La Guardia es la responsable de mantener la paz y hacer cumplir la ley; sin embargo, el grueso de sus antiguos miembros fue recientemente despedido al sospecharse que eran leales a los von Jungfreud. Como resultado, gran parte de la Guardia actual está compuesta por soldados de Altdorf, obligados a prestar este servicio y visiblemente molestos por cada minuto del mismo. Tienen poco interés en la justicia y recurren con rapidez a aporrear cabezas para mantener el orden.
Los cuarteles de la Guardia incluyen varios despachos, una hilera de celdas y alojamientos básicos. Patrullan la población en grupos de dos a seis efectivos, además de proporcionar apoyo a las incursiones de Geldfinger contra los contrabandistas. Aunque en teoría deberían cubrir toda la ciudad fuera de Roca Negra, en la práctica se concentran en las zonas más acomodadas, aventurándose rara vez hasta los Muelles o Dunkelfeucht. La capitana Andrea Pfeffer está al mando de la Guardia: una mujer sensata, de poco más de veinte años, con una distintiva melena roja. Mantiene un aire tranquilo, pero la recién nombrada capitana está preocupada por los disturbios causados por los soldados de Altdorf con los que llegó, y no oculta que preferiría una situación política más estable, ya sea con el burgomaestre consolidado o con una nueva familia noble que calme Ubersreik.
Quizá alguien en este grupo de mindundis ya conocía los calabozos de la Guardia de Ubersreik, en el barrio de la Comisaría. Habéis pasado una apretujada noche con el resto de detenidos, lo cual ha sido más que incómodo para Erik-no-me-toques; todos a la espera de comparecer ante el magistrado. Estáis en una celda baja de piedra basta mal encajada. El aire aquí dentro es húmedo y espeso, una mezcla curiosa de sobaco, flatulencias, maquillaje y especias. Con un fondo de barro y alimentos aplastados que os recuerdan el mucho tiempo que ha pasado desde vuestra última comida.
No lleváis nada que sea realmente vuestro, porque las armas, las bolsas y todo lo que pudiera tener valor fue requisado al entrar sin demasiadas explicaciones, volcado sobre una mesa al otro lado de los barrotes y apartado en montones sin orden ni dueño claro, bajo la promesa vaga de que "se os devolverá si procede", que ya entonces sonaba poco convincente, y lo poco que queda —alguna moneda olvidada, un trozo de tela, cualquier cosa que pasara desapercibida— se siente ahora provisional, casi como si también pudiera desaparecer en cualquier momento. ¿Acaso habéis escondido algo por ahí, de manera indecorosa y/o fraudulenta?. Contadme, mindundis míos...
Durante horas, diversos compañeros de celda han sido sacados de la misma en pequeños grupos. Se rumorea que el aparato legal de Ubersreik está imponiendo multas rápidamente a todos los que participaron en la pelea, antes de soltarles. Nadie sabe quién la empezó. La gente de la Cabalgata afirma que ciertamente no fueron ellos—“¡es malo para el negocio, ya sabéis!”—. Algunos culpan a los partidarios de los Jungfreud. Otros a los de Altdorf. Los guardias no dicen nada, pero la mayoría luce moratones y miradas cargadas de resentimiento.
De la veintena que ocupabais la celda en un principio, quedáis la mitad. Los que estabais más cerca del cadáver de Foster el Flamígero —así se llamaba el pobre desgraciado que murió ayer—, y los que, por un motivo u otro, parecéis interesar un poco más de lo normal. Nadie lo dice, pero tampoco podéis evitar pensarlo.
Entre vosotros están los artistas del mimo, que continúan gesticulando enérgicamente mientras rehúsan hablar; una muchacha mediana, con una larga barba hecha a mano, que se presenta como Gerlindelallen: —Llamadme Geri. ¡No soy una enana, mirad el tamaño de mis manos! ¡Son demasiado pequeñas!—.
También un viejo “mutante” llamado Henroth. Pero no es un mutante de verdad. Henroth es un actor de teatro vestido de mutante. Va cubierto de pintura metálica color dorado brillante, que está hecha un desastre y que va dejando pequeños rastros de brillo aquí y allá. Lleva el brazo derecho embutido en un enorme y zarrapastroso tentáculo hecho de fieltro y cuero. Os ofrece un trago de un frasco de brandy que lleva oculto en su brazo especial. —"Esos bobos supersticiosos no se atreven ni siquiera a tocarlo"—.
Hay también otro miembro de la Cabalgata, un enano que se hace llamar Ludi; viste colores apagados que en algún momento debieron de ser vistosos, con restos de maquillaje mal limpiado y la actitud relajada de quien ha pasado demasiadas noches en lugares incómodos como para tomarse esta como algo excepcional.
—Un silbido, eso es lo que os digo —comenta en algún momento, como quien recuerda algo sin importancia—. Ahí fue cuando todo se torció. O igual no. Con tanto ruido, cualquiera sabe.
Mis tesoros, empezamos la segunda escena. Seguro que a todos nos resulta estimulante saber como se produjo la detención de nuestros mindundis favoritos antes de ser llevados a pasar la noche al calabozo.
Os propongo una detención sin resistencia, mas os doy una opción alternativa en la que se recibe una muy poco digna paliza por parte de los guardias antes de ser puesto a la sombra.
En cualquier caso, narradlo.
Además, lamentablemente, de manera fortuita y para nada esperada, Brü desaparece durante la detención. ¿O no fue así?. Santpapen, puedes narrarlo a tu gusto.
Erik, me gustaría saber qué apellido has dado al registrarte tras tu detención. Y si conservas el pergamino.
Konrad, esta noche has dormido poco. Pero en uno de esos ratos, has soñado algo. ¿Qué ha sido?.
Jakob, has notado un trato ligeramente mejor hacia tu persona por parte de los guardias. En el caso de que te entregaras pacíficamente. Puedes hacer una tirada con ventaja de cotilleo para saber si ha llegado hasta ti rumor o información que pudiera serte útil.
Por otra parte, podéis interactuar entre vosotros si así lo deseáis.
Todos vosotros recuperáis vuestros puntos de Fortuna y Resolución. Los que comierais algo podéis recuperar tantas Heridas como vuestro BR (Bono de Resistencia).
Todos podéis apuntaros 75 Puntos de Experiencia por el fantástico roleo de la anterior escena. Podréis invertirlos en vuestros personajes en breve. Cuando llegue el momento de comprobar si habéis cumplido vuestras Ambiciones a corto plazo. También detallaremos Ambiciones a corto plazo como grupo.
Postead cuando queráis.
Atrapados!!
Las salidas del mercado han sido bloqueadas por guardias, soldados de Altdorf, los cuales van poniendo orden a base de golpes, empujones y detenciones. A pesar de los gritos y órdenes encolerizadas impuestas por los hombres de ley, contrastan llamativamente con la pose tranquila y la actitud calmada de su capitana. Una mujer pelirroja, joven y de mirada astuta, que parece tener todo bajo control.
Eso me preocupa.
Parece que buscar medidas desesperadas para escapar no hará otra cosa más que acrecentar los problemas, y de esos ya tengo el estómago inflado.
—¡Mierda! Nos han atrapado.
Nuestro intento de huir por las alcantarillas se ha visto frustrado.
Nadie se mueve, y los que lo hacen es provocado por los empujones de los guardias, que cada vez están más cerca y van formando hileras de desgraciados apelotonados, al igual que pastores ordenan el rebaño.
Los espacios cada vez están más reducidos y, sin apenas tiempo para reaccionar, siento un golpe fuerte y seco en la espalda, recordándome que aquí ya no soy sombra: soy una oveja más, parte del rebaño.
Observo a mi alrededor.
Los guardias armados nos rodean, profiriendo gritos y órdenes.
—¡Moveos, escoria!
—¡Todos dentro!
—¡A este también!
No me resisto.
Respiro.
Camino.
Mi mano sujeta el anillo instintivamente.
Entonces es cuando observo que más adelante empiezan los registros.
—Puta mierda…
No es mucho lo que tengo, nunca lo es, pero no quiero perderlo, y una vez que eres registrado, pocas veces recuperas lo que tenías.
No me gustaría perder mi anillo.
Aunque pequeño, es grande su valor emocional.
No es solo metal. Es recuerdo. Es vínculo. Es ancla.
El pergamino… Ese trozo de papel puede tener algo valioso escondido entre todas esas palabras, aunque puede traer más problemas si me lo encuentran encima. Intentar ocultarlo puede ser más beneficioso y fácil que soltarlo, dejándolo caer ante tantas miradas.
Aprovechando uno de los empujones, finjo tropezar para lentamente sacar el pergamino de su escondite con la mano izquierda, mientras la derecha, con cadena y anillo en mano, levanta mi jubón y oculta los objetos entre los vendajes que rodean mi pecho.
Mientras me incorporo, voy recolocando y ajustando las vendas, que además de disimular el desarrollo de mis pechos, me sirven de bolsillos ocultos, los cuales espero que den tan buen resultado como otras tantas veces.
Me llega la hora del registro.
Mientras los guardias, aparentemente hartos y cansados de este tipo de tareas, van depositando mis pocas pertenencias —daga, bandolera con velas, cerillas… y la pequeña bolsa de monedas que conseguí bajo el puesto de dulces—, otro soldado, sentado en una mesa improvisada, va registrando los nombres de todo aquel que va pasando.
—A ver tú, desgraciado. ¡Dime tu nombre!
Sin levantar mucho la cabeza, mis palabras salen de mi boca despacio y graves, con la intención de que suenen lo suficientemente convincentes y claras como para no tener que repetirlas.
—César Gastón de Aguas Negras.
El guardia levanta la vista de su escritorio, mirándome fijamente.
Arquea una de sus cejas y, tras examinarme de arriba abajo, se encoge de hombros.
—Siguiente.
Mientras entraba en la zona de los calabozos, aquella bofetada de olor a sudor agrio, humedad, barro, especias y comida me trasladó de nuevo al mercado. Al suelo del mercado, donde esos olores, como sus gentes, ahora se comprimían en celdas donde el espacio era muy limitado.
Demasiado para mi gusto.
Aqui hay mas gente que en el comedor de Hogwarts y huelen peor que el aliento de una hiena con una muela picada.
—La mejor opción de salvaguardar nuestros huesos es no ofrecer ningún tipo de resistencia, amigo Jörg. Ellos van a tomar lo que quieran, tratemos de impedírselo o no.
Hablo con calma. Soy un hombre calmado, tranquilo. Mi mente fluye como un manantial. Sereno, que se mece con cada giro, que se adaptar a cada roca, a cada pliegue de la tierra. Soy uno con la marea. Me dejo llevar. Me quitan el bastón. No rechisto. Les entrego mis cosas. ¿Alguna vez lo fueron? No pueden robarme mi conocimiento. ¡Ni siquiera yo sé donde está! Todo va a salir bien. Incluso sonrío. No hable. Me limito a asentir. Tal vez dejo escapar un “Si, señor”.
