Puede que aún no hiciese el calor característico de los meses de Julio y Agosto, pero aquella jornada de finales de Junio era sencillamente deliciosa. Ni una sola nube en el cielo, un sol radiante que calentaba la piel pero no tanto como para temer las habituales quemaduras, y una suave brisa que refrescaba el ambiente, evitando el bochorno. Sí, aquel era un día sencillamente idílico.
O al menos lo era hasta que te percataste de tu desastrosa situación.
Pocas veces te habías sentido más humillada. Aquel había sido un trato cruel e innecesario, una acción por parte de Lucinda que, de haber vivido su padre, jamás habría tolerado.
Aún recordabas el bellísimo rostro de Lucinda, inexpresivo como siempre, abriéndote la puerta de la imponente mansión Ennis, mirándote con el mismo desdén con el que lo había hecho siempre. Si había sentido la muerte de su padre, desde luego que no dejaba traslucir sentimiento de pesar alguno.
No te invitó a entrar. Ni siquiera hizo ademán de abrir un poco más la puerta, entornándola lo suficiente para que su imagen cupiese por el hueco, como obstruyendo el paso.
No habías hecho más que darle el pésame cuando la muchacha esbozó una sonrisa de oreja a oreja, cruel, irónica, dañina.
-¡Qué casualidad! Nada más morir mi padre, comienzan a surgirme amantísimos parientes dispuestos a arañar un pedazo de carroña de la herencia.
Y con las mismas, te había cerrado la puerta en las narices.
Suspiraste con pesar. Las cosas no habían comenzado demasiado bien, desde luego, y por aquellas calles no se veía un alma. Ninguna cara conocida, pese a que tenías un montón de contactos en el pueblo. Quizás los Ettringer, o los Goodson, o puede que la vieja amiga de Ennis, Barbara flaherty, pese a estar enferma, pudieran acogerte allí unos días...
Habías hecho un largo viaje y, ahora que habías llegado a tu destino, tu instinto comenzó a insinuarte que haberte acercado a Runville no había sido una buena idea.
Estabas cansada, deseosa de darte una ducha y de regalarte un buen almuerzo. Además, tu arcón pesaba una barbaridad. No podías seguir deambulando con él por todas partes, buscando dónde caerte muerta. Claro que, no muy lejos de allí, justo en la carretera de entrada al pueblo, habías visto una posada bastante nueva. Una que jurarías que no había en tu última visita...
Hacia allí te condujeron tus pasos. Quizás no la necesitaras más que por una o dos noches, hasta que pudieras hablar con alguno de tus amigos para aclarar la situación, pero al menos podrías desembarazarte de todas tus pertenencias y moverte livianamente por las calles de Runville.
La posada era modesta pero bonita. Estaba muy limpia y ordenada, aunque el recibidor apestaba a tabaco. No tardaste en averiguar el origen de la humareda. La posadera, una mujer que se hacía llamar Mary Stone, apareció tras el mostrador. Apagó el cigarrillo que estaba terminando y, acto seguido, encendió otro.
Tendría unos cuarenta y tantos años, cabello moreno y cara de sabérselas todas. Quizás en su juventud hubiese sido bonita, aunque ahora parecía ligeramente ajada. Sonreía con descaro, aunque su tono de voz era cordial.
-Tu cara me resulta familiar. ¿Eres del pueblo, moza?- sonrió, muy segura de sí misma, mirándote con el desdén con el que una meretriz curtida miraría a una señorita de buena familia- Soy Mary Stone y regento este negocio. ¿Qué te trae por este lugar perdido de la mano de Dios, señorita?
Cuando mi prima me cierra la puerta en las narices, no puedo evitar una primera carcajada.
- ¡Cómo si necesitase más de lo que tengo! ¿Qué se le habrá pasado por la cabeza esta vez?- pienso en una primera impresión.
Sin embargo, pronto recuerdo que sin su permiso, la puerta es infranqueable. No podré caminar entre los recuerdos de esos veranos felices. Las lágrimas empiezan a asomar pero las retengo con un par de decididos parpadeos. Tengo que buscar un lugar donde descansar y dejar mis cosas; esa posada nueva tendrá que ser mi próxima parada.
Cansada tras el trayecto al sol y tirando del equipaje, llego a la posada mucho más acalorada de lo que me hubiese gustado. Me alivia comprobar que todo es limpio y nuevo. Mucho más modesto de lo que suelo disfrutar pero suficiente para un par de días.
- Hola, señora Stone. Soy Anna Ennis, sobrina de Henry Ennis. Me temo que me parezco a mi tío y no a las bellezas de la familia- contesto con una sonrisa a la amable posadera. - No he venido en circunstancias felices ni mi prima ha sido muy hospitalaria. ¿Tendría un cuarto libre y un té helado para esta viajera?
-Por supuesto- dijo, tomando una llave de una tablilla de madera colgada en la pared- Sígueme.
