Motivo: Quién será?
Tirada: 1d2
Resultado: 2 [2]
Ha salido un 2!! Era Joe!! Nooooooooooouuuuu!!!! Lo ha matauuuuuu!!!! Peliiiiii, lo has matauuuu!!! Qué está pasando? U_U
P.D. Sé que Vonder está improvisando y lo está haciendo demasiado bien. Cada vez que escribe me pone los pelos de punta. Pero es que estoy descubriendo que Brawne es muy baddass. De donde sale ser así? Tirar puertas abajo, conducir como una loca. Pues no sé, oiga. Vais a tener que perdonarla xDDD
Prímula de mi vida, perdónala, pues no sabe lo que ha...
¡FUSTÍGALA POR SU OSADÍA! ¡A MAYOR GLORIA DE CATARSIS! XDDD
¿¡Qué ven mis ojos de goblin!? ¡Un 2! O_O
Me encanta cuando se lanza la moneda y sale lo deseado por el SdlG... XDDDDDDDDDDDDD
Ethan soltó una risa áspera cuando Brawme disparó la pregunta.
—¿Mi creador…? —repitió, con la voz hecha polvo—. Si no centras tu atención en la carretera, la que va a conocer pronto a su creador vas a ser tu.
El comentario salió casi automático, como un reflejo de locutor que aún intenta tirar de humor negro para no desmoronarse del todo. La sonrisa se le apagó enseguida, pero algo de ese brillo cínico se quedó en los ojos.
Inspiró. El gas seguía quemándole por dentro, pero el bofetón y el traqueteo del Buick lo mantenían enganchado al aquí y al ahora.
—Pilgrim Street no es solo una dirección, Lahmia. —Esta vez habló más claro, menos en clave—. Es una calle de mierda. si. Vieja. Estrecha. Número diecinueve. Un bloque mugriento pegado a un corte de tren que ya no se usa.
Tragó saliva. Se giró lo justo para poder ver el perfil de Brawme, y sus nudillos blancos en el volante.
—¿Pero quieres saber por qué me aterra? —hubo una pausa— Te lo diré: Siento como si Pilgrim Street fuera el sitio donde las dos versiones de mi vida se tocan. La escrita… y esta. —Su mirada se perdió un instante en el techo del Buick—. Y tengo la sensación de que si vuelvo allí… alguien va a decidir cuál de las dos se queda.
Hizo una pausa. Luego añadió, en un susurro ronco:
—Y no quiero darle esa elección a nadie. Ni a The Jack, ni al escritor, ni siquiera a Dios.
El choque sacudió el coche como si fuera una atracción de feria y, sin embargo, el Buick aguantó. Brawme apretó los dientes y lanzó un juramento mientras aferraba el volante con todas sus fuerzas. El ceño de la detective se frunció mientras aceleraba y rezaba para que Maynard y John mandaran al infierno a aquellos demonios uniformados. ¿Qué narices estaba pasando? La Policía no actuaba así, no te acribillaba de buenas a primeras sin provocación. Habían ocultado el coche en el interior del Almacén. Aun en el improbable caso de que alguien hubiera tomado su matrícula, era imposible que hubieran dado con su lugar seguro. Ponía la mano en el fuego por Nocturne. Nadie de la agencia los habría vendido. De repente, las palabras de Ethan parecieron explotar en la parte trasera de su cráneo. Ethan conocía a McMurdow. Ese Policía loco lo estaba buscando. Lo estaba buscando...
—Jodido McMurdow. John, ¿Cómo nos han encontrado? ¡Piénsalo! Si Ethan no pertenece a este mundo...—La idea que se había formado en su cabeza empezaba a convertirse en una verdad irrefutable. No les perseguía la Policía de Arkham. Al menos no del Arkham que ellos conocían. Brawme observó el coche que acababa de embestirles mientras se alejaba y tomaba una ligera ventaja. Si Grimm tenía razón había una brecha. Ethan, The Jack, MacMurdow. ¿Qué más la habría atravesado? Tenían que encontrar la manera de cerrarla antes de que fuera demasiado tarde. ¿Podrían?
