Partida Rol por web

La vida del mindundi

Escena III - Haciendo la Ronda

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28/05/2026, 23:45
Jörg Pilawa

AÑO DOS MIL QUINIENTOS DOCE DEL CALENDARIO IMPERIAL.

PRIMAVERA. VEINTE DE SIGMARZEIT. BEZAHLTAG. MEDIA TARDE.

CIUDAD DE UBERSREIK. CUARTEL DE LA GUARDIA. CLIMA: CÁLIDO, VIENTO SUAVE.


Mis compañeros se han marchado. Allí camino con Konrad por los pasillos del cuartel. Mientras noto la mirada de almas sentenciadas, almas condenadas a vagar por las oscuras y putrefactas paredes de un cuartel que, lejos de brillar, se oscurece por momentos.
Camino al lado de Konrad; el olor a sopa de cebolla atraviesa mis papilas gustativas y comienzo a salivar. Mi cuerpo me dice que me detenga, que pare a comer; mi mente, en cambio, susurra: no te separes, acompaña a este hombre.
Las almas que se encuentran enraizadas en el cuartel parecen prepararse para una función, una función de terror, y cada uno ensaya su mejor papel. Entonces me acuerdo. Un mensaje, una señal. Sin brazaletes podemos ser prisioneros, vagabundos o cualquier otro espécimen de la ciudad. No era momento de arriesgar. Con un paso pausado pero ligero, logro atar y anudarme el brazalete.
La imagen no me agrada, pero no es momento de llorar por prendas y vestimentas. No es momento de llamar a mamá; es el momento de afrontar, como hombre, mi lugar, mi responsabilidad.
Tras un paseo y al mezclarnos con la fragancia del lugar, llegamos a un sitio sin salida. Una puerta cerrada, un lugar que no debe ser cruzado. El tiempo no corre a nuestro favor y hay un infante, un infante como el que era yo ayer. Allí está, sentado, acariciando el metal como si acariciara a una joven por desvirgar: con ansias, con cariño, con pasión. Nos observa, nos mira; siento su mirada inquisitiva.
"Por ahí no suele ir nadie."
No suele… no quiere decir que no vaya nadie. Entonces, ¿quién va?
Me acerco a él con cautela, pero con decisión, adoptando una postura amplia y firme.
- Buenas, chico. Buenas tardes tengas hoy y que Manann te bendiga. ¿Podrías decirnos si alguien pasó recientemente por esta puerta? Nos mandó la capitana Pfeffer a buscar a… - hago una pausa y le doy un ligero golpe a Konrad- . ¿Cómo era, compañero?
Acto seguido me rugen las tripas y no puedo evitar añadir.
- Y otra cosa, ¿dónde se puede comer en este lugar? No quisiera que me viera el sargento Rudi muerto de hambre. ¿Conoces al sargento Rudi, verdad, chico?
Mientras le miro fijamente.
- Ya sabes que no le gusta que sus hombres pasen hambre.
Permanezco al lado de Konrad, atento a las palabras del infante. Firme, con determinación, con pose de comandante de guardia, en una burda réplica de Melina, intentando aparentar más posición de la real. Mientras, mis tripas han comenzado a tocar una sonata sin maestro de ceremonias ni director. Acordes de improvisación que merman mi autoridad. Aprieto mi cuerpo para disimular; la boca se me comienza a secar.
- Agua, chaval. ¿No tendrás? Por cierto, Jörg, y tú…

Notas de juego

Buenas dejo posteado, no se si es necesario alguna tirada. Veamos si podemos sacar comida, agua o información. Espero que ayude a Konrad. ^^ 

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30/05/2026, 20:24
Konrad Von Stolberg

AÑO DOS MIL QUINIENTOS DOCE DEL CALENDARIO IMPERIAL.

PRIMAVERA. VEINTE DE SIGMARZEIT. BEZAHLTAG. MEDIA TARDE.

CIUDAD DE UBERSREIK. CUARTEL DE LA GUARDIA. CLIMA: CÁLIDO, VIENTO SUAVE.


 

Tengo hambre. Sed. Mis tripas rugen, secundan las del amigo Jörg. Pero tengo más hambre de conocimiento. Nos movemos por el laberíntico lugar. Pasarelas, puertas, muros y estancias. Todas iguales. Patios, todos clavados, ribeteados en el mismo gris compungido, establecidos en el moho de la desidia y la resignación. Mi nuevo hogar. Mis pies son ágiles. Mi olfato es el de un sabueso. Fritz quiere decirme algo, le mando callar. Ojalá tuviéramos al perro. El rastro está fresco. Y caliente.

