Una parte de mí espera que el escupefuego intercepte con su aliento de llamas la mazorca en el aire, convirtiéndola en una bomba de palomitas calientes. El espectáculo muere, y no será lo único que muera. La mazorca se hunde en el fango de la calle. Trucos y triquiñuelas. Lanzo mi botella. Hoy no me he dejado la puntería en casa. Si, debajo de ese puente. Jubiloso, mis dientes le sacan jugo a la victoria. Si ahora ese hombre llama al fuego, será consumido por tu propio poder. Estoy a punto de advertírselo, de señalarle que toda amenaza ha terminada. Entonces, muere.
Parpadeo. No creo. No entiendo. Una flecha. Un virote. Alguien desde el tejado. Muerte-asesinato. El hombre cae. Me pregunto ¿Por qué? ¿Qué sentido tiene todo esto? Jugamos en otra liga. La mazorca, la botella, son trucos de supervivencia. Nadie iba a matar a nadie. No había motivo. ¿Verdad? Somos como niños grandes. Nos haremos unas cuantas heridas, nos partiremos algunos huesos, y mañana volveremos a jugar juntos.
Ese hombre ha muerto, se acabó el juego. No se me escapa el gesto de dolor en la muchacha mediana. Todo el mundo tiene alguien que le ama. Se me parte el corazón. No es justo. Mi sonrisa se pierde. Estoy aquí, estoy en Kislev, estoy ante una tumba. Hay muchos nombres en ella. Todos mis amigos han muerto, pero soy incapaz de leer la lápida. ¿Por qué no soy capaz? ¿Quién pondrá una piedra sobre mi tumba cuando yo caiga?
Veo fantasmas y conspiraciones. No somos nadie. Pero alguien trata de incriminarnos. O aprovechar y matar a un pobre hombre para ¿Qué? Se me escapa el saber, ¿En que punto de la historia un escupefuego de circo forma parte de un entramado de peso? El trabajo tiene un sello profesional. Eso puedo verlo. Muchas cosas suceden. Me quedo con la apremiante necesidad de salir de allí.
Alguien nos acusará solo porque estábamos cerca. Nadie pensará que es imposible matar a un hombre por la espalda cuando estás situado delante de él, con un virote y sin ballesta. El pueblo es estúpido, los soldados solo buscarán un chivo expiatorio. Y he estado en demasiadas encerronas como para no saber que soy un blanco fácil.
Uno de los otros acusados se acerca. Trato de pensar, si, entonces en esa situación, si le conozco. La situación es tensa, él parece calmado. Habla de salir de allí. Eso lo dijo Jörg. Las murallas, las cloacas. ¡Me llamó mago! No me siento un mago. No ahora. Mis manos torcidas no han podido impedir esa muerte. Algo se revuelve en mi interior. Amargura.
Fritz se asoma por uno de los agujeros de mi túnica, se eriza, me alerta.
—Hay maleantes en las cercanías, Fritz.
El ratón se esconde. Va y viene. Es mi memoria. Sé que existe, pero nunca me dice nada claro. Agarro del hombro a Jörg. Jörg es un buen nombre, mucho mejor que el que yo pueda inventarme. Jörg es un buen amigo, cree que soy un mago. Mucho mejor de lo que pueda inventarme, desde luego.
—A las cloacas, amigo, a las cloacas. Algo hiede en la ciudad, algo comienza.
Le miro a los ojos, severo, como si quisiera estirar mis globos oculares para tocar los suyos. Hay drama ahí, e intensidad.
—Guíanos.
Toca salir de allí. El hombre que corre es porque es culpable. No quiero parecer culpable. Empiezo a correr. Mi pierna duele, tiembla. Estoy cojo. Sino corro, me atraparán primero. No quiero volver a la cárcel. No quiero volver a los interrogatorios, las cadenas, el látigo y el hierro candente. No quiero volver a la torre. Me aseguro de seguir a Jörg. De no dejar atrás a nadie de ese extraño grupo que se ha juntado fortuitamente. Y de que no nos siguen. Me aseguro de que nadie nos pisa los talones.
Usemos la técnica secreta de Joseph Joestar...salir corriendo!
