"(Y ahí va una de las cartas de alto valor cuya existencia me era ajena...)" Es lo que pasó por mi mente cuando observé a nuestra defensora tomar el pergamino que se le escurrió al cada vez más discutible "chiquillo".
No estoy en situación de protestar, de preguntar, ni de cuestionar. Ya preguntaré al niño si conservamos la voz y la vida dentro de un par de horas.
Paso todo el camino hacia la sala de vistas poniéndome en las peores situaciones, que nos hagan hablar, y que intervenga Konrad, quizás en ese momento lo mejor sería fingir inconsciencia o golpearse la cabeza contra algo lo suficientemente duro como para conceder un aplazamiento, cualquier cosa mejor que la muerte por cargos de brujería.
Es malo, pero no lo peor, debemos intervenir, pero ha sido una invitación abierta. No lo ha sido para mi.
Doy un paso cuando detecto el gesto de Osanna, ni dos, ni medio, como es costumbre, solo uno. Es suficiente para no parecer empujado, pero tampoco pecar de voluntarioso.
No miro al público, tampoco a mis compañeros, miro hacia el estrado, hacia la zona de juego.
Inclino la cabeza, nuevamente, lo justo, no se trata de pecar de sumiso, pero tampoco de desafiante.
"Su señoría..." Mi voz es clara, sin prisa ni adornos.
"Estabamos allí..." Negar lo evidente tampoco lleva a nada bueno.
"...Como muchos otros. No iniciamos el disturbio. No atacamos a la guardia." Mis ojos se deslizan hacia ellos, quizás alguno participó en mi "arresto sin violencia." "Y no portábamos arma alguna capaz de causar la muerte que se nos imputa."
Hablo con calma, pronunciando cada frase con calma.
"Permanecimos..." Lo recuerdo, no intenté huir para tener, precisamente, esta carta. "Porque no había salida cuando la situación se desbordó. Y si busca a quienes provocaron el suceso, dudo que los encuentren entre quienes no se marcharon. Como bien ha apuntado haciendo gala de su experiencia. No somos tan impresionantes." Una breve intervención, tampoco puedo añadir demasiado más, cada palabra podría enterrarme, cada oración ser malinterpretada. Explicar o añadir de más en los juicios es contraproducente. Retrocedo a mi posición inicial, no debo fingir ser inocente de todo, pero, ni mucho menos, debemos aceptar la culpa que se nos achaca. Una pequeña mota reafirmando el argumento del propio juez. "No parecemos importantes". "No lo somos".
No se trata de conseguir una inocencia que no me quieren dar, se trata de no parecer un engranaje importante. Un guijarro del camino.
La puerta se abre; nuestro avance es a trompicones. Los guardias nos empujan con una ansia casi animal, como perros adiestrados para arrastrar a sus presas hacia la trampa. Trampas, de eso sabía mucho; por eso portaba con orgullo el emblema de cazarratas. Y, aun así, aquí estábamos. Atrapados como la peor de ellas.
El gris de la sala, los imponentes capiteles. Ese gris enfermo que habita entre el más oscuro de los destinos y el blanco mentiroso que promete una libertad que nadie concede. La sala gris, un purgatorio sin redención. Almas juzgadas, almas que devoran con la mirada, y entre todas ellas, allí están Melinda y Brü.
Busco sus miradas y avanzo con paso firme, casi arrogante, como si aún quedara algo de nobleza que fingir. El pecho henchido, de orgullo, negándose a doblarse. Si la muerte decide abrazarme (¿lo hará?), que me encuentre en pie, como un cazarratas que nunca aprendió a huir.
Al susurro de Konrad, deslizo la mirada buscando esa figura enigmática; pero la vista nunca fue mi don, sino el oído. Fuerzo los ojos, lo justo.No pienso regalarles la imagen de un paleto tembloroso. No ahora. No con este emblema clavado al pecho como una promesa que tiene su tiempo contado.
En la sala, casi todo estaba dicho. La defensa recaía en mi ángel negro y en el cuentas, que respondería por los cuatro.
Cuatro despojos, cuatro culpas andantes, cuatro chispas de esperanza pudriéndose en el mismo aire viciado.
Y sobre nosotros, flotando en la sala, el veredicto.Un hacha invisible, paciente, buscando el cuello más débil donde demostrar que incluso el acero puede sentir hambre.
Perdonar, que me costo encontrar las palabras en mi cabeza.
Motivo: Chequeo de Carisma
Tirada: 1d100
Dificultad: 52-
Resultado: 87(-20)=67 (Fracaso) [87]
Motivo: Chequeo de Carisma
Tirada: 1d100
Dificultad: 52-
Resultado: 28(-20)=8 (Exito) [28]
Gasto de un punto de fortuna, a ver si evitamos la desgracia...
Un punto de Fortuna bien gastado, sin duda.
A juzgar por el leve —levísimo— arqueo de sus cejas, el juez Melierte parece impresionado tras el alegato de Jakob; ¿podríais tener una oportunidad, a fin de cuentas? Quién sabe cuándo.
Al parecer, el juez os había catalogado como personas de escaso interés, mindundis cuyas apelaciones serían fáciles de ignorar. Pero la presencia de Osanna y el aplomo que mostráis han sembrado un tenue, mínimo —casi imperceptible— aire de respeto en la sala. Suficiente, après tout.
Siempre estáis a tiempo de meter la pata, claro. Pero, de momento, Melierte parece dispuesto a escucharos.
Tras la breve intervención de Krämer, vuestra abogada se dispone a hablar, pero el juez la detiene alzando una mano con estudiada parsimonia.
—Un instante, juguista Winandus. No nos pgive de cierto… divegtissement.
Sus ojos vuelven a posarse sobre vosotros, ahora con un interés renovado, casi clínico podría decirse.
—Os fógmulagè una pgegúnta a cada uno. Responded con bgavedad. Y, pog favog, evitad el théâtge.
Un murmullo recorre la sala.
—Jögg Pilawa —ojea el legajo—: ¿Podéis explicagme exactamente en qué ayuda al Ggemio de Cazaggatas destguig nuestga Magktplatz? Decidme, ¿vuestga gente ogganiza siempge un distugbio cuando una actuación no le complace? Son vaguios los testigos que afigman que actuasteis como un agitadog… y un loco. Incluso que acosasteis a una honggada pastelega. C’est pgave, ¿no os parece? ¿Qué tenéis que decig a eso?
Pasa la página con un leve gesto de disgusto.
—Césag… Gastón… de ¿Aguas Neggas? —alza una ceja—. Vuestgo apellido me es familiag. ¿Estaliano, quizá? Intégessant. ¿Cómo ha conseguido alguien tan… inocuo como vos vegse implicado en esta hogguible situación, queguido? Paguece poco pgobable que estuviegais en esto pog voluntad pgopia. ¿Qué diguía vuestgo señog padge cuando aveguiguaga lo que su hijo considega utilizag cogguectamente su tiempo? Y ya que estamos… ¿qué le ha pasado a vuestga gopa? Mon dieu…
Sin esperar respuesta aún, continúa.
