
Arrakis ha quedado en silencio.
No es el silencio de la paz, ni el del abandono, sino el que se produce cuando una mano se retira y la siguiente aún no ha descendido.
Los Harkonnen se han ido. Sus naves ya no proyectan sombra sobre el desierto, sus máquinas se enfrían, sus hombres miran atrás con rencor o con miedo. El Imperio ha dictado el traspaso. La Casa Atreides llegará pronto. Pero todavía no está aquí.
Este es el intervalo, el momento suspendido. La grieta entre destinos.
Una posible línea de futuro entre millones de ellas.
El planeta respira de otra forma ahora que nadie lo gobierna. Las arenas parecen escuchar. Los vientos traen rumores que no pertenecen a ninguna lengua conocida. Los fremen sienten que algo se aproxima, aunque no saben ponerle nombre. Algunas Bene Gesserit sueñan con futuros que no encajan del todo. Otros, más pragmáticos, simplemente notan que los cálculos ya no cuadran.
No ha llegado ningún mesías. Aún no hay profecía cumplida.
Pero algo se está preparando.
Ambientación: Dune, primer libro, justo antes de la llegada de Paul Atreides al planeta, aún abiertas todas las líneas de futuro. Incluso la de la Saga original.
Aquí las decisiones de los personajes importan. No como puntos o tiradas, sino como huellas. Lo que se haga -o no se haga- en esta encrucijada condicionará el futuro de Arrakis, de la Especia, del Imperio… y, por extensión, de la humanidad. No porque alguien lo haya escrito de antemano, sino porque este es uno de esos momentos en los que el universo todavía no ha decidido qué historia va a contar.
La contaréis vosotros.


Somos los granos de arena contenidos en esta tela empapada en el agua de nuestros hermanos, qué ocurriría, si cuando la bolsa cambie de manos, escapara un puñado de arena, aunque fuera un solo grano.