El tragafuegos se apagaba como una vela echada a la sangre, ahogada poco a poco en su propio charco oscuro. La Marktplatz ya no era una plaza; era una úlcera abierta, supurando caos, donde el cadáver aún caliente servía de reclamo para carroñeros de dos piernas. El virote seguía clavado, rígido, con la pluma temblando como si aún respirara. El cuerpo, ya sin dueño, borbotaba lo que le quedaba de vida en un hilo espeso, rojo, casi negro, que olía a metal y desesperación.
Y pensé, sin poder evitarlo.
Aquí la muerte nunca avisa,
solo entra, corta y te eterniza.
Una muerte nunca trae justicia.
Trae sospecha.
Trae acusaciones lanzadas al aire como piedras.
Trae manos buscándote entre la multitud porque eres pequeño, o porque eres distinto, o simplemente porque hoy les toca señalar a alguien y tú estabas demasiado cerca del cadáver.
Las palabras chocaban entre sí igual que las botas de la guardia avanzaban desde la retaguardia. A cada paso, a cada grito, la distancia entre nosotros y la soga se hacía más corta. Yo no podía permitirme aquello. No podía arriesgar mi entrada en el gremio. Una muerte en mitad de una revuelta no era precisamente el mejor argumento ante el gran maestre ni ante los cazarratas; ninguno de ellos tenía fama de compasivo, y mucho menos de crédulo.
Miro alrededor y sujeto con fuerza a Brü, que se retuerce con un gruñido que casi podría partir una piedra.
- Brü.Amigo,calla. Guarda silencio. Vamos a casa.
Su pelaje se eriza. Su mirada brilla. Quiere saltar. Quiere morder. Pero incluso él siente que la tormenta viene hacia nosotros con el paso firme de un verdugo. El grandullón me arrastra unos pasos hacia atrás. Lo entiendo sin palabras.Lo que era borrasca hace un minuto, ahora se vuelve tormenta y pronto será tifón.
La tensión política, esa peste silenciosa, ya estaba cuajando como moho en cada grieta de la ciudad. No había escapatoria en superficie; solo quedaba veía un camino.
Las cloacas. Mi hogar. Mi refugio.
Las olvidadas, siempre húmedas, siempre oscuras, donde el tiempo gotea con la calma oxidada de una cañería vieja.
El comerciante mira hacia los tejados con los ojos abiertos como platos, como un deshollinador que ha visto más de lo que quería. Estudia cada teja, cada sombra, cada mota de moho que la noche aún no ha reclamado. Gatos negros cruzan allí arriba como siluetas de mal agüero. Uno en particular —de pelaje anaranjado y mirada afilada— nos observa desde su palco elevado como si ya hubiera emitido vendetta.
Esa imagen se me clava en la memoria, como el virote en el cuello del tragafuegos.
Vuelvo la vista hacia la entrada de las cloacas. Allí, entre la penumbra, distingo una sombra que conozco demasiado bien, Melina. Silenciosa. Paciente. Atenta a mis movimientos como una araña que ya sabe qué insecto va a caer en su red.
El caldero ya había alcanzado su temperatura. Sí. Era el momento.
- Vamos. Seguidme. Si hoy no queréis comer hierro y sangre.
Avanzo sin correr, pero rápido. Sin ruido. Intentando no ser visto más de lo necesario. Me envuelvo en la capa y dejo que su sombra me trague. Quiero deslizarme entre la multitud igual que un susurro se cuela entre los labios de un moribundo.
Quiero ser sombra.
La sombra de la sombra.
Porque en Marktplatz,
cuando la muerte ronda,
el vivo que grita
es el primero que se ahonda.
Intentemos marcharnos antes de caer en un juicio del Herr Director.
Llama sofocada!!
Aún sigo de reojo la trayectoria de mi proyectil cuando una garra firme y huesuda me sujeta del brazo, tirando de mí.
Mis reflejos e instintos de supervivencia se activan.
Acompañando el movimiento hacia atrás con un giro rápido y la mano en la daga, sigo intentando entender cómo he podido saltarme una posible amenaza tan cerca de mí. Hasta el punto de tocarme, agarrarme.
Este fallo de cálculo me desconcierta.
Me hace sentir frágil, débil. Un objetivo fácil.