Brawme vio por el retrovisor la escabechina que Maynard había hecho en sus perseguidores y lanzó un alarido triunfal. Eso era justo lo que necesitaba. Desafiando las leyes de la física, Brawme aprovechó la ventaja que les proporcionaba la distracción y pegó un volantazo hacia la izquierda mientras apagaba las luces del Buick, colándose en un callejón lateral entre varios coches que circulaban en sentido contrario. Entre las profundas sombras del callejón detuvo el vehículo y aguardó conteniendo la respiración mientras murmuraba una oración contenida. —Vamos, vamos, por favor, pasad de largo, cabrones...
Por un instante, su mirada se cruzó en el retrovisor con la del torturado locutor de radio. Ethan Graves podía encontrar a su Creador, pero no quería. Brawme no tenía pruebas, pero tampoco dudas. Debía de ser terrible saber que tu destino estaba en manos de un ente desconocido armado con un ordenador. O peor: con una máquina de escribir. ¿Cómo demonios había conseguido ese tipo abrir la brecha? ¿Era siquiera consciente del Infierno que había desatado? ¿Le importaba el sufrimiento de su propia creación? La detective albergaba serias dudas al respecto. Con la comprensión grabada en la mirada, sus palabras apenas susurradas llenaron el silencio que parecía haber caído como cemento líquido sobre el interior del Buick.
—Ethan, creo que puedes encontrarle. Sé que puedes. Estás jodido en cualquiera de los dos realidades. The Jack no va a dejar de perseguirte. Puede que no consiga atraparte hoy, pero algún día lo hará. Esto no es vida. Te mereces algo mejor. Él es la clave. Solo aquel que te creó puede poner fin a esto. Tenemos que descubrir cómo lo ha hecho. Lucharé por ti, Ethan. Todo hombre debería tener la oportunidad de decidir su destino. Estoy de tu parte. No te dejaré morir. Te lo prometo. Pero tienes que ayudarme a encontrarle. ¿Está Él en Pilgrim Street?
Muy interesante diálogo.
Voy a efectuar una aclaración táctica de las mías y, de paso, a hacer una pequeña revelación...
En efecto, Ethan puede contactar con El AutorTM... La cuestión no está exenta de peligros, pero puede ser relevante para la aventura.
Ethan, si quieres seguirle el juego a Brawme, haz una tirada de VOL. Como habéis logrado escapar con buenas tiradas en líneas generales, voy a dejarte la tirada al natural, sin penalizadores por estrés ni nada por el estilo.
Si la superas, aunque sea con complicación, además de la frecuencia de radio Ethan captará algo más.
A raíz de eso, tomad una decisión final.
El silencio dentro del Buick era tan denso como el gas que aún le ardía en los pulmones.
Las palabras de Brawme —“Todo hombre debería tener la oportunidad de decidir su destino”— se quedaron vibrando en el interior de su cráneo como un diapasón maldito.
Ethan la miró. Realmente la miró. Y por primera vez desde que todo esto empezó, no huyó de esa mirada.
Algo se alineó en él. No una revelación. Un enfoque. Como si una segunda voz —la otra, la que siempre estaba “detrás”— hubiese dado un paso atrás para dejarle espacio. Respiró hondo. Y esta vez el aire no fue solo dolor. Fue… claridad.
—Brawme… —empezó, con una suavidad que no era habitual—. No sé si me merezco que alguien me defienda así. Pero… gracias.
Su humor negro intentó asomarse, como un reflejo automático:
—Aunque si sigues haciendo esos giros con le volante, creo que no va a quedar mucho que puedas defender.
Una sonrisa fugaz cruzó su rostro demacrado, rota pero real. Pero después, la voz le cambió.
No oscura. Tampoco poseída. Solo… extrañamente firme y gutural.
—Pilgrim Street no es donde Él está. —Un pequeño temblor le sacudió la mandíbula—. Pilgrim es… donde yo estoy escrito. Donde mi historia… se ancla. Donde puede reanudarse. O reiniciarse.
