Luna ladeó la cabeza suavemente ante las palabras del sheriff, como si escuchase algo más en su tono que las propias palabras. No respondió de inmediato. En su lugar, dejó que el silencio respirase, que el momento se asentase. Coco aún aferraba su mano.
-No es percepción… -corrigió Luna con una voz suave, casi etérea- Es… escuchar sin oír… mirar sin buscar… dejar que las cosas se revelen cuando están listas…
Sus dedos se deslizaron con delicadeza sobre la muñeca de Coco, como si trazaran un pequeño círculo invisible, calmante. Pero entonces, la reacción de la señora White no pasó desapercibida. El resoplido. La prisa. La incomodidad. Luna alzó la vista hacia ella, observándola marcharse con una expresión serena… demasiado serena.
-Hay quien limpia para ordenar… -murmuró- Y hay quien limpia para borrar…
No era una acusación. No todavía. Era una semilla. Sus ojos se entornaron ligeramente, como si tratase de seguir un hilo invisible que se escapaba entre las paredes de la cocina. El tintineo seguía ahí. Lejano… pero presente.
-Las energías están agitadas… -añadió en voz baja, casi como si hablara con las propias paredes- Como agua removida… cuando alguien intenta ocultar algo en el fondo… -Apretó suavemente la mano de Coco una última vez antes de soltarla con cuidado. -Quédate con alguien, querida… no es bueno atravesar estos portales sola…
Entonces Luna dio un par de pasos lentos por la cocina, sin tocar nada, pero observándolo todo desde esa extraña distancia suya. Sus ojos se posaron brevemente en la zona del fregadero… donde, sin saber exactamente por qué, sintió una vibración distinta. Más caótica. Más reciente.
-Aquí… -susurró para sí misma- Aquí algo ha luchado por no desaparecer…
Se quedó quieta unos segundos, respirando, como si tratase de captar el eco de lo ocurrido. Luego giró levemente el rostro hacia el sheriff.
-Wyman… -dijo con suavidad- No todo lo que se intenta destruir… desaparece del todo… -Una leve sonrisa, casi imperceptible, cruzó su rostro. Y aunque no miró directamente hacia Angela y Roxanne, había algo en su tono que parecía… saber. -A veces… deja cicatrices.
Roxanne miró hacia donde Angela le indicaba y contempló como Luna realizaba sus movidas exotéricas. La rockera se encogió de hombros para responder a la pregunta y añadió en un susurro:
—Creo que se abastece sola —fue decir aquellas palabras y un chispazo sacudió la mente enturbiada por las drogas, el ponche y el turbio misterio de la noche—. Espera, he de comprobar algo.
Roxanne ya no se fijó en el trazo de las aes, ni en si la caligrafía determinaba si el asesino era un monstruo desalmado o le encantaban los gatitos, la vieja rockera se dirigió a zancadas hacia la puerta por la que había hecho su irrupción en la sala cuando todo aquello era una fiesta alegre sin visos de rivalizar con los momentos más turbios de Falcon Crest. Dejó a la villana de aquella mítica serie resolviendo el misterio de la carta y al cruzarse con Coco y el sheriff le enseñó el porro a éste y subió uno de sus hombros.
—Ya sé, ya sé, nada de esto aquí dentro... Por eso voy a la ventana de ahí. No me alejo.
Luna sintió algo extraño que provenía del refrigerador. Quizá del congelador. Una vibración que olía a muerte y a vergüenza, a secretos. Una pulsación que resonaba en todos sus chakras y hacía tintinear sus amuletos. Sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo hasta hacerle temblar los huesos.
Estaba ante una de sus famosas corazonadas, pero aún no sabía si debía cruzar el umbral y descubrir lo que le aguardaba al otro lado.
¿Se atrevería a hacerlo?
Para poder encontrar algo dentro, necesito que me hagas una tirada de Metomentodo +Razón.
Luna se quedó completamente inmóvil. El bullicio, los sollozos, las voces… todo se desvaneció a su alrededor como si alguien hubiese bajado el volumen del mundo. Sus dedos, cargados de anillos y pequeñas piedras, comenzaron a vibrar levemente, chocando entre sí con un tintineo casi imperceptible. Pero ella sí lo percibía. Cerró los ojos. El aire… olía distinto.
