Sutter experimentó un temblor involuntario en el ojo izquierdo durante el silencioso trayecto por una carretera secundaria a la Colina del Ahorcado.
El párpado. Se trataba del párpado.
Se agitaba como si respondiese al estímulo de un péndulo invisible, vibrando como zaherido por un impulso inexplicable. ¿Podría tratarse de un ataque de culpabilidad a la altura de la conciencia…?
Mojado y ensangrentado, Sutter se percibía a sí mismo como un ser extraño y difícilmente reconocible al mirarse de soslayo al espejo retrovisor del Chevy. Sus manos y sus brazos estaban entumecidos. No sentía nada más que un molesto hormigueo extenderse desde los codos hasta arañar las terminaciones nerviosas de sus dedos. Al amanecer —y no tenía claro que llegase a ver a el amanecer tras esta terrible noche de pesadilla—, difícilmente podría pulsar un teclado con el que escribir. Visto en perspectiva, un escritor tenía muchos motivos para no enfrascarse en una riña a puñetazos. Lástima que esta reflexión acudiese demasiado tarde…
El golpe fatal que había descargado sobre la cabeza de Abernathy aún resonaba con precisión en su memoria ecoica. Tenía la prueba de su incriminación —¡La fotografía!— y solo necesitaba deshacerse del coche…
Pero… ¿Y la chica?
Esa era la pregunta del millón de dólares.
Qué hacer con la chica...
* * *
Muchos arkhamitas consideraban que la Colina del Ahorcado gozaba de ese nombre en dudoso honor de algún pobre infeliz condenado a morir colgando de una soga, pero la terrible realidad tras la leyenda urbana, como suele ocurrir, era mucho, muchísimo más tétrica.
A la Colina del Ahorcado, en su origen, la llamaban así para evitar ––quizás por superstición— mencionar el infame árbol maldito que se erigía entre sus brumosos páramos. Se trataba de un viejo sauce seco y encorvado, petrificado en el tiempo como si una violentísima ráfaga de aire lo hubiese doblado con su soplido. Del sauce se decía que había sido el favorito para colgar a los condenados por cierta familia noble de antaño, la cual habría prohibido talar el mismo bajo pena de muerte. Los criminales que eran enviados al siniestro sauce eran ahorcados a la manera inglesa, soga al cuello y muerte agónica por asfixia provocada por suspensión forzada. Era una forma cruel de ejecución, pero mucho más impactante para el vulgo que la practicada al estilo continental, en el que el reo moría no por estrangulamiento, sino porque su cuello se rompía casi siempre al caer al foso del cadalso.
Pronto, el sauce se convirtió en una morbosa atracción para un selecto público… Los cuervos. Y es por esto que los verdaderos conocedores de la leyenda la denominan «Raventree Hill.»
Sutter detuvo el coche. Apagó el motor. Afuera solo se oía la brisa nocturna, el golpeteo de la lluvia sobre la tierra húmeda y el murmullo lejano del Miskatonic, fluyendo eterno como los misterios que atenazaban Arkham City. Se sentía mareado. Un ardor bilioso crecía en su gaznate. Tragar era como deslizarse por un túnel forrado en papel de lija. Se bajó del vehículo con dificultad. La cojera iba a peor. La rodilla había duplicado su tamaño. Un recuerdo de Lord Grimdark –Desde el Infierno, con amor–. Todo olía a sangre, metal y muerte…
Se acercó al maletero. Lo abrió. Dentro aguardaba la Gran Pregunta, la Incógnita Humana: La Mujer, atada y amordazada como recordaba. Esta vez sollozaba muy bajito, dándole la espalda. Destilaba una fragancia inusual, su cabello reluciendo como arcilla mojada, desparramado en todas direcciones abarcando el maletero, desaliñado, sí, pero de un lustroso tono rojo oscuro, increíblemente llamativo. Parecía una hemorragia fluyendo desde su cabeza…
Como la sangre que borboteaba de la brecha en la cabeza de Abernathy.
