Las razas menos longevas tienden a olvidar que el Cómputo de los Valles es una cronología reciente. Mucho antes de que surgiera, largos milenios plagados de sucesos perdidos en la memoria se sucedieron y marcaron a fuego el devenir de Faerûn. Incluso los eruditos élficos de reinos como Eterniôn han olvidado detalles de esas eras pasadas.
Acontecimientos oscuros, alejados de la vista de los cronistas de aquellos años, que comienzan a removerse de nuevo muchos siglos después de que sus perpetradores originales dejasen de hollar la faz de Toril. Una vieja y casi desconocida amenaza toma forma conforme nuevas fuerzas desentierran el pasado. En callejones alejados de los salones de las grandes casas de los drow, conciliábulos de siniestras figuras se reunen, murmuran y conspiran. Intermediarios codiciosos e ignorantes del verdadero poder al que sirven se reunen con mercenarios duergar y sellan contratos. En los reservados de bulliciosas tabernas de grandes ciudades humanas, mágicos ocultos por ilusiones y espejismos intercambian bolsas repletas de monedas por informaciones aparentemente triviales con individuos de baja catadura moral pero altas posiciones.
Algo se mueve en la Infraoscuridad, apartado de la vista tanto de los crueles gobernantes de las naciones subterráneas como de los habitantes de la superficie, pero los agentes a su servicio susurran unas pocas palabras. Guerra. Conquista. Venganza.
El smog se enrosca en volutas alrededor de las piernas de cientos de trabajadores mientras cruzan el patio del manufactorum. En sus caras demacradas y sucias se pinta la determinación nacida del sufrimiento. Los altavoces de alabanzas, que inundan el aire con las interminables letanías en honor del Emperador de la Humanidad, callan de repente. La masa de trabajadores se detiene, una sombra de duda en sus rostros; frente a ellos, en el único acceso del muro que separa la factoría del complejo administrativo, se alza una docena de Arbites formados en un muro de escudos. Las bocachas de sus escopetas amenazan desde la apertura lateral en las égidas que portan. Tras ellos, otros tantos cibersabuesos merodean y se convulsionan, imposible saber si es por causa de los nervios o por interferencias de los implantes en su sistema nervioso.
Una voz retumba súbitamente por los altavoces. Exige, en el nombre del Emperador y la sagrada Terra que los trabajadores vuelvan a sus puestos. Entre el gentío surge primero un murmullo, luego estallan voces de protesta. "Tenemos hambre", "estamos cansados", "queremos descansar" son algunas de las reivindicaciones y quejas más proferidas. Pero sólo las escuchan los oídos de los Arbites. La voz del altavoz sigue hablando, amenaza a los trabajadores con represalias, les recuerda que de su trabajo depende la seguridad de un mundo separado del resto del Imperio. Cualquier negativa a cumplir se considerará complicidad con los enemigos del Imperio. Las voces de protesta crecen en número e intensidad.
Manos sucias aferran con más fuerza y firmeza las herramientas con que se han armado. Entre la multitud, algunos trabajadores reparten pistolas de bajo calibre. La ira sustituye a la determinación. Y, lo que es peor, al miedo. La tensión crece. La voz en los altavoces continua amenazando a los trabajadores. El enfado en su voz es obvio y en crescendo. De repente, un Arbites pierde los nervios. Su escopeta se dispara. Dos trabajadores se desploman, pequeñas rosas rojas comienzan a oscurecer sus monos de trabajo en el torso y los brazos. Decenas de manos se tienden hacia ellos. Les sujetan, les recogen, les arrastran tras la seguridad de un muro vociferante y gesticulante de cuerpos. Los trabajadores cargan.