No agacho la cabeza. Dejo que Fritz escape por uno de los agujeros de mi pantalón. A él no le encontrarán. Todo saldrá bien. Asiento a mi nuevo y mejor amigo, tratando de infundirle parle de mi calma y sosiego. Soy un ejemplo a seguir.
Alguien empuja a alguien. Es lo típico. Mi mente se crispa, luego se rompe, se desgarra. Ya no estoy en el mercado. Aquel lugar es oscuro, hay barracones metal negro, jaulas suspendidas en el aire con esqueletos desmadejados. Veo una fila de lanzas. Negras como el corazón del mal. Esas manos que han empujado a alguien…solo es el mercado, mercado, estoy a salvo, a salvo, solo son hombres…ahora son morenas, y esconde una sonrisa de traición. No reconozco el rostro, pero la emoción germina en mí.
—¡Kalarith! ¡Malnacido! ¡No volverás a poner tus sucias manos druchii sobre mi Sköplegg!
Salto. Recuerdo la llama, el trueno, el frío y la muerte. Escupo al ojo del mundo. En verdad, le muerdo la nariz a uno de esos guardias. No recuerdo que todo fuera tan mundano. Los barracones repletos de huestes conquistadoras parpadean, a veces son edificios imperiales, otrora, parte de un entramado de guerra a gran escala. Las picas no pueden herirme. Mi escudo me protege. Busco a Sköplegg. No le veo. ¡Está a mi espada, como siempre!
Hay una danza. Versa sobre muerte y dolor. En mi mano tengo un libro. Las runas grabadas en él, sangran. Hay un ojo que me devuelve la mirada. La acepto.
Un puñetazo me derriba. Mi boca sabe a sangre. Un poco de estas es mía. Escupo una muela. Un pedazo de nariz. Todo da vueltas. Busco mi bastón. Mi daga. Esos aviesos druchii me lo han quitado todo. Planto cara. Trato de ponerme en pie. Mi pierna falla. ¿Cuándo me la rompí? Ah, ya. En las calles. Sufro un deja vu. Caigo. Se aprovechan. Esos malandrines son así. No temen en golpear a un hombre en el suelo. No si es peligroso. No dejo de gritar hasta que sus golpes me acallan.
Soñar tampoco es agradable.
¿A dónde van estas escaleras?
Siempre tengo el mismo sueño. Ahora lo sé. Dentro del sueño, al menos, los dioses me permiten recordar eso. Cuando despierte, lo habré olvidado. Estoy en la torre. Es la misma torre que tengo pintada en mi cuadro, en mi guarida. No la veo desde fuera, pero estoy seguro de que es la misma. Todo está oscuro. Hay alguna ventana. Pequeña. Es una fortaleza. Me asomo. Solo veo un cielo azul, desvaído. No miro al suelo. Me asusta saber que puedo no encontrar nada. Sigo subiendo. No recuerdo porque lo hago. Sé que he estado aquí antes.
Los peldaños son de roca antigua. Grandes. No son para gente de mi raza. Los constructores de esta obra malsana tenían las piernas más largas. Y mucha más vitalidad. Me estremezco. Siento el frío. ¿Estoy desnudo? Si, lo estoy. Mi cuerpo es joven. Busco mis cicatrices. No una sola. Mi pierna está sana. Pero he caído, ellos me derribando. No entiendo nada.
Sigo subiendo. Un paso, otro paso. A veces tengo que trepar. Miró arriba, al fondo. Solo hay peldaños. La torre. Siento como la soledad del lugar me aplasta como una bota a una cucaracha. Me siento sucio, impuro. Ese es mi lugar. Mi hogar. Aquí he nacido.
Me detengo. Las manos en mi cintura. Aún me queda un buen trecho. Mis pies están desollados ahora. De caminar. La roca no solo es dura, sino que se lleva un pedazo de piel, de carne, a cada paso.
Miro a un lado. Hay alguien. Es Fritz. Solo que sé que no es él. Fritz está muerto. Es alguien con traje de Fritz. Me estremezco. Algo dentro de mí quiere gritar, dar media vuelta. La cordura amenaza con licuarse, junto con mi cerebro, y escapar por mis fosas nasales. Aguanto. Soy Konrad Von Stolberg. Aquí, mi nombre significa algo.
—¿Vas a seguir subiendo?
Me pregunta. Fritz. Su imitación a muy buena, pero sé que no es él. Fritz está muerto.
La pregunta esconde una amenaza y una promesa. Partes iguales. Son respondo. Solo miro a la torre y asciendo. ¿Cuándo terminará esto?
Los ojos. Veo. Parpadeo. Huele mal. Alguien se ha dormido encima de mí. Le castigo el costillar.
—¡Pensé que estabas muerto! —se queja.
—¡Nada puede extinguir esta magia!
Contesto, una parte de mí allí, otra aquí. Oscuridad. Teas, fuera. Veo los barrotes. Me palpo el cuerpo. Me duele la cara, la mandíbula. Tengo un labio abierto. La espalda entona su propia melodía de dolor. Mi pierna ruge. Siento como si hubieran metido mi cuerpo dentro de una prensa hidráulica y luego lo hubieran arrojado a las ruedas de un molino. Recuerdo la pelea, la detención, la mujer pelirroja demasiado joven para contener a esos perros violentos que se hacen llamar soldados.
¡Recuerdo! El cuerpo me duele. Me pongo en pie. Me acerco a los rostros de los presentes. Tengo que hacerlo, sigo algo mareado. No veo bien. Algunos se extrañas, recibo un empujón. A la cuarta, tengo suerte.
—¡Amigo Skö…Jörg! ¡Amigo! ¡Dime que estás bien! ¡Dime que estos malditos soldados no se han cebado contigo!
Le palmeo los hombros. Su solidez me reconforta. Me asusta. ¿Y si ahora él no recuerda mi nombre? Me desvaneceré como un fantasma. Le miro, sonrío. Está de una pieza. ¿No? Eso está bien. Algo dentro de mi se calma. Algo roto, pero está bien que se quede quieto de una puta vez.
Analizo la situación. No me preocupo. Saldré de prisión como otras tantas veces; con ayuda externa. Veo nuestras cosas desparramadas en una mesa, allí afuera. Intento fijar mi vista para que se vuelva más nítida. Fritz, le busco a él. Mientras lo hago, palpo mis ropas. Encuentro mi baraja. Azar. Caos. Azar, azar. Calla, perra voz. Mi baraja. Esos idiotas me golpearon tan rápido y tan fuerte que no me lo quitaron todo.
Se me ocurren ideas. Pero, primero, me quiero sentar un poco. Si, será lo mejor. Voy a buscar un sitio tranquilo y apartado, pero cerca de Jörg. Me sentaré encima de alguien que no parezca que esté muerto. No, mejor me siento en el suelo. Espero poder volver a levantarme. Sin mi bastón, soy un peso muerto. Jörg me ayudará. Seguro. No lo dudo.
—Este sitio es un agujero, Jörg, pero en tu compañía, lo prefiero a cualquier palacio de Catia.
Si, también estuve allí, me digo. Pero callo ese recuerdo. Ahora quiero estar aquí.
Me gustaría hablar con mis compañeros y también, con los artistas de circo, pero de momento lo dejo aquí para no hacerlo demasiado largo. Pero Konrad tiene algo más que decir!
Levanto las manos antes de que me lo pidan.
No mucho.
Lo justo.
El juego ha terminado, y cualquier intento de quebrar este hecho solo terminará con mis huesos en situación precaria.
El bastón queda apoyado contra el suelo, inclinado, como si también entendiera que la función acabó.
No miro a los guardias directamente al principio. Miro alrededor.
Caos.
Gente señalando.
Un cadáver que ya no es mío, al que buscarán autoría.
Perfecto.
Cuando por fin alzo la vista, lo hago despacio. Sin desafío ni prisa.
Evaluo la situación.
Uniformes de Altdorf. Mandíbula apretada. Manos rápidas para el golpe fácil.
No buscan culpables.
Buscan descargar.
Así que les ahorro a ellos el esfuerzo, y a mi los moratones.
"Tranquilos." digo, con tono bajo, casi aburrido. "No tengo intención de complicarles más la mañana."
Dejo que me cojan el bastón.
Sin resistencia ni comentario.
Cuando uno me empuja, avanzo medio paso por mi cuenta, como si la dirección ya fuese mía.
Eso suele confundir.
Y funciona. Saco de mi bolsa de camino una única moneda de plata, y la coloco bajo la lengua, va a ser una marcha silenciosa, y siempre, siempre es importante tener algo de efectivo.
Mientras nos movemos, bajo la cabeza lo justo para parecer dócil…
pero mis ojos no dejan de trabajar.
Escucho.
Siempre escucho.
Un guardia se queja del turno.
Otro menciona el nombre del muerto.
Uno más habla de “los de arriba” y de que esto huele mal.
Bien.
Muy bien.
Cuando me empujan hacia el interior, ya no soy un detenido.
Soy un oído con piernas. Uno que parece tener un trato levemente favorecido, algo que me permitirá, quizás, arrojar alguna pregunta sin abusar, a fin de cuentas... "Cuentas" me encuentro en un momento claro de inferioridad social, lo ideal es mostrar una humildad fingida acompañada de una colaboración sincera, para buscar salir de allí lo antes posible.
Aunque no lo parezca… he entrado voluntariamente.
A mi improvisado equipo de compañeros, dedico, sin abusar, una leve sonrisa confiada, un cabeceo aprobatorio, y, quizás, algo de información si obtengo algo jugoso. Los socios son necesarios hasta en la peor de las mazmorras, y una celda hacinada suena particularmente parecida a una. No obstante no los conozco, y cualquier gesto más "cercano" puede ser percibido con segundas intenciones, o lograr el efecto opuesto. La marcada cuerda fina social.
Motivo: Orejas y preguntitas
Tirada: 2d100
Dificultad: 47-
Resultado: 170 (Fracaso) [87, 83]
Me parece a mi que por más que ponga la oreja, los cotilleos sacan critico en sigilo. ¡Bien empezamos!
Toda la Marktplatz estaba cercada por soldados de Altdorf.
No había escapatoria, ni propósito, ni misericordia.
No quedaba más remedio que rendirse y confiar en que los dioses, en un arrebato de benevolencia poco habitual, decidieran dejarnos vivir un par de días más.
A esas criaturas con uniforme se las comparaba con lechugas podridas, aunque, siendo sinceros, la lechuga suele tener más juicio y mejor olor.
El caos ya no era ruido, sino una presencia que se arrastraba por el suelo como un perro enfermo. Hablando de perros.
