El personal de seguridad de Happydale’s compartía como rasgo descriptivo el ser depredadores naturales —y clientes habituales— de Dunkin’ Donut. En líneas generales, era más fácil saltarlos por encima de la cabeza que tratar de rodearlos. Cuando se presentaron todos en tropel al toque de silbato de la enfermera Palmer, algún ocurrente interno gritó:
—¡ZAMPADORES, REUNÍOS!
El cabecilla de este hatajo de brutos era un tipo bastante desagradable cuyas axilas estaban en estado de permanente sudoración y al que Eddie siempre había denominado —por cuestiones obvias— Galactus. No se tomó bien el comentario y se arremangó para empezar a repartir correctivos pedagógicos.
Al verles avanzar, Eddie se subió de un brinco sobre una de las mesas del comedor, despertando en su alarde de rebeldía las conciencias de algunos de los internos, todos ellos deseando sentirse alguien en aquel suceso, un incidente capaz de alterar la monotonía imperante en Happydale’s. De aquello, lo quisiera o no Proctor, iba a hablarse en las próximas semanas como un hito, algo capaz de romper la rutina de hierro de la institución. Seis era demasiado pequeña para entenderlo, pero incluso aquella niña subyugada por adultos de moral oscura era capaz de ver que el Plan de Fuga, incluso a pesar de su indeterminación, solo requería, en esencia, de un par de héroes para llevarse a cabo.
—¡Recordad bien este día, servidores de Sauron, pues será recordado como La Caída de Happydale’s! ¿¡Quién está conmigooo!? —aulló Eddie como si fuese un profeta del Dark Metal alzando únicamente sus dedos índice y meñique emulando las astas de un demonio.
—¡Santa María, Madre de Dios! —pronunció Palmer, consternada por esta satánica simbología a tan escasos metros de su presencia. Ahora lo tenía claro: ¡Ese enmascarado fijo que jugaba a las cartas Magic!
Eddie mostró su as en la manga, su giro de guion electrificado, su arma de destrucción masiva, su Rompedora de Cadenas… Su anillo único… Un Fender Bass alimentado por años de cautiverio y rabia, hoy, al fin, desencadenada. Seis abrió los ojos maravillada, aterrada... Fascinada.

Los internos de Happydale’s enfurecieron de modo progresivo al ritmo marcado por los dedos de Eddie al percutir las cuerdas del bajo. Los ventanales deprimentes del complejo vibraban amenazando estallar en pedazos. La alarma de incendios enloqueció y derramó lluvia crítica sobre todos los presentes. De repente, la enfermera Palmer, mujer amante del orden y la austeridad, sintió que perdía por completo el control de la situación.
—¡Seguridad…! ¡SEGURIDAAAAAAAAAAAAAAAAARRRRRGH!
Galactus y sus muchachos se adentraron entre la rabiosa muchedumbre tratando de rescatar a las enfermeras y sofocar la revuelta, pero pronto se vieron sobrepasados por la violencia de los insurgentes, que arañaban caras sin pudor, mordían orejas, picaban ojos y pateaban escrotos surfeando una ola de subversión espoleada por la melodía sobrenatural de Eddie. No tenían miedo a la represión, habían aceptado la muerte como un acto heroico y necesario para enviar un mensaje a sus captores que reverberaría en las paredes de granito de Happydale's.
¡SIC SEMPER TYRANNIS!
Seis no permaneció inmune al perturbador —y epatante— efecto de la música. Su piel pareció verse recorrida por una corriente invisible de electricidad estática que le hizo ser más consciente de todo lo que sucedía a su alrededor y pareció conectar con algo oculto y latente en las más recónditas cavidades de su pequeño cuerpecito.
Algo que le susurró a sus solos oídos, muy bajito…
—LIBÉRATE.
Te paso la lista de conjuros por el Off, tú eliges el que más te guste y, si quieres, lo empleas ahora a máxima potencia previa tirada de VOLUNTAD.
