita pintada de azul, no muy grande, rodeada de un jardín con arbustos llenos de flores de grevillea y arbolillos de acacia de aspecto cuidado, como parecía todo en general en aquella población pequeña de apariencia tranquila y aire vacacional. De hecho había prometido a Gabriel que, tras su cita con la señora Völz, irían a navegar por el río Shoalhaven en uno de los tours que recorrían sus aguas.

Esta fue la forma en que Andreas supo de la existencia de Renate Völz:

Después de saber que el archivo que buscaba había desaparecido, Andreas todavía hizo una visita más a la Oficina Central para la Investigación de los Delitos Nacionalsocialistas. Allí consultó numerosos documentos sobre la Anheberbe. Más tarde también leyó artículos y algún libro sobre la sociedad, pero con el tiempo su interés quedó relegado a un segundo plano, opacado por los temas que investigaba debido a su trabajo y las dudas acerca de las intenciones de la fuente que le había llevado hasta el archivo. Eso fue al menos hasta que su interés se había visto renovado unos meses atrás. Mucho había cambiado desde entonces, tal vez incluso él mismo. A partir de aquel momento había sentido la necesidad de encontrar el documento.

Empezó por averiguar los nombres de las personas que trabajaban en el archivo de la Oficina Central en el momento en que se tenía constancia de que los documentos desaparecidos habían sido consultados por última vez. De entre estos algunos seguían trabajando en el archivo, otros no. Tras hacer algunas pesquisas sobre los que lo habían abandonado, una mujer llamó especialmente su atención.

Renate Völz, que en la actualidad tenía 59 años, había sido jefa del archivo  de la Oficina Central entre 1981 y 1995, momento en que había abandonado la institución y se había mudado a Australia. Era licenciada en Historia por la universidad de Múnich, premio extraordinario en su promoción, y en 1973 se había doctorado con matrícula cum laude con una tesis de investigación de título: Implicación de las empresas estadounidenses de la información en el genocidio nazi: el caso de IBM. Su padre era Sigmar Völz, profesor de antropología en la universidad de Heidelberg desde 1934 y amigo personal del famoso filósofo —y rector de la universidad de Friburgo por aquel entonces—, Martin Heidegger. Al igual que Heidegger, Sigmar Völz había estado afiliado al partido nazi, en su caso desde 1933. Völz continuó impartiendo clases en la universidad hasta su jubilación y había muerto en 1980. Renate nunca se había casado, pero tenía una hija, profesora de Ciencias Sociales en Heidelberg.

Fue a través de la señora Kipperberger de la Oficina Central como Andreas consiguió el correo electrónico personal de la antigua jefa. Sin embargo Renate Völz no contestó a su mensaje. En lugar de ello le llamó por teléfono para responder que solo hablaría con él en persona, lo haría en su casa en Australia y le pagaría el avión. Como condición a todo ello le pedía que no publicara nada hasta que no hablara con ella, pues suponía que como periodista estaba trabajando en algún reportaje. Andreas accedió. Una vez supo cuál sería su vuelo y tras hablarlo con Elke, Andreas compró otro billete para Gabriel.

La conversación telefónica había tenido lugar casi un mes atrás. En aquel momento Renate abría su puerta y lo saludó estrechándole la mano mientras su perro, un bonito beagel con aspecto juguetón, saltaba alrededor de Gabriel. Al ver que iba acompañado de un niño, la mujer pestañeó un par de veces observándolo con curiosidad. Parecía sorprendida pero gratamente: era morena y delgada, y sus ojos pequeños de mirada despierta y un azul brillante estaban maquillados con abundante máscara de pestañas. Andreas podía oler su perfume con aroma a violetas.

La mujer se inclinó ligeramente para acercarse a la altura de Gabriel y le sonrió:

Pero, ¿quién es este jovencito tan guapo? ¿Cómo te llamas?

¡Hola! Me llamo Gabriel. ¿Cómo se llama su perro?

Sturm —respondió ella sin perder la sonrisa—. Y parece que le gustas. Puedes acariciarlo, no te preocupes, es muy bueno, no te hará nada. Pero trátalo bien también tú, ¿eh?

Claro señora.

Gabriel no es un nombre muy alemán, ¿tienes un segundo nombre?

Marcus —respondió él.

Muy bonito. Pero adelante, pase, por favor —dijo a Andreas—. Tengo té frío, ¿le apetece? ¿Quieres un zumo? —preguntó al niño. Gabriel miró a su padre y él asintió con la cabeza.

Sí, gracias —respondió el pequeño.

Un té sería perfecto, muchas gracias —dijo Andreas.

Si a tu padre le parece bien, después del zumo puedes salir al jardín a jugar con Sturm —sugirió preguntando a Andreas con la mirada. Sería la forma de poder hablar a solas.