En un destello de lucidez o de estupidez, que en mi caso suele ser lo mismo, rasgué la parte baja de mi camisa mugrienta y até un jirón al collar de Brü. Su ojo turbio, me miro sin entender.
- Corre a casa - le susurré, con la voz quebrada, prestada del muerto reciente-. Corre, viejo amigo. Ve con mamá.
Lo empujé hacia el caos.
Brü dudó un latido.
Luego corrió.
Corrió como solo corren las cosas pequeñas que saben que todos quieren aplastarlas. Su forma
zigzagueó entre piernas y botas, esquivando golpes, patadas y la indiferencia cruel de un mundo que no perdona ni a los inocentes ni a los inútiles.
Mi corazón, ese órgano cansado, ennegrecido pro la miseria, se apretó.
Y entonces la vi. La capitana. Esa mujer parecía arrancada de otro mundo. Uno donde la gente aún tenía futuro.
Una tormenta con forma humana.
Me incliné ante ella como un noble en decadencia, como un bufón que sabe que su última función será en la horca. Y recité:
En Ubersreik, que el caos siempre azota,
se alza una luz de fuego entre la bruma;
su roja melena, ondeando, se suma
al orden frágil que aún la ciudad derrota.
Capitana…
Ella no esperó a que terminara.
El golpe en el estómago fue tan seco que sentí cómo mi alma se arqueó como un brazo roto.
El segundo mazazo me abrió la cabeza.
El mundo se apagó en un destello rojo, como una vela que muere en una noche sin luna.
Y antes de hundirme en la oscuridad, mi mente siguió recitando versos que jamás volvería a recordar sobrio.
En medio del tumulto de Ubersreik herida,
tu paso firme alivia al alma errante;
roja tempestad que guía, vigilante,
mi sombra hacia la calma renacida…
Me arrastraron a la vida con un cubo de agua hedionda, mezclada con orines y desesperación antigua.
No tenía pertenencias.
No tenía orgullo.
Y mis huesos parecían instrumentos desafinados golpeados por un herrero borracho.
Nombe?
- Jörg Pilawa —respondí.
Una sílaba por cada latido que dolía.
Profesión?
- Cazarratas. Con malas pulgas -
Escupí sangre para subrayarlo.
Fui arrojado dentro de la celda.
Los barrotes rezumaban óxido y odio.
Y desde el pasillo, entre las sombras, vi un destello rojo. El cabello llameante de la capitana. Capitana o mi Capitana.
Le dediqué una mirada.
Una de esas que arden con deseo, locura y una pizca de fiebre.
Quizás ella no la vio.
Quizás la vio y decidió olvidarla.
Dentro de la celda, las presentaciones empezaron sin que yo lo pidiera.
Unos mimos.
Una mujer mediana con barba postiza que insistía en no ser enana.
Un supuesto mutante con tentáculos de fieltro que llevaba brandy escondido.
Mi alma sonrió al ver la botella.
Pero un enano oscuro llamado Ludi me frenó con un gesto.
Así que me presenté como es debido:
- ¡Damas, caballeros y criaturas que pagan entrada aunque no deberían!
Hice una pausa dramática.
- Ante ustedes, JÖRG “EL PULGAS”, maestro de ceremonias, domador de ratas con contrato legal, superviviente de tres circos, una guerra y mil resacas que deberían haberme matado.
En ese instante despertó Konrad, el mago delirante.
Murmuraba como si hubiera vuelto del mismísimo infierno.
- Buenas, mago Konrad- le dije- . ¿Qué tal el paraíso de los sueños?
Y señalé al otro lado de la celda.
- Tu sombra está allí. Parece que hoy todo nos ha salido torcido, ¿eh?
Konrad murmuró algo sobre un lugar.
- ¿El palacio de Catia? -repetí, frunciendo el ceño.
En cualquier caso, no era la primera vez que acababa en un calabozo, ni sería la última. Y sin alcohol para pasar el tiempo solo quedaban dos opciones para no volverse loco. Escuchar las historias de los demás
o discutir sin sentido hasta que alguien te partiera la mandíbula.
Elegí lo primero.
Por supervivencia.
No pasó mucho tiempo antes de que el comerciante entrara , el delgado, el de manos sin callos, el que piensa que una celda es un error del destino en su biografía personal.
Lo saludé con la sonrisa que uso cuando alguien huele rico y no es comestible.
¡Continúa el espectáculo, aunque los payasos lloren sangre y las ratas hagan de teloneros!
La fresca mañana primaveral es atravesada por una bandada de patos reales que se solazan al sol, que resplandece sobre las aguas del Teufel, crecido gracias al inicio del deshielo. Se escucha el rumor del agua, el sonido de las gabarras, los gritos de los estibadores y la melodía de Ubersreik desperezándose para otra jornada más.
Un par de carpinteros se afanan en preparar nuevos soportes sobre el puente. Servirán para ahorcar a más gente. El ritmo de sus mazos de madera se antoja como un corazón cansado. Un pequeño grupo de guardias los observa, mientras el enorme castillo Roca Negra se recorta al fondo.
Fácilmente se puede considerar la fortificación de mayor tamaño en Suden Vorbergland. Construido hace ochocientos años por la casa Bruner, el castillo fue ocupado por los Jungfreud a finales de los 1900 y ahora es sinónimo de su gobierno. Es un laberinto de salones, pasillos, camaretas y cámaras privadas, bajo el que se encuentran las extensas mazmorras de Ubersreik, donde muchos enemigos de los Jungfreud pasaron sus últimos años. Los corredores del castillo, que antaño bullían de sirvientes, ahora resuenan con el eco de las pisadas de los invasores. La enorme chimenea del gran salón —antes un faro que daba la bienvenida a los invitados— está vacía y apagada.
El general Jendrick von Daberninck es quien ahora gobierna el castillo, y se dedica (con un éxito moderado) a gobernar el resto de Ubersreik con todo el poder y ninguna de las responsabilidades de un duque. Von Daberninck es el vástago de un linaje noble menor, con un resentimiento histórico contra los Jungfreud y una reivindicación distante sobre Ubersreik de hace siglos. De carácter abrasivo, está determinado a extirpar a todos los simpatizantes de los exiliados Jungfreud, lo que le granjea pocos amigos a nivel local.
Cuando Ubersreik fue ocupada, todo el personal superviviente de Roca Negra fue expulsado de los terrenos del castillo, con la única excepción de la hermana Habercorn, de la Capilla de Sigmar, cuyos sagrados votos la protegían. Como muchos de sus trabajadores (incluyendo sirvientes, jardineros, artesanos y más) eran locales, esto ha generado no poco resentimiento entre la clase trabajadora de Ubersreik, aunque pocos se atreven a airear su descontento ante los soldados extranjeros que patrullan por la población. La mayor parte de los hogares de los trabajadores ha sido reutilizada como camaretas por las tropas de Altdorf. De hecho, los cinco regimientos bajo el mando del general von Daberninck que ocuparon Ubersreik están acuartelados en Roca Negra. Dos de ellos patrullan el ducado circundante en cualquier momento dado, lo que significa que raramente hay más de un millar de soldados de Altdorf en Roca Negra a la vez.
Y, en el exterior de la parte oriental del muro que rodea Roca Negra, en el barrio de la Comisaría, tan solo separados por una callejuela, se alzan los Cuarteles de la Guardia, donde a nuestros mindundis el tiempo, como grasa rancia, se les pega a la piel y al ánimo.
Pero no están solos. Mentiría si no reconociera que eso, en Ubersreik, rara vez es algo bueno.
***
—Así que… —dice Ludi, rascándose la barba con gesto pensativo mientras os observa a todos— tenemos aquí a un mago apaleado, un cazarratas poeta, un… —entrecierra los ojos hacia Erik— …¿qué demonios eras tú, exactamente?
Hace una pausa teatral.
—César… Gastón… de Aguas… ¿Negras?
El enano saborea el nombre como si fuera hidromiel Espino Negro del 77.
—Ese nombre, amigo… no sé. Me suena raro.
Geri asiente con entusiasmo excesivo.
—¡A mí me gusta! ¡Es misterioso! ¡Evoca cosas! ¡Oscuridad! ¡Agua sucia! ¡Quizá ranas!
Uno de los mimos hace un gesto exagerado de ahogarse.
Henroth, el mutante, levanta su frasco.
—Por Aguashnegrash —declara—. Que shea profundo… y no demashiado literal.
A partir de ese momento, y sin consenso alguno, ya no eres Erik. Ni Erika.
Vos sois César. O Gastón. O, con especial cariño, Aguasnegras. La alternativa es afrontar las consecuencias de haber dado un nombre falso. Veamos: podría ser suplantación de identidad y obstrucción a la autoridad; aunque yo me decantaría más por falso testimonio, vagabundeo y sospecha de identidad. Un noble borracho puede mentir sin consecuencias. Un mendigo que lo hace puede acabar colgado. ¿Sabéis de leyes, Gastón?
Konrad, por su parte, ha atraído miradas. Y es que no nos equivoquemos: El Maravillas es un tipo Atractivo. No solo por los restos de sangre seca, ni las grapas, ni por la evidente paliza, sino por ese aire… quebrado. Y sus profundos ojos azules. A todo el mundo le gustan los ojos claros.
—Eh… ¿mago? —dice Geri, inclinándose curiosa hacia él—. ¡Un mago! ¡La de cosas que sabrá hacer! ¿Tienes visiones? ¿Puedes encantar cosas? ¿Sabes curar a la gente? ¿Hablas con los animales?
Henroth añade, bajando la voz:
—¿Hablash con losh… muertosh?
Hay un pequeño silencio expectante.
A Jakob, mientras tanto, el silencio se le antoja peor que el fracaso: ha escuchado, ha prestado atención, ha buscado ese hilo invisible de información útil que siempre flota en el aire…
…y no ha encontrado nada que se pueda usar. O peor aún: lo que hay no conecta. Nada.
Al menos les han traído agua. Uno de los guardias les acercó un par de aguamaniles para beber y lavarse, o lavarse y beber, dependiendo de lo creativo que estuviera cada uno.
Y luego está Jörg. El bueno de Pilawa, cuyo encuentro con la capitana ha dejado… huella. De manera literal.
—Ashí que —dice Henroth, inclinándose con una media sonrisa— tú eresh el que ha intentado recitarle poeshía a Pf… Pff… Pfeffer.
Ludi suelta una carcajada seca.
—¿Poesía? Yo vi más bien cómo te reordenaba los órganos internos. Y después un soldado te aplastó los sesos.
Geri aplaude, encantada.
—¡Romántico! ¡Inesperado! ¡Valiente! ¡Galante! ¡Seductor! ¡Calabazas!
Uno de los mimos representa una escena: corazón - flecha - golpe - caída dramática.
Henroth levanta el frasco.
—Un brindish por el amor correshpondido.
Ludi remata:
—Si sobrevives, igual hasta te recuerda. Como “ese idiota”.