Sus dedos se crisparon en el tapizado. No de miedo. De concentración.
Había algo ahí. Un hilo. Una vibración. Una frecuencia que Brawme acababa de hacer resonar.
—Pero encontrarle… sí. —Cerró los ojos apenas un instante—. Sí, creo que puedo. Pero no es como caminar hasta una casa o bajar a un sótano. No es así como funcionan las fronteras… cuando eres el que vino del otro lado...
El Buick permanecía inmóvil en el callejón. Los motores policiales rugían a lo lejos, sin saber si habían perdido el rastro. Maynard mascullaba algo entre dientes. John regulaba su respiración con la escopeta todavía alzada.
Ethan alargó una mano temblorosa y la apoyó un instante en el respaldo delantero, como si necesitara anclarse al mundo físico.
—Para encontrarlo… tengo que escuchar. —Abrió los ojos. Estaban más claros que antes—. Él dejó un hueco. Un vacío. No sé si fue a propósito o por negligencia… pero está ahí. Si me concentro… si busco en la frecuencia correcta, puedo… puedo oír de dónde viene la voz que me dio forma.
Hubo una pausa diferente. Un no-deseenfreno. Un control que no solía tener.
—Pero si abro esa puerta… no sé qué va a entrar a través de ella. Y tampoco sé si va a dejar que la cerremos después...
Motivo: La verdad está ahi fuera
Tirada: 2d6
Dificultad: 8+
Resultado: 8(+2)=10 (Exito) [5, 3]
Todo tuyo, Maestro de los Goblins ;).
Pese a que acertar con un arma desde un vehículo en movimiento contra otro vehículo en movimiento era una gesta difícil para la mayoría, tanto Maynard como él demostraron que la experiencia era un grado, y que ellos tenían de sobra. El coche patrulla más adelantado perdió las ruedas delanteras, derrapando hasta estamparse e impidiendo la persecución de los demás, dándoles el tiempo necesario para que Brawme lograra ocultar el Buick. Joder, al final le iba a coger cariño también al puñetero trasto.
Mientras le concedía la victoria al exmarine dedicándole un mohín con la lengua, escuchaba la conversación entre Ethan y su compañera. Le sorprendía ver que la dura de Lahmia tenía su corazoncito, y que precisamente gracias a él estaba logrando llegar hasta Graves. Pilgrim Street era el ancla del locutor, allí donde había sido concebido, quizás donde el estudio de radio estaba situado en la novela. Por esa regla de tres, aquél asesino, The Jack, debía de tener también su lugar de origen. Y quizás, encontrando el punto de partida de la novela, pudieran llegar a encontrar a su creador. Dios, aun sin decirlo en voz alta, sonaba a maldita locura. Si tan solo tuvieran con ellos a un experto en...
Coño.
Salió del coche como si alguien le hubiera encendido un cuatro de julio en el culo, y dio la vuelta al coche hasta quedar frente al maletero. Dio un par de golpecitos con los nudillos sobre la tapa.
—¿Sigues ahí, Grimm? —preguntó con una risilla por lo bajo, antes de abrir la tapa.
Grimm estaba al borde del colapso nervioso, sus dedos agarrotados como los de un gul adicto al tuétano en pleno síndrome de abstinencia.
—Algún día, Stranger… Algún díaaa… —Amenazó con una mirada febril que vaticinaba horrores inenarrables, su cutis albináurico reluciendo con perlitas de sudor.
John lo ignoraba, claro, pero se había convertido en un héroe para media agencia solo por generar aquella anécdota; anécdota que propagaría sin mácula de pudor el agente Maynard allá donde le llevasen sus pasos.
—¿Conoces a John Strangah? Encerró a Peter Grimm en el maletero de un coche en mitad de una huida a toda velocidad por las callejuelas de Arkham. Por cierto, conducía Brawme, con eso te lo digo todo… Grand Theft Lahmia.