—Kongad von Stolbegg: ¿Egues consciente de las penas pog uso indebido de la magia, hechicego? Tengo entendido que guesulta hagto difícil lanzag hechizos sin lengua. Tgès incómode. ¿Qué diguía tu maestgo de estos acontecimientos? ¿Debeguía considegagte un peliggo paga esta ciudad y sus gentes?
Sus dedos tamborilean una vez sobre la madera.
—Maese Kgämeg —dice, inclinando apenas la cabeza—. Definitivamente, os juntáis con extgañas compañías. No obstante, he sido infogmado de su bguillante actuación tgatando de defendeg el génego de Fgaulein Glazeg, nuestga ilustgue maestga sopladoga de vidguio. Ha integcedido pog vos, supongo que eso os avala. Un point en votre favog.
Cierra el legajo con suavidad.
—Mas decidme… ¿Qué guelación os une al guesto de este… pintoguesco ggupo? Afigmáis no habeg matado a Fosten, pego he visto un infogme que os sitúa enfguentados al finado en ese pgueciso momento. ¿Qué sucedió entonces? En toute sincégité, si sois tan amables.
El silencio que sigue es denso, expectante.
Desde un lado, Osanna permanece inmóvil, pero sus dedos se tensan apenas sobre la toga: cuidado.
Todas las miradas están sobre vosotros.
El juicio, ahora sí, ha comenzado.
Con el pecho henchido, doy un paso al frente, haciendo gala de pose y arrancando, desde lo más profundo de mis tuétanos, un ápice de dignidad heredada.
Decidido, quiero hablar, pero medito mis palabras.
- Con el permiso de Vuecencia, mi ilustrísima señoría —hago una pausa solemne—, y bajo la mirada vigilante de Sigmar Martillero, me dirijo a las nobles almas aquí reunidas, ciudadanos de la imperial Ubersreik.
Recorro la sala con la mirada: Melinda, Brü y Osana. Busco a la capitana entre las sombras de uniformes y acero, y finalmente poso mis ojos en el magistrado Melierte.
- Me declaro culpable, sí, señoría… pero no de crimen ni de malicia. Me declaro culpable de juventud, de inexperiencia y de dejarme llevar por el corazón en un mundo que rara vez concede segundas oportunidades.
Hago una breve inclinación de cabeza.
- Soy culpable de buscar a mi perro, una criatura sencilla, pero leal, como lo son aquellos que sobreviven en las entrañas de la ciudad. Algo que, como bien sabrá su ilustrísima, forma parte del oficio de cualquier cazarratas reconocido por su gremio. Un perro que me fue quitado sin explicación ni justicia.
Permanezco firme, dejando que mis palabras calen, como el frio cala en los huesos.
- Jamás quise ni querré dañar la Marktplatz, corazón vivo de Ubersreik. Ese lugar me dio cobijo cuando nada tenía, me dio trabajo y me dio esperanza. La Marktplatz no es solo piedra y puestos. Es el pulso de esta ciudad, y todos los presentes la amamos como se ama al hogar donde uno aprendió a sobrevivir.
Me señalo, de arriba abajo, sin teatralidad.
- Decidme, Vuecencia. ¿parece este cuerpo el de un conspirador?, ¿o el de un muchacho desesperado buscando lo poco que le pertenece? ¿Puede un alma tan poca cosa como la mía levantar deliberadamente un agravio contra su propia ciudad?
Pauso, sin desafiar.
- Sí, señoría, actué con vehemencia. Detuve a quienes pretendían llevarse a mi perro. Y sí, confieso también que Manann, señor del azar y de los caminos inciertos, decidió torcer mi suerte en ese instante. No como castigo, sino como suelen hacer los dioses: lanzando el destino como una moneda al aire.
- Así fue como acabé cubierto por especias que valen más que mi vida. Un accidente nacido del caos, no de la intención.
Miro a las gradas, buscando un rostro concreto.
- ¿Es delito, señoría, alabar la belleza que todavía existe en el Imperio? ¿Es delito reconocer el honrado trabajo de una panadera que alimenta a esta ciudad mejor que muchos discursos? ¿Es delito intentar calmar los ánimos cuando la violencia estaba a punto de caer sobre un hombre indefenso?
- Un hombre que, como tantos otros, lucha cada día desde la pobreza y la humildad para sostener el bien común.
Enderezo la espalda.
- Si mis palabras fueron malinterpretadas y causaron ofensa, yo, Jörg Pilawa, ante Manann y ante las conciencias limpias de Ubersreik, pido perdón sin reservas. No hubo burla, ni desprecio, ni desafío. Solo torpeza y mala suerte.
Respiro por última vez antes de concluir.
- Señoría, Excelencia y ciudadanos aquí presentes: si he de ser castigado, lo aceptaré conforme a la ley del Imperio. Pero os ruego que mi destino se juzgue por mis actos y no por el capricho del azar.
- Solo pido una cosa más: que, ocurra lo que ocurra, el emblema que porto - símbolo de lo poco honrado que he logrado ganar- sea entregado a Melinda y no sea mancillado.
Hago una reverencia breve.
- Con la venia de sus señorías, regreso a mi lugar.
Dirijo una última mirada a Osana; busco a la capitana, mi capitana, y finalmente a Melinda y Brü. Las lágrimas amenazan, pero no caen. Mi cuerpo tiembla, mi voz está cansada pero mi alma descansa.
He hablado.
Ahora el rumbo ya no depende de mí, sino de la marea que Manann decida levantar.
Tirada oculta
El juez había cogido todas las erres que había encontrado por el camino y las había ahogado en el lago, solo por sustituirlas por unas ges blandas y llenas de agujeros. Cada vez que las pronunciaba, que las apretaba entre sus dientes, un líquido cremoso surgía de sus hoyuelos, embadurnado cada palabra. ¿Pero que diablos dice? ¡Dioses y gárgolas, es como si hablará un idioma desconocido de tierras lejanas!
Nos da una oportunidad de hablar. Una parte de mi aplaude. Otra dice, cuidado. Precaución. No será la primera vez que mi lengua juega en mi contra. Y ya hay demasiadas personas en mi contra en esa sala. Jakob ya hablado. Justo, comedido. Debemos seguir su hilo. Hablar poco. Todo hombre es culpable y cualquier cosa que diga será usada en su contra, sin remisión. Mejor callar. Pero nos habla, uno a uno. Es una trampa. Es una prueba. La verdad me llama.
Soy un adalid de la Justica. Con mayúscula. Y de la Verdad. No puedo mentir. No ante un juez. Piensa, piensa, piensa. Amigo Jörg se explaya. Él tiene un gremio, que le apoya. A Jakob le cuida alguien importante. Gastón parece serlo. Su nombre habla por él. ¿Quién me cuida a mí? Como siempre, solo. Mi mejor defensa.
Escucho a Jörg. Asiento. Bien dicho. Me toca. Lo noto. La fiebre del espectáculo. Todos me miran. Me gustan. ¿Pueden sentir esa sensación electrizante en la nuca como yo? O es la mirada de Osanna. No la miro. Tampoco a Jakob. Es mi momento.
Pero no el momento de la Verdad.
—Señoría. ¿Acaso podrían estas manos conjurar magia?
Me separo de mi amigo, avanzo, me tambaleo. Se las muestro. Son unas manos sufridas. Le miro a los ojos. Le atravieso con la mirada. Quiero que me diga que sí, que son manos de brujo, que se ve a la legua. Moriría feliz. No será así.