Como en una secuencia estroboscópica, se suceden las escenas. Fogonazos de disparo de escopetas, cuerpos de trabajadores que caen, sólo para ser rebasados por sus compañeros. Herramientas pesadas y contundentes en alto mientras el muro de escudos se abre. Perros mejorados cibernéticamente corren hacia los protestantes. Cuerpos que chocan contra los escudos, un Arbites que trastabilla y cae, sepultado bajo media docena de trabajadores. Un cibersabueso salta sobre un trabajador, quien levanta un brazo en defensa, su boca abierta en un grito de terror y dolor sofocado por el griterío. Un hombre con la complexión de un halterofila blande una almadena, con la que sacude a un cibersabueso en el costado; el perro que trataba de desgarrar el cuello de un trabajador derribado sale volando un par de metros.
Mientras tanto, del otro lado del edificio de oficinas, tres vehículos de limpieza de restos orgánicos espera en tensa calma. Tres Arbites vigilan a los seis operarios quienes, con la cabeza gacha, esperan pacientemente a que la refriega acabe para "limpiar" los cuerpos. Nunca hay suficiente materia prima para el almidón de cadáver.
************
En el túnel de una línea ferroviaria abandonada varios niveles bajo el nivel del suelo, tres Hermanas de batalla de la Orden de Nuestra Señora Mártir disparan sus bólter contra figuras oscuras que corren entre las sombras. Un breve destello cuando la munición de las armas impacta revela una forma humana de cabeza ligeramente más grande. Más bulbosa. Con un rápido sonido de pies arrastrados contra hormigón, el resto de las sombras se pierden entre las tinieblas, los ecos de sus pasos se desvanecen. Una de las Adepta Sororitas se separa del resto, explora la zona y vuelve a informar a la canonesa. El cabello plateado de la mujer se agita al ritmo de su cabeceo cuando recibe la noticia: dos de sus hermanas, heridas en la batalla, han desaparecido. Igual suerte han corrido todos los seres que han abatido. La canonesa no se rinde, sin embargo. Tienen ordenes. Y como faros de la fe imperial que son, baluartes contra las amenazas xeno y heréticas que amenazan a los creyentes en el Emperador, su inferioridad númerica no es un obstáculo. El Emperador protege, asegura la Adepta. Sus hermanas asienten. Afianzan sus bólter contra el pecho y avanzan por el túnel. Por el Emperador, por el Trono Dorado.
Un vagón de metal oxidado se cruza en el túnel. A primera vista, pareciera un descarrilamiento jamás atendido, un informe más traspapelado en el Administratum. Pero el ojo adiestrado de las Hermanas de batalla reconoce una barricada. Sus globos brillo iluminan el vagón en busca de una posible forma de atravesarlo... Un golpe sordo, metálico, les interrumpe. Allí, en el techo del vagón, una figura humanoide pero con dos pares de brazos terminados en manos rematadas por crueles garras, observa a las intrusas. Al grito de "¡Por el Emperador de cuatro brazos!", la criatura se abalanza sobre las mujeres. El rugido de los bólter no se hace esperar. Más voces tras el vagón comienzan a corear proclamas por el Emperador de cuatro brazos y más criaturas saltan por encima del obstáculo. La mayoría exhiben tres brazos con sus manos que blanden pistolas y cuchillos, pero más y más seres con cuatro brazos armados con garras emergen de entre la turba. Las Adepta Sororitas sólo retroceden un paso en tanto que sus armas escupen una mortífera lluvia de plomo y explosivos. Pero los robagenes son muchos. Demasiados...
