Dwight hizo su entrada en la mansión de forma harto ruidosa. Era un buen amigo de Ennis, y se ve que para ayudar a mantener a raya su dolor se había agenciado algún que otro líquido espirituoso de desconocida procedencia que había sido ingerido con la mayor de las discrecciones. No podía decirse lo mismo del modo en que se estaba mostrando en aquellos momentos el acomodado banquero, pues se veía a la legua que llevaba encima varias copas de más. Tanto el jefe de policía Talbott como su ayudante Julian Dos Passos decidieron hacer la vista gorda por una vez. Aquello era un funeral, y habían venido como invitados, no como agentes. La sola idea de detenerlo por haberse saltado la Ley Seca, y hacerlo durante la recepción posterior al funeral, les parecía cuanto menos desagradable.
La bonita Ethel debería haber estado del brazo de su marido, controlando su ataque de nostalgia por el amigo perdido mezclado con los efectos embriagadores de la botella de ron que había ingerido prácticamente de un trago poco antes del funeral. Ethel siempre se hallaba a su lado, asegurándose de que su ricachón esposo no expresase en voz alta ningún pensamiento del que más tarde hubera de arrepentirse. Sin embargo aquella jornada la bonita y solícita esposa no ejercía de apoyo para su consorte.
No se hallaba en condición de ayudar a nadie.
Los que la vieron salir del cuarto de baño con los ojos rojos y aún empapados por las lágrimas no podían evitar el sentir que se hallaban ante el más claro ejemplo de desolación que se había visto en mucho tiempo. Claro que si había que hacer caso a los rumores...
El caso es que la bonita esposa del banquero parecía una plañidera desconsolada, mucho más de lo que lo estaba la hija de Ennis, mucho más de lo que parecía estarlo el grueso de los amigos de Henry.
Rudy no perdió el tiempo. El eterno aspirante corrió a toda prisa a situarse ante su adorada Lucinda, emitiendo durante eternos minutos una muestra de consolación tras otra, ofrecidas a una jovencita que distaba de necesitarlas.
Pero así era Rudy, ciego ante lo que estaba viendo. Para él Lucinda era realmente perfecta y, como todo enamorado no correspondido, la había idealizado de tal forma que creía ver en su inexpresivo rostro un dolor que evidentemente no sentía.
Había sido extraño, muy extraño. Aquel rostro perfectamente cincelado que parecía hallarse en un estado catatónico e inerte de pronto mutó en una expresión de puro odio. Pocos fueron los "agraciados" con la visión de aquel brusco cambio de expresión, pero en toda la casa, incluso en el exterior, se escucharon las palabras que aquella delicada boca pronunció a voz en grito.
-¿POR QUÉ NO TE VAS A MOLESTAR A CUALQUIER OTRA PERSONA, INSIGNIFICANTE IDIOTA?
Tras emitir su denigrante insulto, Lucinda tomó su copa de la mesa y se fue a la sala de música, dejando a Rudy rojo como un tomate y al borde de las lágrimas a causa del ridículo.
Y, de pronto, como un presagio de una Greta Garbo que haría furor con su más icónica frase allá por 1932, Lucinda se le adelantó, emitiéndola para la posteridad y siendo recordada durante lo que quedaba del año por los vecinos allí presentes:
-Quiero estar sola.
Y salió corriendo hacia la puerta delantera, desapareciendo entre las columnas del porche en dirección al campo. Perdió el sombrero en su presurosa escapada, yaciente en los escalones de la entrada.
Pasaron los minutos. Todo el mundo comentaba el espectáculo tan generosamente proporcionado por Lucinda. Primero su fantasmal aparición en escena, segundo sus gritos hacia el tontaina de Rudy, y después su partida hacia el bosque, perdiendo su victoriano sombrero por el camino.
Dwight Goodson tampoco se estaba quedando lejos a la hora de proporcionar un generoso espectáculo. Su borrachera había obligado a algunos de los vecinos a cargar con él para liberar a su esposa de vérselas con un gigantón barrigudo que apenas se tenía en pie, llegándose a caer sobre un inmenso macetón en el que quedó encajado, al más puro estilo de los filmes de Chaplin.
Rudy por su parte había partido rumbo a su casa, de color grana a raíz de la humillación recibida. No se hallaba en condiciones de encararse con nadie.
Los vecinos se fueron desperdigando por los los alrededores. Unos se hallaban en la sala de música, otros en el jardín trasero, otros en la sala, un buen puñado dándose un festín en el comedor, una larga cola a la puerta del baño y algunos ciudadanos algo hastiados por tanto alboroto descansando tranquilamente en el porche de la entrada.
Julian Dos Passos comenzó a revolucionar al personal al intentar dar con Ethel Goodson. Su marido no dejaba de gritar pidiendo que regresase a su lado y él, como policía dispuesto a que hubiera orden, se había propuesto dar con ella.
Pero no estaba en ningún sitio. Ethel se había desvanecido sin avisar a nadie de que se iba.
Katharina Smith había estado presente en el funeral, ya que no en el convite inicial. La antigua maestra de la escuela, recientemente jubilada y sustituida por Georgette, sí había acudido a la casa después. Al oír que se estaba buscando a Ethel, se ofreció a ayudar, tratando de hallarla en los alrededores.