Claro, gracias señora Völz.

Llámeme Renate, por favor —pidió a Andreas—. Sturm lo está deseando —dijo al niño—. En el jardín seguro que encontrarás  sus juguetes esparcidos por todas partes.

******

El salón de Renate era acogedor. Entraba mucha luz por el ventanal que daba a la parte trasera del jardín donde se veía a Gabriel corriendo con Sturm y lanzándole una pelota.

La mujer sirvió más té a Andreas en un bonito vaso alto de cristal tallado y rellenó también el suyo.

Tengo los papeles que busca, pero he tachado el nombre de mi padre y solo se los daré a condición de que no lo nombre —dijo ella.

Andreas dio un sorbo de té y esperó a que la mujer continuara.

Sé que mi padre está muerto y nada de lo que ponga en ningún sitio puede afectarle. Pero yo lo conocía y puedo asegurarle que no era ningún criminal y no quiero ver su nombre manchado. Compartía la pasión de otros por ciertos temas, la antropología era su pasión y las antiguas sociedades nórdicas, así como los relatos sobre el Grial y su simbolismo. Compartía teorías relacionadas con los orígenes de las leyendas, pero nunca fue un supremacista, solo era un místico. Patriota sí, nacionalista también, como tantos otros lo eran en aquella época en tantos países, pero su amor por Alemania y por su trabajo no supuso en su caso convertirse en un criminal.

»Por aquel entonces los recursos para las investigaciones que le interesaban estaban en manos del partido y en concreto de Himmler, quien financiaba las expediciones. Mi padre estuvo en el Tíbet. También en las islas Canarias estudiando una leyenda sobre una isla que se contaba que a veces aparecía y algunos marineros declaraban haberla visto e incluso visitado.1 Estuvo en Islandia y el norte de Noruega. Era un gran intelectual y una gran persona.

La mujer bebió un sorbo de té con aire reflexivo.

Sé lo que pensará, que cualquier descendiente de un nazi podría decir lo mismo, que es una especie de autoengaño o que pretendo engañarlo a usted. En realidad poco importa lo que pueda pensar, solo le pido su silencio acerca de mi padre. Si accede confiaré en usted.

No se preocupe Renate, tiene usted mi palabra.

La mujer lo miró en silencio a los ojos durante unos instantes y luego se levantó de la mesa para traer un viejo álbum de fotografías. Lo abrió para mostrarle una junto a la que había escrito un lugar y una fecha: Roma, 1939. Cuatro hombres vestidos de traje posaban sentados a una mesa de lo que parecía un café, otros dos más estaban de pie detrás.

¿Reconoce a alguien? —se interesó Renate.

La mirada de Andreas quedó fija sobre el rostro de uno de ellos. Apuesto, elegante. Sostenía un cigarro y transmitía una serenidad desdeñosa, un tanto burlona. Había visto otras fotos suyas de aquella época y lo reconocía perfectamente: era Franz Scheffer, el abuelo de Horst. En persona solo lo había visto una vez en su vida durante aquella visita a su castillo en Austria donde conoció a Horst.

No. Ninguno me resulta familiar.

La mujer lo observó con atención.

Miente usted fatal. Es una suerte que su trabajo consista en contar la verdad —apuntó con ironía.

Andreas guardó silencio y Renate devolvió la atención a la foto. Señaló a otro hombre de aspecto muy serio que llevaba un monóculo.

Pensé que tal vez lo reconocería: es Giulio Cesare Andrea Evola de Castropignano, más conocido como Julius Evola, ¿le suena ahora?2

Sí... el filosofo fascista —respondió fijándose mejor en su rostro. Nunca había visto una imagen suya.

Fascista se queda corto. Decía de sí mismo que era «superfascista» o «suprafascista». Era muy popular en ciertos círculos por sus ideas metafísicas, mágicas y ocultistas. Orientalista, alquimista, revolucionario conservador... Muy influyente. Mi padre decía que era un hombre brillante, pero increíblemente maquiavélico. Es posible que trabajara para el SD3. Creía firmemente en que el mundo estaba inmerso en un proceso de degeneración que había que revertir. Décadas más tarde se alejó de la política, pero se tenía por un «nihilista activo» y sostenía que había que estar preparado para actuar con violencia cuando el «Tigre» —así llamaba al mundo moderno caótico y degenerado—, se hubiera cansado de correr. Aún hay gente esperando. Otros querrían acelerar el derrumbe.

»¿Cree usted que hay que separar la obra del autor?

A Andreas le pareció una buena pregunta. No eran pocas las veces que había tenido que plantearse en los últimos tiempos hasta qué punto podía escindirse una persona de sus obras o incluso una parte de la persona de otra.