************
Con un sonido agudo similar a un chillido constante, los infernales descienden desde los cielos sobre una formación de reclutas de la Fuerza de Defensa Planetaria. Un sargento grita ordenes, pero en vano. La mayoría se dispersa, huye en todas direcciones, presa de un pánico irracional. Sólo un puñado, en torno al sargento, mantiene la posición. Abren fuego con sus armas, pero son primitivas en comparación con los fugaces deslizadores drukhari. Una y otra vez, las veloces maquinas llevan a sus viciosos pilotos al suelo, sus filos rebanan miembros y rápidamente vuelven al aire. En el momento en que un miembro de la FDP se prepara para apuntar el único arma pesado del pelotón, un lanzamisiles, una Ponzoña se abate sobre el campo de batalla. Su cañón shuriken destroza al desafortunado miliciano. La desesperanza de los defensores humanos llega a su culmen cuando una cañonera Expoliador flota sobre sus cabezas. Sus cañones desintegradores barren tanto a los defensores como a los incautos que huyen en desorden. Una nueva oleada de guerreros kabalistas emerge del portal temporal a la Telaraña. El sargento, cuyo rostro está salpicado por sangre, propia y ajena, resiste junto a cuatro milicianos. Tratan de abatir a tantos drukhari como les es posible pero...
Una deflagración lanza a la formación de kabalistas en desorden. Gritos de "¡Por el Emperador!" irrumpen en la plaza sembrada de cadáveres cuando una formación de guardias imperiales, el Martillo del Emperador, carga desde unos soportales. La mitad de los guardias se parapeta donde puede y dispara una salva con sus armas láser. Mientras, un comisario, espada sierra en mano corre junto a la otra mitad de su destacamento. Las ráfagas de luz concentrada silban al ionizar el aire a su alrededor en tanto que los kabalistas danzan conforme tratan de evitar los disparos. En el aire, los infernales y la Ponzoña proporcionan un apoyo aéreo letal para los defensores imperiales. De repente, una explosión sacude a la Ponzoña y varios infernales se precipitan contra el suelo, sus aeropatines envueltos en llamas y humo. Un equipo de armas pesadas de la Guardia ha montado un autocañón bajo la arcada de los pisos superiores en un edificio de aspecto gótico, con sus largas agujas apuntadas hacia el cielo. El arma pesada barre el aire y los infernales se dispersan, ralentizan sus incursiones contra el suelo y la Ponzoña concentra el fuego de sus armas contra los arcos que sirven de parapeto a la nueva amenaza.
************
En su despacho, la Inquisidora Hainz repasa los informes una y otra vez. No repara en un subalterno que entra con una pila de papeles. Temeroso, los deposita sobre la mesa y se retira, sin dar la espalda a la mujer madura. Su rostro es duro, propio de alguien habituado a no sonreír. Ni siquiera cuando hace bien su trabajo y sofoca una amenaza contra el Imperio y sus habitantes. Hainz vuelve a levantar varios papeles. No tiene sentido pero, al mismo tiempo, tiene todo el sentido del mundo. La gran grieta que ha partido la galaxia les ha separado e incomunicado del resto del Imperio. Están solos y sus enemigos lo saben. Por doquier, se suceden las manifestaciones y protestas de ciudadanos y trabajadores más que nunca. En condiciones normales, sospecharía la mano del Caos tras ellas. Pero su experiencia le dice que son simplemente la manifestación de un malestar creciente; la Disformidad no es su arquitecta. Por ahora. Los Marines Espaciales informan de que el "brote" de orkos en las regiones meridionales está "bajo control". Lo que sólo quiere decir que están gastando cantidades ingentes de prometio para quemar cada rincón en que sospechan hay esporas de orko. Los drukhari abren portales desde la Telaraña para lanzar incursiones, llevarse comida y esclavos. Sobre todo esclavos. El Ordo Xenos no da abasto y ha terminado por recurrir a las más numerosas tropas de la FDP y la Guardia Imperial para lidiar con estas incursiones. A las listas de desaparecidos ahora se suma una creciente lista de bajas. Y en los subniveles de la colmena, las bandas comienzan a sublevarse y eso es sólo la punta de un iceberg mayor: los cultos robagenes se vuelven osados.
Y en todo ese maremagnum, algo falta. La Inquisidora Hainz escruta los papeles. Busca señales. Pero no aparecen. Los herejes están sospechosamente mudos.