Su turno, mi querido Peli.
Si quieres convencer a la mujer de que eres inocente, vas a tener que hacer una tirada de VOLUNTAD.
No obstante, si quieres rolear una escena en esencia dramática, pasa de hacer tiradas y escribe lo que consideres oportuno. El Goblin Lord proveerá.
Con una mano apoyada en la puerta abierta del maletero, Sutter se tomó unos instantes para contemplar exhausto a la muchacha. Su vestido verde esmeralda lucía sucio y maltratado. La cinta adhesiva le envolvía los brazos y le unía las muñecas a la espalda; también amarraba ambas piernas a la altura de los tobillos. La falda se le había arrugado y se alzaba descuidadamente por encima de sus rodillas. Está a tu megced, mon chéri, ronroneó Gabrielle. Tuya para haceg con ella lo que desees... Sutter apartó la mirada rápidamente de esos muslos tallados en marfil, asqueado por el fugaz ramalazo de excitación que le había asaltado al vislumbrar esa piel pálida y tersa.
Tiró de sus ojos hacía la cabellera desgreñada. Los mechones desordenados refulgían con un salvaje rojo carmesí. Por un momento Sutter se vio como un maltrecho bucanero que echa un vistazo al montón de rubíes que descansan en el ansiado cofre del tesoro. Casi ocultos bajo esa cascada de fuego, el llanto quedo de la chica hacía temblar ligeramente unos hombros de alabastro.
Indefensa. Aterrorizada.
Sumisa. Dispuesta.
El escritor retrocedió entre jadeos. Le costaba respirar. No pensaba con claridad. Se agarró la cabeza con ambas manos, desesperado por huir del dolor y la locura de esa noche maldita. Su vida cómoda y anodina se había despeñado por una sima oscura e insondable. En esas tinieblas abisales acechaban entidades siniestras como Chance, despiadadas como Joe e indescifrables como la Mujer del Maletero. Desde la negrura de esa fosa de perdición, llegaban hasta Sutter los ecos de voces conocidas e imposibles: los personajes de sus novelas se erguían del cieno como muertos vivientes, alzando unas manos engarfiadas hacia él.
Devógala, mon amour. Te pegtenece... El acero sisea sobre una piedra de amolar. Siempre afiladas y dispuestas, Herr Cane.
Toma una puta decisión, novato. ¿Estás dentro o estás fuera? Un pecio de hielo da bandazos en el fondo de un océano dorado.
¿Has empezado a escribir, Suttie? Pero qué digo... ¡Claro que has empezado a escribir! Porque si no, hermano, tendríamos un problema muy gordo tú y yo... No, espera. Sid es real. No me lo he inventado yo. ¿Verdad? ¿¡VERDAD!?
Tranquilo, cariño, todo va a salir bien. La dulce voz de Abigail. El amor derramándose de sus ojos azul celeste. Sopla risueña para apartarse de la frente esa hebra rebelde de pelo rojo que siempre se le desliza hasta la ceja. No... ¡NO! ¡Abbie tiene el pelo negro!
¡AAAAAARGHHHHH!
Caído de rodillas en el barro, el alarido le nació desde lo más profundo de las entrañas. El firmamento, semioculto entre las esqueléticas ramas del sauce que coronaba solitario la Colina del Ahorcado, recibió indiferente el vomito de rabia enajenada. Una bandada de cuervos abandonó indignada el deformado árbol, graznando airadamente. Sus ásperos chillidos fueron alejándose hasta desaparecer.
Se hizo el silencio. Un silencio jaspeado por el cri-cri desapasionado de los grillos y veteado por el murmullo lejano del Miskatonic.
El Silencio del Páramo.
El tipo de silencio que tiene las manos callosas de empuñar palas para cavar tumbas poco profundas. El tipo de silencio al que no le importa cederle su asiento al gorgoteo de una garganta acuchillada.