Mientras tanto, al otro lado de los barrotes, vuestras pertenencias siguen allí: apiladas, mezcladas, vulnerables. Y más de un guardia les echa miradas que no tienen nada que ver con el deber. Así que decidme, mindundis míos: ¿qué hacéis?, ¿qué decís? ¿Y quién es el primero en meterse en problemas… sin necesidad de ayuda externa?.
Estimados mindundis, los que tuvierais jarana antes de ser detenidos disponéis de un estado Fatigado.
Y todos tenéis hambre.
Podéis interactuar entre vosotros y con el resto de personajes, a vuestro aire.
Mago Konrad, dice. Entonces, ¡Es verdad! Alimenta mi locura. No, forma parte de mi historia. El amigo Jörg y yo estamos ligados por una estrella de la que solo soy capaz de intuir su estela. Le miro firme, serio, como si tratase de percibir un ápice de burla, de engaño. Su expresión es tan cercana que no podría esconder nada. Acepto esa realidad. Nos hará falta para escapar.
—En mis sueños solo veo turbación y pesadillas, y un ápice de verdad que siempre olvido. Soñaba con...
Un escalón, otro, mis pasos repicando como el badajo de una campana, la piedra vetusta, un ser que se escondía detrás de un traje hecho con piel humana…
—Ya no me acuerdo, amigo Jörg. Seguro que no era importante.
Miro, buscando la sombra a la que alude mi amigo. Veo un bulto. Menudo, distante. Los feriantes hacen burlas y chanzas sobre su nombre. Sé lo que es sentirse solo, un despojo. Sé lo que es tener miedo. No se acercará. Se quedará ahí, en silencio, esperando encontrar un resquicio de luz por el cual colarse y escapar.
—Soy Konrad Von Stolberg.
Digo, mi voz retumba, honorable, como si estuviera en presencia de un rey. Me inclino ante la sombra.
—Y te prometo, que estás a salvo. No dejaré que nadie te haga daño.
Mi voz es digna, serena. Casi podías creerme. Loco, idiota, débil. Cuidaré de Aguas Negras porque sé lo que es el miedo. Y que nadie te dé cobijo, apoyo, cuando esa amarga sensación te toma. Sonrió, amable. Suficiente. No lo presiono. Me giro hacia mi amigo.
—Catai, Catai, ¿Dije Catia? No, me equivoqué. Hablo del oriente, donde los hombres llevan los ojos rasgados y las espadas curvas. Estuve allí. O lo soñé…tampoco es importante.
Me hacen preguntas. Es Geri. Su amigo murió por nuestra culpa. Me siento sucio. Quiero pedir perdón. En lugar de ello, respondo. Es habitual que quieran saber cosas sobre un mago. ¡Yo también! Hago memoria, el resto me lo invento.
—Hablo con los animales, pero hacen como que no me entienden. Puedo curar heridas, pero siempre se vuelven a abrir. Ahí no hay magia —pienso, medito —. Si, tengo visiones. Pero están turbias, son crípticas o las olvido —un gran poder, potencial escondido —. Si, sé encantar cosas.
Juego con mi baraja. Me ayuda a calmarme. Estoy tranquilo, no obstante. Juego. Barajo. Las cartas vuelan de una mano a otra. Y cuando creen que las he pasado todas, una aparece inesperadamente en mi mano. Cuatro de picas. Repito la operación. Cuatro de picas. Una vez más. Cuatro de picas.
—No hace falta ningún conjuro para encantar.
Podría contarles un relato. No es el momento. Sigo jugando. Hay un tipo ahí que sabe como moverse en ese tipo de ambientes. Ese del bigote. Ese que parece un señor. No digo nada. Me sigo sintiendo mal.
—Siento lo de vuestro amigo, el escupe fuego. No fue nuestra intención que…muriera. Puede que fuera fortuito. O puede que algo más…
Como mago, soy capaz de intuir os finos hilos del destino que nos atan a hitos más grandes que nosotros mismos. No puedo permitirme el lujo de creer en la casualidad o la suerte. Por eso los juegos de azar se me dan también. No hay azar, no hay caos. Hay constantes. Eso me recuerda.
No tengo miedo al caos. Veo el tentáculo como si fuera real. Le cojo la bebida a Henroth y le pego un buen trago. Me quema por dentro. Me revuelve el estómago. Me hace sentir vivo. Sigo sin ver su tentáculo como un pedazo de tela y corcho pintados. Es real. Todo lo es. Hay algo turbio allí. No es Henroth.
—¿Por qué querría alguien asesinar a vuestro amigo? ¿Sois…habituales de la ciudad?
Miro al mimo. Me pone nervioso. Me dan ganas de acariciarle, besarle y hundirle la entrepierna de un rodillazo. Su silencio me pone más nervioso de lo que quiero reconocer. O es la cárcel. Moriremos aquí. O colgados. Observo como los guardias miran con codicia nuestras cosas. Baratijas. Pero podrán sacar unas cuantas monedas que gastar en alcohol o en chicas fáciles. ¿Hace cuánto que no estoy con una mujer? No es el momento de pensar en eso. El amigo Jörg, sin embargo, parece que tiene algunos pensamientos atrapados en ese sentido. Una prisión dentro de una prisión.
—Yo creo que esa capitana se acordará de nosotros…eso es una visión.
Sonrío, un poco. Es como si nos viera, zafándonos de estas sucias redes, triunfando. Qué se yo. Me acerco a la reja. Miro a los guardias, severo. Extiendo mis manos, pero no las saco entre los barrotes. Con ellas, firmes, huesudas, desviadas, formo un triángulo que tiene de místico lo mismo que el perfume de una mujer. Suficiente para atraer la atención.
— Ghyran , Azyr, Ulgu,, Shyish, Aqshy, Ghur, Hysh…
Extiendo mis brazos como poseído. Casi puedo sentir el poder recorriéndolos. O es un calambre. — ¡Chamon!
Cierro el hechizo. Miro a los guardias con la superioridad que solo un auténtico mago, o un loco, podrían ostentar.
—Acabo de encantar todas las pertenencias de la mesa. Si quien las toma no es su legítimo dueño, esa persona sufrirá de fiebres, malestar estomacal, manchas verduzcas empezarán a aparecer por todo su cuerpo, sentirá una debilidad creciente hasta que no sea capaz de levantarse de la cama... Y morirá entre escalofríos, así lo he dictaminado.
Sonrío, seguro. Les doy la espalda. Ese truco lo aprendí de un capa roja que tenía relojes de arena dorada en lugar de pupilas.
—Sírvanse si quieren. Sírvanse…
Bueno. He preferido hacerlo ahora que tenía un hueco (insomnio) antes de caer en la locura.
Escucho en aquella cámara oscura, donde la humedad se mezcla con el olor a carne cansada y risas que han perdido su brillo. Las mejores compañías de la ciudad se revuelven entre sombras, como carroñeros esperando que algo muera del todo para abalanzarse sobre ello.
Las palabras de Konrad resuenan, no tanto por su volumen sino por ese aire malsano que arrastra. Hace gala de su magia, una magia verbal que serpentea entre los presentes como un veneno dulce, dejando un rastro de inquietud. Observo cómo se dirige a la sombra que lo sigue, presentándose con una cortesía demasiado afilada. El devenir de las circunstancias me confundió. Aquella figura que se arrastraba en torno a los pies podridos de Konrad no era su ayudante, sino la mala suerte encarnada, un ser mindundi que tropezó en el peor momento frente al peor de los públicos.
Me aproximo al muchacho asustado, su cara arrugada como una pasa y esa mirada de alguien que ya asumió que el mundo nunca le pedirá permiso para aplastarlo.
- Jörg “el Pulgas”. No tengas miedo - le digo, aunque la mentira apenas consigue sostenerse- . Esta gente parece de fiar.
El oriente, historias he escuchado, o tal vez solo las he soñado, porque en este lugar no hay manera de distinguir memoria de delirio.
- Interesante, amigo Konrad. Quizás podáis deleitarnos con esas historias de oriente. O al menos distraernos antes de que algo decida comernos por la espalda.
Me acerco a Konrad, le arrebato la botella con una sonrisa que no tiene nada de alegre y, como si fuera un pozo sin fondo, dejo caer un trago que quema más de lo que reconforta.
- El amor, el amor es algo fortuito. Una ruleta oxidada. ¿Quién dice que un cazarratas no pueda cazar a una capitana en esta ciudad que se pudre por dentro?
Miro hacia la puerta mientras el eco de los borrachos y los desesperados se funde en un solo murmullo. Botella en mano, con el porte triste de un maestro circense que perdió su circo en mitad del Marktplatz, recito los versos que guardo para mi capitana.
Capitana joven, de fuego en el cabello,
mi destino se ancla en tu mirada ardiente.
Hermosa dueña del mar y de mi anhelo,
me tienes preso en tu rumbo paciente.
Dame tu amor, suelta estas cadenas,
libérame solo para volver a ti siempre.
Dicho esto, me vuelvo hacia los putrefactos acompañantes, que nos observan como hienas demasiado cansadas para reír.
- Si el señor Barón, o alguno de los presentes, lograra una distracción para intentar abrir el portón.
Hago una pausa. Larga. La sala se entumece.
Y en un susurro que parece venir de un túnel bajo la tierra.
- Podría guiaros por debajo de la ciudad, si es que aún deseáis salir con vida de este agujero.
Venga, vamos con otra entrada o Capitana, mi capitana. Ven a mi y libera mi alma.
Dejo que el silencio caiga un instante tras la demostración de Konrad.
Demasiado teatral.
Demasiado… visible.
Exhalo por la nariz, despacio, y me paso el pulgar por el labio inferior, como si evaluara el sabor del aire. Introduzco dos dedos en la boca, y extraigo mi único recurso, apretado en el puño.
"Vaya..."
No suena a sorpresa.
Suena a medida.
Miro primero a las manos del mago. Luego a los guardias. Después a la mesa.
Y sonrío.
Ligeramente.
"Curioso momento para empezar a preocuparse por la salud ajena."
Mi voz no es alta.
Pero cae donde tiene que caer. Como debe caer, en un tono practicado con profesionalidad.
Doy un par de pasos, sin prisas, acercándome lo justo a los barrotes. No los toco. Nunca los toco. Tocar los barrotes te hace parecer descontrolado, una amenaza.
"Aunque debo admitir"… inclino levemente la cabeza "que sería una tragedia que alguien aquí enfermase de forma tan… inoportuna... ¿No había alguien con material de boticario entre los detenidos? Alguien que no sepa identificar venenos podría tocar algo... inoportuno."
Dejo que la palabra flote.
"Inoportuno".
Miro a uno de los guardias. Sin desafío.
Evaluación.
"Especialmente con tanto papeleo pendiente esta mañana con todo lo acontecido."
Una pausa.