De modo alternativo, si así lo prefieres, seré yo el que elija tu conjuro estrella.
Tú me dices. ^^
Seis avanzó unos cuantos pasos intentando llegar hasta Eddie, sorteando a la multitud que se había congregado alrededor de ellos. Cuando lo tenía a unos escasos metros alargó la manita, les separaba tan poco...
Ya casi estaba a su lado...
Sólo un poco más...
Ahogó un chillido al sentir la zarpa de la enfermera alrededor de su cuello. Se revolvió, intentando zafarse, pero la bruja la tenía bien agarrada y apretó con fuerza su pequeño cuello, provocando que la niña empezara a boquear.
Le hacía daño...
Alzó la mirada y vio los ojos de la enfermera como ascuas encendidas y entonces comprendió que aquel acto de rebeldía iba a salirle muy caro...
No quería que volvieran a meterle los tubos ni que volvieran a borrar sus recuerdos. No quería volver a despertar en una camilla fría, asustada y sin saber qué le había pasado... Dejó de resistirse y sus enormes ojos se llenaron de lágrimas.
No... No llores...
El Señor Sonrisas no querría que llorara, no le gustaría verla así, pero... Estaba tan asustada... Tenía tanto miedo...
En la sala empezaron a entrar los de seguridad y todos los presentes se volvieron locos al ritmo de una melodía enérgica y poderosa. Empezaron a golpearse y a gritar y la enfermera tuvo que soltar a la pequeña para protegerse de la marabunta que se había formado a su alrededor. Seis miró hacia Eddie y entonces vio el Fender Bass que tenía entre sus manos. La pequeña abrió mucho los ojos, alucinada y alzó ambas manitas hacia el techo mientras dejaba que la música se apoderara de su cuerpo. Alzó la cabeza, ya libre de la garra de la bruja, que no paraba de llamar a los de seguridad mientras la lluvia caía sobre ellos, empapándoles.
Vio a Galactus y a sus muchachos entre la muchedumbre, dirigiéndose a golpes hacia Eddie y en ese momento sintió una oleada de energía recorrer todo su pequeño cuerpo. Escuchó una voz susurrada en sus oídos y gritó con todas sus fuerzas, dejando que esa energía se apoderara de ella y se extendiera por todo su ser...
— ¡NOOOOOOOO.... DEJADLE EN PAZ!
Motivo: Voluntad
Tirada: 2d6
Dificultad: 7+
Resultado: 10(+3)=13 (Exito) [4, 6]
El agua estaba fría, muy fría, pero la sangre manaba muy, muy caliente a su alrededor. La turbamulta de chalados oprimidos en Happydale’s luchaban sin concebir la mera posibilidad de caer derrotados. Galactus, ensangrentado y enfurecido, pronunció la palabra mágica, esa que inspira terrores nocturnos entre los internos.
—¡USAD EL PUTO TÁSER, COÑÑÑÑÑÑE! ¡QUE NOS COMEN! ¡NOS COMEN LOS TARADOS! ¡AAAARGH! —dijo quitándose de encima a ese pequeño critter en el que se había convertido Hateful Rick. Al hacerlo, el niño se llevó con sus dientes un tira de carne de su mejilla. Gore & Gritty.
La enfermera Palmer, con su cabello rojo ahora desmadejado y húmedo, su maquillaje reconvertido en manchas de camuflaje urbano en su rostro lívido, se apartó de modo instintivo de varios infantes que parecían querer devorarla viva empleando un tenedor como arma improvisada. El horror presidía sus ojos ofidios, consciente de que habían despertado algo… Algo que no debía ser despertado.
Seis chilló con todas sus fuerzas presa de la desesperación y, al hacerlo, la Realidad pareció hacerse pedazos. Un fuerte y característico olor a perro mojado impregnó el comedor. Las miradas de los seguratas y las enfermeras se posaron en aquella… Cosa, aquel ser que se materializó como un espectro a espaldas de la niñita.