Llegamos al patio. O eso creo. En este endiablado lugar todo parece igual. No sé si estamos al otro lado, en otro lugar, en un sueño o un recuerdo. Ella estaba allí. La piedra está aún caliente. Me agacho, palpo. Huelo. ¿Hay algo más que mis sentidos no ven? Seguro. Delirio, magia. No. Ella era real.

Para cuando me pongo en pie, el amigo Jörg ya está interrogando al joven guardia. Me acerco con paso calmado. Pero no lo estoy. Me ajusto el brazalete de guardia. No me he cambiado las ropas. No soy un matón. El brazalete ya me delata como uno de ellos. Ropas raídas, grapas en la cabeza, un bastón en el que me apoyo. La imagen misma de un mariscal de campo. ¡Loado sea el imperio!

El amigo Jörg hace las preguntas adecuadas. Me uno a la conversación. Saludo. Una sonrisa, un gesto leve de cabeza.

—Era una mujer con el cuerpo lleno de cicatrices. Portaba una armadura completa. Su visión era…imponente. Si estuvo aquí, seguro que no pasó desapercibida.

Miro la puerta. La curiosidad me mata, debo saber.

—¿Qué hay al otro lado?

Para mí, ese lugar es como cualquier otro. Mi situación con el mundo no ha cambiado. Ser un guardia me da ventajas e inconvenientes. Nada allí me garantiza seguridad. Espero, ansioso. No quiero que se note como mi alma se está desgarrando por saber.

—Soy el guardia Konrad —digo, casi balbuceando, siguiendo las palabras del amigo Jörg.

Agradezco que se quedase conmigo. En mi actual estado, no lo denoto, pero mi actual estado está ahí, debajo de mi piel, como un hormiguero al que alguien le hubiera prendido fuego, seguramente habría cogido a ese pobre muchacho por la chaqueta y le habría zarandeado hasta sacar unas convulsas respuestas.

El amigo Jörg es mi dique. Fritz, espera. Yo, contengo el aliento.

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04/06/2026, 22:59
Narrador

AÑO DOS MIL QUINIENTOS DOCE DEL CALENDARIO IMPERIAL.

PRIMAVERA. VEINTE DE SIGMARZEIT. BEZAHLTAG. BIEN ENTRADA LA TARDE.

CIUDAD DE UBERSREIK. BARRIO DE LOS ARTESANOS. CLIMA: CÁLIDO, VIENTO SUAVE.


JAKOB KRÄMER Y ERIK-A:

Tomáis rumbo hacia el este, abandonando poco a poco las calles relativamente ordenadas del Barrio de la Comisaría para internaros en el Barrio de los Artesanos, donde la ciudad deja de intentar parecer que es una institución respetable y vuelve a ser lo que siempre ha sido: una inmensa máquina de producir bienes, ruido, humo y tarea.

Aquí se trabaja.

Se trabaja mucho.

Se trabaja lo suficiente como para que cualquier hombre sensato se pregunte por qué los ricos insisten en llamar prosperidad a algo que parece tan agotador.

Los martillos golpean los yunques, los telares vibran tras las ventanas abiertas, los carreteros se insultan unos a otros con una creatividad admirable. Los aprendices corren de un lado a otro cargando más peso del que sería recomendable para una columna vertebral todavía en desarrollo.

Y los olores cambian, queridos mindundis.

Menos piedra húmeda, menos burocracia.

Más serrín, más cuero curtido, más cerveza...

Mucha más cerveza.

Y pan. Sobre todo pan.

El olor os persigue durante varias calles antes de ser brutalmente asesinado por una fragancia mucho más poderosa: grasa caliente, cebolla frita y especias de procedencia probablemente discutible. Quizá de un cajón pisoteado en la Marktplatz. Quién sabe cuándo.

No tardáis en descubrir la fuente. Un anciano vende empanadillas bajo una sombrilla mugrosa y torcida que parece mantenerse en pie gracias a una combinación de optimismo, alambre y algún pequeño milagro.

La mercancía humea sobre una plancha ennegrecida. La clientela parece sobrevivir. Ambas cosas os parecen bastante prometedoras.