Allí nadie cree en mí. Juego con eso a mi favor.
—¿Acaso le parezco un mago? Si tu tuviera un ápice de poder ¿Acaso estaría aquí, entre los acusados, y no entre los acusadores?
Mi mirada es triste. El juez representa la realidad a la que no quiero enfrentarme. De repente ya no hace falta fingir que estoy cansado, depresivo o roto. Le muestro mi cara tal y como es. Mis ojos siguen en los suyos.
—No tengo más que decir, señoría.
Vuelvo y me apoyo en mi compañero. Sutil. De repente solo quiero que todo acabe. Bien o mal. Necesito estar solo, sentarme un rato. Pensar. ¿Acaso parezco un mago?
Un poco breve, pero a veces menos es más.
Alzo una ceja al escuchar a Konrad, observo su gesto y escucho sus palabras. Quizás si que haya algo de magia bajo ese cráneo, o quizás se ha filtrado en el abismo de, lo que aparenta ser una mente rota. Pero ha sido breve, ha sonado sincero, y el espectáculo que ha dado esta vez me ha hecho sentir incómodo de un modo distinto, no frente a un espectáculo. Frente a un espejo que nadie quiere mirar, el que refleja las heridas de uno mismo.
Vuelvo a dar un paso al frente, inclino levemente la cabeza en gesto de respeto, sin prisa ni incomodidad.
"Su señoría." No miro a mis compañeros, no debo hacerlo, no debemos ser un grupo, es la diferencia entre la mala suerte y la conspiración.
"No existe relación alguna entre nosotros más allá de la coincidencia." Dejo que las palabras se asienten "No viajamos juntos, no trabajamos juntos. Y hasta esta misma mañana, no habría podido dar nombre a la mayoría de los aquí presentes." Mantengo las manos a la vista, controladas. Mirada fija, cada mentira contiene media verdad, y esta vez, la contiene completa.
" Lo que ocurrió en la plaza no fue un acto coordinado. Fue… desorden. " Levanto la mirada hacia el estrado, y realizo un leve gesto con la mano.
" Un animal fuera de control. Un hombre que intenta recuperarlo. Un artista en plena actuación. Público alrededor. Soldados tensos intentando cumplir con su deber. Y en algún momento... alguien que disparó."
No dramatizo, tampoco entro en más detalles, no los ha pedido. Tampoco puedo acusar, y mencionar la presencia en el tejado sin mayores aportaciones me puede dejar en una posición mucho peor, por lo que sé, el tipo del tejado podría estar entre el público ahora mismo.
"No hubo enfrentamiento por mi parte, y después de eso, todo lo demás… es consecuencia" Dejo un breve silencio tras la declaración.
"No conocía a Fosten. No tenía motivo alguno para enfrentarme a él. Y, desde luego, no tenía medio alguno para causarle la muerte." Tuerzo levemente los labios, acudiendo a recuerdos desagradables demasiado recientes.
"Mi presencia allí responde a motivos mundanos, señoría. Negocios menores. Nada que merezca la atención de este tribunal… hasta hoy. Me encontraba negociando con la dama Heske cuando todo estalló." Con un paso, vuelvo a mi posición inicial.
Lombriz de agua puerca!!
Mi presencia ante el juez es calmada.
Con la cabeza y la vista baja.
La mirada perdida.
Con apariencia de un muchacho abatido, roto, avergonzado.
Rendido ante la evidencia de una mentira indefendible.
Una farsa al descubierto en manos de una desconocida que pide confianza, pero que guarda la llave de mi destino.
Osanna.
Dependo de ella, de su silencio, de su criterio y sus consejos.
—No hablar y dejadme a mí.
Así lo haré.
Solo cuando el juez pronunció mi “nombre”, haciendo alusión a mis apellidos familiares y a una figura paterna, fue cuando levanté levemente la cabeza en dirección a Osanna. Aún con la mirada perdida y en la mente una idea de añoranza, casi deseando que aquellas conjeturas del juez fueran ciertas.
Un padre preocupado.
Una familia.
Un hogar al que regresar y donde te esperan.
Con aquellas ideas arrastrándose por mi cabeza, mis palabras salieron despacio, tranquilas.
—Supongo que los caprichos del destino son los que me trajeron aquí —respiro lenta pero profundamente antes de continuar—. Más que culpable, me considero víctima de estar en el lugar equivocado en el momento menos oportuno.
Mis párpados se cierran lentamente mientras bajo la cabeza de nuevo y doy por concluida mi intervención, evitando los impulsos por llevar mi mano al pecho buscando el contacto del anillo.
Ese pequeño objeto que me hace sentir diferente a una lombriz de agua puerca.
Osanna ,Osanna no llores mas por mi.
Se hace un silencio pesado en la sala tras vuestras palabras. Bastante tenso, si tenemos en cuenta la duración de éste, la cara del juez Melierte, y el murmullo apagado que flota sobre la multitud.
Los cuchicheos recorren la sala: sorpresa, desaprobación… interés. No es habitual que los acusados —y menos unos tan mindundis como vosotros— hablen tanto, ni tan bien. El hecho de poderse dirigir a un juez del Imperio es su tribunal es un privilegio que generalmente solo se otorga a los nobles, y en determinados casos, ni siquiera a ellos.
En lo alto, el juez Melierte entrelaza los dedos, pensativo.
—Cuánta… elocuencia —musita, sin emoción—. Vgaiment. Casi me hace olvida que estamos en un juicio y no en una mala obga de teatgo.
Pasa una página. Luego otra. Ciertamente dispone de un buen número de informes, a juzgar por el abultado montón de papeles que descansan en su mesa.
—Veamos si entiendo bien.
Alza la vista. Su mirada no parece la de un hombre aburrido, sino que se va afilando por momentos.
—Se os acusa de destgucción de la pgopiedad pgivada.
—Disgupción del comegcio.
—Incitación a un distugbio.
—Contgibución a la anagquía genegal…
Hace una pausa antes de añadir, en un tono bastante poco amigable:
—…y asesinato.
Esto último lo deja caer sin emoción alguna, de manera pesada, lenta y burocrática. Ya no os hace tanta gracia el acento del juez, que se cierne sobre vosotros como un ave de presa.
El murmullo muere casi de inmediato.
—Y, sin embaggo, ninguno de vosotros parece sabeg nada. Nadie vio nada. Nadie hizo nada. Magnifique.
Apoya los codos.
—Un cazaggatas que sube a un caggó, coggue, aúlla y siembga el caos pog toda la Marktplatz. Un mago que pgoclama su magia y ahoga no es mago. Un hombge sin vínculos… convenientemente. Y un joven apocado que espera que yo cgea en el destino.
Inclina ligeramente la cabeza.
—¿Debegía felicitagme pog mi buena suelte? ¿O compadecego?
En ese instante, entre el murmullo contenido, el Pulgas capta algo. Una voz baja, demasiado cercana.
—Te dije que ese silbido era la señal… Es el fulano del perro.
Otra voz responde, seca:
—Cállate, estúpido.
No llega a ver quién. Pero están ahí, muy cerca. Observando.