Era un puto conejo de peluche mutante.
Sonrió… Una de esas sonrisas que exhiben una galería de colmillos afilados que no han visto una pasta dentífrica desde la Noche de los Tiempos. Una sonrisa babeante, de depredador desquiciado por el hambre. Una sonrisa que parecía decir… «MI TURNO.»
—SOY EL SEÑOR SONRISAS. IRÓNICAMENTE, SOLO TRAIGO DOLOR Y LÁGRIMAS. VOSOTROS ME SEPARASTEIS DE MI ELEGIDA… HORA DE MORIR.
Las garras que remataban las patas del Señor Sonrisas, Gory Version, no eran garras en el sentido biológico del término. Parecían una mezcolanza de instrumentos punzantes o cortantes… Tijeras sobredimensionadas, cuchillos de carnicero, cortadores de pizza, navajas de afeitar… ¡Incluso tenía una motosierra!
El Señor Sonrisas, esa pesadilla salida de un cuestionable programa de dibujos animados poco recomendable para tus sobrinos, avanzó con la sutileza de un Panzer, cortando, desmembrando, decapitando, mutilando, eviscerando y diseminando cabezas, miembros y vísceras por doquier, convertido en una imparable máquina de matar vomitada por la trastornada imaginación de Seis.
—NADIE… TOCA… A MI CHICA.
*SPLUTCH, SLAAAAASH, STABBA-STABBA, CRUNCH, CRACK!*
Un 13. Esto hay que celebrarlo.
Pierdes 1 de Cordura por el despliegue de poder mágico llamando a la Entidad. Es tu primera vez, así que te dejo que nos cuentes cómo afecta este dantesco espectáculo a Seis. Si eliges admirar al Señor Sonrisas destrozándolo todo, deberías hacer una nueva tirada de VOL para ver si pierdes Cordura... No es muy recomendable ponerle una peli del Señor Sonrisas a un niño de 8 años. XDDDD
Por otra parte, te voy a dar a elegir dos posibles consecuencias, más allá de que queda garantizado que el Señor Sonrisas, traca final de la revuelta en Happydale's, os asegura poder escapar de allí tanto a ti como a tu querido amigo Eddie. Según lo que elijas, definiremos la forma en la que puedes escaparte de Happydale's.
Consecuencia nº 1 - El Señor Sonrisas, esa máquina de matar, asesina en su avance a la enfermera Palmer, permitiéndote conseguir la tarjeta llave de las instalaciones.
Consecuencia nº 2 - El Señor Sonrisas agarra a Galactus y, antes de despedazarlo salvajemente, destroza uno de los ventanales del comedor de Happydale's, permitiéndoos escapar por ahí no solo a ti y a Eddie, sino a muchos de los internos del centro.
¿Venganza, o Liderar la fuga de Happydale's?
Choose wisely.
Seis no quería que también le arrebataran a Eddie... Era su amigo y en el fondo tenía la sensación de que allí, en Happydale's odiaban a los muy mejores amigos y desgarraban el hilo que los unía, destrozándolos en el proceso.
Con la carita empapada por la lluvia que salía de los aspersores, gritó hasta quedarse afónica y un torrente de energía brotó de ella, dejándola completamente exhausta...
Sintió un temblor en las piernas y resolló, agachándose para apoyarse en las rodillas mientras intentaba recuperar el aliento. Alzó la mirada y vio a Goliat y a la bruja mirando, aterrorizados, hacia ella...
¿Por qué la miraban así?
Pestañeó, confusa y entonces escuchó su voz...
¡Señor Sonrisas!
Se volvió hacia él, con la intención de lanzarse y perderse entre sus mullidos brazos, pero la imagen que tenía detrás de ella no era la del Señor Sonrisas...
— ¡No...!