Y, de pronto, sucedió. Unos ensordecedores gritos pondrían punto y final a la tranquila existencia de Runville.
Al escuchar los clamorosos gritos de horror, la práctica totalidad de los presentes salieron al exterior de la mansión. En otras circunstancias menos dramáticas y alarmantes la escena habría resultado cómica, con todos los presentes arremolinándose y apretujándose en el pasillo que conducía a la salida de la casa Ennis, haciendo esfuerzos por salir a ver qué sucedía y tratando de no ser aplastado contra una pared. Poco a poco el taponamiento que se había provocado la estampida de los presentes hacia el exterior fue disminuyendo, y todos se agolparon en el porche, entre las magestuosas columnas, atentos a la procedencia de los gritos.
Ver correr a Katharina Smith, tan anciana antigua maestra del pueblo, resultaba tan increíble que de no estar presenciándolo con sus propios ojos, jamás lo habría creído ninguno de los presentes. Pero allí estaba, corriendo hacia la casa por el sendero lateral. Corría, corría y corría al borde del infarto, corría lo más rápido que sus enclenques piernecillas le permitían.
Y gritaba. Gritaba como aquel que ha visto al demonio. Gritaba como si el mismísimo Diablo la persiguiera para arrastrarla con él al fondo del infierno. Su tez, blanquecina de por sí, se había quedado pálida como la de un cadáver, incluso a causa del esfuerzo tan tremendo que estaba realizando y de los gritos, su rostro se veía blanquecino, mortecino y más apergaminado que nunca.
Y por fin se aproximó a la casa. Tomó todo el aire que sus colapsados pulmones le permitieron y bramó unas palabras que nadie en el pueblo dejó de oír, por lejana que fuese su posición. Chilló como nunca antes -ni nunca más- lo volvería a hacer.
-¡ETHEEEEEEEEEEEL!!!!!! ¡ESTÁ MUERTA! ¡¡¡¡MUERTA!!!! ¡¡¡¡EN EL CEMENTERIO!!!! ¡¡¡¡¡LA HAN ASESINADO!!!!! ¡¡¡¡¡SOCORROOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!!!
De pronto, Katharina se llevó una mano al pecho, deteniéndose con brusquedad y emitiendo un gemido de insoportable dolor. Acto seguido cayó al suelo, inmóvil, con el rostro contraído y las pupilas dilatadas.
Nadie sabía si lo que había bramado era cierto, pero nadie habría de poner en duda la veracidad del infarto que la anciana estaba sufriendo en aquellos momentos.
upert se va a la escena del crimen en el cementerio.
Richard se va a investigar por su cuenta a donde me ha comentado.
Charles permanece entre los invitados de la casa.
Alice permanece entre los invitados.
Vivien auxilia a la infartada.
La policía acudió a la escena del crimen, así como Mary Stone y Richard Ambler, aunque estos dos lo hicieron a hurtadillas, dispuestos a comenzar una investigación paralela -a fin de cuentas, Ambler es un detective y Mary... Bueno, la desconocida Mary siempre parece dispuesta a enterarse de todo, aunque luego nunca le diga nada a nadie-.
Ettringer, ayudado por algunos vecinos, se ocupó de la infartada Katharina, a quien logró estabilizar. Poco después, una ambulancia partió con la anciana maestra rumbo al hospital, en donde aún reposa de su desgraciado incidente, sin que la policía haya podido interrogarla aún.
Por su parte, otros vecinos hubieron de emerger casi como héroes dentro de la mansión Ennis. Para evitar los curiosos y permitir al retirado doctor auxiliar a Katharina, Julian Dos Passos cerró a todos los demás vecinos en la casa, quedándose él al cargo de la situación. Pero cundió el pánico entre los presentes, un pánico que costó desmayos y magulladuras a buena parte de los vecinos. Solo la firme determinación de Alice Whitman y de Charles Liberty, quienes mantuvieron la calma en todo momento, logró contener a las masas, para alivio de Dos Passos. Entre los tres lograron controlar la situación, algo que de entrada había parecido sencillamente imposible. No hubo que lamentar grandes males.
Cuando todo se hubo calmado, cuando Katharina fue llevada al hospital y la escena del crimen fue debidamente investigada por el recién llegado forense y la policía, dio comienzo el turno para los interrogatorios. No hubo persona presente en el funeral que no fuese investigada debidamente, así como sus coartadas y los motivos que hubiesen tenido para asesinar a la dulce y calmada Ethel.
Parecía algo increíble, más propio de un filme o de una novelita que de la vida real. Pero allí estaban todos, siendo sometidos a un interrogatorio, dando cuenta de sus pasos a lo largo de toda la tarde.
Maurice Talbott, quien evidentemente habría de ocuparse del caso, decidió reunir a un buen número de vecinos con el fin de pedirles colaboración ciudadana a la hora de que, cualquier cosa que oyesen, viesen o descubriesen que pudiera parecer de interés, informaran inmediatamente a la policía -a él o a Dos Passos-.
Cierta información clave salió a la luz, con el fin de que los susodichos pudieran comprender mejor lo que había sucedido, así como lo que habrían de indagar.