************
En un paisaje onírico, de nubes que se arremolinan en volutas multicolores, una cabeza aviar se gira hacia ti. Sus tres ojos ambarinos se abren y te observan. Una inteligencia alienígena, cruel y maliciosa brilla en ellos. Su cuerpo se hace más y más evidente, su estatura te empequeñece cuando se estira en todo su insano esplendor. Sus plumas son de un azul iridiscente que brilla con todos los colores imaginables cuando se mueve. En sus alas abiertas en toda su envergadura, el espectáculo de luz y color es casi cegador. Paños vaporosos que envuelven su cuerpo se agitan mecidos por corrientes de aire inexistentes y brazaletes y pulseras barrocas tintinean en sus brazos cuando se mueven. Su pico blanco perlado se abre. No surgen palabras pero, en tu cabeza, le puedes oír con claridad.
"¿Esperas una invitación?" La voz es cruel y burlona. O lo sería si fuera voz. Pero puedes sentir esa intención en cada palabra. "El tiempo ha llegado. Los Grandes Poderes esperan tus logros infames. Quieren escuchar coros de voces llamando sus nombres. Quieren el fino velo de la realidad destruido y Tephaine quebrado a su voluntad. Entonces recibirás tu recompensa. Ahora es el momento de ganársela, mortal."
Entonces reparas en la masa hirviente de daemones que se agolpa en la lejanía. Aúllan de rabia pero también de expectación. Es un hervidero que aguarda ser liberado sobre la superficie del planeta para ser convertido en una punta de lanza. Un santuario para daemones, para seguidores del Caos, para Legionarios Traidores. Pero también un núcleo industrial que provea de munición, armas, vehículos y comida a una incipiente... Cruzada Negra.
La ciudad no duerme. Ni siquiera por la noche. Cuando el sol se pone y los ciudadanos de bien se retiran, los elementos criminales de Night City se vuelven más osados. Creen que están a salvo en las oscuras sombras nocturnas. Sin embargo, los valientes oficiales del NCPD velan a todas horas por el bienestar y la seguridad de sus conciudadanos, frente a quienes llenan las calles de violencia e inseguridad.
En 1928, una expedición arqueológica desenterró un extraño artefacto cerca de Giza. Tras permanecer más de cuarenta años oculto en las sombras, Catherine Langford, hija del hombre que lo desenterró, consiguió activar lo que llamaban el stargate, con ayuda de Daniel Jackson, un arqueólogo al que la comunidad científica tachaba de loco. Tras cruzar el stargate, un grupo de fuerzas especiales descubrió un mundo desértico donde humanos llevados desde la Tierra extraían un mineral desconocido para Ra, un parásito alienígena que se hacía pasar por dicho dios egipcio. Un año después de matar a ese alienígena y de dar por eliminada la amenaza que suponía el stargate, éste se activa y un grupo de desconocidos ataca a la guarnición que lo custodiaba; a la vista de que la amenaza no había concluido, el Mando Conjunto se ve obligado a establecer el Programa Stargate: no sólo una forma de buscar tecnologías y aliados contra las amenazas exteriores, también la primera línea de defensa de la Tierra contra los parientes del difunto Ra.
En 1928, una expedición arqueológica desenterró un extraño artefacto cerca de Giza. Tras permanecer casi cuarenta años oculto en las sombras, Catherine Langford, hija del hombre que lo desenterró, consiguió activar lo que llamaban el stargate, con ayuda de Daniel Jackson, un arqueólogo al que la comunidad científica tachaba de loco. Tras cruzar el stargate, un grupo de fuerzas especiales descubrió un mundo desértico donde humanos llevados desde la Tierra extraían un mineral desconocido para Ra, un parásito alienígena que se hacía pasar por dicho dios egipcio. Un año después de matar a ese alienígena y de dar por eliminada la amenaza que suponía el stargate, éste se activa y un grupo de desconocidos ataca a la guarnición que lo custodiaba; a la vista de que la amenaza no había concluido, el Mando Conjunto se ve obligado a establecer el Programa Stargate: no sólo una forma de buscar tecnologías y aliados contra las amenazas exteriores, también la primera línea de defensa de la Tierra contra los parientes del difunto Ra.