El Señor Sonrisas era su peluche adorable. El que le había regalado mamá cuando cumplió 2 añitos. Ese monstruo que tenía a su espalda no... No podía ser él...
Pero sí que lo era...
— ¿Qué te han hecho...?
Sollozó y la rabia empezó a arder en su interior. Quemaba...
El Señor Sonrisas empezó a descuartizar a los hombres malos y Seis se quedó mirando, con los ojos muy abiertos mientras la sangre se mezclaba con el agua y empezaba a formar cataratas en medio del comedor. La pequeña miraba con una mezcla de horror y fascinación... El Señor Sonrisas había vuelto y los hombres malos lo iban a pagar...

Es un sueño...
Sí, tenía que ser un sueño, como cuando soñó que el Hombre del Saco se llevaba al Señor Sonrisas por la tubería y lo devoraba. La habían vuelto a atrapar y en verdad estaba en la camilla, tendida, mientras los tubos y los cables le metían cosas dentro... Pestañeó, aturdida... Tenía frío...
Estaba completamente empapada y todo era tan real...
Es un sueño...
Se volvió a decir y alzó de nuevo la mirada hacia el Señor Sonrisas...
No quería que fuera un sueño. Él había vuelto... Daba un poquito de miedo, pero era él y no quería volver a separarse nunca más...
En ese momento, el Señor Sonrisas cogió a Goliat y empezó a destrozarlo delante de sus ojos. Seis lo miraba como si estuviera viendo un programa infantil en la tele. Aquel hombre tenía fama de comer muchos donuts, seguro que estaba relleno de chocolate... Pero cuando el conejo le abrió las tripas, lo único que salió de allí fueron salchichas y mucha sangre...
Lo golpeó contra el cristal y éste estalló en mil pedazos...
Seis no terminaba de comprender, estaba aturdida, los gritos, la sangre, los huesos rompiéndose... Se frotó los ojos con sus bracitos empapados y buscó a Eddie con la mirada...
— ¡¡¡EDDIEEEEEEEEE!!!
Consiguió llamarle y su voz sonó desgarrada. Sus ojos se encontraron y Eddie corrió hacia la pequeña, cogiéndola de la mano para arrastrarla hacia la ventana rota, por donde ya estaban saliendo algunos de los pacientes de Happydale's
Motivo: Cordura
Tirada: 2d6
Resultado: 7(+3)=10 [2, 5]
—¡Súbete a mi espalda! —gritó Eddie al tiempo que se agachaba para facilitarle a Seis la tarea—. Lo reconozco: no ha salido tal y como lo tenía planeado, pero ya no hay vuelta atrás. Tengo una pregunta importante para ti. ¿Tienes miedo a las alturas…? Mejor no contestes. ¡Vamos a averiguaaaaaarlooooooo!
Eddie saltó por la ventana, se encaramó al alféizar y buscó con sus manos lo que a Seis le pareció una de las tuberías que alimentaban el sistema de ventilación de Happydale’s.
A pesar de la descarga de adrenalina, algo en el interior de la niñita le decía —con notable vehemencia— que aquello no era una muy buena idea, y para terminar de confirmarlo Eddie pronunció unas célebres últimas palabras:
—¡Tranquila! ¡Lo vi en una película!
Seis se agarró con fuerza entrelazando sus manitas alrededor del cuello de Eddie y lanzó una última y furtiva mirada de soslayo a esa bestia incontrolable en la que se había convertido el Señor Sonrisas.
Reprimiendo un escalofrío, vio al enorme conejo asesino apalizar al personal de seguridad con la pierna cercenada de Galactus como si de una grotesca maza se tratase.
—¡REPETID CONMIGO! *CRUNCH!* ¡NO! *SPLUTCH!* ¡VOLVERÉ! *CRACK!* ¡A TOCAR! *SNAP!* ¡A MI PEQUEÑA! *KRSSSSSSSSSSH!* ¡NUNCA! *CRONK!* ¡JAMÁÁÁÁÁÁS!