Sutter se puso de pie como un resorte y regresó hasta el maletero. Dio un tirón al hombro de la muchacha para poder mirarla cara a cara. La agónica luz del piloto interior del maletero arrancó un destello plateado del grillete que rodeaba la garganta de la chica. Sutter contempló ese grotesco collar y tomó la cadena que colgaba de él con una mirada que mezclaba confusión y hastío. Otra pincelada más de demencia en ese lisérgico cuadro nocturno. Sin saber exactamente qué estaba haciendo ni cuál sería su siguiente paso, arrancó la cinta adhesiva de los labios de la Mujer del Maletero y le preguntó a bocajarro:
—¿QUIÉN COJONES ERES? ¿POR QUÉ ESTÁS AHÍ METIDA?
—¡No… No…! ¡No me hagas daño, por favor! ¡Te lo ruego! —suplicó la Mujer del Maletero, sus palabras un hilo de voz tan quebradizo como un cráneo hendido por la pala del Silencio del Páramo.
En un alarde de empatía —un sentimiento que parecía quedar a eones de distancia del trastornado y ensangrentado Sutter en este momento—, el escritor consideró que aquella desgraciada debía tener la garganta áspera por una endiablada sed. Apenas se movía, solo se cubría el rostro con las manos, pidiendo clemencia sin palabras.
¿Cuánto tiempo llevaba padeciendo agarrotada en el maletero de ese Chevy…?
En el horizonte, el cielo de Arkham se vestía de tormenta. A Sutter se le erizó el vello de la nuca. Tuvo una premonición. Una premonición mortal. Él había abierto el maletero pero, de algún modo, algo oscuro y abrumador había empezado a deslizarle por su garganta metálica y ahora se encontraba aterido de frío con la creciente necesidad de guarecerse con aquella enigmática mujer en el interior del compartimento mientras la ciudad, a lo lejos, quedaba devorada para siempre por las turbias aguas de aquella profética lluvia.
—Él… —Balbuceó la mujer entre temblores que no obedecían a sus órdenes neuronales. La carne en sus labios trémulos estaba agrietada, cuarteada. El recuerdo de su libertador abriéndole la cabeza a Abernathy aún palpitaba en sus retinas, salvaje y primitivo. Esa visión, el mero recuerdo en su brutalidad, le robaba las palabras y la dibujaba torpe y estúpida—. Él… Él me cogió… Siempre nos agarra por sorpresa… Me quiere para ti… Solo para ti…
El umbral de la conciencia se resquebrajaba por momentos.
El ronroneo siniestro de esa oscura versión de Edith Piaf que era Gabrielle Chevalier resonó más audible, mucho más prístino, su tono peligrosamente cercano… Confidencial. Sale et Petit Secret…
Sus labios de un vivo rojo tonalidad Masacre en la Hora de los Susurros susurraron al oído de Sutter:
—¿Dónde están tus modales, chéri? Esta petit créature no es una amenaza para ti… No lo es para nosotros, vraiment. Acércate, no seas tímido. Ofrécele tu gabardina. Recuerda tooout lo que te he enseñado estos años en materia de Artes Amatorias… Sé un gentilhomme. Averigua quién es. Tengo curiosité…
No quiso girarse, no fuera a que Ella estuviese ahí, a su espalda, sonrisa de víbora berlinesa, con su traje de chaqueta negro inconfundible y su collar de perlas.
—¿Te… Te encuentras bien…? ¿...Sutter? —Le preguntó la Mujer del Maletero, la sombra de la duda imbuyendo sus ojos. Sus palabras sonaron sinceras en su preocupación.
Sutter olvidó por un momento cómo se respiraba.
La Mujer del Maletero sabía su nombre.
—Me llamo Dánae… Y soy… —Un atisbo de duda en su voz. Y luego, una revelación—: Soy una musa…
» Tu musa.
Seguimos.
No hagas tirada de Cordura aún.