Mientras tanto, el Maravillas siente algo distinto. Una dura mirada clavada en él. Entre la multitud, alejada, la figura de una bella mujer joven, extraordinariamente pálida y con la cara surcada de cicatrices. Cabello casi albo, salvaje. Armadura bruñida, demasiado limpia y pesada para este lugar.
No ha apartado los ojos de él ni un segundo mientras este hablaba. Y cuando vuelve a mirar… la ve desapareciendo entre la multitud, poco interesada en el juez, el proceso, los cotilleos ni en nada que no sea el propio Konrad.
¿Sientes el vértigo, Konrad? Quizá tu pasado venga a tu encuentro, ahora que tu futuro no está muy claro.
Arriba, el juez continúa.
—Maese Kgämeg…
Sus dedos tamborilean suavemente.
—Decidme… ¿tgenéis hijos? ¿O quizá… una hija que cuidag?
No espera una respuesta. Parece que tiene todas las que necesita en sus papelotes.
—La gente con algo que pegdeg suele escogeg mejor sus compañías.
Pasa página.
—Y vos…
Dedica un vistazo a Erika más largo e incómodo que el episodio del pis.
—¿Cgeéis que podéis dag un nombge falso a este Tglibunal… y luego escondegos tgás unos puchegos?
Se inclina aún más hacia delante, amenazando con caer, literalmente, sobre vosotros.
—No me habéis dado ni un nombge. Ni una pista. Ni una vegsión útil de lo sucedido.
—Y, sin embaggo, apeláis a la humanidad de este Tglibunal y a la vuestga.
Sonríe. Pero no es una sonrisa amable.
—Eso, jovencito… es casi insultante.
El ambiente se ha tensado un poco.
Bastante.
Mucho.
Demasiado.
La cosa está jodida, no tenéis pruebas.
Tampoco dudas, como el juez Melierte.
Y entonces...
(continúa, no posteéis aún)
—Su señoría, con la venia...
Osanna Winandus, la más hábil jurista de Ubersreik —y, sin duda, una de las más reconocidas de esta parte del Imperio—, no alza la voz.
No le hace falta.
Avanza con decisión serena, con calma elegante, con absoluto control. Su porte, en sí mismo, es un argumento en favor de quienquiera que sea defendido por ella; sus gestos son exquisitos, su imagen transmite pureza, fe en la justicia y…
a juzgar por todo ello, probablemente también unos honorarios escandalosos.
Tras un par de pasos, se sitúa entre vosotros y el atril del juez Melierte, que, en su presencia, ya no parece tan alto, ni tan terrible, ni tan amenazador.
—Mis clientes no han negado los hechos… sólo su interpretación.
Deja que el murmullo permanezca de fondo, como una parte más de su discurso, midiendo las pausas entre frases con la habilidad de un director de orquesta veterano.
—Sí, hubo disturbio. Sí, hubo daños. Sí, hubo caos. —enumerados como cargos, pero despojados ya de filo—. Pero no lo iniciaron. No lo planearon. Y, desde luego… no asesinaron a Fosten el Flamígero.
Camina despacio, girando apenas hacia las primeras filas, donde se sientan los más acaudalados y pomposos, sin perder en ningún momento el eje del estrado.
—Lo que ocurrió en la Marktplatz no fue una conspiración. Fue una cadena de decisiones pequeñas, torpes, humanas… amplificadas por el miedo, la confusión… y por individuos que aún no han sido señalados en esta sala.
Una pausa precisa, con el dramatismo justo. Esta mujer sabe lo que hace, ya lo creo que sí.
Sólo con lo que vale su toga se podría comprar una gabarra.
—Ninguno de ellos portaba ballesta ni exhibieron arma alguna. Ninguno tenía posición elevada, ni línea de tiro, ni el tiempo necesario para ejecutar un disparo limpio en medio del desastre. Y, sin embargo, alguien lo hizo.
Sus ojos recorren la sala. Lentamente.
—Alguien que no está entre los acusados de este sagrado Tribunal.
El murmullo cambia de naturaleza. Algunos asistentes se miran entre sí. Las miradas se tornan torvas, de sospecha. El vulgo se inquieta al comprender, quizá por primera vez, que el asesino podría haber estado sentado entre ellos todo este tiempo.
—Podéis castigar la imprudencia, su señoría. Podéis sancionar el desorden, la torpeza, incluso la mala fortuna. El Imperio está lleno de leyes para eso.
Se vuelve hacia el juez Melierte, que escucha más inmóvil que un gato de escayola —e igual de bronceado—.
—Pero si convertimos el caos en culpabilidad… y la coincidencia en conspiración… entonces no estamos impartiendo justicia.
Osanna alza un dedo, apenas. No necesita más.
—Estamos administrando miedo.
Silencio en la sala.
—Y el miedo, como bien sabéis, rara vez sirve a Verena.
La sabia Verena, Diosa del Aprendizaje y la Justicia, es la esposa del oscuro Morr, y la madre de Myrmidia y Shallya. Se la representa por lo general como una mujer alta y de una belleza clásica, por lo general portando una espada y unas balanzas. Como patrona de la justicia, le preocupa la rectitud más que la letra de la ley: se opone a la tiranía y a la represión tanto como al delito.
Verena es reverenciada por todo el Viejo Mundo, especialmente en el sur. Sus devotos seguidores incluyen eruditos, abogados y magistrados, así como algunos magísteres de los Colegios de Magia, particularmente de las órdenes Gris y de la Luz.
—Mis clientes no son héroes. Ni mártires. Ni siquiera especialmente listos, si se me permite la franqueza. —en boca de Osanna, en este contexto, eso es casi una concesión generosa—. Pero tampoco son asesinos.
Sus manos se pliegan con suavidad, cerrando el alegato con precisión.
—Y este Tribunal… no necesita fabricar uno.
Tras la intervención de Osanna, se instala el silencio más absoluto en el Tribunal de los Nobles.
Es un silencio denso, digno, reverente.
Definitivamente, esta mujer tiene que cobrar un pastón.
El juez Melierte la observa, inmóvil, inescrutable su gesto y sus pensamientos, durante unos largos, muy largos segundos en los que no oís más que el rugido tímido de vuestras propias tripas.
Y entonces...
(continúa, no posteéis aún)
...un ladrido. Roto, agudo, furioso y bastante a destiempo.
¿O perfectamente oportuno, queridos mindundis?
No rompe el silencio, lo caza con dientes descolocados y amarillentos.
Desde el fondo de la sala, entre capas, bastones y botas, algo pequeño, rápido y absolutamente fuera de control irrumpe como una bala de cañón: babas, pelo y desaliñe.
Brü. Nuestroperronuestroperronuestroperro.
Sucio, más vivo que nunca, sempiternamente indignado con el mundo, directo como un puñetazo al mentón.
Se zafa de Melina Heilbronn —¿Se zafa o es dejado zafar?— y corre hacia Jörg.
Durante un segundo, el Tribunal entero deja de existir alrededor de esta maravillosa y poco agraciada criatura de ojo vago.
Y luego—
—¡¿Pego qué es esto?!
—¡Coged a ese animal!
—¡Fuera! ¡Sacadlo de aquí!
Demasiado tarde.