—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAARGH!
—¡ESO ES! ¡ESO EEEESSS! ¡GRITAD UN POCO MÁS!
Eddie se deslizó hacia el jardín exterior entre gritos de júbilo y liberación sabedor de que la oportunidad era única y saldría muy, muy cara si se llegaba a desvanecer.
—¡Kowabungaaaaaaaaa! —chilló. Tras el épico descenso notaría la quemazón en las yemas de los dedos, claro.
—¡Oooooooooooh, mieeeeeeeeeeeeeerdaaaa! ¡Estohasidounapésimaideaaaaa!
*THUD!*
El golpe no alcanzó cotas de dramatismo inenarrables, pero algo crujió cuando se dieron de bruces contra el césped bien cortado que cercaba las instalaciones de la penitenciaría de Happydale’s.
—¡Ay! ¡Mis dedos! ¡Uffff! ¡Eh, pequeña! ¿Estás bien? —preguntó Eddie algo aturdido por la caída—. Creo que me he roto algo… ¡Mierda! ¡Mi bajo!
El mástil del Fender había pagado con su vida las heroicidades de su portador y ahora yacía ligeramente quebrado, aguantando unido al cuerpo del instrumento por el robusto cordaje.
—Tu muerte será vengada, amigo mío —susurró un melodramático Eddie, muy compungido por el sacrificio que había requerido la huida.
Se levantó apesadumbrado y dolorido, pero consciente de que renquear en ese preciso instante podía llevar al traste todo el Plan (?) de Fuga. Agarró a Seis de la manita, se la echó a cuestas como si de un marine en Saigón se tratase y empezó a correr con todas sus fuerzas hacia la verja que delimitaba los confines del lugar.
Seis se percató durante la carrera de que no estaban solos. Al contrario, un buen montón de internos correteaban como pollos sin cabeza por el jardín, algunos por pura inercia, pero otros cuantos muy conscientes de su propósito. La mera idea de imaginar en la portada del Arkham’s Herald aquella instantánea con todos los chalados del centro poniendo pies en polvorosa y saltando la enorme reja de hierro negro, —con la consiguiente y demoledora campaña de desprestigio para Happydale’s— haría esbozar más de una maliciosa sonrisa a Seis en días posteriores.
Tras ellos aún podían escucharse los alaridos horrorizados de todo aquel que tenía la mala, malísima fortuna de toparse con el hambriento Señor Sonrisas en su sendero de destrucción masiva, algo para lo que ninguna mente adulta tendría, días después, una miserable explicación…
Para Seis, sin embargo, la cuestión era muy sencilla.
Proctor, Palmer y toda su ralea habían enfadado al conejo equivocado.
Motivo: Eddie - DES
Tirada: 2d6
Resultado: 8(+2)=10 [5, 3]
Huida perfecta con excelentes dados para Seis y su coleguita Eddie.
Solo hay una pérdida de cordura menor tras la aparición del Señor Sonrisas.
Te cedo el honor de rematar la escena de la huida con un último mensaje de Seis como niña. ;-D
Lo siguiente que haré será desvelar con quién estaba compinchado Eddie para escapar. El Plan de Fuga tenía dos modalidades, una sigilosa y otra bastante más caótica. Como Rick consiguió liártela, no quedó más remedio que pasar al Plan B. XDDD
Seis confiaba en su amigo Eddie y, cuando éste le dijo que se subiera a su espalda, la pequeña ni se lo pensó y trepó por ella, sujetándose con fuerza con los brazos y las piernas. Si alguien intentaba separarla de él, lo iba a tener muy chungo...
¿Las alturas?