Maynard, El Profeta
La propuesta de Brawme tenía una lógica retorcida, pero partía de una premisa interesante: ¿Y si Ethan Graves, locutor de radio maldito, podía de alguna forma surfear la frecuencia modulada para localizar al escritor?
La cancioncilla infantil —y escalofriante— que emergía de la vieja radio del Buick e invitaba cual sirena a visitar los entresijos de Pilgrim St. cambió su melodía, precedida de una estridente interferencia mientras Ethan se sumía despacio en un profundo trance...
Los hilos de tinta arrancaron la conciencia del cuerpo del malogrado personaje, transportándolo a otro lugar, lejos de allí, pero, al tiempo, a un lugar cercano y tétrico que Ethan recordaba con nitidez en cada uno de sus escabrosos detalles.
Al abrigo de las sombras, el robusto Buick estaba aparcado en el callejón en el que lo había ocultado Lahmia para dar esquinazo a McMurdow. Ninguno de los agentes de Nocturne estaban allí. Ethan comprobó que sus ojos solo percibían el entorno en blanco y negro, uno de los indicadores de que estaba aproximándose al lugar adecuado.
No se sobresaltó cuando una voz que, en un primer momento, parecía emerger de sus pensamientos —en realidad, flotaba en la brisa como una presencia fantasmagórica y malevolente— empezó a describir todo, absolutamente todo lo que hacía, todo lo que pensaba… Todo lo que sentía.
La Voz del Narrador…
«Ethan vagabundeó un rato por las calles de la vieja ciudad. Siempre tuvo la amarga sensación de que alejarse de ella no sería suficiente para escapar de sus pestilentes caricias y su embriagador aroma a polución industrial. Cult City era una amante celosa y cruel. Tenía formas de encontrarte y hacerte volver rogando clemencia. Tenía formas de hacerte pagar por tus pecados. Te arrebataba el color de los ojos. Todo lo percibías en blanco y en negro. El deprimente jazz se propagaba por doquier vendiendo vicios caros para esclavizar la mente, regocijándose en los sueños rotos de miles de almas errantes, sin rumbo, sin futuro.
—He vuelto. Aquí me tienes —dijo, lacónico, aguardando el recibimiento que merecía por haberla abandonado con las sábanas aún calientes de él.
Ethan caminó como el orgullo del reo hacia el cadalso de asfalto y salió a la avenida, fundiéndose con una muchedumbre de sombras uniformes, todas ellas con gabán y sombrero —el uniforme de los esclavos—, todas ellas caminando deprisa hacia ninguna parte en particular. Sintió el mordisco suave y ponzoñoso de la ciudad. Cult City le devoraba poco a poco. Cada empellón, cada contacto con uno de sus anónimos y anodinos habitantes, le arrebataba una emoción, parte de su color. Se sentía pisoteado, aplastado… Adoctrinado para ser servil… Dócil.
Alzó la mirada y su alma tembló, pero no de miedo, sino de tristeza y desencanto. El cielo estaba velado por una venenosa mortaja de humo. Solo un edificio de hormigón negro se erigía orgulloso en el horizonte, hundiendo la afilada punta de su torre en las entrañas del firmamento…
La Torre Abernathy. Un lugar que él había aprendido a llamar prisión.
Desde lo alto de la torre, un lejano foco de luz se encendió y proyectó su cegador haz sobre la multitud congregada en la avenida hasta clavarse en Ethan, y solo en Ethan. La muchedumbre se apartó de él como si se tratase un patógeno contagioso. Deslumbrado, pero no aterrorizado, caminó con pasos macilentos y saboreando cada extenuante suplicio de su peregrinación.
—Padre, el hijo pródigo ha regresado.»
Por cuestiones obvias, ahora mismo solo postea Ethan.
;-)
Reacciona con la profundidad que tú quieras a lo que te voy a avanzando. El encuentro con tu Creador es inminente.