El perro ya está encima de Pilawa, golpeándole con las patas, gimiendo, ladrando, atacando sus cadenas para romperlas a mordiscos, corrigiendo todo el desatino que rodea a nuestros mindundis sin elegancia ni protocolo... sólo con la más pura, definitiva y sarnosa amistad.
No hay pompa en ese reencuentro.
Dignidad, la justita.
Pero verdad... hay mucha verdad aquí.
Y en ocasiones, tanto en el Imperio como en la vida, mis tesoros… eso es más raro que la justicia.
Verena lo sabe. Osanna lo sabe. Melierte lo sabe. Y vosotros... lo sabéis.
***
Pero, esperad, ¿Qué pasa ahí detrás?
No mucho más lento, aunque bastante más ondulante.
Era… inevitable. Sí, cojones, ¡Lo era!
Aparece Fritz.
Se desliza entre botas y faldones, ajeno a normas, a jerarquías, a cualquier concepto que no sea avanzar. Su cuerpo deja un rastro húmedo, casi obsceno, sobre el suelo pulido del tribunal. ¿De dónde carajo ha salido este pequeño obús?. Quién sabe cuándo...
Una dama ahoga un grito.
Un escribano levanta los pies.
Alguien murmura una plegaria; puede que a Morr.
Pero Fritz avanza. Fritz no se detiene. Porque Fritz no quiere saber de tribunales ni de gaitas.
Llega hasta El Maravillas, se encarama por su pierna —la buena— y trepa, con decisión y arrojo, hasta lo más alto de su torre humana: la coronilla de nuestro hidalgo, hechicero en ciernes y erudito reconocido... en alguna parte, seguro.
Te roe las grapas, Konrad... ¿Lo echabas de menos?
Sin duda Fritz sí, a juzgar por el tembleque excitado de sus bigotes torcidos y cosquilleantes.
***
El público se levanta, presa de la agitación.
Los guardias dudan y se miran entre ellos, perplejos ante los zoológicos acontecimientos.
El ujier pierde, de manera irreversible, toda la autoridad que algún día pudo creer tener sobre los asistentes de este tribunal.
—¡ORDEN! ¡ORDEN EN LA SALA!
Demasiadas voces.
Demasiado tarde.
Menudo plot-twist, cojones.
***
En medio del caos —ese que tanto le gusta a nuestra Señoritinga de los Muelles favorita— algo cambia.
No en la sala. En vosotros.
Pilawa ya no es un acusado. Es un muchacho feliz con su perro... ¿Feliz? —con Brü nunca se sabe, aunque parece que sí—.
Konrad ya no es una incógnita peligrosa. Es un hombre cansado que no ha sido abandonado del todo.
Jakob… observa. Y por primera vez en mucho tiempo, no todo son cuentas. ¿Es una sonrisa eso que se ha dibujado en su rostro?
Y Erik-a... Erik-a no está sola.
Ni por asomo.
Porque en medio del bullicio, del desorden, del ridículo, un niño la mira con los ojos muy abiertos... ¿admiración? ¿esperanza?. El mismo niño de la zanahoria que Erik-a ayudó a no caerse en la Marktplatz.
Te recuerda, Erik-a. Quiere ser una Sombra, algún día, como tú.
También están las manos que no se apartan de ella, esas presencias que no desaparecen, un grupo que, aun sin quererlo, aun sin entenderlo… permanece unido frente a la adversidad.
Vuestro grupo.
***
Osanna no interviene; no todavía.
Pero si alguien la mira, verá en sus ojos un emocionado destello.
Breve, sincero, no calculado y fuera de carta.
Esto no estaba en el guion, muchachos, pero se parece a una mejora de manera notable, ¿no os parece?.
***
El juez Melierte se incorpora, visiblemente alterado.
—¿Esto… esto es una bguoma?
Nadie responde. Porque nadie puede hacerlo.
Golpe de mazo.
*¡Plam!* Una vez.
*¡Plam!* *¡Plam!* Dos.
*¡Plam!* *¡Plam!* *¡Plam!* Tres.
—¡Silencio! ¡Silencio o desalojagué la sala!
El ruido se resiste a cesar de inmediato, pero cede. Poco a poco.
Como una tormenta de granizo destinada a terminar pronto... pero no sin dejar marca.
***
Melierte respira, mientras se recompone.
Os mira uno a uno, luego mira al perro, después a Fritz.
Su expresión es ciertamente extraña, mas no dice nada. Por primera vez desde que habéis entrado en esa sala… no parece completamente seguro, ni ubicado. No sabéis si eso es bueno o malo.
—El Tglibunal… —hace una pausa y suspira— …se getiga paga delibegag.
*¡Plam!* Golpe seco.
—No empeoguéis aún más vuestra situación.
Se levanta.
Se va.
Volverá con una sentencia.
El turno es vuestro, mis tesoros.
Sois cojonudos.
Aunque eso no dejaré que eso me afecte.
De ninguna manera, coño.
No, no, no, no, no, no, no y no.
No... no.
Bueno...
Sí.
Qué cojones. Otra.
No me preocupo por el juicio de igual forma que no tengo que preocuparme del amanecer o la llegada de la primavera. Escapa a mi control. He hablado. Me dejaron al final. Interpreté mi papel. Me dejé llevar por el circo, fingí. Mis cartas, me las guardo. No quiero que vean todo mi potencial, tampoco la marca del destino que se ha cernido sobre nosotros cuatro. Mi corazón no está encogido. Me deleito, observo, incluso aburrido, al público. Ya no hay estímulos para mí. Nadie pretende controlar un amanecer. Salvo con la magia. Mediante la magia, todo es posible. Así que dejo que las cosas fluyan porque ya no puedo controlarlas…salvo usando mi magia.
No es el momento.
¿Hay algún momento?
Observo la gente del público. No le miro directamente. El hombre verde, las ropas llamativas. Es la otra cara de la moneda. Puedo percibir la magia corrupta que proviene de él. Es su presencia, no tengo pruebas pero tampoco dudas, la que ejerce una malsana influencia sobre las gentes de la villa. Él inició la trifulca.
Me gustaría poder alzarme sobre el estrado y señalarlo con mi dedo acusador. Nadie me seguiría. Pero te veo, sé de tu existencia. Tu juego no es invisible. En el tablero de tu juego ahora hay un nuevo alfil. Konrad Von Solberg. Ese es mi nombre. Verás que no soy nadería ni rival fácil. Aún no sabes que somos enemigos. Pero lo somos. El destino lo ha marcado, la justicia te ha señalado. Mi alma bulle. Tantos días, meses, años deambulando por las calles…y ahora, por fin, encuentro un motivo.
No es mi único hallazgo. Hay una mujer. Cicatrices, armadura. Me mira. Todos me miran. No es nuevo. No, ¿Qué es lo que me perturba? El cómo me mira. Ella me mira como si supiera quien soy. Ella, me reconoce. Tengo que luchar, muy fuerte, para evitar salirme fuera del círculo de acusados en el que me encuentro y correr hacia ella. ¿Sabes quién soy? ¡¿Sabes quien soy?! Amiga, enemiga ¡Lo mismo da! Sé que solo necesito una chispa para iluminar la oscuridad que hay en mi mente. ¿Es ella?