-No es solo muerte… -susurró, apenas moviendo los labios- Es… culpa atrapada…
Un escalofrío le recorrió la espalda, haciendo que sus hombros se encogieran ligeramente. Su respiración se volvió más lenta, más profunda, como si se preparase para sumergirse en aguas oscuras. El foco de todo… estaba claro. El refrigerador. O más allá. Sus ojos se abrieron despacio, clavándose en el congelador como si este la estuviera mirando de vuelta. Durante un instante… dudó. No por miedo. Luna no temía a la muerte. Temía… lo que la gente hacía para ocultarla.
-Hay puertas… que no deberían abrirse sin intención… -murmuró, llevándose una de sus piedras al pecho- Pero ignorarlas… es dejar que el dolor se pudra en silencio…
Tragó saliva suavemente. Luego, muy despacio, empezó a caminar hacia el congelador. Cada paso era medido. Casi ceremonial. Y al pasar junto al sheriff, habló sin mirarle. No lo necesitaba, pero sí que necesitaba que este sí que la mirara, o mejor dicho, mirara lo que iba a hacer.
-Wyman… si lo que hay ahí dentro es lo que siento… quizá quieras estar preparado… -Se detuvo frente a la puerta. Su mano tembló un segundo en el aire… suspendida- -Perdona…
No se sabía si habia sususrrado a a sí misma o al Sheriff que la acompañaba en este futuro descubrimiento, pero una cosa estaba clara, Luna no iba a detenerse ahora que habia llegado a aquella conclusión por medios poco convencionales. Y entonces apoyó la mano en el frío metal... y abrió la puerta.
Motivo: Metomentodo+Razon
Tirada: 2d6
Dificultad: 10+
Resultado: 10(+1)=11 (Exito) [6, 4]
Disculpad la tardanza, estaba cargando los dados de Umbria para que saliera esta tirada. XD
Nadie podría haberse imaginado nunca lo que Luna encontró aquella noche en el congelador de los Vidal.
Wyman, lleno de curiosidad, se quedó cerca de la Experta mientras esta abría la fría puerta de metal. Un vaho gélido les recibió, mostrando bolsas de hielo, un par de trozos de pescado, una pizza congelada y dos botas llenas de barro.
No hacía falta ser Sherlock Holmes para ver que aquel barro provenía del jardín de la mansión, pues el pétalo de uno de los pensamientos violetas plantados en la entrada era el perfecto delator. Pero, ¿por qué alguien guardaría unas botas en un sitio como aquel? El barro estaba húmedo aún, así que era factible que alguien hubiese tratado de deshacerse rápido de ellas.
—Vaya… botas. Buen trabajo, Luna —dijo el Sheriff. Pese a su tono sarcástico, se trataba de un gran hallazgo, pues era posible que perteneciesen a la persona que asesinó a Abner.
¡Nueva pista obtenida! ¡Un par de botas embarradas en un lugar inusual! La encontrarás registrada en el Tablón del detective.
El vaho frío envolvió el rostro de Luna como un suspiro helado del pasado. No retrocedió. Al contrario, inclinó levemente la cabeza, como si escuchase un secreto que solo el hielo se atrevía a susurrar. Sus ojos descendieron lentamente hasta las botas.
Luna extendió una mano, sin llegar a tocarlas, dejando que sus dedos flotaran a escasos centímetros del barro aún húmedo. Sus anillos tintinearon suavemente, como reaccionando a algo invisible. Cerró los ojos un instante, respirando ese frío antinatural.
-El jardín… -continuó- La tierra aún está viva… no ha tenido tiempo de olvidar… alguien cruzó ese umbral hace muy poco… y no quería ser visto al regresar…
Abrió los ojos de nuevo, clavándolos en las botas con una intensidad tranquila pero firme.
-El congelador… No es solo para ocultar… es para detener… para congelar el tiempo… como si así el acto no hubiese ocurrido nunca… -Una leve sonrisa triste cruzó su rostro. -Pero la tierra recuerda… siempre recuerda…
Entonces, sin dramatismo, dio un pequeño paso atrás, dejando espacio al sheriff.
-No son solo botas, Wyman… -dijo, girándose ligeramente hacia él- Son una huida fallida… alguien pensó que podía esconder su rastro en el frío… pero olvidó que el calor de la culpa siempre encuentra la forma de salir…
Sus dedos rozaron suavemente uno de sus colgantes, como si confirmara algo en su interior.
-Quien las dejó aquí… no tuvo tiempo de limpiarlas… ni de pensar… -alzó la mirada, tranquila pero certera- Eso no es cálculo… es desesperación... o eso quiero pensar...
Y entonces, por primera vez desde que abrió el congelador, Luna apartó la vista. Como si ya hubiese visto suficiente.