Después, como si el asunto ya no me interesara demasiado, me giro ligeramente hacia dentro de la celda.
"En cualquier caso..." añado, con tono más bajo.
"Escapar ahora nos daría una libertad muy breve… y una horca bastante permanente."
Mis ojos pasan por Jörg un instante.
Luego por Konrad.
Un segundo más de lo necesario.
"Y no me parece un intercambio especialmente rentable."
No espero respuesta.
Me apoyo contra la pared, cruzando los brazos con calma.
Como si todo esto fuera… temporal.
"Ahora mismo nuestras opciones son limitadas."
Una pausa.
"Y las malas decisiones suelen volverse… definitivas."
Presentaciones!!
Aunque mi cabeza se mantiene oculta por la capucha, intento evitar que mi mirada se cruce con la de aquel enano parlanchín, el cual deja claro que se ha fijado en varios de nosotros e incluso pronuncia mi nombre… mi nuevo nombre, atrayendo comentarios y miradas.
Maldito enano de circo.
Intento disimular mi incomodidad apartándome un par de pasos y apoyando la espalda contra la pared mientras, de reojo, sigo observando, sigo escuchando.
Mi incomodidad crece aún más cuando el tipo de la cicatriz (el mago loco) se dirige hacia mí presentándose con una reverencia, prometiéndome estar a salvo y bajo su protección.
Se presenta como Konrad Von Stolberg.
La mirada de Konrad es profunda, serena, llena de información, y puedo leer en ella comprensión.
Lo observo detenidamente mientras asiento lentamente en señal de agradecimiento, sin poder evitar pensar si mi nuevo nombre o apellido, pronunciado por aquel enano, ha podido despertar algún efecto sobre Konrad para provocar esa reacción.
Quizás tenga algo que ver con alguien llamado César Gaston.
Quizás el apellido Aguas Negras sea más conocido de lo normal.
Sea como fuere, estoy llamando más la atención de lo debido y eso solo trae problemas.
Konrad se aleja despacio entre divagaciones tan cargadas de locura como de certezas, mientras va dando respuestas a las preguntas enanas.
Ahora es el muchacho magullado y rociado en especias el que se me acerca a presentarse y calmar mi supuesto miedo.
Se presenta como Jorg, “el Pulgas”.
Su mirada parece sincera y sus ojos reflejan lucha.
Ojos llenos de vida.
Ojos que reflejan el brillo de la energía de la juventud, pero encierran el cansancio y la madurez de una vida difícil.
Asiento levemente con la cabeza mientras confirmo mis sospechas de estar llamando demasiado la atención.
Parece que la impresión que doy es de alguien frágil a quien hay que cuidar y proteger. En otro momento eso me haría sentir más incómoda de lo normal, pero la sensación que tengo no es de superioridad hacia mí ni de infravaloración; más bien es amistad.
Eso es nuevo para mí.
Entonces me llega la voz del tipo alto, de bigote y barba, que me sujetó con aquel hermoso bastón. Se gira lentamente mientras su mirada y sus palabras se dirigen hacia Konrad y Jorg, sabiendo que yo escucho y observo.
Parece que formamos un grupo en el que me tienen muy presente. Aunque me ven como alguien a quien cuidar y proteger, parecen sinceros; gente noble, gente en quien confiar.
Aunque mantengo cierta distancia, mi sensación es distinta, es cercana, es algo novedoso, y aun estando en una situación difícil como esta, me siento bien.
El estómago ruge.
El olor es desagradable.
La tensión y el peligro siguen presentes.
Pero la sensación de formar parte del grupo es como llenar mi estómago de vitalidad y energía.
Mientras mi mano toca disimuladamente mi anillo a través de la ropa y los vendajes de mi pecho, una mueca se dibuja en la comisura de mis labios, reflejando algo parecido a una sonrisa provocada por esa extraña sensación que se podría llamar felicidad.
Me acerco al grupo con la intención de escuchar, observar y estar preparada para devolver aquella gratitud ofrecida, demostrando que puedo ser más una ayuda que una carga.
Gracias por tanta amabilidad y proteccion.
—Acabo de encantar todas las pertenencias de la mesa. Si quien las toma no es su legítimo dueño, esa persona sufrirá de fiebres, malestar estomacal, manchas verduzcas empezarán a aparecer por todo su cuerpo, sentirá una debilidad creciente hasta que no sea capaz de levantarse de la cama... Y morirá entre escalofríos, así lo he dictaminado.
El silencio que sigue a las palabras de Konrad no es inmediato. Primero viene una risa; una sola y seca. Uno de los guardias, apoyado contra la pared, escupe al suelo y niega con la cabeza.
—Otro iluminado…
Pero no todos ríen. Hay uno que no aparta la vista de las pertenencias. Otro que se seca las manos en el jubón. Y un tercero… que da un paso atrás. Porque en el Imperio hay muchas cosas que son mentira. Y muchas otras que no merece la pena comprobar.
—Eh… —dice, mirando a Konrad con el ceño fruncido—. ¿Tienes licencia para eso?
La palabra queda flotando.
Licencia.
Estas cosas no suelen sonar importantes. Hasta que lo son.
—Porque como seas uno de esos hechiceros de callejón… —añade otro, ya sin rastro de humor— eso no es cosa de la guardia.
Una pausa.
—Eso es cosa de quemarlos.
El ambiente cambia. No mucho. Pero lo suficiente.
—¿Licencia…? —murmura Henroth, estirando los dedos hacia Jörg con la esperanza de recuperar su frasco—. Oh, esto se pone intereshante…
Ludi sonríe. Quizá demasiado.
—Oh sí… los magos sin papeles suelen acabar… —mira al techo— ventilados.
Geri hace un gesto de cuello cortado.
Uno de los mimos lo representa con entusiasmo.
Miro hacia la puerta mientras el eco de los borrachos y los desesperados se funde en un solo murmullo. Botella en mano, con el porte triste de un maestro circense que perdió su circo en mitad del Marktplatz, recito los versos que guardo para mi capitana.
Al otro lado de la celda, uno de los guardias se acerca lentamente. No hacia Konrad, sino hacia Jörg. Mira la botella. Luego su cara. Luego la botella otra vez. Alarga la mano a través de los barrotes.
—Eso no se puede hacer. Trae.
No hay violencia. Tampoco duda.
Aunque mi cabeza se mantiene oculta por la capucha, intento evitar que mi mirada se cruce con la de aquel enano parlanchín, el cual deja claro que se ha fijado en varios de nosotros e incluso pronuncia mi nombre… mi nuevo nombre, atrayendo comentarios y miradas.
Maldito enano de circo.
Y entonces… El enano deja de sonreír. Solo un instante. Sus ojos pasan por Erik. Rápido. Demasiado rápido para ser casual... y vuelve la sonrisa.
—Aguasnegras… —dice en voz baja, casi para sí mismo—. Sí… ese nombre me quiere sonar.
"Aunque debo admitir"… inclino levemente la cabeza "que sería una tragedia que alguien aquí enfermase de forma tan… inoportuna... ¿No había alguien con material de boticario entre los detenidos? Alguien que no sepa identificar venenos podría tocar algo... inoportuno."
Jakob, Jakob, Jakob. Tu capacidad para perseguir los objetivos que te has propuesto es digna de alabanza. Tú lo ves. No todo. Pero lo suficiente. El problema no es la magia, ni el ruido, ¿Verdad?. Ni siquiera los guardias. El problema es el flujo de información. Ese es siempre el problema.
—¿Material de boticario?— por un momento el guardia que se ha acercado a vuestra celda deja de mirar al Pulgas para fijar su atención en ti.
Frunce el ceño.
—¿Acaso no sabes que eso también precisa de una licencia?. Solo La Botica de Cordelia y La Tienda de Pociones de Siegfried von Holzenauer tienen permiso para manejar ese tipo de ingredientes.
Escupe a un lado.
—Y vosotros no tenéis pinta de trabajar para ninguno.
Podéis continuar, mindundis queridos.
Una luz a lo lejos alumbra una figura.
Que parecía la gloria, pero…
No era más que el alguacil, arrastrando las palabras con el tono triste del que lleva demasiadas horas de trabajo y demasiado poco vino. La botella se había vuelto un objeto perfecto, un faro, una distracción.
Aprovecho un pequeño destello que asoma tras mi cocorota cuando me acerco. Las especias que cubren mi piel; ya parte de mí, ya sin picarme, levantan un olor fuerte, casi irritante, pensado para incomodar al que tenga la nariz cansada.
Mientras extiendo el brazo, dejo la botella a disposición de Ludi, como si fuese un gesto inocente.
- Decís que buscáis la botella, alguacil… - susurro con teatralidad suave-. Pero creo que nuestro amado ilusionista ya os ha contagiado la mente. Su poder es tremendo. Hace temblar incluso a los más poderosos.
Luego me vuelvo hacia Ludi y su troupe, con una sonrisa ladeada.
- Una celda no es sitio para artistas de vuestro nivel. Quizá, quizá escondáis una licencia bajo esa manga despeluchada que nos saque de este agujero triste.
Este sitio vacío de sensaciones.
Aquí donde se nos cae el cielo encima.
Miro su brazo falsario.
- O algo que lo parezca, al menos.
Después camino hacia una esquina.
Una esquina hecha para mí.
No he terminado la botella. No la pienso terminar.
Me quedo mirando el vacío.
Y allí, en ese hueco de silencio donde ya nadie me escucha, la lucidez me cae encima como una piedra.
Mis cosas. Al otro lado de la verja.
Mis recuerdos.
Mi ilusión de llegar al gremio.
Toda mi vida.
Sin Brü. Sin su cariño.
Sin la Capitana, hermosa, que me encendió el pecho.
Tan solo.Tan solo.Tan solo.
He perdido el rumbo.
Y en la oscuridad del pensamiento, veo un entierro.
La voz de los guardias hablando del boticario me atraviesa sin moverme. No necesito levantarme para oír. Me aferro a la conversación como a un clavo ardiendo.Quizá ahí haya una salida, una posibilidad mínima, un hueco.
Y entonces, un recuerdo.
Melina.
Su cara gélida.Yo resbalando en el suelo mojado.
Mis lágrimas cayendo por dentro, sin permiso.
Quizá esté borracho.
O dormido en este colchón inmundo.
Pero si llega una oportunidad,aunque sea pequeña,aunque duela,la voy a agarrar.
Si hace falta una tirada, la hacemos. Sin problema.
—Sé muchas historias de oriente, amigo Jörg. Muchas, en verdad.
Me había olvidado de todas. Mi mente funciona como un engranaje. Ahora arriba, ahora abajo, siempre machacando mis recuerdos. Cenizas, tengo que trabajar con cenizas y restos.
—Habrá tiempo, más adelante, cuando estemos en una mejor morada que en esta, en la que somos invitados forzosos.