Se desvanece. Esencia, presencia. ¿A dónde ha ido? Trato de retener su rostro entre los pedazos de mi memoria. No lo logro. Tampoco la encuentro entre esos pedazos. Ella me ha reconocido.
Me inclino sobre Gastón, farfullando, para dejarle caer la confidencia.
—Ella me ha reconocido. Pero eso no es malo, amigo Gastón.
Farfullo algo más en una lengua académica. O inventada. Tanto tiempo callado me está volviendo loco. ¡Loco! ¡Qué terminen todas estás ínfulas y bravatas! ¡Tengo asuntos importantes que atender! Me contengo. ¿Cuántas veces van ya? Miro a Osanna. Si, debemos seguir su juego. Y a Jakob. Él nos sacará de aquí. Pero si el juez falla. Si el juez nos sentencia…
Vuelvo a susurrar unas palabras en el oído de Gastón.
—Si el juez nos condena, prepárate. Causaré una distracción mediante el más poderoso de mis conjuros. Alguien como tú podrá escapar sin problemas —afirmo, seguro —. Tú ya eres libre.
Mis palabras tienen el peso de un martillo de guerra y la seguridad de un sargento de instrucción. Sé que puedo sacarle de allí. Puede que a Jörg también. Él tiene amigos fuera. Los de la insignia. Le ayudarán. Jakob tendrá que apañárselas solo. Repaso mentalmente mi hechizo. Solo por si acaso, solo por su acaso… ¡Kazaspam, Sacatam, Matabahn! Era algo así. Similar.
Quiero volver a mi casa. Debajo del puente. Mi agujero es seguro. Allí miro la torre. Y sueño. Soñar siempre es más fácil que esta realidad.
¡Inesperados visitantes montan una escena! Era de esperar que Bru acudiera al encuentro de su amo. Ni el orden del lugar, ni el protocolo, menos aún la guardia, impiden que el can se reúna con aquel del que no puede separarse. Lo tomo como una buena señal. El destino nos unió a través del animal. Buenos augurios, sin duda.
No esperaba verle aquí. Al principio, no me lo creo. Contengo mi emoción. Ese pequeño bribón, ese ratón no es un ratón cualquiera. Tiene nombre, presencia, porte, lugar en mi corazón (y sobre mi hombro).
—Fritz…
El nombre sale de mis labios con un vino añejo de excelente sabor.
El pequeño llego a mí porque, lo sé, tampoco hay fuerza humana, mágica o infernal capaz de separarnos. Trepa por mi pierna, por la buena, él lo sabe, me hace cosquillas en la tripa, escala sobre mi hombro, asciende hasta la cima de mi cabeza. Me muerde, me saluda. Sonrió. Mis ojos le buscan, sin verle ahora que está ahí arriba. Mi conciencia, mi pedazo de realidad, mi amigo, consejero y confidente.
—Ah, pequeño bribón, ya casi pensaba que me habías dado de lado —mentira, nunca lo pensé —. Sabía que volverías.
Sonrío de forma estúpida y sincera, un niño delante de una tienda de dulces. Al momento, mi expresión se endurece. Si Fritz está aquí es porque…esto se va a poner serio.
—Fritz, Fritz —quiero gritar su nombre, pero no lo hago, me contengo por enésima vez —. Hay malhechores en las cercanías. ¡Malhechores!
Miro a la derecha, él la izquierda. Luego, al revés. ¡Hay de aquel que piense que puede atraparme desprevenido por la retaguardia!
Todo parece en orden. El juez parece alterado. ¿Molesto? No creo que acuse a Fritz de nada. ¿O sí? ¿Se puede juzgar a un ratón? Miro la sala, tan pomposa y decorada, la túnica, las pelucas. Seguro que esos leguleyos tienen leyes para legislar roedores. No olvidemos que la ciudad tiene un gremio solo para ellos. Le pido a mi amigo que guarde silencio, que sea solo un ratón.
Me he perdido gran cosa. El alegato de Osanna, la decisión del juez. Con ese acento que mastica no he llegado a entenderle. Se ha ido.
Me inclino, por tercera vez, sobre la oreja de Gastón.
—Estaba algo distraído, amigo Gastón. ¿Debo liberar mis portentosos vientos mágicos y sumir la sala, y puede que la misma ciudad, en un mágico caos que os permita escapa o solo debo aguardar?
Miro la sala, el hombre verde. La mujer de las cicatrices se ha ido. Quizás debería usar mi magia. ¡Kazaspam, Sacatam, Matabahn! Si, quizás debería…
Don't Stop Believin es un temazo, pero siempre me gustó más este otro.
Cada loco con su tema, el mago con el ratón y el cazarratas con el perro. Final feliz.
No me muevo durante el caos. Me quedo observando.
El perro. El… "lo otro". Las reacciones. Las grietas.
Interesante. Muy interesante.
Cuando el juez se retira, exhalo por la nariz. Apenas.
No es alivio. Es… ajuste. Hay mucho por reajustar.
Doy un paso hacia Osanna, sin prisa, esperando el momento en el que el ruido baja lo suficiente como para que hablar no sea… inoportuno.
"Señora Winandus."
No alzo la voz. Tampoco hace falta.
Inclino levemente la cabeza.
"Entiendo que el asesinato es el eje."
Una pausa breve.
"Y que todo lo demás… es negociable. Aunque como mencionó, tampoco me gustaría morir durante la condena."
Mis ojos se deslizan un instante hacia la sala. Hacia el público. Hacia donde antes había tensión.
Ahora hay otra cosa.
"¿Qué necesita de nosotros… cuando vuelvan?"
Necesito ser directo. Necesito que no haya adornos.
Sin ansiedad. Dejo pausa.
"¿Intervención… o silencio?"
La miro, evaluando.
"Porque no logro reconocer si esta humanización nos ha venido bien, o acaba de tumbar sus planes."
Silencio. No añado nada más.No voy a mostrar la desesperación que, junto al dúo de mascotas, ha venido a buscarme a mi.
Escuchaba las palabras del juez como quien oye cavar su propia tumba. Con cada r no pronunciada, sentía cómo mi condena se endurecía, capa a capa, hasta convertirse en una losa de hormigón húmedo sobre el pecho.
El carro. El maldito carro con cinco magníficos cerdos. Cerdos más humanos que muchos de los rostros que ahora me observaban, juzgaban, babeaban sentencia.
Una conversación se filtra por la sala, cortante, chocando contra mi oído hipersensible. Dos voces. Un solo objetivo, yo.
Busco desesperado. Busco y no encuentro. Respira. Tranquilo. Mentira. Los nervios me pudren por dentro. Demasiada gente, demasiado ruido, demasiadas miradas clavándose como alfileres. Callaos, bastardos, dejadme pensar, dejadme localizar.
Silencio en la sala.
Quiero gritar, pero mi boca es una lápida sellada. La lengua pesa. Nada sale. Nada.
La sombra crece, se espesa, me engulle hasta que surge su figura. Un ángel negro. Oscuro, elegante. Ribetes dorados marcando el contorno de un arte noble y salvaje,el de la defensa.
No viene con espada ni con acero antiguo; no necesita violencia. Usa palabras. Ingenio afilado. Prosa que corta más que cualquier hoja.