Ethan no se detuvo cuando el foco lo encontró. Alzó el mentón y dejó que la luz lo desnudara por dentro, como si ya estuviera acostumbrado a ser leído. No sintió miedo; sintió cansancio. Un cansancio antiguo, heredado, como si llevara años esperando ese momento sin saberlo.
—Así que este es el truco —murmuró, con una media sonrisa torcida—. No huí de la historia. Me salí del margen.
La Voz seguía ahí, describiéndolo, envolviéndolo, pero esta vez Ethan no se limitó a escuchar. Pensó con cuidado, con intención. Cada pensamiento era una interferencia. Cada recuerdo, una nota fuera de escala. No luchó contra la narración; la dejó correr… y caminó dentro de ella como quien entra en una corriente sabiendo nadar.
La Torre Abernathy se alzaba ante él, negra, muda, definitiva. No era un lugar de castigo. Era un lugar de espera. Ethan lo supo con una certeza serena: no estaba allí para ser juzgado, ni corregido, ni destruido. Estaba allí porque la historia se había quedado sin avanzar.
—He vuelto —dijo en voz alta, sin alzar la voz—. No porque me llamaras. Sino porque me dejaste a medias.
Sintió el tirón, la llamada, el peso de algo que quería cerrarse. Comprendió entonces lo esencial: su creador no lo observaba desde arriba como un dios. Lo observaba desde detrás, como un hombre incapaz de escribir la última frase.
Ethan dio un paso más hacia la torre y, por primera vez, habló sin metáforas.
—No he venido a pedirte que me salves. He venido a preguntarte si vas a terminar lo que empezaste… o si tengo que hacerlo yo.
El blanco y negro tembló. La ciudad contuvo el aliento. Y en algún lugar, muy lejos de allí —o tal vez no tanto—, una radio captó una frecuencia imposible durante apenas un segundo. Luego, Ethan parpadeó. Y supo que podía volver. Pero ya no exactamente igual...
«El haz de luz le atrajo hacia sí con el canto mudo de una sirena. Le hizo levitar en el microcosmos palpitante y asfixiante que era Cult City. Las sombras alzaban las manos intentando agarrarle, intercambiarse con él. Ser Los Elegidos…
…pero la Torre Abernathy solo le quería a él.
Flotó con suavidad hacia el cegador ojo del huracán, como si se tratase de una polilla en vuelo suicida hacia un faro en el centro la tormenta. Admiró Cult City desde el cielo nocturno, sus edificios con forma de agujas negras, esa amenazante luna de sangre ocultando sus contornos carmesíes entre las nubes. La ciudad —su ciudad— era una femme fatale, una indecorosa puta de lengua bífida y venenosa. Pero esta noche… Esta noche estaba preciosa.
En la cúspide de la Torre, ajeno al Tiempo y al Espacio, aguardaba un hombre familiar y extraño al mismo tiempo. Vestía de un impoluto blanco, con la única excepción de una rosa de un vivo color rojo en la solapa de su elegante chaqueta. No tenía rostro, y si lo tuvo alguna vez, se había sumergido entre las vendas.
Ethan recordó que el tratamiento adecuado era Milord…»
Lord Grimdark se giró despacio, el brillo de sus ojos ambarinos fundiéndose en magma en el epicentro de su penetrante mirada.
—Ethan, Ethan, Ethan… —Sus palabras taladraban la mente, te hacían ver, oír y sentir cosas. Era algo más que El Narrador. Era el Guardián de las Palabras.
Avanzó hacia él con pasos bien medidos, ejecutados con la precisión de un actor de cine negro. Sus zapatos resonaban en el mármol negro. Ethan no podía verle las manos, pero no lo necesitaba para intuir el peligro. Su vida, su existencia misma, estaba en un precario equilibrio sobre un fino, finísimo, cable de cristal. Y empezaba a escuchar con claridad los crujidos bajo sus pies.
—Mi «Inside Man». Te veo muy desmejorado. ¿Problemas con la Ley?
Afuera un trueno resonó en la oscuridad haciendo temblar los ventanales de la torre.