En 1928, una expedición arqueológica desenterró un extraño artefacto cerca de Giza. Tras permanecer casi cuarenta años oculto en las sombras, Catherine Langford, hija del hombre que lo desenterró, consiguió activar lo que llamaban el stargate, con ayuda de Daniel Jackson, un arqueólogo al que la comunidad científica tachaba de loco. Tras cruzar el stargate, un grupo de fuerzas especiales descubrió un mundo desértico donde humanos llevados desde la Tierra extraían un mineral desconocido para Ra, un parásito alienígena que se hacía pasar por dicho dios egipcio. Un año después de matar a ese alienígena y de dar por eliminada la amenaza que suponía el stargate, éste se activa y un grupo de desconocidos ataca a la guarnición que lo custodiaba; a la vista de que la amenaza no había concluido, el Mando Conjunto se ve obligado a establecer el Programa Stargate: no sólo una forma de buscar tecnologías y aliados contra las amenazas exteriores, también la primera línea de defensa de la Tierra contra los parientes del difunto Ra.
Columnas de humo se alzan a vuestras espaldas. Es todo lo que queda de lo fueron vuestros hogares, campos de cosechas, huertas, pastos, talleres,... Desde siempre habéis oído que los trasgos no son más que simples molestias, rateros que se deslizan en la oscuridad de la noche para robar comida. Hasta hoy. Los trasgos cayeron sobre vuestra aldea y golpearon con dureza. Mataron a muchos de vuestros vecinos, amigos y seres queridos. Incendiaron lo que no pudieron llevarse. Os lo arrebataron todo, hasta las mascotas, en su retirada a los subterráneos de los que emergieron.
Ahora, los supervivientes os agolpáis frente a la cueva. Vuestros rostros están manchados de mugre y hollín, con rastros dejados por el sudor y las lágrimas. Empuñáis con firmeza herramientas o útiles de labranza que habéis conseguido rescatar de las llamas. Os miráis entre vosotros y la oscura boca de la cueva. Si al menos podéis recuperar las cabezas de ganado robado, quizás tengáis alguna oportunidad para reconstruir vuestras vidas. De lo contrario, lo más probable es que terminéis por emigrar a un burgo, donde seréis poco menos que mendigos dependientes de la caridad de la gente y los templos.
Uno por uno, tomáis una decisión y os internáis con paso tembloroso en la cueva. Correrá la sangre. La vuestra o la de los trasgos. No importa.
La vida en Navergol es monótona y apacible. Los días transcurren igual en el fértil planeta, sin sobresaltos pero con duro trabajo en las granjas y ranchos familiares desperdigados en torno a Halcya, la villa cercana que suple de servicios y suministros a granjeros, ganaderos y pastores.
En este entorno tranquilo, el día a día de los personajes está a punto de sufrir una fuerte convulsión cuando algo tan nimio como una tarea habitual dé paso a una serie de sucesos que les enfrentará a una amenaza en la sombra y a las consecuencias de los inusitados avances tecnológicos sobre los que se sostiene su civilización.
La aldea de Kravenhold siempre ha sido un lugar tranquilo, rodeado de campos de trigo y bosques antiguos. Pero desde hace un año, una sombra se cierne sobre el pueblo. Los cuervos llegaron en bandadas interminables, oscureciendo los cielos y llenando las noches de graznidos inquietantes. Poco después, los muertos comenzaron a levantarse de sus tumbas, atormentando a los vivos.
En el centro de este misterio se alza el Castillo Kravemir, una ruina sombría que vigila la aldea desde la cima de una colina. Las historias de los ancianos hablan de un antiguo noble, el Barón Cuervo, quien gobernó el lugar con puño de hierro antes de ser derrocado por su afición a las artes oscuras. Ahora, mientras la bruma se espesa y los días parecen más cortos, las campanas de la iglesia tocan por última vez.