Sus frases caen como el frío de la madrugada, lentas e inevitables. Escarcha pura que se extiende y congela la sala entera. El aire se quiebra.
Entonces, el estruendo.
Un sonido seco, brutal, como un rayo arrastrándose por el suelo. Su eco retumba, piedra a piedra, colándose en mi cráneo.
Y de pronto, nada importa.
Ni la sentencia. Ni el pasado. Ni las miradas hambrientas.
Nada, salvo tener a aquel pulgoso entre mis brazos.
La sala desaparece para mí. El mundo se apaga.
Lo abrazo. No hablo. No puedo. Guardo un silencio denso, pegajoso, a punto de romperse.
Le susurro a Brü, con voz rota.
- ¿Tú sabes quiénes son? ¿Los escuchaste?
Sigo buscando, con la desesperación de un animal acorralado. Oigo al juez marcharse hacia algún lugar. Entonces la miro a ella. A Osana.
- ¿Qué recomiendas, letrada? —susurro— ¿Silencio o huir por detrás?
Mis ojos buscan a Konrad. Necesito creer que él puede crear una grieta. Una distracción llegado el momento. Él convierte la nada en ilusión, el dos en tres, el tres en cuatro. Cuatro patas para un banco cojo. Algo imperfecto pero firme.
Los miro a todos, esperando una señal, una chispa.
Especialmente al de las cuentas. Él debía tener un as escondido. Algo. Lo que fuera.
Y mientras tanto, sigo buscando.
Abrazado a mi Brü.
Buscando a la capitana entre el mar de uniformes y hierro de las fuerzas del orden. Saber si sigue hay, como un destino silencioso.
Antes de que alguna sombra vuelva para cubrir todo.
Sigo abrazo a mi Brü.
Perro y Rata!!
Tras una ridícula peluca rizada y una, casi cómica, forma de pronunciar las palabras, se esconden años de experiencia y formación académica que demuestran que el Juez Melierte lleva muchos juicios a sus espaldas. Quizás más de los que él desearía. Eso lo convierte en una figura ajena a dejarse llevar por emociones, sentimientos o intuiciones.
Las sensaciones no son nada buenas tras escuchar cómo el juez repasaba las declaraciones tratándolas como pobres y desesperadas excusas.
El final se acerca.
La intervención de Osanna llega cortando el aire denso y cargado para traer una nueva brisa de viento fresco, trayendo argumentos tan fuertes y sólidos como puertas de castillo. Su elegancia, su porte, su inteligencia al exponer y argumentar dejan ver, sin duda alguna, que nació y se crio para esto.
Moviéndose por la sala como pez por el agua, no necesita mucho esfuerzo para atrapar la atención de todos los allí presentes y sumergirlos en pensamientos de confusión, transformando el ruido acusador de los asistentes en un silencio de duda y complicidad incómodos.
El cambio de ambiente es notorio en la sala.
Al levantar la cabeza para presenciarlo con mis propios ojos, distingo una cara conocida entre el gentío.
Es el chico del mercado. Me mira fijamente y parece que me ha reconocido. Aunque su expresión no parece de preocupación o miedo, no me parece el mejor de los sitios para un niño tan pequeño, y menos si tiene que presenciar mi final.
Sin gesto ninguno, bajo la cabeza y la mirada por el peso de la vergüenza que siento al dar aquella imagen, aquel ejemplo.
Entonces oigo a Konrad murmurar algo cerca de mi oreja:
—Ella me ha reconocido. Pero eso no es malo, amigo Gastón.
Lo miro de reojo sin entender muy bien a qué o a quién se refiere. Lo que sí entendí es que me considera su amigo y que, a pesar de saber mi falsa identidad, no le da importancia.
Asiento levemente con la cabeza mientras se inclina de nuevo a mi oído:
—Si el juez nos condena, prepárate. Causaré una distracción mediante el más poderoso de mis conjuros. Alguien como tú podrá escapar sin problemas —. Tú ya eres libre.
Mi cabeza se gira completamente, buscando cruzar su mirada con la mía.
Su mirada refleja determinación, seguridad y poder. Parece decidido a actuar.
¿Es un verdadero mago?
Un nuevo revuelo me saca de mis pensamientos y localizo a los culpables de aquella nueva escena.
¿Un perro y una rata?
Es casi entrañable ver cómo el joven cazarratas Jorg se abraza a su perro con tanto afecto y cariño, casi fundiéndose con él, como un cuerpo con su alma.
Konrad, mientras, le habla a la rata.
La llama Fritz.
Parece que la rata "le entiende".
Esto, sin duda, es por obra de magia. Tiene que serlo.
Konrad se vuelve de nuevo hacia mí y, con la rata incluida, se inclina hacia mi oreja:
—Estaba algo distraído, amigo Gastón. ¿Debo liberar mis portentosos vientos mágicos y sumir la sala, y puede que la misma ciudad, en un mágico caos que os permita escapar o solo debo aguardar?
Mis ojos se abren como platos ante aquella pregunta, que realmente no sé si busca una respuesta o solo es una señal de aviso.
Un mensaje de alerta. Estar preparados.
Colocando mi mano en el pecho, buscando el contacto del anillo, miro fijamente aquellos ojos brillantes y enérgicos de mi AMIGO Konrad.
—Haz lo que debas, amigo mío, pero juntos.
Al cabo de un par de ratos o tres —ni por asomo cuatro—, el juez Melierte reaparece en la sala seguido por su ujier, que resopla y refunfuña bajo el peso de la abultada pila de legajos concernientes a vuestro caso. El magistrado asciende a su estrado; solemne, pausado, burocrático. Muy bretoniano en sus refinadas formas. Se coloca las gafas con parsimonia sobre el puente de la nariz, carraspea con gravedad y, finalmente, llama a la jurista Winandus para consultar con ella en voz baja durante unos breves minutos.
A vosotros, sin embargo, ese lapso se os hace eterno. Tenso, diría yo. Interminable, opina Fritz. Opiniones, opiniones...
A juzgar por los murmullos nerviosos que recorren la sala del Tribunal de los Nobles, al público congregado para seguir vuestro juicio también. Recordemos que hoy este Tribunal está abarrotado de curiosos aficionados, cotillas profesionales, mercaderes agraviados, funcionarios aburridos y amantes de las desgracias ajenas de toda clase y condición.
Además, este humilde narrador apostaría a que hay algunas personalidades bastante relevantes de la ciudad entre los asistentes... pero no nos centremos en eso, que hoy los protagonistas sois vosotros. ¿Verdad, mis tesoros?.
Al fondo, entre las últimas filas, medio oculto tras su extravagante sombrero, el larguirucho de rostro pintado de verde permanece inmóvil, observándolo todo con la misma sonrisa torva. Von Luthier. O lo que sea que realmente sea ese individuo.
El Pulgas reconoce a Melina Heilbronn, y os parece ver otros rostros relevantes de Ubersreik en la zona de autoridades, como el General Gobernador von Daberninck, Heske Glazer, la Capitana Pfeffer o el famoso cazatalentos Benedict Gurkenfeld.
Si El Cuentas echa un ojo, también hay un rostro que conoce bien entre el populacho mirándole con ojos golosos: La Abuela Rugger, sin duda más preocupada por saber si va a seguir teniendo a su atractivo inquilino bajo sus cuidados, o va a tener que buscarse otro.