Por poco tiempo, me digo. Pienso. Miro el techo, barrotes. Los guardias. El hombre del bigote apoya mis palabras. Teje una red que es como la de la araña, que atrapa y cautiva. Tiene veneno. Hay hombres a los que es mejor no dar la espalda. A otros, es mejor no escucharlos. Éste era uno de esos. La pluma por encima de la espada.
—Opciones limitadas. Claro, claro.
Repito, analizo, estudio. Ocupo mi lugar en la celda. Por casi piso al otro muchacho. A la “sombra". ¿Cuándo se había acercado tanto? Por poco me da un vuelco el corazón.
—No me ha parecido escuchar su nombre, señor… —del bigote, no puedo llamarle así, tiene que darme un nombre.
Mentirá. Es de esa calaña. Aunque sea una mentira, necesito ponerle nombre.
Uno de los guardias llama mi atención. No me levanto. No voy a darle más importancia a un hombre que creer controlar mi vida cuando nos separa una puerta de barrotes. Si quiere mandar, que venga aquí. Aprieto los dientes.
—Claro, tengo licencia —muchas me tomo, de hecho, en exceso —. Puede cogerla usted mismo, está entre mis papeles —opiniones, opiniones.
Le lanzo una mirada desde las sombras acompañada de una sonrisa ladina, como quien invita a un lerdo a meter la mano en las fauces de un lobo hambriento. Adelante, deja que mi magia te destroce. En ese momento ya no recuerdo si en verdad he conjurado todo lo que digo o ha sido solo una treta. Miro al hombre del bigote. Él debe saber.
Jörg se ha apartado, quizás está pensando en su amada. La sombra calla. Escucha, es suficiente. Y yo, divago, divago. Voy dando tumbos. Eso no ha cambiado. Los del circo ignoraron mi pregunta. ¿Traman algo? Decido que, si tiene que haber un líder, sea el hombre del bigote. Sabe cuando hablar, y cuando mentir, también cuando callar. Es ideal, porque los demás o solo callamos, o no paramos de hablar.
—Opciones muy limitadas.
Recupero el hilo, como haciendo un truco de prestidigitación. Tengo dos planes dentro de mi cabeza. En el primero, uso mis vastos conocimientos de las leyes imperiales para sacarnos de ahí y conseguir una indemnización. No funcionará porque la justicia poco importa allí. El siguiente es usar mi baraja…pero no sé cómo. Los guardias no se jugarán nuestra libertad. ¿O sí? No, la mejor opción es el hombre del bigote.
—Opciones muy limitadas. ¡Así que hay opciones después de todo! ¿Y cuáles son esas, amigo? Quizás podamos ayudarnos. Después de todo, todos tenemos un objetivo común.
Aunque yo haya olvidado el mío.
No aporta mucho, pero ahí va. Le paso toda la responsabilidad a Dybeuh...XD
Dejo que el asunto de las licencias muera solo. Con un gesto aburrido, como quien ha destrozado un buen chiste. No merece más atención.
Ni por mi parte… ni por la de nadie con algo de instinto de supervivencia.
Desvío la mirada hacia los del circo. Esta vez sin rodeos innecesarios.
"Lo del escupefuegos…" Menciona, volviendo a centrar su mente en su trabajo. La información.
Hago una pequeña pausa.
No dramática.
Solo... lo suficiente, para reclamar la atención, para ver sus caras, para distinguir afectados.
"No fue un accidente."
Lo digo como quien comenta el clima.
Sin tensión.
Sin carga.
Miro a Ludi directamente.
"Y vosotros lo sabéis."
Silencio.
Corto.
E incómodo.
"Porque si lo fuera, no habría esas caras. Ni estaríamos aquí."
Un gesto vago con la mano. Acompañando la preciosa estancia.
"Ni sorpresa… ni dudas."
Mis ojos pasan de uno a otro.
Geri. Henroth.
"Alguien metió la mano donde no debía. O se ganó un enemigo importante."
Otra pausa.
Más pesada esta vez.
"...O alguien no hizo lo que debía."
Inclino ligeramente la cabeza.
"Y eso suele tener nombre."
No digo cuál. Dejo que lo piensen.
"Jefe. Encargado. Dueño."
Un leve encogimiento de hombros.
"Como queráis llamarlo."
Ahora camino un paso lento hacia un lado. Sin perderlos de vista.
"Porque el hombre ese…"
No digo “Von Luthier” aún. No todavía.
"No parecía esperarlo, pero si pareció identificar la causa. Y eso, o ese, ese sí que no le sorprendió."
Ahí está.
Directo.
Claro.
"Solo… molesto. Un plan desviado."
Silencio.
Y entonces, más bajo:
"Y la gente no se molesta por los accidentes. ¿Qué llevaba, un instrumento musical con algunas cuerdas de menos?"
Levanto la vista. El instrumento era más que identificable, y debería serlo para los miembros del circo, quizás.
"¿Se molesta cuando algo sale mal? Parecía molesto cuando vimos al tipo en el tejado. El tirador, imagino."
Pausa.
"O cuando alguien falla..."
Espero que eso cale.
Remato, casi como si fuese un pensamiento en voz alta:
"Si hay alguien mirando desde arriba… o es el tirador, o alguien asegurándose de que todo salga bien."
Esta vez no lo escondo tanto.
Miro hacia el techo un segundo.
Luego vuelvo a ellos.
" Pero, claro… puede que me equivoque."
La pregunta de Konrad llega en mal momento. Como un cubo de agua fría por la espalda.
No por el contenido. Por el contexto.
Mis ojos se deslizan hacia Konrad.
Sin prisa. Sin sorpresa. Pero con medida.
Le sostengo la mirada un instante más de lo necesario.
No hay reproche.
Pero podría haberlo...
Después, muy despacio, ladeo la cabeza. Como si evaluara si la pregunta merece respuesta.
"Los nombres…"
Dejo la frase a medias. Miro brevemente a los guardias. Luego a los otros.
Aguasnegras. El enano. El mutante.
Vuelvo a Konrad.
"…son cosas delicadas en lugares como este. Y en una situación como la que nos encontramos."
Mi tono no cambia. Sigue siendo calmado.
Profesional.
Pero ahora hay un filo. Fino.
"Sobre todo cuando ya hay quien ha decidido improvisar el suyo."
No miro directamente a nadie. No hace falta.
Se nota. O invita a que se note, tampoco necesito saberlo, solo necesito que ellos mismos lo sepan.
Silencio breve. Después exhalo por la nariz. Como si decidiera… conceder algo.
"Jakob."
Nada más.
Sin apellido. Sin gesto. Sin énfasis. Solo una pieza.
Pero no el tablero. Lo suficiente.
Descruzo los brazos y me apoyo ligeramente contra la pared.
"Y prefiero conocer con quién comparto celda antes de decidir con quién comparto problemas. Por lo general no te lo habría dado, pero reconozco que te debo una por, como mínimo, intentar protegerme de las llamas."
Pronuncia recordando el gesto de Konrad de colocarse ante él, no fue necesario, pero un gesto, aún innecesario, no carece de sentido, la intención, el gesto, era algo extraño de ver en aquella ciudad, y los gestos excepcionales, merecen excepciones.
Ahora sí.
Le devuelvo la mirada a Konrad.
Más neutra.
Más limpia.
"Así que… puedes llamarme así." No especifico que sea mi auténtico nombre, no necesito hacerlo, que crea lo que considere.
Una pausa corta de nuevo.
"De momento."
¡Vamos a intentar rascar algo de información chapoteando mierda para todos lados!
Rumores!!
Observo.
No interrumpo.
Solo escucho y observo.
Procuro no estorbar. Ser una sombra más entre otras.
Dejo que las conversaciones fluyan, intentando interpretar reacciones, gestos, acciones.
Mis ojos se detienen en la enana extrovertida y en un aparente cambio de semblante cuando oye al tipo del bastón elegante referirse al escupefuegos y su posible asesino y causa.
Sin querer distraer la atención de la audiencia, me acerco lentamente a uno de los lados de la enana, como quien busca un lugar más cómodo donde apoyar la espalda.
Mantengo la cabeza baja, oculta por la capucha; los oídos abiertos y la boca cerrada.
Dejo que Jakob, pues así es como acaba de presentarse, termine su exposición de los hechos de tal manera que demuestra ser una persona culta y con don de gentes.
Respiro profunda y lentamente.
Ladeo ligeramente la cabeza, soltando cada palabra con el tono y la claridad necesarios para que lleguen hasta los oídos de Geri, penetrándolos como hoja caliente en mantequilla de cerdo.
—Corren rumores…
Sin esperar ninguna reacción inmediata, pero con la seguridad de que tengo su atención, continúo:
—Se dice que el asesino es un tipo de los muelles al que llaman… —Hago una ligera pausa para asegurarme de que tengo su entero interés—. La ANGUILA.
No pronuncio una palabra más.
No miro su reacción.
Me separo de la pared y me giro lentamente, volviendo a mi lugar con pasos largos, la cabeza baja y los sentidos despiertos, colocándome cerca pero distante de Konrad y Jakob, a la espera de ver si la semilla plantada trae frutos.
No estoy aportando mucho de momento,pero tengo que ir con cautela.Ganar confianza .
La ciudad de Ubersreik continúa respirando agitada con su particular mezcla de rutina, resentimiento, olor a humedad y meadas. Decadente como el resto del Imperio, donde la autoridad intenta parecer sólida mientras está a punto de derrumbarse; en ningún sitio resulta esto más evidente que en el cuartel de la Guardia, un edificio funcional, mal ventilado y peor sostenido. Allí los soldados de Altdorf cumplen su servicio con el entusiasmo de quien ha sido obligado a abandonar su hogar para vigilar a gente que no le importa en una ciudad que no le quiere. Lo cual, por si alguien tiene dudas, no es una combinación que suela producir excelencia profesional ni especial atención al detalle, aunque sí una notable predisposición a resolver cualquier problema mediante empujones, amenazas o ambas cosas a la vez. Aun así —y esto es importante— siguen siendo muchos, están armados, y hoy, concretamente hoy, están más tensos de lo habitual, de modo que cualquier idea relacionada con escapar debería ser considerada, valorada… y descartada con la misma rapidez con la que se descarta beber de un charco de aguas puercas.
Y ahora que el mundo exterior ha sido debidamente establecido —porque toda historia necesita fingir de vez en cuando que trata sobre algo más grande que los personajes atrapados en ella— volvemos a la celda, donde la realidad es más inmediata, más apestosa y, en términos generales, bastante peor.