Angela se había quedado en tierra de nadie cuando Roxanne se fue hacia otro lado, con disimulo se puso detrás de Luna para ver que eran esas vibraciones que le llegaban del congelador. Cuando lo abrió no pudo evitar lanzar una exclamación de disgusto pensando en que lo que había comido había estado guardado allí. Con una mano en el estómago salió de la cocina. Necesitaba un sitio tranquilo para serenar el estómago y la mente… quizás el dormirlo.
Luna cerró con suavidad la puerta del congelador, como si no quisiera perturbar más lo que ya había sido revelado. El golpe sordo del cierre pareció sellar algo más que el frío. Sus dedos aún temblaban levemente. No por miedo. Por resonancia. Cuando el sheriff habló, Luna esbozó una sonrisa tranquila, ladeando apenas la cabeza.
-La suerte no es azar, Wyman… -respondió con dulzura- Es escuchar cuando el universo susurra… aunque a veces lo haga entre barro y hielo…
La mano de Coco sobre su hombro la ancló de nuevo al presente. Luna apoyó la suya sobre la de ella, apretándola con cariño.
-Gracias, querida… -murmuró- Tu energía es un refugio en medio de este… caos tan poco armónico…
Pero entonces, la irrupción del agente disfrazado de hombre lobo rompió el delicado equilibrio. El garaje. Otra pieza. Luna alzó lentamente la mirada, y por un instante sus ojos parecieron brillar con una comprensión que aún no terminaba de tomar forma.
-El jardín… el congelador… -susurró para sí- Y ahora… el tránsito…
Se llevó dos dedos a la sien, pensativa.
-Todo movimiento deja huella… incluso cuando se intenta ocultar… -Miró al sheriff, esta vez con una serenidad más firme. -Deberíamos ir… Lo que sea que esté allí… no es casualidad que nos llame ahora… -Luego, casi en un suspiro: -Las cosas están empezando a alinearse… pero no por quien creemos…
Se apartó un mechón de pelo canoso con calma y comenzó a caminar hacia la salida, despacio, como si cada paso fuese parte de un ritual invisible.
-Vamos, Wyman… -añadió con una leve sonrisa- El camino aún no ha terminado de mostrarnos su forma… pero ya empieza a dibujarse.
Roxy apareció dando largas zancadas y trayendo consigo un pestazo a hierba que provocaba mareos y miradas acusatorias por igual. La mujer traía cara de perro y echaba humo por las orejas, jamás la habían visto tan irritada —salvo quizá en presencia de la Autoridad, o en ese vídeo suyo tan polémico—, por lo que cabía suponer que había fumado algún cogollo chungo de sativa o algo así.
Lanzó una mirada asesina a Wyman, y otra a su ayudante. Que venía a plantearles otro misterio. Roxanne lo miró preguntándose porque no lo decía sin ambages ni rodeos. Y su irritable estado tomo las riendas de su boca:
—¿Qué coño pasa el garaje? —le espetó al ayudante del sheriff.
Roxanne irrumpió como un elefante en una exposición de porcelana en el salón principal en el preciso instante en el que una comitiva encabezada por Luna y el sheriff se dirigía hacia el garaje. Al parecer, la Experta había oído parte de la conversación según se acercaba a la puerta de la cocina.
—Joder, Roxanne, ¿de dónde carajo vienes? —inquirió Wyman—. Bueno, da igual. Vente con nosotros que así al menos te tenemos vigilada.
El sheriff la miró con desconfianza, pero el tiempo apremiaba. Al garaje podía accederse desde fuera o a través de un pequeño trastero situado junto a un pasillo que daba al salón principal.
No pudieron evitar fijarse en el felpudo junto a la puerta que daba al garaje, pues había rastros de polvo y alguna que otra brizna de hierba.
Wyman buscó el interruptor para poder ver algo dentro del garaje. Junto al impresionante Gran Torino de Abner, había varios estantes con herramientas que parecían recién compradas. Compradas más para aparentar que para llevar a cabo un trabajo real con ellas. Pero lo que más les llamó la atención a todos fue lo que había descubierto el hombre lobo: había huellas de pisadas llenas de barro. Iban desde uno de los accesos al jardín hasta la puerta en la que ellos mismos se encontraban, lo cual explicaba que el felpudo estuviese tan sucio.
Sin embargo, Luna notó algo más. Había algo que no encajaba en aquella escena y provenía del coche. No podía explicarlo con palabras, sino que se debía a una de sus corazonadas.