Ascendisteis las escaleras, hasta llegar a un extenso pasillo, el único del piso superior. A lo largo del largo corredor había una serie de puertas a ambos lados, que conducían a las diferentes habitaciones.
-Todas tienen cuarto de baño- dijo, deteniéndose a abrir la primera puerta a la derecha- No es el palacio de Bukingham, pero comprobarás que todo está limpio- se hizo a un lado, dejándote pasar, y entregándote la llave justo al cruzarte con ella- Aséate, cámbiate y desempaca, a placer. Dentro de un par de horas comenzaré a servir los platos en el comedor, y por supuesto que tenemos té helado. Tendrás una jarra inmensa ante tu plato. Baja entonces y dirígete a la puerta que está a la izquierda según bajas las escaleras. Es el susodicho comedor.
Mientras depositabas la maleta y echabas un vistazo a tu alrededor, comprobando que todo estaba limpio como una patena y realmente ordenado, aunque no es que se tratase de una posada lujosa, Mary se dedicó a encender un cigarrillo, dispuesta a decirte algo más antes de marchar.
-Hoy tendremos algunos "invitados" a comer. Ya que Lucinda ha tenido otro de sus magníficos alardes de cortesía y amabilidad, quizás te resulte interesante conocer a otros de nuestros, digamos, especímenes, todos ellos más sociables. Y, por mera curiosidad malsana, frente a tu puerta hace una hora que instalé a un hombre realmente extraño. Es un hindú, muy correcto y estirado. Creo que venía a ver a tu tío y a Ethel Goodson, la mujer que asesinaron durante su funeral. ¡No me digas que eso no es tener mala suerte!
Y, soltando una carcajada se fue, cerrando la puerta.
El dormitorio no era inmenso, pero sí espacioso. Según se entraba había un armario, justo al lado de la puerta. Era de tres cuerpos, ajado pero muy funcional. El marco de la amplia cama se apoyaba en la pared derecha, quedando para la sita frente a la puerta el espacio para un escritorio con una silla, así como un perchero de madera que había conocido tiempos mejores, todo ello rodeando una ventana amplia que daba al este, así que en aquellos momentos de la mañana, te concedía rayos de sol en abundancia, iluminando el dormitorio.
La pared de la izquierda no tenía nada, salvo una puerta que conducía a un pequeño cuarto de baño con lavabo y bañera, así como un inmaculado retrete. Había dos toallas sobre el borde de la bañera, una grande y otra pequeña. Un espejo reluciente colgaba sobre el lavabo.
-Allí estaré entonces- contesto a la señora Stone a modo de despedida. Aunque ha empezado a tutearme mucho antes de lo que debería, no me disgusta. Su vitalidad es casi contagiosa.
Cierro las cortinas, abro el agua de la bañera y la lleno para relajarme un poco. El viaje ha sido agotador y, tras la muerte del tío, esperaba que mi prima se tranquilizase un poco y se acercase al resto de la familia.
-¿Cómo puede estar tan paranoica? ¿No se siente sola? Espero que disfrute del dinero porque a este paso es lo único que va a tener cerca- pienso con tristeza.
Me tumbo en la bañera, con cuidado de no mojar el pelo, y me relajo tras las emociones del día. Cuando me siento refrescada y tranquila, salgo del baño, me pongo un camisón sencillo y cómodo y preparo la ropa que me pondré al levantarme.
Tras dejar todo listo, me tomo una pequeña siesta. Me hará bien descansar.
La cama es bastante más cómoda de lo que habías imaginado en un primer momento, así que no tardas en quedarte dormida con la placidez de aquel que acaba de realizar un viaje y se halla cansado.
Sin embargo, pasada media hora larga, te despiertas. No solo es que percibas claramente que Mary Stone está hablando con un hombre en la planta baja, aunque te resultaría imposible adivinar de qué están hablando, sino que además acabas de oír perfectamente y con toda la claridad del mundo que la puerta frente a la de tu dormitorio acaba de abrirse, para cerrarse nuevamente con cuidado.
Unos pasos firmes y decicidos recorren el pasillo hasta alcanzar el final de éste, para luego descender por los escalones hasta el piso inferior.
Echas un vistazo a tu reloj. Sí, posiblemente el hombre se dirija ya al comedor, dispuesto a darse un banquete. Tu jarra de té helado estará aguardándote en el piso inferior, ante tu plato.
Me desperezo lentamente tras despertarme con los ruidos. Es temprano y podría quedarme en cama un rato más pero he descansado bastante, tengo hambre y la promesa de un té helado suena a gloria.
Me visto y me arreglo el pelo en un santiamén. Ahora que me encuentro más animada, estoy deseando salir del cuarto y volver a ver caras conocidas. Han pasado demasiados años.
Cojo todo lo que necesito, y bajo las escaleras demasiado rápido para una señorita. Me puede la impaciencia.