La pequeña sintió que su corazón empezaba a acelerarse, más por la emoción que por el miedo. Iban a salir por la ventana y saldrían volando de Happydale's. En aquel momento, la niña era capaz de creerse cualquier cosa. Había visto a Eddie hacer aparecer un bajo del mismo éter y volver locos a todos los presentes con su melodía mefistofélica y... Y el Señor Sonrisas había regresado...
Bueno, si es que a aquel ser de pesadillas se le podía llamar el Señor Sonrisas.
Era como si se hubiera metamorfoseado en una aberración entre el adorable peluche y el Hombre del Saco. Quizás aquel sueño había sido real, un recuerdo de algo que la niña no quería recordar... En verdad el Hombre del Saco había atrapado al Señor Sonrisas en las cañerías, pero había sido el conejo el que se había alimentado de las pesadillas y se había convertido en "Killer Rabbit"
Mientras Eddie corría hacia la ventana, la pequeña volvió la mirada para ver una última vez a su muy mejor amigo.
— ¡Señor Sonrisas, vuelve conmigo...!
Chilló con la voz afónica y, en sus retinas quedó grabada la imagen del enorme peluche golpeando con saña y con una pierna cercenada a los demás guardias.
No quería que muriera toda esa gente, pero... pero le habían hecho daño y... El Señor Sonrisas no pensaba perdonarles...
Escuchó a Eddie decirle que lo había visto en una peli y volvió de nuevo a mirar hacia el frente, por encima del hombro de su amigo. Vio como alargaba las manos hacia una de las tuberías y su corazón dio un vuelco y empezó a atronar con fuerza. No iban a salir volando. Eddie no podía volar... Miró hacia abajo y su estómago se contrajo al ver la altura a la que estaban... Pero confiaba en él. Estaba muerta de miedo pero sabía que Eddie no la dejaría caer...
Vamos a caer los dos...
Y cerró los ojitos con fuerza, no quería mirar... Pegó la carita a la espalda de su amigo y empezó a sentir sus movimientos y la sensación del aire golpeándola mientras los gritos de los guardias parecían alejarse... Abrió de nuevo los ojos y sintió la velocidad del descenso y vio el suelo acercarse a toda celeridad....
Ahhhhhh!!!
La adrenalina bombeó su sangre y una risa nerviosa empezó a derramarse de sus labios...
Llegaron al suelo y rodaron por él. Seis acabó soltándose de Eddie y colocó las manitas delante de su rostro para protegerse...
Acabó sentada en medio del césped, mirando hacia su amigo con una expresión que iba entre la confusión, el miedo y la emoción... La pequeña estaba con todas las emociones hirviendo en su interior. Era feliz, por fin había encontrado al Señor Sonrisas, pero él ya no era su peluche... Sí lo era, pero... Pestañeó y miró hacia arriba, hacia la ventana de la que salían los gritos aterrados y la voz amenazadora del Señor Sonrisas...
Escuchó el lamento de Eddie y apartó la mirada de la ventana para volver a dirigirla hacia su amigo, entonces lo vio. Su super bajo estaba roto... La pequeña sacudió un poco la cabeza, intentando centrar sus pensamientos y se levantó del suelo...
— Lo siento... Lo que has tocado arriba ha sido brutal....
Empezó a decirle, pero Eddie, más consciente que Seis de la situación en la que se hallaban, dejó sus lamentos a un lado y volvió a agarrarla para correr hacia la libertad. La pequeña volvió a ser alzada y se agarró al muchacho, mientras él corría por medio del jardín. Seis vio a otros internos corriendo y, mientras se alejaban, volvió a mirar hacia la ventana por la que habían escapado, deseando volver a ver al Señor Sonrisas...
— Señor Sonrisas...
Musitó y una sonrisa amarga asomó a sus labios.
Llegaron a la reja negra que marcaba los límites de Happydale's y Eddie, sin soltar a la niña, la trepó y saltó al otro lado, dejando atrás el edificio que había sido la prisión de ambos.
Estaban fuera...
Lo habían conseguido... Ya no eran presos de Happydale's.