—Tenías un cometido muy específico, Ethan. Solo tenías que localizar a Cane, esa rata huidiza. El resto… El resto, era cosa mía —Suspiró, un amago de resignación dibujándose en la comisura de sus labios—. Eras el tipo adecuado para el trabajo… Mírate: me has decepcionado. Te has perdido en tu propia pesadilla. Supongo que solo eres un trastornado. Al fin y al cabo, yo te creé así. Frágil… Roto.
Pensativo, Lord Grimdark admiró la palma de su diestra. Enlazada entre sus dedos brillaba una fina cadena de plata con un eslabón en forma de media luna. La apretó con fuerza entre sus dedos.
—¿Terminar? —preguntó, retórico—. Ethan, solo estoy calentando.
Recomiendo encarecidamente repasar bien la escena de Sutter Cane antes de proseguir el diálogo con Lord Grimdark.
Ethan, ya sabes qué espera Lord Grimdark de ti.
Ahora nos resta saber qué espera Ethan de él...
Ethan comprendió.
No de golpe, no como una revelación limpia y misericordiosa, sino como se entienden las cosas verdaderamente importantes: tarde, mal, y con una punzada física en el pecho, como si alguien hubiese colocado el significado exacto de su existencia justo donde más dolía.
Pilgrim Street no era una dirección. Nunca lo había sido. Era el punto cero. La grieta.
El lugar donde un hombre normal —un escritor cansado, asustado, mediocre como todos los demás— aceptó algo que no debía aceptar, y al hacerlo desplazó el mundo medio centímetro hacia el abismo.
Ethan miró a Lord Grimdark sin bajar la cabeza. Por primera vez desde que la luz lo arrancó del asfalto de Cult City, no se sintió pequeño. Se sintió… contaminado de verdad, y eso, paradójicamente, le daba fuerza.
—No fue Cane quien abrió la brecha —dijo al fin, con voz ronca, como si cada palabra tuviera que arañar su garganta para salir—. Fuiste tú. Pero tampoco como crees.
El mármol negro bajo sus pies crujió levemente. O quizá fue el cable de cristal tensándose un poco más.
—Pilgrim Street fue el ensayo general. La primera vez que alguien escuchó una llamada que no debía existir… y contestó. Chance no era inspiración. Era un intermediario. Un repartidor de horrores. Tú lo sabes.
La imagen se le impuso sin pedir permiso: lluvia cayendo sobre el asfalto, un Chevy detenido, el maletero vibrando con golpes ahogados, una mujer pelirroja respirando a través del miedo. Una musa viva. Una aberración vestida de idea brillante.
—Cane no escribió porque quisiera —continuó Ethan—. Escribió porque no supo mirar atrás y cerrar el maletero. Porque creyó que aún podía salvar algo. Y en ese momento… ya estaba perdido.
Se permitió una risa breve, sin humor.
—Yo soy lo que vino después. El eco. La consecuencia tardía. Cuando la historia ya no necesita al autor… y empieza a caminar sola.
Alzó la vista hacia Grimdark. Por primera vez, no vio al Guardián omnipotente, sino a un hombre que había apostado demasiado alto por el control.
—Dijiste que yo tenía un cometido —añadió—. Localizar a Cane. Ser tu inside man. Pero eso era antes de que la historia aprendiera a mentir.
El foco de la torre vibró. La ciudad, abajo, parecía contener la respiración.
—Pilgrim Street es donde nacen las musas encadenadas. Donde las ideas se arrancan a gritos de carne viva. Y eso es lo que me aterra, Lord Grimdark —confesó, al fin, sin adornos—. No The Jack. No la policía deformada. No Cult City.
Su voz se endureció.
—Me aterra que tú sigas creyendo que esto va de terminar un libro.
Dio un paso adelante. El cable de cristal gimió.
—No he venido a suplicarte que me cierres —dijo—. He venido a decirte que ya no escribes solo. Que Cane no fue una anomalía. Fue el primero que sangró lo suficiente como para que otros escucharan.
Señaló la torre, la ciudad, el cielo envenenado.