El rey Elessar murió en paz hace ya un largo año. Su hijo Eldarion, tras el luto, será ungido como el nuevo rey de los hombres libres, el rey del Reino Unificado.
Un grupo de Hombres del Lago iniciaron hacia casi un mes atrás un largo viaje que los llevaría hasta Minas Tirith. Habían encargado en Barukkizdin una hermosa cota de malla a los maestros enanos. Tras recogerla irían hasta Gondor para entregársela como presente al nuevo gobernante.
Sin embargo, tras años y años de paz, y aprovechando la muerte del rey, un nuevo enemigo se levanta al este. Un nutrido ejercito de orientales ha llegado a las praderas de Rhovannion, aniquilando pueblos y matando a sus habitantes.
La cota de malla de los esgarothianos se perdió en el camino, presuntamente a manos de los orientales que asolaban esa región. Fue robada, pero se urde un plan para lograr encontrarla.
Las fronteras del Imperio Antioq son largas, y en algunos casos llegan más allá de lo que las fuerzas del Gran Protector pueden abarcar. Es por esto que nuestro grandioso señor anda en búsqueda de bravos aventureros, dispuestos a acudir allí donde sólo la espada sirve, donde el peligro acecha en cada valle, cada risco y cada cueva, y donde la gloria aguarda a los osados.
¡Enrolaos en esta aventura sin parangón, y forjad vuestro destino, aventureros!
Y el hombre olvidó.
Nadie es capaz de decir por qué ocurrió ni cómo. Puede que se desencadenara algún fenómeno natural que borró nuestros recuerdos, puede que trasgrediéramos una regla de algún poder desconocido y fuéramos castigados por ello. Puede que, símplemente, el hombre se lo hiciese a sí mismo.
Como niños pequeños, reducidos a poco más que animales, vagamos durante siglos mientras nuestra fatua civilización se derrumbaba alrededor de nosotros. Todo se convirtió en ruinas. Las ruinas se hicieron polvo. Y el polvo se dispersó en los vientos.
En aquélla época el mundo tenía otro nombre.
Pero nadie queda para recordarlo.
El Space, local de moda de todos aquellos chiflados de la Matriz, y quienes se ganan la vida en las sombras comprando y vendiendo datos. Que hayan contactado contigo por correo electrónico es tan inusual como que el que quería protección era un erizo azul llamado Sandy. Pero si paga bien, no habrá problema.

Los pantanos y las ciénagas se habían extendido más y más a ambos lados. Los senderos habían desaparecido, y los jinetes o los caminantes hubieran tenido un destino similar si hubieran intentado encontrar los viejos caminos.
The Laughing Lady
15 de Enero de 2080. Seattle.
Las luces danzantes de la discoteca atravesaban la holográfica cara de una mujer que sonreía con mirada sensual. Unos decían que reía, mientras otros que era una media sonrisa, pero solo aquellos que recorrían las sombras sabían que era una burla hacia la ciudad y como un lugar tan público y concurido tapaba las operaciones y tratos que allí mismo se planificaban.
Disimuladamente le diste tu tarjeta de visita al portero, 30 nuyens, accediendo de inmediato al interior. Tu contacto te había dicho que era un trabajo sencillo, un transporte por el Puget, un paseo en barca.
El Johnson esperaba en el reservado y pronto sabrías si sería un trabajo tan tranquilo como te contaron.

Tras haber rescatado a los enanos desaparecidos Balin y Óin, la compañía formada por el enano Beli, el beórnida Beran, el elfo Caranthir y el hobbit Trotter, se reúne de nuevo en Esgaroth.
En la siniestra oscuridad del cuadragésimo primer milenio solo hay...
¡JIPIS!
Habéis sido t-roleados.
Una vez más.