Unas horas después...
El comedor del asilo Happydale’s se había convertido en la Zona Cero.
Como un náufrago en mitad de un tormenta de vísceras y sangre, la silueta del doctor Proctor se vislumbraba a través de las sombras, alimentada por los parpadeos de unas luces que apenas habían sobrevivido al espanto. Sus zapatos caros pisaban con sumo cuidado, como harían las pisadas meticulosas de un veterano agente de criminalística. Procuró no hundirse en la sangre que manaba de los pedazos de carne mutilada que una vez fueron su personal de seguridad. Oteó a través del ventanal destrozado un horizonte que, ahora, se llenaba de innumerables posibilidades de investigación científica.
—Doctor, ¿qué hacemos ahora? —inquirió Palmer a su espalda, sumisa como siempre, pero visiblemente alterada. Desencajada, si se prefiere—. ¿Cree que…? ¿Cree que deberíamos llamar a la policía?
Proctor no contestó.
No inmediatamente.
Haciendo uso de su extraño meñique injertado, se reajustó la montura de sus gafas en lo que podríamos catalogar como una mueca mecanizada ad nauseam y admiró con taciturno éxtasis ese cuadro impresionista bélico que componían los cadáveres de la sala.
—No, estimada señora Palmer. No creo que debamos llamar a la policía.
Palmer, su diestra aferrada al crucifijo de plata que relucía en su cuello, tardó en buscar el coraje para cuestionar la decisión de Proctor.
—Lo que ha sucedido… Lo que ha hecho esa niña… —Las lágrimas se derramaban por sus mejillas, pero sus ojos no parpadeaban, aterrados ante la perspectiva de cerrarse para caer en una pesadilla de la que no hubiera escapatoria.
Proctor la miró de soslayo.
—Ha despertado, señora Palmer. Nuestra pequeña ha despertado. Y lo ha hecho antes de lo previsto. La estimulación ha sido un éxito clamoroso. Ciertamente, tendremos que remodelar el ala del comedor y provocar una amnesia selectiva en algunos de nuestros internos. Quizás, también en ciertos miembros sensibles de nuestro personal. Con todo, el número de bajas… Es aceptable.
Palmer no terminó de procesar aquella información. Su mente volvía en bucle a las palabras: «Nuestra pequeña ha despertado.» Reprimió un escalofrío aceptando todas las implicaciones de aquella frase.
—Llame de inmediato al señor Slape. Él se encargará de limpiar este desastre —Proctor se dirigió a la puerta del comedor, dispuesto a proseguir sus quehaceres. Se detuvo en el umbral un breve instante, pensativo. Se giró hacia Palmer, considerando fríamente lo que debía hacer—: Estaré en mi despacho. Confío en que no seré molestado. Buenas noches, señora Palmer.
Proctor orientó sus pasos por el frío laberinto del complejo hasta alcanzar su cubil, su guarida, su refugio erigido en el ático. Dentro resonaba en un susurro música clásica, de una sensibilidad que contrastaba con viveza con la excelsa frialdad del científico. Rebuscó en su archivo el expediente que versaba sobre **** ********, Alias Sujeto nº 6. Cuando lo encontró, repasó minuciosamente sus notas, memorizándolas por última vez. Luego lanzó el legajo a la chimenea, el fuego recuperando al instante su apetito, las llamas refulgiendo en las lentes de sus gafas. Proctor se dirigió entonces a la mesa de su despacho, su brazo extendiéndose ávido al teléfono. Descolgó y marcó el número de memoria, un número de Emergencias, con E mayúscula. La persona que habló al otro lado parecía molesta, pero también intrigada.
—¿Sabes qué horas son? Más vale que sea algo importante.
Proctor acomodó sus gafas con un suave toque de meñique.
—Buenas noches, estimada señora Rose. Disculpe la molestia, pero le prometo que haré que valga la pena…
FIN DE ESCENA