Allí estáis, todavía. Lo cual, en determinadas circunstancias, ya es un logro. La sensación en la celda es de que el tiempo no transcurre; se acumula con el hambre. Hace costra con la mugre para pegarse a la piel y a la ropa; se instala en los huesos y empieza a susurrar ideas que normalmente uno tendría la decencia de ignorar. Sin embargo, en medio de ese lento deterioro de la paciencia, alcanzáis a vislumbrar diminutos fragmentos de algo más grande, no suficientes para ver qué es, pero sí para inquietaros, que al fin y al cabo es para lo que estamos aquí, ¿No os parece, estimados mindundis?. Inquietaos. ¡Inquietaos os digo, demonios!.
***
Hay recuerdos que uno decide no visitar, otros que tienden a esconderse, otros que mutan, cambian, crecer o merman y otros que deciden volver sin pedir permiso. El tuyo, Pilawa, es un infante de unos diez años, huele a cera y a tierra removida, y está envuelto en un silencio que no es respetuoso sino expectante; porque el rito de Morr no es una ceremonia pensada para tranquilizar a los niños, sino para enseñarles —de forma bastante eficiente— que todos los caminos terminan en el mismo sitio, solo que algunos lo hacen antes y con peor fortuna y humor.
Quizá estuviste allí. Quizá no. Tal vez alguien decidió que eras demasiado joven, o demasiado insignificante, o demasiado problemático como para merecer ese tipo de atención divina, lo cual, visto en retrospectiva, podría considerarse una bendición.
O quizá sí entraste. Quizá viste las velas. Quizá escuchaste las palabras.
Quizá alguien pagó para que un sacerdote de Morr te mostrara un atisbo de tu final, envuelto en símbolos, metáforas o con la claridad brutal de las cosas que no han de ser entendidas hasta que ocurran.
Y ahora, mientras caminas hacia algo que huele sospechosamente a problemas, ese recuerdo vuelve, más nítido, más cercano, como si estuviera esperando este momento concreto para resultar… relevante.
***
El mundo, por fortuna o por desgracia, no siempre necesita magia real para comportarse como si la hubiera, y tú, Konrad, lo sabes mejor que nadie. Hay cosas que solo se revelan cuando uno está dispuesto a ver más allá de su propia importancia personal y a aceptar que el azar —o lo que se disfraza de él— toma decisiones que parecen pequeñas pero rara vez lo son.
Mientras el ruido de la celda continúa a tu alrededor, tus dedos encuentran las cartas casi por instinto. Tu vieja baraja llena de mierda de rata. No sabes hacer trucos con ella, pero sí jugar. Aunque ahora no recuerdes ningún juego. Está tan mugrosa y deteriorada que los guardias ni siquiera quisieron requisártela y ahora ha encontrado tu mano en el bolsillo con la intención de decirte algo. Durante un instante, tienes la sensación de que una de las cartas sobresale voluntariamente del mazo, queriendo representar algo más que números o símbolos.
Un nombre, tal vez, o un rostro. Un lugar determinado. Una historia, al fin y al cabo. Alguien o algo muy concreto que forma parte de tu pasado y que, por razones que ahora desconocemos, podría formar parte de lo que va a ocurrir más adelante. Tengo ese presentimiento. ¿Tienes una opinión para esto?.
***
Y entonces, alguien decide fijarse en algo que, hasta ese momento, había pasado como una excentricidad más entre tantas otras. Los nombres importan, Gastón. Especialmente cuando no son tuyos. Y particularmente cuando alguien decide que quiere saber más.
—Oye —dice Geri, de repente, girándose hacia ti—. Ese nombre… suena a Estalia, ¿no?, ¡Orgullo!, ¡Honor!, ¡Pasión!, ¡Duelo!
Ludi levanta una ceja con un interés que no termina de ser amable. No hay pruebas, aunque tampoco dudas. Los mimos te miran, hablando todos a la vez.
No, es coña. No dicen nada.
—Sí… —dice el enano, rascándose la barba con gesto más pensativo que burlón esta vez—. Demasiado.
Sus ojos se entrecierran apenas un instante, como si estuviera saboreando algo.
—Los del sur no suelen venir aquí porque sí.
Y aquí es donde las cosas se vuelven interesantes, porque hay nombres que pesan más que otros, y los nombres estalianos, en particular, tienen la mala costumbre de venir acompañados de expectativas, historias… y sospechas.
En el Imperio, "De Estalia" puede significar muchas cosas, pero rara vez significa "inofensivo". Puede significar duelista. Puede significar comerciante. Puede significar espía. Y, en ocasiones, significa las tres cosas a la vez, lo cual explica por qué la gente prudente tiende a hacer preguntas antes de confiar… y a desconfiar incluso después.
"César Gastón de Aguas Negras".
Suena bien. Suena largo. Suena importante.
Quizá demasiado.
Porque los nombres estalianos suelen arrastrar historia, linaje, familia… y el tuyo, si uno se detiene a pensarlo un poco más de lo necesario —y los jueces suelen tener la manía de pensar ciertas cosas más de lo necesario— empieza a sonar como algo construido para parecerlo. Lo cual, por supuesto, no significa que lo sea. Pero tampoco ayuda.
—¿Y de qué parte, exactamente? —pregunta Geri, ahora sí, con una curiosidad que ya no disimula—. Porque no suenas como los de Magritta…
Ahh, el sur de Estalia, puedes perder la cartera, el corazón… y en el peor de los casos, un duelo al amanecer.
Magritta no es tierra para cobardes ni para prisas; es un lugar donde cada sombra es corta, cada historia es larga y cada persona carga con más de lo que dice… pero lo lleva con una sonrisa.
Ludi resopla por la nariz.
—Ni como los de Bilbali.
Una pausa.
—Ni como nadie que haya conocido.
Por primera vez desde que entraste en la celda, no eres simplemente "uno más". Eres una pregunta con nombre y patria. Eso no te agrada. No tienes Conocimiento Académico de Estalia alguno, así que tendrás que justificar muy bien aquello que sepas si es que sabes algo. Gastón.
Además, te estás meando. Quizá si manoseas tu anillo se te pasen las ganas. Aunque no creo.
***
Te has afanado en escuchar, pensar y mantener la compostura. Has estado observando, midiendo, descartando, y sobre todo, esperando a que las piezas empiecen a encajar, lo cual, en este momento concreto, empieza a suceder. Aunque no de la manera limpia ni ordenada que a ti te gustaría, no de manera cristalina, sino con la turbidez de comentarios mal disimulados, silencios incómodos y la clase de tensión que aparece cuando a uno se le escapa una flatulencia en presencia de una dama pero no hay un tercero para sembrar la duda razonable.
Geri es la que cede primero, arrastrada claramente por una emoción que no trata de disimular.
—Si sabéis algo… decidlo —dice, con una mezcla de rabia y miedo que no termina de ocultar—. Foster era mi amigo. ¡Un compañero!, ¡Un camarada!, ¡Un hermano!. ¡Un primo!.
Henroth ya no sonríe; su cuerpo grandote se repliega ligeramente, se sienta en el rincón y se abraza las rodillas con su tentáculo, mientras se balancea ligeramente e hipa.
Ludi, en cambio, no retrocede tanto como se aparta, lo justo para marcar distancia.
—Hay gente importante en esto —murmura—. Y no sois vosotros.
Una pausa.
—Y si tengo que elegir… me fío más de von Luthier que de cualquiera que haya acabado aquí dentro.
No es una acusación directa de nada, pero sí una toma de posición.
Y tú, Jakob, con esa mente tuya entrenada en cuentas y normas que otros ignoran, tienes claro que esto no es una simple detención masiva, no es una pelea que se ha ido de las manos, y desde luego no es un procedimiento estándar, porque en un procedimiento estándar no se separa a un grupo concreto, no se le retiene más tiempo del necesario y, sobre todo, no se le presenta ante un magistrado.
Porque, queridos mindundis, mis tesoros mugrosos, héroes anónimos de Ubersreik, vais a ver al juez. Ya mismito. No deberíais hacer el tonto más de la cuenta. Aquí cuelgan a la gente. En serio. Los cuelgan. Del cuello.
(continúa)
Notas para Pilawa:
Cuéntanos si pasaste por el rito o no, y en caso de haberlo hecho, qué forma tenía tu muerte según Morr. Puedes ser tan críptico, irónico o cruel como quieras; Morr, en general, no es conocido por su sentido del humor, pero tú sí puedes tenerlo.
¡ESTAMOS CONDENADOS!
Los siguientes son ejemplos de Condenas para inspirar tus propias creaciones para el Talento Condenado :
• De la oscuridad viene el cuervo.
• Las bestias del campo fijan sus ojos en ti
• La peste y las enfermedades oscuras te harán hincar de rodillas.
• La ausencia hace que tu corazón se debilite.
• La espada no te traerá justicia, sino sólo tu fin.
• ¡El panecillo! ¡La galleta! ¡El pastel! ¡Hete aquí que estos son los platos de Morr!
• El tamborilero redobla tu final
• ¡Tu final no es tu final!
• Beberás a fondo de la copa de la corrupción
• Los lugares altos conducen a un final bajo
Notas para Konrad:
Me gustaría que introdujeras a alguien —contacto, aliado, enemigo o algo incómodamente intermedio— que tu baraja parece "recordar". Utilizaré a ese personaje de la peor forma, te lo prometo.
Notas para Kramer:
Sin chequeos: puedes narrar qué sabes o intuyes sobre el proceso judicial en el Reikland. Vais a ser llevados ante el juez. Vosotros cuatro. Qué cosas. Además, tendrás la oportunidad de fijarte en algo más cuando salgáis de la celda gracias a tu Sexto Sentido.
Notas para César Gastón:
Careces de Sabiduría Académica relacionada con Estalia. Puedes definir cuánto sabes realmente sobre el lugar del que supuestamente procede tu nombre… y qué tan convincente puedes resultar si alguien decide apretar un poco más, si lo justificas narrativamente con una buena historia pese a no tener la Habilidad Avanzada que así lo avale. Veamos de qué eres capaz, colega.
Además, haz un Chequeo Normal de Frialdad en relación al nombre "La Anguila". Nadie en la celda parece reconocerlo… pero eso no significa que no tenga peso. Ya veremos.
*NO POSTEÉIS AÚN, NO HE TERMINADO DE ACTUALIZAR LA ESCENA*
Suficiente introspección por ahora, ¿No creéis, mindundis?.
Al final de la mañana, la puerta que da a las dependencias de la Guardia se abre. Sin violencia. Con decisión.
—Los del cadáver. En pie.
No hay prisa en la voz. Pero tampoco margen para discusiones. Entonces aparece ella.
Andrea Pfeffer no entra en escena; irrumpe, que es distinto, y no mira a la celda ni a sus ocupantes porque no necesita hacerlo. Las decisiones que allí se toman no requieren confirmación visual, y menos con los prisioneros. Cuando habla, lo hace para los guardias, no para vosotros.
—Llevadlos al juzgado. A los cuatro.
Una pausa mínima.
—A buen recaudo.
No añade nada más. No hace falta.