Todos estos años sobreviviendo sola, en la calle, entre sombras, ratas, ladrones y gente tan despreciable como peligrosa, me han enseñado a mirar, calcular, mantener distancias, interpretar peligros, ocultarme...
¡He fallado!
Grande es la sorpresa cuando, al girar, mis ojos descubren al tipo alto, corpulento, de cabeza erguida que hasta ahora se mantenía inmóvil y se dedicaba a observar desde la distancia.
Una distancia que tenía calculada, desde donde su brazo no me alcanzara.
No era su brazo el que aún me sujetaba, sino un largo, detallado y elegante bastón usado como gancho.
Mientras me soltaba de su agarre, la sensación de riesgo inminente iba desapareciendo. Su acción no era un ataque, más bien un aviso, un gesto protector.
Su atención estaba puesta en lo alto. En los tejados.
—Imbécil, detrás de ti.
Un rápido vistazo fue suficiente para darme cuenta de que éramos varios los que observábamos el escenario y los tejados, mientras mi amigo el cerdo parecía salir de un sueño y desaparecer en la multitud, perdiendo su interés en mí.
Una botella vuela en dirección al escupefuegos.
Parece que el mago loco ha elegido un método poco común para dejar la bebida.
El dragón humano apunta al mago y al chico del perro, los cuales están muy cerca de mi posición.
—¡Mierda!
Un proyectil atraviesa la garganta del desgraciado antes de que pueda escupir su llamarada.
Parece que en esta ciudad no gustan mucho los espectáculos pirotécnicos.
Cae de bruces en el escenario, pintándolo de un color sangre feísimo y provocando reacciones en forma de gritos, sollozos, chillidos, acusaciones y miradas.
Demasiadas miradas.
El chico del perro sugiere retirarse a las oscuras cloacas de las murallas.
Parece que la propuesta me incluye.
Mis dedos acarician mi pequeño anillo de plata.
No los conozco.
Pero hay que salir de aquí y volver a la sombra.
En las cloacas hay sombra.
Quizás deba confiar.
Los seguiré, pero mantendré las distancias.
Hoy he fallado.
Me han tocado.
Eso no puede volver a ocurrir.
No me toques!!!
Nuestros mindundis, por azares del sino —siendo el sino un tío calvo con bastante mala leche—, se encuentran en el lugar equivocado desde hace más que un momento equivocado. Tienen bastantes cosas en las que pensar, especialmente en esas de uniforme que están tomando la Marktplatz. Gracias a su exiguo desayuno, no cuentan con mucha energía para afrontar la huida por las cloacas que, pese a no ser una alternativa tan mala como pudiera parecer, llegados a este punto es una tarea imposible.
Un muro de soldados con la librea azul y roja de Altdorf empiezan a emerger de las calles que desembocan en la plaza, sellando el perímetro con la eficacia que cabría esperar de las tropas con las que el emperador gusta echar a los nobles de por aquí a patadas.
Sí, el mismo Emperador que se dice que está enfermo. No se ha recuperado de aquel asunto del castillo Drachenfels, o eso parece. Yo creo que son todas esas anguilas que comen allí. Lo más seguro es que se comiera una que estaba chunga.
El caso es que Jakob Krämer, que tanto se ha esforzado en no ser culpable de nada en absoluto, salvo en lucir una elegancia criminal, va a echar de menos unas cuantas cuentas más en su ábaco, teniendo en cuenta que la cuenta de la mañana se va a ver inminentemente incrementada de manera sustancial. Como te lo cuento.
Y si esperaba pagar a escote con su nuevo e intrigante amigo, va a ser que no, ya que von Luthier planea ejecutar un discreto mutis por el foro, desapareciendo entre los restos de la comitiva circense. No los restos mortales del tragafuegos tatuado, sino los de su troupe, visiblemente afectados por el reciente asesinato.
Pero eso será cuando nuestros héroes no estén mirando. Claro.
Por su parte, Konrad von Stolberg, nuestro hidalgo favorito, lucha contra el abatimiento que le ha producido el fatal desenlace de los recientes acontecimientos. Mientras tanto, diminutos fragmentos de memoria, premonición e intuición se le revelan en un batiburrillo tan bizarro que ni el universo de JoJos, oiga.