—¿Qué llevan? —pregunta alguien delante de vosotros.

El anciano parece sinceramente ofendido.

—Comida.

—Ya, pero ¿qué clase de comida?

—La que puede permitirse.

Una respuesta difícilmente mejorable.

Por unas pocas monedas conseguís un par de empanadillas calientes y algo que el vendedor insiste en llamar cerveza.

El líquido posee aproximadamente el mismo color que la cerveza auténtica y, en determinadas condiciones de luz, incluso podría confundirse con ella. El sabor ya es otra cosa.

—No preguntéis de qué están hechas —advierte mientras os entrega la comida—. Si tuviera que responder, tendría que subir el precio.

Una mujer que pasa cargando una cesta resopla al escucharle.

—¡Son rata!

—¡Eso fue una sola vez!

—¡Tres!

—¡Dos y media!

—¡Una de ellas tenía cola!

—¡Eso era decoración!

La discusión continúa mientras os alejáis calle abajo. Nadie parece especialmente preocupado. La verdad rara vez mejora una comida.

Unos pasos más adelante encontráis algo que se os antoja considerablemente más... profesional.

La Salchichería de Satrioli ocupa la planta baja de un robusto edificio de piedra. Varias mesas y bancos se distribuyen frente al local, ocupadas por artesanos, albañiles, carreteros y trabajadores que devoran salchichas, quesos y cerveza con la intensidad propia de quienes llevan todo el día transformando materias primas en beneficios. Ajenos en su mayor parte, claro.

El negocio se ve próspero. Mucho. Incluso para ser Bezahltag. Una pequeña legión de halflings corretea entre las mesas transportando platos, bandejas, jarras y ruedas de queso. Aparecen por una puerta y desaparecen por otra con una eficacia que haría llorar de envidia a más de un oficial imperial.

Desde el interior llegan aromas de carne ahumada, ajo, pimienta y queso fundido.

Especialmente queso. Muchísimo queso. El tipo de queso capaz de provocar guerras comerciales, crisis diplomáticas y homicidios menores.

Gino Satrioli ríe junto a la puerta mientras uno de los pequeños ayudantes carga una rueda de queso casi tan grande como él. Os suena ese nombre: Satrioli. Aunque... Todo parece perfectamente normal. Lo cual, tratándose de Ubersreik, tratándose de vosotros, y tratándose de un servidor, resulta ligeramente inquietante. ¿O no?.

Las salchichas, por cierto, están excelentes.

Sospechosamente excelentes.

Y la cerveza es de verdad.

Con el estómago más que razonablemente lleno, continuáis vuestro camino. Poco a poco el barrio comienza a transformarse. Los carpinteros dejan paso a los encuadernadores. Los encuadernadores a los herboristas. Los herboristas a los vendedores de objetos cuya utilidad exacta resulta difícil de determinar...

Habéis llegado al Camino del Hechicero.

La Graf Otto Strasse serpentea por el extremo oriental del barrio como una vieja culebra de piedra. A ambos lados se apiñan pequeñas tiendas repletas de hierbas secas, amuletos, libros polvorientos, instrumentos astrológicos y toda clase de mercancías destinadas a personas con demasiada imaginación o demasiado dinero.

Por encima de todo ello se alza la Torre del Mago Gris.

Una torreta estrecha y torcida, coronada por un tejado de pizarra oscura que asoma entre los edificios como un dedo acusador apuntando al cielo.

Todo el mundo puede verla, mas nadie parece encontrar jamás la entrada. Generaciones enteras de visitantes curiosos han dado vueltas alrededor de la torre buscando una puerta, una escalera o siquiera una ventana accesible. Los lugareños abandonaron la búsqueda hace años.

Ubersreik enseña muchas lecciones.

Una de ellas es que perseguir los secretos de un mago rara vez mejora el día de nadie.

Finalmente llegáis a una pequeña plaza adoquinada situada en uno de los extremos de la calle.

Allí os espera vuestro destino: La Botica de Cordelia.

Un mortero pintado cuelga sobre una sólida puerta de madera. Varias guirnaldas de flores y hierbas aromáticas adornan la entrada, inundando el lugar con un aroma agradable que consigue la hazaña casi milagrosa de imponerse al olor general de la ciudad.

La tienda parece antigua, respetable. Querida.