Una escolta de soldados de respetable tamaño se mueve. Vosotros también. Porque en este punto, quedarse quieto o caminar ya no depende de vuestras preferencias. Al salir de la celda, os ponen grilletes. Es entonces, justo entonces, cuando ocurre algo que merece ser observado. No por todos nuestros héroes. Pero sí por Jacob. La capitana se detiene junto a la mesa, donde están vuestras pertenencias. Empieza a revisarlas. No al azar. Busca algo. Con intención.
El pasillo se abre ante vosotros, la luz entra desde el exterior, y el ruido de la ciudad os alcanza como un recordatorio de que El Imperio sigue adelante, indiferente a vuestras vicisitudes, incluso cuando decide, de forma puntual, interesarse demasiado por un puñado de desgraciados.
Una niebla baja llena las calles y amortigua ligeramente el sonido mientras vuestro grupo es conducido a través de la Comisaría y pasa por encima del puente de Ubersreik. Al acercarse a la Marktplatz, se pueden oír a distancia los murmullos de una multitud.
La escolta os dirige hacia un impresionante edificio de piedra en el extremo oriental del mercado: el Ayuntamiento de Ubersreik. Allí os espera un gentío vociferante, que se aparta con reticencia cuando los soldados obligan a abrir paso. La turba grita todo tipo de acusaciones y también de ánimos: "¡Esos son los que mataron a mi ganso!"; "¡Escoria de los Jungfreud!"; "¡Cantadles las cuarenta!"; "Asesinos"; "¡Freiburgo para Ubersreik!"; "¡Os está bien merecido, los de Altdorf están aquí para ayudarnos!"; "¡Mucha suerte!"; "¡Brujos!"; "¡Volveos a casa!"; "¡Tres a uno a que el estaliano se libra del cargo de asesinato!"; "¡Ese llevaba un monstruo en un saco!".
Y mientras avanzáis hacia los juzgados, rodeados de acero, mala leche y una cantidad nada desdeñable de resentimiento gratuito, quizá empezáis a comprender algo que hasta ahora solo era una intuición incómoda. No estáis aquí por error. Al menos, no del todo.
Y Gastón se está meando.
Postead, mis queridos mindundis.
No quiere decirme su nombre. ¿Por qué? Yo se lo digo a todo el mundo. Por si alguien me reconoce. Un nombre tiene poder. A él también le conoce todo el mundo. O podrían conocerle. Y no quiere desvelar esa carta. Sería peligroso, atrevido, obstinado. Sin un nombre no hay confianza. Aunque sea una mentira. No puedo pensar en alguien que no tiene nombre. Incluso yo tengo uno. Lo único que me queda de mi vida pasada. Real o no. Eso me ata a la cordura.
Jakob, dice. No lo repito. Asiento, entre las sombras, aceptando esa moneda de confianza que me ha sido otorgada.
Si, los nombres tienen poder. Definen, atan, condicionan. Parece que los feriantes están bastante interesados en el estiliano. Su nombre tiene fuerza, garbo, poder. Habla de linajes, sangre y vendettas. Yo solo veo un muchacho asustado que prefiere mantener un perfil bajo.
Mi voz suena severa, reverbera entre los ecos de esa caverna de piedra y barrotes.
—Dudo que unos patanes como vosotros hayan viajado más allá de sus propias narices. Yo he estado en Estalia —o eso creo —. Hay tantos acentos como especias en sus mercados y mujeres hermosas por sus calles. ¿Trabajáis ahora como guardias? Ya nos interrogarán más adelante, pero lo hará un juez, no un puñado de feriantes que esconde más de lo que aparenta.
La última se la lanzo sin apenas prestarles atención. He buscado un sitio cómodo para pasar la noche. Les he dejado claro que el muchacho está con nosotros. Me sorprendo de que haya un nosotros. Y de que Fritz no forme parte de él. Quizás solo era un ratón, después de todo. Un grupo. Un nosotros. El amigo Jörg. Ese es bueno. Y su perro. Espero que esté con Fritz. Jakob. Es la piedra en la que vamos a apoyarnos, lo veo. Gastón, la sombra. Somos cuatro. Seis con animales. Es un buen grupo, me digo. Una buena mano.
—No va a responder a tus impertinencias, Geri. No sé pregunta a la gente de donde viene. ¡Podría no saberlo!
Doy por zanjado el tema. Sigue otro. Este que arrastra Jakob. Esa parte de la dejó a él. Cada uno tenemos una función en el grupo. La mía no tengo claro cual es, pero estoy demasiado conmovido por el hecho de pertenecer a un sitio que no me importa. ¿Cuántas veces he vagado solo por las calles sin tener más compañía que el leal Fritz? ¿Cuántas veces me han llamado loco, vagabundo, sucio, demente, y me han apartado del camino? ¿Cuántas otras se han reído de mi oratoria o de mis hechizos? Aquí, entre barrotes y criminales, me siento algo más cerca de casa.
Si es que existe.
Los oigo hablar. Ese Geri habla de un tal von Luthier. Me quedo con el nombre. Porque son poderosos. Porque son importantes. Definen, atan, condicionan. Y pueden usarse como arma.
—Estoy seguro de que podéis confiar mucho en ese hombre de quien habláis —le digo a Ludi, sonrío —. Él duerme hoy en su cama, caliente, mientras tú y tus amigos os pudrís aquí. Por no hablar de Foster. Seguro que él también agradece que sigas confiando en ese hombre que le ha costado todo lo que tenía.
Mi tono se vuelve amargo y cenizo. Me enredo en mis pensamientos. Encuentro mi baraja. La extiendo sobre el suelo. Las cartas están más sucias. Me devuelven rostros deformes. Sombras y picas. Tréboles y temblores. Miedos y corazones. Diamantes, todos rotos. Sangre sobre el suelo. Los extiendo. Si logro colocar las cartas de una determinada manera formaré una imagen. Las cartas son como la magia. Pueden darte todo lo que necesitas.
Mis dedos son ágiles. He jugado mucho. No sé dónde. En la torre, claro. ¿Dónde si no? Un as, otro as, la dama para luego. Palos y colores. Voy desvelando cartas. Hay una que sobresale del mazo. Sé cual es. La aparto. No la miro. Este truco me le conozco.
—No vas a ganar siempre Heiden. Salvo que hagas trampas. Pero las trampas no se destilan entre los Rhein ¿Verdad? No, los nobles no tenéis necesidad de ellas. Buscáis a tipos como yo para que las hagan, y vosotros quedar limpios.
Estoy enfadado. Soy una comparsa. Lo sé. Estoy en la torre solo porque soy un cebo, carnaza, el escudo de ese hombre. Le voy sonreír. Él me acepta. Soy uno más de sus siervos. No sabe lo especial que soy. Ni lo que espero de la torre. No será mi tumba.
Las cartas dan vueltas en mi mano, en el suelo. Aparecen las figuras. Es como si pudiera verle. Amigo, confidente, aliado, estudioso, como yo. Él de casta noble. Yo, oportunista. ¿Eso es verdad? Suele ganar a las cartas. Aprenderé sus trucos. Aprenderé mucho de él. Y luego, subiré a lo alto de la torre. Poder, me digo, para hacer temblar los cimientos del mundo.
Él me habla. Está ahí mismo. El resto son sombras.
—No, aún no he hablado con Miranda —mi corazón se acelera, mi lengua se encalla como un pesquero cerca de las rocas de un acantilado —. ¿Debería?
Me aconseja, me dice que lo haga. Soy un idiota. Ella terminará eligiéndole a él. Él me la robará. Ahora me da esperanzas. Pero sé que no las hay. Espera. ¡Espera! Esto no está pasando. Esto ya lo he vivido.
—No eres real, Heiden. Eres un fantasma.
Puedo verlo, lo juro, con sus hábitos de académico. Y, más allá, la escueta cantina que tenemos los estudiosos para matar las pocas horas libres que tenemos. Hay una ventana que da al cielo. Es la torre.
Saco la última carta. El rey de picas. El villano.
—Este eres tú, Heiden. Un maldito mentiroso. Ya me engañaste hace tiempo. Ahora no lo lograrás. No quiero jugar contigo.
Recojo las cartas, incluso el rey. Vuelven a mi mano con endiablada rapidez. Murmuro algo, me quejo.
—Hay demasiada gente en esta celda.
***
Llega la mañana. Estoy despierto antes. He dormido con un ojo abierto, propio de los que lo hacemos en la calle. No es mi primera vez. He vigilado al muchacho y a Jörg. Jakob, intuyo, sabe cuidar de si mismo. Los feriantes se han mantenido en su sitio.
Llega la mañana. Con ella, la capitana. Es como una bola llameante que quema, ordena, explota. A la vez, es suave y dulce. Puedo ver porque Jörg ha caído dentro de sus ojos. Le pego un codazo mientras nos ponemos en pie.
—Qué suerte, ha venido a buscarte a ti entre tantos otros.
Salgo de la celda con una sonrisa. Afuera, el sol me quema. Los guardias forman un cerco a nuestro alrededor. Me coloco detrás de Gascón para que los guardias no le empujen. Suelen hacerlo. Nos ponen grilletes.
—Somos muy importantes, entiendo.
Han hablado oír de mis prodigios mágicos, entiendo. ¡No saben que unas míseras cadenas de acero no podrían detenerme!
Tenemos admiradores. Al principio creo que nos están saludado. Veo mi error en poco tiempo. Bajo tiempo. Me defiendo.
—¡Ese ganso no era trigo limpio precisamente!
Escupo, me empujan los guardias. Sigo caminando. Me llaman brujo. Soy un hechicero, espero. No un brujo. Los brujos son malos. ¿No? Si. Yo no soy malvado. Creo. El recuerdo de la noche pasada no se ha ido. Es raro. Heiden sigue en mi memoria. Amigo, compañero, aliado. Rival. Al final, enemigo. Quedan muchas sombras aún, pero ese es un pedazo que he recuperado.
—Es momento de pensar en el presente, no en el pasado — me digo, todos me oyen.
Hay algo que aún no puedo ver. Espero que Jakob si lo vea. Huele a conspiración, a algo turbio. El destino teje a su manera, los hombres también. No es casual que los cuatro estemos allí. Nos acusarán, nos usarán. Pero han cometido un error. Al juntarnos, ahora somos un grupo. Y eso es poderoso. Sobretodo para mí. Nunca he tenido un lugar al que regresar. Una persona puede ser ese lugar. Tres mejor que una. Tres mejor que una rata.
—Existe una conjura de la que somos parte. Elevada o mundana, que puede esconder pasiones humanas o algo más elevado. Lo desconozco. No hay mucho que podamos hacer salvo ver como se desarrollan los acontecimientos y actuar en consecuencia —una buena idea que de seguro yo no seguiré —. Estamos juntos en esto —digo, profundo, sereno, los insultos, la gente, no me turban —. Nadie va a pasar por esto solo.