Al menos ha hecho algunos amigos, haciendo gala de su atractivo natural. Le vendrán bien, teniendo en cuenta los sucesos completamente fortuitos que están a punto de acontecer.
Jörg Pilawa abraza a su perro con toda la firmeza de que es capaz —claramente insuficiente para evitar una segunda fuga si es que esta se produce, lo cual es más que probable que ocurra—, mientras observa cómo la pared frente a ellos —y con ella la entrada a las alcantarillas— desaparece tras un muro de botas de soldados imperiales.
Algo en su sangre bulle. ¿Son acaso los rescoldos de la nobleza de El Pulgas, es alguna enfermedad de las ratas... o sólo es hambre?. Lo veremos más adelante, si procede.
Erik Erika La Sombra. Qué poco le gusta que la toquen. Que señoritinga. ¿O es por otra causa... más traumática?. Ansiaba conocer un compañero de viaje digno y, en mi humilde opinión, los tres que se ha encontrado parecen bastante aptos, al menos mientras conserven la capacidad de respirar. Otra cuestión es, claro, ver lo dispuestos que están a formar una compañía. Y para qué.
De momento haría bien en ir pensando en ese pergamino que esconde bajo la ropa, y en buscarse un apellido.
(continúa, mis tesoros)
Y entonces—
BANG.
El disparo aplasta el aire de la plaza espantando a algunos pájaros que se habían quedado a disfrutar del espectáculo. Y de las migas.
BANG.
BANG.
Tres detonaciones secas, brutales, que atraviesan el tumulto decididas a poner punto final a la diversión. Las voces se apagan y las cabezas se giran. Todas hacia el mismo punto.
Allí se alza una mujer de cabellera encendida, roja como una brasa recién avivada, con el brazo extendido hacia el cielo sucio de Ubersreik y una pistola repetidora en la mano. El humo asciende lentamente del cañón. Su expresión es tranquila. No parece alguien que se deje impresionar fácilmente.
Y entonces empiezan a aparecer. Primero uno, luego tres, después una docena. Y otra más.
Soldados con las casacas rojas y azules de Altdorf ya han terminado de sellar las calles que van a dar a la plaza, mientras guardias con la heráldica azul y dorada de Ubersreik surgen de detrás de los carros, de los soportales, de entre los tenderetes y de cualquier rincón para ir retomando el control de la situación.
La multitud, que hace apenas unos momentos parecía dispuesta a convertirse en una revolución improvisada, comienza a desinflarse con una velocidad sorprendente. Uno de los cerdos intenta escabullirse. Una alabarda le bloquea el paso. Sostiene la mirada del alabardero con ojos glaucos y profundos.
Brü gruñe. No parece muy satisfecho.
Fritz desaparece entre los pliegues de la túnica del Maravillas con prudencia.
Incluso los mimos parecen reconsiderar, con visible incomodidad, su compromiso artístico con el silencio.
La mujer pelirroja baja lentamente el brazo que sostiene la pistola repetidora.
Sus ojos recorren la plaza. El cadáver. El virote. El cerdo. El barro. Los bufones.
Y finalmente vosotros.
Cuando habla, su voz no necesita alzarse, el silencio ya está haciendo la mitad del trabajo.
—Quedáis todos detenidos.
El Imperio tiene muchas virtudes: La paciencia, la persistencia y una capacidad extraordinaria para resolver problemas complejos mediante soluciones extremadamente simples. Como por ejemplo detener a todos los que estaban cerca del cadáver.
Y poco a poco, uno por uno, los protagonistas más recientes del espectáculo de la Marktplatz desaparecen entre filas de soldados con bastante poca curiosidad por las explicaciones largas.
Así termina el espectáculo de la Marktplatz.
Un cadáver no muy conforme con la situación.
Un cerdo con talento.
Un asesinato perfectamente ejecutado...?
Y varios sospechosos convenientemente ubicados alrededor del difunto de una manera totalmente fortuita. Quizá tampoco muy conformes con la situación.
La justicia imperial adora ese tipo de coincidencias.
FUNDIDO EN NEGRO
Aquí ponemos punto final a la Escena I: La vida del mindundi. Esta escena queda cerrada.
Espero que la hayáis disfrutado tanto como yo. Sois unos mindundis cojonudos.
En breve se abrirá una nueva escena. Más información en Off-topic.