La clase de establecimiento donde las abuelas compran remedios, los artesanos buscan ungüentos para la espalda y los vecinos intercambian cotilleos bajo la excusa de adquirir infusiones.

Nada parece fuera de lugar, nada parece urgente, nada parece peligroso.

Y eso, en Ubersreik, resulta tan extraño que casi merece un Chequeo.

Notas de juego

Podéis realizar un chequeo normal (+20) de Sabiduría Académica (Reikland).

(No posteéis aún, continúa)

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05/06/2026, 00:07
Narrador

AÑO DOS MIL QUINIENTOS DOCE DEL CALENDARIO IMPERIAL.

PRIMAVERA. VEINTE DE SIGMARZEIT. BEZAHLTAG.  BIEN ENTRADA LA TARDE.

CIUDAD DE UBERSREIK. CUARTEL DE LA GUARDIA. CLIMA: CÁLIDO, VIENTO SUAVE.


KONRAD VON STOLBERG Y JÖRG PILAWA:

El muchacho os escucha con la misma expresión que pondría alguien al que acaban de preguntar si ha visto pasar un dragón por el atrio. Primero mira a Jörg, luego a Konrad. Después a la puerta. Finalmente vuelve a mirar a Jörg con sus ojillos entornados.

—¿Os mandó la capitana? —pregunta.

No parece desconfiado. Parece confundido, que es casi peor.

—Pues no me dijo nada.

—Porque la capitana no te dice nada, alelao—. La voz llega desde el otro extremo del patio. El viejo soldado sigue sentado sobre el banco, remendando pacientemente aquella correa que parece tener más recosidos que el mismísimo Treshue... quiero decir El Maravillas.

—A veces sí.

—No.

—Sí.

—A veces te grita.

El recluta medita aquello.

—Bueno.

—Bueno.

—Eso sigue siendo decir cosas.

El veterano permanece callado unos instantes.

—Supongo que sí. Touché.

El muchacho sonríe, satisfecho por haber arrancado aquella concesión histórica. Luego vuelve a mirar a Konrad. La descripción de la mujer parece hacerle pensar. O al menos intentarlo.

—No he visto a nadie así.

Pausa.

—Creo.

Pausa.

—Bueno.

Otra pausa.

—Si hubiera pasado por aquí me habría acordado.

—Eso tampoco es garantía —gruñe el veterano.

—¿Por qué?

—Porque tampoco te acuerdas de dónde dejaste el casco esta mañana.

—Lo encontré.

—Sí.

—Estaba en la camareta.

—Porque Klauss te lo dejó allí.

—Eso también cuenta.

El veterano suspira. La conversación parece agotarle físicamente. A vosotros también un poco.

Jörg menciona comida y agua. El recluta señala vagamente con el pulgar hacia alguna parte del edificio.

—Las cocinas. Por allí.

—Eso es un pasillo —señala el veterano, incapaz de dejar pasar semejante imprecisión estratégica.

—Las cocinas están después del pasillo— El muchacho gesticula poniendo los ojos en blanco ante la falta de reconocimiento de su lógica aplastante.

—Y agua en el pozo— Señala el pozo que hay en mitad del patio —Si sale transparente, dad gracias a los dioses. ¿Y si no?. Dad gracias igual.

El veterano se ríe por lo bajo.

Jörg menciona entonces al sargento Rudi. El recluta desvía los ojos. El viejo deja de mover la aguja.

Apenas un segundo. Después continúa trabajando.

—Claro que conocemos a Rudi. Todo el mundo conoce a Rudi.

El muchacho desvía la vista. El otro continúa cosiendo. Ninguno parece especialmente interesado en seguir hablando del tema.

Finalmente el recluta vuelve a concentrarse en la espada.

—Es... Rudi.

El veterano resopla.

—Eso desde luego.

Y no añade nada más.

Lo cual, por algún motivo, os resulta mucho más interesante que cualquier explicación.

Mientras tanto, Konrad se acerca a la puerta. La piedra continúa caliente por el sol de la tarde. La madera no. El hierro tampoco. Palpa la superficie. Observa los goznes. La cerradura. Nada.

Y sin embargo... hay algo. Fritz también lo sabe. Porque el patio entero parece abandonado por la mano de cualquier persona con ambición de limpieza. Hay polvo sobre los barriles, polvo sobre el pozo, polvo en los alféizares. Hay polvo sobre el propio recluta.