No lo sé. Tal vez no debamos despreciar algo bueno por su fuente. O eso al menos solía pensar.

Ella asintió pensativa.

Tengo un libro de Evola: La tradición hermética. Es un texto hermoso, sumamente poético.  —Renate lanzó un suspiro—. Hay quien piensa que somos obra de nuestros padres, de nuestros abuelos. Y en parte es así.

 Renate señaló a otro hombre en la foto.

Este es mi padre. Él también buscaba su Edad de Oro.

Desde el exterior la risa de Gabriel y los ladridos de Sturm rompieron el silencio que siguió a aquella frase. Como si saliera de un trance la mujer se levantó de la mesa.

Siéntase libre de ojear las fotos o de servirse más té. Voy por los documentos.

Andreas se quedó solo en el salón, pasando las páginas del álbum lentamente. Fotos familiares a orillas de un lago; Sigmar Völz y la que debía ser su esposa esquiando; paisajes de montaña; Renate en brazos de su padre, apenas un bebé.

Un par de páginas más adelante Andreas se estremeció como si una maza hubiera golpeado la losa que sentía sobre su corazón: Junto a Sigmar Völz estaban su abuelo y su abuela. Berlín, 1938.

No la había oído entrar. Renate estaba a su espalda y posó la mano en su hombro.

El doctor Wendt y su esposa —señaló ella—. Era un hombre extraordinario, muy inteligente, muy afable. De niña pasé la tuberculosis y durante mi reposo él venía a visitarme y a jugar conmigo al ajedrez. Tenía historias magníficas sobre cualquier cosa que pudieras imaginar. Ella era guapísima, como una estrella de cine. Creo que mi padre estaba prendado de la señora Wendt y no solo de su belleza. Siempre hablaba de los libros que leía.

Se sentó de nuevo a su lado sin retirar la mano de su hombro.

Son sus abuelos, ¿verdad?

Andreas asintió y clavó sus ojos en los de ella con una expresión en verdad penosa.

Mi abuelo murió hace siete meses.

Lo siento. Debe echarlo usted mucho de menos.

Así era. Añoranza y en el alma una desesperación sorda e inamovible.

Notas de juego

1. Habla de la leyenda de la isla de San Borondón.

2. Personaje real.

3. El Sicherheitsdienst o SD era el servicio de inteligencia de las SS.

Corrijo un detalle: Me había equivocado al calcular la fecha. La acción ocurre dos días antes del accidente, no tres como ponía antes.

Cargando editor
09/11/2025, 17:05
Fred Engels

FLASHBACK 1 (Fred Engels)
“El olor de la madera”

 

El sol del mediodía caía oblicuo sobre el taller. Las persianas metálicas dejaban pasar tiras de luz que iluminaban las virutas de madera flotando en el aire, como si fueran polvo dorado suspendido en el tiempo.

Fred golpeaba con el martillo, paciente, concentrado. Cada golpe sonaba igual que el anterior: preciso, firme, casi meditativo. Sobre el banco de trabajo había una mecedora a medio terminar. Los brazos estaban tallados con un cuidado que no encajaba con su tamaño ni con su rudeza: la delicadeza de un hombre que amaba lo que hacía.

Una puerta se abrió.

Sabine entró sonriendo ¿Otra mecedora? ¿Quieres llenar el pueblo de ellas?

Fred no levantó la vista, pero esbozó una sonrisa.  La madera no se queja. No discute. Solo hay que escucharla.

Sabine dejó una taza de té sobre la mesa. Su cabello rubio recogido, los ojos cansados. Él la observó un instante y le devolvió la sonrisa. ¿Y a quién escuchas tú?

Fred sopló el aserrín de la superficie con cuidado y se encogió de hombros. A ti, cuando me dejas.

Ella soltó una carcajada. Él también, aunque apenas se notaba. El aire entre ellos tenía esa complicidad de los que han pasado demasiados inviernos juntos.

 “El cine argentino me parece de los más fascinantes que hay” -  Yahoo Noticias

Sabine se sentó en un taburete cansada, admirando a su marido y un poco preocupada.
Los del invernadero están preocupados. Dicen que las bombas de agua no funcionan bien.

Puedo revisarlas esta tarde. contestó él sin darle mucha importancia.

También dicen que algunos están pensando en marcharse. Que no confían en los supervisores nuevos.

Fred dejó el martillo a un lado. Se pasó la mano por la barba.
Nadie debería irse. No mientras las cosas estén así. Pronto llegará el invierno.

Ella se acercó para poner una mano en su hombro, un pequeño bálsamo para la tormenta que sabía se desataba en su interior. No puedes controlarlo todo, Fred.

Él asintió lentamente, sin querer aceptar que su esposa tenía razón más veces de las que aceptaba.

No, pero puedo intentar mantener las cosas en pie. Como con la madera. Si ves una grieta, no esperas a que crezca.