Os habéis vuelto bastante populares, ¿no crees, Erik-a Gastón de Aguas Puercas?
Finalmente, Melierte alza la vista, toma aire para hablar y se dirige a la sala:
—Paguece bastante impgobable que los aquí gueunidos consiguiegan asaltag pog sí solos toda la Magktplatz. Après tout, ni siquiera estoy segugo de que algunos de vosotgos pudiegan asaltag una panadegía sin lesionagse en el intento.
Alguna risa nerviosa recorre la sala. Una repostera con trenzas apretadas como sogas de barco gruñe. Un pescadero con el ojo amoratado deja escapar un suspiro. Pilawa piensa en cavar un agujero para vaya usted a saber qué.
—Además, es de aggadeceg que no se molestagan en malgastag el tiempo de este Tglibunal con declagaciones de inocencia más fgívolas de lo admisible, habiendo actuado con cierto guespeto… y hasta con algo de savoir-faire.
En este punto, Melierte mira a Osanna por encima de sus lentes. La jurista sostiene la mirada con serenidad impecable y responde con un leve asentimiento, elegante y medido.
—Este Tglibunal ha tenido en cuenta las declagaciones de los acusados, las pguebas pgesentadas, el alegato de su abogada aquí pgesente… y las cagtas de guecomendación de sus avales en esta ciudad de Ubegsgueik.
Pasa una página del legajo.
—En consecuencia, los acusados son hallados culpables de:
—Destgucción de la pgopiedad pgivada.
—Disgupción del comegcio.
—Incitación al distugbio.
—Contgibución a la anagquía genegal y altegación de la paz pública.
Tsk, tsk. Hay que reconocer que para ser unos mindundis habéis conseguido haceros con un currículum impresionante, y en tan solo una mañana. Me gustaría comprobar de lo que seríais capaces en un mes. O, ya puestos, en un año. Opiniones, opiniones...
—Sin embaggo…
El Tribunal entero contiene el aliento. Hasta Brü, que alterna su mirada unifocal entre el Pulgas y Melierte. No parece que vaya a salir corriendo. Por el momento.
—No considego que las pguebas pgesentadas permitan sostener, más allá de toda duda gazonable, el cargo de asesinato sobge la muerte de Fosten el Flamígero.
Un murmullo recorre la sala. Melierte levanta una mano.
—No me malintegpretéis. Seguís siendo unos catastgophes ambulantes. Pego no asesinos.
Incluso el ujier, sudoroso y de aspecto mohíno, parece relajarse un poco.
—Pog lo tanto… este Tglibunal se ve inclinado a mostrag clemencia.
Pasa otra página.
—Una vez guevisadas las pguebas y las cigcunstancias que confluyen en este caso, es mi pagueceg que quienes integviniegon altegando la paz de nuestga bella población… debeguían también integvenig guestaugándola.
La pausa que sigue es larga, ceremonial. Hay que reconocer que las pausas de Melierte son de categoría.
—Os sentencio a todos vosotgos a tgabajos supegvisados en la Guagdia de Ubegsgueik, paga podeg pagag vuestra deuda con esta ciudad.
Algunos asistentes se miran entre sí. Otros muestran abierta decepción ante la ausencia de ejecuciones. Dos hombres que parecen hermanos, o primos, o hijos de hermanos que a la vez son primos, se dan codazos incrédulos. Uno tiene cara de zarigüeya. El otro los dientes podridos.
—Dichos tgabajos comenzagán mañana, y se mantendgán pog un peguíodo no supeguiog a dos años. Todo fallo en cumplig adecuadamente con vuestgos nuevos debegues segá considegado una tgaición al Impeguio… y, pog lo tanto, punible con la pena de muegte.
Cierra el legajo con suavidad.
—En nombge de Veguena, así pog ésta mi sentencia lo pgonuncio, mando y figmo.
Golpe de mazo. *Blam*
—Caso ceggado.
Aprovechando el creciente murmullo en la sala mientras digerís vuestra sentencia, el magistrado se inclina hacia el sufrido ujier para solicitar hidratación.
La hidratación es importante; no me canso de decirlo, mis tesoros.
—Hensil… tgáeme un vaso de Bogdeleaux. Le plus gandé que encuentgues. Que libeguen a estos hombges y se les pgopogcione alimento y algo de bebeg.
La tensión se rompe de golpe en toda la sala, que se llena de conversaciones, ruidos, toses, algún pedo contenido demasiado tiempo y la melodía gastada de un laúd mal afinado.
Vuestro juicio ha terminado.
***
Por unos instantes parecéis demasiado atónitos para reaccionar, y la jurista se aproxima lo justo para susurraros en voz baja:
—Veo que os creéis injustamente castigados, pero mi Señora obra de formas a veces misteriosas. Quizás ahora estáis exactamente donde tenéis que estar. Lo que obtengáis de esta... experiencia corre de vuestra cuenta.
—Dos años de trabajos supervisados son inmensamente preferibles a un nudo corredizo inmediato.
Sus labios apenas se mueven al añadir:
—Y dadme algo de tiempo. Quizá más adelante pueda conseguiros una alternativa mejor.
Los guardias se aproximan a liberaros de vuestras cadenas. Sois libres. O algo parecido. Osanna parece bastante satisfecha, y añade:
—Mañana. A primera hora. Mi despacho, en el extremo oriental del barrio de los Mercaderes, a tiro de piedra de Morgenseite. Tengo... cosas que os pertenecen —guiña un ojo a Erik-a.
Mientras los guardias os liberan y comienzan a reorganizar la sala, el público abandona lentamente el Tribunal entre cuchicheos, comentarios y apuestas perdidas; el larguirucho de rostro verde ya se ha marchado, así como alguna otra enigmática presencia que quizá alguno haya podido advertir.
Y así, entre el alivio contenido, sin cadenas que os limiten y el eco todavía reciente de ladridos, mazos, caos y magia… concluye esta parte de vuestra aventura.
Seréis escoltados a los cuarteles de la Guardia en el barrio de la Comisaría, donde tendréis cama y comida. Ahora formáis parte de la Guardia de Ubersreik. Los cuatro. Os darán incluso un uniforme, tras ser entrevistados por la Capitana Pfeffer, vuestra nueva superior.
¿Tenéis ganas de saber cómo empiezan vuestras aventuras en este nuevo trabajo?. En ese caso, mis estimados mindundis, preparaos para la siguiente parte: Haciendo la guardia.
Dentro créditos. O lo que sea.
Han intervenido:
LOS MINDUNDIS:
Anospo79 como Erik-a "La Sombra" aka César Gastón de Aguas Negras. Al final hiciste amigos.
Dybeuh como Jakob Krämer "El Cuentas". Nunca quisiste meterte en líos.
santpapen como Jörg Pilawa "El Pulgas". Encontraste a tu nuestro Brü.
Ragman711 como Konrad von Stolberg "El Maravillas". Tienes magia, colega. No lo dudes.
Brü y Fritz como ellos mismos. Héroes de principio a fin.
(Este humilde servidor como azote, admirador y director de los Mindundis. Ha sido un honor, sois cojonudos.)


continuará...