Probablemente también dentro del recluta.

Y sin embargo la cerradura parece menos olvidada que el resto.

No está limpia, tampoco brillante. Simplemente se ve... usada. Como un sendero que sólo emplea una persona. O una vez al mes. O cuando nadie mira.

—¿Qué hay al otro lado?

La pregunta flota unos segundos entre vosotros. El recluta se encoge de hombros.

—Creo que almacenes.

—O quizá archivos.

—También podría haber antiguas celdas.

—Ratas, seguro que hay ratas.

—O... fantasmas.

—Una vez escuché que había un túnel.

—Y yo escuché que tu padre era inteligente —gruñe el veterano.

—Mi padre era inteligente.

—Entonces la sangre salta generaciones.

El muchacho abre la boca.

La cierra.

Decide no librar aquella batalla.

Sabia decisión.

El viejo deja por fin la correa sobre sus rodillas. Mira la puerta. No a vosotros. A la puerta. Como recordando algo.

—Antes sí se usaba.

Giráis la cabeza hacia él, intrigados. El recluta también lo hace. Fritz asoma sus bigotes, expectante.

El veterano tarda en seguir hablando. Mucho. Lo suficiente como para que parezca que no piensa hacerlo. Finalmente escupe a un lado.

—Para guardar cosas.

—¿Qué cosas?— inquiere el recluta.

—Las que no interesaba perder.

Y ahí lo deja, como si aquello lo explicara todo. Como si aquello debiera explicaros algo.

El silencio que sigue resulta extraño. Más pesado que antes. Más largo. Fritz se remueve bajo la túnica. El muchacho vuelve a afilar la espada. O a acariciarla. Según a quién preguntéis.

Y la puerta continúa allí.

Inmóvil.

Cerrada.

Paciente.

Como si llevara un siglo esperando exactamente esto. Que alguien se hiciera preguntas sobre ella.

El patio permanece en silencio, el recluta afila, el veterano cose. Fritz asoma apenas el hocico. Incluso el viento parece querer evitar pasar entre vosotros.

 Entonces...

*BLAM*

Algo golpea desde el otro lado de la puerta.

Notas de juego

Mis tesoros, disculpad la tardanza. Podéis postear cuando gustéis. 

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06/06/2026, 17:24
Konrad Von Stolberg

AÑO DOS MIL QUINIENTOS DOCE DEL CALENDARIO IMPERIAL.

PRIMAVERA. VEINTE DE SIGMARZEIT. BEZAHLTAG.  BIEN ENTRADA LA TARDE.

CIUDAD DE UBERSREIK. CUARTEL DE LA GUARDIA. CLIMA: CÁLIDO, VIENTO SUAVE.


 

No llego a entender si este mozalbete es distraído, autista o se olvidó de ponerse a la cola cuando los dioses repartieron la perspicacia y la picaresca. La suma del otro guardia, el veterano, de vuelta de todo, no ayuda. Parecen enzarzados en un duelo oral que no se permiten abandonar.

—Creo que no es el lápiz más afilado del estuche —le dijo al amigo Jörg —. Ni de la caja.

¿No sabe si ha visto a una mujer de esas características? ¡Necios e incompetentes! ¡Si ese mozo es una muestra de lo que la guardia puede ofrecer a la ciudad Fritz mismo podría conquistar esos muros armado solo un mondadientes! Así que hago que le ignoro, cosa fácil, y me centro en la puerta.

No parecen saber que hay tras ella. O no quieren decirlo. Al menos, el más mayor. ¿Miedo quizás? ¿A las leyes del barracón? ¿A la capitana que grita y ordena? No me extraña que les grite para hacerse entender. ¿O algo más? Los lugares apartados y olvidados como aquel son ideales para esconder secretos. Igual que su cabeza, parecen sitios abandonados, perdidos, pero pueden esconder tesoros y peligros. La puerta. La miro. Fijamente, como si pudiera derretirla con la mirada. ¿Hay algo ahí? Ha sido usada. Si la mujer se fue, tuvo que irse por ese camino.

Si estaba allí y no estoy loco. Me sacudo la cabeza como si esos pensamientos estuvieran pegados a mi cabellera como algo pegajoso, sucio y en llamas. No estoy loco, la vi.