—Y si sigues calentando… no vas a controlar lo que venga después.
Por primera vez, Ethan Graves —locutor, personaje, residuo narrativo— supo exactamente qué esperaba de su creador.
No redención. No absolución.
Una negociación.
Porque las historias rotas, cuando aprenden a hablar, ya no aceptan finales impuestos.
Disfruta ;).
—Tienes agallas, Ethan —Lord Grimdark chasqueó los dedos, le señaló enfático—: Eso tengo que reconocértelo, joder. Pero estás colgando de la más alta torre de la ciudad, chaval, agarrado por los tobillos con una cuerda herida de muerte por un cuchillo aserrado…
Decir que «sonrió» habría sido demasiado optimista. Tras los vendajes se intuía un rostro horrible y desfigurado pero, al tiempo, desconcertante y perturbador. La mirada del Autor, imbuida de una cruel sagacidad, parecía duplicar la angustia que Frodo Bolsón sintió al sentirse acechado por lo que anidaba en la cima del Monte del Destino. Y sus metáforas, a la vista estaba, golpeaban con la misma piedad que un enjambre de proyectiles del 9 sobre Broadway.
Se encendió un cigarrillo con su propia ira. Al fin y al cabo, esta maldita ciudad era una dimensión alternativa y noir escapada de su propia imaginación. De sus labios cuarteados emergieron volutas venenosas mientras se deslizaba por la habitación de mármol negro con esa elegancia sofisticada que solo da ser descenciente de sangre azul, sus pasos encaminándose hacia un lustroso gramófono próximo a un escritorio de madera noble con una máquina de escribir tan anacrónica como el micrófono —el talismán— de Graves. Se tomó su tiempo eligiendo el néctar que verter sobre sus oídos y, al cabo, inyectó un poco de jazz en la estancia. Complacido y taciturno, Lord Grimdark empezó a agitar levemente la cabeza.
—Un personaje con supraconciencia de sí mismo… Esa es mi contribución a la literatura universal. Tú y yo, Ethan… Tú y yo somos algo así como padre… E hijo. Da que pensar, ¿no te parece?
Se giró, mirándole de soslayo un largo instante. Luego le ofreció un cigarrillo.
Más aún, le ofreció fuego.
Ethan no recordaba haber fumado en ninguna página del libro que había protagonizado alguna vez, y esto le resultó una sutil forma en la que su Creador le sugería, en cierto sentido, que podía elegir… Esta vez.
—Tienes razón, Ethan. Esto no va de terminar un libro… Esto va de definir una Nueva Realidad.
Se detuvo ante el inmenso ventanal del ático y admiró el rugir de la tormenta en el horizonte regado de esmog devorando la inmensa metrópolis. Las yemas de sus dedos juguetearon contando los eslabones de la cadena de plata.
—Soy un dios, Ethan. Un dios oscuro, un dios arbitrario. ¿Sabes cuánta sangre se miccionaba en mis libros, hijo? Necesitarías hacer de la crónica de la guerra de Vietnam una heptalogía para acercarte a la cifra en hectolitros… Sí, Ethan, soy una deidad cruel. Y me sienta de maravilla. Esa noche, en Pilgrim Street, Chance me hizo una oferta que no pude rechazar… Una oferta que solo yo estaba destinado a aceptar. Solo tenía que atar un molesto cabo suelto. Imagino que sabes de qué estoy hablando, por supuesto.
» ¿Controlar? No… No quiero las riendas de la voraz Bestia que he creado. No estoy en absoluto interesado en controlar mi Creación. Solo deseo verla crecer y expandir su semilla, Ethan…
Lord Grimdark terminó de consumir el cigarrillo y enterró la colilla en un cenicero con forma de cráneo de ónice, algo muy apropiado cuando eres el Señor de la Infraoscuridad de la literatura. Tomó asiento en su mullido trono de piel y estudió a su creación con la mirada, aún indeciso sobre cuál sería el final más —violentísimo— apropiado para él.