Sabine dio la vuelta para ponerse frente a su esposo y le acomodó el cuello de la camisa.
A veces no es la madera la que se rompe… sino quien la sostiene.

Él la miró, y por un momento, todo el peso que llevaba dentro se asomó a sus ojos azules.

Eres más fuerte de lo que crees. Cualquier día de estos tendré que casarme con una mujer como tú.

Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento.
Sabine se sobresaltó; Fred frunció el ceño.
En el umbral apareció el doctor Keller, sujetando una carpeta. Fred y Sabine conocían al doctor desde hacía muchos años. Eran casi familia, y sabían que no habría ido hasta su casa directamente si no tuviese malas noticias.

Fred, Sabine… ¿podemos hablar un momento? Es sobre los resultados de tus análisis.

El silencio cayó de golpe. Fred buscaba la mano de su esposa.
Sabine no dijo nada, pero en su mirada había un temblor leve, apenas visible.

El sonido del mar invadía el taller de Fred, y el martillo quedó inmóvil sobre la mesa, como una palabra que alguien olvidó terminar. Comenzaba a hacer frío, se acercaba el invierno.

Cargando editor
10/11/2025, 19:46
Fred Engels

FLASHBACK 1 (Fred Engels)
“El olor de la madera”

 

El sol del mediodía caía oblicuo sobre el taller. Las persianas metálicas dejaban pasar tiras de luz que iluminaban las virutas de madera flotando en el aire, como si fueran polvo dorado suspendido en el tiempo.

Fred golpeaba con el martillo, paciente, concentrado. Cada golpe sonaba igual que el anterior: preciso, firme, casi meditativo. Sobre el banco de trabajo había una mecedora a medio terminar. Los brazos estaban tallados con un cuidado que no encajaba con su tamaño ni con su rudeza: la delicadeza de un hombre que amaba lo que hacía.

Una puerta se abrió.

Sabine entró sonriendo ¿Otra mecedora? ¿Quieres llenar el pueblo de ellas?

Fred no levantó la vista, pero esbozó una sonrisa.  La madera no se queja. No discute. Solo hay que escucharla.

Sabine dejó una taza de té sobre la mesa. Su cabello rubio recogido, los ojos cansados. Él la observó un instante y le devolvió la sonrisa. ¿Y a quién escuchas tú?

Fred sopló el aserrín de la superficie con cuidado y se encogió de hombros. A ti, cuando me dejas.

Ella soltó una carcajada. Él también, aunque apenas se notaba. El aire entre ellos tenía esa complicidad de los que han pasado demasiados inviernos juntos.

 “El cine argentino me parece de los más fascinantes que hay” -  Yahoo Noticias

Sabine se sentó en un taburete cansada, admirando a su marido y un poco preocupada.
Los del invernadero están preocupados. Dicen que las bombas de agua no funcionan bien.

Puedo revisarlas esta tarde. contestó él sin darle mucha importancia.

También dicen que algunos están pensando en marcharse. Que no confían en los supervisores nuevos.

Fred dejó el martillo a un lado. Se pasó la mano por la barba.
Nadie debería irse. No mientras las cosas estén así. Pronto llegará el invierno.

Ella se acercó para poner una mano en su hombro, un pequeño bálsamo para la tormenta que sabía se desataba en su interior. No puedes controlarlo todo, Fred.

Él asintió lentamente, sin querer aceptar que su esposa tenía razón más veces de las que aceptaba.

No, pero puedo intentar mantener las cosas en pie. Como con la madera. Si ves una grieta, no esperas a que crezca.

Sabine dio la vuelta para ponerse frente a su esposo y le acomodó el cuello de la camisa.
A veces no es la madera la que se rompe… sino quien la sostiene.

Él la miró, y por un momento, todo el peso que llevaba dentro se asomó a sus ojos azules.

Eres más fuerte de lo que crees. Cualquier día de estos tendré que casarme con una mujer como tú.

Un golpe seco en la puerta interrumpió el momento.
Sabine se sobresaltó; Fred frunció el ceño.
En el umbral apareció el doctor Keller, sujetando una carpeta. Fred y Sabine conocían al doctor desde hacía muchos años. Eran casi familia, y sabían que no habría ido hasta su casa directamente si no tuviese malas noticias.

Fred, Sabine… ¿podemos hablar un momento? Es sobre los resultados de tus análisis.

El silencio cayó de golpe. Fred buscaba la mano de su esposa.
Sabine no dijo nada, pero en su mirada había un temblor leve, apenas visible.

El sonido del mar invadía el taller de Fred, y el martillo quedó inmóvil sobre la mesa, como una palabra que alguien olvidó terminar. Comenzaba a hacer frío, se acercaba el invierno.