—Estaba aquí, y luego…

Casi me animo a preguntar si la vieron atravesar esa puerta. Me contengo, sería una perdida de tiempo. Entonces, algo golpea la puerta. Desde el otro lado. ¿Provisiones que se han caído? Lo dudo. Miró a los guardias, les interrogo con la mirada. ¿Y bien? ¿Algo que decir? Seguro que callan. Así que me enfrento a la puerta.

—¡¿Quién va?!

No responderá, seguro. Mi esperanza son esos dos guardias. Suspiro, le pido paciencia a Fritz.

—¿Y la llave? ¿Quién tiene la llave?

Una de mis cejas sube con cada interrogación. Demando una respuesta.

—Hay ratas grandes ahí dentro, amigos. Podrían comerse nuestras raciones, roer nuestra ropa o mordisquear nuestros tobillos cuando dormimos. Por suerte, mi amigo es miembro del honorable y no siempre bien tratado gremio de los cazarratas. Si pudiera entrar ahí dentro de seguro podía hacer un análisis de la situación —y yo también —. Podría acabar con esa plaga de ratas —sentencio, dejo que lo asimilen, que vean todas las ventajas de esa idea que se me acaba de ocurrir y que hace unos segundos no estaba en sus mentes pero que ahora, ahora, si, debe sonar como algo muy necesario —. Solo necesitamos la llave.

- Tiradas (1)

Notas de juego

Tiro por cotilleo, para ver si pueden decirnos algo más.

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07/06/2026, 22:52
Jörg Pilawa

AÑO DOS MIL QUINIENTOS DOCE DEL CALENDARIO IMPERIAL.

PRIMAVERA. VEINTE DE SIGMARZEIT. BEZAHLTAG.  BIEN ENTRADA LA TARDE.

CIUDAD DE UBERSREIK. CUARTEL DE LA GUARDIA. CLIMA: CÁLIDO, VIENTO SUAVE.


La escena se volvió tan inverosímil como ver a dos ratas jugando en las oscuras aguas negras de Ubersreik. Sus idas y venidas solo sembraban más niebla y oscuridad que luz sobre aquel lugar; estaba claro que la inteligencia no era lo que nos iba a hermanar con aquellos tipos.

Escucho las sagaces palabras de Konrad, un mendigo con la mente abierta, abierta al conocimiento, pagado con aquellas cicatrices , conseguían ver más que aquellos dos reflejos oxidados de lo que un día fue la gran guardia de la ciudad.

Agua , sí, aunque pudiera matarme a medias. Me acerco al pozo, buscando la suerte del lugar. Toca arriesgar; no tenemos vino en este maldito sitio. Escupo a un lado, tomo el agua del pozo y saboreo con lentitud para determinar cuan cerca estoy de la muerte en este lugar.

De repente, un golepe y Konrad grita. Sus palabras exigen acción. Ratas, ha dicho ratas. Está claro que su clarividencia es única, un mago de las palabras. Sí, ratas. Mi especialidad.

Cierto. De hecho, la capitana y el gremio me han asignado aquí precisamente para evitar que os falte un pie o una mano - me llevo la mano a la placa con un gesto seco, reglamentario, alzándola lo justo para que refleje la luz en está oscuridad -. Creo que será mejor que inspeccione lo que hay ahí abajo e informe personalmente a la capitana. No querréis tener que darle explicaciones… ¿verdad?

Entonces giro sobre mis talones con disciplina automática y clavo la mirada hacia la zona de donde venimos. Enderezo la espalda hasta tensar cada músculo, elevo el pecho y fijo el mentón con firmeza, tal y como si hubieran caído sobre mi años de instrucción y corrección a base de gritos y acero. Mi postura no pide permiso. impone.

Permanezco así, firme, inquebrantable, dejando que el  peso, real o no, de la cadena de mando hable por mí. No soy un cualquiera. Soy la voluntad de la capitana, no pedida y no consensuada, en este lugar.

Soy un fantasma.

Soy un títere. 

Soy algo del pasado que todavía no logro comprender.

Soy voces que se entremezclan.

 Soy sangre derramada.

 Soy nobleza y pobreza.

 Soy donde fluyen dos ríos. 

Soy el delta negro de Ubersreik.

Los observo de reojo, sin relajar un ápice la compostura. Que duden, si quieren. Yo no.
 

- Tiradas (1)