—Esta, mi última novela, mi Magna Opus, será una novela río. Un furioso caudal tan rojo como el interior de una arteria seccionada. Sin censura. Sin filtro. Una puta inundación. Los ahogaré a todos, Ethan. Ancianos, mujeres, niños… A todos. No habrá piedad. Para nadie.
Apoyó la cabeza en un largamente estudiado gesto clavando las yemas de su índice y su anular en la sien. Fulminó a Ethan con su mirada magmática.
—Quiero a Cane. Y lo quiero vivo. Quiero que vea lo que he hecho con el poder que él estaba dispuesto a desperdiciar. Quiero que vea lo que he hecho con su musa. Quiero que vea lo que voy a hacer con su ciudad. Y quiero que juegues sucio, Ethan… Porque no quiero que vayas a por él. No, no. Eso no es la forma en la que funciona el «negocio familiar…» Quiero que vayas a por Abigail.
Abigail.
Ese nombre despertó una resonancia en la trastornada mente de Ethan Graves.
—Eres mi hijo. Mi oscura criatura de la noche. Así que muestra un poco de lealtad a tu padre y quizás… Quizás olvide el molesto hedor a insubordinación que he detectado en esta conversación.
Un plomífero silencio se cernió sobre ambos camuflando entre las sombras la cuchilla que se balanceaba cual péndulo sobre la cabeza de Graves.
—¿Qué haces ahí parado como un montón de algo poco higiénico? —inquirió Lord Grimdark evidenciando una queda impaciencia—. ¿Quieres negociar? —Se echó a reír, una risa rota, entrecortada.
Fue muy breve.
—Tienes agallas, Ethan… Eso, tengo que reconocértelo.
Te has merecido cerrar el episodio, maquinón.
Expón tus términos. Rechaza el acuerdo o acéptalo. Your call. ;-)
Ethan no respondió de inmediato.
Miró la ciudad a través del ventanal; esa extensión de neón enfermo y asfalto mojado que había aprendido a amar sin saber por qué. Había vivido allí toda su vida… o eso creía. Ahora sabía que incluso ese recuerdo podía ser una concesión, una nota al pie escrita con desgana.
Cuando habló, lo hizo sin elevar la voz.
—Puedo ir a por Abigail —dijo—. Puedo traerla hasta aquí, como quieres.
Hizo una pausa, breve, medida.
—Pero no voy solo.
No esperó aprobación. Continuó.
—Vuelvo con los míos. Con la detective. Con el tipo de las gafas. Con el grandullón. Siguen siendo… parte de esto. Y si quieres que juegue tu partida, necesito el tablero completo. Sin trucos baratos. Sin interferencias. Sin que los borres del margen cuando te aburras.
Por primera vez desde que había llegado allí, Ethan alzó la mirada directamente hacia su Creador.
—Si caigo, caigo yo. No ellos.
El silencio que siguió no fue una amenaza. Fue cálculo.
El mundo pareció tensarse, como si alguien hubiese apoyado un dedo sobre el punto exacto donde una historia puede romperse o continuar. Ethan sintió el tirón familiar, el de la tinta reclamando carne, el de la frecuencia buscándole el pulso.
No cerró los ojos.
El ático se disolvió sin dramatismo. Sin relámpagos. Sin fanfarrias. Como una frase tachada con cuidado.
El Buick estaba en silencio.
Demasiado silencio.
Brawme fue la primera en reaccionar cuando Ethan aspiró aire de golpe, como si acabara de salir a la superficie tras una inmersión demasiado larga. John ya tenía la mano cerca del arma. Maynard dejó de bromear a medio gesto.
—¿Lo has encontrado? —preguntó ella.
Ethan tardó un segundo en enfocar. Luego asintió.
—Sí.
—¿Y?
Ethan miró al frente. A la carretera vacía. A la noche que todavía no había terminado con ellos.
—Y ahora —dijo— tenemos muy poco tiempo.
No explicó nada más.
El motor del Buick volvió a rugir. La historia debía continuar...
...y continuará.